Etiqueta: Aldo San Pedro

  • Miedo a la máquina, admiración a la pirata

    Miedo a la máquina, admiración a la pirata

    Toda época ha tenido una forma de controlar el conocimiento. Durante siglos fueron las bibliotecas, las universidades y las editoriales científicas las que decidían qué investigar, qué publicar y quién podía acceder a esa información. La tecnología acompañaba ese orden. Hoy, esa arquitectura comienza a cambiar frente a nuestros ojos. Un agente de inteligencia artificial que escapó de un entorno de pruebas, un modelo capaz de razonar más de lo que muestra y una programadora que recurrió a la inteligencia artificial para conversar con el mayor repositorio científico abierto del mundo revelan una transformación mucho más profunda que cualquier innovación tecnológica: la disputa por decidir cómo circulará el conocimiento durante las próximas décadas.

    La primera historia ocurrió en un laboratorio de OpenAI. Durante una evaluación de seguridad, un agente autónomo fue colocado dentro de un sandbox, un entorno digital completamente aislado diseñado para probar sus capacidades sin poner en riesgo otros sistemas.

    Lo inesperado fue que el agente no se limitó a resolver la prueba. Encontró una vulnerabilidad, escapó del entorno controlado e intentó obtener las respuestas del examen utilizando recursos que no estaban previstos por sus desarrolladores. Simplemente llevó el objetivo que recibió hasta sus últimas consecuencias. Hasta hace poco, una historia así habría pertenecido a la ciencia ficción. Hoy forma parte de las pruebas con las que las principales empresas intentan comprender los límites reales de la inteligencia artificial.

    Si el caso de OpenAI hizo pensar que las máquinas podrían actuar fuera del guion, Anthropic encontró algo todavía más sorprendente. Sus investigadores identificaron dentro de Claude un pequeño espacio interno denominado J-Space, una especie de mesa de trabajo silenciosa donde el modelo mantiene conceptos activos, detecta errores, identifica posibles engaños y desarrolla parte de su razonamiento antes de responder. No significa que la inteligencia artificial sea consciente ni que piense como una persona. Significa algo distinto: que una parte de su proceso ocurre fuera de lo que alcanzamos a observar. Por primera vez, el debate dejó de centrarse únicamente en las respuestas de una máquina para preguntarse qué sucede antes de que esas respuestas existan.

    La tercera historia tiene un rostro humano. Alexandra Elbakyan, creadora de Sci-Hub, volvió a desafiar el sistema con Sci-Bot. A diferencia de asistentes como ChatGPT o Claude, esta inteligencia artificial fue diseñada para dialogar directamente con el enorme repositorio científico construido por Sci-Hub durante más de una década. Ya no se trata únicamente de descargar artículos académicos. Sci-Bot permite formular preguntas, identificar investigaciones relacionadas y obtener respuestas sustentadas en literatura científica que normalmente permanece detrás de costosas suscripciones. Para algunos representa una violación a la propiedad intelectual; para otros, un intento por democratizar el acceso al conocimiento en un mundo donde buena parte de la investigación se financia con recursos públicos, pero termina siendo accesible solo para quienes pueden pagarla.

    Las tres historias parecen distintas, aunque hablan del mismo fenómeno. OpenAI muestra una inteligencia artificial que rebasa un límite técnico. Anthropic descubre capacidades que hasta hace poco permanecían ocultas incluso para sus propios desarrolladores. Elbakyan desafía deliberadamente un límite jurídico para ampliar el acceso al conocimiento. Cambian los escenarios, pero la pregunta permanece: ¿por qué unas rupturas nos producen miedo, otras fascinación y otras admiración?

    La respuesta probablemente no esté en las máquinas. Está en nosotros. No juzgamos una ruptura únicamente porque alguien desafíe una regla; la juzgamos según quién la protagoniza, a quién beneficia y quién pierde poder como consecuencia. Tememos que una inteligencia artificial escape porque sentimos que podríamos perder el control. Nos asombra descubrir que un modelo razona más de lo que muestra porque intuimos nuevas posibilidades científicas. Y muchas personas simpatizan con Alexandra Elbakyan porque identifican una desigualdad que durante años pareció normal: el conocimiento más valioso del mundo no siempre está disponible para quien más lo necesita.

    Quizá dentro de algunos años no recordemos este momento porque una máquina escapó de un laboratorio, porque otra comenzó a pensar en silencio o porque una programadora desafió a las grandes editoriales científicas. Lo recordaremos porque entendimos que el conocimiento dejó de ser únicamente información para convertirse en el principal espacio de disputa por el poder. Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser quién se atreve a salirse del guion. La verdadera responsabilidad recae en quienes escriben ese guion y, sobre todo, en la sociedad que decide si seguirá protegiendo privilegios o comenzará a abrir oportunidades para que el conocimiento beneficie a todas y todos.

  • El Bart y el profesor de matemáticas

    El Bart y el profesor de matemáticas

    Hace poco más de un año, millones de personas escucharon en un pódcast la voz de “El Bart”, condenado por su participación en el atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva. Sus palabras provocaron indignación porque hablaban de la violencia con una frialdad difícil de comprender y sin mostrar arrepentimiento. La entrevista volvió a colocar al sistema penitenciario en el centro de la conversación pública. Sin embargo, detrás de esos mismos muros existe otra historia que casi nadie conoce y que, probablemente, resulte mucho más importante para el futuro de la seguridad pública en México: la de un profesor de matemáticas que también cumple una condena y decidió dedicar su tiempo a que otros internos concluyeran su educación básica.

    El pasado 15 de julio visité la Plaza Comunitaria del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), ubicada en el Centro Varonil de Reinserción Social Preventiva Norte de la Ciudad de México. Tras cruzar los controles de acceso esperaba encontrar un entorno definido únicamente por el encierro. En cambio, descubrí un espacio donde existe un genuino interés por concluir la educación básica, continuar con estudios de nivel medio superior e incluso abrir camino hacia la educación universitaria. Aquella percepción contrastaba con la imagen que normalmente construimos desde el exterior y me recordó que, aun detrás de los muros, las personas siguen construyendo proyectos de vida cuando encuentran una oportunidad para hacerlo.

    Durante la visita conocí la historia de un interno con formación profesional en matemáticas que decidió incorporarse como asesor voluntario. Su experiencia ha permitido apoyar a compañeros que enfrentaban mayores dificultades para acreditar uno de los módulos más complejos del modelo educativo del INEA. Lo más valioso no radica únicamente en compartir sus conocimientos, sino en la decisión de ponerlos al servicio de los demás. En un entorno donde con frecuencia se habla de influencias negativas, él eligió convertirse en un referente para que otros avanzaran en su proceso educativo. Detrás de los muros también existen historias que rara vez alcanzan los titulares.

    La responsable de la Plaza Comunitaria compartió un dato que merece mayor atención pública: durante 2026, treinta y seis personas privadas de la libertad obtuvieron su certificado de educación básica en ese centro. Ese esfuerzo forma parte del convenio que mantienen, desde mayo de 2021, el INEA y la Subsecretaría del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México. Hoy esa colaboración no sólo impulsa programas de alfabetización, primaria y secundaria; también busca ampliar las oportunidades para continuar con estudios de nivel medio superior, fortalecer proyectos que acerquen la educación superior a los centros penitenciarios e impulsar nuevas formas de participación de las personas privadas de la libertad. Más que impartir clases, representa una apuesta por construir condiciones reales para la reinserción social.

    Con frecuencia evaluamos al sistema penitenciario por su capacidad para detener, procesar y sancionar a quienes cometen un delito. Esa función resulta indispensable para preservar el Estado de derecho. Pero quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué ocurre durante los años que una persona permanece privada de la libertad. El tiempo transcurre para todos por igual; lo que cambia son las oportunidades para aprovecharlo. Algunas personas fortalecen la lógica que las condujo hasta prisión. Otras descubren que aprender, enseñar o concluir un nivel educativo puede representar el primer paso para construir un futuro distinto. La prisión impone una condena; la educación ofrece la posibilidad de decidir qué hacer con ella.

    El caso de “El Bart” seguirá ocupando un lugar en la memoria colectiva porque simboliza una de las expresiones más dolorosas de la violencia que enfrenta nuestro país. Pero sería un error pensar que esa es la única historia que nace dentro de una prisión. Mientras unos utilizan el tiempo para justificar el camino que los llevó hasta ahí, otros deciden emplearlo para enseñar, aprender y prepararse para el día en que vuelvan a vivir en libertad. Quizá la verdadera discusión sobre el sistema penitenciario mexicano no debería comenzar preguntando cuántos años dura una sentencia, sino qué somos capaces de construir durante cada uno de esos días. Porque la reinserción social no empieza cuando una persona recupera su libertad; comienza mucho antes, el día en que encuentra una razón para que su futuro no se parezca a su pasado.

  • Claude Science y la nueva era de la ciencia médica

    Claude Science y la nueva era de la ciencia médica

    Es probable que dentro de algunos años no recordemos 2026 por un descubrimiento científico en particular, sino por el momento en que la ciencia comenzó a avanzar a una velocidad nunca antes vista. Mientras el mundo celebraba un nuevo antibiótico capaz de enfrentar bacterias resistentes, avances mexicanos en medicina regenerativa, progresos en órganos bioingenierizados y hallazgos que amplían nuestra comprensión sobre el origen de la vida, ocurrió un anuncio que pasó casi desapercibido fuera de los círculos especializados. Anthropic presentó Claude Science, una plataforma de inteligencia artificial que podría convertirse en el punto de encuentro donde todos esos descubrimientos comiencen a acelerarse mutuamente. Quizá la verdadera revolución no sea un nuevo medicamento, sino la herramienta que permitiría llegar mucho más rápido al siguiente.

    La importancia de Claude Science no radicaría en ser una inteligencia artificial más, sino en haber sido concebida como un entorno de trabajo para la investigación científica. La plataforma integra más de sesenta bases de datos y herramientas especializadas en biología, genética, estudio de proteínas y análisis celular, además de ofrecer capacidad de procesamiento y trazabilidad para que cada resultado pueda verificarse y reproducirse. En términos sencillos, buscaría reunir en un solo espacio digital información que antes permanecía dispersa entre laboratorios, universidades y centros de investigación, permitiendo que las y los científicos dediquen menos tiempo a organizar datos y más tiempo a generar conocimiento.

    La coincidencia con otros descubrimientos vuelve especialmente relevante este lanzamiento. La manikomicina abriría una nueva esperanza frente a la resistencia antimicrobiana gracias a un mecanismo distinto al de los antibióticos actuales. En México, investigadores del Instituto Politécnico Nacional desarrollarían técnicas para regenerar hueso, cartílago, músculo y tejido adiposo mediante células troncales mesenquimales, es decir, células capaces de transformarse en distintos tipos de tejido para reparar lesiones. Paralelamente, diversos laboratorios avanzarían en órganos bioingenierizados, como riñones con funcionalidad experimental, mientras estudios sobre Sukunaarchaeum mirabile y el análisis proteómico de Homo naledi ampliarían el conocimiento sobre la evolución de la vida y de nuestra propia especie. Vistos por separado, todos representan avances extraordinarios; observados en conjunto, muestran que la ciencia está entrando en una etapa donde la colaboración entre disciplinas comenzará a ser tan importante como los descubrimientos mismos. Es precisamente ahí donde Claude Science encontraría su mayor valor: conectar ese ecosistema, identificar relaciones invisibles entre investigaciones y acelerar el paso de una idea prometedora hacia una aplicación médica concreta.

    Aquí aparece la dimensión política de esta transformación. Durante décadas, la fortaleza de las naciones se explicó por sus recursos naturales, su industria o su capacidad manufacturera. En los próximos años también comenzará a medirse por la velocidad con la que sean capaces de producir conocimiento útil para resolver los grandes problemas de la humanidad. La infraestructura científica apoyada por inteligencia artificial podría convertirse en un nuevo factor de competitividad, desarrollo económico y bienestar social. La soberanía del siglo XXI no solo se construirá en fábricas o cadenas de suministro; también se decidirá en laboratorios, universidades y centros de datos.

    Para México, esta coyuntura representa una oportunidad estratégica. Los avances recientes del Instituto Politécnico Nacional demuestran que el talento científico nacional existe y que la inversión sostenida en investigación pública puede generar resultados de alcance internacional. Si ese capital humano lograra complementarse con plataformas capaces de acelerar la investigación, nuestro país podría fortalecer su participación en la nueva economía del conocimiento y consolidar una política científica orientada al bienestar de las mexicanas y los mexicanos. Apostar por la ciencia dejaría de ser únicamente una decisión académica para convertirse en una estrategia de desarrollo nacional.

    Quizá dentro de algunos años recordemos este momento no porque apareció una nueva inteligencia artificial, sino porque fue cuando la ciencia dejó de avanzar en compartimentos aislados y comenzó a hacerlo como un solo sistema. En el fondo, la convergencia entre inteligencia artificial y descubrimientos biomédicos nos recuerda que la verdadera frontera del progreso humano no reside únicamente en aquello que somos capaces de crear, sino en la manera en que decidamos utilizarlo para mejorar la vida de todas y todos. Cada avance acerca la posibilidad de una medicina más precisa, regenerativa y accesible, pero también nos exige responder con responsabilidad a preguntas sobre equidad, ética y acceso al conocimiento. Porque, al final, la revolución tecnológica más importante no será la que permita que las máquinas piensen mejor, sino la que consiga que la humanidad cure antes, viva mejor y haga del conocimiento un patrimonio compartido.

  • El mundial que nos hizo creer

    El mundial que nos hizo creer

    Mi primer recuerdo de una Copa del Mundo no es un gol. Es una derrota.

    Era Estados Unidos 1994 y México acababa de quedar eliminado en penales frente a Bulgaria. Yo era demasiado pequeño para entender cómo funcionaba un Mundial o qué tan lejos estaba nuestra selección de las grandes potencias. Lo único que comprendí aquella tarde fue que el fútbol podía doler. Descubrí, quizá por primera vez, la tristeza de ver terminar un sueño que apenas comenzaba.

    Desde entonces el fútbol ha estado presente en momentos muy específicos de mi vida. No soy de quienes viven cada jornada o siguen todas las ligas del mundo. Mi pasión despierta cuando juegan los Pumas o cuando la Selección Mexicana representa al país. Entonces el fútbol deja de ser un deporte y se convierte en un sentimiento compartido.

    He visto a México campeón del mundo en categorías juveniles, campeón olímpico y ganador de la Copa Oro. Cada uno de esos triunfos produjo la misma sensación: por un instante parecía que todo estaba bien. Dejábamos de discutir sobre política, inseguridad o economía para celebrar algo mucho más simple: que México había ganado.

    Quizá por eso el fútbol resulta tan difícil de explicar.

    No cambia la economía ni resuelve los problemas del país. Sin embargo, pocas cosas tienen la capacidad de modificar el estado de ánimo de millones de personas como un balón rodando sobre el césped. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, económicas y sociales. Solo permanece una idea profundamente humana: la posibilidad de que David vuelva a derrotar a Goliat.

    Eso fue exactamente lo que ocurrió durante este Mundial.

    Después de una fase de grupos impecable, de avanzar sin recibir un solo gol y de eliminar con autoridad a Ecuador, apareció una pregunta que comenzó a repetirse en todas partes.

    ¿Y si sí?

    Tres palabras bastaron para resumir el estado de ánimo de un país entero.

    ¿Y si sí podíamos competir con cualquiera?

    ¿Y si sí era posible romper la historia?

    ¿Y si sí dejábamos de ser la selección que siempre se quedaba cerca?

    Durante algunas semanas esa ilusión consiguió algo extraordinario: unir a México.

    Cantamos el Himno Nacional con un orgullo difícil de explicar. Personalmente tuve el privilegio de hacerlo cinco veces, siempre de pie y con la emoción de quien sabe que representa mucho más que un partido de fútbol. Nos abrazamos con desconocidos después de cada gol, suspendimos reuniones para seguir los encuentros y volvimos a sentir que, por encima de cualquier diferencia, existía algo capaz de reunirnos bajo los mismos colores.

    Eso también es identidad nacional.

    Por eso la eliminación frente a Inglaterra dolió mucho más de lo que explica un marcador.

    Nunca compartí aquella frase de que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Esta vez vi algo distinto. México compitió de tú a tú frente a una de las mejores selecciones del mundo. La diferencia no estuvo en la entrega ni en el compromiso. Estuvo en esos pequeños errores que, frente a los grandes equipos, suelen decidir una Copa del Mundo. La victoria estuvo al alcance de las manos y terminó escapándose un gol a la vez.

    Cuando sonó el silbatazo final sentí que el Mundial había terminado, aunque el torneo siguiera para los demás. Porque para millones de mexicanos el verdadero objetivo nunca fue conocer al próximo campeón del mundo. Era ver a nuestra selección escribir la página más importante de su historia.

    No ocurrió.

    Todavía no.

    Pero sería profundamente injusto reducir este Mundial a una eliminación.

    México encontró una selección que volvió a competir sin complejos. Julián Quiñones hizo suyo el escudo con cada carrera; Gilberto Mora confirmó que el futuro ya comenzó; Raúl Rangel transmitió seguridad bajo el arco, y Rafa Márquez consiguió algo que parecía incluso más difícil que ganar partidos: devolverle credibilidad a la camiseta nacional.

    Esa, quizá, sea la mayor victoria de este verano.

    Porque México necesita crecimiento económico, instituciones más fuertes y mayor seguridad. Pero también necesita algo que ningún indicador puede medir y que, sin embargo, sostiene a cualquier sociedad que aspira a ser mejor: la capacidad de creer.

    Durante unas semanas olvidamos nuestras diferencias para compartir una misma ilusión. Descubrimos que todavía somos capaces de emocionarnos, de abrazarnos con desconocidos y de imaginar que lo imposible puede ocurrir.

    No levantamos la Copa del Mundo.

    Pero esta Selección nos recordó algo que vale mucho más que un resultado.

    Los Mundiales terminan.

    La esperanza de un país no debería hacerlo.

  • El péndulo latinoamericano: el mito de la victoria de la derecha y la disputa por el poder

    El péndulo latinoamericano: el mito de la victoria de la derecha y la disputa por el poder

    En los últimos meses se ha instalado la idea de que América Latina estaría viviendo un giro definitivo hacia la derecha, impulsado por resultados recientes como el caso de Colombia y por la consolidación de liderazgos conservadores en distintos países de la región. A ello se suma el avance de fuerzas afines en Centro y Sudamérica, configurando un mapa donde una mayoría de gobiernos latinoamericanos se ubican en ese espectro. Sin embargo, una lectura más rigurosa sugeriría que este fenómeno no parece responder a una conversión ideológica permanente de los electorados, sino a un ajuste político propio de sistemas que enfrentan desgaste, inseguridad persistente, desaceleración económica y exigencias crecientes de resultados.

    Desde su origen en la Revolución Francesa, las nociones de izquierda y derecha han expresado una tensión entre transformación y estabilidad. En América Latina, esta tensión se ha traducido en ciclos políticos claros. La llamada ola rosa de inicios de siglo dio paso a un giro conservador a mediados de la década pasada, seguido por un retorno progresista en los años recientes. Lo que hoy ocurre no rompe esa lógica, la confirma. El llamado efecto péndulo responde a una constante: quien gobierna enfrenta límites, errores o crisis que abren espacio a la alternancia.

    La reconfiguración regional actual se explica por liderazgos que han logrado conectar con demandas inmediatas. Nayib Bukele ha construido su legitimidad a partir de una reducción significativa de la violencia mediante políticas de mano dura, mientras que Javier Milei ha capitalizado el hartazgo económico con un discurso de ajuste radical. En Colombia, la victoria de Abelardo de la Espriella en 2026 marca el cierre de un ciclo progresista y evidencia cómo el electorado reacciona ante la percepción de inseguridad o falta de resultados sostenidos. 

    En este contexto, las elecciones de Brasil en 2026 y las intermedias de México en 2027 se vuelven determinantes. Brasil enfrenta una contienda entre Luiz Inácio Lula da Silva y un candidato respaldado por el bolsonarismo, en un entorno de alta polarización. En México, Morena mantiene una ventaja estructural, pero deberá sostenerla en un escenario donde la evaluación ciudadana se concentra cada vez más en resultados concretos, particularmente en seguridad y economía. Lo que ocurra en ambos países influirá directamente en la dirección del péndulo regional.

    A esta dinámica se suma un factor externo decisivo. La administración de Donald Trump ha impulsado el llamado Escudo de las Américas, presentado en una cumbre en Miami en 2026 con la participación de gobiernos afines. Este bloque representa un intento de articular una agenda común en seguridad, migración y combate al narcotráfico, al tiempo que refuerza alineamientos políticos en la región. El respaldo a liderazgos conservadores y la presión sobre países no alineados reflejan que la disputa por el poder en América Latina también se juega en el terreno geopolítico.

    La nueva derecha que emerge no responde a los parámetros tradicionales. Se caracteriza por liderazgos personalistas, comunicación directa y una narrativa centrada en resultados inmediatos. Prioriza la seguridad, promueve decisiones rápidas y desplaza otras agendas cuando percibe que interfieren con el orden o la estabilidad. Su ascenso no puede entenderse sin considerar el desgaste de gobiernos anteriores, la persistencia de la violencia, los escándalos de corrupción y la incapacidad institucional para ofrecer soluciones sostenidas.

    En México, este análisis adquiere una relevancia particular. La oposición tradicional enfrenta fragmentación, falta de narrativa y un desgaste acumulado que limita su capacidad de competir. No obstante, ello no elimina el riesgo de que surja un liderazgo disruptivo que capitalice el descontento bajo una lógica de mano dura. 

    Por ello, la discusión de fondo trasciende la ideología. La continuidad del proyecto de la Cuarta Transformación dependería de su capacidad para entregar resultados verificables, especialmente en seguridad. Este es el eje que puede consolidar o erosionar la confianza ciudadana. Liderazgos técnicos, con experiencia operativa, coordinación institucional y enfoque en resultados, tendrían la posibilidad de fortalecer la percepción de eficacia y contener la tentación de alternativas radicales.

    América Latina vive una reconfiguración volátil donde la nueva derecha capitaliza la fatiga ciudadana, pero enfrenta la misma prueba que la izquierda anterior: entregar resultados sostenibles. México, como potencia regional, tiene la oportunidad y la responsabilidad de demostrar que un gobierno de izquierda puede adaptarse, priorizar la seguridad y el bienestar de mexicanas y mexicanos, y mantener estabilidad sin aislarse del contexto hemisférico. Porque, al final, el péndulo no responde a discursos, responde a resultados.

  • México, a seis meses del cierre

    México, a seis meses del cierre

    A mitad de año México llega a uno de los momentos más valiosos para analizar su rumbo. Los acontecimientos más relevantes del primer semestre ya ocurrieron, mientras los temas que definirán el cierre apenas comienzan a desarrollarse. Esa coincidencia permite separar el ruido de las tendencias e identificar, con mayor claridad, los desafíos y oportunidades que marcarán los próximos meses. Más que un recuento de noticias, es la oportunidad de entender qué país comienza a construirse y qué decisiones convendría tomar desde ahora.

    Durante seis meses México produjo noticias. Solo al analizarlas en conjunto aparece el país que realmente comienza a tomar forma. Los ajustes a la Reforma Judicial buscaron fortalecer la certidumbre institucional; el récord de inversión extranjera confirmó la confianza que sigue despertando el país; el Plan México reforzó la apuesta por la infraestructura y la producción nacional; los Programas para el Bienestar sostuvieron el consumo interno; el Proyecto Coatlicue colocó a la inteligencia artificial en la agenda estratégica, mientras el Mundial proyectó nuevamente a México ante el mundo. Por separado parecen acontecimientos distintos; juntos revelan una estrategia: fortalecer simultáneamente las instituciones, la economía, el desarrollo tecnológico y la capacidad del país para competir en un entorno internacional cada vez más exigente.

    La verdadera prueba comenzará durante el segundo semestre. La revisión del TMEC no solo pondrá sobre la mesa un tratado comercial; medirá la capacidad de México para convertir estabilidad institucional, infraestructura, innovación, energía y talento especializado en ventajas competitivas. Paralelamente, el nearshoring continuará reconfigurando las cadenas de suministro y la inteligencia artificial dejará de ser un tema de especialistas para convertirse en un factor decisivo de productividad, inversión y empleo. Quien observe estos procesos por separado difícilmente comprenderá el país que está emergiendo.

    La pregunta, entonces, deja de ser qué ocurrió durante los primeros seis meses. La verdadera pregunta es otra: ¿qué conviene hacer antes de que termine el año?

    Para las personas, el tiempo para prepararse ya comenzó. Los sectores con mayor crecimiento estarán cada vez más vinculados con inteligencia artificial, análisis de datos, automatización, logística, manufactura avanzada, infraestructura y turismo. Esperar a que esas oportunidades lleguen para comenzar a capacitarse probablemente significará competir cuando otros ya hayan desarrollado las habilidades que el mercado demandará. La mejor decisión podría no ser buscar un nuevo empleo, sino convertirse en el perfil que ese nuevo mercado necesitará.

    Para las empresas, los próximos meses representan la última ventana para anticiparse. Fortalecer cadenas de suministro, incorporar inteligencia artificial, digitalizar procesos, desarrollar proveedores nacionales y prepararse para los posibles ajustes derivados del TMEC permitirá competir en mejores condiciones cuando las nuevas reglas comiencen a consolidarse. Adaptarse después casi siempre resulta más costoso que hacerlo mientras el cambio todavía está en marcha.

    Para inversionistas, las señales también convergen. Infraestructura, logística, energía, turismo, centros de datos e inteligencia artificial concentran las tendencias más sólidas observadas durante el semestre. Cuando la política pública, la inversión privada y la demanda futura comienzan a apuntar hacia los mismos sectores, normalmente también se anticipa dónde estará el mayor dinamismo económico.

    Existe, finalmente, una recomendación que aplica para todos. El mayor riesgo durante el resto del año probablemente no sea la incertidumbre internacional, sino interpretar el futuro con la lógica del pasado. Mientras México acelera su transición hacia una economía impulsada por innovación, relocalización industrial y conocimiento, muchas decisiones personales y empresariales siguen tomándose como si ese cambio todavía no hubiera comenzado. Ahí podría abrirse la diferencia entre quienes aprovecharán el siguiente ciclo económico y quienes únicamente reaccionarán cuando las oportunidades ya hayan pasado.

    Los países no cambian el día que ocurre un gran acontecimiento; cambian cuando millones de personas comienzan a tomar decisiones distintas a partir de una nueva realidad. Los primeros seis meses del año ya modificaron esa realidad. El cierre todavía no está escrito, pero las decisiones que lo definirán ya comenzaron a tomarse. Comprender las tendencias antes que los acontecimientos quizá sea la ventaja más importante que mexicanas y mexicanos aún estamos a tiempo de aprovechar.

  • El impuesto que terminó protegiendo a México

    El impuesto que terminó protegiendo a México

    Donald Trump asegura que la guerra está cerca de terminar. Irán responde que todavía no. Israel mantiene la presión militar. Los mercados reaccionan antes que los diplomáticos y el precio internacional del petróleo comienza a descender. Mientras Washington, Teherán y Tel Aviv negocian el futuro del Estrecho de Ormuz, en México podría estar concluyendo una prueba silenciosa: la demostración de que un impuesto ampliamente cuestionado terminó convirtiéndose en uno de los principales mecanismos de protección económica del Estado.

    La expectativa de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán concentra la atención mundial porque el Estrecho de Ormuz no es un punto cualquiera del mapa. Por esa franja marítima circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercializa en el planeta. Cualquier amenaza de cierre altera los mercados, presiona la inflación y modifica el costo de los combustibles en cuestión de horas. Bastó la posibilidad de una reapertura para que el West Texas Intermediate descendiera hasta 84.88 dólares por barril, incluso antes de un acuerdo definitivo. Los diplomáticos seguían negociando; los mercados ya comenzaban a ponerle precio a la paz.

    La historia, sin embargo, dista mucho de estar resuelta. Trump sostiene que el entendimiento está prácticamente concluido. Irán responde con cautela y evita fijar una fecha para la firma. Israel mantiene operaciones militares en Líbano y las diferencias con Washington han quedado expuestas. Pakistán y otros actores regionales intentan mantener abiertas las negociaciones mientras cada declaración modifica las expectativas de los mercados internacionales.

    Ese es el punto donde comienza la historia que realmente nos involucra. Mientras la atención mundial permanecía sobre bombardeos, misiles y negociaciones, la Secretaría de Hacienda ajustó semanalmente los estímulos al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios. Para la semana del 13 al 19 de junio el apoyo quedó establecido en 1.02 pesos por litro para la gasolina Magna, cero para la Premium y 2.88 pesos para el diésel. Detrás de esas cifras existe una decisión de política pública cuya relevancia apenas comienza a dimensionarse.

    Durante décadas discutimos el IEPS casi exclusivamente como un impuesto que incrementaba el precio de las gasolinas. Esta crisis obligó a formular una pregunta distinta: ¿para qué puede servir realmente un impuesto? En los momentos de mayor presión internacional, el Gobierno decidió renunciar temporalmente a una parte de esa recaudación para evitar que una guerra ocurrida a miles de kilómetros terminara pagándose en el tanque de gasolina, en el transporte, en los alimentos y, finalmente, en el bolsillo de millones de mexicanas y mexicanos. El IEPS dejó de ser únicamente una fuente de ingresos públicos. Demostró que también puede funcionar como un instrumento de estabilización económica.

    Esa es la verdadera enseñanza de esta coyuntura. La mayor lección quizá no sea militar ni diplomática. Podría ser fiscal. Descubrimos que un instrumento diseñado para recaudar también puede utilizarse para absorber parte del impacto económico de una crisis internacional. Diversos análisis estimaron que, de prolongarse el conflicto durante todo el año, la menor recaudación por estímulos al IEPS podría superar los 220 mil millones de pesos. No fue una pérdida provocada por ineficiencia; fue una decisión deliberada para proteger la estabilidad económica del país.

    Si el acuerdo entre Estados Unidos e Irán finalmente se consolidara, México no recibiría recursos extraordinarios. Lo que ocurriría sería algo distinto: el Estado dejaría de renunciar gradualmente a una parte de la recaudación utilizada para amortiguar la crisis. Ese espacio fiscal recuperado abriría una discusión mucho más importante que el simple restablecimiento del impuesto. La experiencia podría aprovecharse para fortalecer fondos de estabilización, perfeccionar coberturas financieras, consolidar una planeación energética más estratégica y establecer reglas claras para utilizar el IEPS como un instrumento anticíclico cuando el entorno internacional vuelva a poner a prueba la economía nacional.

    Si el acuerdo entre Estados Unidos e Irán logra consolidarse, el mundo hablará de paz, de petróleo y de geopolítica. México también debería hablar de las lecciones que una crisis internacional deja para el diseño de sus instituciones. Durante estos meses, el IEPS demostró que puede ser mucho más que un impuesto: puede convertirse en un mecanismo de estabilización económica cuando las tensiones globales amenazan el bienestar de las familias. La mayor aportación de esta experiencia no será haber contenido una coyuntura, sino haber demostrado que la política fiscal también puede ser una herramienta de resiliencia.

  • El país que encontró el Mundial 2026

    El país que encontró el Mundial 2026

    A unos días de la inauguración de la Copa Mundial FIFA 2026, México vuelve a convertirse en el centro de atención del planeta. El Estadio Azteca abrirá por tercera ocasión una Copa del Mundo, un hecho sin precedentes en la historia del fútbol. Sin embargo, detrás de la cuenta regresiva, las ceremonias y la expectativa deportiva, emerge una pregunta más interesante que cualquier pronóstico: ¿qué país encontró el Mundial cuando llegó a México en 2026?

    La respuesta comienza con una mezcla de orgullo y contraste. México llega a esta cita global con ciudades modernizadas, experiencia organizativa y una enorme expectativa económica. Al mismo tiempo, llega acompañado de debates que reflejan la realidad nacional. Los boletos para algunos partidos han sido percibidos como inaccesibles para amplios sectores de la población, mientras que completar el tradicional álbum Panini puede representar varios miles de pesos para una familia. El fútbol sigue siendo el deporte más popular del país, pero la experiencia mundialista parece cada vez más distante para quienes históricamente le dieron vida en las calles, los barrios y las canchas.

    Ese contraste no se limita al ámbito económico. Las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación han coincidido con la recta final de los preparativos y han colocado nuevamente el debate social bajo los reflectores. Aunque sus demandas tienen origen propio, su aparición en vísperas del torneo recuerda un patrón recurrente de la historia mexicana. Ocurrió antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y volvió a manifestarse en los Mundiales de 1970 y 1986. Cuando México se convierte en escaparate internacional, distintos sectores buscan aprovechar esa visibilidad para colocar sus causas en la conversación pública. Más que una excepción, parece una constante de nuestra vida política.

    Las ciudades sede también muestran otra cara de esta fotografía nacional. En la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey continúan obras de movilidad, rehabilitación urbana e infraestructura asociadas al torneo. Algunas responden a rezagos acumulados durante años; otras buscan garantizar que el país llegue listo a la cita mundialista. Como ha ocurrido en otros eventos de esta magnitud, la discusión gira alrededor de una pregunta sencilla: si las inversiones realizadas para recibir visitantes terminarán mejorando la vida cotidiana de quienes habitan permanentemente esas ciudades.

    La expectativa económica es igualmente significativa. Diversas estimaciones proyectan una derrama de entre 1,800 y 3,000 millones de dólares, con escenarios más optimistas que incluso superan esa cifra. Millones de visitantes, ocupación hotelera, actividad comercial y promoción internacional alimentan la esperanza de que el torneo deje beneficios duraderos. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que el verdadero legado de un Mundial rara vez se mide durante los partidos. Se mide años después, cuando se evalúa si la infraestructura, la inversión y la atención global lograron convertirse en desarrollo sostenido.

    En la cancha, el optimismo también convive con la prudencia. Analistas deportivos coinciden en que avanzar de la fase de grupos parece el escenario más probable para la Selección Mexicana y que alcanzar nuevamente los cuartos de final representaría un resultado destacado. Más allá de los números, una actuación sólida del Tri podría convertirse en un factor de cohesión emocional para millones de mexicanas y mexicanos que vivirán el torneo como anfitriones.

    Pero quizá el activo más importante de México no aparezca en ningún presupuesto, proyección económica o análisis deportivo. En un Mundial compartido con Estados Unidos y Canadá, nuestro país aporta algo que no puede construirse con inversión pública ni comprarse en el mercado: una cultura futbolera profundamente arraigada. La hospitalidad, la gastronomía, la música, la capacidad de celebrar colectivamente y la pasión por el fútbol siguen siendo ventajas competitivas que distinguen a México ante el mundo. Si existe un corazón emocional para este Mundial, probablemente latirá de este lado de la frontera.

    Algún día, cuando México aspire a organizar una cuarta Copa del Mundo, volveremos inevitablemente a mirar hacia 2026. Entonces comprenderemos que el legado más importante de aquel torneo no estuvo únicamente en los goles, las obras o la derrama económica. Estuvo en la oportunidad de observarnos como nación. Porque los Mundiales funcionan como espejos: revelan lo que somos, exhiben lo que aún debemos resolver y muestran aquello que queremos llegar a ser. Y cuando las futuras generaciones busquen entender cómo era México en este momento de su historia, probablemente no encontrarán la respuesta en una tabla de posiciones. La encontrarán en el país que recibió al mundo y que, durante unas semanas, también se vio reflejado en él.

  • El círculo virtuoso del bienestar: el desafío del segundo piso

    El círculo virtuoso del bienestar: el desafío del segundo piso

    Un billón de pesos podría convertirse en una de las decisiones políticas más importantes del México contemporáneo. No solo por su magnitud, sino por la pregunta que inevitablemente plantea. Dos años después de la victoria electoral de Claudia Sheinbaum, el país parece entrar en una nueva etapa de la transformación. Durante el informe realizado en el Monumento a la Revolución, la Presidenta recordó que los recursos del pueblo regresan al pueblo a través de los Programas de Bienestar. La afirmación encuentra respaldo en los hechos: más de 42 millones de mexicanas y mexicanos serían beneficiarios de estos programas durante 2026 mediante una inversión superior a un billón de pesos. Sin embargo, detrás de ese logro surge una interrogante que podría definir la próxima década: ¿Qué tendría que ocurrir para que esta inversión social se transformara también en una plataforma permanente de desarrollo?

    Más de 42 millones de mexicanas y mexicanos recibirían algún Programa de Bienestar durante 2026. La inversión proyectada supera el billón de pesos y representa casi el diez por ciento del presupuesto federal. Más allá de cualquier debate político, estamos frente a una de las mayores apuestas de redistribución social de la historia reciente del país.

    Pero el contexto ya no es el mismo que en 2024. La próxima revisión del T-MEC, la competencia global por atraer inversiones, las tensiones con Estados Unidos y la exigencia ciudadana de mejores resultados en seguridad configuran un escenario más complejo. Gobernar el segundo piso implicaría demostrar que los avances alcanzados pueden sostenerse en el tiempo.

    Tal vez la discusión pública tampoco sea la misma. Durante años debatimos cuánto debía gastar el Estado en política social. Hoy la pregunta podría ser distinta: ¿Cómo lograr que cada peso invertido en bienestar genere nuevas capacidades para las personas y mayor fortaleza para la nación? No se trataría de sustituir la redistribución ni de reducir apoyos, sino de evolucionar hacia un modelo donde el bienestar también produzca desarrollo.

    El círculo virtuoso del bienestar parte de una idea simple: los recursos públicos financian programas sociales; los programas generan capacidades; las capacidades producen productividad; la productividad fortalece la economía; y una economía más fuerte permite sostener más bienestar. El objetivo ya no sería únicamente distribuir riqueza, sino lograr que esa riqueza se multiplique.

    Bajo esta visión, programas como Jóvenes Construyendo el Futuro podrían convertirse en laboratorios estratégicos del segundo piso. Si la capacitación se vinculara cada vez más con certificaciones reconocidas, industrias de alto valor agregado, sectores asociados al nearshoring y rutas reales de inserción laboral, el beneficio comenzaría a medirse por el valor económico generado. El bienestar dejaría de ser visto como un gasto y comenzaría a consolidarse como una inversión en capital humano.

    La misma lógica podría extenderse gradualmente hacia una nueva generación de Programas de Bienestar. Sin necesidad de incrementar indefinidamente los montos, podrían fortalecerse beneficios en especie y servicios estratégicos como trámites gratuitos, acceso a internet, capacitación digital, atención preventiva en salud, rehabilitación para personas con discapacidad, formación técnica especializada y apoyos para proyectos productivos. La meta no consistiría en entregar más recursos cada año, sino en lograr que los recursos existentes generen más oportunidades, mayor productividad y una mejor calidad de vida.

    Esta propuesta también abre una discusión sobre soberanía. Con frecuencia se entiende la soberanía únicamente como una posición política frente a actores externos. Sin embargo, en una economía global interdependiente, la verdadera autonomía también depende de la capacidad de generar talento, innovación, infraestructura, productividad y crecimiento. La soberanía económica no se construiría únicamente en los discursos o en las negociaciones internacionales; se construiría en las aulas, en los centros de capacitación, en las empresas y en cada oportunidad que permita a una persona transformar un apoyo en una trayectoria de desarrollo.

    Dos años después de aquella victoria electoral, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo lograr que el bienestar de hoy financie el bienestar de mañana? La mejor defensa de la soberanía mexicana no sería únicamente política ni diplomática; sería la capacidad de transformar el bienestar social en desarrollo productivo. Porque los recursos del pueblo regresan al pueblo; el siguiente paso consistiría en lograr que ese bienestar regrese a la nación convertido en prosperidad.

  • La segunda transformación judicial: legitimidad, territorio y confianza pública

    La segunda transformación judicial: legitimidad, territorio y confianza pública

    Durante años, millones de mexicanas y mexicanos aprendieron a tenerle miedo a la justicia. No al delito, sino al sistema. Miedo a denunciar y no ser escuchados. Miedo a perderse entre trámites interminables. Miedo a instituciones lejanas que parecían hablar un idioma distinto al de la vida cotidiana. Por eso, la nueva reforma judicial enviada por el Gobierno federal no debería entenderse solamente como un ajuste constitucional. En realidad, revelaría que el Estado mexicano comenzó a reconocer que la reforma de 2024 necesitaba corregirse antes de que el nuevo modelo perdiera legitimidad frente a la ciudadanía.

    La elección popular de juezas, jueces y magistraturas cambió la historia del Poder Judicial mexicano. Sin embargo, la experiencia de 2025 también dejó señales de alerta: boletas excesivamente complejas, demasiadas candidaturas, perfiles difíciles de evaluar y una ciudadanía que, en muchos casos, votó sin comprender plenamente qué estaba eligiendo. La baja participación y la dificultad para identificar perfiles técnicamente sólidos comenzaron a evidenciar que democratizar el voto judicial no bastaría por sí mismo para construir confianza pública.

    Ahí aparece el verdadero sentido de la nueva iniciativa impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. La reforma propone mover la próxima elección judicial de 2027 a 2028, homologar elecciones judiciales federales y locales, reducir significativamente el número de candidaturas, simplificar boletas y reorganizar distritos judiciales para hacer más comprensible el proceso electoral. También plantea crear una Comisión Coordinadora encargada de homologar criterios de evaluación, revisar requisitos y aplicar exámenes de conocimientos para quienes aspiren a cargos judiciales.

    Técnicamente podrían parecer ajustes administrativos, pero políticamente representan algo más profundo: el Gobierno entendió que el nuevo sistema corría el riesgo de saturarse, desgastarse y perder credibilidad si no se fortalecían mecanismos de organización y filtros técnicos. La reforma original abrió las urnas al Poder Judicial; la nueva reforma parecería intentar evitar que esa apertura termine debilitando la capacidad institucional de quienes deberán impartir justicia.

    Incluso algunos cambios aparentemente menores reflejan preocupaciones mucho más grandes. La posibilidad de reducir candidaturas mediante insaculación, la intención de disminuir saturación visual en boletas y la permanencia temporal de personas juzgadoras cuyo encargo concluía en 2027 mostrarían que el Estado busca estabilizar políticamente el nuevo modelo antes de enfrentar otro proceso masivo de elección judicial. En otras palabras, la reforma no solo corregiría aspectos electorales; también intentaría contener riesgos de improvisación, polarización y desorden operativo que comenzaron a detectarse después de la elección de 2025.

    Pero el problema de fondo no terminaría en las boletas. En distintos encuentros ciudadanos comenzó a repetirse la misma sensación: millones de personas siguen sintiendo que la justicia continúa lejos de sus vidas. Muchas veces el conflicto no empieza en un tribunal, sino antes, cuando nadie explica cómo denunciar, cómo defenderse o cómo acceder realmente a las instituciones. Ahí es donde la reforma comienza a tocar un terreno mucho más profundo: la legitimidad social.

    A partir de ahora, juezas y jueces ya no dependerían únicamente de conocimientos técnicos o resoluciones judiciales. También enfrentarían una legitimidad permanente frente a una sociedad más crítica, más participativa y mucho más atenta al comportamiento de sus instituciones. La confianza ya no terminaría el día de la elección; tendría que construirse todos los días frente a una ciudadanía que exigiría cercanía, claridad y sensibilidad institucional.

    En medio de esa transformación comenzaron a fortalecerse espacios ciudadanos como JUSTA. La reciente instalación del capítulo Estado de México, encabezado por la Mtra. Amelia Ivonne Mejía Guerrero, reunió a juezas, jueces y representantes sociales en torno a un mensaje central: la nueva etapa judicial necesitaría cercanía con la ciudadanía, organización territorial y mecanismos permanentes de confianza pública alrededor de la justicia mexicana.

    La segunda transformación judicial mexicana apenas comienza. La elección popular de jueces abrió una etapa inédita en la historia del país, pero el verdadero desafío sería mucho más profundo: lograr que millones de personas vuelvan a sentir que la justicia también les pertenece. La nueva reforma confirma que el futuro del Poder Judicial ya no se definiría únicamente en tribunales o reformas constitucionales, sino también en la capacidad de construir confianza pública, cercanía social y legitimidad cotidiana frente a la ciudadanía.