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  • De La Espriella sigue apostando por violencia a pesar de muertes de civiles en Colombia

    De La Espriella sigue apostando por violencia a pesar de muertes de civiles en Colombia

    La muerte de Ricardo Andrés Rodríguez Martínez, joven de 18 años, durante un operativo contra las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada abrió una exigencia de justicia de su familia, que sostiene que era un campesino y no pertenecía a ningún grupo armado. El caso contrasta con la exhibición de fuerza del presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, quien en su afán de apostar por la violencia recorrió Santa Marta con chaleco antibalas y una pistola.

    Ricardo Andrés Rodríguez Martínez tenía apenas 18 años cuando murió durante el operativo militar del 21 de septiembre contra las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), en la Sierra Nevada de Santa Marta. Su familia sostiene que era campesino y agricultor, que se encontraba realizando labores del campo y que no pertenecía a ninguna estructura criminal. El Ministerio de Defensa confirmó su identidad y señaló que corresponde a la Fiscalía y Medicina Legal esclarecer las circunstancias de su muerte.

    La madre de Ricardo ha exigido justicia y rechazado las versiones que pretendían vincularlo con las estructuras armadas de la región. “Solo era un obrero”, afirmó la mujer, quien también sostuvo que su hijo estaba vestido de civil y no portaba armas. La propia cartera de Defensa aclaró que ninguna fuente oficial había afirmado que Ricardo fuera hijo de alias “Pinocho”, por lo que esa versión carece de sustento oficial.

    El reclamo familiar adquiere mayor peso porque, mientras se investiga la muerte del joven, el gobierno de Abelardo de la Espriella ha respondido a la crisis de seguridad con una fuerte exhibición de poder militar. Tras el paro armado atribuido a las ACSN, el mandatario recorrió las calles de Santa Marta con chaleco antibalas, escolta y una pistola que medios especializados identificaron como una probable Glock 19 Gen5 de 9 milímetros.

    Mientras algunos sectores la presentan como una señal de autoridad frente a los grupos criminales, otros han cuestionado que un jefe de Estado recurra a una puesta en escena armada para comunicar firmeza, particularmente cuando dispone de un amplio esquema de seguridad. La controversia se suma a la decisión del gobierno de reforzar la militarización de Santa Marta y mantener una política de confrontación directa contra las estructuras ilegales.

    En una sociedad golpeada por la violencia, la seguridad no puede reducirse a quién exhibe más armas: también implica garantizar verdad, debido proceso y justicia para las víctimas y sus familias.