La Cámara de Diputados recibirá a Armando Toledo Rosas, conocido como “El Bogueto”, en un foro sobre adicciones, pese a que su “música” ha sido señalada por promover violencia, consumo de drogas y misoginia, desatando cuestionamientos sobre el criterio y la coherencia del Foro para combatir adicciones.
La decisión de llevar a “El Bogueto” exhibe una desconexión preocupante entre discurso institucional y las acciones reales. En un espacio donde se supone se debaten soluciones a problemas graves, en este caso como tema las adicciones, abrieron puerta a una figura, cuya “música” ha sido criticada por normalizar aquello que se intenta combatir.
El foro, enfocado en la importancia de los centros de internamiento contra las adicciones, organizado por la Organización de Centros de Tratamiento y Prevención de Adicciones, dirigido por Aarón Silva Alvarado, debería ser un espacio de reflexión seria, con voces expertas y testimonios que aporten claridad.
Sin embargo, la invitación a un artista cuya narrativa gira en torno al consumo de sustancias ilícitas y la violencia parece más intento de llamar la atención que de resolver un problema real.
Desde que saltó a la fama en 2020, el reggaetonero ha construido su carrera con letras que, lejos de cuestionar, reproducen patrones dañinos. El consumo de sustancias, la violencia y la cosificación de las mujeres aparecen como constantes en su música, lo que ha generado críticas por su impacto en audiencias jóvenes.
¿Qué mensaje envía este tipo de perfiles en un foro sobre adicciones? La contradicción es evidente. Se habla de prevención mientras se da espacio a contenidos que muchos consideran parte del problema.
Más allá del artista, el foco debería estar en quienes toman estas decisiones, el Foro lejos de actuar con responsabilidad, parece apostar por la superficialidad y el espectáculo, dejando de lado la seriedad que exige un tema tan delicado.
El resultado es un mensaje confuso y preocupante: se dice combatir las adicciones, pero se validan discursos que las rodean y normalizan. En lugar de construir soluciones, se refuerza la contradicción, y con ello, la desconfianza hacia las instituciones.
