Autor: Los Reporteros Mx

  • Gobernar no es ganar elecciones: es dar la cara ante la gente

    Gobernar no es ganar elecciones: es dar la cara ante la gente

    Gobernar no concluye con el conteo de los votos. El compromiso de fondo empieza cuando las decisiones públicas deben traducirse en resultados tangibles y en explicaciones claras frente a la sociedad.

    A propósito de su Segundo Informe de Gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum no limitó su encargo a la entrega formal ante el Congreso de la Unión exigida por el artículo 69 constitucional. La decisión de recorrer las 32 entidades federativas para exponer los avances de la administración pone sobre la mesa una distinción fundamental: la diferencia entre acatar un trámite republicano y asumir la rendición de cuentas de cara a la población.

    Ya que una cosa es cumplir con una obligación constitucional y otra, es acercar esa información a la ciudadanía.

    La gira “Honestidad y Resultados” trazó una ruta por el país que comenzó en Morelos y concluirá este 27 de septiembre en la Ciudad de México, tras recorrer 24 estados. En cada entidad, la conversación no fue general ni abstracta. Se habló de lo que a cada comunidad le preocupa de verdad: el agua que falta en la llave, los caminos y trenes para trasladarse, una vivienda propia, un hospital con medicinas o una escuela digna para las hijas y los hijos.

    Y hagámonos esta sencilla pregunta: ¿por qué importa que un informe de gobierno salga de las oficinas y se presente directamente en el territorio? La respuesta es, porque los números cambian de sentido cuando tocan la vida diaria de las y los mexicanos.

    Ya que hablar de millones de pesos en un documento oficial, con lenguaje técnico y presentado por escrito, suele sonar lejano e incomprensible. En cambio, cuando el presupuesto se explica en la calle y frente a la comunidad, la cifra se vuelve tangible: se traduce en una obra terminada, en un servicio que funciona o en una necesidad que aún no se resuelve.

    Rendir cuentas en el territorio transforma de raíz la relación con el poder. Cuando los servidores públicos salimos del escritorio, el informe deja de ser un monólogo lejano y se convierte en un ejercicio honesto de cara a la gente: un espacio donde se explican las decisiones de frente y la ciudadanía tiene la posibilidad real de contrastar las palabras con lo que vive todos los días.

    Hablar de cifras multimillonarias resulta abstracto para una familia ocupada en resolver lo urgente: cómo llegar a tiempo al trabajo, conseguir una cita médica, pagar la renta o asegurar la escuela de sus hijos. En cambio, explicar con claridad cuánto costó un camino, cuándo llegará el agua a su colonia o cuántas viviendas se van a construir, le devuelve sentido al servicio público, permitiendo que cada persona comprenda con exactitud qué significa el presupuesto en su propia vida.

    Ese es, para mí, el verdadero sentido de la rendición de cuentas: que el gobierno no solamente informe, sino que explique, que busque que la mayoría de los mexicanos entienda. Que se acerque al pueblo de México, que busque generar cultura jurídica en el país, que explique aquello que es técnico en algo sencillo para que pueda ser comprendido por la mayoría de las personas.

    Hay datos que permiten dimensionar el tamaño de lo que está en juego. Por ejemplo, el Gobierno Federal ha señalado que durante este año los Programas para el Bienestar alcanzan casi un billón de pesos y que su financiamiento forma parte del presupuesto público.

    Una cantidad de esa magnitud no puede entenderse únicamente como una cifra presupuestal. Son recursos que pertenecen a todos los mexicanos y, por lo mismo, deben estar sujetos a reglas, controles, transparencia y evaluación.

    La rendición de cuentas, entonces, no consiste en escuchar únicamente los logros de una administración. También implica preguntar cuánto costó, quién recibió el beneficio, cuándo estará terminada una obra, qué resultados produjo y qué problemas continúan pendientes.

    Ahí está una de las diferencias entre informar y rendir cuentas. Informar es decir lo que se hizo. Rendir cuentas supone explicar y responder por ello. Y esto no corresponde solamente al Poder Ejecutivo.

    Como jueza federal, considero que este principio también debe aplicarse a las instituciones de justicia. El Poder Judicial tiene una obligación particularmente importante: explicar a la sociedad cómo funciona la justicia, cuáles son los derechos de las personas y qué pueden hacer cuando una autoridad vulnera sus derechos. La ciudadanía no tiene por qué ser experta en derecho para exigir justicia.

    Si una persona está detenida, debe saber qué derechos tiene. Si una autoridad no responde una solicitud, debe conocer qué mecanismos existen para reclamar. Si alguien necesita acudir al juicio de amparo, debe poder comprender, en términos sencillos, para qué sirve y cuáles son sus alcances.

    Las instituciones no podemos exigirle a la gente que domine el lenguaje técnico con el que trabajamos; somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad ética y profesional de explicarlo con sencillez. Quienes integramos el servicio público, ya sea desde el Poder Judicial o desde cualquier otra trinchera del Estado, estamos para servir a la ciudadanía, y es nuestro primer deber hablarle con claridad, rendirle cuentas y responderle de frente a México.

    Por eso hablar con la ciudadanía no debe confundirse con hacer política partidista. Una institución pública puede acercarse a la sociedad sin perder su imparcialidad. Al contrario, una institución que explica cómo funciona, transparenta sus resultados y escucha las necesidades de las personas puede generar mayor confianza.

    Claro que un acto público, una plaza llena o una cifra presentada en un escenario no sustituyen los mecanismos formales de fiscalización, auditoría, transparencia ni control institucional. Tampoco sustituyen la obligación de que los datos puedan ser revisados y contrastados, ya que la rendición de cuentas necesita siempre de dos cosas: cercanía con la gente y controles institucionales.

    Porque la ciudadanía tiene derecho a escuchar a sus autoridades, pero también tiene derecho a preguntar, cuestionar y verificar. Ese equilibrio es indispensable.

    La gira de la Presidenta para informar sobre sus dos primeros años de mandato debe evaluarse más allá de las concentraciones masivas. Su trascendencia democrática depende de qué información llega a la gente y qué herramientas le otorga para exigir cuentas. Gobernar de frente significa no escudarse en escritorios ni en cifras incomprensibles.

    Esta obligación no admite excepciones: rige para el Ejecutivo, el Legislativo y, desde luego, para el Poder Judicial. El poder público no pertenece al servidor en turno, sino a la sociedad. Por eso la rendición de cuentas debe ser un hábito diario y no un evento anual: explicar, escuchar, responder y corregir cuando haga falta. En eso consiste, lisa y llanamente, la verdadera responsabilidad republicana

    Porque quien tiene el honor de servir a México también tiene la obligación de dar la cara ante México.

  • La mexicana promedio

    La mexicana promedio

    Hace cinco años escribí La mexicana promedio, en dos entregas. Cinco años han transcurrido desde aquel ejercicio censal que nos mostró el rostro de una sociedad confinada y en mutación. La distancia entre el Censo de Población y Vivienda 2020 y los nuevos datos que arroja la Encuesta Intercensal 2025 (ENIC) no es meramente cronológica; es la marca firme de una transición demográfica que avanza sin pausa. Volver al espejo de las cifras es un ejercicio necesario para descifrar qué nos dice el número frío sobre nuestra carne, nuestra historia cotidiana y el porvenir previsible.

    En principio, somos menos de lo que se esperaba. Las proyecciones demográficas (CONAPO, ONU) indicaban que el país tendría en 2025 entre 132 y 133 millones de habitantes. La ENIC indica que a octubre del año pasado habitamos México 130.9 millones de personas. Poco menos de lo esperado, pero un montón de hombres y mujeres. Al cruzar la mirada desde el inicio del siglo XX hasta los datos de la ENIC 2025, el salto demográfico es monumental: pasamos de 13.6 millones de habitantes en 1900 a 130.9 millones hoy. Eso significa que la población de México se ha multiplicado por 9.6; es decir, casi se ha decuplicado en siglo y cuarto.

    Tomando como base la población total registrada por la ENIC 2025 —130,911,314 habitantes—, la mitad exacta de esa cifra es de 65,455,657 personas. Según los datos censales históricos, en 1970 éramos 48,225,238 y en 1980, 66,846,833. Haciendo una interpolación lineal entre ambas décadas, la población de México cruzó la marca de los 65.4 millones en los últimos meses de 1978. En otras palabras, en poco más de cuatro décadas y media (de finales de los setenta a 2025), el país duplicó por completo su volumen demográfico, un reflejo condensado de la vertiginosa explosión poblacional del siglo XX.

    Nos mantenemos en la posición 11 entre los países más poblados del mundo, justo por arriba de Japón (122 millones) y atrás de Etiopía (140 millones). La nuestra es la tercera nación con más gente de América, solamente atrás de Estados Unidos y Brasil (349 y 214 millones, respectivamente), y muy distante de la que se halla en cuarto lugar, Colombia (54 millones). Si en India, país más poblado del orbe, viven 18 de cada 100 habitantes del planeta, en México radicamos 1.6 de cada 100 seres humanos.

    Los resultados de la EIC permiten observar un perfil demográfico detallado de México: hoy se confirma que seguimos envejeciendo y concentrándonos en las manchas urbanas.

    Me parece que la revelación más importante que arroja el pulso intercensal de 2025 se encuentra en el calendario vital de la población. Ya no nos cocemos al primer hervor: si nuestra edad mediana —edad que divide a una población en dos grupos numéricamente iguales, es decir, la edad en la cual la mitad de la población tiene una edad menor o igual, y la otra tiene una edad mayor o igual— en 2020 era de 29 años, ahora ya rebasó los treinta. El país ha dejado atrás la juventud que lo caracterizó durante el siglo pasado. Cuando yo nací, a mediados de la década de los sesenta, la edad mediana de la población era de menos de 18 años, es decir, poco más de la mitad de la población en México era menor de edad. Hoy la edad mediana es de 32 años. Con todo, a pesar de este envejecimiento paulatino, nos mantenemos a la par de la media global y distamos aún de las estructuras profundamente envejecidas de otras latitudes: mientras que en China y Estados Unidos la edad mediana ronda los 38 años, en Francia asciende a más de 41 y en Alemania supera con holgura los 45.

    El predominio femenino persiste y se consolida. Las mujeres continúan siendo una mayoría constante en el mosaico demográfico nacional, superando ligeramente el 51% del total de los habitantes. Así que, considerando la distribución por edad y sexo de los habitantes de nuestro país, bien podría afirmarse que el mexicano promedio no es un mexicano sino mexicana, una mujer mayor de edad que este año celebra su 33 aniversario.

    Por supuesto, la mexicana promedio seguramente no existe en la realidad concreta. La mexicana promedio es solamente una abstracción que puede ayudar a entender un poco la complejidad de un colosal conglomerado sociodemográfico, integrado por una riquísima diversidad de gente de carne y hueso. Advertido lo anterior, pongámosle un nombre a la mexicana promedio… Me niego a usar el predecible María Guadalupe que exigen la probabilidad estadística y la idiosincrasia nacional —¿algo más indiscutible ligado a la mexicaneidad, otra abstracción, que la Virgen Morena? —, así que, sin caer en la tentación de las excentricidades, bauticémosla como María Alejandra. Si bien eso no lo reportan los resultados de la EIC, la historia y el sentido común indican que la mexicana promedio es mestiza. Lo que sí nos deja afirmar la información estadística es que María Alejandra no se considera a sí misma ni indígena ni afromexicana negra o afrodescendiente —el 18.6% y apenas el 1.6% de la población se declaró así, respectivamente— y que no habla una lengua indígena —a nivel nacional, apenas el 6% de la población de 3 años y más declaró hablar una—. Sabemos también que sabe leer y escribir —la tasa de alfabetización de nuestro país en personas de 15 años y más es de 96%—, que tiene completada la educación básica y que no sufre ninguna discapacidad, —en el grupo de edad que va de 30 a 59 años únicamente 3.6% de los habitantes del país dijo presentar alguna— ni reporta algún tipo de problema o condición mental —como sí lo declara el 1.1% de la población de nuestro país—. Y, claro, María Alejandra vive en algún municipio mexiquense integrado a la Zona Metropolitana del Valle de México, y seguramente no tiene ni quiere tener hijos.

    @gcastroibarra

  • Trumpas y la oposición

    Trumpas y la oposición

    Trump salió con que México es el epicentro de todo el mal, el epicentro de los cárteles del narco que azotan a su país. Solo que se le olvidó un detallito, o varios, como, por ejemplo, que los gringos son el país más consumidor de drogas del mundo, que básicamente no hacen nada para detener el tráfico dentro de los EUA (no creo que la droga llegue a EUA y la gente llegue a recogerla así nada más porque sí), se le olvidó decir que tanto la CIA y DEA son los traficantes de drogas más grandes del mundo, que los gringos armaron, arman a los narcotraficantes de México.

    Ahora que, si él se lamenta, compartir frontera con un país que dejó, en cierta medida, de ser el tapete de los gringos, a nosotros nos da más pena, coraje, compartir frontera con un país sumido en las drogas, con un país que tiene a un pedófilo/payaso como presidente, y lo peor, a un país que es el más grande terrorista del mundo, de todo esto tenemos que lamentarnos. Y lo peor que el comercio no quiera ver hacia otros lados.

    Y como siempre, la oposición no nos puede fallar, y nuevamente se puso de tapete de Trumpas, ahí tienen a Alito, a su mascota Mancilla haciendo el ridículo con su gorrita verde al estilo de Trump, que esa idea es de uno de los genios influencers, precisamente del hermano de la muchacha que increpó a Fernández Noroña en el Aeropuerto, esa que se cayó en las temibles escaleras del Bienestar, ese mismo sujeto, que usa modelos en bikinis, para hacer sus buenas obras… También, cómo no podría faltar el líder del cartel inmobiliario, ahora dirigente del PAN junto a Canayín, pidiendo a gritos que Trump intervenga en México, solo para que les regresen el poder y obviamente el dinero del pueblo. A la vez que lloran y chillan por una alianza, para ahora sí sacar a Morena del poder, y regresar ellos, que solo quieren vender México al mejor postor o al peor postor, solamente.

    Y por si no fuera poco, andan muy álgidos con la ley que se inventaron, un meme = cárcel, porque este gobierno censura, claro, gritan, bufan en esta terrible dictadura, y como los sujetos que tienen doble nacionalidad, que la presumían en todos lados, ya podrán ser candidatos – hasta que renuncien a ella –, andan más que encaprichados, con sus fake news, sus chismes, que solo entre ellos se la creen y eso, es supuestamente.

    Y como la oposición no es capaz de ser honesta, adivinen quién empezó la campaña electoral del 2027 de forma adelantada, obviamente la oposición. Pero si se les dice algo, es “censura” de este “narco gobierno”.

    Lo único bueno es que el pueblo ya despertó, como AMLO hizo que hiciéramos, a pesar de muchos, y ya no nos creemos las falacias de la oposición, y en muchas ocasiones las de los nuevos chayoteros pro 4T, que se quemaron por andar defendiendo a los sionistas en México, y defendiendo a Citlalli Hernández, que ha hecho un pésimo trabajo, y en presidencia la siguen defendiendo, obvio, desde allá la pusieron a la feminazi de Hernández, cómo pedirá el voto a los hombres para ella ahora que aparentemente “ganó” para ser alcalde Cuauhtémoc en la Ciudad de México, no vaya a ser que desde Presidencia, al compartir las mismas ideas feminazis, la quieran imponer para ser la sucesora de Clara Brugada en la Ciudad de México.

    Y #laperritadetrump sigue ladrando, igual que Alito el traidor a la patria, y en el Poder Legislativo siguen sin hacer nada para castigarlo…

    No se les olvide, este texto está plagado de opiniones, cuestionamientos personales, algunos hechos reales y chunga.

    #PalestinaLibre #FreePalestine

    Gracias.

    BLOG: https://chimpando.blogspot.com/

  • Dados cargados en Morena

    Dados cargados en Morena

    Las designaciones de los coordinadores por la defensa de la Transformación de Morena tienen dados cargados. Hay designaciones muy criticadas, que pudieron ser evitadas desde el inicio del proceso, por ejemplo, la de Beatriz Mojica, Julieta Ramírez, Carlos Torres Piña, Eugenio segura, Verónica Díaz. Es decir, el 50 por ciento de las designaciones generaron dudas y produjeron inconformidad.

    El caso de Zacatecas llega a la obviedad, porque si la pelea obsesiva por el poder de los Monreal llegó al extremo de la amenaza de renuncia al partido de Saúl Monreal quien quería ser obligadamente candidato a gobernador, debieron encender las luces de alerta sobre el clan pero le dieron el triunfo, a través de Verónica Díaz, ex esposa de su hermano Luis Enrique, hay divorcios por conveniencia, todos los días hay muestra de ello, esta ruptura tuvo lugar en 2018.

    La cúpula de Morena se concentró en asegurar que, una vez firmadas las condiciones del proceso por los participantes, nadie podría echarse para atrás, pero no se aclaró que se tendrían que aceptar ganadores por absurdos que fueran los resultados.

    El filtro para impedir que hubiera deterioro de la imagen de la cúpula morenista se aplicó de manera selectiva, tal es el caso de Evangelina Moreno Guerra, quien promovió ante la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación un juicio para la protección de sus derechos político-electorales, luego de no haber sido incluida en la encuesta final del proceso en Baja California.

    En el recurso cuestiona la entrega de la constancia de coordinadora estatal a Julieta Ramírez Padilla, así como diversos actos relacionados con la organización y ejecución de la encuesta. Se señala, además, la presunta falta de transparencia y publicidad de los resultados, la omisión de fundamentar y motivar la metodología empleada y una posible vulneración a los principios de paridad y equidad.

    Evangelina Moreno reiteró que su actuación tiene como propósito defender la legalidad, la participación política de las mujeres y el derecho a competir en condiciones de igualdad:

    “No solicitamos privilegios; exigimos reglas claras, transparencia y respeto a los principios de paridad y equidad. Las mujeres de Baja California tenemos derecho a participar y a ser evaluadas en condiciones justas”, señaló.

    La instrumentación de los concursantes no fue equitativa desde el inicio, y ahora que hay descontento, se adjudica traición a quienes convocan a la autocrítica al partido, a los que convocan a reconocer los errores y enmendarlos; se les llama priistas, adjetivo ya bastante fuerte para cualquier mexicano con dignidad.

    Si hay alguien en Morena con faltas graves a la lealtad es a quien defienden, es decir Ricardo Monreal, quien ha favorecido a otras organizaciones, intentado crear partidos nuevos, armonizado con los más radicales contrincantes, establecido amistad con quienes insultan a la Presidenta, otorgado espacios inmerecidos a los opositores, entre otros muchos motivos para ser nombrado traidor desde el sexenio pasado y lejos de expulsarlo del partido, se le entregan espacios para que su cacicazgo continúe haciendo daño a la Cuarta Transformación.

    Quien cuestione la conducta de los Monreal no atenta contra el partido, al contrario, lo defiende de él.

    Los concursantes firmaron un acuerdo de aceptación de los resultados con lógica, coherentes, respetuosos del derecho y atendiendo al pueblo y no a intereses particulares o familiares.

  • Hablar de la independencia desde los pueblos originarios

    Hablar de la independencia desde los pueblos originarios

    Vivir las fiestas patrias en una comunidad indígena de la Sierra Juárez de Oaxaca es una experiencia solemne e interesante. Me gustaría dar paso al docente de la Escuela Secundaria Técnica N°31, Rodrigo Aldahir Rendón Pérez, responsable del discurso de la ceremonia conmemorativa del 216 Aniversario de la Independencia de México, de esa comunidad:

    La lucha de hace más de dos siglos […] fue, sobre todo, un llamado a construir un país de iguales, un país donde la justicia no fuera privilegio, sino un derecho. La historia nos recuerda que la independencia no fue un regalo, sino el fruto del valor, de la unidad y del compromiso de un pueblo que no se resignó. Y esa enseñanza sigue siendo actual. Porque si somos honestos, todavía hay cadenas que no hemos roto del todo.

    En Oaxaca, lo sabemos de cerca. Somos una de las entidades con mayor riqueza indígena de todo el país (zapoteca, mixteca, mazateca, chinanteca, mixe, y tantos pueblos más) y sin embargo, seguimos viendo cómo se discrimina por el color de piel, por hablar una lengua originaria, por el apellido. 

    No podemos honrar a Hidalgo, a Morelos, a la Corregidora, mientras sigamos permitiendo que en las aulas, en la casa, en las calles, se trate como inferior a quien lleva en la sangre la raíz más antigua de este país. La independencia que no reconoce esto como una herida abierta, es una independencia incompleta.

    Nos enseñaron que México dejó de ser colonia en 1821. Pero la soberanía de un pueblo no es solamente un acta que se firma una vez; es algo que se defiende cada generación, frente a cada nueva forma de dependencia. Hoy esa dependencia no llega con ejércitos extranjeros marchando por nuestras calles. Llega en forma de contratos, de tratados desiguales, de decisiones sobre nuestra tierra, nuestra agua, nuestro maíz y nuestros minerales que se toman lejos de aquí, sin preguntarle a la gente que va a vivir con las consecuencias. Defender la soberanía hoy significa defender el derecho de México y de sus pueblos a decidir sobre lo que es suyo.

    Durante décadas se nos dijo que el progreso significaba abrirlo todo al mercado, entregar lo público a manos privadas, medir el valor de las personas por lo que producen y no por lo que son. Ese modelo prometió bienestar para todos y en el camino dejó comunidades enteras sin tierra, sin agua, sin las formas de vida que sus abuelos conocían. Prometió individualismo como libertad, y lo que trajo, muchas veces, fue soledad.

    Pero aquí, en nuestros pueblos, siempre hemos tenido otra respuesta, una que es más vieja que cualquier modelo económico importado: la organización comunitaria. El tequio, la asamblea, gozona, el cuidado colectivo de la tierra y del agua. Esa sabiduría ancestral (que algunos quisieron hacer ver como atraso) es en realidad una alternativa real frente a un sistema que nos quiere aislados y compitiendo entre nosotros…(Rendón, 2026).

    Pensar la independencia desde los pueblos originarios es sentir la deuda histórica con ellos, que la “modernidad”, el “desarrollo”, el “progreso” y más elementos que se han usado para ocultarlos. Hoy necesitamos darles reconocimiento, respeto y acercarnos a nuestros orígenes porque México es una mezcla de las culturas originarias y una gran cantidad de culturas con las que hemos convivido desde hace siglos, esa es nuestra subjetividad constitutiva.

  • “Narco oposición”

    “Narco oposición”

    Durante los últimos años, la expresión narcogobierno ha ido ganando terreno en el lenguaje político mexicano. Se trata de una palabra estridente y de un recurso de la confrontación partidista, pero también de una operación discursiva compleja que pretende tomar un señalamiento concreto sobre la posible relación de una persona con el crimen organizado, extenderlo hacia el partido al que pertenece y terminar convirtiéndolo en una característica que define a todo un gobierno e incluso al Estado. Ese fue precisamente el fenómeno que me interesó estudiar en el artículo “La construcción discursiva del narcogobierno: del vínculo criminal atribuido a la identidad política (México, 2024-2026)”, recientemente publicado en la revista Symbolum de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Los resultados obligan a mirar con mayor cuidado esta estrategia utilizada predominantemente por la oposición mexicana, porque una cosa es investigar y denunciar posibles vínculos entre funcionarios y organizaciones criminales, y otra completamente distinta convertir una acusación en una identidad colectiva. Por supuesto que una democracia necesita una oposición que investigue, cuestione y denuncie cualquier indicio de complicidad criminal; pretender lo contrario sería absurdo y antidemocrático, pero precisamente por la gravedad de esas acusaciones, tendría que existir una correspondencia igualmente rigurosa entre aquello que se afirma y aquello que puede demostrarse.

    En el corpus de la investigación encontré que sería metodológicamente irresponsable determinar que las acusaciones de la oposición son falsas por completo; sin embargo, para el debate público, lo revelador es la distancia que puede existir entre aquello que inicialmente se atribuye a una persona y la identidad política colectiva que termina construyéndose a partir de esa acusación. Es legítimo cuestionar si determinado personaje sostuvo relaciones con integrantes del crimen organizado y exigir que se investigue hasta sus últimas consecuencias, pero se requiere otro nivel de demostración para sostener que su partido es un narcopartido, que su gobierno constituye un narcogobierno o que México se ha convertido en un narcoestado. Entre una afirmación y otra, la repetición política puede volver imperceptible, aunque la evidencia, no necesariamente la cubra.

    En ese sentido, la oposición encontró en el prefijo narco una herramienta poderosa para simplificar a sus adversarios, pues se deja de discutir el fondo de las decisiones de seguridad, resultados gubernamentales o responsabilidades administrativas y se opta por colocar el prefijo delante de una persona o institución. Así, la acusación deja gradualmente de funcionar como una hipótesis que debe demostrarse para operar como definición: narcopolítico, narcopartido, narcogobierno. Bajo esa lógica podríamos trasladarnos deliberadamente al absurdo: Si una acusación contra una persona fuera suficiente para definir políticamente a todo el colectivo al que pertenece, entonces también podríamos inventar una nueva categoría: la “narcooposición”. ¿Sería razonable semejante simplificación? Evidentemente no, porque una acusación individual no demostraría por sí misma la naturaleza criminal de toda la oposición y justamente ahí reside la ironía: esa es la misma operación discursiva que permite pasar de una relación atribuida a una persona a una identidad adjudicada a todo un partido, un gobierno o incluso al Estado.

    Vista de esa manera, narcooposición es una expresión deliberadamente absurda, pero su absurdo permite exhibir el problema: dejamos de preguntar qué está probado y hasta dónde alcanza realmente la evidencia para comenzar a construir identidades políticas mediante asociaciones sucesivas. Si consideramos injustificado generalizar una acusación individual para caracterizar a toda la oposición, tendríamos que aplicar el mismo estándar cuando la generalización se dirige contra el gobierno. Por eso mi crítica a la oposición puede resumirse en una exigencia muy sencilla: demostrar más y etiquetar menos porque si la acusación sustituye a la prueba, la discusión termina convertida en un círculo políticamente rentable, pero socialmente estéril.

    Finalmente, la oposición mexicana tiene el derecho y la obligación democrática de cuestionar posibles vínculos criminales, pero si aspira a presentarse como alternativa de gobierno, tendría que comprender que la contundencia de una denuncia no depende del tamaño del adjetivo y su repetición permanente, sino de la solidez de la evidencia que sea capaz de colocar detrás de él.

    https://uatx.mx/publicaciones/revistas/ftssyp/SYMMOLUM_2026_6_12.pdf

    Luis Tovar
    Secretario General de la Fundación para la
    Defensa del Medio Ambiente. FUDEMAH A.C.

  • Trump en la ONU: cárteles, soberanía y el reto de México

    Trump en la ONU: cárteles, soberanía y el reto de México

    Una vez más, desde uno de los escenarios políticos más importantes del mundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, puso sobre la mesa un tema que México no puede simplemente ignorar. Durante su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas este 22 de septiembre, Trump afirmó que México es el “epicentro de la violencia de los cárteles” y sostuvo que nuestro país debe recuperar el control de aquellas partes de su territorio que se encuentran bajo influencia de las organizaciones criminales. Al mismo tiempo, y esto también debe decirse para poner sus palabras en su contexto completo, aseguró mantener una muy buena relación con el gobierno mexicano y reconoció avances en la cooperación entre ambos países.

    Las palabras son fuertes. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con la manera en que Trump aborda el problema, especialmente cuando desde Washington se habla de utilizar el poder militar estadounidense contra organizaciones criminales en nuestra región. México es una nación soberana y la defensa de esa soberanía no puede estar sujeta a discusión. Pero defender nuestra soberanía tampoco debería significar cerrar los ojos ante un problema que existe dentro de nuestras fronteras.

    Y aquí quiero hacer una precisión importante: sinceramente, no creo que toda la responsabilidad pueda depositarse simplemente sobre un gobierno, sobre un partido político o sobre una administración determinada. El problema del crimen organizado en México lleva décadas desarrollándose y ha adquirido dimensiones económicas, financieras, políticas y sociales que trascienden un sexenio.

    Pensemos por un momento qué ocurriría si mañana el Estado mexicano decidiera combatir simultáneamente no solamente a quienes portan las armas, sino también a todos aquellos que administran dinero, lavan recursos, prestan nombres, constituyen empresas, adquieren propiedades, realizan operaciones financieras o protegen los intereses económicos de las organizaciones criminales. No existe una base seria que permita afirmar cuántas prisiones serían necesarias y sería irresponsable inventar una cifra. Lo que sí existe es evidencia suficiente para entender la enorme dimensión de esas redes.

    En julio de este año, por ejemplo, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a más de 50 personas y entidades relacionadas con el Cártel Jalisco Nueva Generación. Las investigaciones describieron estructuras integradas por operadores, familiares, prestanombres, abogados, contadores, funcionarios señalados por corrupción y redes de lavado de dinero. Entre las empresas vinculadas históricamente por las autoridades estadounidenses con estas estructuras aparecen desarrollos turísticos, centros comerciales, compañías inmobiliarias, restaurantes, negocios agrícolas y empresas fachada.

    Pero no tenemos que depender exclusivamente de lo que diga Estados Unidos. La propia Unidad de Inteligencia Financiera del Gobierno de México informó recientemente que, después de analizar estructuras presuntamente vinculadas al CJNG, identificó indicadores relacionados con operaciones en efectivo, vehículos de alta gama, joyas, inmuebles, transferencias internacionales, tarjetas y activos virtuales.

    Ahí encontramos una parte del verdadero problema. El crimen organizado no vive solamente en la sierra, en una camioneta blindada o detrás de un arma larga. El dinero necesita circular. Necesita convertirse en propiedades, negocios, vehículos, inversiones y patrimonio. Necesita operadores y, en determinadas circunstancias, necesita corrupción y protección.

    Por eso combatir únicamente al hombre armado es combatir solamente la parte visible del problema.

    Existe además otra dimensión que pocas veces queremos discutir abiertamente: la normalización social del dinero proveniente de actividades criminales.

    Durante muchos años hemos visto en México cómo personas relacionadas con personajes del crimen organizado terminan conviviendo dentro de círculos empresariales, sociales e incluso familiares. Aparece entonces una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de preguntarnos de dónde salió el dinero?

    No estoy diciendo que un hijo deba responder penal o moralmente por los delitos de su padre. Evidentemente no. Cada persona responde por sus propios actos. Tampoco puede condenarse a alguien simplemente por un parentesco o una amistad. Eso sería profundamente injusto.

    Pero existe una diferencia enorme entre no responsabilizar a los hijos por los delitos de sus padres y convertir la riqueza de origen criminal en algo socialmente aceptable.

    Porque detrás de determinados patrimonios pueden existir víctimas que nunca aparecen en las fotografías de las fiestas, las bodas o las reuniones familiares. Puede haber familias extorsionadas, empresarios despojados, jóvenes atrapados por las drogas, comunidades aterrorizadas y personas asesinadas. Cuando una sociedad termina admirando el automóvil, la casa, el rancho o la fiesta y deja de preguntarse de dónde salió el dinero, el crimen organizado ha ganado algo posiblemente más peligroso que territorio: ha ganado normalidad.

    Por eso pienso que el principal motor para transformar esta situación tiene que ser la propia sociedad mexicana.

    El gobierno tiene una responsabilidad enorme, por supuesto. Las fiscalías tienen una responsabilidad. Los jueces, las policías, las Fuerzas Armadas, las instituciones financieras y las autoridades fiscales también. Pero nosotros, como sociedad, tenemos otra: dejar de normalizar aquello que sabemos que destruye nuestras propias comunidades.

    La evidencia internacional muestra además que el fenómeno ha dejado de limitarse desde hace mucho tiempo al narcotráfico. Organizaciones criminales mexicanas participan también en extorsión, tráfico de personas, robo de combustibles y otras economías ilícitas. El crimen organizado contemporáneo funciona cada vez más como una estructura empresarial diversificada.

    En este escenario también debemos tener mucho cuidado con otro fenómeno: la guerra política y mediática.

    En días recientes hemos observado una intensa discusión alrededor del director del Infonavit, Octavio Romero Oropeza, particularmente respecto de su salario y su patrimonio. Romero rechazó públicamente esas acusaciones y afirmó que existe una campaña de difamación en su contra; sostuvo que sus propiedades fueron adquiridas desde hace décadas y negó que su salario sea superior al de la presidenta de la República.

    ¿Existe detrás de todos los ataques una operación política destinada a golpear a uno de los personajes cercanos al expresidente Andrés Manuel López Obrador? Es una posibilidad que algunos pueden interpretar políticamente, pero mientras no existan pruebas suficientes sería incorrecto presentarla como un hecho.

    Lo que sí podemos decir es que Octavio Romero fue uno de los colaboradores importantes del gobierno de López Obrador y continúa ocupando una posición relevante dentro de la actual administración. En política existe una máxima antiquísima: divide y vencerás. Por eso tanto quienes gobiernan como quienes informan tienen una enorme responsabilidad. Las investigaciones periodísticas deben realizarse y los funcionarios deben rendir cuentas, independientemente del partido al que pertenezcan; pero las acusaciones también deben sustentarse con documentos y hechos verificables.

    México necesita crítica, investigación y periodismo. Lo que no necesita es que cada acusación se convierta automáticamente en sentencia dependiendo de quién la publique o contra quién vaya dirigida.

    Y llegamos entonces al otro gran concepto mencionado constantemente en la relación México-Estados Unidos: la soberanía.

    La presidenta Claudia Sheinbaum ha defendido reiteradamente una relación de cooperación con Estados Unidos sin subordinación. Esa posición cobra especial importancia cuando el presidente estadounidense habla abiertamente de organizaciones criminales mexicanas como enemigos que deben ser combatidos con una estrategia mucho más agresiva. Trump llegó incluso a comparar a los cárteles con ISIS durante su discurso ante Naciones Unidas.

    México debe defender su soberanía. En eso no debería existir duda. Pero la mejor defensa de nuestra soberanía no consiste únicamente en pronunciar discursos: consiste en construir un Estado suficientemente fuerte para que ninguna potencia extranjera pueda argumentar que tiene que resolver dentro de nuestro territorio aquello que nosotros no hemos podido resolver.

    Soberanía significa territorio, pero también significa instituciones.

    Significa policías confiables, fiscalías capaces, inteligencia financiera, tribunales funcionales, gobiernos municipales fuertes y autoridades que puedan ejercer el poder del Estado en cada rincón del país.

    Precisamente por eso me parece interesante otra discusión reciente impulsada por la presidenta Sheinbaum: la propuesta de reforma constitucional relacionada con la doble nacionalidad de quienes aspiren a ocupar la Presidencia de la República, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

    La iniciativa enviada al Congreso propone que quien aspire a esos cargos y posea otra nacionalidad tenga que renunciar a ella antes de registrarse como candidato. La explicación de la presidenta fue que el interés de México debe estar por encima del interés de cualquier otro Estado.

    En este punto sí quiero expresar claramente mi opinión personal.

    Yo soy mexicano y también conozco perfectamente lo que significa tener vínculos, derechos y responsabilidades con más de un país. Respeto profundamente a los millones de mexicanos que poseen doble nacionalidad y considero que eso no disminuye en absolutamente nada su amor por México.

    Pero la Presidencia de la República es diferente.

    Si un mexicano con doble nacionalidad tuviera algún día el enorme honor de convertirse en candidato a presidente de México, considero razonable que en ese momento tome una decisión definitiva. Quien aspira a convertirse en jefe del Estado mexicano, comandante supremo de las Fuerzas Armadas y representante máximo de nuestra nación debería asumir que su responsabilidad institucional está exclusivamente con México.

    No porque poseer dos nacionalidades convierta a alguien en menos mexicano. No es eso.

    Es porque la Presidencia representa algo excepcional.

    Cuando alguien jura cumplir y hacer cumplir la Constitución y defender los intereses de la nación, me parece congruente que no exista jurídicamente una segunda ciudadanía a la cual pueda recurrir mientras ejerce la máxima responsabilidad del Estado mexicano. Esa es mi posición y, naturalmente, habrá mexicanos que piensen diferente. Precisamente para eso existe el debate democrático.

    Todo termina conectándose.

    Trump habla desde Naciones Unidas sobre los cárteles. México responde defendiendo su soberanía. Nosotros discutimos hasta dónde puede llegar Estados Unidos y dónde debe comenzar nuestra propia responsabilidad. Pero quizá la pregunta verdaderamente importante no sea qué piensa Donald Trump de México.

    La pregunta es qué vamos a hacer nosotros con México.

    Porque ningún presidente estadounidense resolverá nuestros problemas. Ningún discurso en Naciones Unidas sustituirá a nuestras instituciones. Ninguna reforma por sí sola acabará con el crimen organizado.

    México necesita recuperar espacios, instituciones y, sobre todo, valores sociales que durante décadas hemos permitido que se deterioren.

    No podemos admirar el dinero y después sorprendernos por su origen. No podemos exigir gobiernos honestos mientras socialmente toleramos al que se enriqueció ilegalmente porque es amigo, vecino, conocido o familiar de alguien. No podemos exigir soberanía hacia afuera si toleramos impunidad hacia adentro.

    Donald Trump lanzó desde la ONU una acusación severa contra México. Podemos rechazar su forma de expresarla, cuestionar su estrategia e incluso defendernos políticamente de cualquier intento de intervención. Pero sería un error desperdiciar la oportunidad de mirarnos también nosotros mismos.

    México puede salir de esto.

    Tenemos instituciones, empresarios, trabajadores, jóvenes, profesionistas, Fuerzas Armadas, servidores públicos y millones de ciudadanos que todos los días trabajan honestamente. Son infinitamente más los mexicanos que quieren vivir en paz que quienes viven del crimen.

    Pero el cambio no llegará solamente desde Palacio Nacional, desde el Congreso, desde Washington ni desde Naciones Unidas.

    Tiene que comenzar también en nuestra casa, en nuestras empresas, en nuestras comunidades y en nuestra manera de decidir qué conductas estamos dispuestos a aceptar.

    Ánimo, mi querido México. Sí se puede salir de esto.

    Pero el principal motor tiene que ser la sociedad.

  • 23 de septiembre: la memoria de Madera y las luchas que transformaron a México

    23 de septiembre: la memoria de Madera y las luchas que transformaron a México

    Hay fechas que no aparecen en los calendarios oficiales con la misma fuerza que otras, pero que resultan indispensables para entender la historia contemporánea de México. El 23 de septiembre de 1965 es una de ellas.

    Ese día, en Ciudad Madera, Chihuahua, un grupo de jóvenes estudiantes, maestros y campesinos integrantes del Grupo Popular Guerrillero, encabezado por Arturo Gámiz y Pablo Gómez, intentó tomar el cuartel militar de la localidad.

    La acción fracasó. Murieron ocho integrantes del grupo y seis militares, de acuerdo con la documentación del Archivo General de la Nación. Pero lo ocurrido aquella mañana trascendió el enfrentamiento y se convirtió en un referente para los movimientos armados que surgirían posteriormente en distintas regiones del país.

    Para comprender Madera hay que mirar mucho más atrás que aquella madrugada. Un país que había cerrado muchas puertas. México se presentaba internacionalmente como una nación estable, producto de la Revolución de 1910 y con instituciones consolidadas. Pero debajo de esa imagen existían profundas contradicciones.

    En distintas regiones persistían conflictos agrarios, cacicazgos, concentración de tierras y abusos contra comunidades campesinas. En Chihuahua, diversos grupos habían recurrido durante años a gestiones legales y políticas para obtener soluciones a sus demandas, mientras denunciaban despojos y abusos vinculados con caciques y compañías madereras.

    Al mismo tiempo, durante los años cincuenta y sesenta, México había vivido importantes movimientos estudiantiles, obreros, magisteriales, campesinos y médicos.

    Y ahí está una de las claves para entender Madera. No surgió de la nada. Fue producto de un contexto en el que determinados grupos llegaron a considerar que las vías institucionales no estaban ofreciendo respuestas.

    Madera abrió una etapa. El asalto al cuartel de Ciudad Madera es considerado por diversos investigadores como un punto de partida del movimiento armado socialista mexicano contemporáneo. A partir de entonces aparecieron diferentes organizaciones armadas en distintas regiones del país.

    Y después vendrían acontecimientos que marcarían todavía más profundamente a una generación: el movimiento estudiantil de 1968, la masacre de Tlatelolco, el Halconazo de 1971 y la llamada Guerra Sucia.

    Es imposible contar la historia de los movimientos armados sin contar también la historia de la represión. Y es imposible contar la historia de la represión sin escuchar las razones, demandas y experiencias de quienes fueron perseguidos.

    ¿Y qué tiene que ver todo esto con la democracia? Mucho.

    Pero no porque los movimientos armados, por sí mismos, hayan construido la democracia mexicana. La historia es mucho más compleja.

    La democratización de México fue resultado de décadas de luchas sociales, sindicales, estudiantiles, campesinas, feministas, indígenas, partidistas y ciudadanas, además de reformas electorales e institucionales.

    Pero sería un error negar que las décadas de represión también dejaron una profunda huella en la conciencia política del país. La existencia de presos políticos, desapariciones, torturas, asesinatos y persecución política obligó a generaciones posteriores a plantearse una pregunta fundamental: ¿Qué clase de democracia puede existir si el Estado no tolera la disidencia?

    Conmemorar el 23 de septiembre no significa decir que la violencia política sea lo más deseable ni que tomar las armas sea el único camino que deba seguir una sociedad democrática.

    Significa reconocer que hubo mexicanos que llegaron a considerar que las instituciones no les dejaban otra alternativa. Y significa preguntarnos por qué llegaron a pensar eso.

    Ese es quizá uno de los grandes aprendizajes que nos deja Madera. La democracia no se construye solamente votando. También se construye garantizando que quien protesta pueda hacerlo. Que quien exige tierra pueda ser escuchado. Que quien denuncia corrupción pueda hablar. Que quien piensa diferente no sea perseguido. Que una comunidad pueda defender sus derechos. Que un estudiante pueda organizarse. Que un trabajador pueda sindicalizarse. Que un periodista pueda investigar. Que una familia pueda exigir verdad y justicia.

  • Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    La seguridad no se mide únicamente en operativos, detenciones o reducción de homicidios. También se prueba cuando el Estado puede identificar a quienes murieron y devolverlos a sus familias. La pregunta es cómo convertir los avances en seguridad en una capacidad forense que no deje a miles de personas sin nombre. La respuesta pasa por completar el círculo: buscar, identificar y restituir.

    Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, con corte al 7 de septiembre de 2026, 132 mil 092 personas continuaban reportadas como desaparecidas o no localizadas. Pero el problema también está en quienes ya fueron encontrados y siguen sin identidad. Se trata de personas fallecidas que ya fueron recuperadas, pero todavía no tienen nombre. Esto significa que puede haber familias que continúan buscándolas sin saber que sus seres queridos ya se encuentran en los servicios forenses. Estimaciones de organizaciones civiles han ubicado en hasta 79 mil los cuerpos sin identificar, aunque no existe un registro estatal único y actualizado en tiempo real que permita conocer con exactitud el tamaño del rezago.

    Los datos del Inegi muestran la presión cotidiana sobre el sistema. Durante 2025 ingresaron 97 mil 920 cadáveres a la FGR y a los servicios forenses estatales, un promedio de 268 al día. En términos sencillos, fue como recibir un cuerpo cada cinco minutos y medio durante todo el año. Egresaron 90 mil 445 identificados y 6 mil 502 no identificados. Al cierre del año permanecían almacenados 10 mil 878 cadáveres. No se trata solo de estadísticas: cada cuerpo sin nombre representa una familia que permanece en la incertidumbre.

    Hay otra dimensión que no debe perderse de vista. Entre 2006 y 2023 se documentaron en México más de 5 mil 600 fosas clandestinas. Aunque este registro no representa un inventario actualizado en tiempo real, sí muestra que la tarea forense no se limita a los anfiteatros: también implica recuperar restos, preservar evidencias y reconstruir identidades en territorios donde la violencia dejó huellas difíciles de procesar.

    La administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum no parte de cero. Las reformas publicadas en 2025 crearon la Plataforma Única de Identidad, concebida para interconectar registros y realizar consultas permanentes que apoyen la búsqueda, localización e identificación. La revisión de la información detectó actividad posterior al reporte en más de 40 mil registros, lo que abrió nuevas rutas de localización.

    A esa herramienta se suman más capacidades institucionales. La Comisión Nacional de Búsqueda y la Red Nacional de Buscadores cuentan con 354 especialistas distribuidos en 26 entidades. Además, se autorizaron 643.5 millones de pesos para las 32 comisiones locales, 12.3 por ciento más que en 2025; más de 30 por ciento se orientará a centros de resguardo e identificación humana en 14 entidades.

    Pero el contraste es decisivo: las herramientas ya existen, mientras la etapa que convierte una muestra genética en una identificación todavía avanza con retraso. El 10 de septiembre, la propia presidenta reconoció que persiste un rezago en el análisis de ADN. Explicó que la Secretaría de Gobernación, la FGR y las fiscalías estatales trabajan en una base conjunta para consolidar un banco nacional. La ley ya contempla el Banco Nacional de Datos Forenses, pero contar con la herramienta no basta si las muestras no se analizan y los perfiles no se incorporan oportunamente.

    El Consejo Nacional de Seguridad Pública había fijado como plazo el último día hábil de julio de 2026 para terminar el rezago de la Base Nacional de Información Genética. El reconocimiento presidencial de septiembre muestra que ese objetivo aún no se cumple por completo. Persisten, además, bases fragmentadas, servicios forenses saturados, capacidades territoriales desiguales y expedientes sin huellas, fotografías, señas particulares o muestras familiares suficientes.

    Por eso, el siguiente paso debe ser concreto: acelerar el análisis pendiente con plazos y supervisión mensual; completar la interconexión segura entre el Banco Nacional de Datos Forenses, fiscalías, comisiones de búsqueda y registros administrativos; priorizar recursos en las entidades con mayor rezago; integrar información completa desde el primer reporte, y convertir las identificaciones y restituciones a las familias en indicadores públicos de seguridad.

    La recuperación de un cuerpo no es el final de la búsqueda, sino el inicio de otra responsabilidad: saber quién era, qué ocurrió y cómo devolverlo dignamente. Un banco de ADN no devuelve la vida, pero sí puede devolver el nombre. Cuando una familia deja de buscar a ciegas, la seguridad deja de ser una cifra y se convierte en justicia; ahí comienza, de verdad, el cierre de la herida forense.

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  • Morena resiste toda autocritica

    Morena resiste toda autocritica

    Nadie imaginó que Morena fuera tan frágil ante la invitación a la autocrítica. Sus mecanismos de defensa son todavía primitivos, porque considera que cualquier cuestionamiento es una trampa o una incursión con el contrincante.

    Los extravagantes resultados de la elección de coordinadores en defensa de la Transformación.

    Si todavía no identifican la autocrítica del sabotaje del contrincante, los cuestionamientos internos no representan ataques del enemigo sino una manera de mejorar lo que es perfectible.

    La condición de Morena le permite tener este tipo de descalabros sin dañar la estructura del partido, su número de militantes y permanente trabajo con la gene le fortalece. Por otro lado, se trata de un tema en el que la oposición no puede utilizar como insumo a sus críticas.

    Esto deben tenerlo muy presente las integrantes de la cúpula morenista, porque los procesos internos de selección de candidatos en cualquier partido de oposición, simplemente no existen, nada pueden criticar en ese sentido; sin embargo, la falta de autocrítica convirtió a los dirigentes del partido en un atentado a la legalidad, porque quienes protestaron por los resultados ilógicos y poco coherentes en la selección de precandidatos no fue la oposición ni la filtración del enemigo en las críticas mediáticas sino de morenistas convencidos de que las cosas no se hicieron como debían.

    Esto tuvo una reacción inmediata, nunca nadie se ocultó para poner en duda los resultados, las expresiones fueron directas y abiertas, las reacciones en los medios fueron firmadas por sus autores y los reclamos de frente.

    El viejo esquema de que si no estás conmigo estás contra mí, no cabe en la autocrítica y menos en el cuestionamiento interno. Morena está acostumbrado como partido a no tener críticas internas, esto sí debilita al movimiento y muestra que no está preparado para un sinnúmero de conflictos.

    Donde hay traición, filtración de datos, intromisión de acciones como el caso de Ricardo Monreal no lo ven como un factor que afecte la estructura del partido, pero sí consideran que cuestionar lo que carece de lógica tiene una carga de la oposición.

    La autocrítica debe ser bienvenida y la traición expulsada.

    Morena y su cúpula ha tenido la suerte de caminar sin tropiezos importantes en su interior, prácticamente desde su nacimiento. Todo fue trabajo y pelear contra una oposición de juguete.

    Esto es lo preocupante, porque el día que Morena tenga frente a sí una oposición real, pensante, con ideas y propuestas no resistirá el embate. La primera batalla para la fortaleza y consolidación de un proyecto político es la autocrítica, más aún en la izquierda.

    Desde 2018 Morena ha concursado en las elecciones sin oposición. Aparece en los votos únicamente como referencia pero no como contrapeso. Consolida pero no de manera hegemónica, imaginemos escenarios con una oposición ilustrada, consciente de su papel, con vinculación social, informada y con estudios serios.

    Desde luego una oposición así no surge de la noche a la mañana ni nace de la nada como partido nuevo, ante el panorama actual dicha escisión surgiría de las filas de Morena, hasta convertirse en competencia seria.

    Este es el momento para abrirse a la autocrítica sin afectar la estructura del partido, rectificar los errores luego de reconocerlos y señalar a los verdaderos traidores.