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  • De la hegemonía a la agonía: 97 años del PRI, un partido a punto de desaparecer

    De la hegemonía a la agonía: 97 años del PRI, un partido a punto de desaparecer

    El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que recientemente alcanzó los 97 años de existencia, atraviesa el periodo más crítico de su historia.

    Lo que alguna vez fue definido por Mario Vargas Llosa como “la dictadura perfecta” —un sistema de partido casi único que gobernó México por siete décadas ininterrumpidas— se ha transformado en una fuerza política que lucha por su supervivencia, asediada por escándalos de corrupción sistémica y una fuga masiva de cuadros hacia otras fuerzas políticas.

    La represión de 1968 y el “Halconazo”

    El momento de mayor ruptura ética entre el PRI y la sociedad civil ocurrió el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco. Bajo el mandato de Gustavo Díaz Ordaz, el Estado utilizó al ejército y a grupos paramilitares para masacrar a estudiantes que exigían libertades democráticas. Este evento no solo fue un crimen de lesa humanidad, sino que destruyó el mito del “gobierno de la Revolución” que trabajaba para el pueblo. La cifra oficial de muertos nunca fue clara, pero las estimaciones de testigos y organismos internacionales hablan de cientos de víctimas.

    Apenas tres años después, el 10 de junio de 1971, durante el sexenio de Luis Echeverría Álvarez, ocurrió la “Matanza del Jueves de Corpus” o El Halconazo. Un grupo paramilitar entrenado por el Estado, “Los Halcones”, atacó una manifestación estudiantil con armas de fuego y varas de bambú frente a la policía que solo observaba. Estos eventos inauguraron la llamada Guerra Sucia, un periodo donde el PRI utilizó la desaparición forzada, la tortura y la ejecución extrajudicial para aniquilar a cualquier disidencia política de izquierda o movimientos guerrilleros.

    La herencia de estos años es un estigma de autoritarismo que el partido jamás pudo sacudirse del todo. La figura de Luis Echeverría permaneció hasta su muerte como el símbolo de la represión sistémica, siendo el primer expresidente en ser procesado (aunque bajo arresto domiciliario) por genocidio.

    El colapso económico: “La docena trágica” y el error de diciembre

    El siglo XX priista también estuvo marcado por una gestión económica que pasó de la estabilidad del “Milagro Mexicano” al desastre absoluto por decisiones populistas y técnicas deficientes.

    Los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo (1970-1982) llevaron al país a una inflación descontrolada y un endeudamiento externo masivo. López Portillo es recordado por su frase “defenderé el peso como un perro”, solo para presenciar una devaluación histórica que pulverizó los ahorros de millones de mexicanos mientras él lloraba en su último informe de gobierno.

    Posteriormente, en 1994, el país vivió el famoso “Error de Diciembre” al inicio del sexenio de Ernesto Zedillo, pero gestado en las políticas de Carlos Salinas de Gortari. La falta de reservas internacionales y el manejo político de las variables económicas provocaron una crisis financiera que se extendió por todo el mundo, conocida como el “Efecto Tequila”. Esto derivó en el rescate bancario a través del Fobaproa, una deuda privada que el PRI convirtió en deuda pública y que los mexicanos siguen pagando hasta el día de hoy, afectando el presupuesto nacional por generaciones.

    El fraude del 88 y el magnicidio de 1994

    El sistema político del PRI se basaba en el control absoluto de las elecciones, pero en 1988 ese control fue desafiado por la corriente democrática de Cuauhtémoc Cárdenas. La famosa “caída del sistema”, operada por Manuel Bartlett (entonces Secretario de Gobernación), es el fraude electoral más documentado y cínico de la historia moderna de México. Cuando los resultados preliminares favorecían a la oposición, el sistema de cómputo se detuvo sospechosamente; al “reiniciarse”, Carlos Salinas de Gortari apareció como ganador, una mancha de ilegitimidad que persiguió a su gobierno desde el primer día.

    El año de 1994 representó el punto de quiebre violento dentro de la propia estructura del partido. El asesinato de su candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio, en Lomas Taurinas, sacudió los cimientos del país. La teoría del “asesino solitario” nunca convenció a la población, que vio en el magnicidio una purga interna o una respuesta de los sectores más conservadores del PRI (los llamados “dinosaurios”) ante las promesas de reforma del candidato. Meses después, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del partido, confirmó que el PRI estaba en una guerra intestina sangrienta.

    La quiebra ética: el sexenio de Enrique Peña Nieto

    El regreso del PRI a la presidencia en 2012, tras doce años de gobiernos panistas, fue presentado como el nacimiento de un “Nuevo PRI”. Sin embargo, este periodo se convirtió rápidamente en el catálogo más extenso de corrupción en la historia moderna de México.

    Casos como la Casa Blanca, una lujosa residencia propiedad de la esposa del presidente construida por un contratista favorecido por el gobierno, rompieron la confianza ciudadana de manera irreversible.

    A este escándalo se sumó La Estafa Maestra, un sofisticado mecanismo de desvío de recursos públicos a través de universidades públicas y empresas fantasma que involucró a múltiples dependencias federales. La percepción de impunidad se consolidó con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014, un evento que no solo exhibió la ineficiencia del Estado, sino también la colusión de autoridades locales priistas con el crimen organizado, marcando el inicio del fin para la legitimidad del sexenio.

    El costo político de estos eventos fue devastador. El partido no solo perdió la presidencia en 2018 con su peor votación histórica, sino que quedó marcado como una marca “tóxica” para el electorado.

    Los “gobernadores de la vergüenza” y el saqueo estatal

    Uno de los puntos más bajos del PRI fue la conducta de su nueva generación de gobernadores, a quienes el propio Peña Nieto llegó a llamar el “rostro de la renovación”. Personajes como Javier Duarte (Veracruz), César Duarte (Chihuahua) y Roberto Borge (Quintana Roo) terminaron en prisión o prófugos tras dejar sus estados en la quiebra financiera y sumidos en crisis de violencia.

    En Veracruz, el caso de Javier Duarte fue emblemático: se le acusó de administrar quimioterapias falsas (agua destilada) a niños con cáncer mientras desviaba miles de millones de pesos. Por su parte, César Duarte fue señalado por crear un banco propio con recursos públicos, y Roberto Borge por el remate ilegal de terrenos del patrimonio estatal a familiares y amigos. Estos nombres se volvieron sinónimos del PRI ante la opinión pública nacional.

    El desmantelamiento territorial: de 32 a 2 gubernaturas

    La pérdida de poder territorial es, quizás, el síntoma más claro de la agonía del PRI. Tras las elecciones de 2024, el partido quedó reducido a su mínima expresión histórica, conservando únicamente las gubernaturas de Coahuila y Durango. Este declive es asombroso si se considera que, hasta antes del año 2000, el PRI gobernaba todas las entidades federativas del país sin excepción.

    La debacle se aceleró con la pérdida del Estado de México en 2023, el bastión más importante, poblado y simbólico del priismo. Perder “la joya de la corona” después de casi un siglo de dominio ininterrumpido del Grupo Atlacomulco fue el golpe de gracia. Esta derrota no solo fue electoral, sino financiera, ya que el partido perdió el acceso a la mayor estructura de recursos y burocracia que le permitía operar a nivel nacional.

    Actualmente, el PRI enfrenta una crisis de relevancia en el Congreso y en los estados. Con una militancia que disminuye año tras año y la pérdida de registros locales en varias entidades, el partido ha pasado de ser el “gran elector” a un actor secundario que debe aliarse con su antiguo rival, el PAN, simplemente para no desaparecer.

    Crisis de dirigencia de “Alito” Moreno

    La figura de Alejandro “Alito” Moreno, actual dirigente nacional, representa para muchos críticos el último clavo en el ataúd del partido. Su gestión ha estado plagada de controversias, incluyendo la filtración de audios donde se le escucha hablar de supuestos pagos ilícitos a periodistas y maniobras financieras dudosas. Bajo su mando, el PRI ha perdido más gubernaturas que en cualquier otra dirigencia en la historia.

    Además de Alito, el partido ha sido lastrado por figuras como Carlos Salinas de Gortari, quien sigue siendo el villano favorito de la narrativa política mexicana, y Emilio Lozoya, cuyo proceso judicial por el caso Odebrecht ha mantenido vivos los señalamientos de sobornos para aprobar reformas estructurales. Estas figuras impiden que el PRI pueda presentarse como una opción de “cambio” o “renovación” ante un electorado que los asocia con el pasado más oscuro.

    La reciente reforma a los estatutos para permitir la reelección de la dirigencia actual provocó una fractura interna sin precedentes. Figuras históricas y exdirigentes han abandonado las filas del partido, denunciando un “secuestro” de la institución por parte de una cúpula que prioriza sus intereses personales sobre la viabilidad del proyecto político.

  • 2 de octubre: cuando la juventud se enfrentó al poder y pagó con la vida

    2 de octubre: cuando la juventud se enfrentó al poder y pagó con la vida

    Por Nathael Pérez

    Han pasado más de cinco décadas y, sin embargo, la herida sigue abierta. El 2 de octubre de 1968 no se olvida ni se perdona, pues quedó grabado como uno de los capítulos más oscuros de la historia moderna de México. Aquella tarde en Tlatelolco, lo que comenzó como una manifestación estudiantil, se transformó en un baño de sangre que cimbró al país entero.

    El movimiento estudiantil había tomado fuerza desde el verano. Obreros, maestros, amas de casa y sindicatos se sumaron a las protestas que exigían libertades democráticas, el fin de la represión y la apertura política. El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, sin embargo, lo interpretó como una amenaza directa a la estabilidad de los Juegos Olímpicos que estaban por celebrarse en la capital. Bajo ese pretexto, la maquinaria estatal decidió aplastar la disidencia.

    Al caer la tarde, la Plaza de las Tres Culturas estaba repleta de jóvenes ondeando banderas y gritando consignas, sin saber que entre la multitud se infiltraban paramilitares vestidos de civiles: miembros del Batallón Olimpia, encargados de marcar con un guante blanco a quienes debían ser blanco de la represión. Minutos después, el estruendo de las balas rompió el aire, por lo que el caos se apoderó del lugar: gritos, cuerpos cayendo, madres protegiendo a sus hijos, estudiantes corriendo sin rumbo, sangre tiñendo de rojo el suelo.

    El gobierno de Díaz Ordaz difundió su versión oficial casi de inmediato: 26 muertos, más de mil detenidos y un centenar de heridos. Pero esas cifras nunca convencieron. El Consejo Nacional de Huelga habló de al menos 190 víctimas; la UNAM calculó más de 300. Hasta hoy, nadie sabe con certeza cuántos cayeron esa noche, porque el Estado se encargó de ocultar, minimizar y justificar lo ocurrido.

    Los Juegos Olímpicos siguieron su curso, pero detrás de la fiesta deportiva y el discurso de modernidad quedaba el eco de las balas, el dolor de cientos de familias y la indignación de un país que comprendió que el poder estaba dispuesto a todo para silenciar la protesta.

    Con el paso de los años, se han desclasificado documentos, se han abierto archivos y se han erigido monumentos en memoria de los estudiantes. Sin embargo, para muchos, la justicia sigue pendiente, dado que Díaz Ordaz jamás fue juzgado, aunque su gobierno haya dejado como legado una noche de terror que aún persigue la memoria nacional.

    Luis Echeverría, entonces secretario de Gobernación, y más tarde presidente de México, cargó con la sombra de Tlatelolco hasta sus últimos días. A él se le atribuyó la represión estudiantil y enfrentó juicios por genocidio, acusado por su papel en la masacre.

    FILE – In this Oct. 3, 1968 file photo, Mexican soldiers guard a group of young men rounded up after the night that came to be known as the “Tlatelolco massacre” in the Plaza of the Three Cultures area of Mexico City. Despite the governmental Victims’ Commission’s recent acknowledgement of the massacre as a “state crime that continued beyond Oct. 2 with arbitrary arrests and torture” and a pledge for reparations, justice remains elusive. (AP Photo, File)

    A pesar de los señalamientos, Echeverría siempre negó su responsabilidad. En 1998, durante una entrevista con la periodista Lourdes Cárdenas, el exmandatario aseguró que las cifras de muertos habían sido “exageradas” y se deslindó de las decisiones del gobierno. Sus palabras, quedaron como un testimonio indoloro y una negación oficial ante uno de los episodios más desgarradores de la historia nacional.

    “Se exageró mucho la cantidad, yo sí te sé decir, creo que nunca se ha aclarado la cantidad, pero no fueron los que dijeron, eso es una exageración enorme, no fue así. Pudieron haber sido alrededor de 30 realmente yo creo y algunos soldados y algún oficial herido. Por eso en la Universidad de Michoacán cuando se pidió el minuto de silencio yo dije sí, por los estudiantes y los soldados muertos, aquí no cayó muy bien.”-Luis Echeverría

    Por su parte, lejos de mostrar una pizca de arrepentimiento, las palabras de Gustavo Díaz Ordaz destilaron cinismo, pues no solo le bastó con ordenar la represión ni con cargar sobre su gobierno la sangre de cientos de estudiantes: décadas después, se atrevió a presentar la masacre como un motivo de orgullo. Con una frialdad que hiela, el expresidente declaró:

    “Yo le puedo decir que estoy muy contento de haber podido servir a mi país en tantos cargos como lo he hecho. Estoy muy orgulloso de haber podido ser Presidente de la República y haber podido así servir a México. Pero de lo que estoy más orgulloso de esos seis años es de 1968, porque me permitió servir y salvar al país. Les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo: vida, integridad física, horas, peligros, la vida de mi familia, mi honor y el paso de nombre a la historia. Todo se puso en la balanza. Afortunadamente salimos adelante.”-Gustavo Díaz Ordaz

    Díaz Ordaz nunca habló como un hombre marcado por la tragedia, o mínimo como alguien con un poco de empatía, sino como alguien convencido de haber librado una gesta heroica. En su narrativa, el 2 de octubre jamás fue un crimen de Estado, sino que fue una supuesta “salvación de la patria”. Su soberbia no solo fue una manera de escupirle en la cara a las víctimas y a sus familias, sino que evidenció la distancia abismal que existe entre el poder autoritario y la sociedad que lo padeció.

    Desde 1968, cada 2 de octubre miles salen a las calles con una consigna que ha atravesado generaciones: “¡2 de octubre no se olvida!”. Porque aquel día no sucedió solo una matanza: fue un mensaje brutal del poder contra la disidencia, un recordatorio de lo que nunca debe repetirse.

  • Marchan a 55 años de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco  

    Marchan a 55 años de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco  

    Contingentes de activistas sociales, organizaciones sindicales y colectivos estudiantiles salieron a las calles para rememorar los 55 años de la masacre estudiantil del 2 de Octubre de 1968 perpetrada en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, a manos de elementos del ejército.

    Encabezados por estudiantes, docentes y sobrevivientes integrantes del comité 68, la movilización partió desde la Plaza de las Tres Culturas al Zócalo de la Ciudad de México, en donde concluyó con un mitin.

    Entre consignas de “Ni perdón ni olvido, castigo a los asesinos”, “No somos todos, nos faltan 43” y bajo la lluvia la marcha recorrió las distintas calles hasta llegar al Zócalo capitalino.

    Sin embargo, al arribar algunas personas encapuchadas realizaron desmanes, lanzando bombas molotov y tratando de derribar las vallas que rodean Palacio Nacional, generando un clima de tensión entre los asistentes.

    Pese a las agresiones, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Martí Batres, reportó que hubo saldo blanco durante la marcha conmemorativa de 2 de octubre.

    Cada 2 de octubre se marcha rememorar la masacre estudiantil a manos del Ejército, con el grupo paramilitar “Batallón Olimpia”.

  • Documento desclasificado revela que ex presidente priista de México, López Portillo, tenía vínculos con la CIA

    Documento desclasificado revela que ex presidente priista de México, López Portillo, tenía vínculos con la CIA

    Según un documento desclasificado por los Archivos Nacionales de los Estados Unidos, José López Portillo,Presidente de México de 1976 a 1982, fue colaborador de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés).

    El ex reportero del diario The Washington Post, Jefferson Morley reveló parte de la información del documento desclasificado.

    En dicho reporte se menciona que memorando del 29 de noviembre de 1976, un funcionario de la CIA les dijo a sus colegas involucrados en la desclasificación de los archivos del mandatario estadounidense John F. Kennedy que “el Presidente entrante de México tenía ‘control de enlace’—es decir, relaciones con la CIA—durante un ‘número de años’ y estaba informando sobre una operación conjunta de escuchas telefónicas de Estados Unidos y México (conocida como LIENVOY) que grabó en secreto llamadas en docenas de líneas telefónicas en la capital mexicana.

    López Portillo, quien murió en 2004, ocupó los cargos de Secretario de Hacienda de su amigo de la infancia Luis Echeverría entre 1973 y 1975. Su papel como enlace con la CIA no había sido revelado previamente hasta ahora.

    LIENVOY fue el nombre de la operación conjunta de escuchas telefónicas de Estados Unidos y México en la cual habría participado López Portillo.

    El periodista agregó que López Portillo es el cuarto Presidente mexicano conocido por haber tenido una relación de trabajo con la CIA. Luis Echeverría también fue un activo de la CIA durante mucho tiempo, conocido por el criptónimo “LITEMPO-8”.

    El antecesor de Echeverría, Gustavo Díaz Ordaz 81964-1970), amigo personal del jefe de estación de la CIA, Winston Scott, era conocido como “LITEMPO-2”.

    El antecesor de Díaz Ordaz, Adolfo López Mateos, también fue reclutado como fuente por Scott en 1959. Era conocido como “LITENSOR”, reveló el periodista.

    El memorando fue uno de los 422 registros gubernamentales previamente redactados relacionados con el asesinato de John F. Kennedy que se publicaron en cumplimiento del memorando de diciembre de 2022 del Presidente Biden sobre los archivos JFK.

  • A 54 años de los hechos: 2 de octubre de 1968 no se olvida

    A 54 años de los hechos: 2 de octubre de 1968 no se olvida

    El 2 de octubre de 1968, en la Ciudad de México se suscitó la más terrible matanza ocurrida en Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas, provocando la muerte de más de 300 personas por parte del Ejército y por órdenes del expresidente Gustavo Díaz Ordaz, del Partido Revolucionario Institucional (PRI) (1964-1970).

    Cronología

    El 22 y 23 de julio de 1968 ocurrieron una serie de enfrentamientos entre alumnos de las Vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por lo que el cuerpo policíaco de granaderos entra y disuelve a la turba, deteniendo a varios estudiantes y entrando a las instalaciones de dicha vocacional.

    Por lo anterior, entre el 26 al 29 de julio de 1968, varias escuelas inician un paro de labores, los granaderos y el ejército entran a varias de las escuelas. A las protestas se sumó Javier Barros Sierra, entonces rector de la UNAM, para exigir la desaparición del cuerpo de granaderos, la destitución de los jefes policiacos y el deslinde de responsabilidades en las protestas universitarias, así como pedir la retirada de los elementos policiacos de todos sus planteles.

    También, Barros Sierra en Ciudad Universitaria, condenaría públicamente los hechos, izando la bandera mexicana a media asta y con un emotivo discurso se pronunciaría a favor de la autonomía universitaria y exigiría la libertad de los presos políticos, refiriéndose a los estudiantes detenidos de la Prepa 1.

    Fue hasta el 1 de octubre de 1968, el ejército se retiró de la UNAM y el IPN.

    2 de Octubre de 1968

    Un día después, el 2 de octubre de 1968, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco para asistir a un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga (CNH), del Casco de Santo Tomás del IPN, plantel que seguía tomado por el Ejército; pero este evento se canceló luego de que Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla y Anselmo Muñoz, miembros del CNH, se reunieron con el gobierno para negociar el cese de las movilizaciones estudiantiles. Sin embargo miles de estudiantes comenzaron a llegar a Tlatelolco, donde varios de ellos tomaron la palabra para manifestar sus opiniones por alrededor de dos horas.

    Por su parte, miembros del Batallón Olimpia, cuyos integrantes iban vestidos de civiles con un pañuelo o guante blanco en la mano izquierda, se infiltraban en la manifestación hasta llegar al tercer piso del edificio Chihuahua donde se encontraban los oradores del movimiento y varios periodistas.

    A mitad de las discusiones, un helicóptero del Ejército lanzó una bengala verde y otra roja, en señal para comenzar la masacre contra estudiantes, niños, madres y vendedores que se encontraban en la zona. Todo bajo órdenes de Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del extinto Estado Mayor Presidencial (EMP) y de Marcelino Barragán, quien comandaba al Batallón Olimpia, un grupo paramilitar creado especialmente para reprimir y vigilar a los estudiantes.

    Tras dos horas de masacre, los elementos del Ejército detuvieron a varios líderes del movimiento estudiantil y los llevaron al Campo Militar Número 1, donde los mantuvieron encarcelados mientras fueron golpeados.

    Los sobrevivientes que lograron salir del lugar, pudieron ser atendidos en instituciones como la Cruz Roja y los hospitales Rubén Leñero y Balbuena, de acuerdo con la versión de la UNAM.

    Posteriormente, los militares y unidades comandados por el general Crisóforo Masón Pineda, salen de la Plaza de Tlatelolco.

    Gustavo Díaz Ordaz

    El entonces presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz defendió su decisión de reprimir a los estudiantes al decir que estos representaban un grupo de agitación y atentaban contra el orden público, salvaguardando la imagen del país ante la comunidad internacional durante los Juegos Olímpicos.

    Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, sostuvo que el Ejército intervino en Tlatelolco a petición de la policía, para sofocar un tiroteo entre dos grupos de estudiantes, quienes iban armados con metralletas.

    Juegos Olímpicos de 1968

    En la inauguración de los Juegos Olímpicos el sábado 12 de octubre de 1968, el expresidente Díaz Ordaz fue abucheado , un grupo de manifestantes que se encontraban en el estadio Olímpico Universitario lanzó sobre el palco presidencial un papalote de color negro como forma de protesta y repudio por la matanza estudiantil.

    Hoy en día, la frase “¡2 de octubre no se olvida!” es un grito en contra de la impunidad, el olvido y la amnesia colectiva. Así, lejos de perder vigencia al repetirse año tras año, se ha convertido en un gran símbolo del impacto ejemplar que tuvo en México el movimiento estudiantil de 1968.

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