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  • Hacia una universidad no neoliberal

    Hacia una universidad no neoliberal

    La universidad juega un papel fundamental en la gestión del conocimiento. El conocimiento pasa por distintas fases de un mismo ciclo, primero se genera, luego se difunde y finalmente se aplica. La universidad es pieza clave y tiene el desafío de mantener un balance en la dinámica de este ciclo del conocimiento sin descuidar ninguna de sus fases. Es en la universidad en donde se lleva a cabo gran parte de la labor de investigación científica y tecnológica de un país. La universidad genera nuevo conocimiento y cuestiona el ya existente con miras a mejorarlo. Económicamente, la universidad contribuye al producto de una nación, entre otras cosas, por el conocimiento que aporta, de ahí la importancia de impulsar a las universidades en su labor científica, académica y social. La universidad se presenta como respuesta a muchas de las interrogantes y encrucijadas que se presentan a nivel mundial en materia de desarrollo y bienestar.

    Es muy importante que las universidades mejoren en la forma en que crean conocimiento y lo dan a  conocer a la sociedad, es decir, mejorar en la forma en que el conocimiento que se genera en sus aulas, laboratorios y centros de investigación llega a la comunidad que los envuelve, y no me refiero sólo a los pares investigadores o colegas científicos de distintas disciplinas, no me refiero únicamente a la difusión de sus resultados de investigación entre pares, de una forma horizontal, sino a una divulgación de este conocimiento también de forma vertical, que trascienda las fronteras del tecnicismo y de la jerga disciplinar y que permita llegar a una mayor cantidad de población, a las masas de la sociedad, que le llegue al pueblo de una forma simple y cotidiana.

    Un reto al que se enfrentan las universidades es el de encontrar los canales de comunicación y de transmisión efectiva de este conocimiento y cumplir con su compromiso social. En ocasiones, quizás por una falta de orientación y rumbo (tal como ha ocurrido en el periodo neoliberal), las propias universidades son víctimas de la trampa del conocimiento y de forma arrogante separan la ciencia de la sociedad olvidando con ello que, desde su naturaleza, el conocimiento es social, parte de la sociedad y llega a la sociedad, es decir, es la sociedad el principio y el fin del propio conocimiento. 

    La labor de la universidad en la generación de conocimiento es ardua y permanente. Son abundantes los recursos que se necesitan para que la labor de las universidades se lleve a cabo de manera efectiva al interior de una sociedad. Cumplir a plenitud con estos objetivos requiere de talento y de libertad entre sus dirigentes y sus autoridades (todo lo contrario de lo que ocurre en la UNAM), talento para diseñar estrategias que los lleven al éxito de su plan institucional y libertad para no caer en intereses de grupos de poder que privilegien los intereses supremos de la ciencia y de la generación de recursos humanos de alta calidad. Para ello se requiere tener conciencia del importante papel que juega la universidad como punta de lanza del desarrollo, no sólo al interior de la misma, entre sus agremiados, sino fuera de esta, es decir, entre la misma sociedad, entre el pueblo raso, el ciudadano común. Es mediante una visión abierta a la sociedad en la que se puede incentivar la mejora continua, la transparencia y la rendición de cuentas. Es en el cumplimiento de sus objetivos fundamentales y en la presentación de sus resultados medibles y palpables en donde en términos reales la sociedad puede evaluar el papel de la universidad y juzgar su éxito o su fracaso (si medimos con esta vara sabremos que muchas de las universidades del centro del país y del interior de la república han fracasado en su intento por hacerse llamar la “máxima casa de estudios”).

    Es muy importante que la universidad no neoliberal se evalúe a sí misma desde una posición de honestidad y que en contraste con los resultados de sus pares, ya sea a nivel local, regional, o incluso nacional e internacional, se ubique en la posición que le corresponde en materia de generación de nuevo conocimiento y desde ahí, tome medidas para una mejora continua, mejora que en ocasiones demanda decisiones radicales en la forma de operar y de gestionar sus recursos, es decir, es desde el reconocimiento de las posibles falencias desde donde se puede mejorar de forma real y verdadera, sin simulaciones. En ocasiones las propias universidades llevan a cabo malas prácticas y de forma coludida y en contubernio con las agencias certificadoras hacen como que “cumplen a plenitud” con los “estándares”, en donde se preocupan más por “pasar” la evaluación que por cumplir en términos reales con las necesidades básicas que requieren sus docentes para la investigación, o con las necesidades de infraestructura o de material de trabajo que requieren sus alumnos para brindarles un espacio digno de enseñanza y aprendizaje.  

    La universidad no neoliberal requiere tener como prioridad brindar a sus estudiantes un espacio libre de corrupción y ser un referente ético. Si en una universidad se llevan a cabo actos de corrupción, la universidad pierde con ello la calidad moral de brindar a sus estudiantes una educación honesta con principios y valores, se requiere enseñar con el ejemplo. Los mismos estudiantes son autocríticos y se dan cuenta, ellos pueden distinguir la hipocresía de sus autoridades y la falta de congruencia entre los resultados de las certificadoras y su realidad educativa, esto provoca en los propios estudiantes una baja autoestima y una falta de credibilidad en la gestión de sus directores de facultad, coordinadores o jefes de departamento. Frente a estas malas prácticas, más allá de aliarse, las autoridades se separan de la comunidad universitaria hasta conformar una élite. Es muy recurrente encontrar que tanto en universidades públicas como en universidades privadas lleguen autoridades que más allá de fortalecer los principios universitarios, se dediquen a cometer delitos que le cuestan en su prestigio a toda la comunidad universitaria, estudiantes y egresados, por ejemplo, autoridades que cometen delitos de enriquecimiento ilícito, desvío de recursos, lavado de dinero, tráfico de influencias, nepotismo, influyentísimo, corrupción, entre otros (véase como ejemplo la lista de universidades que aparecen en “La Estafa Maestra”). 

    En ocasiones, las mismas universidades supuestamente “certificadas en calidad educativa” son las mismas que presentan bajos salarios para su personal, contrataciones temporales y condiciones laborales injustas e indignas, aulas de clase deterioradas, falta de insumos básicos (copias, impresiones, plumones, proyectores, etc.), bibliotecas desactualizadas, profesores poco preparados, falta de mobiliario, carencia de personal de limpieza, insumos de higiene y sanitarios, falta de seguridad en el plantel, necesidades de infraestructura tecnológica (equipos de cómputo, softwares, acceso a revistas especializadas y otros recursos electrónicos), falta de revistas científicas y de divulgación propias de la universidad por facultad y disciplina, ausencia de espacios de recreación y de formación continua, falta de cubículos docentes y espacios para el asesoramiento y la regularización de estudiantes, así como la carencia de personal para identificar el talento universitario o para tratar alumnos con necesidades educativas especiales o para atender estudiantes que padecen racismo, clasismo, discriminación, o que son víctimas de violencia o son excluidos por su idioma o por su dialecto, o por su cultura, religión o tono de piel, entre otros.

    El concepto de “calidad de la educación” a nivel universitario requiere ser replanteado. Por ejemplo, un estudiante de calidad requiere un docente de calidad, es decir, un docente que sea mediador entre el conocimiento que genera y el conocimiento que le brinda a su alumnado, de ahí la importancia de que los docentes se involucren en actividades de investigación científica y que su formación alcance los mayores niveles de estudio posible, para este propósito la universidad requiere brindar todas las condiciones al docente para una mejor formación, una formación continua de aprendizaje, de un aprendizaje y formación profunda de su disciplina, no meramente una “capacitación” técnica o instruccional (como con cursos básicos de manejo de office o cursos de manejo de estrés en el aula de clases), no, sino de un conocimiento serio y formal, con la didáctica y la andragogía que demanda la enseñanza y el aprendizaje de su propia disciplina, es aquí donde se privilegia, además de la creación del conocimiento, su difusión, la habilidad del docente de difundir entre sus colegas los resultados de su investigación y de tomar retroalimentación para su perfeccionamiento e impartir su disciplina entre sus estudiantes con nuevas y mejores formas de enseñanza. 

    El docente universitario de una universidad no neoliberal requiere desarrollar la habilidad de crear nuevo conocimiento, de difundirlo y de divulgarlo. No cabe la idea de que, por un lado, en una localidad se cuente con una “universidad de calidad” si únicamente se limita a la formación de recursos humanos y a la publicación de investigaciones en revistas indexadas y que, por otro lado, la sociedad que envuelve a ese centro de estudios viva en condiciones de miseria, o en pobreza extrema, o que la mayor parte de la población sea víctima de una concentración del ingreso desmedida. La universidad no neoliberal no puede ser espectadora de las injusticias sociales, de contemplar la marginación y exclusión de la población más vulnerable, por el contrario, requiere tener una visión incluyente y tener la convicción de ayudar a los demás con los recursos con los que cuenta, más allá de una responsabilidad social, tiene un compromiso de apoyar el alcance de los objetivos de desarrollo y mejorar la calidad de vida de las personas en el corto, mediano y largo plazo. Es en este punto que después de generar conocimiento y difundirlo, busque alternativas para su aplicación, para “aterrizar” o “descodificar” todo lo que se encuentra en la teoría al terreno de lo real, no contemplar sino incidir en la realidad para tener un impacto profundo y favorable en la sociedad. 

    Al día de hoy, lamentablemente las propias universidades suelen ser parte en muchas ocasiones de una trama privatizadora y no socializadora de conocimientos, sobre todo cuando obedecen a intereses de una cúpula ya sea universitaria, sindical, política o empresarial. Una universidad no neoliberal requiere establecer vínculos “hacia afuera” pero privilegiando la autonomía universitaria y permitiendo expandir el impacto que esta pueda tener en la calidad de vida de su población. Atender cada una de las partes del ciclo de conocimiento requiere de una supervisión por parte de las autoridades de la universidad, sobre todo de personal con liderazgo y visión a futuro (como dice nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, pensar en la siguiente generación no en la siguiente elección), dado que los procesos de desarrollo requieren de tiempo para su maduración. No resulta conveniente para los planes de desarrollo universitario el cambio de autoridades que obedezcan a vulgares intereses políticos o de alguna planilla en el poder, cuando eso ocurre, es síntoma de que la universidad se encuentra cooptada por intereses que sobrepasan el interés universitario de la propia comunidad (Véase el caso de la UdeG). 

    No se puede hablar de calidad en la educación si no se cuenta con personal honesto, sino se establecen lazos con la sociedad que permitan resarcir los graves problemas nacionales. En ocasiones los docentes universitarios se suelen limitar en su campo de acción, es decir, se limitan a dar clase para cumplir con su horario, o a publicar en una revista para atender las evaluaciones a su producción científica, descuidando el impacto social que su conocimiento puede llegar a tener en los grandes problemas del país. Estas limitaciones suelen justificarse dentro del claustro de profesores por distintas razones, incluso adjudicándolas a su propia “formación”, lo cierto es que no encuentran la manera de “descodificar” ese conocimiento teórico para llevarlo a un terreno empírico de mayor impacto (como dice AMLO, tienen que “subirle el nivel”), este tipo de docentes requieren de una mayor orientación y apoyo en sus actividades académicas para brindarles alternativas a su labor docente y que esta no sea limitativa a solo un plano profesor-alumno, por el contrario, que el docente se presente como un agente de cambio junto con el propio estudiante. 

    Está ampliamente documentado la crisis en el aprendizaje que nos ha traído esta pandemia, hoy más que nunca requerimos de los docentes universitarios fuera del aula de clases (más territorio y menos escritorio), hoy más que nunca requerimos de universidades de puertas abiertas, empáticas con los problemas graves de la humanidad, hay toda una agenda pendiente con la desigualdad económica que se vive a niveles globales y con el resarcimiento al daño que le hemos hecho al medio ambiente. La pandemia del Covid-19 ha dejado estragos en la población más vulnerable, las universidades requieren resaltar su lado humano y con ello su labor humanitaria, en ocasiones cometemos el error de dejarle esta labor a disciplinas como el trabajo social o a las humanidades, por el contrario, tenemos que apoyarlas y tomar estas como disciplinas transversales para que podamos llevar el conocimiento a un trabajo de campo. No podemos volver a cometer el error de seguir separando la ciencia de la sociedad, ni tampoco de excluir a la sociedad de los beneficios de la ciencia. 

    Hasta el momento la universidad que no cumple con el ciclo de conocimiento propuesto, requiere entonces reestructurar la forma en que gestiona sus recursos, en otras palabras, si el saldo de los resultados a nivel social es negativo, entonces requiere replantear su forma de operar y de manejar los recursos con los que cuenta. Hacer una mejor revisión de los insumos y resultados obtenidos le permitirá cambiar de estrategia, requerirá también de una oficina que guarde vinculación con la atención de las demandas sociales de la ciudadanía. Un esquema de incentivos al personal docente apoyaría esta labor social, estamos hablando de incentivos económicos que apoyen también la economía familiar del profesorado, amén de revisar sus propios términos de contratación y terminar de una vez por todas con las condiciones indignas, de explotación y tercerización que padece el personal docente contratado por asignatura o por tiempo definido de forma temporal y con esa incertidumbre de saber que esta un ciclo escolar pero el próximo quizás ya no. 

    La universidad no neoliberal puede contar con un área especializada y que se dedique exclusivamente en monitorear y medir el impacto que esta tiene en el bienestar y en el desarrollo de la localidad, de la misma manera puede llevar a cabo el monitoreo de la contribución que esta realiza al alcance de los objetivos de desarrollo a escala local, nacional e internacional. Por ejemplo, de los grandes problemas que demandan atención inmediata puede tener el registro de cómo es que la universidad apoya al logro de garantizar el cumplimiento de los derechos fundamentales; o monitorear de qué forma la universidad impacta en darle cumplimiento a una mayor justicia social, o a reducir la corrupción y combatir la impunidad; o bien apoyar a la población vulnerable, a mejorar la democracia, o mejorar el análisis de información y distinguir las noticias falsas, etc., en términos generales, se trata de apoyar a la humanización de la sociedad que tanta falta hace.

    Finalmente, hoy la universidad tiene la oportunidad de despojarse de una vez por todas del ropaje neoliberal y migrar hacia una universidad no neoliberal, de retomar el ciclo del conocimiento y de generar esta sinergia que permita resarcir los graves problemas que enfrenta la humanidad. Debe dejar viejos paradigmas y empezar a pensar y pensarse en su papel humanista de ahora en adelante, vislumbrar un futuro más prometedor donde ésta sea el centro y motor del desarrollo, mirarse a sí misma y ponerse como meta, por ejemplo, que no debiera haber pobreza donde haya una universidad, no debiera haber desigualdad donde hay una universidad, la universidad no neoliberal requiere adoptar todos estos problemas y hacerlos propios y atenderlos con humildad, honestidad, valor y vocación, características que distinguen a un humanista. Se va requerir de cambios y de replantear sus contenidos curriculares, pero esto es así, cambios continuos y revolucionarios, nos lo demanda la realidad. No hay cabida para la pasividad, ya no basta con únicamente “dar clase”, eso quedo en el pasado, la universidad no neoliberal requiere ser transformadora y de aquí en adelante ser punta de lanza de la justicia social y pilar fundamental del bienestar. 

  • 10 de junio del 71. Un movimiento surgido en Nuevo León

    10 de junio del 71. Un movimiento surgido en Nuevo León

    El 10 de junio de 1971 prevalece en la memoria del pueblo de México como un hito en la larga lucha por nuestras libertades. Los trágicos acontecimientos de San Cosme donde perdieron la vida y desaparecieron decenas de estudiantes que se solidarizaban con la huelga de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), confirmaron la decadencia del régimen del PRI- Gobierno iniciada en 1968.

    En 2021 se cumplieron 50 años de aquellos sucesos también conocidos como “El Halconazo”, pues a diferencia del 68 no fueron directamente los militares los artífices de la violencia de Estado sino un grupo de choque paramilitar vestido de civil preparado material e intelectualmente en los sótanos del poder.

    La pandemia de Covid no permitió la realización de grandes movilizaciones en conmemoración del cincuentenario de los estudiantes caídos por sus ideales; pero este 2022 comienzan a retomarse las actividades públicas, y el reciente aniversario ha devuelto el protagonismo de aquel movimiento y la demanda vigente de justicia contra la impunidad.

    En este contexto, la Universidad Iberoamericana ha publicado el libro 10 de junio no se olvida: organización estudiantil, narraciones y memoria del Halconazo de 1971, coordinado por Marisol López Menéndez, Jorge Mendoza García y Amílcar Carpio Pérez, que hoy es preciso visitar.

    La obra es una revisión integral y multidisciplinaria del 10 de junio de 1971, el movimiento estudiantil, su narrativa y contexto. Consta de los capítulos: “10 de junio, entre la memoria y el olvido” de Yllich Escamilla Santiago; “Los gorilas, soportes de la sensibilidad estudiantil frente a las fuerzas represivas del Estado (1968, 1971)” de Carlos Enrique Torres Monroy; “Archivos de la memoria de 1971: La reconstrucción desde el mimeógrafo” de Alfonso Díaz Tovar y Valentín Albarrán Ulloa; “Sociabilidad política y asociaciones estudiantiles: el Halconazo y la organización de los comités de lucha” de Amílcar Carpio Pérez; “Tiempo público y narrativa martirial. Reflexiones sobre la muerte de Rafael L. Márquez” de Marisol López Menéndez; “Narrando y recordando el Halconazo de 1971 en México medio siglo después” de Jorge Mendoza García; “¡Ay dios mío, no los vayan a golpear otra vez!”, El 10 de junio de 1971 en el cine mexicano” de Miguel Ángel García Mani; “Diez de corpus”. Evocaciones a la masacre del 10 de junio” en una canción de José de Molina de

    Rigoberto Reyes Sánchez; “¡La lucha de Nuevo León es la lucha por la democracia!”, de Edna Ovalle Rodríguez; “Los Comandos Armados del Pueblo y el 10 de junio” de David Cilia Olmos; y “Ayotzinapa en el marco del 10 de junio de 1971” de Pedro Ortiz Oropeza y Alba Martínez Carmona.

    Como podemos observar esta compilación posibilita revisitar el 71 desde diversos ángulos y enfoques, no solo políticos, sino también culturales como la música y el cine.

    En este caso recuperamos algunos puntos del artículo “¡La lucha de Nuevo León es la lucha por la democracia!” de Edna Ovalle Rodríguez, pues es importante reseñar que los acontecimientos de 1971 en gran medida surgen del movimiento estudiantil en tierras regias, en la UANL.

    Como señala un texto de la CNDH: “A finales de la década de 1960, en la UANL profesores como estudiantes presentaron una ley orgánica donde se proponía un gobierno paritario. Gracias a ésta llegó a la rectoría Héctor Ulises Leal Flores en 1971. En total desacuerdo, el gobierno redujo los presupuestos y obligó al Consejo Universitario a aprobar un nuevo proyecto de ley donde se suprimía la autonomía de la universidad. Por ello, los estudiantes salieron a las calles a manifestar su descontento y, quienes integraban el comité estudiantil, pidieron a las demás universidades del país su apoyo. Tanto la UNAM como el IPN respondieron, decidieron unirse y realizar una manifestación masiva el 10 de junio de 1971.” (CNDH). El movimiento de la UANL desembocó en una huelga que fue desalojada por el gobierno del estado, hecho que significó el proemio de que los estudiantes de la capital del país volvieran a salir a las calles después de los traumáticos y dolorosos sucesos de la represión del 2 de octubre de 1968.

    Nos narra Edna Ovalle: “Sabemos que, en las asambleas estudiantiles previas a la marcha, la discusión de asistir o no fue controvertida. Salir a las calles para manifestarse no era nada fácil después de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Para algunos dirigentes estudiantiles no resultaba muy prudente u oportuno, por lo que la decisión fue polémica; se discutieron pros y contras para, finalmente, decidir impulsar y acudir a la marcha con las siguientes demandas, como lo informa un volante del CoCo, dirigido a obreros y estudiantes: democracia sindical, libertad inmediata e incondicional de todos los presos políticos del país, democratización de la enseñanza, apoyo a los estudiantes y maestros de Nuevo León y rechazo a la reforma educativa antidemocrática, entre las más importantes. Al revisar la propaganda emitida antes y durante la marcha, se observaron variantes en las demandas de acuerdo con cada escuela; sin embargo, todas coinciden en un objetivo: apoyar a los universitarios de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).”

    En su texto Ovalle reconstruye los sucesos del 71, y la relación del movimiento de la UANL con los estudiantes de la UNAM y de las instituciones de educación capitalina desde el hallazgo de un volante: “Entre las hojas de un libro adquirido en una librería de segunda mano en la Ciudad de México, apareció un documento cuyo encabezado decía: ¡¡La lucha de Nuevo León es la lucha por la democracia!! Era un volante tamaño carta, impreso por ambos lados, en papel revolución, escrito en máquina mecánica e impreso mediante esténcil de cera en un mimeógrafo. El documento estaba maltratado, pero era legible, a pesar de haber sido elaborado casi medio siglo atrás. Se trataba de un volante firmado por el Comité de Lucha de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, fechado en la Asamblea General el lunes 7 de junio (1971) donde seguramente se discutieron los pros y los contras de la participación estudiantil en la marcha del 10 de junio”. En aquella época donde el contexto de la comunicación era diametralmente diferente a hoy en día, resalta que, a través de volantes y medios de comunicación alternativos, los estudiantes lograron comunicarse e integrarse, para sacudirse el miedo, volver a participar por sus ideales y organizarse en un frente inter universitario que de no haber sido por la brutalidad del gobierno se hubiera convertido en un movimiento nacional emergente.

    Como sintetiza Ovalle: “La estrategia de engaño y simulación del gobierno de Luis Echeverría intervino arteramente para mediatizar, confundir y negociar el conflicto regiomontano que se perfilaba como la posibilidad de una reactivación del movimiento estudiantil. En Monterrey, entre tanto, la desmovilización, la represión, la negociación de espacios de poder y el cansancio de los diferentes actores del movimiento estudiantil actuaron en contra. La represión a la marcha del 10 de junio fue la puntilla para las aspiraciones de democracia de muchos activistas universitarios, mostró el lado más oscuro del régimen y facilitó el paso al inicio de otro capítulo de la historia nacional”.

    A la luz de no olvidar los hechos del 71 para redimir con nuevas voces, nuevas luchas, nuevos rostros la alegría e imaginación de los jóvenes caídos en las calles y que soñaron con un país de igualdad, fraternidad y libertad, el libro 10 de junio no se olvida: organización estudiantil, narraciones y memoria del Halconazo de 1971 es un mosaico de todas las tonalidades, imprescindibles para comprender que los cambios sociales de hoy, tienen un anclaje con quienes incluso ofrendaron su vida, palabra y acción.