Etiqueta: Carlos Bortoni

  • Disolver los valores familiares

    Disolver los valores familiares

    Con dinero baila el perro ¿Por qué? Porque en una economía de mercado el único valor es el monetario, el poder económico ante el cual todo se doblega, se postra, se rinde. En el capitalismo tardío no tiene sentido hablar de aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No. En el capitalismo tardío se da todo al mercado, porque todo pertenece al mercado, todo tiene un precio y todo se puede comprar. Incluso, los valores familiares, que digo incluso, ¡sobre todo, los valores familiares! Si alguien sabe de lo que estoy hablando, es esa caterva de comentócratas y opinadores profesionales que opinan porque pueden opinar, que opinan porque han puesto precio a su opinión y la subarrendan al mejor postor.

    Muestra de esta sabia sabiduría que sabe que sabe, es lo dicho por la siempre pulcra y jamás becada, aunque pensionada, María Amparo Casar, en un afortunado tropiezo dentro del programa Tolerancia Cero de TV Azteca. Sabiduría que a algunos, incluida la presidenta, puede parecerles burda y migajera. Casar sostuvo como lo sostiene quien no sostiene nada, que; antropológicamente, el reparto de becas como jóvenes construyendo el futuro, tiene el efecto de que los hijos tengan más dinero que los padres y eso empieza a disolver los valores familiares.

    Y es que, seamos claros, una sociedad donde la autoridad no está supeditada al dominio económico, una sociedad en la que el respeto no depende de la dependencia económica, una sociedad en la que la violencia no se impone (también) en lo económico, una sociedad en la que los valores no son los valores del mercado, donde quien tiene más dinero no está por encima de los demás, es una lamentable y totalitaria sociedad comunista en la que no vale la pena vivir. Porque vivir con valores que no descansan sobre la base del libre mercado, el consumismo y el poder económico, no es vivir.

    Entrados en gastos

    Podrán decir lo que quieran de la tradición, la reciprocidad, o la redistribución. Podrán lanzar loas sobre la necesidad de preservar los vínculos y lazos familiares y sociales. Podrán aplaudir el cuidado, la generosidad, el bien común y la dignidad,  pero todo ello solo sirve para promocionar pueblos mágicos y explotar la nostalgia como disparador del consumo. Una sociedad debe regirse por la generación de intercambios de bienes y servicios, no por la memoria que arrastra detrás de ella. Deseo material, consumo y acumulación son la piedra angular de nuestras vidas, no el cuidado del entorno y la confianza mutua. Una ética no mercantil, preocupada por lo justo y aquello por lo que no puede pagarse, es una ética que nos condena al lastre de depender del otro sólo porque en el otro hemos depositado nuestros afectos.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Añorar el presidencialismo imperial

    Añorar el presidencialismo imperial

    Extrañamente extraña que, a raíz del más reciente sainete de Rocha Moya,  las mejores conciencias de la comentocracia nacional, aquellos que en los 80 y 90 nos quitaron las cadenas e impulsaron una transición gatopardista para garantizar que nada transitara, próceres democráticos como Denise Dresser, José Woldenberg, Lorenzo Córdova, Luis Carlos Ugalde, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge Castañeda, Sergio Aguayo y Claudio X. González Guajardo, extrañen los años dorados del presidencialismo mexicano. Esa noble institución que se sostuvo en facultades metaconstitucionales —control del partido, candidaturas, sucesión, gobernadores y legisladores—, y en contrapesos débiles e inexistentes.

    Extraña, pero no sorprende, porque a todas luces era una maravilla no tenerse que angustiar con la incertidumbre de que este o aquel pudiera resultar electo, una maravilla saber que el elegido por el elegido sería el elegido. Una maravilla despertar con la banca nacionalizada, encadenarnos a un tratado de libre comercio que postró la economía nacional a las necesidades de nuestro vecino del norte, ver salir a los 26 ministros que integraban a Suprema Corte, tener en la AFI un FBI guanabana, padecer la militarización del país para combatir a los rivales del cártel que encabezaba García Luna, o atestiguar la acelerada desestructuración del Estado.

    No soy fatalista a la manera de los otrora libertadores que nos quitaron las cadenas. Estoy conciente que ese presidencialismo que tanto ellos como nosotros y ustedes, añoramos, no ha desaparecido por completo, ahí está la transferencia del control de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional, y la enorme capacidad de establecer la agenda legislativa para la transformación del marco constitucional, pero de que no es lo mismo, no es lo mismo. Sigue siendo una presidencia fuerte pero no omnipotente y omnipresente, ya no queda claro “¿quién manda? […] porque una Presidenta que manda sólo a veces, sobre algunos, cuando la dejan, no termina de mandar” —como melancólicamente pregunta y sostiene la doctora Dresser.

    Entrados en gastos

    Eso de que la presidenta gobierne pero no deba mandar sobre todos y todo es cosa de panfletos que buscan regresar a un régimen donde los detractores eran solapados y recompensados desde el gobierno que simulaban criticar. Se extraña una presidencia que no solo dirija la administración pública federal y ejecute leyes, sino que también absorba las atribuciones de todos los poderes, ¿que es eso de que federalismo no sea sinónimo de obediencia vertical a los mandatos de Palacio Nacional? Los límites son propios de los limitados, no de la presidencia imperial que añoran las mejores conciencias de la comentocracia nacional.

    Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo,
    publicado por Casa Editorial Abismos.

  • La soberana soberanía de subordinarse

    La soberana soberanía de subordinarse

    Con una brevedad y densidad propias de las “Cartas a un joven poeta” de Rilke y un estoicismo que nada tiene que envidiar a las “Cartas a Lucilio” de Séneca, Andrés Manuel López Beltrán nos regala una nueva carta de su puño y letra. En esta ocasión, dirigida a Trump, amo y señor de la política de ocurrencia, y las cortinas de humo para cubrir cortinas de humo, ¿La razón?, la cancelación de la visa de López Béltran para poder ingresar —de forma legal— a los Estados Unidos, “una burda y perversa canallada”.

    La carta puede leerse como un manifiesto del desprecio de ser despreciado por la política, despreciable, de un gobierno con colaboradores despreciables, de una nación que atraviesa “tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar, inconformidad social y tristeza”. Una crítica politiquera y propagandista, a un acto politiquero y propagandista, que acusa, sin pruebas ni demostración alguna, de acusar sin pruebas ni demostración alguna. Concluyendo, sin demostrar nada, que se persigue a quien ni siquiera se señala.

    La carta de Andres Manuel hijo va más allá de una mera muestra de protesta oportunista en contra del oportunismo. Enarbola una bandera performativa que no arriesga. No propone una quema masiva de visas estadounidenses o una revolución anticonsular. No abraza un discurso que condene el deseo mexicano de aceptación estadounidense. Ni siquiera encumbra un “no hace falta que nos excluyan, nos excluimos porque no necesitamos cruzar la frontera”. No. Lopez Beltran es consciente del lugar que el gobierno mexicano ha adoptado frente al de los Estados Unidos y prefiere pedir la clemencia del líder, que posicionarse como un verdadero defensor de una causa.

    Entrados en gastos

    Para rematar esta protesta que no protesta, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó como “injerencia” el retiro de visas de Estados Unidos a políticos mexicanos. Es de suponer que por ello el gobierno Méxicano renunció a tomar decisiones soberanas que pudieran intervenir de forma indirecta en la política de otros países.

    Que por ello no rompe relaciones diplomáticas con Israel, no vaya a ser que intervenga sobre la soberanía israelí de hacer lo que le dé la gana. Que por ello permite que el acceso a la vivienda esté subordinado a la especulación, el turismo residencial y la rentabilidad inmobiliaria, no vaya a ser que regularlo afecte el modelo que hace de México una extensión de la geografía económica del Norte Global. Que por ello defienden los proyectos extractivistas como estratégicos, no vaya a ser que limitarlos merme la repatriación de utilidades al país de origen de las corporaciones extranjeras. La enseñanza de Lopez Beltran es clara, la soberanía es soberana en la medida que permita subordinarse al capital y recoger sus migajas.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Genocidio es lo que el genocida decida que es genocidio

    Genocidio es lo que el genocida decida que es genocidio

    a Erza Shabot y la insoportable valentía del cinismo vulgar.

    Resulta falso que exista un genocidio palestino en Gaza. Tan falso como que el primer Premio de la Paz de la FIFA, otorgado a Donald Trump, sea una ridiculez chabacana y estúpida. Y resulta falso porque el uso del término genocidio es potestad exclusiva de la parte genocida. Si el estado genocida de Israel —y sus voceros— dicen que la narrativa sobre el supuesto genocidio palestino en Gaza no se sostiene, pues no se sostiene y punto. Incluso si ni la Comisión Internacional de la ONU —pieza central de legitimación internacional para la creación del Estadod e Israel— o Amnistía Internacional, consiguen ocultarlo.

    Ezra Shabot, dando cátedra de propaganda panfletaria, documenta que la potestad de bautizar un acto como genocida pertenece al genocida mismo, siempre y cuando el genocida resulte triunfante en el genocidio.

    No importa que existan patrones de ataques, destrucción de infraestructura civil, bloqueo de ayuda humanitaria y hambruna sistemática, por parte del estado sionista de Israel, en Gaza. No hay, dice, “aniquilamiento sistemático” para desaparecer a los gazatíes. Sin cámaras de gas, ni campos de concentración, no hay genocidio. Aunque el estado de Israel haya convertido Gaza en un enorme campo de concentración, en una cámara de gas masiva, y en un experimento de hambruna, bloqueo, desplazamiento y destrucción de las condiciones de vida.

    Los ataques de Hamás sí son genocidas, porque la escala de los mismos nunca ha inclinado la balanza en favor de Hamás. Los “actos defensivos” de Israel no lo son, porque no buscan “exterminar civiles, sino derrotar militarmente al enemigo.” ¿Cómo? Causando la muerte de un número sin precedentes de civiles palestinos mediante ataques militares extensivos, lesionando gravemente la integridad física y mental de los gazatíes, imponiendo condiciones incompatibles con la supervivencia de la población, e impidiendo la natalidad. En pocas palabras, ejecutando cuatro de los cinco actos que la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, adoptada por la Asamblea General de la ONU, define como genocidio.

    Entrados en gastos

    Lo que pasa en Gaza no es genocidio porque Israel decide que no es genocidio. El sionismo no es nazifascismo porque el sionismo —que es capitalismo voraz y salvaje— instrumentaliza el antisemitismo y el Holocausto para legitimar al Estado de Israel y desactivar a sus críticos. Lo que sucede en Gaza no es lo que sucedió en los campos de exterminio nazis, porque los campos de exterminio nazis eran centros cerrados de asesinato industrializado, mientras que Gaza es un territorio habitado de deshumnanización, destrucción, hambre, enfermedad, desplazamiento forzado y asesinato indiscriminado.

    Carlos Bortoni es escritor.
    Su último libro es Polvo, publicado por
    Casa Editorial Abismos.

  • Democratización educativa expréss

    Democratización educativa expréss

    El escándalo en el proceso de admisión 2026 de la UNAM y el examen de ingreso (en línea) a licenciatura —que arrojó resultados inusuales— demuestra la superioridad de la  iniciativa privada, en cuanto a democratización de la educación se refiere, sobre el sistema de educación pública. La decisión del rector Leonardo Lomelí Vanegas y el equipo responsable de adjudicar a la empresa Territorium Life para proporcionar la plataforma y los servicios tecnológicos para aplicar el examen de admisión en línea, incluyendo vigilancia remota, validación de identidad y protección del banco de reactivos, se tradujo en una alza clara y extendida en los cortes, el puntaje del último aspirante que obtuvo lugar en una carrera, en un rango mínimo del 10%. No es poca cosa, pero no es suficiente.

    No basta con reconocer el trabajo de Territorium Life, empresa de tecnología educativa fundada por ex alumnos del Tecnológico de Monterrey y la administración del Rector Lomelí, para mejorar los resultados del examen de admisión.

    No basta con celebrar la formación ético/académica de los estudiantes que no tuvieron tapujos al momento de utilizar herramientas de IA para presentar un mejor examen. No basta con aplaudir la nobleza de quienes ofrecían responder el examen a cambio de una módica retribución. No basta con reconocer a las empresas que compraron el banco de reactivos para vender cursos de preparación para el examen. Urge que vayamos más allá. Urge oficializar la impresión de títulos en Santo Domingo, la posibilidad de que desde un principio alguien pague una cuota extra por acreditar el examen, el otorgamiento de títulos honoris causa por aportación voluntaria.

    Entrados en gastos

    2026 es un año que debería grabarse con letras doradas en la historia nacional, pasamos de 4 puntajes perfectos en 2025 a 14; y la cantidad de aspirantes con 110 aciertos o más (puntaje de excelencia) se multiplicó 5.6 veces, de 1,455 a 8,162. Un año que nos permita imaginar cosas chingonas, no nos detengamos en nimiedades como una combinación de uso de inteligencia artificial, circulación de los reactivos previo al examen, vigilancia insuficiente (una persona por cada 150 aspirantes) y opacidad institucional. Dejemos de privilegiar a los estudiantes mejor preparados y premiemos el esfuerzo de quienes —libres de escrúpulos— rompen los límites estructurales para acreditar el examen “haiga sido como haiga sido” y democratizar el acceso a la educación pública para limitarlo a quienes tengan más privilegios que otros. Parafraseando a Juan Miguel Zunzunegui, ese gran pensador mexicano del pragmatismo resolutivo, dejemos de castigar el esfuerzo colectivo, la trampa socializada, la venta de respuestas en la plaza pública, empecemos a recompensar la corrupción disfrazada de meritocracia.

    Carlos Bortoni es escritor.
    Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.

  • Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    El que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, o la política sea la continuación de la guerra, demuestra que el voto es la continuación del paredón de fusilamiento por otros medios. Ese es el uso que le da la clase privilegiada a lo que llaman la fiesta de la democracia, el voto como elemento para ajusticiar a quienes osan votar en sentido opuesto al que la clase privilegiada necesita que voten, para condenar al ostracismo a quienes viven en el ostracismo. El problema aparece, cuando el voto mayoritario se manifiesta en sentido opuesto a la clase privilegiada, cuando los marginados dejan de temer a la marginalidad.

     Si el voto deja de ser una herramienta del escarnio público y se convierte en bache para quienes detentan el poder de facto, no queda más remedio que recurrir a adoradores de Joseph Goebbels, como Natalia Torres, Ignacio Abello, las juventudes PANistas, o el decadente tío Richie, a quienes “les turbo vale madres” declarar absurdo dar el mismo peso al voto de una persona con doctorado, que al de alguien que lo único que hace es “echar la güeva todo el día”; que sólo debe votar quien tiene el conocimiento mínimo de lo que hace el Estado; que el voto lo ejerza el hombre de la casa pensando en su esposa, en sus hijos, y en sí mismo. Recurrir a esos demócratas totalitarios que entienden  que nada amenaza más a su democracia que una mayoría que no se preocupa por los derechos de la clase privilegiada.

    Y no es que estos ideólogos de la reacción posmoderna ignoren que las condiciones materiales determinan el ser social de los sujetos, que establecen un horizonte de lo posible y lo que no es posible. No es que ignoren que quien se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir tiene comprometido su tiempo, su cuerpo y su energía vital, limitando el desarrollo de sus capacidades. O que el objetivo de la democracia debería ser equilibrar la balanza entre quienes más tienen y quienes menos tienen. No, estos próceres de la derecha lo entienden perfectamente y por ello se lanzan en contra del voto universal, para conjurar la amenaza que representa para las buenas costumbres, el stau quo y la gente bonita.

    Entrados en gastos

    Si votar sirviera de algo, como falsamente se dice que dijo Mark Twain, no nos dejarían hacerlo. Nadie con dos dedos de inteligencia se preocupa porque el voto masivo vaya a transformar las condiciones materiales que determinan al ser social. No. Lo que les preocupa es que el voto desbordado de la masa alimenta el orgullo de la masa por la masa misma, alimenta cierto sentido de pertenencia en el que se deja de temer al paredón de fusilamiento, en el que la marginalidad se convierte en identidad colectiva y deja de ser sentencia individual. Eso no podemos permitirlo, no, si queremos que la clase privilegiada siga viviendo privilegiadamente.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Votar en contra de lo contrario a los intereses contrarios

    Votar en contra de lo contrario a los intereses contrarios

    Da gusto atestiguar que un amplio sector de la izquierda institucional latinoamericana acusa al electorado colombiano, que votó por De la Espirella, de entregarse a la extrema derecha, de ser ignorante y manipulable, de traicionar los intereses populares, de ser estúpido. Da gusto que desde la izquierda se culpe a las clases subalternas de votar “en contra de sus intereses”, porque ello da fe de la renuncia de la izquierda al proyecto de la izquierda; el de construir una verdadera conciencia de clase y una organización que hable de tú a tú con todos aquellos que perdiendo el trabajo perdemos el sustento. Da gusto porque es la izquierda hablando con la voz de la derecha.

    Hacer de la izquierda política un partido de derecha, sonroja al más reaccionario y fascista de los fascistas reaccionarios. Renunciar a entender el problema como uno de orden estructural, donde los de abajo aceptamos como natural lo que dictan los de arriba, es renunciar a entender la enajenación como la piedra angular de la dominación.

    Si el dominado lustra la bota que lo aplasta es porque está seguro de que si la bota lo deja de aplastar, su vida —su precaria seguridad, su precaria estabilidad, su precario sustento— se irá al carajo por completo, es porque habita un sistema de creencias en el que el fracaso es culpa individual y no un mecanismo de control social.
    Decir que el votante se equivoca cuando elige algo que no es la izquierda, es hacer volar por los aires la columna vertebral de todo pensamiento de izquierda, es sepultar la idea de que el sujeto tiene toda la capacidad de tomar decisiones. El que la izquierda institucional sostenga que el votante no sabe lo que es mejor para el votante, es afirmar desde la derecha de la izquierda que no hay revolución posible, que no hay contrahegemonía viable, que la acción colectiva es guajira y chabacana, un discurso de mercadotecnia política que nunca aspiró a conquistar horizonte alguno, al que jamás le interesó buscar nuevas posibilidades.

    Entrados en gastos

    Cuando la izquierda institucional del siglo XXI considera que una vez que el electorado ha votado por ella, no hay marcha atrás, se acerca a la derecha que le dice a la ciudadanía que debe votar por ella porque la ciudadanía no sabe lo que es mejor para ella. El relato es el mismo, aunque no sea igual. Ni a la derecha, ni a la izquierda le interesa transformar la estructura social, la realidad material y pulverizar el supuesto sentido común que las legitima. Nada de eso, por el contrario, buena parte de la izquierda institucional latinoamericana ha entendido que el poder no está para servir, que el poder está para servirse.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Oprobioso oprobio cabaretero

    Oprobioso oprobio cabaretero

    La poesía es un asunto de espíritus elevados, elegidos y encumbrados, gente de bien, privilegiados entre los privilegiados, no un tema que competa a la torpe sensibilidad de las masas. El pópulo debe admirar a los poetas, no entenderlos. Ni siquiera hace falta que los lean. Lo sucedido con la Casa del Poeta Ramón López Velarde, el que la Secretaría de Cultura de la CDMX haya querido hacer público y cabaretero lo que debe ser solemne y de unos cuantos, no es otra cosa que la desastrosa lógica de quienes creen que pueden tomar la cultura en sus manos.

    El vencimiento del permiso administrativo temporal que tenía la Fundación Casa del Poeta I.A.P., devino en la arbitraria, autoritaria y completamente legal toma de control del inmueble, que forma parte del patrimonio inmobiliario público de la Ciudad de México desde que el gobierno lo comprara en 1989, y la desastrosa iniciativa anti libertaria de arrebatar de las manos de Guillermo Sheridan y su I.A.P. “[…] una apta casita simbólica y casi secreta que nunca había molestado a nadie […]” como él mismo escribió en su columna Minutario en El Universal, y quererla convertir en un cabaret público.

    No hay nada más insultante de las buenas costumbres del bien vivir a costillas del erario, que perder el control de una casita que año con año recibía subsidio del Gobierno de la Ciudad de México, de una casita desde la cual se dictaba, de forma ideologicamente no ideologica y partidariamente no  partidista, el canon de una poesía tan plural que se mantenía abierta a todo aquel que aplaudiera a quienes dictaban el canon.

    Pero si a eso le sumamos que se intentó convertir esa castiza casita secreta en un cabaret, la afrenta deja de ser afrenta y se convierte en atentado ¡¿Qué clase de poesía puede albergar un cabaret?! Alimañas como Tristan Tzara y los dadaístas hicieron del cabaret el epicentro de sus aullidos y manifiestos. La sabandija de Bertol Brecht se apropió del cabaret para politizar el entretenimiento y colocar al espectador en posición crítica ¡Oprobioso orpobio marxista ese de llevar la poesía al populacho y querer politizarlo!

    Entrados en gastos

    El Comité de Defensa de la Casa del Poeta, héroes desideologizados que defienden el ideológico derecho a ser los dueños de la poesía, sostiene que la propuesta de la Secretaría de Cultura de la CDMX de hacer un cabaret en la la Casa del Poeta Ramón Lopez Velarde, implica un conflicto de interés dada la trayectoria cabaretera de Ana Francis Mor, Secretaria de Cultura de la CDMX. Se quedan cortos, el conflicto es mucho mayor, Ana Francis Mor no sólo se ha dedicado al cabaret, lleva años metida en el mundo de la cultura y ahora es secretaría de cultura de la CDMX y, como si eso fuera poco, ¡quiere ejecutar políticas culturales! ¡Oprobioso oprobio transformacional!

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Autopercepción autopercibida

    Autopercepción autopercibida

    Vivir en tiempos de autopercepción es una ventaja histórica que, afortunadamente,  ha impregnado todas las esferas de nuestra existencia. La legolización identitaria —el que una realidad compleja se fragmente en bloques modulares intercambiables, diseñados para ensamblarse de múltiples formas, a costa de simplificar o estandarizar su contenido— no es ajena al quehacer político de nuestra noble y siempre honesta clase dirigente. Basta con que un gobierno se autoproclame de izquierda, para que ese gobierno sea de izquierda. Que su actuar dice otra cosa, ¿a quien le importa? Son de izquierda porque dicen que son de izquierda.

    Sólo así se entiende lo que sucede en México con el Mundial de Fútbol, no es la ley de la FIFA, es justicia social. Pintar de morado la infraestructura urbana en lugar de arreglarla, la renovación del AICM, la modernización de la línea 2 del Metro y del Tren Ligero, y la puesta en marcha del tren Buenavista–AIFAno son parte de parte de las “garantías gubernamentales” que la FIFA exige expresamente, son actos de justicia social (Brugada dixit). Igual que lo es la exención total de impuestos que México (Estados Unidos y Canadá negociaron esquemas limitados) otorgó a la FIFA. Justicia social que apuesta por la derrama económica neoliberal, que no entra en un pleito con la FIFA para no correr el riesgo de dejar de ser sede mundialista.

    Izquierda que se doblega ante el capital extranjero no deja de ser izquierda, reza el manual de autopercepción gubernamental, y Topolobampo con su planta de amoniaco y metanol es otra muestra de ello. El capital extranjero manda y el gobierno de izquierda considera que no hay nada socialmente más justo que poner en riesgo la vida humana, los ecosistemas y la cultura de los pueblos originarios.

    Entrados en gastos

    El que la CNTE sirva a la derecha, con bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto, no es autopercepción identitaria. La CNTE de  izquierda era diferente, realizaba bloqueos de infraestructura, plantones, toma simbólica de espacios y acciones de presión de alto impacto. La Coordinadora derechizada, que exige a Morena gobernar como un gobierno de izquierda, lucha por privilegios: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales; la Coordinadora, cuando era de izquierda e increpaba al PRIAN, luchaba por derechos: pensiones, reforma educativa, democracia sindical, mejora salarial y de condiciones laborales. El cambio es innegable. Pero no todo es malo, mientras la CNTE se recorrió a la derecha, el SNTE se autopercibe de izquierda, en especial Alfonso Cepeda Salas (otrora colaborador de la camarada Elba Esther Gordillo), secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y senador por Morena, el magisterio está en buenas manos.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Mario Delgado | La SEP | Y algunos asuntos que no se resolverán

    Mario Delgado | La SEP | Y algunos asuntos que no se resolverán

    Sorprende la crítica que Mario Delgado lanzó en contra de Mario Delgado. Puede parecer bipolar que el secretario de Educación Pública cuestione (dos años después de asumir el puesto) la permanencia de prácticas que el secretario de Educación Pública debería —cuando menos— encaminar en su resolución, pero no deja de ser digno de aplauso que señale que esas prácticas delatan que la educación en México sigue siendo una farsa diseñada para adiestrar a los alumnos a someterse ante los dueños del mercado, no para formar ciudadanos con criterio. Digno de aplauso porque lo señala como si no fuera su responsabilidad definir y ejecutar la política educativa nacional.

    Lo que no sorprende es que a seguidores y detractores del cuatroteismo, les moleste la lucidez de Don Mario, que no soporten verlo predicando en el desierto, porque podrán decir lo que quieran, pero es un hecho que las últimas semanas del ciclo escolar “se mantienen las aulas abiertas […] sin un propósito pedagógico, solo por cumplir un conteo”, que “se desvirtúa la dignidad docente”, que “se convierte a la escuela en una estancia forzada”, que asistir a clases afecta “la salud mental de nuestra niñez”, y que la lógica laboral ha reducido a las escuelas a “un lugar de resguardo […] por conveniencia del mercado”.

    Por desgracia, Mario Delgado, el Secretario de Educación Pública, no ha hecho nada para hacer frente a los cuestionamientos que Mario Delgado, el crítico implacable, pone sobre la mesa. No ha hecho nada para que mientras las aulas se mantengan abiertas exista un propósito pedagógico, para dignificar la labor docente, o para que la escuela no sea una estancia forzada al servicio del mercado. Si Mario Delgado reconociera el valor de la crítica de Mario Delgado, Mario Delgado impulsaría iniciativas para que la escuela contribuya a la salud mental de los estudiantes, para apoyar a los docentes, y para que los padres de familia no tengan que “buscar dónde dejar a sus hijos para poder trabajar”. Pero no, desde las alturas de la Secretaría de Educación Pública del Gobierno Federal, Mario Delgado es incapaz de escuchar al secretario de Educación Pública del Gobierno Federal.

    Entrados en gastos

    Esperemos que la bipolaridad de Mario Delgado se propague y veamos legisladores demandando mejores iniciativas de ley, jueces exigiendo acceso efectivo a la justicia, representantes del poder ejecutivo protestando porque hay baches en las calles o porque el camión de la basura no pasa. Mario Delgado ha elevado la vara, confiemos en que el resto de los servidores y representantes públicos estarán a la altura y sabrán criticarse, como él se ha criticado, y al mismo tiempo cruzarse de brazos, como él se ha cruzado.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.