Etiqueta: Carlos Bortoni

  • ¡Larga vida a los Alitos Moreno!

    ¡Larga vida a los Alitos Moreno!

    Si existe un adalid de la cuarta transformación es Alito Moreno. Y no lo es a pesar de golpear a sus opositores, ser sospechoso de desviar más de 83 millones de pesos, tener un inexplicable crecimiento patrimonial, afirmar que “a los periodistas… hay que matarlos de hambre”, y aferrarse a la presidencia del PRI hasta reducirlo a su mínima expresión. No. Alito Moreno es el adalid de la cuarta transformación justamente por golpear a sus opositores, ser sospechoso de desviar más de 83 millones de pesos, tener un inexplicable crecimiento patrimonial, afirmar que “a los periodistas… hay que matarlos de hambre”, y aferrarse a la presidencia del PRI hasta reducirlo a su mínima expresión.

    Alito es un demócrata humanista porque ha creado una caricatura del enemigo al que la 4T dice combatir, por ser un indefendible sinvergüenza que desprecia la democracia, el bienestar social y la dignidad humana, permitiendo que a nadie le quede duda de que la oposición es indeseable, que dejar de votar por Morena es un balazo en el pie, no porque Morena sea un movimiento sacrosanto, incorruptible, ejemplar y genuinamente transformador, sino porque Morena no es Alito Moreno.

    Eso garantiza que Alito Morone sobreviva, sea intocable, jamás juzgado y que tenga una larga vida política que le permita pasar a la historia como el más despreciable de los despreciables y justo por ello, el más demócrata de los demócratas, su contribución es demasiado útil como para desaprovecharla por una tontería como la justicia.

    Pero Alito Moreno —por fortuna— no está sólo, Alito es el paradigma de lo indefendible, el arquetipo de la impunidad, pero solo es uno de muchos Alitos que hacen de lo público un circo, los Alitos son Jorge Romero y su cartel inmobiliario, Xóchitl Gálvez y el ser bien güey si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio, Alessandra Rojo de la Vega y su autoatentado, Maru Campos y su subordinación ante la CIA, Samuel García y la gente muy valiosa que vive con un sueldito de 40 mil pesos, Francisco Martín Moreno y su quemar “vivo a cada uno de los morenistas en el Zócalo capitalino”,  o los Salinas Pliego y lo “lamentable sería que usted y yo viviéramos en igualdad”, entre muchos otros que representan la versión más burda, torpe y despreciable de lo burdo, torpe y despreciable.

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    La noble nobleza de los Alitos, al ser absolutamente innobles, no sólo hace que Morena se vea menos mal al lado de los impresentables de la oposición. No. Los Alitos hacen menos desagradable la existencia de personajes como Rocha Moya, Pedro Haces, Ricardo Monreal, Adán Augusto, Sergio Mayer, Cuahutémoc Blanco, Guadalupe Taddei, Bartlett o Salgado Macedonio entre las filas de la transformadora cuarta transformación, despejando el camino a Morena para contener una verdadera transformación de la vida pública en México.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Por una hispánica hispanidad que nos hispanice hispánicamente

    Por una hispánica hispanidad que nos hispanice hispánicamente

    a mis compatriotas y familiares con nacionalidad española por opción.

    Vivimos tiempos acomplejados en los que las buenas costumbres y el deber ser generan vergüenza en lugar de orgullo. En los que los mayores logros históricos se ven opacados por minucias como el bienestar ajeno. Por fortuna, siempre tendremos voces como la de Fernando Savater —otrora antifranquista y republicano, cada vez más cercano al conservadurismo simplón— que defienden la libertad de oprimir al otro, de blandir la espada, aniquilar civilizaciones enteras y vanagloriarse por ello (Savater, F. (2025, 12 de octubre). ¿Por qué no la Hispanidad? The Objective)*.

    El que la ‘Fiesta de la Hispanidad’ se celebre tímidamente rebautizada como Fiesta Nacional de España, y que en muchos países —México entre ellos— ni siquiera sea motivo de descanso obligatorio, habla de lo mal que están las cosas ¿En qué momento la “hazaña de hombres admirables” dejó de ser una hazaña admirable de una pandilla de saqueadores imperialistas? ¿En qué momento los pueblos originarios, “no especialmente merecedores de alabanzas.”, esos que ya vivían en el territorio que los españoles ‘descubrieron’, cobraron más importancia que la que merecen los europeos?

    La promoción de la mediocridad llega a tal grado que, como dice Savater en su nada vulgar escrito, negamos que los nativos “aprovecharon el acontecimiento para desarrollar su potencial paralizado de renovación”, Por acontecimiento hay que entender pérdida masiva de vidas, violaciones, epidemias, trabajo forzado, subordinación cultural, etc. Lejos de reconocerlo, hablamos de “matanzas, colonialismo esclavista [y extractivista], desprecio a los «vencidos»”. ¿Cuál desprecio si los que no murieron por viruela o cocoliztli tuvieron libertad de elegir entre morir por la espada o renunciar a su identidad? Tendríamos que reprochar a los conquistadores no el que llegaran, sino el que se fueran, expulsados por las hordas independentistas, y nos dejaran a expensas de nosotros mismos.

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    Urge desterrar el resentimiento que rechaza ”la modernidad que llegó con las carabelas”, la modernidad del cristianismo más rancio. Urge dejar de lamentar la pérdida de “cultos tribales”. De este lado no había civilizaciones complejas, ciudades planificadas, reinos, sistemas fiscales e imperios capaces de organizar grandes poblaciones y vastos territorios; no había desarrollo de ingeniería hidráulica, agricultura intensiva, matemáticas, astronomía, metalurgia, administración y medicina; es más, no había seres humanos con la derecho a definir su destino; había, para utilizar la desafortunada analogía del peor Savater, señoritas que, aquellos que cruzaron el Atlántico, encontraron tomando el sol en la playa, señoritas con las que luego se casaron. Y por ello deberíamos gritar agachonamente, ¡Viva el Rey!

    * Los entrecomillados pertenecen a Savater.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Una pluralidad que diluya toda pluralidad

    Una pluralidad que diluya toda pluralidad

    A raíz del anuncio de los coordinadores estatales de los Comités de Defensa de la Transformación de Morena, han resurgido los gritos de propios y extraños que acusan al partido de pecar de pragmatismo, carecer de principios, postular a gente de derecha, traicionar la transformación y comer quesadillas sin queso. Lo que no entienden quienes no entienden, es que en un verdadero movimiento de transformación izquierdista que constantemente se esfuerza por ser una parálisis de preservación derechista, la disciplina partidista y el cerrar filas es más importante que él pensamiento crítico.

    No se dan cuenta de que no se dan cuenta que Morena hace un esfuerzo cuántico y metapolítico para garantizar la diversidad y pluralidad democrática nacional al abrir sus puertas al nepotismo y la supervivencia de grupos de poder; al incorporar entre sus candidatos y representantes populares a ex militantes —hasta hace media hora— del PRIANRD, antes que a sus propios militantes; al mantener su alianza con el PT y el Verde; o al postular candidatos asociados a NXIVM y otras joyas de la vida pública del país; para defender una transformación que no transforme nada.

    Y es que Morena, también acusado de autoritario y totalitario, es en realidad un bastión de apertura ideológica, pluralidad y diversidad. Resulta paradójico, pero tanto en el Senado como los gobiernos estatales, donde Morena tiene una mayoría aplastantemente aplastante, el pasado político reciente de sus senadores y gobernadores no es arrolladoramente morenista, mucho menos de izquierda, un número significativo militaba en fuerzas impulsoras de políticas que ponían en primer lugar al capital privado y a los mercados internacionales como motores del desarrollo. Y entre los coordinadores estatales recientemente anunciados, la pluralidad es todavía más plural, ahí los morenistas no sólo no son una mayoría arrolladora, son una minoría casi insignificante, postrada ante una diversidad democrática de intereses neoliberales.

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    No entender esto es no entender lo que las mentes más iluminadas de Morena y su Instituto Nacional de Formación Política llevan años exigiendo que entendamos, “un buen militante no necesariamente es buen funcionario”, el arte de gobernar no es necesariamente compatible con la convicción ideológica. Resulta urgente defender la soberanía de la nación, “tenemos que cerrar filas, disciplinarnos, entender que esto es una guerra”, y si hace falta aceptar en un Frente Amplio —si esto les recuerda el Pacto por México cometen una “estupidez del tamaño de una catedral”— gente del PAN, del PRI, y de lo quedó del PRD, que otrora entregaron la soberanía nacional, habría que aceptarlos para que defensivamente entreguen la soberanía nacional de forma patriótica.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Dejemos de imaginar realidades imaginarias

    Dejemos de imaginar realidades imaginarias

    Vivimos en tiempos de una imaginación desbordada, desmedida y descontrolada. Vivimos en tiempos de un malestar tan profundo, de una angustia tan angustiante, que hay quienes imaginan que en Gaza sucede un genocidio, desean que en Gaza suceda un genocidio. Y no, no hablo de esos funcionarios israelíes que declaran que luchan “contra animales humanos” y que sus ataques sobre palestina ponen el énfasis “en el daño, no en la precisión”. No, hablo de esa gente a la que que según Ariana Harwicz —escritora argentina retirada del festival Cultur-Alh de Granada— “les angustia terriblemente que no haya genocidio [en Palestina]. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel” (Harwicz dixit).

    Se trata de personas que, recurren a consignas como “basta del genocidio en Gaza”, para manifestar su odio “a los judíos y pedir la aniquilación de Israel”, de ese Israel inocente, debil y desprotegido que cuenta con una superioridad militar abrumadora sobre la población a la que bombardea, sitia y desplaza; superior a la de Palestina, que no tiene un ejercito convencional, y la de Hamás que no tiene fuerza aérea, armada, defensa aérea integrada, ni capacidad para disputar el control territorial o aéreo a Israel. Personas que olvidan que Israel se creo para evitar un segundo genocidio judio, no para evitar que los sionistas cometieran un genocidio palestino, ¡faltaba más!

    Estamos hablando de personas que condenan a los nazis por pensar como nazis, que —como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos— consideran que “usar una falsedad histórica sobre un exterminio probado para degradar a sus víctimas, o propagar odio no merece la cobertura de la libertad de expresión como si fuera un debate académico ordinario”, y en consecuencia sancionan penalmente a los negacionistas del Holocausto.

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    El exceso de imaginación y odio que condena Ariana Harwicz, y por lo cual se le condena, es el mismo que alimenta las luchas de afrodescendientes, indigenas, hispanos, mujeres, la comunidad LGBTTTIQA+, obreros, y cualquier minoría que —proyectando su odio y deseo de extermino sobre quienes odian y exterminan— imaginan que el supremacismo blanco cristiano y sionista controla el mundo, exprime lo que peda exprimir y explota todo lo que pueda explotar si al hacerlo les beneficia en algo. Se trata de una imaginación perniciosa que piensa que todos debemos vivir dignamente y no entiende que palestinos, afrodescendientes, indígenas, hispanos, mujeres, miembros de la comunidad LGBTTTIQA+, y  obreros, viven mal porque quieren, porque se niegan a ser hombres blancos cristianos y sionistas.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Disolver los valores familiares

    Disolver los valores familiares

    Con dinero baila el perro ¿Por qué? Porque en una economía de mercado el único valor es el monetario, el poder económico ante el cual todo se doblega, se postra, se rinde. En el capitalismo tardío no tiene sentido hablar de aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No. En el capitalismo tardío se da todo al mercado, porque todo pertenece al mercado, todo tiene un precio y todo se puede comprar. Incluso, los valores familiares, que digo incluso, ¡sobre todo, los valores familiares! Si alguien sabe de lo que estoy hablando, es esa caterva de comentócratas y opinadores profesionales que opinan porque pueden opinar, que opinan porque han puesto precio a su opinión y la subarrendan al mejor postor.

    Muestra de esta sabia sabiduría que sabe que sabe, es lo dicho por la siempre pulcra y jamás becada, aunque pensionada, María Amparo Casar, en un afortunado tropiezo dentro del programa Tolerancia Cero de TV Azteca. Sabiduría que a algunos, incluida la presidenta, puede parecerles burda y migajera. Casar sostuvo como lo sostiene quien no sostiene nada, que; antropológicamente, el reparto de becas como jóvenes construyendo el futuro, tiene el efecto de que los hijos tengan más dinero que los padres y eso empieza a disolver los valores familiares.

    Y es que, seamos claros, una sociedad donde la autoridad no está supeditada al dominio económico, una sociedad en la que el respeto no depende de la dependencia económica, una sociedad en la que la violencia no se impone (también) en lo económico, una sociedad en la que los valores no son los valores del mercado, donde quien tiene más dinero no está por encima de los demás, es una lamentable y totalitaria sociedad comunista en la que no vale la pena vivir. Porque vivir con valores que no descansan sobre la base del libre mercado, el consumismo y el poder económico, no es vivir.

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    Podrán decir lo que quieran de la tradición, la reciprocidad, o la redistribución. Podrán lanzar loas sobre la necesidad de preservar los vínculos y lazos familiares y sociales. Podrán aplaudir el cuidado, la generosidad, el bien común y la dignidad,  pero todo ello solo sirve para promocionar pueblos mágicos y explotar la nostalgia como disparador del consumo. Una sociedad debe regirse por la generación de intercambios de bienes y servicios, no por la memoria que arrastra detrás de ella. Deseo material, consumo y acumulación son la piedra angular de nuestras vidas, no el cuidado del entorno y la confianza mutua. Una ética no mercantil, preocupada por lo justo y aquello por lo que no puede pagarse, es una ética que nos condena al lastre de depender del otro sólo porque en el otro hemos depositado nuestros afectos.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Añorar el presidencialismo imperial

    Añorar el presidencialismo imperial

    Extrañamente extraña que, a raíz del más reciente sainete de Rocha Moya,  las mejores conciencias de la comentocracia nacional, aquellos que en los 80 y 90 nos quitaron las cadenas e impulsaron una transición gatopardista para garantizar que nada transitara, próceres democráticos como Denise Dresser, José Woldenberg, Lorenzo Córdova, Luis Carlos Ugalde, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge Castañeda, Sergio Aguayo y Claudio X. González Guajardo, extrañen los años dorados del presidencialismo mexicano. Esa noble institución que se sostuvo en facultades metaconstitucionales —control del partido, candidaturas, sucesión, gobernadores y legisladores—, y en contrapesos débiles e inexistentes.

    Extraña, pero no sorprende, porque a todas luces era una maravilla no tenerse que angustiar con la incertidumbre de que este o aquel pudiera resultar electo, una maravilla saber que el elegido por el elegido sería el elegido. Una maravilla despertar con la banca nacionalizada, encadenarnos a un tratado de libre comercio que postró la economía nacional a las necesidades de nuestro vecino del norte, ver salir a los 26 ministros que integraban a Suprema Corte, tener en la AFI un FBI guanabana, padecer la militarización del país para combatir a los rivales del cártel que encabezaba García Luna, o atestiguar la acelerada desestructuración del Estado.

    No soy fatalista a la manera de los otrora libertadores que nos quitaron las cadenas. Estoy conciente que ese presidencialismo que tanto ellos como nosotros y ustedes, añoramos, no ha desaparecido por completo, ahí está la transferencia del control de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional, y la enorme capacidad de establecer la agenda legislativa para la transformación del marco constitucional, pero de que no es lo mismo, no es lo mismo. Sigue siendo una presidencia fuerte pero no omnipotente y omnipresente, ya no queda claro “¿quién manda? […] porque una Presidenta que manda sólo a veces, sobre algunos, cuando la dejan, no termina de mandar” —como melancólicamente pregunta y sostiene la doctora Dresser.

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    Eso de que la presidenta gobierne pero no deba mandar sobre todos y todo es cosa de panfletos que buscan regresar a un régimen donde los detractores eran solapados y recompensados desde el gobierno que simulaban criticar. Se extraña una presidencia que no solo dirija la administración pública federal y ejecute leyes, sino que también absorba las atribuciones de todos los poderes, ¿que es eso de que federalismo no sea sinónimo de obediencia vertical a los mandatos de Palacio Nacional? Los límites son propios de los limitados, no de la presidencia imperial que añoran las mejores conciencias de la comentocracia nacional.

    Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo,
    publicado por Casa Editorial Abismos.

  • La soberana soberanía de subordinarse

    La soberana soberanía de subordinarse

    Con una brevedad y densidad propias de las “Cartas a un joven poeta” de Rilke y un estoicismo que nada tiene que envidiar a las “Cartas a Lucilio” de Séneca, Andrés Manuel López Beltrán nos regala una nueva carta de su puño y letra. En esta ocasión, dirigida a Trump, amo y señor de la política de ocurrencia, y las cortinas de humo para cubrir cortinas de humo, ¿La razón?, la cancelación de la visa de López Béltran para poder ingresar —de forma legal— a los Estados Unidos, “una burda y perversa canallada”.

    La carta puede leerse como un manifiesto del desprecio de ser despreciado por la política, despreciable, de un gobierno con colaboradores despreciables, de una nación que atraviesa “tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar, inconformidad social y tristeza”. Una crítica politiquera y propagandista, a un acto politiquero y propagandista, que acusa, sin pruebas ni demostración alguna, de acusar sin pruebas ni demostración alguna. Concluyendo, sin demostrar nada, que se persigue a quien ni siquiera se señala.

    La carta de Andres Manuel hijo va más allá de una mera muestra de protesta oportunista en contra del oportunismo. Enarbola una bandera performativa que no arriesga. No propone una quema masiva de visas estadounidenses o una revolución anticonsular. No abraza un discurso que condene el deseo mexicano de aceptación estadounidense. Ni siquiera encumbra un “no hace falta que nos excluyan, nos excluimos porque no necesitamos cruzar la frontera”. No. Lopez Beltran es consciente del lugar que el gobierno mexicano ha adoptado frente al de los Estados Unidos y prefiere pedir la clemencia del líder, que posicionarse como un verdadero defensor de una causa.

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    Para rematar esta protesta que no protesta, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó como “injerencia” el retiro de visas de Estados Unidos a políticos mexicanos. Es de suponer que por ello el gobierno Méxicano renunció a tomar decisiones soberanas que pudieran intervenir de forma indirecta en la política de otros países.

    Que por ello no rompe relaciones diplomáticas con Israel, no vaya a ser que intervenga sobre la soberanía israelí de hacer lo que le dé la gana. Que por ello permite que el acceso a la vivienda esté subordinado a la especulación, el turismo residencial y la rentabilidad inmobiliaria, no vaya a ser que regularlo afecte el modelo que hace de México una extensión de la geografía económica del Norte Global. Que por ello defienden los proyectos extractivistas como estratégicos, no vaya a ser que limitarlos merme la repatriación de utilidades al país de origen de las corporaciones extranjeras. La enseñanza de Lopez Beltran es clara, la soberanía es soberana en la medida que permita subordinarse al capital y recoger sus migajas.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Genocidio es lo que el genocida decida que es genocidio

    Genocidio es lo que el genocida decida que es genocidio

    a Erza Shabot y la insoportable valentía del cinismo vulgar.

    Resulta falso que exista un genocidio palestino en Gaza. Tan falso como que el primer Premio de la Paz de la FIFA, otorgado a Donald Trump, sea una ridiculez chabacana y estúpida. Y resulta falso porque el uso del término genocidio es potestad exclusiva de la parte genocida. Si el estado genocida de Israel —y sus voceros— dicen que la narrativa sobre el supuesto genocidio palestino en Gaza no se sostiene, pues no se sostiene y punto. Incluso si ni la Comisión Internacional de la ONU —pieza central de legitimación internacional para la creación del Estadod e Israel— o Amnistía Internacional, consiguen ocultarlo.

    Ezra Shabot, dando cátedra de propaganda panfletaria, documenta que la potestad de bautizar un acto como genocida pertenece al genocida mismo, siempre y cuando el genocida resulte triunfante en el genocidio.

    No importa que existan patrones de ataques, destrucción de infraestructura civil, bloqueo de ayuda humanitaria y hambruna sistemática, por parte del estado sionista de Israel, en Gaza. No hay, dice, “aniquilamiento sistemático” para desaparecer a los gazatíes. Sin cámaras de gas, ni campos de concentración, no hay genocidio. Aunque el estado de Israel haya convertido Gaza en un enorme campo de concentración, en una cámara de gas masiva, y en un experimento de hambruna, bloqueo, desplazamiento y destrucción de las condiciones de vida.

    Los ataques de Hamás sí son genocidas, porque la escala de los mismos nunca ha inclinado la balanza en favor de Hamás. Los “actos defensivos” de Israel no lo son, porque no buscan “exterminar civiles, sino derrotar militarmente al enemigo.” ¿Cómo? Causando la muerte de un número sin precedentes de civiles palestinos mediante ataques militares extensivos, lesionando gravemente la integridad física y mental de los gazatíes, imponiendo condiciones incompatibles con la supervivencia de la población, e impidiendo la natalidad. En pocas palabras, ejecutando cuatro de los cinco actos que la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, adoptada por la Asamblea General de la ONU, define como genocidio.

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    Lo que pasa en Gaza no es genocidio porque Israel decide que no es genocidio. El sionismo no es nazifascismo porque el sionismo —que es capitalismo voraz y salvaje— instrumentaliza el antisemitismo y el Holocausto para legitimar al Estado de Israel y desactivar a sus críticos. Lo que sucede en Gaza no es lo que sucedió en los campos de exterminio nazis, porque los campos de exterminio nazis eran centros cerrados de asesinato industrializado, mientras que Gaza es un territorio habitado de deshumnanización, destrucción, hambre, enfermedad, desplazamiento forzado y asesinato indiscriminado.

    Carlos Bortoni es escritor.
    Su último libro es Polvo, publicado por
    Casa Editorial Abismos.

  • Democratización educativa expréss

    Democratización educativa expréss

    El escándalo en el proceso de admisión 2026 de la UNAM y el examen de ingreso (en línea) a licenciatura —que arrojó resultados inusuales— demuestra la superioridad de la  iniciativa privada, en cuanto a democratización de la educación se refiere, sobre el sistema de educación pública. La decisión del rector Leonardo Lomelí Vanegas y el equipo responsable de adjudicar a la empresa Territorium Life para proporcionar la plataforma y los servicios tecnológicos para aplicar el examen de admisión en línea, incluyendo vigilancia remota, validación de identidad y protección del banco de reactivos, se tradujo en una alza clara y extendida en los cortes, el puntaje del último aspirante que obtuvo lugar en una carrera, en un rango mínimo del 10%. No es poca cosa, pero no es suficiente.

    No basta con reconocer el trabajo de Territorium Life, empresa de tecnología educativa fundada por ex alumnos del Tecnológico de Monterrey y la administración del Rector Lomelí, para mejorar los resultados del examen de admisión.

    No basta con celebrar la formación ético/académica de los estudiantes que no tuvieron tapujos al momento de utilizar herramientas de IA para presentar un mejor examen. No basta con aplaudir la nobleza de quienes ofrecían responder el examen a cambio de una módica retribución. No basta con reconocer a las empresas que compraron el banco de reactivos para vender cursos de preparación para el examen. Urge que vayamos más allá. Urge oficializar la impresión de títulos en Santo Domingo, la posibilidad de que desde un principio alguien pague una cuota extra por acreditar el examen, el otorgamiento de títulos honoris causa por aportación voluntaria.

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    2026 es un año que debería grabarse con letras doradas en la historia nacional, pasamos de 4 puntajes perfectos en 2025 a 14; y la cantidad de aspirantes con 110 aciertos o más (puntaje de excelencia) se multiplicó 5.6 veces, de 1,455 a 8,162. Un año que nos permita imaginar cosas chingonas, no nos detengamos en nimiedades como una combinación de uso de inteligencia artificial, circulación de los reactivos previo al examen, vigilancia insuficiente (una persona por cada 150 aspirantes) y opacidad institucional. Dejemos de privilegiar a los estudiantes mejor preparados y premiemos el esfuerzo de quienes —libres de escrúpulos— rompen los límites estructurales para acreditar el examen “haiga sido como haiga sido” y democratizar el acceso a la educación pública para limitarlo a quienes tengan más privilegios que otros. Parafraseando a Juan Miguel Zunzunegui, ese gran pensador mexicano del pragmatismo resolutivo, dejemos de castigar el esfuerzo colectivo, la trampa socializada, la venta de respuestas en la plaza pública, empecemos a recompensar la corrupción disfrazada de meritocracia.

    Carlos Bortoni es escritor.
    Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.

  • Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    El que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, o la política sea la continuación de la guerra, demuestra que el voto es la continuación del paredón de fusilamiento por otros medios. Ese es el uso que le da la clase privilegiada a lo que llaman la fiesta de la democracia, el voto como elemento para ajusticiar a quienes osan votar en sentido opuesto al que la clase privilegiada necesita que voten, para condenar al ostracismo a quienes viven en el ostracismo. El problema aparece, cuando el voto mayoritario se manifiesta en sentido opuesto a la clase privilegiada, cuando los marginados dejan de temer a la marginalidad.

     Si el voto deja de ser una herramienta del escarnio público y se convierte en bache para quienes detentan el poder de facto, no queda más remedio que recurrir a adoradores de Joseph Goebbels, como Natalia Torres, Ignacio Abello, las juventudes PANistas, o el decadente tío Richie, a quienes “les turbo vale madres” declarar absurdo dar el mismo peso al voto de una persona con doctorado, que al de alguien que lo único que hace es “echar la güeva todo el día”; que sólo debe votar quien tiene el conocimiento mínimo de lo que hace el Estado; que el voto lo ejerza el hombre de la casa pensando en su esposa, en sus hijos, y en sí mismo. Recurrir a esos demócratas totalitarios que entienden  que nada amenaza más a su democracia que una mayoría que no se preocupa por los derechos de la clase privilegiada.

    Y no es que estos ideólogos de la reacción posmoderna ignoren que las condiciones materiales determinan el ser social de los sujetos, que establecen un horizonte de lo posible y lo que no es posible. No es que ignoren que quien se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir tiene comprometido su tiempo, su cuerpo y su energía vital, limitando el desarrollo de sus capacidades. O que el objetivo de la democracia debería ser equilibrar la balanza entre quienes más tienen y quienes menos tienen. No, estos próceres de la derecha lo entienden perfectamente y por ello se lanzan en contra del voto universal, para conjurar la amenaza que representa para las buenas costumbres, el stau quo y la gente bonita.

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    Si votar sirviera de algo, como falsamente se dice que dijo Mark Twain, no nos dejarían hacerlo. Nadie con dos dedos de inteligencia se preocupa porque el voto masivo vaya a transformar las condiciones materiales que determinan al ser social. No. Lo que les preocupa es que el voto desbordado de la masa alimenta el orgullo de la masa por la masa misma, alimenta cierto sentido de pertenencia en el que se deja de temer al paredón de fusilamiento, en el que la marginalidad se convierte en identidad colectiva y deja de ser sentencia individual. Eso no podemos permitirlo, no, si queremos que la clase privilegiada siga viviendo privilegiadamente.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.