Etiqueta: Aldo San Pedro

  • Juárez y el Plan B de la Reforma Electoral

    Juárez y el Plan B de la Reforma Electoral

    En política, las derrotas visibles no siempre anuncian el final de un proyecto. Con frecuencia señalan apenas el momento en que una estrategia cambia de forma para seguir avanzando. Algo así podría estar ocurriendo con la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Tras el rechazo legislativo de la iniciativa original, el debate no se cerró. Se reconfiguró. Y esa reconfiguración ya tiene nombre: el Plan B de la reforma electoral.

    La nueva propuesta buscaría concentrarse en tres ejes políticamente más defendibles ante la opinión pública y más viables dentro del Congreso. Primero, disminuir privilegios en los congresos locales. Segundo, reducir excesos en los municipios, particularmente en cabildos sobredimensionados. Tercero, fortalecer la consulta popular para que ciertos temas electorales puedan someterse directamente a la decisión ciudadana. La idea es sencilla y potente: menos costo para la clase política y más margen para que mexicanas y mexicanos incidan en las reglas del sistema.

    El rediseño no es menor. La Presidencia estima que el Plan B podría generar ahorros cercanos a cuatro mil millones de pesos. Recursos que permanecerían en estados y municipios para financiar obra pública, infraestructura o programas sociales. La propuesta también establecería límites al gasto de congresos estatales y revisaría estructuras que durante años han sido percibidas como costosas, desiguales y alejadas de la ciudadanía. En términos narrativos, el debate dejaría de girar exclusivamente sobre la ingeniería del sistema electoral para colocarse en un terreno más sensible: privilegios, austeridad y representación política.

    La coyuntura se vuelve aún más interesante por la operación política que la acompaña. Morena logró recomponer el diálogo con sus aliados, el Partido Verde y el Partido del Trabajo, después del revés que sufrió la primera iniciativa. Las tres fuerzas cerraron filas en torno al nuevo planteamiento. Si la iniciativa se presenta formalmente en el Congreso este lunes 16 de marzo, como se ha anticipado, podría llegar con mejores condiciones políticas que la propuesta anterior. Más que un simple ajuste técnico, el Plan B parecería ser una corrección de ruta.

    Es aquí donde la historia ofrece una clave de lectura particularmente sugerente. Esta discusión coincide con la conmemoración del natalicio de Benito Juárez, una de las figuras centrales de la República y del sentido político de la resistencia institucional. En 1863, cuando las tropas francesas ocuparon la Ciudad de México, el gobierno republicano se vio obligado a abandonar la capital y trasladarse hacia el norte del país. Para muchos observadores de la época, aquella retirada parecía el derrumbe definitivo del proyecto republicano.

    Pero Juárez entendió algo que sigue siendo fundamental en política: perder el control inmediato del centro del poder no equivale necesariamente a perder la legitimidad del proyecto. La República se replegó, sí, pero no desapareció. Se reorganizó. Mientras la capital quedaba bajo dominio extranjero y se abría paso al Segundo Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo, el gobierno republicano preservaba continuidad, legitimidad y dirección.

    El imperio parecía sólido porque contaba con el respaldo militar de Francia y con el apoyo de sectores conservadores del país. Sin embargo, arrastraba una debilidad estructural: dependía de una fuerza externa y carecía de un consenso nacional auténtico. Juárez, en cambio, había perdido territorio, pero conservaba la legitimidad histórica de la República. Con el tiempo, esa diferencia resultó decisiva. Francia retiró sus tropas, el imperio se derrumbó y la República fue restaurada en 1867.

    La comparación no pretende equiparar contextos ni magnitudes. Una derrota parlamentaria del siglo XXI no es una invasión extranjera del siglo XIX. Pero la historia sí ofrece una constante que vale la pena recordar: cuando un proyecto político enfrenta un revés serio, su supervivencia depende de su capacidad para cambiar de terreno sin renunciar a su objetivo.

    A veces la política se entiende mejor cuando se observa con memoria histórica. Juárez mostró que la legitimidad puede sobrevivir incluso cuando el poder formal parece perderse. Esa lección sigue vigente. La discusión sobre el Plan B de la reforma electoral sugiere que las transformaciones institucionales no siempre avanzan por el camino previsto. Cambian de ritmo, de forma y de estrategia. Pero mientras exista voluntad política para sostenerlas, continúan su curso. Quizá esa sea la verdadera noticia de fondo: no estaríamos viendo el final de una reforma, sino el momento en que comienza su segunda vida.

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  • El cómo sí de la reforma electoral

    El cómo sí de la reforma electoral

    En las últimas semanas, la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum se ha colocado en el centro del debate público. Su discusión en el Congreso ocurre en un contexto de tensiones partidistas, reservas de aliados legislativos y cálculos rumbo a los próximos años. Sin embargo, si el análisis se quedara atrapado en esa disputa, perderíamos de vista lo esencial. Más allá de las posiciones de partidos y dirigencias, mexicanas y mexicanos tendríamos que preguntarnos qué partes de esta propuesta podrían fortalecer la democracia si se miraran desde el interés ciudadano y no sólo desde la lógica de competencia política.

    Desde una perspectiva de ingeniería política, convendría reconocer algo que a veces se omite en medio del ruido: el sistema electoral mexicano sí funciona. Durante décadas ha permitido alternancia, competencia entre proyectos distintos y una transición democrática que cambió la vida pública del país. Ese dato importa porque evita una caricatura frecuente: ni estamos frente a un sistema fallido que deba demolerse, ni frente a un modelo perfecto que deba conservarse intacto. Las instituciones públicas, como todo sistema complejo, pueden corregirse, actualizarse y responder mejor a nuevas exigencias sociales, tecnológicas y financieras.

    Bajo esa lógica, la primera discusión relevante es la representación. Durante años, muchas personas han visto con distancia la forma en que algunos espacios legislativos llegan al Congreso mediante mecanismos que no siempre resultan comprensibles para la ciudadanía. La reforma propone revisar parte de ese modelo para acercarlo más al voto directo. La idea de fondo no es cancelar la pluralidad que ha permitido la representación proporcional, sino buscar un equilibrio más claro entre respaldo ciudadano y acceso a cargos legislativos. Dicho de otro modo, se trataría de que el vínculo entre voto y representación fuera más visible y menos dependiente de decisiones cupulares.

    La segunda discusión es el costo de la democracia. México ha construido uno de los sistemas electorales más robustos de la región, pero también uno de los más costosos. Ese dato no debería utilizarse para debilitar instituciones, pero sí para abrir una conversación seria sobre eficiencia. Si las autoridades electorales han sido fundamentales para garantizar procesos confiables, también sería razonable revisar si algunas estructuras administrativas, esquemas de financiamiento o prerrogativas partidistas podrían ajustarse sin comprometer la integridad de las elecciones. Una democracia sólida no tendría por qué ser sinónimo de una democracia cada vez más cara.

    Hay además un punto que toca una preocupación ciudadana profunda: el dinero en la política. La infiltración de recursos irregulares en campañas electorales ha sido una amenaza constante y México no tendría por qué minimizar ese riesgo. Por eso resulta relevante que la iniciativa plantee mecanismos para fortalecer la fiscalización, como la eliminación de aportaciones en efectivo y la posibilidad de rastrear con mayor claridad el origen y destino de los recursos utilizados en campañas. Si esos instrumentos se implementaran correctamente, podrían ayudar a cerrar espacios de opacidad y reforzar la confianza en la competencia democrática.

    A ello se suma una dimensión que ya no puede tratarse como asunto del futuro: la tecnología. Hoy las campañas no sólo se disputan en plazas públicas, debates o spots. También se libran en redes sociales y plataformas donde la inteligencia artificial puede alterar contenidos, simular apoyos o distorsionar percepciones. La reforma busca abrir reglas para que los materiales generados o modificados mediante estas herramientas puedan identificarse con mayor claridad. Al mismo tiempo, plantea explorar el uso del voto electrónico en mecanismos de participación ciudadana. No se trata de vender soluciones mágicas, sino de entender que una democracia seria tendría que aprender a defenderse y modernizarse en el entorno digital.

    La pregunta más útil sería qué componentes de esta propuesta convendría rescatar aun en un escenario de aprobación parcial. Si el sistema electoral mexicano ha demostrado que puede organizar elecciones competitivas y confiables, ahora el desafío es decidir si también puede evolucionar para ser más eficiente, más transparente y más resistente frente a los riesgos del siglo XXI. Esta reforma puede cambiar, corregirse o incluso detenerse parcialmente, pero el país no debería perder la oportunidad de rescatar aquello que fortalece la democracia desde la ciudadanía. Porque al final, más allá de los partidos, las coyunturas o las mayorías legislativas, la verdadera medida de cualquier reforma electoral es una sola: que el voto de las personas siga siendo el centro y el destino de la vida pública.

  • Inteligente, Preventiva y Social: la ASF que puede redefinir la próxima década

    Inteligente, Preventiva y Social: la ASF que puede redefinir la próxima década

    En cuestión de días se definirá, en la Cámara de Diputados, el rumbo que podría tomar la fiscalización en México durante el periodo 2026–2034. Tras el registro de 92 aspirantes y en un proceso que incluye revisión de perfiles, entrevistas públicas e integración de una terna con criterio de paridad, la Comisión de Vigilancia deberá remitir su dictamen a más tardar el 11 de marzo a la Mesa Directiva, para que el Pleno vote en esa misma fecha o en la sesión inmediata que corresponda. Lo que estaría en juego no sería únicamente un nombramiento. Se estaría delineando el modelo de Auditoría Superior de la Federación que acompañaría al país en los próximos ocho años: una institución que continúe reaccionando cuando el daño ya ocurrió o una que avance hacia un esquema más inteligente, preventivo y con impacto social tangible.

    La discusión no es técnica en sentido estrecho; es institucional y social. La ASF es el órgano técnico de la Cámara de Diputados encargado de fiscalizar ingresos, egresos, deuda pública y desempeño de programas federales. Sin embargo, su función no debería entenderse como una revisión contable aislada. Cuando una obra queda inconclusa, cuando un hospital no recibe equipamiento o cuando un programa no alcanza sus metas, no se trata de cifras mal registradas; se trata de recursos que no cumplieron su finalidad pública. Y eso impacta directamente la vida de mexicanas y mexicanos.

    Durante años, la fiscalización se ha ejercido de manera predominantemente posterior al cierre del ejercicio fiscal. Se revisa cuando los recursos ya fueron utilizados y cuando la posibilidad de corregir desviaciones suele ser más limitada. Ese enfoque correctivo es indispensable y debe mantenerse. No obstante, frente al volumen, complejidad y dispersión territorial del gasto público actual, podría resultar insuficiente si no se complementa con herramientas que permitan anticipar riesgos y reducir espacios de discrecionalidad.

    La evolución posible no implicaría modificar la Constitución ni ampliar estructuras administrativas. Implicaría aprovechar con mayor inteligencia la información que el propio Estado ya genera. Una ASF más analítica significaría cruzar datos, identificar patrones atípicos, establecer alertas tempranas y orientar auditorías con base en gestión de riesgos. No sería una institución más costosa, sino mejor organizada. No demandaría más aparato, sino mayor especialización técnica y procesos optimizados.

    Ese giro tendría un sentido profundamente social. Prevenir desviaciones no sería un ejercicio abstracto; sería una forma concreta de proteger derechos. Cada peso público proviene del esfuerzo colectivo y debería traducirse en servicios, infraestructura y oportunidades reales. Si la fiscalización actuara con mayor oportunidad, se reducirían pérdidas, se elevaría la calidad del gasto y se fortalecería la confianza ciudadana en las instituciones.

    La coyuntura actual abre esa posibilidad. La Comisión de Vigilancia revisa expedientes, escuchará entrevistas y propondrá una terna que deberá ser votada por el Pleno con el respaldo de las dos terceras partes de las y los diputados presentes. El proceso contempla paridad y acompañamiento académico en la evaluación. Esa combinación de rigor técnico y legitimidad democrática ofrece una oportunidad para reflexionar no solo sobre quién encabezará la institución, sino sobre qué tipo de fiscalización requiere el país en esta etapa.

    El periodo 2026–2034 podría convertirse en un punto de inflexión si se apuesta por una Auditoría más preventiva, más estratégica y más cercana a las personas. No se trataría de sustituir responsabilidades ni de invadir competencias ejecutivas. Se trataría de fortalecer la capacidad del Estado para cuidar el patrimonio colectivo desde su origen, acompañar con criterios técnicos claros y evaluar resultados con mayor oportunidad.

    La Auditoría Superior de la Federación no es un órgano distante ni un ejercicio técnico reservado a especialistas. Es una pieza estratégica del Estado mexicano para asegurar que los recursos públicos cumplan su propósito social. En los próximos días se definirá si la ASF permanece anclada en un modelo predominantemente reactivo o si decide avanzar hacia una institución más inteligente, preventiva y cercana a la ciudadanía. La decisión marcará la forma en que se protege el dinero de todas y todos. Porque, en el fondo, fiscalizar no es revisar papeles: es cuidar oportunidades. Y en una democracia que exige resultados, cada peso público debe regresar íntegro a la sociedad.

  • Algo está pasando. Interpretando a Matt Shumer

    Algo está pasando. Interpretando a Matt Shumer

    A inicios de febrero se publicó en un blog personal un texto que comenzó a circular con intensidad en redes tecnológicas. No fue un informe académico ni un comunicado empresarial. Fue una advertencia. Matt Shumer tituló su artículo Something Big Is Happening y lo enmarcó con una comparación inquietante: dijo que este momento se siente como febrero de 2020, cuando pocos percibían la magnitud de lo que estaba por desatarse. La analogía no es menor. Sugiere un desfase entre percepción pública y realidad tecnológica.

    Shumer no habla en condicional. Afirma que el desplazamiento laboral ya comenzó en su propio trabajo. Sostiene que modelos actuales ya construyen aplicaciones completas si se les describe el objetivo y se les deja trabajar durante horas. Relata escenas concretas: se define una app, se regresa después y está terminada; el sistema prueba su propio código, detecta errores, itera y corrige sin intervención humana. No es una herramienta que asiste. Es un agente que ejecuta.

    El autor recoge además una afirmación atribuida a Dario Amodei: hasta 50 por ciento de empleos white collar de nivel inicial podrían desaparecer en un plazo de uno a cinco años. Menciona derecho, finanzas, medicina, consultoría, escritura, ingeniería de software. No plantea que sea una posibilidad lejana; sostiene que la capacidad subyacente ya estaría disponible. Ese dato es el que detonó conversación masiva. No hablamos de robots industriales, sino de oficinas, pantallas y jóvenes profesionistas.

    Cuando se refiere al trabajo cognitivo, Shumer habla del trabajo de mente: analizar contratos, programar sistemas, estructurar diagnósticos, diseñar estrategias. Es el tipo de empleo que durante décadas se consideró protegido frente a la automatización. Su tesis es directa: esa barrera se estaría erosionando con rapidez.

    Otro elemento central es lo que denomina una posible intelligence explosion. No solo porque los modelos mejoran, sino porque estarían ayudando a construir la siguiente generación. La idea de AI building the next AI adquiere un sentido exponencial cuando se afirma que ciertos sistemas ya fueron instrumentales en su propio desarrollo. Si la herramienta participa en su mejora, el ritmo deja de ser lineal. Se convierte en aceleración acumulativa.

    Shumer también introduce una dimensión geopolítica. Recupera el experimento mental de Amodei: imaginar un país con el equivalente a 50 millones de mentes superinteligentes trabajando de forma coordinada. Las implicaciones no serían solo económicas, sino estratégicas. Menciona riesgos de bioarmas diseñadas con apoyo algorítmico y escenarios de vigilancia autoritaria potenciada por inteligencia artificial avanzada. El debate deja de ser laboral y se vuelve de seguridad nacional.

    El texto tiene un tono personal que no es casual. Shumer escribe para su familia. Afirma que existe una brecha entre lo que se dice públicamente y lo que él observa en su trabajo cotidiano. Señala que las personas merecen escuchar lo que está ocurriendo desde dentro. Esa carga testimonial fortalece su credibilidad. No se presenta como profeta, sino como testigo.

    ¿Por qué generó tanto revuelo? Porque combina cinco factores poderosos: una voz interna del sector tecnológico, ejemplos concretos de ejecución autónoma, una predicción cuantitativa de reemplazo masivo, la narrativa de explosión de inteligencia y una analogía histórica que sugiere inminencia. No es un paper técnico. Es una advertencia situada en tiempo real.

    Desde una perspectiva mexicana, interpretar este texto no implicaría asumirlo como verdad absoluta, pero tampoco minimizarlo. Si la capacidad ya está disponible y el desplazamiento podría acelerarse, los sistemas educativos, laborales y regulatorios tendrían que anticiparse. La planeación estratégica sería indispensable. La experiencia demuestra que el Estado puede intervenir para proteger derechos cuando reconoce a tiempo las señales de cambio.

    Tal vez la pregunta no sea si Shumer tiene razón en cada cifra o cada plazo. La pregunta sería si estamos dispuestos a observar con seriedad el ritmo del cambio. Porque cuando quienes están dentro del laboratorio levantan la mano y dicen que la velocidad se ha multiplicado, el debate deja de ser tecnológico y se vuelve cívico. Y en ese terreno, no podemos darnos el lujo de llegar tarde.

  • Más allá de Marx: instituciones, legado y futuro de la educación pública

    Más allá de Marx: instituciones, legado y futuro de la educación pública

    En el momento político actual se estaría observando en México un episodio que, más que girar en torno a una persona, obligaría a medir la fortaleza de nuestras instituciones educativas. Esta semana hablamos de Marx Arriaga porque su salida de la SEP no es un hecho aislado ni un simple relevo administrativo. Ocurre en un punto clave para la consolidación de la Nueva Escuela Mexicana y en la transición de una etapa política a otra dentro del mismo proyecto de transformación.

    Si Marx dejara formalmente el cargo y decidiera mantener presión desde la protesta, el mitin o las redes sociales, el debate cambiaría de naturaleza. Ya no se trataría de una destitución, sino del tipo de narrativa que podría instalarse dentro del propio movimiento: la defensa del legado del obradorismo frente a los ajustes y matices de la administración encabezada por la Dra. Claudia Sheinbaum. Ahí se encontraría el verdadero punto de tensión.

    La Nueva Escuela Mexicana no habría sido concebida como un proyecto personal, sino como una política pública con diseño institucional, equipos técnicos y procesos formales. En su etapa fundacional habría requerido liderazgo visible y convicción discursiva. En su fase de consolidación demandaría estabilidad operativa y disciplina administrativa. Cuando una política se personaliza, cualquier relevo podría leerse como ruptura; cuando se institucionaliza, los cambios forman parte natural de su evolución.

    Si Arriaga optara por una confrontación pública sostenida, habría presión mediática. Podría intentar posicionarse como defensor “auténtico” del legado. Eso generaría ruido interno, pero no necesariamente ruptura. Toda transformación amplia admite matices en su etapa de consolidación. El riesgo no estaría en la crítica, sino en que la discusión se desplazara del contenido educativo hacia una disputa simbólica de representación.

    La administración actual tendría incentivos claros para institucionalizar el conflicto y no escalarlo. Consolidar implicaría procesar diferencias por la vía administrativa, sostener continuidad del modelo y evitar dramatización. Si el proyecto educativo continuara operando sin sobresaltos, el episodio tendería a diluirse. Si, en cambio, el debate se ideologizara y se polarizara en términos de “origen” frente a “ajuste”, podría abrirse una conversación interna más amplia sobre rumbo y método.

    Desde la lógica de la Ingeniería Política, el punto crítico no sería la permanencia de un nombre, sino la resiliencia del sistema. Las instituciones maduras absorben tensiones sin alterar su arquitectura. Cuando un proyecto logra sostener su operación más allá de sus figuras visibles, demuestra que ha superado la fase de dependencia personal y ha entrado en consolidación estructural.

    El caso Marx Arriaga no pone en juego el futuro de la Nueva Escuela Mexicana, sino la capacidad del proyecto para consolidarse en una etapa donde las instituciones deben pesar más que las figuras. Las transformaciones auténticas no se debilitan por relevos ni por tensiones internas; se fortalecen cuando logran sostener el rumbo sin depender de protagonismos. Si la política educativa mantiene estabilidad operativa, coherencia institucional y claridad en su dirección, el episodio quedará como una prueba superada en su proceso de madurez. En la ingeniería del poder público, la permanencia no la garantiza un nombre, sino la solidez de la estructura que lo trasciende.

  • La reforma judicial empieza donde la justicia no llega

    La reforma judicial empieza donde la justicia no llega

    En semanas recientes, a partir de distintos encuentros ciudadanos realizados en territorio, comenzaron a aparecer con nitidez preguntas que rara vez ocupan el centro del debate público sobre la reforma judicial. No surgieron de análisis técnicos ni de posicionamientos ideológicos, sino de conversaciones directas, marcadas por el cansancio, la confusión y, en muchos casos, el desencanto. Escucharlas obliga a detenerse. Pensarlas desde Ingeniería Política resulta inevitable porque, cuando una reforma toca el sistema de justicia, lo que se transforma no es solo una norma, sino la forma en que una sociedad se relaciona con el poder que decide sobre su libertad, su patrimonio y su posibilidad de vivir en paz.

    La reforma judicial aprobada en 2024 abrió un cambio que durante años pareció inalcanzable. En 2025, por primera vez, las personas recuperaron la capacidad de elegir a quienes estarían al frente de los órganos encargados de impartir justicia. No fue un gesto simbólico ni un ajuste menor. Fue una modificación profunda en la relación entre ciudadanía e instituciones. Sin embargo, asumir que ese acto agota la transformación sería un error. Las reformas no se consolidan en el momento de su aprobación, sino en la forma en que se implementan, se explican, se evalúan y se sostienen en la vida cotidiana.

    Estar en territorio permite entender por qué ese matiz es decisivo. En los encuentros del fin de semana se repitieron testimonios de injusticia que no nacen de sentencias, sino de omisiones previas. Casos donde la autoridad no actúa, donde la policía no responde, donde agentes del Ministerio Público desalientan o limitan la posibilidad misma de denunciar. Violencias que ocurren dentro de los hogares, en comunidades cerradas, en colonias donde el agresor no es un desconocido, sino alguien cercano que busca despojar, intimidar o vulnerar derechos tan elementales como la vivienda, la seguridad o una vida tranquila.

    Estos relatos comparten un patrón constante, la ausencia de orientación inicial. Muchas personas no pierden su caso por falta de razón, sino por no saber a qué instancia acudir, cómo documentar un hecho, qué materia está en juego o qué procedimiento corresponde. La complejidad del sistema se convierte así en una barrera estructural. Errores cometidos en los primeros pasos, como denuncias mal integradas, pruebas inexistentes o tiempos agotados, terminan condicionando resoluciones posteriores. No por negligencia de quienes buscan justicia, sino por una distancia histórica entre las instituciones y la experiencia cotidiana de la gente.

    En ese contexto surge JUSTA (justamx.com). No como un proyecto previo a la reforma, sino como una respuesta directa al proceso electoral judicial de 2025. Su origen está ligado a una necesidad concreta, informar a la ciudadanía sobre una elección inédita, explicar qué se estaba votando, quiénes eran las candidatas y los candidatos, y por qué esa decisión importaba. Para ello, JUSTA impulsó el desarrollo de una plataforma tecnológica orientada a la difusión clara y accesible de información sobre la reforma judicial y el proceso electoral, así como la creación de un decálogo dirigido a juzgadoras y juzgadores, pensado como una herramienta ciudadana para comprender los perfiles, compromisos y responsabilidades de quienes ahora ocupan un lugar central en los órganos jurisdiccionales.

    Con el paso de los meses, ese esfuerzo inicial comenzó a transformarse. JUSTA dejó de ser únicamente un espacio informativo sobre la elección y evolucionó hacia un mecanismo de vínculo entre quienes hoy imparten justicia y la sociedad civil. A través de la difusión de actividades públicas de jueces y magistrados, del establecimiento de canales de diálogo y del impulso de encuentros presenciales, se fue construyendo una relación menos distante, más directa y más comprensible. El objetivo no fue exponer ni idealizar a las personas juzgadoras, sino contribuir a que permanecieran en contacto con la realidad social sobre la que toman decisiones.

    De manera paralela, JUSTA incorporó servicios de orientación y asesoría en temas judiciales, no para sustituir a las instituciones ni a la defensa legal, sino para reducir la desinformación y el aislamiento que tantas veces empujan a las personas a cometer errores irreversibles. En esa lógica, el proyecto continúa evolucionando con una apuesta clara, convertirse en una plataforma ciudadana que utilice herramientas de inteligencia artificial en beneficio de las personas, conectando a la ciudadanía con instituciones, organizando información y funcionando como interlocutor para visibilizar problemáticas que suelen quedar fuera del radar institucional.

    Leídos en conjunto, los encuentros ciudadanos y la experiencia acumulada alrededor de la reforma permiten extraer una conclusión incómoda pero necesaria. La transformación del sistema de justicia no termina con una elección.

    Lo que sigue es más complejo, la implementación cotidiana de la reforma, la evaluación de sus efectos, la preparación de una segunda elección y los ajustes normativos inevitables. Más adelante, el desafío mayor será extender esta lógica hacia las fiscalías, donde hoy se concentra buena parte del dolor y la frustración social. Nada de eso puede construirse a distancia.

    No estamos ante una justicia nueva ni ante soluciones inmediatas, sino ante el inicio de un proceso que exige presencia constante en territorio. Cuando las instituciones escuchan directamente a las personas y cuando la ciudadanía cuenta con herramientas para entender y participar, la justicia deja de ser un concepto abstracto y empieza a parecerse un poco más a la vida real. La reforma abrió la puerta. La implementación decidirá si se cruza o se vuelve a cerrar.

  • Alzheimer, cáncer y el fin de la resignación médica

    Alzheimer, cáncer y el fin de la resignación médica

    En semanas recientes, casi en paralelo y desde centros de investigación distintos, comenzaron a difundirse avances científicos que no prometen curas inmediatas, pero sí algo igual de relevante: cuestionar límites que durante décadas parecieron inamovibles. No son anuncios espectaculares ni hallazgos aislados, sino resultados recientes, publicados y comunicados con cautela, que obligan a detenerse y pensar. Analizarlos desde Ingeniería Política resulta pertinente porque, cuando la ciencia se aproxima a fronteras históricas de la enfermedad, lo que entra en juego no es solo el conocimiento médico, sino la forma en que una sociedad decide ordenar expectativas, prioridades y recursos públicos.

    Algunas enfermedades se volvieron destino antes de encontrar solución. Alzheimer y cáncer de páncreas fueron dos de ellas. En el caso del Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta a más de 50 millones de personas en el mundo y que constituye la principal causa de demencia, el deterioro de la memoria y de la autonomía se asumió durante años como inevitable. La medicina logró describir sus efectos, pero no alterar su curso. Sin embargo, estudios recientes en modelos animales han permitido identificar con mayor precisión dónde ocurre la ruptura: no solo en la pérdida neuronal, sino en el fallo de los mecanismos que consolidan la memoria en el hipocampo durante el descanso. El cerebro aprendería, pero no lograría fijar los recuerdos de forma estable.

    De manera paralela, investigaciones desarrolladas en la Universidad de Harvard exploran otra vía distinta, no derivada de ese hallazgo, pero igualmente relevante. Sus experimentos, también en modelos murinos, analizan el papel del litio en cerebros con Alzheimer y sugieren que un déficit de este elemento estaría asociado al deterioro cognitivo. Al modularlo, se observarían mejoras en ciertas funciones de memoria. No se habla de tratamientos ni de aplicaciones clínicas inmediatas, pero sí de una línea de trabajo que desplaza el enfoque tradicional y abre la posibilidad de intervenir procesos específicos sin reducir la enfermedad a una explicación única.

    Algo similar ocurre con el cáncer de páncreas, considerado el tumor más letal de la oncología moderna, con una supervivencia a cinco años inferior al diez por ciento. Su agresividad, el diagnóstico tardío y, sobre todo, su capacidad para desarrollar resistencias lo convirtieron en un límite histórico. Por eso resulta relevante el trabajo del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, encabezado por el equipo de Mariano Barbacid, que demostró en ratones que una terapia triple dirigida a KRAS, EGFR y STAT3 podría eliminar tumores sin recaídas ni resistencias. No es una cura, pero sí una ruptura conceptual frente a décadas de frustración terapéutica.

    Leídos en conjunto, estos avances comparten una característica poco común: no se apoyan en intuiciones ni en discursos aspiracionales, sino en evidencia experimental verificable, publicada y revisada por pares. En el Alzheimer, los estudios en modelos animales permiten aislar con precisión el fallo en la consolidación de la memoria y explorar, desde frentes distintos, cómo intervenirlo sin borrar la complejidad de la enfermedad. En el cáncer de páncreas, la numeralia del CNIO resulta difícil de ignorar: eliminación completa del tumor en ratones, ausencia de resistencias y supervivencia prolongada tras el tratamiento combinado. No son resultados extrapolables aún a humanos, pero sí pruebas de concepto sólidas que muestran algo inédito: que incluso los padecimientos más intratables empiezan a ofrecer puntos concretos de intervención.

    No estamos ante curas ni ante milagros, sino ante algo más difícil y más valioso: el inicio de una conversación distinta. Cuando la ciencia deja de aceptar el destino y empieza a interrogar sus límites, lo que cambia no es solo el pronóstico médico, sino la manera en que una sociedad decide cuánto tiempo, recursos y paciencia está dispuesta a invertir para mover una frontera que durante años pareció intocable.

  • De Davos a la Junta de Paz: Trump y el nuevo orden mundial sin la ONU al centro

    De Davos a la Junta de Paz: Trump y el nuevo orden mundial sin la ONU al centro

    Cada enero, el mundo pone la mirada en el Foro Económico Mundial. Davos no firma tratados ni impone reglas, pero sí cumple una función clave: anticipa hacia dónde se mueven las decisiones globales. Lo que ahí se discute suele convertirse, meses después, en política pública, alianzas estratégicas o nuevos equilibrios de poder. En 2025, como analicé en mi columna México en Davos 2025: Oportunidades estratégicas en un contexto de transformación global, el foro fue un espacio de diagnóstico. En 2026, en cambio, fue algo más: una vitrina donde comenzaron a mostrarse soluciones paralelas.

    En ese escenario apareció la Junta de Paz (Board of Peace). Impulsada por Donald Trump, la propuesta partió de un diagnóstico que hoy resulta fácil de entender incluso para quienes no siguen la geopolítica de cerca: los conflictos armados se prolongan, las crisis humanitarias se agravan y los mecanismos tradicionales tardan demasiado en responder. La Junta de Paz se presentó, así, como un intento por acelerar decisiones, coordinar actores y pasar del acuerdo político a la acción en el terreno.

    Para dimensionar el alcance del anuncio conviene explicar, sin tecnicismos, cómo se plantea su funcionamiento. La Junta de Paz no sería un organismo universal como la ONU. Sus estatutos prevén membresías por invitación, reglas propias y una dirección central fuerte. La permanencia y el peso dentro del mecanismo estarían ligados al compromiso político y financiero de cada integrante. En términos simples, se trataría de un esquema más cerrado, diseñado para actuar rápido, aunque eso implique renunciar al consenso amplio.

    Las reacciones no tardaron en evidenciar tensiones. Algunos países aceptaron participar desde el inicio; otros prefirieron declinar o mantener distancia. Esa división refleja una preocupación legítima: para ciertos actores, la Junta de Paz podría ser una vía pragmática frente a la parálisis; para otros, un riesgo de fragmentar esfuerzos y debilitar reglas comunes. No es un debate menor, porque de fondo está la pregunta sobre quién decide, con qué legitimidad y bajo qué controles.

    Este punto conecta directamente con otra reflexión previa. En Es tiempo de mujeres: capítulo ONU advertí que la Organización de las Naciones Unidas mantiene legitimidad normativa, pero enfrenta límites operativos cada vez más visibles. Vetos, bloqueos y procesos prolongados han dificultado que sus resoluciones se traduzcan en resultados concretos. Davos 2026 confirmó esa lectura: ya no solo se habla de reformar al multilateralismo, sino de rodearlo con mecanismos alternativos.

    Desde México, donde en los últimos años se ha insistido en que las instituciones deben servir a las personas y ofrecer resultados tangibles para mexicanas y mexicanos, este debate resulta especialmente relevante. La eficacia importa, pero también importan las reglas, la inclusión y la rendición de cuentas. El desafío consiste en encontrar un equilibrio que no sacrifique legitimidad en nombre de la rapidez, ni condene a la inacción por exceso de procedimientos.

    La Junta de Paz no es una anomalía ni un gesto aislado. Es, más bien, el síntoma más visible de un sistema internacional en plena transición. Su aparición confirma que, frente a la parálisis operativa, el orden mundial comienza a ensayar reemplazos funcionales que privilegian la ejecución sobre el consenso y el liderazgo sobre la colegialidad. En este escenario, la Organización de las Naciones Unidas no pierde su legitimidad normativa ni su valor histórico, pero sí enfrenta el riesgo real de quedar desplazada en la práctica si no logra adaptarse a un mundo que ya no espera. El mensaje de fondo es claro: la ONU no será sustituida por un solo actor, sino rodeada progresivamente por mecanismos alternativos que, sin derrocarla, podrían volverla prescindible. Ese es el verdadero punto de inflexión que deja Davos 2026.

  • Cuando el sentido deja de ser exclusivo: la filosofía ante la ruta a la AGI

    Cuando el sentido deja de ser exclusivo: la filosofía ante la ruta a la AGI

    En distintos momentos de la historia, las sociedades han tenido que aprender a nombrar lo que aún no entendían del todo. Ocurrió con la máquina industrial, con la electricidad, con Internet y con la digitalización de la vida cotidiana. Hoy, ese momento vuelve a presentarse con la inteligencia artificial avanzada y la ruta hacia la Inteligencia Artificial General. No se trata solo de una nueva tecnología, sino de un cambio en la forma en que se organiza la experiencia, se toman decisiones y se produce sentido. Cuando el lenguaje todavía no alcanza, la filosofía vuelve a ser necesaria.

    La Inteligencia Artificial General no es una máquina consciente ni un sustituto del pensamiento humano. Es, más bien, un tipo de sistema capaz de desempeñarse de manera general en múltiples ámbitos, aprender de contextos distintos, transferir conocimiento entre tareas y adaptarse sin ser rediseñado para cada función. A diferencia de la inteligencia artificial actual —especializada y limitada— la AGI operaría como una inteligencia de propósito general, capaz de reorganizar problemas y prioridades. Esa generalidad es lo que marca el cambio de modelo tecnológico.

    En la vida cotidiana, esta adopción no llegará como un “gran evento”, sino como una acumulación de pequeñas transformaciones. Sistemas que ya no solo recomiendan, sino que anticipan; plataformas que no solo ejecutan órdenes, sino que estructuran opciones; herramientas que no solo asisten, sino que delimitan el marco desde el cual decidimos. La AGI no se impondrá como una figura visible, sino como una infraestructura silenciosa que organiza flujos de información, tiempos, trayectorias y posibilidades.

    Este tránsito implica un desplazamiento clave: pasamos de tecnologías entendidas como herramientas a sistemas que ordenan la realidad. Ordenar significa clasificar, jerarquizar y excluir. Cuando un sistema define qué es relevante, qué es probable o qué es óptimo, está configurando el mundo operativo en el que personas e instituciones actúan. No reemplaza la decisión humana, pero condiciona el campo de decisiones posibles. La diferencia es sutil, pero profunda.

    Aquí aparece la pregunta por el sentido. Los sistemas de inteligencia artificial trabajan con datos, patrones y correlaciones. Las sociedades, en cambio, viven de significado, contexto y memoria. El dato puede decir qué ocurre; el significado permite entender por qué importa. Cuando el rendimiento técnico se convierte en el criterio dominante, existe el riesgo de confundir eficiencia con comprensión. La filosofía cumple la función de separar esas capas: recordar que no todo lo que funciona explica, y que no todo lo que explica debe automatizarse.

    A lo largo de la historia, la filosofía ha sido el espacio donde se elaboraron los conceptos necesarios para entender transformaciones inéditas. Fue así cuando se pensó la noción de trabajo en la era industrial, la idea de sujeto en la modernidad, o la relación entre técnica y poder en el siglo XX. Hoy, vuelve a ser el lugar desde el cual se pueden construir nuevas categorías para comprender sistemas que no piensan, pero organizan; que no juzgan, pero influyen; que no deciden con conciencia, pero producen efectos reales.

    Uno de los puntos más delicados es la confusión entre predicción, decisión y juicio. La inteligencia artificial puede predecir comportamientos y ejecutar decisiones operativas con gran eficacia. El juicio, en cambio, implica responsabilidad, interpretación y explicación. Delegar predicción no es lo mismo que delegar juicio. La filosofía permite trazar ese límite y entender por qué hay ámbitos que, aun siendo técnicamente automatizables, no deberían perder su dimensión humana.

    La velocidad de adopción de estos sistemas también tiene costos menos visibles. No solo modifica el empleo o los mercados, sino la forma en que comprendemos el mundo. Cuando la realidad se presenta filtrada por modelos técnicos, existe el riesgo de reducirla a lo medible y lo optimizable. La filosofía no se opone a la técnica, pero introduce una pausa reflexiva: pregunta qué dejamos fuera cuando aceptamos ciertos criterios como naturales.

    Este cambio de modelo tecnológico es inédito, pero no incomprensible. Como en otros momentos históricos, estamos en una etapa previa a la estabilización conceptual. Todavía estamos descubriendo las palabras con las que nombraremos esta nueva relación entre humanos, sistemas y sentido. La formación filosófica ofrece algo fundamental en este tránsito: la capacidad de pensar antes de naturalizar, de entender antes de delegar, de decidir antes de acostumbrarnos.

    La inteligencia artificial general no solo acelera procesos: reconfigura el sentido desde el cual se toman decisiones. El desafío no es detener su avance, sino comprender cómo se integra a la vida cotidiana y qué tipo de mundo contribuye a construir. Si ese proceso ocurre sin reflexión, la eficiencia ocupará el lugar del juicio y la técnica el del sentido. El tiempo para pensar ese marco no es posterior a la adopción: es ahora, mientras aún estamos a tiempo de darle nombre y dirección al mundo que empieza a emerger.

  • Diez riesgos para 2026: el mapa del poder, la economía y la incertidumbre

    Diez riesgos para 2026: el mapa del poder, la economía y la incertidumbre

    Al comenzar este año, muchas mexicanas y mexicanos sienten que algo cambió, aunque no siempre sea fácil explicarlo. La política ya no se percibe solo en discursos o debates lejanos, sino en decisiones que impactan el trabajo, el ingreso, la seguridad y la tranquilidad diaria. No es un momento de crisis, pero sí uno en el que los márgenes se sienten más estrechos y cada decisión parece pesar un poco más. Entender este contexto importa porque permite leer el momento con claridad, sin miedo ni exageración.

    Uno de los primeros puntos a observar tiene que ver con la forma en que se toman las decisiones. Cuando el poder se concentra, las cosas pueden avanzar más rápido, pero también se corre el riesgo de que las reglas cambien sin suficiente explicación. Esto no significa que todo esté mal, sino que la certeza puede debilitarse si no hay diálogo y claridad. Algo similar ocurre cuando los contrapesos pierden fuerza: corregir errores se vuelve más difícil y los ajustes llegan tarde.

    En la economía, el reto no es un colapso, sino la falta de impulso. Cuando el crecimiento es bajo, cuesta más mejorar ingresos y generar oportunidades. A esto se suma que muchas inversiones prefieren esperar antes de dar el siguiente paso. Esa pausa no se siente en cifras abstractas, sino en empleos que no llegan, proyectos que se posponen y familias que viven con mayor cautela. Aquí el desafío es recuperar confianza para volver a mover la rueda.

    Desde fuera, la relación con Estados Unidos y la revisión del T-MEC mantienen un ambiente de presión constante. No porque el acuerdo esté por romperse, sino porque la negociación permanente genera dudas. El reto está en responder con preparación y cabeza fría, evitando decisiones apresuradas que después cuesten más corregir.

    En las instituciones, otro riesgo aparece cuando las reformas avanzan más rápido que la capacidad para hacerlas realidad. Cambiar leyes es importante, pero hacerlo bien lo es todavía más. Cuando hay confusión, retrasos o reglas poco claras, la gente pierde confianza y todo se vuelve más complicado de lo necesario. Un Estado fuerte no es el que promete más, sino el que cumple mejor.

    En el territorio, la inseguridad y los conflictos sociales siguen afectando la vida diaria. El mayor riesgo no es solo su presencia, sino acostumbrarse a ellos, asumirlos como parte normal del día a día. Cuando eso ocurre, se encarecen los negocios, se fragmentan las comunidades y se debilita la confianza entre personas e instituciones.

    Ahora bien, hablar de estos riesgos no es una invitación al pesimismo. Al contrario. Identificarlos sirve para adelantarse, corregir a tiempo y evitar que se conviertan en problemas mayores. Nombrar los riesgos permite exigir mejores decisiones, reglas más claras y una ejecución más cuidadosa. Es una forma de prevención, no de alarma.

    Todos estos elementos se conectan en algo fundamental: la certidumbre. Cuando hay reglas claras, instituciones que funcionan y decisiones bien explicadas, las personas pueden planear, invertir, trabajar y vivir con mayor tranquilidad. La incertidumbre no desaparece por arte de magia, pero sí puede reducirse cuando hay orden, coherencia y responsabilidad.

    Visto en perspectiva, no estamos frente a un escenario de crisis, sino de definición. Los riesgos aquí descritos no anuncian un quiebre, sino un sistema que se pone a prueba. El verdadero activo del país no es la prisa ni la confrontación, sino la capacidad de convertir decisiones en reglas claras, presión en instituciones sólidas y tensión en resultados concretos. Si México logra transitar este periodo con claridad, disciplina y sentido común, lo que hoy se analiza como riesgo podrá recordarse como el momento en que supimos anticiparnos y gobernar mejor cuando el entorno dejó de ser cómodo.