El escándalo de la lencería en la Capilla de la Emperatriz resurge ante las recientes críticas por una imagen de Inteligencia Artificial.
El pasado siempre regresa para cuestionar el presente. Recientemente, una imagen digital de una mujer en un balcón de Palacio Nacional desató la furia de varios sectores. Estos críticos denuncian una supuesta degradación de la sede presidencial. No obstante, olvidan un episodio de cinismo puro que ocurrió bajo los techos del mismo edificio bajo el mandato de Enrique Peña Nieto.
En 2018, la modelo Katya Vega convirtió un recinto sagrado para la historia en un set fotográfico. La joven posó en ropa interior sobre un piano de cola dentro de la Capilla de la Emperatriz. Este espacio no es un cuarto cualquiera; alberga el Fondo Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda. El uso de un monumento histórico para fines de exhibicionismo erótico fue una bofetada a la dignidad nacional.
Un permiso otorgado desde el poder
Aquel acto no fue una filtración ni un descuido tecnológico. Para realizar esa sesión, la modelo necesitó acceso, tiempo y logística. Las autoridades de aquel entonces permitieron que un patrimonio de todos los mexicanos se usara como estudio privado. Hubo negligencia clara y una falta de respeto total hacia los símbolos patrios.
En contraste, la imagen que hoy causa escándalo parece ser producto de la Inteligencia Artificial. A pesar de ser un montaje digital, el ruido mediático es ensordecedor. Los mismos personajes que ayer callaron ante el uso físico y real del Palacio, hoy exigen castigos por un video inexistente. Esta conducta revela una indignación de conveniencia.
La indignación como arma política
La crítica actual carece de memoria. Resulta contradictorio ignorar una sesión de fotos real en una biblioteca histórica y enfurecerse por un algoritmo. Aquella “Lady Lencería” desnudó la fragilidad de la vigilancia en el gobierno priista. Hoy, el debate no busca proteger el patrimonio, sino atacar la gestión vigente.
El silencio de 2018 pesa hoy más que nunca. La verdadera ofensa no está en los pixeles de una computadora, sino en el permiso oficial para profanar la historia. Al final, los muros de Palacio Nacional guardan el recuerdo de quienes permitieron el exceso y de quienes hoy fingen sorpresa.


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