El presidente Abelardo De La Espriella recibió el recién creado Premio Liderazgo Valiente Miguel Uribe Turbay, una distinción que, por ser su primera edición, todavía carece de trayectoria para acreditar su prestigio. El reconocimiento, entregado por Miguel Uribe Londoño y Delia Jaramillo, más que ser un verdadero premio parece más un premio de consolación para su intento de gobierno.
El presidente colombiano, Abelardo De La Espriella, recibió el primer Premio Liderazgo Valiente Miguel Uribe Turbay durante un homenaje celebrado en Bogotá. La distinción fue entregada por Miguel Uribe Londoño y Delia Jaramillo, quienes destacaron la supuesta firmeza y coherencia del mandatario en la defensa de las instituciones democráticas. Todo muy solemne, con discursos sobre la valentía y la verdad; el pequeño detalle es que se trata de un premio que apenas acaba de nacer y que todavía no tiene historial para demostrar qué significa realmente.
Un galardón no adquiere prestigio por el simple hecho de llevar un nombre solemne ni por entregarse en una ceremonia con discursos grandilocuentes. Al ser su primera edición, el Premio Liderazgo Valiente todavía no cuenta con antecedentes, trayectoria ni resultados que permitan evaluar su relevancia. Por ahora, su principal mérito comprobable es haber encontrado a su primer ganador.
La entrega también despierta preguntas incómodas sobre los criterios utilizados para elegir al mandatario y el contexto político en el que se produce el reconocimiento. La cercanía entre quienes conceden el premio y la figura homenajeada merece escrutinio: sin reglas públicas, jurados independientes y criterios verificables, esto es más un gesto de respaldo entre figuras afines que un reconocimiento con autoridad propia.
De La Espriella, por su parte, agradeció el galardón y aseguró que su gobierno defenderá el ejercicio democrático de la oposición y combatirá la violencia mediante las instituciones. El discurso es impecable sobre el papel, pero un premio recién estrenado no certifica automáticamente que esas promesas se cumplan.
Antes de presentar la distinción como una medalla histórica, sus promotores tendrán que demostrar que representa algo más que una ceremonia, un diploma y una buena dosis de autobombo político.

