Especialistas advierten que los prolongados apagones en Cuba ya representan un problema de salud pública, al provocar altos niveles de ansiedad, estrés y depresión, además de alterar la vida cotidiana de millones de personas.
Los apagones prolongados en Cuba han dejado de ser una molestia temporal para convertirse en una crisis con profundas repercusiones en la salud física y mental de la población. Desde 2024, la isla enfrenta una severa crisis energética que mantiene a los habitantes con apenas unas horas de electricidad al día, mientras que en regiones fuera de La Habana los cortes pueden extenderse por más de 48 horas consecutivas. Esta situación obliga a las familias a reorganizar permanentemente sus actividades, desde cocinar y conservar alimentos hasta modificar horarios de trabajo, estudio y descanso.
De acuerdo con el psicólogo cubano Yunier Broche-Pérez, quien junto con la doctora Zoylen Fernández-Fleites realizó un estudio sobre el impacto de los apagones, la incertidumbre constante genera un importante desgaste emocional. La investigación, realizada con 415 adultos residentes en Cuba, encontró niveles extremadamente altos de afectaciones psicológicas: 55.4% presentó síntomas severos de depresión, 66% de ansiedad y 65.8% de estrés. Aunque los especialistas aclaran que los apagones no son la única causa de estos padecimientos, sí representan un factor que agrava significativamente el bienestar emocional.
Los cortes de energía afectan la conservación de alimentos y medicamentos, complican el transporte, incrementan la sensación de inseguridad durante las noches y profundizan las desigualdades económicas, ya que no todas las familias pueden adquirir generadores o sistemas alternativos de energía. Situaciones similares se registraron en Ecuador durante la crisis energética de 2024, donde expertos documentaron consecuencias psicológicas y pérdidas económicas derivadas de los apagones, además de evidenciar las debilidades estructurales de los sistemas eléctricos en la región.
Frente a este panorama, Broche-Pérez recomienda mantener, en la medida de lo posible, rutinas de sueño, alimentación, hidratación y descanso, así como fortalecer las redes comunitarias para compartir recursos y apoyar a los hogares más vulnerables. No obstante, subraya que estas medidas no sustituyen la responsabilidad del Estado de garantizar un suministro eléctrico estable, pues considera que la crisis energética debe abordarse como un problema de salud pública y no únicamente como una falla técnica o económica.
Con información de DW.


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