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  • Del curul al caos: el día que el “dipuhooligan” tomó el Congreso

    Del curul al caos: el día que el “dipuhooligan” tomó el Congreso

    Lo ocurrido en el Congreso de la CDMX el pasado 21 de enero provocó mucho de qué hablar dentro de la política capitalina. El hecho de que un diputado suplente impulsara y promoviera una agresión física en contra de un legislador, además de tomar las puertas del Congreso para impedirle el paso, remite más a actos propios de hooligans que a la conducta esperada de un político; de ahí el apodo de “dipuhooligan” que la jerga política le ha impuesto. 

    Lo que debía ser un relevo institucional terminó convertido en un episodio de tensión y violencia dentro del Congreso de la Ciudad de México. Ese día, el recinto legislativo de Donceles fue escenario de empujones, gritos y agresiones, luego de que Víctor Hugo Lobo Rodríguez se negara a dejar la curul que ocupaba de manera provisional y utilizara la fuerza para intentar conservarla. 

    En una línea de tiempo de lo ocurrido en el Congreso capitalino, desde muy temprano Lobo Rodríguez llegó al Palacio de Donceles, pese a que un día antes ya se le había retirado el escaño. Poco a poco comenzaron a arribar personas convocadas por el hijo del experredista, con la finalidad de ejercer presión para que el “dipuhooligan” se mantuviera como diputado. Cerca de las 10:30 horas, el diputado titular llegó al lugar; sin embargo, las personas apostadas a las afueras del Congreso lo recibieron con golpes, gritos y jaloneos. 

    El ambiente escaló rápidamente y se volvió tenso, pues personas que apoyaban al diputado de Morena, Gerardo González García, chocaron con los convocados por Lobo Rodríguez. En las escalinatas del recinto se registraron empujones y confrontaciones físicas. El propio Gerardo González García fue agredido cuando intentaba ingresar al pleno, recibiendo golpes y daños en su ropa, hecho que generó indignación entre legisladores y observadores. 

    La escena contrastó con la responsabilidad que se espera de un representante popular. De manera porril, Lobo Rodríguez se apostó en las puertas del recinto legislativo para cerrarlas con candado. En lugar de privilegiar el diálogo o los mecanismos legales, la disputa se trasladó al terreno de la fuerza y el espectáculo, afectando el desarrollo de las labores legislativas y la imagen del Congreso capitalino. 

    Pese a los intentos por impedirlo, el desenlace fue inevitable. Víctor Hugo Lobo Rodríguez perdió la curul y fue retirado del recinto, quedando el episodio como un precedente negativo para la vida parlamentaria local. 

    El impacto político del hecho no se limitó al exdiputado. También alcanzó a su padre, Víctor Hugo Lobo Román, exalcalde de Gustavo A. Madero y líder de un grupo político que en otros momentos tuvo peso territorial. Hoy, ese grupo enfrenta un evidente debilitamiento: sin posiciones clave, sin aliados relevantes y con un creciente desgaste público. 

    Dentro de Morena, partido al que han estado vinculados, el episodio reforzó las críticas hacia prácticas como el uso de suplencias para retener el poder y el control familiar de cargos públicos. Lejos de sumar, el apellido Lobo aparece ahora asociado a conflictos y a un estilo político que muchos consideran superado. 

    Más allá del escándalo, el episodio deja una lectura de fondo: la pérdida de relevancia de un grupo político que no logró adaptarse a un nuevo contexto. En política, las derrotas pueden superarse, pero la indiferencia suele ser el golpe más difícil de revertir. 

    El ahora conocido en la política capitalina como “dipuhooligan”, Lobo Rodríguez, había llegado al Congreso como diputado suplente. Sin embargo, al concretarse el regreso del legislador propietario, Gerardo González García —quien tenía el derecho legal de retomar su escaño—, la transición no se dio por los cauces institucionales, aunque fue respaldada por el presidente del Congreso, Jesús Sesma.