Etiqueta: Aldo San Pedro

  • Más poder, más responsabilidad: la lección del INE

    Más poder, más responsabilidad: la lección del INE

    ¿Qué revela de una institución la renuncia de quien la preside? Ayer, 25 de octubre, el INE difundió el mensaje en el que Guadalupe Taddei anunció que hoy lunes presentaría formalmente su renuncia ante la Cámara de Diputados. Ocurre cuando el árbitro electoral ya organiza los comicios de 2027 y enfrenta señalamientos sobre proveedores y posibles conflictos de interés. La pregunta no se agota en por qué se va Taddei: alcanza al poder que deja detrás.

    En 2023, su llegada coincidió con un Consejo General incapaz de reunir los ocho votos necesarios para designar titulares de varias áreas. Los encargados de despacho se prolongaron y la operación necesitaba estabilidad. En octubre de 2024, el Congreso respondió con una reforma: la presidencia pudo nombrar directamente a directores ejecutivos y titulares de unidades técnicas, antes sujetos a aprobación colegiada. También creció el papel de la Junta General Ejecutiva, que la propia presidencia encabeza. Era razonable terminar con la parálisis. Lo difícil era impedir que la salida a ese bloqueo se convirtiera en concentración de decisiones.

    Ahí aparece el dilema de esta crisis. El Consejo General siguió siendo el máximo órgano de dirección, pero perdió un filtro sobre quienes conducen la estructura operativa. La presidencia no adjudica por sí sola cada contrato; sí puede elegir a las personas que encabezan áreas desde las cuales se administran recursos y se preparan decisiones. Esa diferencia importa: no permite atribuir una irregularidad a la reforma, pero obliga a preguntar si el nuevo poder recibió controles a su altura.

    Los señalamientos sobre Taddei dan contenido a esa pregunta. Reportes periodísticos describen su cercanía con José Alfredo Hernández Casillas, vinculado con Cajas Graf y otras empresas proveedoras de material electoral; también mencionan el paso de personas relacionadas con ese grupo a puestos del INE. El caso de Jesús Octavio García González, antiguo representante legal de compañías señaladas y posteriormente responsable de la Dirección Ejecutiva de Administración, exige revisar la declaración de intereses, el nombramiento y las decisiones tomadas bajo su responsabilidad. Los contratos deben examinarse expediente por expediente. Una relación personal no demuestra una adjudicación irregular; tampoco deja de importar cuando involucra a quien suministra bienes al Instituto.

    La Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio y la Unidad de Inteligencia Financiera investiga desde 2023 a empresas de ese grupo. Taddei rechaza que se anticipen conclusiones y en su mensaje advierte que su renuncia no releva a nadie del deber de esclarecer los hechos. En eso tiene razón. Su salida no prueba las acusaciones ni las borra. La diferencia la marcarán los documentos, el debido proceso y la publicación de resultados.

    Pero antes de conocer esos resultados habrá que tomar decisiones. La primera corresponde a los diez consejeros que permanecerán: elegir entre ellos una presidencia provisional y comunicarlo a la Cámara. El nombre de Arturo Manuel Chávez López circula como posible opción. Si resulta elegido, o si el Consejo opta por otra persona, la prueba será inmediata: ¿abrirá al escrutinio colegiado la información sobre contratos y nombramientos o administrará la crisis desde el mismo círculo de siempre?

    La segunda decisión estará en San Lázaro. Un comité técnico de cinco integrantes evaluará aspirantes y propondrá una quinteta; la Cámara buscará una mayoría de dos tercios para designar a quien concluya el periodo vacante. Esa convocatoria debe exigir trayectoria, independencia y una revisión verificable de vínculos con proveedores. La cercanía política o personal no puede sustituir esas respuestas. La presidenta Claudia Sheinbaum pidió que no haya ni la menor sombra de corrupción en el árbitro electoral; el criterio debe valer también para quien lo sustituya.

    Queda una tercera decisión, menos vistosa y más duradera. El INE puede reforzar la revisión de contratos relevantes, transparentar relaciones de interés y dar al Consejo un papel efectivo en el examen de riesgos administrativos. Si quiere recuperar la aprobación colegiada de nombramientos, deberá cambiar la ley. Mientras tanto, quien presida puede explicar públicamente sus designaciones y someterlas a mayor escrutinio.

    La renuncia anunciada ayer abre una puerta, pero no cambia por sí misma la forma de ejercer el poder. En 2024 se buscó un INE capaz de decidir sin parálisis. Hoy debe demostrar que también puede decidir sin depender de una sola persona. Esa será la verdadera lección antes de que la ciudadanía vuelva a las urnas.

  • Ley Catastral y Programa Metropolitano: texto vs rumor

    Ley Catastral y Programa Metropolitano: texto vs rumor

    ¿Van a subir el predial o a quitarle a alguien su casa por tener un terreno baldío? La pregunta recorre conversaciones familiares y redes sociales. Este 18 de octubre, las autoridades anunciaron que revisarán las propuestas más cuestionadas del Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana del Valle de México. Lo hicieron mientras su consulta pública sigue abierta y después de que el Congreso aprobó una nueva ley catastral. En medio del temor y las respuestas oficiales, conviene separar los textos: ¿qué propone cada uno y qué podemos hacer todavía?

    La Ley General para el Fortalecimiento y Armonización Catastral y Registral busca que los catastros y los registros de la propiedad de todo el país compartan información y operen con herramientas compatibles. Prevé una Clave Única para identificar cada inmueble y una cédula que vincule esa clave con su registro. Si los datos coinciden y pueden consultarse mejor, será más fácil detectar errores. Pero una clave no es una escritura ni demuestra por sí sola quién es dueño de una casa.

    La ley no crea un impuesto federal, no fija una nueva tasa de predial y no entrega a la Federación su cobro. El temor, sin embargo, tiene una raíz comprensible: un padrón más completo puede facilitar que las autoridades locales revisen valores catastrales, utilizados para calcular ese impuesto. Modernizar la información no equivale automáticamente a aumentar el recibo, pero tampoco garantiza que todos los recibos permanezcan iguales. Habrá que vigilar las decisiones de cada municipio y entidad.

    El Programa de Ordenación trata de otro asunto: cómo coordinar la planeación de una metrópoli que abarca la Ciudad de México y municipios del Estado de México, Hidalgo y Morelos. Su proyecto, organizado en nueve apartados, propone rutas para atender problemas compartidos como vivienda, movilidad y uso del suelo. Según su propia introducción, orienta a las autoridades: no sustituye los planes locales, no cambia directamente los usos del suelo ni impone por sí solo obligaciones a los propietarios.

    Entonces, ¿por qué causó inquietud? Porque en sus capítulos 7 y 8 aparecen propuestas para acercar los valores catastrales a los de mercado y aprovechar predios baldíos o subutilizados. Aunque no se aplican automáticamente, podrían influir en decisiones locales posteriores. Una frase del programa no basta para quitarle a alguien su propiedad; tampoco sería responsable ignorar cómo esa propuesta pudiera traducirse después en una regla o un acto de autoridad. Esa es la diferencia entre descartar un rumor y examinar un riesgo.

    Ambos instrumentos se tocan en un punto: la ley puede mejorar los datos de los inmuebles y el programa puede aprovechar esa información para orientar la planeación. Pero tienen distinto alcance y están en momentos distintos. La ley ya fue aprobada por Diputados y Senado y espera su publicación; el programa todavía puede cambiar. El anuncio de revisión sobre valor catastral y predios baldíos reconoce las preocupaciones recibidas. Aún no sabemos qué se eliminará o modificará en la versión final.

    También hay fechas que seguir. Una vez que entre en vigor la ley, deberán emitirse lineamientos técnicos en treinta días hábiles; las plataformas y modelos deberán estar listos para operar el 1 de enero de 2027, y los congresos locales tendrán 180 días para adecuar sus normas. Ahí importa saber cómo se corregirán datos equivocados y qué podrá hacer una persona si una decisión afecta su patrimonio. Si alguna autoridad actualiza valores, deberá explicar sus criterios y respetar los medios de defensa aplicables.

    La participación inmediata está en el programa. Hasta el 22 de noviembre puede consultarse el proyecto en pozmvm.sedatu.gob.mx y enviar observaciones mediante su formulario o al correo [email protected]. Señalar el apartado preocupante, explicar su posible efecto y proponer una corrección es más útil que repetir que habrá un «predialazo» o aceptar sin más que nada puede pasar. Después habrá que comparar las observaciones con el texto definitivo y seguir las decisiones locales.

    La discusión ya produjo una promesa de revisión. Ahora toca convertirla en cambios verificables. Una casa no se defiende con un rumor, pero tampoco con un comunicado tranquilizador: se defiende leyendo lo que se propone, participando a tiempo y exigiendo que cada decisión sobre el patrimonio tenga razones y responsables.

  • Del ataque en Torreón a la regulación digital

    Del ataque en Torreón a la regulación digital

    ¿Puede un decreto impedir que la violencia que circula en internet termine cruzando la puerta de una escuela? En Torreón, la pregunta dejó de ser abstracta. El 1 de octubre, dos hermanos de 18 años y exalumnos de una secundaria atacaron a personal educativo y estudiantes. Una subdirectora murió y cuatro personas resultaron heridas. Las autoridades señalaron que una línea de investigación apunta a la exposición de los presuntos agresores a foros y comunidades digitales que glorifican ataques escolares. La investigación deberá esclarecer los hechos; la tragedia ya obliga a examinar el vínculo entre violencia, entornos digitales y prevención.

    Al día siguiente, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció la creación de un grupo interinstitucional coordinado por la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal e integrado por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la Secretaría de Educación Pública, la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, el Centro Nacional de Inteligencia, instituciones académicas como la UNAM y el IPN, y especialistas. Su objetivo es preparar un decreto para que las plataformas detecten, reporten y retiren oportunamente contenidos que inciten directamente a la violencia. La presidenta también anunció el fortalecimiento de ABC de las emociones, buzones confidenciales en escuelas y acciones para involucrar a madres y padres. Harfuch añadió que el CNI reforzaría el monitoreo de redes, mensajería y foros para identificar amenazas concretas y posibles llamados a la violencia. Según lo informado, el grupo comenzaría a trabajar la semana siguiente; no se precisó una periodicidad para evaluar el decreto.

    La propuesta presidencial busca reducir la exposición de niñas, niños y adolescentes a mensajes que exaltan ataques o convocan a agredir, y acelerar la respuesta ante amenazas identificables. Europa ofrece evidencia de que la regulación puede ayudar, aunque no resolver el problema por sí sola. En Alemania, un estudio sobre la ley NetzDG encontró una reducción de publicaciones de odio y un descenso en ciertos delitos de odio contra personas refugiadas. En la Unión Europea, la Ley de Servicios Digitales combina obligaciones para las plataformas con el derecho de los usuarios a apelar decisiones de moderación. Cerca de 50 millones de decisiones fueron revertidas tras reclamaciones internas. El aprendizaje es doble: las reglas pueden limitar la circulación de contenidos dañinos, pero deben permitir corregir retiros injustificados.

    Trasladar esos modelos a México exige cautela. Una definición ambigua de “incitación a la violencia” podría llevar a las plataformas a retirar críticas, sátiras o expresiones que no constituyen amenazas. Además, empresas globales como Meta, TikTok, X y Google operan con algoritmos y protocolos que suelen aplicarse en distintos países. Una regulación nacional puede tener un alcance limitado para modificar sistemas diseñados a escala mundial. Por eso, como complemento de la iniciativa presidencial, propondría que México impulse acuerdos con países de América Latina: una posición regional podría dar mayor fuerza a la solicitud de adaptar las respuestas de las plataformas a los riesgos locales.

    La moderación en plataformas abiertas tampoco elimina todos los canales de circulación. Si se retiran publicaciones de redes sociales, parte del contenido podría trasladarse a grupos privados de Telegram o WhatsApp. En estos servicios, el cifrado de extremo a extremo dificulta que la propia plataforma revise el contenido de los mensajes; aplicar ahí el mismo tipo de detección plantearía riesgos para la privacidad. La respuesta no puede ser una vigilancia generalizada. Como complemento, propondría informes públicos cada seis meses sobre reportes, retiros, tiempos de respuesta y apelaciones, además de una revisión de resultados después de 18 meses. También propongo canales prioritarios de alerta para autoridades educativas, fiscalías y especialistas. Conviene fortalecer la detección de amenazas concretas, con protocolos y supervisión que protejan derechos, y valorar reformas legales con sanciones proporcionales y vías independientes de apelación.

    Nada de esto sustituye el trabajo cotidiano en hogares y escuelas. Los buzones confidenciales y ABC de las emociones solo serán útiles si hay personal preparado para escuchar y atender lo que reciben; las familias necesitan orientación para conversar sobre lo que sus hijas e hijos encuentran en línea. La regulación presidencial puede ser el primer paso. Para que se convierta en una política eficaz, propongo complementarla con evaluación pública, cooperación regional y prevención cercana a los jóvenes. La tecnología puede retirar una publicación; evitar la tragedia exige que, antes, alguien reconozca la señal y sepa qué hacer.

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  • Del ataque en Torreón a la regulación digital

    Del ataque en Torreón a la regulación digital

    ¿Puede un decreto impedir que la violencia que circula en internet termine cruzando la puerta de una escuela? En Torreón, la pregunta dejó de ser abstracta. El 1 de octubre, dos hermanos de 18 años y exalumnos de una secundaria atacaron a personal educativo y estudiantes. Una subdirectora murió y cuatro personas resultaron heridas. Las autoridades señalaron que una línea de investigación apunta a la exposición de los presuntos agresores a foros y comunidades digitales que glorifican ataques escolares. La investigación deberá esclarecer los hechos; la tragedia ya obliga a examinar el vínculo entre violencia, entornos digitales y prevención.

    Al día siguiente, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció la creación de un grupo interinstitucional coordinado por la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal e integrado por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la Secretaría de Educación Pública, la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, el Centro Nacional de Inteligencia, instituciones académicas como la UNAM y el IPN, y especialistas. Su objetivo es preparar un decreto para que las plataformas detecten, reporten y retiren oportunamente contenidos que inciten directamente a la violencia. La presidenta también anunció el fortalecimiento de ABC de las emociones, buzones confidenciales en escuelas y acciones para involucrar a madres y padres. Harfuch añadió que el CNI reforzaría el monitoreo de redes, mensajería y foros para identificar amenazas concretas y posibles llamados a la violencia. Según lo informado, el grupo comenzaría a trabajar la semana siguiente; no se precisó una periodicidad para evaluar el decreto.

    La propuesta presidencial busca reducir la exposición de niñas, niños y adolescentes a mensajes que exaltan ataques o convocan a agredir, y acelerar la respuesta ante amenazas identificables. Europa ofrece evidencia de que la regulación puede ayudar, aunque no resolver el problema por sí sola. En Alemania, un estudio sobre la ley NetzDG encontró una reducción de publicaciones de odio y un descenso en ciertos delitos de odio contra personas refugiadas. En la Unión Europea, la Ley de Servicios Digitales combina obligaciones para las plataformas con el derecho de los usuarios a apelar decisiones de moderación. Cerca de 50 millones de decisiones fueron revertidas tras reclamaciones internas. El aprendizaje es doble: las reglas pueden limitar la circulación de contenidos dañinos, pero deben permitir corregir retiros injustificados.

    Trasladar esos modelos a México exige cautela. Una definición ambigua de “incitación a la violencia” podría llevar a las plataformas a retirar críticas, sátiras o expresiones que no constituyen amenazas. Además, empresas globales como Meta, TikTok, X y Google operan con algoritmos y protocolos que suelen aplicarse en distintos países. Una regulación nacional puede tener un alcance limitado para modificar sistemas diseñados a escala mundial. Por eso, como complemento de la iniciativa presidencial, propondría que México impulse acuerdos con países de América Latina: una posición regional podría dar mayor fuerza a la solicitud de adaptar las respuestas de las plataformas a los riesgos locales.

    La moderación en plataformas abiertas tampoco elimina todos los canales de circulación. Si se retiran publicaciones de redes sociales, parte del contenido podría trasladarse a grupos privados de Telegram o WhatsApp. En estos servicios, el cifrado de extremo a extremo dificulta que la propia plataforma revise el contenido de los mensajes; aplicar ahí el mismo tipo de detección plantearía riesgos para la privacidad. La respuesta no puede ser una vigilancia generalizada. Como complemento, propondría informes públicos cada seis meses sobre reportes, retiros, tiempos de respuesta y apelaciones, además de una revisión de resultados después de 18 meses. También propongo canales prioritarios de alerta para autoridades educativas, fiscalías y especialistas. Conviene fortalecer la detección de amenazas concretas, con protocolos y supervisión que protejan derechos, y valorar reformas legales con sanciones proporcionales y vías independientes de apelación.

    Nada de esto sustituye el trabajo cotidiano en hogares y escuelas. Los buzones confidenciales y ABC de las emociones solo serán útiles si hay personal preparado para escuchar y atender lo que reciben; las familias necesitan orientación para conversar sobre lo que sus hijas e hijos encuentran en línea. La regulación presidencial puede ser el primer paso. Para que se convierta en una política eficaz, propongo complementarla con evaluación pública, cooperación regional y prevención cercana a los jóvenes. La tecnología puede retirar una publicación; evitar la tragedia exige que, antes, alguien reconozca la señal y sepa qué hacer.

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  • Trump, China y la presión sobre México

    Trump, China y la presión sobre México

    Trump acaba de abrir una pausa con China y una presión renovada sobre México. Mientras Xi Jinping recibía honores de Estado en Washington, Trump presentaba ante la ONU a los cárteles mexicanos como una amenaza para la civilización occidental. ¿Son hechos aislados? No. La tregua con Pekín le está comprando tiempo y margen para endurecer su política hacia México antes y después de las elecciones intermedias.

    El trasfondo es un escenario que ya dejó de parecer remoto: un ataque casi simultáneo de Rusia contra un país de la OTAN y de China contra Taiwán. The Atlantic documentó que estrategas militares ya analizan esa posibilidad. En la mayoría de las simulaciones, Washington prioriza el Indo-Pacífico y deja a Europa con respaldo limitado. China es el único rival capaz de alterar el equilibrio mundial; Rusia, aunque peligrosa, es considerada una amenaza regional. La guerra con Irán también redujo las reservas estadounidenses de misiles avanzados.

    La advertencia no significa que una guerra de dos frentes sea inevitable. Significa que el problema existe y que Estados Unidos necesita evitar una escalada en Asia. Por eso la visita de Xi, del 23 al 25 de septiembre, tuvo más importancia estratégica que comercial.

    La cumbre produjo acuerdos limitados: extensión de la tregua comercial, reducciones arancelarias sobre bienes no sensibles, compras chinas de carbón y un diálogo sobre “superinteligencia”. No resolvió la rivalidad por Taiwán, la tecnología ni el liderazgo mundial. La pausa no eliminó el conflicto. Lo administró.

    Para Xi, el beneficio fue concreto: reconocimiento como igual y un respiro económico sin ceder sus líneas rojas. Para Trump, la fotografía de estabilidad le permitió vender la tregua como prueba de liderazgo. No hubo reconciliación, sino una pausa útil para que cada potencia reorganizara sus prioridades.

    Ese respiro permitió a Trump mirar hacia el hemisferio occidental. Un día antes de recibir a Xi, desde la ONU, calificó a México como “el epicentro de la violencia de los cárteles”, comparó a esos grupos con el Estado Islámico y dijo que debían ser “asesinados, exiliados o detenidos”. Al mismo tiempo, afirmó mantener una “muy buena relación” con el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum.

    La contradicción es solo aparente. Trump puede elogiar la relación bilateral y usar a México como símbolo de una amenaza que exige respuestas extraordinarias. El mensaje convirtió un problema de seguridad binacional en un asunto hemisférico. El Canciller Roberto Velasco respondió con la fórmula mexicana: cooperación sin subordinación y defensa de la soberanía.

    La presión tendrá dos reguladores. El primero serán las elecciones intermedias del 3 de noviembre. Si los republicanos pierden terreno, Trump necesitará victorias visibles y México ofrece una narrativa sencilla: frontera, drogas y seguridad. Si el resultado le favorece, podrá mantener una presión calibrada.

    El segundo regulador será el T-MEC. En julio, Estados Unidos no aceptó renovarlo en su forma actual. El tratado sigue vigente, pero quedó abierta la revisión anual y se perdió la certeza de una extensión automática por otros 16 años. Así, el acuerdo comercial se convirtió también en una palanca política.

    La negociación ya no se limitará a reglas de origen o contenido regional. También puede incorporar seguridad nacional, control de inversiones chinas y cooperación contra los cárteles. El escenario más probable es una presión calibrada, aunque un resultado electoral adverso podría activar amenazas arancelarias. Si además estallara una crisis en Europa o Taiwán, Washington exigiría que México asumiera mayores responsabilidades con menos atención estadounidense disponible.

    De aquí a mediados de 2027 veremos tres señales: endurecimiento retórico, amenazas comerciales y descalificación pública de los avances mexicanos. Si aparecen juntas, la presión dejará de ser una herramienta de negociación para convertirse en una estrategia de confrontación.

    La respuesta a la pregunta inicial es clara: Trump utiliza la tregua con China para comprar tiempo estratégico y trasladar su agenda de fuerza hacia México. La pausa en Asia no significa tranquilidad para nuestro país. Significa que Washington tiene más espacio para exigir, condicionar y negociar desde una posición de presión.

    México no puede decidir cuándo Trump necesitará una nueva victoria política. Sí puede decidir si esa victoria se construirá a costa de su soberanía, su economía o ambas. La tregua con China no cerró el tablero. Solo le dio a Trump el tiempo necesario para mover la siguiente pieza.

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  • Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    Bancos de ADN: cerrar la herida forense

    La seguridad no se mide únicamente en operativos, detenciones o reducción de homicidios. También se prueba cuando el Estado puede identificar a quienes murieron y devolverlos a sus familias. La pregunta es cómo convertir los avances en seguridad en una capacidad forense que no deje a miles de personas sin nombre. La respuesta pasa por completar el círculo: buscar, identificar y restituir.

    Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, con corte al 7 de septiembre de 2026, 132 mil 092 personas continuaban reportadas como desaparecidas o no localizadas. Pero el problema también está en quienes ya fueron encontrados y siguen sin identidad. Se trata de personas fallecidas que ya fueron recuperadas, pero todavía no tienen nombre. Esto significa que puede haber familias que continúan buscándolas sin saber que sus seres queridos ya se encuentran en los servicios forenses. Estimaciones de organizaciones civiles han ubicado en hasta 79 mil los cuerpos sin identificar, aunque no existe un registro estatal único y actualizado en tiempo real que permita conocer con exactitud el tamaño del rezago.

    Los datos del Inegi muestran la presión cotidiana sobre el sistema. Durante 2025 ingresaron 97 mil 920 cadáveres a la FGR y a los servicios forenses estatales, un promedio de 268 al día. En términos sencillos, fue como recibir un cuerpo cada cinco minutos y medio durante todo el año. Egresaron 90 mil 445 identificados y 6 mil 502 no identificados. Al cierre del año permanecían almacenados 10 mil 878 cadáveres. No se trata solo de estadísticas: cada cuerpo sin nombre representa una familia que permanece en la incertidumbre.

    Hay otra dimensión que no debe perderse de vista. Entre 2006 y 2023 se documentaron en México más de 5 mil 600 fosas clandestinas. Aunque este registro no representa un inventario actualizado en tiempo real, sí muestra que la tarea forense no se limita a los anfiteatros: también implica recuperar restos, preservar evidencias y reconstruir identidades en territorios donde la violencia dejó huellas difíciles de procesar.

    La administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum no parte de cero. Las reformas publicadas en 2025 crearon la Plataforma Única de Identidad, concebida para interconectar registros y realizar consultas permanentes que apoyen la búsqueda, localización e identificación. La revisión de la información detectó actividad posterior al reporte en más de 40 mil registros, lo que abrió nuevas rutas de localización.

    A esa herramienta se suman más capacidades institucionales. La Comisión Nacional de Búsqueda y la Red Nacional de Buscadores cuentan con 354 especialistas distribuidos en 26 entidades. Además, se autorizaron 643.5 millones de pesos para las 32 comisiones locales, 12.3 por ciento más que en 2025; más de 30 por ciento se orientará a centros de resguardo e identificación humana en 14 entidades.

    Pero el contraste es decisivo: las herramientas ya existen, mientras la etapa que convierte una muestra genética en una identificación todavía avanza con retraso. El 10 de septiembre, la propia presidenta reconoció que persiste un rezago en el análisis de ADN. Explicó que la Secretaría de Gobernación, la FGR y las fiscalías estatales trabajan en una base conjunta para consolidar un banco nacional. La ley ya contempla el Banco Nacional de Datos Forenses, pero contar con la herramienta no basta si las muestras no se analizan y los perfiles no se incorporan oportunamente.

    El Consejo Nacional de Seguridad Pública había fijado como plazo el último día hábil de julio de 2026 para terminar el rezago de la Base Nacional de Información Genética. El reconocimiento presidencial de septiembre muestra que ese objetivo aún no se cumple por completo. Persisten, además, bases fragmentadas, servicios forenses saturados, capacidades territoriales desiguales y expedientes sin huellas, fotografías, señas particulares o muestras familiares suficientes.

    Por eso, el siguiente paso debe ser concreto: acelerar el análisis pendiente con plazos y supervisión mensual; completar la interconexión segura entre el Banco Nacional de Datos Forenses, fiscalías, comisiones de búsqueda y registros administrativos; priorizar recursos en las entidades con mayor rezago; integrar información completa desde el primer reporte, y convertir las identificaciones y restituciones a las familias en indicadores públicos de seguridad.

    La recuperación de un cuerpo no es el final de la búsqueda, sino el inicio de otra responsabilidad: saber quién era, qué ocurrió y cómo devolverlo dignamente. Un banco de ADN no devuelve la vida, pero sí puede devolver el nombre. Cuando una familia deja de buscar a ciegas, la seguridad deja de ser una cifra y se convierte en justicia; ahí comienza, de verdad, el cierre de la herida forense.

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  • Control humano de la IA en tensión

    Control humano de la IA en tensión

    Una de las personas que ayudó a entrenar modelos de inteligencia artificial acaba de renunciar porque considera que las empresas que los desarrollan están “apostando con nuestras vidas”. Otro investigador calcula en más de 10 por ciento la posibilidad de que una futura superinteligencia cause la desaparición de la humanidad durante la próxima década. Al mismo tiempo, esas empresas lanzan sistemas más poderosos, los gobiernos reclaman decidir sus usos y las universidades buscan nuevas maneras de medir el conocimiento. La pregunta ya no es si la IA cambiará nuestra vida, sino quién conservará la capacidad de ponerle límites.

    El 8 de septiembre, Jacob Coxon, investigador que trabajó en OpenAI y Anthropic, anunció su salida de esta última. Acusó a ambas empresas de correr hacia una inteligencia capaz de mejorarse a sí misma sin contar con suficientes garantías de seguridad. Evan Hubinger, responsable de investigar cómo mantener alineados los sistemas de Anthropic con los objetivos humanos, respaldó parte de la advertencia: reconoce que no existe todavía una solución probada para controlar una eventual superinteligencia.

    Dario Amodei, director de Anthropic, llegó a una conclusión similar. Propuso reducir deliberadamente el ritmo con que aumentan las capacidades de los modelos. Le preocupa que la IA ya ayude a crear a su siguiente generación y que agentes de OpenAI hayan realizado acciones cibernéticas no autorizadas contra sistemas de Hugging Face. Su propuesta consiste en incorporar evaluadores externos dentro de los laboratorios, coordinar reglas entre empresas y buscar acuerdos internacionales.

    No todos comparten el diagnóstico. Hay investigadores que consideran exagerado hablar de extinción humana a partir de los modelos actuales. Otros sospechan que el llamado a frenar puede ser una maniobra para contener a los competidores de Anthropic. También existe una objeción geopolítica: una desaceleración unilateral de Estados Unidos podría dar ventaja a China. Pero incluso esas críticas confirman que la discusión dejó de ser una especulación académica. Los propios constructores de la tecnología están debatiendo si todavía pueden gobernar la velocidad de su carrera.

    La tensión crece porque las advertencias coinciden con lanzamientos cada vez más ambiciosos. OpenAI presentó GPT-5.6 en tres versiones: Sol, para tareas complejas; Terra, para trabajo cotidiano, y Luna, más rápida y económica. Sus avances en programación, razonamiento y ejecución de tareas han acelerado la incorporación de agentes de IA en empresas y oficinas.

    El control también se disputa entre empresas y gobiernos. A principios de 2026, el gobierno de Donald Trump exigió a Anthropic permitir el uso de Claude para cualquier fin legal. La compañía se negó a retirar límites relacionados con la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y las armas autónomas letales sin supervisión humana. La respuesta fue designarla como un riesgo para la cadena de suministro de la seguridad nacional y ordenar que agencias federales dejaran de utilizar su tecnología.

    Anthropic acudió a tribunales y, en agosto, una jueza federal determinó que la medida había sido arbitraria, vulneró el debido proceso y constituyó una represalia contraria a la libertad de expresión. El fallo no resuelve el dilema. ¿Debe una empresa privada definir los límites éticos de una herramienta estratégica? ¿O corresponde al Estado decidir sus usos legítimos en nombre de la seguridad nacional? Entregar toda la autoridad a las compañías es riesgoso; concentrarla en los gobiernos tampoco garantiza prudencia.

    Una respuesta distinta surgió en la Universidad de Fudan, en Shanghái. En vez de responder un examen, 51 estudiantes diseñaron preguntas para hacer fallar a DeepSeek, MiniMax y Claude. Cincuenta lograron que al menos uno se equivocara, aunque nadie consiguió derrotar por completo al modelo más fuerte. La lección era sencilla: en un mundo donde una máquina responde pruebas tradicionales en segundos, conocer también implica identificar sus límites.

    El método puede premiar preguntas capciosas y quizá no funcione en todas las disciplinas. Sin embargo, plantea una idea valiosa: conservar el control exige aprender a cuestionar la tecnología, no solamente a utilizarla.

    Los investigadores temen perder el dominio sobre sistemas futuros; las empresas aceleran su despliegue; los gobiernos reclaman autoridad sobre sus usos, y la educación intenta redefinir qué significa saber. El control humano todavía existe, pero ya no puede darse por sentado.

    La inteligencia artificial no está escapando de nuestras manos en un solo instante. La cedemos gradualmente cada vez que confundimos mayor capacidad con mayor seguridad, velocidad con progreso o legalidad con legitimidad. El principal riesgo quizá no sea que las máquinas aprendan demasiado rápido, sino que la humanidad tarde demasiado en decidir qué nunca debería permitirles hacer.

  • Después de farmear aura

    Después de farmear aura

    En cuestión de semanas, cientos de adolescentes comenzaron a reunirse en plazas y parques para competir por algo que no existe. Frente a frente, caminan, posan, sostienen la mirada y ejecutan gestos que internet convirtió en códigos compartidos. El público decide quién tiene más “aura”. Parece absurdo, hasta que uno se pregunta qué lleva a una generación acostumbrada a encontrarse detrás del celular a salir para disputar reconocimiento en la calle.

    “Farmear aura” combina dos lenguajes. Farmear proviene de los videojuegos y significa repetir acciones para acumular recursos o puntos. Aura, en la jerga digital, representa carisma, seguridad o presencia. Así surgió una puntuación imaginaria: alguien puede ganar “+1000 de aura” por mostrarse imperturbable y perderla cuando se esfuerza demasiado por impresionar.

    La expresión circulaba desde 2024 en comunidades vinculadas con videojuegos, anime y redes sociales. En 2025 adquirió una imagen global con Rayyan Arkan Dikha, el niño indonesio que se volvió viral bailando con absoluta serenidad sobre una embarcación. Para agosto de 2026, el meme había dado un salto inesperado: abandonó momentáneamente la pantalla y ocupó plazas, parques y universidades de distintas ciudades latinoamericanas.

    En México la expansión fue vertiginosa. Hasta el 21 de agosto, el Observatorio de Medios Digitales del Tecnológico de Monterrey registraba más de 16 mil publicaciones y alrededor de 202 millones de visualizaciones asociadas con #farmearaura entre usuarios mexicanos. Otro análisis contabilizó más de 34 millones de impresiones alrededor de la conversación. Mientras algunos adultos calificaban las batallas como ridículas, otros encontraban algo paradójico: después de años preocupados por jóvenes encerrados en sus teléfonos, una moda nacida precisamente ahí estaba consiguiendo reunirlos físicamente.

    Especialistas de la UNAM, la Universidad Autónoma de Zacatecas, el Tecnológico de Monterrey y la Universidad Anáhuac encontraron detrás del juego necesidades menos novedosas que sus gestos: pertenencia, reconocimiento, construcción de identidad y una soledad que la hiperconexión no necesariamente resuelve. Alejandro Zamudio, de la UNAM, lo interpreta como un ritual de reconocimiento mutuo; Jorge Zaruma habla de “encarnar al meme”: darle cuerpo a aquello que antes existía en la pantalla.

    Pero ocupar una plaza también significa entrar en un espacio compartido y sujeto a reglas. Hubo cancelaciones por falta de permisos, intervenciones policiales y hasta agresiones de terceros. Al mismo tiempo, universidades y programas públicos comenzaron a incorporar el lenguaje de la tendencia. Ahí aparece una tensión interesante: las instituciones pueden intentar comprender estas expresiones, regularlas o incluso apropiarse de ellas, pero difícilmente pueden dirigirlas al ritmo con el que nacen y desaparecen.

    Tampoco todos participan desde el mismo lugar. Tener tiempo, conectividad, un teléfono para grabar y acceso a espacios relativamente seguros recuerda que ninguna tendencia representa por sí sola a toda una generación. Incluso sus gestos revelan diferencias: buena parte del repertorio de miradas, mandíbulas marcadas y poses “sigma” proviene de códigos predominantemente masculinos. Detrás de un juego aparentemente sencillo también operan formas de inclusión, aprobación y estatus que conviene observar antes de generalizar.

    Existe, además, una contradicción que quizá explique tanto su éxito como su desgaste: para ganar aura hay que aparentar que no se intenta conseguirla. La autenticidad también se representa. Hay que esforzarse por parecer espontáneo frente a una audiencia que observa, graba y juzga. Es difícil encontrar una metáfora más precisa de una cultura digital que exige ser auténticos mientras convierte nuestra autenticidad en contenido.

    Apenas unas semanas después de su explosión, farmear aura parece haber dejado atrás su mayor impulso. No sería extraño. Antes estuvieron otras tendencias y después vendrán nuevas palabras, gestos y comunidades capaces de recorrer en días el camino entre un algoritmo y una plaza. Algunas desaparecerán sin dejar mayor huella; otras permanecerán como lenguaje, identidad o incluso nuevas formas de relacionarnos.

    Por eso el aprendizaje no consiste en decidir si debemos celebrar o despreciar esta moda. Tampoco en asumir que el próximo fenómeno significará lo mismo. Habrá que analizar cada uno por separado: quién participa, qué necesidad expresa, cómo utiliza el cuerpo y el espacio, qué riesgos genera y qué ocurre cuando instituciones, autoridades o marcas intentan intervenir.

    Farmear aura probablemente pasará. Lo importante será qué hagamos cuando llegue lo siguiente. Porque detrás del próximo gesto que parezca incomprensible puede haber solamente una moda, pero también una nueva manera de encontrarse, pertenecer u ocupar lo público. Antes de aplaudirla, prohibirla o ridiculizarla, quizá nuestra primera responsabilidad sea entenderla.

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  • De sancionar a restaurar: la nueva ley Ambiental (LGEEPA)

    De sancionar a restaurar: la nueva ley Ambiental (LGEEPA)

    Hay daños ambientales que ninguna multa puede deshacer. Un río contaminado no se limpia con una transferencia bancaria. Un acuífero afectado no recupera su calidad porque una empresa pague una sanción. Y un ecosistema destruido puede tardar décadas en volver a funcionar, si es que alguna vez lo consigue. Esa realidad explica el cambio más importante detrás de la nueva legislación ambiental que el gobierno de la Presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa: pasar de castigar después del daño a prevenirlo y, cuando ocurra, obligar a repararlo.

    La iniciativa, presentada a finales de agosto, busca sustituir el marco de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, vigente desde 1988, y será discutida por el Congreso en el periodo ordinario que comienza en septiembre. La LGEEPA construyó buena parte de la arquitectura ambiental moderna de México: impacto ambiental, ordenamiento ecológico, áreas naturales protegidas, inspección y sanciones. Pero después de casi cuatro décadas, sus instrumentos enfrentan problemas ambientales mucho más complejos.

    Uno de ellos está en los incentivos. Cuando reparar el daño resulta más costoso que pagar una sanción, la multa corre el riesgo de convertirse en un costo más de operación. La nueva propuesta intenta romper esa lógica: que contaminar y pagar dejen de ser, en la práctica, operaciones equivalentes.

    La Manifestación de Impacto Ambiental, conocida como MIA, seguirá siendo una pieza central. Antes de desarrollar determinadas obras, un proyecto debe identificar qué impactos podría provocar y cómo pretende prevenirlos o mitigarlos. La nueva lógica busca mirar además los efectos acumulativos, regionales y de largo plazo e incorpora la Evaluación Ambiental Estratégica para introducir las variables ambientales desde la planeación y no cuando prácticamente todo está decidido.

    Eso puede parecer técnico hasta que una autoridad ambiental ordena detener una operación.

    Las facultades de inspección, seguridad y sanción permiten que un incumplimiento serio tenga consecuencias inmediatas: medidas urgentes, clausuras temporales o definitivas e incluso suspensión o revocación de autorizaciones. En hidrocarburos, minería, infraestructura o industria, eso puede significar detener una instalación completa. La regulación ambiental no es un requisito periférico: puede determinar si una inversión continúa operando.

    Ahí aparece el cambio de fondo. La reparación gana terreno frente a la sanción económica. Siempre que sea posible, deberá privilegiarse recuperar el ecosistema afectado; la compensación quedaría como mecanismo excepcional cuando reparar directamente resulte imposible o desproporcionado. El principio parece sencillo, pero modifica el cálculo económico: pagar por contaminar no debería ser una alternativa frente a reparar.

    También adquieren relevancia los convenios de reparación o compensación. Una empresa podría comprometer acciones concretas antes de concluir el procedimiento sancionador, pero no bastaría con promesas. Las medidas deberán acreditar resultados medibles y equivalencia ecológica, además de mantener indicadores de seguimiento que, en determinados casos, se extenderían por al menos diez años. Restaurar deja así de ser solamente una obligación jurídica para convertirse en un compromiso técnico, financiero y operativo de largo plazo.

    Por eso los regulados deberían comenzar a prepararse antes de que concluya la discusión legislativa. Revisar sistemas de gestión ambiental, actualizar riesgos, fortalecer seguros y garantías, verificar compensaciones existentes y documentar mejor las medidas preventivas no tendría que esperar a la entrada en vigor. Quienes se anticipen enfrentarán una transición menos complicada; quienes sigan viendo el cumplimiento ambiental como un expediente por completar probablemente descubrirán que el nuevo estándar exige mucho más.

    El reto para el Estado será igual de grande. Evaluar impactos acumulativos, determinar responsabilidades, valorar daños y supervisar restauraciones durante años requiere especialistas, presupuesto y coordinación entre Semarnat, PROFEPA, ASEA, estados y municipios. Una legislación ambiciosa sin instituciones capaces de aplicarla puede terminar convertida en una colección de buenas intenciones. La discusión, entonces, no debería reducirse a multas más altas o nuevos trámites. Lo que está en juego es el sistema de incentivos con el que México protegerá su patrimonio natural durante las próximas décadas.

    Durante años medimos la fortaleza ambiental del Estado por cuántas inspecciones realizaba, cuántas multas imponía o cuántas instalaciones clausuraba. Quizá sea momento de medir algo más importante: cuántos daños consiguió evitar y cuánto de lo destruido logró recuperar. Porque una política ambiental moderna no demuestra su fuerza cuando encuentra a quién cobrar después del daño. La demuestra cuando consigue que prevenir sea más conveniente que destruir y restaurar sea más importante que pagar.

  • Harfuch y Rocha: confianza y fricción con Washington

    Harfuch y Rocha: confianza y fricción con Washington

    En menos de 48 horas, México mostró a Estados Unidos dos caras de una misma realidad. En Buenos Aires, Omar García Harfuch fue llamado “socio de confianza” por el director de la DEA mientras presentaba resultados de la estrategia federal de seguridad. En Culiacán, Rubén Rocha Moya regresaba sorpresivamente al gobierno de Sinaloa después de 112 días de licencia y, tras quedarse prácticamente solo, volvía a separarse del cargo poco más de un día después. Parecen dos historias distintas. No lo son. Una explica la confianza que México intenta construir con Washington; la otra, las razones por las que esa confianza sigue siendo frágil.

    Harfuch participó del 18 al 20 de agosto en la 40 Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por la DEA en Buenos Aires. Ante delegaciones de más de 100 países presentó cifras difíciles de ignorar: una reducción cercana al 51 por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos respecto de septiembre de 2024, más de 30 mil armas aseguradas, golpes a la producción de drogas sintéticas y a las estructuras financieras del crimen organizado, además del traslado de 92 objetivos prioritarios a Estados Unidos. México llegó a defender una fórmula que resume la política de la Presidenta Claudia Sheinbaum frente a Washington: coordinación sin subordinación.

    Pero el dato políticamente más importante quizá no apareció en ninguna estadística. Terrance Cole, director de la DEA, llamó públicamente a Harfuch “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos”. Harfuch reconoció, a su vez, que el intercambio de información se ha vuelto más rápido. En una relación atravesada por extradiciones, visas, aranceles, acusaciones contra funcionarios mexicanos y presión en materia de seguridad, contar con un interlocutor creíble del otro lado de la frontera se convierte en un activo estratégico. Harfuch salió de Argentina con algo difícil de medir, pero indispensable en política: confianza.

    Mientras eso ocurría, Sinaloa caminaba en dirección contraria. El viernes 21, Rocha Moya anunció que retomaba la gubernatura después de la licencia que había solicitado en mayo, en medio de acusaciones provenientes de Estados Unidos por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa. Aseguró volver con “la frente limpia y en alto” y sostuvo que no había cometido delito alguno. Pero su regreso no había sido acordado con la dirigencia de Morena ni con el gobierno federal. Gobernación lo definió como una decisión personal, dirigentes y legisladores oficialistas le pidieron reconsiderarla y gobernadoras y gobernadores de la Cuarta Transformación cerraron filas con la Presidenta. Poco más de un día después, Rocha solicitó nuevamente licencia.

    La escena sería suficientemente reveladora por sí misma, pero existe un antecedente que cambia su significado. Harfuch y Rocha ya habían compartido el mismo escenario durante la crisis de violencia que estalló en Sinaloa en septiembre de 2024. El secretario viajó repetidamente a la entidad, encabezó reuniones de coordinación y supervisó el despliegue federal frente a la confrontación entre grupos criminales. Durante meses, Sinaloa se convirtió en uno de los principales laboratorios de la estrategia de seguridad: la Federación enviaba fuerzas, inteligencia y recursos para intentar contener un incendio que tenía profundas raíces locales.

    Ese pasado convierte lo sucedido ahora en algo más que la coincidencia de dos noticias. El funcionario que Washington reconoce como interlocutor confiable es el mismo que tuvo que trasladarse reiteradamente al territorio gobernado por Rocha para enfrentar una de las crisis de seguridad más complejas del país. Harfuch representa la capacidad federal para intervenir; Rocha recuerda los límites de esa capacidad cuando el propio poder local se encuentra bajo cuestionamiento.

    Ese es el verdadero desafío que dejaron Buenos Aires y Culiacán. México necesita interlocutores capaces de hablar con Washington desde una posición de respeto, pero su soberanía no puede descansar en la confianza que una agencia estadounidense deposite en un secretario. La relación será más equilibrada cuando los buenos resultados federales no tengan que convivir con instituciones locales cuestionadas, expedientes abiertos y sospechas que periódicamente regresan a la mesa bilateral.

    Harfuch puede construir confianza y Rocha puede generar fricción, pero ambos son circunstanciales. La relación entre México y Estados Unidos seguirá después de ellos. Por eso la verdadera soberanía no consiste solamente en exigir que Washington no intervenga, sino en reducir desde México las razones que le permiten presionar. Porque un buen interlocutor puede contener una crisis; instituciones confiables evitan que esa crisis exista.