El antiguo recinto presidencial, antes reservado para mandatarios y círculos privilegiados, hoy es un espacio abierto donde familias disfrutan cultura, juegos y naturaleza sin restricciones.
Lo que antes fue símbolo de privilegios y excesos del poder, hoy es un espacio vivo para el pueblo. El Complejo Cultural Los Pinos, que durante décadas funcionó como residencia presidencial —blindada para la élite política—, se transformó este fin de semana en un enorme jardín de juegos con motivo del arranque de actividades por el Día del Niño.
Atrás quedaron los tiempos en que ese espacio era utilizado para reuniones privadas, fiestas exclusivas y vida de lujo financiada con recursos públicos. Ahora, bajo la política de apertura impulsada desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Los Pinos pertenece a la gente: familias, niñas y niños que lo recorren libremente.
Durante el festival “Monstruos del Bosque: Un Festejo Feroz”, organizado por la Secretaría de Cultura, decenas de actividades tomaron los jardines: talleres, teatro, música, picnics y juegos al aire libre. Los pequeños aprendieron sobre insectos, exploraron espacios creativos y convivieron en un entorno natural que antes les era completamente ajeno.

El contraste es contundente: donde antes aterrizaban helicópteros presidenciales, hoy corren niños, vuelan papalotes y se arman retas de fútbol. En salones que alguna vez albergaron decisiones de cúpula, ahora hay instalaciones artísticas, cuentos interactivos y risas.
El programa Alas y Raíces, que además celebra su 30 aniversario, convirtió el recinto en una experiencia cultural accesible, donde la imaginación reemplazó al protocolo. Familias enteras aprovecharon cada rincón para convivir, desde la casa Miguel Alemán hasta los jardines abiertos.
La escena resume un cambio profundo: de un espacio cerrado para unos cuantos a un lugar público para millones. Hoy, Los Pinos ya no es símbolo de poder, sino de acceso, cultura y comunidad, un recordatorio de que lo que era de la élite, ahora es —por fin— del pueblo.

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