Categoría: Emmanuel Soriano Flores

  • El político y el científico: la doble personalidad de Hugo López-Gatell

    El político y el científico: la doble personalidad de Hugo López-Gatell

    Weber, filósofo alemán de finales del siglo XIX y con basta obra intelectual, analiza en uno de sus libros más prominentes “El político y el científico” lo relacionado a la dialéctica que existe entre estas dos profesiones indispensables en el ámbito social.

    Algunas ideas que se pueden sustraer de dicho texto y que suenan en el ideario político de la 4T porque son repetidas constantemente por el presidente López Obrador, son que hacer ciencia y política en una sociedad es algo muy importante porque ambas profesiones son ápices para el desarrollo y bienestar de una sociedad, por lo tanto, debe haber una cuestión vocacional natural intrínseca al ser humano para desarrollar ambas, además de una formación profesional. No basta con encontrar la oportunidad, heredar el cargo, aprovechar el favor o utilizar todo el capital social y económico para ello: ser político y ser científico son profesiones muy dignas que se complementan y que requieren alto compromiso ético y servir a la sociedad.

    No es lo mismo servir a los demás que servirse de los demás. En la primera idea se trabaja para el bien común; en la segunda, para sí mismo, y se nota la diferencia en la acumulación de la riqueza. Si al finalizar la vida de un político este ha acumulado gran riqueza o ha traficado influencias, quiere decir que se sirvió más de lo que sirvió y su legado será infame; por otro lado, si un científico pone su conocimiento no al servicio de las grandes causas o de los grandes problemas, sino por el contrario, para el corporativismo y la acumulación de riqueza, luego entonces, su legado será infame también.

    Desafortunadamente, los mecanismos sociales, las estructuras burocráticas y de poder a través de los cuales se aspira a servir a la sociedad no siempre son los más honestos y transparentes, es decir, no siempre llega al puesto más alto el mejor científico o el mejor político. El caso del presidente López Obrador es una excepción, y por ello tiene asegurado su lugar en la historia como uno de los mejores -y para una gran mayoría, el mejor- presidentes de la historia de México.

    En la visión de Weber, el político y el científico son profesiones complementarias y la una apoya a la otra para tomar la mejor decisión para el bien común, sin embargo, hay pocos casos en donde un gran científico haya sido un gran político y viceversa, ello porque normalmente hay que dedicarse por entero a una u otra, pero en México existen dos casos que llaman la atención: Claudia Sheinbaum, posible primera presidenta y de la cual se ha hablado mucho por su trayectoria como académica de la UNAM y como jefa de Gobierno; y Hugo López-Gatell, que es un prominente científico sin carrera política todavía, pero que su liderazgo durante la pandemia de Covid lo ha llevado a ser considerado una de las cartas fuertes para gobernar la ciudad de México, lo que podría ser la inauguración de una gran carrera política por la gran capacidad de comunicación que tiene, y sobre todo, porque ideológicamente se encuentra en el espectro correcto: a favor de las grandes mayorías, de los más desposeídos y del fortalecimiento de las instituciones del Estado.

    El Dr. López-Gatell tiene un conocimiento de nombre y opiniones positivas muy por encima de lo que se cree, y no es casual que sea tan vilipendiado en los medios corporativos: las políticas públicas que ha promovido como Subsecretario han impactado en favor de la vida y la salud de los mexicanos, pero en contra del imperio de la comida chatarra, las tabacaleras y las farmacéuticas; todos ellos lobbies muy poderosos que financian sicarios mediáticos que escupen odio en sus mesas de “análisis” donde solo tergiversan y dicen verdades a medias; sin embargo, “Gatell” como se le conoce popularmente, tiene un trato parecido al presidente López Obrador a ras de tierra: recibido con aplausos, abrazos, sonrisas, agradecimiento y con gran cariño del pueblo.

    Llama la atención de Gatell la maestría y la precisión con la que se maneja en las entrevistas de medios corporativos que han tenido la consigna de golpearlo desde el inicio de su gestión en el gobierno federal. Tiene un alto nivel de asertividad en sus repuestas y ha logrado evidenciar el poco entendimiento y la mala fe de quienes quieren cuestionarlo.

    En los momentos más álgidos, ríspidos e incómodos siempre tiene argumentos incontestables que expresa de una forma clara, precisa y concisa. Ni leyendo un guion preparado, un político promedio podría tener el desempeño público que ha tenido Gatell al frente de una cámara y con los ojos de la opinión pública esperando un resbalón para hacer escándalo de ello. Encarna a la perfección el mantra de las máximas virtudes: paciencia, prudencia, verbal continencia, dominio de ciencia, ausencia o presencia, según conveniencia.

    Gatell, puede convertirse en lo que Weber pensaba que era muy difícil de concebir a lo largo de una sola vida: ser un gran científico, y al mismo tiempo, ser un gran político.

  • Microfísica del poder: cuestionar al poder real en México

    Microfísica del poder: cuestionar al poder real en México

    Para Michel Foucault, filósofo francés del siglo XX, un buen análisis de las relaciones de poder contempla aspectos intrínsecos más allá de la cuestión contractual (que era la lectura de Hobbes sobre el poder), de la dominación (la idea de Weber en sus tres esferas de dominación: carismática, tradicional y legal), e incluso trasciende a las instituciones del Estado (que era la visión revolucionaria de Marx).

    Para Foucault, el poder es una cuestión más profunda y compleja a la cual llama “microfísica del poder”, y se asemeja al análisis de algo que ocurre en otros niveles que no son los que tradicionalmente se observan y cuestionan a nivel social en todos los medios, todos los días, todo el tiempo -dígase el presidente López Obrador y la 4T-; y en esos poderes menos observables es donde se sustenta el aparato social grande de dominación.

    Un análisis exhaustivo de la microfísica del poder, es decir, de las relaciones de los poderes reales en México llevado a la conversación pública, implicaría cuestionar, en primer lugar, al poder más importante de todos, y al mismo tiempo, el más intocado y opaco: el económico. ¿Por qué se concentra tanta riqueza en tan pocas manos?, ¿por qué pagan menos impuestos proporcionalmente hablando a comparación del resto?, ¿por qué pueden pagar sueldos de miseria y nadie hace nada?, ¿por qué se les permite tener un ejército de abogados y contadores para no pagar impuestos o para demorar el proceso?, ¿por qué existe la percepción de que siempre se salen con la suya y de que pueden comprar lo que sea con dinero?, ¿por qué financian medios de información golpistas de forma obvia y descarada?, ¿por qué pueden llevar su dinero a paraísos fiscales?, ¿por qué las estructuras legales e institucionales actuales les favorecen de forma explícita?, ¿por qué la sociedad permite sus abusos y algunos hasta les agradecen por ello?, ¿por qué pueden heredar la riqueza sin ningún costo o mecanismo que promueva una mejor distribución?, ¿por qué suelen ser sujetos arrogantes, prepotentes e indiferentes?, ¿por qué creen que pueden someter al poder político?, ¿por qué, durante los momentos difíciles, piden que el Estado los ayude y rescate, pero se enojan si eso hacen con los pobres?, ¿por qué no son escándalos los abusos que cometen?, ¿por qué los políticos suelen tenerle miedo?, ¿por qué se ha creado un modelo de pensamiento aspiracionista y hueco en torno a su figura?

    De igual manera, se debe cuestionar al que podría considerarse el cuarto poder (ejecutivo, legislativo y judicial son los tres primeros), uno sin contrapoder y que probadamente ha destruido democracias y llevado a países a la ruina, porque son capaces de imponer la verdad que les interese: el poder mediático. ¿por qué no se democratizan más los medios?, ¿por qué la mayoría de ellos miente, tergiversa y desinforma faltando a su compromiso con la verdad y la ética?, ¿por qué se venden al mejor postor y no sirven a la sociedad realmente?, ¿por qué los grandes sicarios mediáticos (Loret, Ciro, Dresser y demás fauna mediática) ganan millones a diferencia del resto?, ¿por qué dicen verdades a medias para decir que no mienten?, ¿por qué ellos mismo dicen que no se les puede cuestionar?, ¿por qué abusan de su libertad de expresión para golpear?, ¿por qué tienen tantos cautivos ignorantes y hasta leales?, ¿por qué creen que el poder político no debe defenderse de sus ataques?, ¿por qué siguen teniendo tanto apoyo económico a pesar de su poca credibilidad?, ¿por qué no se les obliga a actuar con mayor rectitud como en otros países?, ¿por qué cada vez se les asocia más a la Derecha y no a las luchas de Izquierda?, ¿por qué parece empeorar todo en el ámbito mediático en vez de mejorar?

    Un buen análisis de la vida pública en México evita caer en los lugares comunes y repetitivos, y va más allá a través de la microfísica del poder.

  • Nietzsche, la voluntad de poder y la geopolítica de México

    Nietzsche, la voluntad de poder y la geopolítica de México

    Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX y de pensamiento radical, en su ensayo “Voluntad de Poder”, entiende este como el eje dinámico de la vida, un instinto natural que parte de la motivación no sólo de sobrevivir, sino de ejercerlo sobre los demás e incluso someter otras voluntades. Llega a criticar a la teoría darwinista por considerarla pobre, en el sentido de que las especies débiles son aquellas que solamente se adaptan para vivir porque es un objetivo secundario que está supeditado al principal que es el de someter a otros.

    Existe siempre una competencia universal en la naturaleza que va más allá de querer sólo alimentarse y no extinguirse, se trata de ser más que los demás, el ser humano con su racionalidad lo ha llevado a otro nivel y el móvil a través del cual lo ha hecho es la ambición. En términos geopolíticos, los países se comportan como personas: traicionan, quieren, olvidan, superan, ambicionan, envidian, ayudan y tienen comportamientos según sus propios intereses.

    Algunos países, como las grandes potencias mundiales, tienen el impulso de dominar a otros países para beneficiarse de ellos o perjudicar a otros -tal cual lo hacen las personas- y lo hacen por dos motivos: tienen fortaleza interna y entienden que si ellos no intentan dominar primero a otros, alguien más lo intentará, lo que, de facto, implica pérdida de influencia y poder para otras potencias. Estados Unidos es el mayor ejemplo de un país que intenta dominar y someter a otros siempre para mantener su supremacía, y para lograrlo y ha invadido, matado, maltratado, humillado, chantajeado y castigado a países que han intentado no someterse a su voluntad de dominación.

    Por otro lado, los países más débiles tienen dos papeles fundamentales: impedir que los países dominantes los avasallen completamente dado que es imposible no someterse del todo a una fuerza extranjera; y segundo, tratar de mantener fortaleza interna para mantener cierta dignidad y fortaleza que le permita mantener un grado de soberanía relativo y vivir con dignidad, sin grandes temores de que su población pueda ser aniquilada, esclavizada o aislada. México pertenece a este segundo grupo -el de los débiles- y hasta antes del gobierno del presidente López Obrador, se practicaba un entreguismo y sometimiento por la falta de astucia y de un liderazgo fuerte.

    Entonces, ¿cuál es el justo medio y qué se debe hacer?, ¿hay algún modelo a seguir? Con la 4T, México volvió a ser un país digno y respetado en el concierto de las naciones, y aunque siempre habrá una voluntad de poder por parte de las grandes potencias -especialmente por parte de Estados Unidos- que aceche a países como el nuestro, lo cierto es que, dadas las condiciones geopolíticas actuales, México debe propugnar por una política exterior que mantenga los equilibrios: se debe evitar algo muy radical hacia la anti dominación porque ello implicaría castigos y bloqueos como el venezolano o el cubano (inimaginable en el contexto actual e indeseable a todas luces); pero tampoco optar por el entreguismo y la humillación como en tiempos del PRIANATO.

    El reto para el siguiente presidente es mantener la misma línea que el presidente López Obrador y que se resume en los siguientes puntos:

    • Mantener unidad y evitar movimientos independentistas internos o balcanizadores promovidos por los globalistas y otros golpistas. La máxima de dividir para vencer es la estrategia “más sencilla” que tienen las grandes potencias para ejercer su voluntad de poder. Fue lo que hizo Estados Unidos con la extinta ex U.R.S.S. y lo que pretende hacer ahora con Rusia. Controlar a México sería más fácil si está dividido en el norte y el sur, por ejemplo.
    • Cooperar siempre que sea necesario con Estados Unidos, Europa y otros países occidentales en todas las áreas posibles, pero reconocer las líneas rojas y límites impasables, por ejemplo, la DEA y la cuestión de seguridad en México. A Estados Unidos le encantaría bombardear estados donde hay narcotráfico, y México debe impedir cualquier injerencia que dañe su soberanía.
    • Recordar siempre la historia que conformó a México y crear un sentimiento de orgullo para consolidar una identidad nacional y valores propios. Las conquistas culturales, contrario a lo que se pudiera pensar, tienen más trascendencia e impacto que las estrictamente materiales, y para muestra la Alemania perdedora de la segunda guerra mundial, hoy erigida como gran potencia mundial.
    • Seguir practicando la Doctrina Estrada y Juarista: entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz, nunca mejor dicho para un país como México, y la no intervención y derecho de autodeterminación de los pueblos, lo cual es una traducción para “no me meto contigo, por lo tanto, no te metas conmigo”.

    Nietzsche en “Zarathustra”, sostiene que cada acción, cada desempeño, cada acto humano (o de países) está envuelto y tiene como objetivo adscrito la voluntad de poder. Incluso quienes luchan por la independencia o la justicia, lo hacen por una voluntad de poder intrínseca. No necesariamente expresa algo correcto, pero sí interesante para el análisis de todos los espectros y colores políticos.

  • Maquiavelo y la virtud

    Maquiavelo y la virtud

    Para Maquiavelo, filósofo perteneciente al periodo renacentista italiano del siglo XV, el poder no tiene que ver con un sentimiento noble como el amor a alguien o algo, o con el significado de bien para las grandes masas, sino con la fuerza, la convicción y la coacción; su enfoque es totalmente pragmático. 

    En su obra cumbre “El príncipe” (1983) menciona que el hombre es perverso y egoísta por naturaleza, sólo preocupado por su seguridad y por aumentar su poder sobre los demás y que sólo un estado fuerte gobernado por un príncipe audaz, astuto y sin escrúpulos morales es capaz de proveer un orden social justo que frene la violencia humana. A él se le atribuye la noción de “dictador” por su visión realista. Esta visión encaja con los oligarcas mexicanos y sus pretensiones de acumular riqueza, aunque estos, a través de sus sicarios mediáticos e intelectuales, han intentado encasillar en ese imaginario político al presidente López Obrador, que, más bien, representa lo contrario.

    En esta idea de poder, no cualquiera posee lo que Maquiavelo llama “la virtud”, que es una característica inherente a los grandes conquistadores y que puede significar el lograr objetivos impensables en circunstancias muy adversas, y en el ámbito político mexicano, López Obrador parece encarnar esta idea de liderazgo con su victoria en 2018 y su desempeño hasta la actualidad. 

    Alguien que, a pesar de tener todo el aparato mediático, intelectual y plutocracia oligárquica en contra, logra que su proyecto político sea el más importante del país. La pregunta es, ¿el sucesor o sucesora poseerán/desarrollarán/mostrarán “la virtud” tal como la concibe Maquiavelo?

    Pareciera ser que no basta con ser buen político con resultados evidentes -dígase Claudia Sheinbaum-, servidor político muy eficiente y de desempeño excepcional -Marcelo Ebrard-, el mejor orador, imbatible en los debates y con carisma inigualable – como Gerardo Fernández Noroña-, o un operador político y mediador de primer nivel y con gran experiencia -tal es el caso de Adán Augusto o el mismo Ricardo Monreal-; y no es que los aspirantes presidenciales mencionados no tengan “La virtud”, es que, en caso de que alguno de ellos llegue a la silla presidencial, deberá mostrar un desempeño superior al que ha mostrado y, al mismo tiempo, deberán contar con una dosis de fortuna que lo acompañe siempre, manteniendo el delicado equilibro de fuerzas que requiere tomar grandes decisiones para la transformación del país, y al mismo tiempo, cumplir la agenda política.

    La “virtud” en términos de Maquiavelo, en política mexicana, equivale a cometer ninguno o pocos errores de no tanta trascendencia, decir lo correcto en el momento correcto y en la magnitud precisa, no tener deslealtades o detectarlas a tiempo, “apagar incendios” y resolver crisis al menor costo y de forma rápida, tener un liderazgo fuerte a nivel internacional y propugnar siempre por una visión soberana y autosuficiente, abatir pobreza y violencia con indicadores objetivos y creíbles, todo bajo un manto democrático y con Estado de Derecho.

    Como colofón, actualmente la palabra “maquiavélico” tiene una connotación peyorativa con cierto sentido perverso. La historia no le ha devuelto el lugar que le corresponde de gran pensador por, tal vez, considerar que su percepción de poder es algo descarada, al igual que la de Nietzsche

  • ¿Por qué ciertas nacionalizaciones son buenas?

    ¿Por qué ciertas nacionalizaciones son buenas?

    El gobierno encabezado por el presidente López Obrador llegó a un acuerdo para recuperar a Mexicana de Aviación por una inversión inicial 815 millones de pesos, más una inyección de 4 mil millones para volverla operativa en unos meses. La aerolínea del Estado Mexicano comenzará a volar en diciembre con rutas hacia 20 destinos y pretende tener precios más bajos que las aerolíneas privadas hasta en un 20%. A pesar de que a priori esto es una buena noticia, pueden surgir ciertos cuestionamientos, como, por ejemplo, ¿realmente conviene que el Estado Mexicano adquiera empresas a pesar de su historial de ineficiencia?, ¿será sostenible en el tiempo aquello de los precios bajos?

    Primero, conviene decir que el periodo neoliberal se caracterizó por la venta de empresas (a valor de remate muchas de ellas) a oligarcas que ensancharon su fortuna, y el fundamento era que una empresa privada es más eficiente y eficaz que una pública por antonomasia. En el dogma neoliberal, la incompetencia del gobierno entorpece y ralentiza el desarrollo de sectores estratégicos, y esa fue la mejor excusa para intentar privatizar casi todo, incluyendo la energía, la banca, minas, etc.

    Sin embargo, unas décadas más tarde, la evidencia empírica muestra que no solo no se ofrecieron mejores servicios (más baratos y de mejor calidad) sino que dejaron de llegar a los usuarios más pobres y de zonas más marginadas, acrecentando brechas de desigualdad y aumentando exponencialmente la pobreza y los males que se derivan de esta. El presidente López Obrador basa su proyecto de nación en el rescate de los sectores más importantes para el país (energía y electricidad), avanza con otros como Mexicana de Aviación, y seguramente guarda la esperanza de que el sucesor de la 4T continúe con la recuperación de otros sectores igual de importantes para el desarrollo del país.

    En el caso de Mexicana de Aviación, la premisa es que el Estado Mexicano pueda intervenir en los precios de forma indirecta, es decir, ofertar vuelos por debajo del precio del mercado para obligar al resto a bajar sus precios. ¿Es esto injusto? En un mercado de competencia perfecta, sí, pero en el caso de un sector como la aviación (como otros tantos) que es controlado por un grupo de mafiosos y traficantes de influencias que incurren en prácticas oligopólicas, la actuación del Estado Mexicano representa un mero acto de justicia, y es que es impensable que un transporte tan importante como el avión sea accesible, hoy por hoy, sólo para los deciles más altos de ingresos. Por supuesto, la prensa corporativa y anti 4T replica que las aerolíneas (y todas las empresas estatales) están condenadas al fracaso y a la inoperancia, pero su discurso, aunque falso, es entendible porque ellos aspiran a que los bienes y servicios del país se rematen al mejor postor para poder hacer negocio con ellos, y gran parte de la lucha ideológica radica en posicionar la idea correcta en el imaginario colectivo: las empresas estatales, sin bien deben basarse en principios de eficiencia y eficacia, su objetivo final no es la rentabilidad, sino el bien común y la prestación de un producto o servicio gratuitos o a un precio accesible incluso para los que tienen menos. 

    Además de las nacionalizaciones, otras intervenciones exitosas durante este gobierno fueron el gas del Bienestar en la Ciudad de México, que provocó una bajada de precios radical de este bien en detrimento de la gran mafia que controlaba el mercado y los precios; y también el Banco de Bienestar, que eventualmente obligará a ofertar productos y servicios bancarios más accesibles en los segmentos medios y bajos.

    Los mexicanos no son conscientes que en países de mayor desarrollo (dígase Europa y algunos asiáticos) el precio de un boleto de avión, de un litro de gasolina, de un kilovatio de energía eléctrica, de una cuenta bancaria de ahorro, etc., son proporcionalmente más económicos respecto al nivel de ingreso, porque si lo fueran, iniciarían un boicot para que ello cambie y las empresas seguramente se ajustarían a ello, sin embargo, la 4T ha intervenido en su representación para que esto ocurra de forma “menos violenta” y legal, como en cualquier país de Estado de Derecho donde el gobierno cuida a sus ciudadanos. 

    Como conclusión, la recuperación de Mexicana de Aviación representa una intervención del Estado Mexicano como acto de justicia para bajar los precios en un mercado cooptado por oligarcas y traficantes de influencias que se dejarán la piel por defender sus intereses y sus fortunas; e intervenciones similares deben ocurrir en otros sectores para hacer de México un país más justo.

  • La cultura woke y la izquierda liberal en México

    La cultura woke y la izquierda liberal en México

    El feminismo más radical, las infancias LGTBI, el ambientalismo ramplón y la “progresía mediática” son las representaciones más comunes de lo que se conoce como cultura woke, o al menos así se ha entendido en muchos países occidentales, pero, ¿de dónde surge y por qué no ha permeado tanto en México?

    La palabra “woke” es el pasado de “wake”, que en inglés significa despertar. El uso de la palabra woke surgió dentro de la comunidad negra de Estados Unidos y originalmente quería decir estar alerta a la injusticia racial, sin embargo, su uso y exportación se ha tergiversado de tal manera que, a día de hoy, puede ser usado como un insulto o como sinónimo de una ideología radical. 

    Muchos países han importado la ideología de Estados Unidos porque es una manera en que el imperio mantiene su poder hegemónico, además del dólar y las armas. Películas de Hollywood, el inglés como lenguaje vehicular en el mundo, costumbres y tradiciones como Halloween, día de gracias, Santa Claus son solo algunos de los ejemplos más comunes, y claro, no podía faltar el adoctrinamiento en lo político.

    La cultura woke ha sido, durante mucho tiempo, la forma de diferenciación del partido demócrata en Estados Unidos para contrarrestar las ideas conservadoras del partido republicano, ello porque, en lo económico y político, no parece haber mucha diferencia entre sus posturas liberales, belicistas, imperiales y anticomunistas. Si el partido demócrata se ha asociado con una supuesta izquierda progresista por el uso de la ideología woke, luego entonces, las izquierdas europeas y latinoamericanas han adoptado, de alguna forma, su uso como bandera política para atraer adeptos, pero esto no ha sido igual en todos los países.

    En Europa, la ideología woke ha fracasado estrepitosamente porque logró colarse en el ideario político de agendas de izquierda que, en su afán de no ser asociadas con un supuesto comunismo o socialismo, la adoptaron como una especie de modernización de la lucha por la igualdad de oportunidades. En España, por ejemplo, se creó el Ministerio de Igualdad, cuyo propósito era defender los derechos de las mujeres, no la falta de oportunidades entre pobres y ricos. El resultado fue que la ultraderecha representada por Vox y parte del PP (FRENA y el PAN, respectivamente en México) arrasaron en las elecciones locales más recientes.  

    En México, el presidente López Obrador no ha comprado ni adoptado la cultura woke en ninguna de sus formas. Entiende que la madre de todas las luchas es la desigualdad y la exclusión social, y que enfocar todos los recursos a ello no solo contribuye más y mejor a desarrollar el país, sino que le traerá mejores réditos políticos. 

    Por otro lado, pareciera ser que, de forma muy paradójica, la oposición (carente de un proyecto de nación, humillada por las constantes derrotas electorales y abrumada por la falta de ideas) se propone adoptar la cultura woke como parte de su ideario político, y por eso los falsos ambientalistas se oponen a proyectos de desarrollo tan importantes como el tren maya; muchas feministas de ocasión concentran su lucha en Palacio Nacional y lejos de las comunidades indígenas, donde tendría algún sentido; comunicadores e intelectuales “progresistas y buena ondita” han quedado exhibidos como vulgares chayoteros y cada día son más irrelevantes sus tertulias de odio anti-AMLO, sus programas de expertos donde todos opinan lo mismo en contra de la 4T; y sus redes sociales infladas por granjas de bots. 

    México debe concentrar sus esfuerzos y su lucha en reconquistar derechos para los trabajadores, acabar con la exclusión social, el clasismo y el racismo; desarrollar un sistema de salud de primer nivel, consolidar un sistema de educación gratuita y de calidad para todos, y muy importante: acabar con la corrupción en todas sus formas, lo demás son distracciones.

  • Reducción de jornada laboral y eliminación del outsourcing: pendiente para el siguiente gobierno

    Reducción de jornada laboral y eliminación del outsourcing: pendiente para el siguiente gobierno

    Hace algunas décadas, en Reino Unido la jornada laboral concluía el sábado, como suele ser en México. Por eso muchos partidos de la Premier League (la liga de fútbol profesional) se jugaban el sábado a las 3 de la tarde, sin embargo, Reino Unido pasó después a una jornada de 40 horas en congruencia con las tendencias laborales que hablan de un mejor balance calidad de vida-trabajo, pero México se quedó en 48 horas porque los empresarios cooptaron el gobierno durante el periodo neoliberal y, en vez de conquistar más derechos para los trabajadores desde el gobierno, hubo retrocesos. 

    Por si no fuera suficiente, en Reino Unido se plantea la necesidad de reducir aún más la jornada como demanda de los trabajadores, y al respecto, se hizo un gran experimento que consistió en cambiar a jornada de cuatro días a la semana, es decir, 32 horas semanales. Dicho experimento incluyó a 61 empresas de diversos ámbitos y a más de tres mil empleados. Los resultados fueron sorprendentes: 18 empresas han decidido permanecer en jornada de 4 días, 38 han prorrogado el experimento y solo 5 han decidido volver a la jornada de antes.  La evidencia mostró que ante la disminución de la jornada laboral se mantenía -y a veces aumentaba- la productividad, pero había mejoras en la calidad de vida para los trabajadores que podían conciliar más el trabajo con la vida familiar. 

    En España le han llamado el 100-80-100: significa el 100 % de la productividad, trabajando el 80% del tiempo y recibiendo el 100% del salario. En otros países, como Chile están legislando en favor de ello.

    Reducir la jornada es una reivindicación feminista porque permitiría conciliar de forma menos desigual la vida laboral y social; es una medida ecologista porque implica menos desplazamientos al trabajo, y, por lo tanto, menos contaminación y gasto innecesario de energía; pero, sobre todo, es una liberación de tiempo para el trabajador, para, digamos, vivir su vida.

    Por otro lado, está el tema del outsourcing, el cual representa una vergüenza a nivel de prácticas empresariales abusivas y, aunque el presidente López Obrador intentó eliminarlo, se encontró con una gran resistencia y oposición en el sector empresarial que le impidió hacerlo. Todo quedó en una iniciativa de ley para evitar la defraudación fiscal e impedir que se afecten los derechos de los trabajadores, pero no es suficiente porque algunos pseudo empresarios han encontrado el recoveco legal para seguir abusando de este esquema en detrimento de la dignidad e ingreso de los trabajadores.

    No todo ha sido negativo, al contrario. El incremento al salario mínimo y el aumento a las vacaciones han sido dos grandes conquistas de este gobierno y han derribado los viejos mitos sobre inflación y baja productividad, respectivamente, y lo mismo pasaría con el outsourcing y la reducción de la jornada. Ojalá que el ruido mediático pagado por los oligarcas para proteger sus intereses no impida hacer conciencia al ciudadano promedio para seguir demandando estas medidas que no solo son justas, sino necesarias.

    Lo que necesita México para ponerse a la altura de los países de avanzada en el ámbito laboral es, sin duda, dar continuidad al proyecto de la 4T a través de profundizar las ideas y acciones de izquierda implementadas en este gobierno, porque, si bien fue un parteaguas a favor de los trabajadores, a nivel de resultados podríamos decir que apenas fue suficiente para detener la inercia neoliberal, y ahora toca reconquistar más y mejores derechos laborales que, lejos de perjudicar al empresariado, lo beneficiarán al tener trabajadores más plenos, más felices y más sanos.

  • Sin control de armas no habrá pacificación

    Sin control de armas no habrá pacificación

    En la entrevista más vista de Milenio de cara a la elección del 24, y sin dudas, la más interesante que ha hecho este medio a cualquier precandidato a la presidencia, Gerardo Fernández Noroña defendió todos los logros del gobierno de la cuarta transformación a capa y espada, como suele ser en sus entrevistas, y también hizo lo propio con el liderazgo del presidente Andrés Manuel López Obrador. Por cierto, es el mejor en ello y nadie debate como Noroña. Sin embargo, atinó a decir que la única crítica válida y no señalada por los panelistas, es que AMLO no pacificará al país como se lo había propuesto al final de su sexenio, y tiene razón. 

    Es innegable que la estrategia del presidente López Obrador es la correcta y que hay números que demuestran que se va en la dirección correcta, pero el ritmo no es el deseable, aunque también es cierto que esto no es responsabilidad, del todo, de este gobierno ni de nadie que ocupe la silla presidencial con independencia de colores e ideologías, ¿por qué? Pues porque el problema de la violencia no se resolverá en tanto exista un mercado  abierto y legal de armas en Estados Unidos y el gobierno de ese país no haga nada al respecto, un mercado que permite a cualquiera portar un arma sin mayor limitación que una identificación, y peor, que a la delincuencia organizada le sea tan fácil adquirir dicho armamento por falta de controles y regulación.

    La violencia en México es, desafortunadamente, de tipo estructural y su origen es multifactorial porque se explica a partir de diferentes fenómenos. Por un lado, el tejido social destruido en tiempos de neoliberalismo, o, en otras palabras, en tiempos de individualismo, egoísmo, aspiracionismo ingenuo, minimización de la comunidad, indiferencia por el prójimo y pérdida de los valores comunes. En una especie de “sálvese quien pueda”, y “mientras mi familia y yo estemos bien que se jodan los demás”, la gente dejó de preocuparse por el prójimo, dejó de pensar que pagar impuestos era útil para seguridad, salud y educación; porque lo que ganaban era solamente producto de su esfuerzo y no merecía la pena ayudar a los demás. Aunado a esta indiferencia por el otro, el crecimiento monstruoso de la desigualdad también hizo eco en forma de violencia en la sociedad mexicana.

    Con sueldos de miseria en empresas maquiladoras de bienes de bajo valor añadido, evasión fiscal, cooptación del gobierno y un poder mediático al servicio de la plutocracia oligárquica, pero sobre todo, con un gran descuido hacia la juventud y las clases bajas y medias, se generó gran resentimiento que derivó en una espiral de violencia, porque como dijo Rafael Correa, ex presidente de Ecuador y líder de la Revolución Ciudadana: la falta de oportunidades, los bajos sueldos y la pérdida de la sensibilidad es igual a disparar balas cotidianas. 

    Para estas causas, la solución es intentar reparar el tejido social (aunque lleve mucho tiempo, es la única solución duradera y digna) pero esto no es suficiente. No se trata de tirar más bombas o tener mejores armas, se trata de evitar que la delincuencia pueda comprar armas de alto calibre por E-bay o Amazone, tal como hacen los estadounidenses, sin importarles el daño que se causan a sí mismos -como los tiroteos masivos en escuelas, centros comerciales, etc.- y el daño colateral que causan a México. Se trata de que dejen de suponer que los malos están al sur del Río Bravo, y al norte solo hay inocentes víctimas.  

    Mientras Estados Unidos no se haga cargo de ello, asuma su responsabilidad y tome acciones para la regulación de armas, no disminuirá la violencia en México como es deseable, lo que aumentará el flujo migratorio irregular en perjuicio de sus propios intereses.

    Y lo más importante: el siguiente ocupante de la silla presidencial en México debe, sí o sí,poner el tema sobre la mesa con Estados Unidos e intentar negociar hasta donde sea posible, de otra forma, estamos condenados a ser un país violento y a expensas del poder adquisitivo (que es muy alto, por cierto) de la delincuencia para hacerse de armas de cualquier calibre y sin la menor traba burocrática o regulación.

  • El mito de que los pobres no trabajan y son pobres porque quieren

    El mito de que los pobres no trabajan y son pobres porque quieren

    Hace unos días, en la conferencia mañanera, el presidente López Obrador citó un tweet de Lilly Téllez que, a priori, podría ser tomado como un desvarío más de la gritona y locuaz senadora del PAN, sin embargo, dicha expresión puede considerarse representativa de todo el pensamiento conservador en Occidente si se analiza detalladamente. Sus palabras fueron: “sí, ya les toca, pero trabajar”, esto en respuesta a otro tweet que hacía referencia a que la Inversión Pública y derrama económica que generan los proyectos de la 4T están principalmente dirigidos al sureste de México. 

    El texto de Téllez da a entender lo que el votante de derecha (clase media o alta) suele pensar de los pobres: lo son porque quieren, porque si trabajaran -como ellos- tendrían, al menos, mejor vida. ¿Hay prepotencia o ignorancia supina en este tipo de pensamiento? Puede ser que ambos, pero sobre todo la segunda.

    Mucha gente que no sale de su burbuja de privilegios y cuyos viajes son demostraciones de poder adquisitivo más que inmersiones culturales, realmente cree y se imagina que los pobres se la pasan en las hamacas esperando la siguiente ayuda del gobierno, que los indígenas son una subespecie de gente menos evolucionada e indigna de merecer los beneficios y privilegios con los que cuentan ellos porque, de nuevo, no se esfuerzan tanto o, si lo intentan, no son tan capaces. Realmente hay mucha gente que está convencida de que las excepciones son generalizaciones o pruebas fehacientes de que el sistema –su sistema- funciona, porque si un pobre logró tener movilidad social, ello significa que todos pueden hacerlo. Dicha lectura merece 3 reflexiones:

    1. La meritocracia fue una forma de pensamiento exitosamente infundada en el imaginario colectivo de las clases medias y bajas durante el periodo neoliberal, y no solamente en México, sino en los países occidentales. La gente pobre llegó a creerse que su desgracia era producto de su holgazanería e incompetencia, a pesar de la obvia falta de oportunidades y acceso a derechos básicos. Entonces, la guerra ideológica y la desmitificación de las mentiras impuestas como verdades a través de diversos aparatos ideológicos, debe combatirse diario. El objetivo de la izquierda pasa porque el hombre libre tenga conciencia de clase y reflexione sobre ella diario. Marx es más vigente que nunca.
    2. La batalla cultural es importante para derrotar al pensamiento conservador. La humildad, la generosidad, la hermandad y la visión comunitaria deben ser las piezas angulares para la concientización y politización de una sociedad que exija más y mejores derechos. El pueblo unido es más fuerte que cualquier lobby empresarial o conglomerado de medios de comunicación, pero mientras no compartamos valores comunes a defender y una identidad de la cual sentirnos orgullosos y a prueba de manipulación, ellos siempre podrán emplear técnicas de enajenación y división para imponer su visión individualista, egoísta, materialista y aspiracionista. 
    3. Un liderazgo fuerte y un proyecto de largo plazo son indispensables. De momento, todo descansa en los hombros del presidente López Obrador. Con su apabullante 70% de aprobación al quinto año de mandato y siendo el foco mediático y político de México, alcanza para mantener alejado del poder al pensamiento conservador, pero, ¿y si algo le pasara?, ¿y si el sucesor no lograra tener su impacto y fuerza?, o peor, ¿si traicionara al proyecto? De momento, hay optimismo porque parece haber cuadros de presente y futuro para darle continuidad a un proyecto de izquierda, sin embargo, siempre hay riesgo de rupturas y egos, y en momentos críticos como las elecciones de 2024, debe cuidarse al máximo este aspecto.

    Ni un milímetro de espacio ideológico, cultural y político al pensamiento conservador retrógrado. Nunca más un pobre que crea que lo es porque no se esfuerce, sino uno informado y politizado que se deje la piel en la calle, a favor de su comunidad y que vote por la opción que realmente apoye a las grandes mayorías, para que eventualmente se convierta en alguien de clase media, consciente y agradecido con las batallas que libraron sus antecesores.

  • Mexicanos al grito de guerra

    Mexicanos al grito de guerra

    El fentanilo es un opioide sintético 50 veces más fuerte que la heroína y 100 más que la morfina. Su uso original era con propósitos hospitalarios, pero sus efectos adictivos son tan devastadores que se ha convertido en una de las principales causas de muerte en Estados Unidos y gran preocupación para el gobierno de este país, no solo por la cuestión de salud pública, sino por el tráfico ilegal que genera, y que parece ser el pretexto perfecto para promover intervencionismo en México desde la Casa Blanca.

    Senadores republicanos, específicamente Den Crenshaw y Mike Waltz, pidieron al congreso estadounidense el uso del ejército para combatir a los cárteles mexicanos, es decir, ponerlos al nivel del Estado Islámico y tratarlos como terroristas para causar en México la muerte y devastación que crean necesaria hasta “derrotar al enemigo”, tal cual lo han hecho en Irak, Afganistán, Siria y un largo etcétera.

    Nada de esto era relevante porque se consideraba parte de la politiquería de personajes, hasta cierto punto, irrelevantes, sin embargo, el exfiscal de ese país, William Barr, escribió sobre ello en el Wall Street Journal, donde, básicamente, aplaude la estela de muerte que dejó el gobierno de Calderón en la llamada guerra contra el narcotráfico que emprendió el espurio expresidente mexicano (cuyo Secretario de Seguridad Pública fue Genaro García Luna, recientemente hallado culpable por vínculos con el Cártel de Sinaloa), y critica al presidente López Obrador por hacer más énfasis en atacar las causas y matar a menos seres humanos, porque claro, si los muertos son del Río Bravo hacia el sur, no importan tanto como los del norte.

    Ya sabemos, lo usual: la misma estrategia fracasada de hacer creer que los malos son los productores mexicanos y colombianos y no los consumidores estadounidenses, y no reconocer la evidente decadencia de ese país, que lo convierte en el mayor consumidor de drogas del mundo. Por si ello fuera poco, otro retrógrado de nombre John Kennedy, también senador estadounidense, declaró que, sin Estados Unidos, México estaría comiendo comida de gatos de una lata, viviendo en una carpa en un traspatio.

    El presidente López Obrador ha desestimado las declaraciones de estos personajes intrascendentes, sobre todo porque son hechas por porristas y engaña tontos en tiempos de campaña, no por políticos serios, pero lo más importante: ha llamado a no votar por quien quiera utilizar a México en discursos xenófobos y racistas (indirectamente, esto afecta más al partido republicano). La pregunta es: ¿esto impacta a la política interna de Estados Unidos? Sí y no.

    En términos absolutos, el llamado de cualquier presidente a no votar por tal o cual candidato de otro país podría parecer irrelevante, pero el caso del presidente López Obrador es especial. Tiene una aceptación del 70% y goza de gran popularidad entre los mexicanos que viven de Estados Unidos, donde, por cierto, hay 40 millones de ellos (población mayor que la de países como Irak, Canadá, Perú o Arabia Saudita, y casi tan grande como la de Argentina, España o Colombia).

    En una elección cerrada, el llamado de López Obrador podría tener algún impacto en el resultado electoral, y aunque él ha declarado que México se conduce por la resolución pacífica de los conflictos y el principio de no intervención, ha dejado muy claro que no permitirá que agarren a México de piñata discursiva, y como mexicanos tenemos que cerrar filas en torno a ello, defender la dignidad de México, rechazar el intervencionismo cínico de Estados Unidos y, en síntesis, defender la patria.

    No podemos regresar a tiempos de entreguismo cuando políticos mexicanos hincaban la rodilla ante el imperio, y aunque este siga queriendo hacer parecer como que México es el culpable, lo cierto es que los grandes consumidores (y también productores) son ellos, pero en la opinión pública no se habla de ello porque nunca se admitiría que la potencia hegemónica enfrenta los mismos problemas (y quizás peores) que sus vecinos del sur.

    Históricamente, la lucha contra los cárteles en América Latina ha sido un gran fracaso por dos cosas: no atacar las causas como la monstruosa desigualdad y la falta de oportunidades en regiones pobres y poco desarrolladas; y la falta de voluntad política de Estados Unidos para hacerse cargo de un problema que lleva mucho tiempo impactando a su sociedad, pero que al mismo tiempo sostiene parte de su economía. Hipocresía, le llaman.