Donald Trump confirmó que llamó personalmente a Gianni Infantino para pedir la revisión de la tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun, sanción que la FIFA terminó suspendiendo horas después. La confirmación desató críticas hacia Infantino, diciéndole “la nueva perrita de Trump”.
Donald Trump reconoció públicamente que llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que revisara la tarjeta roja directa impuesta al delantero estadounidense Folarin Balogun tras una entrada en el partido de dieciseisavos de final contra Bosnia y Herzegovina.
Según su propia explicación, no se trató de una falta, sino de “dos tipos corriendo a toda velocidad que chocaron entre sí”, y por lo tanto la sanción, a su juicio, era injusta. Horas después de esa gestión, la FIFA anunció que suspendía el partido de castigo a Folarin Balogun, permitiéndole disputar los octavos de final ante Bélgica en Washington.
Con esa confirmación, Gianni Infantino y la FIFA, que se supone que debe operar con independencia deportiva, quedaron, una vez más, señalados de doblar las manos ante la Casa Blanca.
Gianni Infantino ya había sido criticado meses atrás por su cercanía con Donald Trump, al entregarle el “Premio de la Paz”. Para buena parte de la opinión pública futbolera, esa relación dejó de ser protocolaria.
La decisión de anular la suspensión del jugador estadounidense reabrió un apodo que se había popularizado semanas atrás durante la inauguración del propio Mundial, cuando Ricardo Salinas Pliego fue exhibido públicamente como “la perrita de Trump”.
Con el retroceso de la sanción a Folarin Balogun, ese mismo apodo empezó a aplicarse a Gianni Infantino: la imagen de un presidente de la FIFA que atiende una llamada de Donald Trump, días después, entrega el resultado que este pedía, alimentó memes, caricaturas y comentarios que lo colocan como el nuevo “perrito de Trump”. “El Mundial más corrupto“, “el mayor escándalo en la historia de los Mundiales” y llamados al boicot del partido Estados Unidos-Bélgica fueron parte de la reacción.
La selección estadounidense celebró la decisión y evitó entrar en la discusión sobre presiones externas; Donald Trump, por su parte, insiste en que solo pidió una “revisión” y que la jugada, en su opinión, jamás debió sancionarse como tarjeta roja.
Lo cierto es que, más allá de quién tenga la razón deportiva sobre la jugada de Folarin Balogun, la escena dejó una postal política difícil de borrar: un jefe de Estado extranjero interviniendo por teléfono en un fallo arbitral, y un presidente de la FIFA que, para buena parte del público, ya luce como “la nueva perrita de Donald Trump”.

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