Etiqueta: Carlos Mendoza

  • El bloqueo a Cuba

    El bloqueo a Cuba

    En días recientes, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a colocar en la conversación pública un tema que durante décadas ha sido tratado con una mezcla de hipocresía internacional y silencio conveniente: el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba.

    El exmandatario mexicano pidió nuevamente que se ponga fin a esa política que, más que una herramienta diplomática, se ha convertido en un castigo colectivo contra un pueblo entero. No es una exageración. El bloqueo, vigente desde hace más de seis décadas, ha sido diseñado para asfixiar económicamente a la isla con un objetivo político muy claro: provocar el colapso del sistema socialista cubano.

    La hostilidad permanente contra Cuba no tiene que ver únicamente con diferencias ideológicas; tiene que ver con el peligro simbólico que representa para el capitalismo global que un pequeño país del Caribe haya logrado sostener un proyecto socialista durante más de medio siglo, a pesar de las presiones externas.

    Porque, si algo demuestra la historia de Cuba, es que el socialismo no ha sido derrotado por sus fracasos internos, sino que ha tenido que resistir un cerco económico permanente impulsado por la mayor potencia del planeta.

    Pensemos por un momento en lo absurdo de la situación: un país de poco más de once millones de habitantes enfrenta sanciones financieras, comerciales y tecnológicas de la economía más poderosa del mundo. Se le limita el acceso a medicamentos, financiamiento internacional, tecnología y comercio global. Y aun así, Cuba ha logrado construir algunos de los sistemas sociales más avanzados de América Latina.

    La isla caribeña tiene uno de los sistemas de salud pública más reconocidos del mundo, una esperanza de vida comparable con la de países desarrollados y un modelo educativo que logró erradicar el analfabetismo desde los primeros años de la Revolución.

    Mientras muchos países del continente siguen luchando por garantizar servicios básicos a su población, Cuba ha enviado miles de médicos a distintas regiones del mundo en misiones de solidaridad internacional.

    Ese es, precisamente, el gran problema para el discurso anticomunista: cuando el socialismo muestra resultados concretos en materia de salud, educación o bienestar social, el relato de su inevitable fracaso se debilita.

    El bloqueo no es solamente una sanción; es una herramienta de guerra económica que busca generar escasez, descontento social y desgaste político. La lógica es brutalmente simple: si la población vive bajo presión constante, eventualmente culpará al sistema político. 

    Aun así, la isla ha resistido. Y esa resistencia explica por qué el caso cubano sigue siendo tan incómodo para Washington y para los defensores más radicales del libre mercado: demuestra que incluso bajo condiciones extremas un proyecto socialista puede sobrevivir, adaptarse y mantener logros sociales significativos.

    Por eso el llamado de López Obrador no debería interpretarse solo como un gesto diplomático, sino como una postura ética frente a una política que la propia comunidad internacional ha condenado durante décadas.

    Año tras año, en la Asamblea General de Naciones Unidas, la inmensa mayoría de los países del mundo vota a favor de poner fin al bloqueo. Año tras año, Estados Unidos decide ignorar ese consenso global.

    La pregunta entonces es inevitable: si el socialismo cubano es tan inviable como dicen sus críticos, ¿por qué ha sido necesario bloquearlo durante más de sesenta años?

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  • Messi…tan lejos de Maradona

    Messi…tan lejos de Maradona

    En el fútbol contemporáneo existe una tentación permanente por separar el talento de la política, como si los grandes ídolos del deporte vivieran en una especie de burbuja neutral. Sin embargo, la historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario: las figuras más grandes siempre terminan siendo símbolos políticos, lo quieran o no.

    En ese contraste inevitable aparece la comparación entre Lionel Messi y Diego Armando Maradona. No es una comparación futbolística —que suele monopolizar el debate— sino política.

    Maradona nunca escondió de qué lado estaba. Fue un futbolista extraordinario, pero también un personaje profundamente político. Criticó abiertamente a la FIFA, denunció la corrupción que rodea al negocio del fútbol mundial y se alineó sin ambigüedades con proyectos de izquierda en América Latina. Su cercanía con Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales no era una pose mediática: respondía a una visión del mundo que asumía el deporte como un espacio atravesado por el poder, el dinero y la desigualdad.

    Maradona entendía que el fútbol global estaba dominado por una lógica corporativa donde los jugadores se convierten en mercancía y las federaciones en negocios multimillonarios. Por eso su crítica a la FIFA era frontal. No era solo la rabia de un exjugador sancionado; era la intuición política de alguien que sabía que el fútbol moderno había sido capturado por intereses económicos gigantescos.

    Lionel Messi, en cambio, representa el reverso de esa figura. El capitán de la selección argentina ha construido una imagen pública cuidadosamente despolitizada. Su discurso rara vez roza cualquier tema social o político. Sin embargo, esa supuesta neutralidad también tiene implicaciones políticas. En un mundo atravesado por conflictos, desigualdades y disputas ideológicas, el silencio no es neutral: suele favorecer al orden establecido.

    Su cercanía mediática o simbólica con figuras de la derecha global, como Donald Trump, no puede leerse simplemente como una casualidad dentro del espectáculo deportivo. Forma parte de la red de poder que rodea al fútbol contemporáneo: empresarios, marcas, dirigentes y políticos que utilizan el deporte como plataforma de legitimación.

    Messi es el producto perfecto del fútbol corporativo del siglo XXI. Un talento gigantesco, cuidadosamente protegido por patrocinadores, clubes y estructuras comerciales que prefieren ídolos silenciosos antes que figuras incómodas.

    Maradona fue exactamente lo contrario: un genio caótico, indomable, que incomodaba a los poderosos porque hablaba demasiado y porque tomaba partido.

    Para buena parte de la izquierda latinoamericana, Maradona representó algo más que un futbolista extraordinario. Encarnó la posibilidad de que un ídolo popular utilizara su voz para cuestionar al poder global, desde la FIFA hasta la geopolítica internacional. Era contradictorio, excesivo y profundamente humano, pero también profundamente político.

    Messi, en cambio, parece encajar mejor en el fútbol convertido en industria global: un deporte que mueve mucho dinero, que organiza mundiales en países autoritarios y que prefiere la neutralidad estética antes que la crítica incómoda.

    No se trata de exigirle a Messi que sea Maradona. Cada época produce sus propios símbolos. Pero sí conviene recordar que incluso el silencio, incluso la neutralidad, también dicen algo sobre el lugar que se ocupa en el mundo.

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  • El Mencho

    El Mencho

    La noticia de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, ha generado inmediatamente un festín de titulares sensacionalistas. Para algunos, es el final de una figura temida; para otros, la posibilidad de un “mejor futuro”. Pero cuando despojamos el relato de sus adornos mitológicos, hay una verdad mucho más incómoda y profunda: El Mencho fue otra víctima del mismo sistema económico y político que dice combatir.

    No hablo aquí de justificar sus crímenes —nadie con dos dedos de frente puede relativizar el sufrimiento de las miles de familias destrozadas por la violencia vinculada al narcotráfico—, sino de entender cómo ese fenómeno crece y muere en un terreno que no es ajeno a nuestra sociedad: el capitalismo salvaje en su forma más perversa.

    El Mencho no surgió de la nada. Nació, como muchos otros, en un México desigual donde la pobreza, la falta de oportunidades reales y la violencia cotidiana son el pan de cada día. En ese caldo de cultivo, la economía ilegal no es solo una alternativa: es una válvula de escape para quienes no encuentran otra puerta abierta.

    Si el capitalismo premia la acumulación de riqueza a cualquier costo, ¿por qué nos escandaliza que quienes están fuera de los circuitos legales busquen su propia acumulación? El mercado —legal o ilegal— siempre ha sido un terreno fértil para quienes mejor negocian los márgenes de riesgo y violencia.

    La muerte del Mencho es, en términos históricos, un síntoma más de un sistema que no solo tolera la violencia, sino que la estructura y la rentabiliza. Cada operativo, cada enfrentamiento, cada líder que cae, alimentan un ciclo donde hay ganancias privadas para unos pocos y pérdidas irreparables para la mayoría.

    Porque en este sistema:

    • La pobreza es estructural, no accidental.
    • La marginación social genera economías paralelas.
    • La violencia se administra como un insumo más.
    • Y el costo humano siempre lo paga el pueblo.

    Mientras no transformemos las raíces económicas y sociales que hacen posible el nacimiento de figuras como El Mencho, estaremos condenados a ver caer piezas de un tablero sin tocar jamás el tablero mismo. La violencia no es un enemigo externo a nuestras estructuras: es una consecuencia lógica de un modelo que convierte todo —vidas incluidas— en mercancía.

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  • Marx Arriaga y la revolución educativa

    Marx Arriaga y la revolución educativa

    En México, cada vez que la educación pública intenta dejar de ser un instrumento de reproducción social, aparece el escándalo. No es nuevo. Lo nuevo es la virulencia con la que ciertos sectores celebran la salida de Marx Arriaga Navarro como si se tratara de una victoria cultural. Hablaremos de eso a continuación.

    Desde que asumió responsabilidades clave en la transformación curricular de la Secretaría de Educación Pública, Arriaga fue convertido en símbolo. No se discutían solamente libros de texto; se discutía el poder de definir qué deben aprender las infancias mexicanas.

    La ultraderecha —articulada en organizaciones empresariales, opinadores conservadores y grupos que añoran el modelo estandarizado de evaluación— construyó una narrativa sencilla: “ideologización”, “adoctrinamiento”, “peligro comunista”. El repertorio clásico.

    Pero detrás del ruido mediático hay algo más profundo: la pérdida de monopolio sobre el sentido común educativo y la pérdida dentro del negocio de impresión y diseño de los libros de texto (revisar a Grupo Prisa, Editorial Santillana, etc.)

    La llamada Nueva Escuela Mexicana no es solo un rediseño de contenidos. Es una ruptura con la lógica de la educación como entrenamiento para el mercado. Mientras el paradigma anterior priorizaba competencias medibles y estándares internacionales, la NEM introdujo comunidad, territorio, pensamiento crítico y vinculación social. Eso es lo que incomoda.

    La educación deja de girar exclusivamente en torno a la productividad y vuelve a hablar de justicia social, historia, memoria colectiva. Y eso, para ciertos sectores, es inadmisible.

    Se ha querido caricaturizar a Arriaga como un ideólogo radical. Sin embargo, la verdadera radicalidad fue cuestionar la naturalización del modelo neoliberal en las aulas.

    Decir que los libros de texto son políticos no es un escándalo: es una obviedad histórica. Toda selección de contenidos es una toma de postura. Lo que incomodó no fue que hubiera ideología, sino que ya no fuera la misma.

    La celebración de su destitución de Marx revela más sobre sus detractores que sobre su gestión. Cuando la educación pública intenta hablar de desigualdad estructural, colonialismo interno o comunidad, el reflejo conservador es inmediato: acusar, simplificar, deslegitimar.

    El conflicto alrededor de Arriaga no fue personal. Fue simbólico. Fue una batalla por el relato educativo del país. La salida de Marx Arriaga puede celebrarse en ciertos círculos como una victoria. Pero si algo dejó claro este episodio es que la educación sigue siendo el terreno donde se disputan los proyectos de nación.

    Y en esa disputa, quienes hoy festejan no están defendiendo la neutralidad pedagógica. Están defendiendo su propia hegemonía. Porque cuando la educación cambia de lenguaje, cambia también la imaginación política de un país.

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  • Epstein y el capitalismo

    Epstein y el capitalismo

    Los grandes medios corporativos de comunicación y los intelectuales de derecha han hecho pasar el caso de Jefrey Epstein como una anomalía en el sistema, como algo que se salió de control y que está mal, que no representa a sus sociedades ni sistemas económicos. De esta falacia hablamos ahorita.

    Parece ser que quienes sí se comían los niños nunca fueron los comunistas como decían los mitos de la guerra fría, siempre fueron los grandes ricos quienes hacían eso. Al menos eso dicen algunas víctimas de Epstein, que entre sus delitos también instaló una red de trata de personas y de explotación sexual de personas (muchas menores) en su isla y otros lugares.

    Quiénes eran sus clientes y socios, no nos debería sorprender, los más ricos del mundo eran los que nutrían esa red de prostitución y muchos otros delitos. Y que los multimillonarios fueran los financiadores de Epstein no es para nada algo raro que fuera así.

    En el capitalismo salvaje todo se puede comprar y vender, incluso por encima de las leyes, y cuando decimos todo es TODO. Ahí entran los cuerpos sin importar edad que son vistos como territorios de conquista y si son mujeres con mayor razón los ven así.

    Pero quiénes son los que pueden comprar lo que quieran. No, no eres tu persona que te crees de clase alta solo porque tienes un ínfimo poder de consumidor. Son los grandes multimillonarios quienes pueden pagar todo eso y que van a estar en la total impunidad, tan solo miren a Trump.

    Por qué creen que la gran mayoría de ricos relacionados no han enfrentado a la justicia, solo cierto desprestigio, pues porque son superricos que gozan de mucho poder económico y político y eso en este sistema si determina la aplicación de justicia.

    Si es la norma casos y redes como la de Epstein muy seguramente existen otros sistemas de delitos sexuales entre los multimillonarios. Tan solo hay que ver los análisis de datos que se hacen sobre la trata de personas en el mundo.

    Estamos obligadas y obligados a denunciar este tipo de prácticas y explicar su función estructural dentro del capitalismo. No son anomalías, son síntomas productos de esa enfermedad que genera desigualdad ofensiva.

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  • El dictador Trump

    El dictador Trump

    Donald Trump es una especie de reencarnación de Adolf Hitler, no le envidia nada al austriaco nazi, sus paralelismos son increíbles. No es casualidad esto, son síntoma de la misma enfermedad: capitalismo. Y entre lo común una parte central es que son dictadores, de eso hablaremos ahora, del dictador naranja.

    Es bastante raro que a gobernantes de derecha les lleguen a llamar dictadores, pero a los de izquierda siempre los tachan de eso sin hacer distinciones ni matices, nada de eso importa. Eso se debe a que la derecha normalmente cuenta con el apoyo de los grandes medios de comunicación que ven por sus intereses y ayudan a construir esas narrativas.

    Así vemos que si un Nicolás Maduro o Evo Morales se reeligen les llaman dictadores, pero si lo hace la alemana Angela Merkel es producto de una gran maduración democrática del pueblo alemán. Con solo ese ejemplo vemos el doble rasero con que se miden a los gobernantes según su sino político.

    Eso lo vemos muy claro con Donald Trump, un personaje detestable que no respeta el derecho internacional, que secuestra presidentes de otros países, que violenta su constitución al no pedir permiso al senado como lo estipula la ley para acciones de guerra, que tiene su Gestapo con el ICE donde violenta a la ciudadanía estadounidense con acciones de terrorismo y justifica la Casa Blanca los asesinatos y represión con mentiras.

    Además, ese personaje es un delincuente sentenciado y está involucrado con los casos de pedofilia y explotación sexual de Epstein, a eso le podemos agregar que es anticientífico, niega la ciencia con aseveraciones preocupantes como que no existe el cambio climático y más cosas.

    En fin, aún con todos esos adjetivos que mencionamos (y podemos mencionar muchos más) no es suficiente para que un medio de comunicación se dirija a él como dictador. Pero no por eso vamos a dejar de decirle así, a partir de ahora no es el presidente Trump, es el dictador estadounidense y los grandes medios de comunicación son sus cómplices.

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  • Verástegui y la libertad de expresión

    Verástegui y la libertad de expresión

    Sabina Berman entrevistó en su programa de Largo Aliento a Eduardo Verástegui, pero después las instituciones responsables del contenido decidieron no publicar la entrevista protegiendo el derecho de las audiencias, se vino el vendaval de opiniones argumentando supuesta censura, de esto queremos problematizar.

    El actorcito de ultraderecha (fascista pues) de Verástegui lanzó el grito al cielo y por unos días fue tendencia mediática su supuesta censura. Además de los obvios medios corporativos de comunicación tradicionales de derecha, aparecieron varios de izquierda a señalar que se trataba de censura abierta y que no se debían callar esas voces.

    Incluso organizaciones que llegan a ser referentes en el tema de libertad de expresión como “Artículo 19” lanzaron un comunicado de condena donde justifican que las opiniones del actor pueden ser “chocantes” pero que deben ser difundidas sin filtros. Neta, los fascistas solo son chocantes, hay que escucharles sin ningún problema jaja.

    Y bueno entendemos que quienes vienen de un pasado autoritario donde las estructuras del PRI y sus cacicazgos manejaban qué opiniones eran válidas y que otras no, ahora aboguen por la más amplia libertad de expresión y que debemos escuchar todas las voces con respeto.

    Solo habrá que precisar y ser claros, los discursos de odio no son libertad de expresión, los discursos de odio violentan simbólicamente a personas de grupos históricamente vulnerados, les excluyen, los discriminas, y también los pueden llegar a matar. Los discursos de odio alientan genocidios, los legitiman y los nutren de tal forma que en varias ocasiones se vuelve imposible pararles o se complica al menos.

    La libertad de expresión tiene límites constitucionales y no debe servir para violentar a otras personas, para negarles sus derechos. Menos en un medio público que su función es proteger derechos de las audiencias, porque eso tampoco les queda claro. Los fascistas ya hablan en los medios corporativos y en redes sociales, que no lo hagan en espacios que son pagados con nuestros recursos.

    En fin, Sabina Berman se enojó y subió en su canal de Youtube la entrevista y si tiene contenido de discurso de odio pues llama asesinas a las mujeres que interrumpen su embarazo y dice que solo existe un tipo de familia y todas esas cosas LGBTfóbicas.

    En los espacios donde los fascistas ya tienen su lugar seguiremos dando la batalla de ideas y demostrando que esos pensamientos retrogradas deben de desaparecer, no vamos a permitir que personas antiderechos ganen espacios políticos que nos ha costado décadas ocupar y conseguir.

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  • Trump y la mentira del narcotráfico

    Trump y la mentira del narcotráfico

    Una mentira que se ha repetido hasta el cansancio por la derecha mexicana ha sido que Trump combate el narcotráfico y por eso quiere invadir otros países, en concreto el nuestro. Pero estoy seguro que nunca han analizado cuáles son los verdaderos objetivos del dictador naranja, que cada vez es más transparente en lo que quiere, o se hacen los bobos para mejor repetir esa mentira y usarla políticamente. De esto platicamos a continuación.

    Trump inventó la existencia de un cartel en Venezuela, lo llamó cartel de los soles, para invadirlos y quedarse con sus recursos. Hizo toda una campaña mediática donde hasta ofreció recompensa por los líderes de esa supuesta asociación delictuosa que nunca existió. Patético fue enterarnos que ese recurso jurídico lo desestimaron ahora que Maduro está en prisión porque pues no había pruebas suficientes jaja, nunca las hubo.

    Con solo ese pequeño antecedente sería suficiente para desconfiar de todo lo que diga Trump acerca del narcotráfico, de llamarlos terroristas, de declarar al fentanilo arma de destrucción masiva y un largo etcétera. Todo apunta a las narrativas ficticias gringas que han implementado para invadir otros países en nombre de supuesta libertad.

    Pero el dictador naranja es trasparente cada vez más y dijo los invadimos por su petróleo y sus recursos, son nuestros no de ustedes. De repente la narrativa del narcotráfico quedó olvidada y en la oposición mexicana no quisieron tomar esas palabras porque no les conviene.

    Y es que para nadie es un secreto que Trump no quiere acabar con el narcotráfico ni siquiera controlarlo, no le importa su población en lo más mínimo. Si así fuera Estados Unidos, que es el mayor consumidor de drogas y el mayor proveedor de armas a los carteles, haría algo serio en sus políticas públicas para acabar de tajo con esas redes delincuenciales.

    Pero no, el negocio le es muy favorable para los grandes capitalistas gringos, sus bancos lavan millonadas de dólares del narco sin que nadie diga nada, su distribución de drogas interna casi nunca se menciona y sus propios carteles operan con impunidad e inmunidad.

    Así que cuando alguien te diga que es mejor que nos invadan los gringos para acabar con los narcos recuérdale que al dictador Trump no le interesa en lo más mínimo acabar con el narcotráfico y la violencia ya que es uno de sus principales pilares.

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  • Maduro, prisionero de guerra

    Maduro, prisionero de guerra

    Las empresas petroleras y los grandes capitales estadounidenses vuelven al ataque, han vuelto a violentar el derecho internacional de forma burda, quizás en esta vez más burda que todas, su objetivo ha sido el petróleo venezolano y por eso secuestraron ilegalmente al presidente Maduro. Haremos una breve pero importante reflexión al respecto.

    Otra noche fatídica para América Latina, nuevamente un gobierno es destituido por los gringos solo porque no les conviene geopolíticamente. Si estás en contra de los intereses imperialistas yankees aunque sea poquito te van a destituir, asesinar y/o encarcelar bajo pretextos que son puras fantasías (ya hasta dijeron que el cartel de los soles nunca existió en realidad).

    Quien opine sin conocer la historia de Latinoamérica deja fuera una parte esencial que nos constituye como región, nuestro sometimiento y explotación por parte de las grandes potencias (y en últimos siglos por los Estados Unidos). Con intervenciones violentas que se cuentan por montones y que costaron la vida de cientos de miles de personas y nuestro empobrecimiento brutal.

    En ese contexto es que atacaron a Maduro y al Chavismo. Llevan más de 25 años atacando al régimen chavista porque decidió defender su soberanía y no someterse a los gobiernos gringos. Desde intentos de golpes de Estado, financiamiento de actos terroristas contra la población venezolana, una campaña mediática plagada de mentiras, reconocimiento de gobiernos ilegales en el extranjero, sanciones y bloqueos económicos, asesinatos de lancheros, robo de barcos petroleros y ahora el secuestro de su presidente con el asesinato de decenas de personas.

    Todo ello realizado con total impunidad. Lo que llaman la comunidad internacional (Los gringos, la OTAN y unos cuantos países más) ha apoyado todas esas medidas, son cómplices de esos crímenes. Así como lo son ahorita que no condenan y solo justifican las acciones realizadas por el ejército gringo.

    Pero hay que ser claros, esto fue el secuestro de un presidente de una nación solo porque no les convenía. Solo porque quieren el petróleo, no les importa la democracia ni el pueblo de Venezuela, es más no les importa ni la oposición venezolana vende patrias que la hicieron a un lado, solo quieren el crudo y las tierras raras. Maduro es un prisionero de guerra, fue secuestrado y debemos condenarlo totalmente. 

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  • Trump y los piratas del caribe

    Trump y los piratas del caribe

    El hombre naranja está convertido en el dictador del mundo, al menos aspira a ser eso, por eso ataca a Venezuela militarmente para imponer un gobierno que le convenga y quedarse con sus recursos, principalmente el petróleo. Para ello recurrió a actos de piratería, robando grandes buques de oro negro, sobre esa acción y todo el contexto inmerso hablaremos ahorita.

    Los piratas del Caribe son una serie de películas de Disney que retratan las aventuras de Jack Sparrow en una mezcla de muchos mitos creados a partir de los piratas, su vestimenta y motivaciones, también sus leyendas del mar y demás temas.

    Pero también se dan en el contexto histórico, pues también incluyen a actores importantes como barcos españoles, armadas inglesas, corsarios, alianzas piratas, personas reales como Barba Negra, etc.

    Actualmente de esa inspiración quizás, Donald Trump decidió ser un pirata del caribe en pleno siglo XXI. Llega al caribe con su poderosa flota, asesina a inocentes en lanchas, realiza bloqueos marítimos, y ahora roba barcos enemigos con todo su petróleo, el verdadero tesoro que anhela Trump.

    A estas alturas la narrativa falsa del cartel de los soles y de que el gobierno de Venezuela es narco ya pasó a un segundo término porque nunca fue real. Lo que importa ya lo dijo el hombrecito naranja: es el petróleo. El cual acusa les fue robado, imagina que una potencia extranjera te dice que tus recursos son de ellos y que si los tomas les estás robando, es muy patético.

    Pero ahí sigue impunemente asediando a ese país sin que organismos internacionales realmente metan las manos. La ONU para sorpresa de nadie es de chocolate, como lo ha sido en otros genocidios como en Palestina o con guerras recientes como las de Irak y Afganistán.

    Los aliados de Venezuela (Rusia y China) deben de actuar más allá de condenar las acciones gringas de piratería. En este juego geopolítico alguien debe darle un manotazo a Trump para que se detenga, porque todo es una prueba, un experimento de hasta dónde lo podemos dejar que avance.

    La piratería no debería estar permitida ahora y menos por una potencia que está en decadencia y por eso tiene esas acciones temerarias, se encuentra agonizando su hegemonía y la quiere recuperar a como dé lugar, debemos impedirlo.

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