Etiqueta: Envejecimiento poblacional

  • La dejadez y los años

    La dejadez y los años

    Siempre es joven en los viejos la capacidad de aprender bien.
    Esquilo, Agamenón.

    Conforme a los resultados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM), levantada por el INEGI en diciembre de 2024, algunas de las enfermedades más comunes entre la población de 50 años y más son la artritis y los problemas cardiacos, tanto para mujeres como para hombres: de ellas, 13.7% reporta padecer artritis y 6.1% problemas cardiacos; mientras que entre los varones los porcentajes son de 5.3% y 5.8%, respectivamente. Artritis y problemas cardiacos, claro… Digo “algunas de las más comunes” y no las más comunes porque, claro, en primerísimo lugar se encuentran la diabetes y la hipertensión arterial, ambas clasificadas formalmente por la OMS como Enfermedades Crónicas No Transmisibles. He ahí los grandes males de la población entrada en años.

    Los datos que arroja la ENASEM muestran que, en 2024, 41.5% de las personas de 50 años y más tenía diagnóstico de hipertensión: 47.9% correspondió a mujeres y 34.3%, a hombres. Esos datos son fundamentales para entender la carga de morbilidad en nuestro país, y apenas son la punta estadística del iceberg.

    En epidemiología, la diferencia entre quienes saben que tienen una enfermedad y quienes realmente la padecen se conoce como la brecha de diagnóstico o subdiagnóstico. Para estimar qué tan grande es esa población invisible, los especialistas suelen contrastar encuestas de autorreporte, como la ENASEM, con encuestas que incluyen mediciones clínicas y biométricas, como la ENSANUT. Se estima que, en México, aproximadamente 44 de cada 100 adultos que padecen hipertensión lo ignoran. Si aplicamos esta tasa de desconocimiento a la población de 50 años y más, la prevalencia real (quienes lo saben + quienes no) podría escalar fácilmente por encima del 65% en este grupo de edad. O sea: la gran mayoría de la población mayor es hipertensa. Aunque las mujeres reportan un mayor diagnóstico, esto suele deberse a que tienen una mayor frecuencia de contacto con los servicios de salud. En otras palabras, entre los hombres, el subdiagnóstico suele ser mayor debido a una menor cultura de prevención…, lo que mi abuela solía llamar dejadez

    En el caso de la diabetes, la brecha de diagnóstico suele ser un poco menor que en la hipertensión, pero sigue siendo significativa. Los análisis de la ENSANUT sugieren que cerca de 1 de cada 3 personas con diabetes en México no sabe que la tiene. Si la ENASEM 2024 indica que el 25.5% de los mayores de 50 años está diagnosticado, la población total afectada podría rondar el 37% de ese grupo demográfico si sumamos a los no diagnosticados.

    Redondeando, si 65% y 37% de la población de 50 años y más en México tiene hipertensión y diabetes, respectivamente, ¿cómo se muestra esta condición de salud pública respecto a otros países del mundo? ¿Es tan alta la prevalencia de estos padecimientos en otras naciones latinoamericanas? ¿Cómo se presentan las cosas en Estados Unidos y en Europa, por ejemplo, Alemania y en Francia? ¿Qué decir de los dos países más poblados del planeta, India y China?

    Los datos anteriores colocan a México en una posición de excepcionalidad epidemiológica, particularmente en lo que respecta a la diabetes.

    Mientras que la hipertensión parece seguir una tendencia global asociada al envejecimiento biológico, la prevalencia de diabetes en la población mexicana de 50 años y más supera significativamente los promedios de la mayoría de las economías avanzadas y de otros gigantes poblacionales. En el ámbito latinoamericano, México lidera en prevalencia de diabetes. En países con transiciones demográficas similares como Brasil o Argentina, la prevalencia de diabetes en adultos mayores suele rondar el 18% al 22% diagnosticados. Si sumamos el subdiagnóstico, podrían alcanzar un 28-30%, una cifra alta pero aún por debajo del 37% estimado para México. En cuanto a la hipertensión, la región es un poco más homogénea: en casi todo el Cono Sur más del 60% de los mayores de 65 años padece esta condición.

    Desafortunadamente, Estados Unidos es el país que más se acerca al perfil metabólico mexicano, y sospecho que eso se debe a la dieta y a la invasión de ultraprocesados. Del otro lado del Bravo, entre los mayores de 65 años la prevalencia de la diabetes, incluyendo no diagnosticados, es de aproximadamente 33%, mientras que alrededor del 70% de este grupo tiene presión arterial elevada.

    En Europa, el sistema de salud y la dieta marcan una diferencia notable en la diabetes, aunque no tanto en la hipertensión: por ejemplo, la población de 50 años y más diagnosticada con diabetes en Alemania es de 21% y en Francia de aproximadamente el 16.5%, en ambos casos, muy lejos del 37% que se estima para el caso de México.

    Resulta difícil evadir la conclusión: México presenta un fenómeno demográfico de “envejecimiento con enfermedad”. La dejadez de por sí es mala, pero si es colectiva resulta pésima.

  • Envejecemos… y no nos ha caído el veinte

    Envejecemos… y no nos ha caído el veinte

    La semana pasada comentaba que, según los resultados apenas dados a conocer hace unos días de la ENASEM, en México las personas de 50 años y más, digamos, los más experimentados, ya somos un montonal: 1 de cada 4 habitantes del país.

    Lo que ahora vale la pena poner sobre la mesa es que este envejecimiento acelerado no debe quedarse en curiosidad demográfica: el envejecimiento poblacional es, sobre todo, un cambio estructural que está ya redefiniendo nuestra vida cotidiana, la economía, las prioridades del Estado en los próximos años, las urgencias… Porque cuando decimos que México envejece, solemos pensar en pensiones y hospitales. Pero el fenómeno tiene un impacto mucho más amplio —y más incómodo— que eso.

    Primero, el tema de los cuidados. En un país donde históricamente el cuidado ha recaído en las familias —y dentro de ellas, en las mujeres—, el aumento de la población mayor implica una presión creciente sobre redes familiares que ya vienen debilitadas. Familias más pequeñas, menos hijos, mayor dispersión geográfica. Es decir: menos gente para cuidar a más personas durante más tiempo. El desequilibrio que se nos viene encima no es menor. Es, de hecho, uno de los puntos más frágiles de toda la transición demográfica.

    Segundo, el mercado laboral. México envejece con altos niveles de informalidad. Eso significa que millones de personas están llegando y llegarán a la vejez sin pensión contributiva, dependiendo de transferencias públicas directas —los programas sociales— o del apoyo familiar. Y aquí hay que decirlo sin rodeos: ¿habrá suficiente base contributiva para sostener a esa población en el largo plazo si no cambia la estructura del empleo? Ojo: los cambios que estamos experimentando no se quedan en lo demográfico: el impacto de la Inteligencia Artificial en la configuración del mundo laboral y en general de la economía será en breve seguramente mucho más drástico que el que en su momento ocasionó la Revolución Industrial.

    Tercero, la salud. No se trata únicamente de vivir más años, sino de cómo se viven esos años. Y me refiero a dolencias, a movilidad, a desamparo, a capacidades reducidas… El aumento en enfermedades crónicas —diabetes, hipertensión, padecimientos cardiovasculares— implica una demanda sostenida y creciente sobre un sistema de salud que ya opera con limitaciones. Y a diferencia de otros momentos de la historia, no estamos frente a epidemias que vienen y se van; estamos comenzando a vivir en condiciones que perdurarán durante décadas.

    Y hay un punto más que suele pasarse por alto: el entorno espacial. Las ciudades, tal como están diseñadas hoy, no están pensadas para una población envejecida. Banquetas rotas, transporte público poco accesible, espacios urbanos hostiles para quien tiene movilidad limitada. ¡Faltan un montón de rampas, de pasillos con pasamanos! Envejecer no ocurre en lo abstracto; ocurre en calles concretas, en viviendas específicas, en entornos que pueden facilitar o dificultar la vida diaria. El suelo, el piso, será cada día un riesgo mayor para más mexicanos y mexicanas.

    Todo esto ocurre, además, con una velocidad que nos da poco margen para la complacencia. Y hablo de margen de acción sí gubernamental, institucional, pero también familiar, personal… Ya no estamos en el terreno de las proyecciones lejanas. Está pasando ahora. México se está arrugando ahora.

    Cuando se habla de envejecimiento el error más común es tratarlo como un problema del futuro. No lo es. Es un proceso en curso que ya está reconfigurando al país. Así que conviene aceptar algo: México todavía piensa como un país joven, pero ya no lo es. O dicho con un anacronismo de baby boomer: no nos ha caído el veinte. Debemos dejar de diseñar políticas públicas, ciudades y sistemas laborales bajo esa inercia. Seguimos actuando como si hubiera tiempo. No lo hay. Porque si algo deja claro todo esto es que el envejecimiento no es, en sí mismo, el problema. El problema es llegar tarde a entenderlo. Ya nos llovió. Apenas caen las primeras gotas… y en nada estaremos empapados.

  • Ya nos llovió

    Ya nos llovió

    Más mayores / menos menores

    Según los resultados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) realizada por el INEGI en diciembre de 2024 y dados a conocer esta semana, en México hay una población de 32 millones de personas de 50 años y más. Tomando como referencia las proyecciones más recientes del Consejo Nacional de Población (CONAPO) y los resultados de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2023, para finales de 2024, la población total de nuestro país se estima en 132.3 millones de habitantes. De lo anterior se desprende que 1 de cada 4 (24.2%) tenemos una edad de 50 años o más. Somos un montón y cada vez seremos más: el grupo de personas mayores seguirá creciendo a un ritmo acelerado, mientras que los grupos de menores de 15 años continúan su tendencia a la baja: actualmente representan alrededor del 22% de la población total. O sea: ya hay más gente mayor que menores de edad en México. La base de la pirámide poblacional se está encogiendo. Históricamente, México era un país de niños; hoy, el abultamiento de la pirámide se desplaza hacia el centro y la parte superior. México está agotando la ventana de oportunidad donde la mayoría de su población está en edad de trabajar. La razón de dependencia está cambiando: antes la carga económica eran los hijos; ahora, empieza a ser el cuidado y la salud de los adultos mayores.

    Feminización del envejecimiento

    La pirámide poblacional comienza siendo mayoritariamente masculina —en México nacen aproximadamente 104 niños por cada 100 niñas— y sufre una inversión a medida que la población avanza en el ciclo de vida: entre los 20 y los 24 años, hay prácticamente la misma cantidad de varones que de féminas, y a partir de los 25 años las mujeres comienzan a ser mayoría de forma irreversible. La misma ENASEM reporta que, de la población de personas de 50 años y más, 52.8 % correspondió a mujeres y 47.2 %, a hombres. La vejez en México tiene rostro de mujer. Esto implica retos específicos, pues muchas de ellas llegan al medio siglo con trayectorias laborales informales o dedicadas a los cuidados de la familia, lo que impacta su seguridad económica en la etapa final de su vida.

    Al tiempo

    La principal causa de muerte en México es el tiempo. Chequen ustedes si no: la misma ENASEM reporta que para diciembre de 2024, los 32 millones de personas de 50 años y más, se distribuye así: entre los 50 y 59 años se concentró el porcentaje más alto y la proporción se reduce gradualmente conforme aumenta la edad. En absolutos, gente en sus cincuentas debe de haber poco más de 14.2 millones, en sus sesentas unos 9.6 millones, en los setentas alrededor de 5.4 millones, y de 80 años y más ya sólo 2.7 millones. Y, claro, ellas son mucho más longevas que nosotros: en el grupo de 80 años y más por cada 100 hombres suele haber alrededor de 130 a 140 mujeres.

    El contexto

    La proporción de la población de 50 años y más en nuestro país es ya ligeramente mayor que la del promedio mundial (~23%). Sin embargo, en el contexto latinoamericano, México se presenta más envejecido que el promedio regional (~2%). En cambio, la población estadounidense está significativamente más avejentada (~36%) que la nuestra. Claro que la situación en Europa y Japón es mucho más preocupante: por ejemplo, en países como Francia y Alemania la participación relativa supera los 40 puntos porcentuales (~40% y ~46%, respectivamente), mientras que en Japón apenas una de cada dos personas tiene menos de medio siglo de vida.

    Con todo, la cifra que arroja la ENASEM —32 millones de personas de 50 años y más— es impactante porque, aunque el porcentaje (24.2 %) parece manejable comparado con la situación en otros países, el ritmo de crecimiento de este grupo en México es de los más veloces del mundo. Lo que a Francia le tomó 100 años transformar en su pirámide demográfica, a México le está tomando apenas 30. Como sea, ya nos llovió…

  • Aumento al salario impulsó caída histórica de la pobreza en México

    Aumento al salario impulsó caída histórica de la pobreza en México

    El aumento del salario mínimo y del ingreso laboral se consolidó como la principal fuente de la reducción de la pobreza multidimensional en México durante 2024, aseguró Graciela Márquez, presidenta del Inegi, en una entrevista con Excélsior. La funcionaria destacó que este incremento no solo beneficia directamente a quienes perciben el salario mínimo, sino que también “jala” otros segmentos salariales, especialmente en la informalidad laboral.

    Además del ingreso laboral, factores como la reforma del outsourcing y las transferencias monetarias de programas sociales contribuyeron a mejorar el poder adquisitivo de los hogares, explicó Márquez, al tiempo que señaló que la informalidad continúa como un refugio ante la falta de seguro de desempleo, especialmente para mujeres y trabajadores sin acceso a seguridad social.

    Por primera vez, desde que se mide, la carencia de seguridad social se ubica por debajo del 50% de la población, lo que representa un logro histórico que refleja la tendencia a la formalización del empleo, aunque el avance es gradual. La presidenta del Inegi advirtió que sin un mercado laboral más flexible y sin apoyos como el seguro de desempleo, la población continuará recurriendo al sector informal como alternativa.

    Márquez también alertó sobre el envejecimiento poblacional, con un aumento en el sector de personas de 65 años y más, fenómeno que marca el fin del bono demográfico y que tendrá impacto en los indicadores económicos y sociales del país, exigiendo políticas públicas que se adapten a estos cambios a largo plazo.

    Finalmente, la presidenta del Inegi afirmó que el instituto enfrenta el reto de mantener la evaluación integral de la política social, ahora a cargo de sus funciones tras el extinto Coneval, y ofrecer recomendaciones basadas en evidencia, para así garantizar que los indicadores de pobreza multidimensional y laboral sigan siendo precisos, transparentes y confiables.