Por: Frank Alvarado
Millones de personas presenciaron el viacrucis de Iztapalapa, un evento que, entre devoción, esfuerzo físico y tensiones urbanas, reafirmó su lugar como una expresión cultural de México.
Este Viernes Santo, bajo un calor abrasador y con calles llenas, se llevó a cabo la representación 183 de la Pasión de Cristo de Iztapalapa, en la Ciudad de México. Un viacrucis que reunió a 2 millones 797 mil 500 personas, según datos de la alcaldía, en su primer año como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Iztapalapa se convirtió en Jerusalén y los vecinos del área dieron rienda suelta a sus dotes actorales para encarnar la crucifixión de Jesús de Nazaret. Para la una de la tarde, los fariseos ya habían llevado a Jesús ante Poncio Pilato, y la macroplaza de la alcaldía vivió en carne propia la adaptación de uno de los juicios más polémicos de la historia.
Se trata de una representación teatral que se realiza cada año desde 1843, lo que le ha otorgado reconocimiento internacional. Es de señalar que, pese al velo religioso con el que se puede no estar de acuerdo, se trata de un evento que, sin desligarse de lo místico, se ha convertido en una tradición nacional, así como otras que han nacido de las creencias de los pueblos prehispánicos.



Por lo que, pese a las críticas que pudiéramos tener en contra de la iglesia moderna, es difícil no sentir empatía por la historia y representación de uno de los personajes más trascendentes de la historia, donde incluso, viéndolo desde el lado sobriamente histórico, sin dogmas religiosos, se puede apreciar a un hombre rebelde que dio la mano a marginados; cuestionó a las élites políticas y religiosas de su tiempo; e incomodó al sistema al predicar en contra de las desigualdades.
A pesar de un calor que no daba tregua y de un hacinamiento por momentos realmente incómodo, desde la una de la tarde, decenas de adultos y hasta niños caminaban por el asfalto caliente de las calles por donde pasaría la procesión, solo con vendas de calzado, mientras cargaban, por lo que se veía, pesadas cruces a modo de mandas de fe. Se podían apreciar fotos de familiares enfermos o que ya habían dejado este mundo.


Para las dos de la tarde, los caballerangos, vestidos propiamente como romanos, proclamaban la sentencia y el destino inminente de “Yeshua” ante el público, conformado no solo por vecinos del lugar, sino por visitantes de otras alcaldías, estados e incluso países. Sin olvidar al gremio de la organización, paramédicos y fuerzas policiales, que apoyaron el evento.
Llegó entonces el momento de la gran marcha, y cientos, vestidos ad hoc, desfilaron por las calles rodeando a Jesucristo, interpretado por Arnulfo Eduardo Morales, médico cirujano recién egresado de la UNAM, de 25 años, quien a sus espaldas cargaba con una gran cruz labrada en madera mientras recibía “latigazos” a diestra y siniestra. Pese a los soldados de por medio, además de un ángel, cerca estaba su madre, María, interpretada por Erika Jazmín Morales Hernández, identificada como una joven abogada, quien durante todo el evento se entregó al llanto, un llanto que no fue ajeno y que provocó ese sentimiento tan humano: la empatía.


Siguiendo el camino rumbo al Cerro de la Estrella, Iztapalapa vivió las tres caídas del Nazareno. La marcha era lenta, y sudorosa, mientras que las calles, que no son muy grandes, estaban llenas. Los vecinos aprovechaban sus ventanas y hasta techos para observar el paso del contingente.
No se puede olvidar la fama de barrio bravo que aún carga Iztapalapa, pues los desencuentros entre los asistentes, por empujones, irritación por el clima o una mala mirada, quisieron hacerse presentes; este servidor pudo ver dos situaciones en plena procesión que, gracias a la intervención, no pudieron escalar.


Pasadas las tres de la tarde, cansados y pese a desperfectos en la organización, se llegó al Cerro de la Estrella, donde ya esperaban tres grandes cruces. Después de que Judas Iscariote se colgara de un árbol, de las burlas de los soldados y los ruegos de piedad por parte de los fieles, Jesús fue crucificado junto a Dimas y Gestas, no sin antes pronunciar: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Ante dicha escena, una joven a mi lado se tapaba la boca, como conmocionada, mientras una señora ya grande se limpiaba los ojos llorosos con su velo.
Es casi una tradición mexicana, que algún familiar mayor, como tía o abuela, en demasía católica, a eso de las tres o cuatro de la tarde, diga mirando al cielo nublado: “a esta hora mataron a Jesús”. Para mi sorpresa, el cielo ya se mostraba clemente y grisáceo cuando descolgaron al joven de la cruz.



El “lastimado” cuerpo, por los “latigazos”, los “clavos” y las “picaduras de lanza”, fue llevado al sepulcro, descendiendo ahora el Cerro de la Estrella cargado por su gente. Detrás iba María, con la ensangrentada corona de espinas en sus manos; ya no lloraba, solo veía el cuerpo de su hijo envuelto en mantas blancas.
Con esto, Iztapalapa cumplió un años más con la Semana Santa y logró la representación de la Pasión de Cristo, ahora como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por ser una de las expresiones culturales más importantes del país, que evidencia la capacidad de una comunidad para sostener una organización colectiva, que usted puede complementar viendo estos días películas como “La Pasión de Cristo”.



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