La presidenta de Perú revive las expulsiones escolares y prohíbe el cabello largo y maquillaje; críticos ven un enfoque de castigo, no de formación.
La presidenta Keiko Fujimori anunció el regreso de las expulsiones en los colegios con una frase que resume su visión: “Los más malcriados no van a estar en las aulas”. Los nuevos lineamientos de disciplina escolar, prepublicados en el diario El Peruano, contemplan suspensiones, matrícula condicional y expulsión definitiva para quien acumule tres suspensiones al año o cometa una falta muy grave. Para justificarlo, dijo que no se puede perturbar a “la gran mayoría” por “unos pocos”.
El enfoque llama la atención por lo que prioriza. Mientras la mandataria habla de mano dura, el texto destaca reglas sobre la apariencia: los varones deberán llevar el cabello corto y estará prohibido teñirse el pelo o usar maquillaje. Es difícil explicar cómo el largo del cabello de un estudiante mejora su aprendizaje o su convivencia. Además, expulsar a un menor no resuelve el problema de fondo: lo saca de la escuela, justo el espacio que podría ayudarlo, y lo deja más expuesto a la calle y a la deserción.
También hay una contradicción en el discurso. Fujimori dice que la víctima de acoso no debe terminar dejando el colegio mientras el agresor se queda, y en eso tiene razón. Pero un reglamento centrado en castigar no ofrece, según lo presentado, un plan visible de apoyo psicológico, prevención de la violencia ni atención a las causas de la conducta, como la pobreza, la violencia en casa o la falta de acompañamiento familiar. Sancionar es más barato y más rápido que formar.
La comparación con México deja ver otra manera de entender la escuela. El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha presentado como humanista: sostiene que la educación es un derecho y que el Estado debe retener a niñas, niños y jóvenes en las aulas, no expulsarlos. Esa es la postura que se contrasta aquí: mientras Perú pone el acento en separar a quien “se porta mal”, la visión humanista pone el acento en acompañar, corregir y educar sin renunciar a nadie.

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