Etiqueta: Carlos Mendoza

  • AMLO, Monsiváis, la homofobia y la mentira

    AMLO, Monsiváis, la homofobia y la mentira

    Hay errores periodísticos. Y hay publicaciones que terminan exhibiendo algo mucho más grave: la renuncia al principio más elemental del periodismo, verificar antes de publicar. Digo, es algo normal en la prensa de derecha.

    Eso ocurrió con la supuesta entrevista de Carlos Monsiváis difundida por El Universal. El diario terminó retirando el texto y ofreciendo una disculpa pública a la familia del escritor al reconocer que no pudo acreditar la autenticidad de las declaraciones que le fueron atribuidas, pero curioso jamás se disculparon con AMLO las ternuritas estas.

    La publicación apareció en un contexto político donde Andrés Manuel López Obrador ha sido, durante décadas, objeto de un intenso linchamiento mediático. Desde que era jefe de Gobierno de la Ciudad de México, pasando por los procesos electorales de 2006, 2012 y 2018, y durante todo su gobierno, alrededor de su figura circularon rumores, montajes, noticias falsas, campañas de desprestigio y narrativas construidas más desde la confrontación política que desde los hechos.

    En este caso, además, existe otro elemento igual de preocupante: la homofobia. La fuerza de la historia atribuida a Monsiváis descansaba en una vieja lógica discriminatoria: presentar una supuesta relación entre dos hombres como si eso constituyera un escándalo político.

    Vale la pena preguntarse por qué esa historia pretendía resultar explosiva. La respuesta es incómoda: porque todavía hay quienes consideran que la orientación sexual puede utilizarse como arma para desacreditar a una persona.

    No sólo se utilizó el nombre de uno de los intelectuales más importantes de México sin una verificación suficiente. También se recurrió, de manera implícita, a un prejuicio que Carlos Monsiváis combatió durante toda su vida.

    Monsiváis fue un defensor de las libertades, un crítico del conservadurismo moral y una de las voces que ayudó a abrir el debate público sobre los derechos de la diversidad sexual en México. Resulta irónico que, años después de su muerte, su nombre apareciera vinculado a una historia cuya eficacia dependía precisamente del morbo y de la persistencia de prejuicios homofóbicos.

    Porque, incluso si la anécdota hubiera sido cierta, ¿cuál sería el escándalo?

    ¿Que dos hombres hubieran sostenido una relación?

    Sólo una sociedad que todavía arrastra prejuicios podría convertir eso en una noticia destinada a destruir reputaciones.

    Obliga a reflexionar sobre los límites entre el periodismo y la propaganda, entre la investigación y la especulación, entre el derecho a informar y la tentación de publicar aquello que confirma prejuicios o alimenta la polarización política.

    Las disculpas eran necesarias. Pero también hace falta reconocer el daño que producen las noticias falsas cuando se insertan en un ambiente de confrontación permanente. Porque una mentira no deja de ser mentira sólo porque encaje con las ideas de quienes desean creerla.

    El periodismo tiene la responsabilidad de incomodar al poder, sí. Pero también tiene la obligación de hacerlo con pruebas. Cuando renuncia a esa obligación, deja de servir a la sociedad y termina sirviendo a los poderosos.

    El Universal y otros medios de derecha actuaron como lo han hecho a través de los años, a base de mentiras construir narrativas que golpeen al obradorismo. Por eso los combatimos, porque son mercenarios de la información y unos pinches mentirosos.

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  • México 86: cuando Maradona le ganó a Inglaterra dos veces

    México 86: cuando Maradona le ganó a Inglaterra dos veces

    Hay partidos de futbol que se recuerdan por el marcador. Otros por un campeonato. Y algunos, muy pocos, trascienden el deporte para convertirse en símbolos de una época. El Argentina-Inglaterra de México 86 pertenece a esta última categoría.

    Han pasado cuatro décadas desde aquel encuentro disputado en el Estadio Azteca, pero sigue siendo uno de los momentos más cargados de significado político, cultural y deportivo en la historia del futbol mundial. No era un partido cualquiera. No podía serlo.

    Apenas cuatro años antes, la Guerra de las Malvinas había dejado cientos de muertos argentinos y británicos en una confrontación desigual entre una potencia histórica y una nación latinoamericana golpeada por la crisis política y económica. Aunque el futbol no era la continuación de la guerra por otros medios, sería ingenuo pensar que aquel contexto estaba ausente en la cancha.

    Los pueblos tienen memoria. Y millones de argentinos llegaron a ese partido con heridas todavía abiertas. Del otro lado estaba Inglaterra, uno de los mejores equipos de futbol del mundo. Sin embargo, del lado argentino aparecía un futbolista que ya era extraordinario, pero que aquella tarde se convertiría en leyenda: Diego Armando Maradona.

    Lo que ocurrió después forma parte del imaginario colectivo del deporte. Primero llegó el gol más polémico de la historia. La famosa “Mano de Dios”. Una jugada imposible de separar de la picardía latinoamericana, de esa tradición cultural que tantas veces ha sido incomprendida por quienes pretenden reducir el futbol a reglamentos y estadísticas. Décadas después sigue generando debate, enojo y admiración.

    Pero si ese gol convirtió a Maradona en mito, el siguiente lo elevó a una dimensión distinta. Porque apenas unos minutos después llegó lo que muchos consideran el mejor gol de la historia del futbol.

    Maradona tomó el balón en su propio campo, dejó rivales en el camino como si estuviera jugando en otra velocidad y recorrió más de medio campo hasta definir frente al arquero inglés. Fue una obra de arte. Una combinación perfecta de técnica, inteligencia, velocidad y creatividad.

    Aquel gol no necesitó controversias. Fue pura genialidad.

    Y quizás por eso el partido sigue fascinando cuarenta años después. Porque en noventa minutos convivieron la polémica más grande y la obra maestra más brillante del futbol moderno.

    Sin embargo, reducir aquel encuentro a dos goles sería perder de vista su dimensión histórica. Para buena parte de América Latina, la victoria argentina tuvo una carga simbólica evidente. No porque resolviera conflictos internacionales ni porque modificara el mapa geopolítico del mundo. Nada de eso ocurrió.

    Pero los símbolos importan. Y para muchos pueblos del sur global, ver a una nación latinoamericana derrotar a una potencia europea en el escenario más importante del deporte significó una pequeña reivindicación emocional en un mundo profundamente desigual.

    Esa dimensión explica por qué el partido sigue despertando tantas pasiones. No se trató únicamente de futbol. Fue identidad. Fue memoria. Fue orgullo.

    Y también fue una demostración de cómo el deporte puede convertirse en un espejo de las tensiones políticas y culturales de su tiempo.

    Quizá por eso la figura de Maradona sigue despertando pasiones tan intensas. Porque representó algo más que talento futbolístico. Representó rebeldía. Representó identidad popular. Representó la posibilidad de que un joven surgido de los barrios humildes pudiera desafiar a los poderosos y ganar.

    Hoy, cuarenta años después, las Islas Malvinas siguen siendo objeto de disputa diplomática entre Argentina y Reino Unido. Las heridas de aquella guerra no han desaparecido completamente. Pero la historia del Azteca permanece como uno de esos raros momentos donde el deporte y la política se cruzan de manera inevitable.

    México fue el escenario. Maradona fue el protagonista. Y el mundo fue testigo de una tarde irrepetible.

    Porque aquel día, en la cancha más emblemática de América Latina, Diego no solo marcó dos goles. Construyó una de las leyendas más grandes que haya conocido el futbol.

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  • Las perritas de Trump

    Las perritas de Trump

    Antes de que alguien se ofenda por el título, aclaremos algo. Cuando hablamos de las “perritas” o los “cachorros de Trump” no nos referimos a una condición personal, sino a una conducta política: la de aquellos personajes que repiten obedientemente los discursos, intereses y obsesiones de Donald Trump y de la ultraderecha estadounidense, incluso cuando éstos chocan frontalmente con los intereses de México. Son quienes ladran las mismas consignas sobre migración, programas sociales, soberanía energética o seguridad; quienes justifican presiones extranjeras contra su propio país y quienes parecen más preocupados por agradar a Washington que por defender la dignidad nacional. No es una cuestión de simpatías personales, sino de subordinación política. Y en México, por desgracia, cada vez abundan más los aspirantes a cachorro del trumpismo.

    No es un fenómeno nuevo. Ha existido desde el siglo XIX, cuando sectores conservadores apoyaron intervenciones extranjeras contra su propio país. Lo vimos durante las invasiones, durante el porfiriato dependiente del capital extranjero y durante buena parte del periodo neoliberal, cuando la soberanía nacional parecía un concepto incómodo para las élites económicas.

    Hoy esa tradición tiene nuevos rostros. Uno de los más visibles es Ricardo Salinas Pliego (a quien le gritaron perrita de Trump jaja), empresario que se ha convertido en una de las voces más estridentes de la derecha mexicana. Su discurso suele coincidir con los argumentos de la ultraderecha internacional: ataques permanentes a los programas sociales, desprecio por el papel del Estado, defensa irrestricta de las élites económicas y una narrativa donde cualquier política redistributiva es presentada como una amenaza.

    Pero lo más llamativo no es su posición ideológica. Lo verdaderamente revelador es la facilidad con la que reproduce discursos importados directamente de Estados Unidos.

    Cuando sectores vinculados al trumpismo atacan a México, cuestionan su soberanía o promueven visiones intervencionistas, rara vez encuentran resistencia en estos grupos. Por el contrario, muchas veces encuentran eco.

    Es la paradoja de una oposición que se envuelve en la bandera cuando habla de política interna, pero guarda silencio cuando desde el extranjero se cuestiona la capacidad de México para decidir su propio destino.

    La misma lógica puede observarse en otros personajes de la oposición. Algunos exfuncionarios, exdirigentes partidistas y comentaristas mediáticos han convertido la política nacional en una especie de sucursal de las guerras culturales estadounidenses. Hablan más de los debates del trumpismo que de los problemas reales de las comunidades mexicanas.

    Repiten consignas contra el “socialismo”, aunque ni siquiera puedan definirlo.

    Denuncian supuestas dictaduras mientras participan libremente en medios, redes y espacios públicos.

    Defienden la libertad de mercado, pero pocas veces hablan de la libertad de millones de mexicanos para vivir sin pobreza.

    Y cuando Washington presiona, amenaza o intenta influir en decisiones internas de México, suelen encontrar argumentos para justificarlo.

    Ahí aparece la verdadera diferencia política. Desde una visión soberanista, la relación con Estados Unidos debe construirse desde el respeto mutuo entre naciones. Cooperación, sí. Subordinación, no.

    Porque México puede tener diferencias internas profundas y legítimas. Puede haber debates intensos sobre economía, seguridad o democracia. Lo que no debería existir es una disposición permanente a colocar intereses extranjeros por encima de los nacionales.

    La historia mexicana está llena de personajes que entendieron esa diferencia. Desde Benito Juárez hasta Lázaro Cárdenas del Río, la defensa de la soberanía fue un principio fundamental de la vida pública.

    La pregunta de fondo es sencilla: cuando los intereses de México y los intereses de Washington entren en tensión, ¿de qué lado se colocará cada actor político?

    Algunos ya dieron su respuesta hace tiempo. Y no precisamente del lado de México.

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  • Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    El reloj avanza y la cuenta regresiva ya comenzó. Dentro de poco, México volverá a ser sede de una Copa del Mundo junto con Estados Unidos y Canadá. Los anuncios se multiplican, las marcas afinan sus campañas publicitarias y los gobiernos preparan eventos para recibir una de las industrias más lucrativas del planeta.

    Porque sí, aunque nos guste romantizarlo, el Mundial ya no es solamente futbol. Es negocio. Y uno enorme.

    Desde hace décadas, la FIFA ha perfeccionado un modelo donde la pasión de millones de personas se convierte en una mercancía global. Cada partido, cada camiseta, cada transmisión, cada patrocinio y cada fotografía termina formando parte de una maquinaria económica que mueve miles de millones de dólares.

    El futbol sigue siendo del pueblo, pero el Mundial hace mucho tiempo que dejó de pertenecerle.

    Los boletos son cada vez más inaccesibles para las clases populares. Los paquetes turísticos se diseñan para quienes pueden pagar miles de dólares. Los estadios se convierten en espacios donde el aficionado tradicional es desplazado por consumidores de alto poder adquisitivo.

    Paradójicamente, el deporte más popular del planeta se ha convertido en uno de los espectáculos deportivos más elitizados del mundo. Lo que alguna vez fue la celebración de barrios, colonias y comunidades termina subordinado a intereses corporativos que poco tienen que ver con el juego.

    En estos meses hemos visto cómo empresas privadas, cadenas televisivas, marcas internacionales y grupos económicos han intentado apropiarse del discurso mundialista. Nos dicen que todos somos parte de la fiesta, aunque para millones de personas el acceso real a esa fiesta sea prácticamente imposible.

    Sin embargo, la crítica no debe dirigirse al futbol. Sería un error enorme.

    Porque el futbol también es una expresión cultural profundamente popular. Es el partido en la cancha de tierra. Es el torneo del barrio. Es la cascarita después de la escuela. Es la familia reunida frente a una televisión para celebrar un gol.

    El problema no es el futbol. El problema es cuando el mercado transforma una pasión colectiva en un producto exclusivo. Desde la izquierda, la aspiración no es eliminar el futbol ni despreciarlo como hacen ciertas élites intelectuales. Todo lo contrario.

    La aspiración es recuperar su dimensión social. Hablar de un futbol accesible para todas y todos. De espacios deportivos públicos dignos. De canchas en las colonias populares. De actividades físicas como herramientas de salud, convivencia y prevención de la violencia.

    Por eso resulta interesante que, paralelamente a la organización del Mundial, existan planteamientos desde los gobiernos de la Cuarta Transformación para impulsar actividades comunitarias, torneos barriales, recuperación de espacios públicos y programas de activación física vinculados al evento.

    La verdadera herencia de un Mundial no debería medirse únicamente en derrama económica o en estadísticas turísticas. Debería medirse en cuántos niños encontraron una cancha donde jugar. En cuántas comunidades recuperaron espacios deportivos. En cuántos jóvenes encontraron una alternativa frente a la violencia. En cuántas personas pudieron ejercer su derecho al deporte.

    Porque cuando las luces del espectáculo se apaguen y los patrocinadores se marchen, eso será lo que realmente quede. El Mundial pasará. Las ganancias cambiarán de manos. Los contratos terminarán. Pero el futbol seguirá siendo del pueblo.

    La pregunta es si tendremos la capacidad de arrebatárselo, al menos un poco, a quienes llevan años intentando convertirlo únicamente en una mercancía.

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  • Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    La reciente reunión entre Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y María Eugenia Campos Galván no fue simplemente un encuentro entre personajes del mismo espectro político. Fue la imagen de una forma de entender el país, una especie de reunión de viejas élites que durante décadas gobernaron México y cuyos resultados siguen pesando sobre millones de personas.

    Fox llegó al poder prometiendo un cambio histórico. Se presentó como la alternativa al viejo régimen y como el rostro de una nueva transición democrática. Sin embargo, su gobierno terminó profundizando muchas de las políticas económicas heredadas del neoliberalismo y dejando intactas estructuras de desigualdad que afectaban a millones de mexicanos.

    Después vino Calderón. Un sexenio marcado por la llamada guerra contra el narcotráfico, una estrategia que transformó radicalmente la vida pública mexicana. Dentro de su alianza comprobada con el cartel de Sinaloa, los homicidios se dispararon, regiones enteras quedaron atrapadas entre la violencia y el país entró en una espiral cuyas consecuencias siguen presentes hasta nuestros días.

    Y ahora aparece Maru Campos. Representante de una nueva generación panista que, sin embargo, parece mantener intactas muchas de las viejas lógicas políticas. Un gobierno estatal cuestionado por distintos temas de transparencia, por su relación con grupos de poder tradicionales y recientemente por las polémicas relacionadas con la presencia de agencias extranjeras en territorio mexicano.

    Por eso la fotografía importa. Porque no muestra únicamente a tres políticos. Muestra la continuidad de un proyecto político que durante años apostó por la privatización, la concentración económica, la subordinación de lo público a intereses privados y una visión donde el mercado debía resolver prácticamente todo.

    Es la imagen de un modelo que entendía el desarrollo como crecimiento para unos cuantos y que consideraba los programas sociales poco más que una molestia presupuestal.

    Desde la izquierda, la crítica no es personal. Es histórica. No se trata de cuestionar una reunión entre adversarios políticos; eso es parte natural de la democracia. Se trata de recordar qué representan esos liderazgos en el debate nacional.

    Representan una etapa donde el Estado fue reducido sistemáticamente en sus capacidades sociales.

    Representan gobiernos que apostaron por la tecnocracia mientras millones permanecían excluidos.

    Representan una visión donde la estabilidad económica era celebrada incluso cuando convivía con profundas desigualdades.

    Y representan, también, una clase política que durante mucho tiempo creyó que gobernar consistía en administrar el país desde arriba sin escuchar demasiado a quienes estaban abajo.

    Por supuesto, la izquierda no está exenta de errores ni de contradicciones. Ningún proyecto político serio puede afirmar lo contrario. Pero existe una diferencia fundamental.

    Mientras aquellos gobiernos colocaron en el centro las recetas del mercado, los proyectos progresistas han intentado colocar en el centro a las personas.

    Mientras unos hablaron de derrama económica, otros hablan de derechos.

    Mientras unos confiaron en que la riqueza eventualmente llegaría a todos, otros sostienen que la justicia social debe construirse deliberadamente.

    La fotografía entre Fox, Calderón y Maru Campos termina siendo, en realidad, una definición política. No es una imagen del futuro. Es una imagen de aquello que buena parte del país decidió dejar atrás.

    Y quizás por eso resulta tan simbólica: porque más que una reunión de liderazgos vigentes, parece el retrato de una época que se resiste a aceptar que México cambió.

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  • Raúl Castro, la soberanía cubana y la hipocresía de Washington

    Raúl Castro, la soberanía cubana y la hipocresía de Washington

    Cada cierto tiempo, desde Estados Unidos reaparece el intento de criminalizar a figuras históricas de la Revolución Cubana. Ahora el objetivo vuelve a ser Raúl Castro, en una narrativa que pretende presentar a Cuba como amenaza mientras se omite deliberadamente una parte fundamental de la historia: décadas de agresiones, terrorismo y operaciones encubiertas impulsadas o toleradas desde territorio estadounidense contra la isla.

    Porque para entender el conflicto entre Cuba y Estados Unidos hay que recordar algo que muchas veces se borra convenientemente: la Revolución Cubana no solo enfrentó bloqueo económico, sino también sabotajes, atentados y grupos violentos organizados desde Miami.

    Uno de los casos más conocidos fue el de la organización Hermanos al Rescate, presentada durante años por medios estadounidenses como una agrupación “humanitaria”. Sin embargo, desde Cuba se denunció reiteradamente que sus sobrevuelos violaban el espacio aéreo cubano y eran utilizados como provocaciones políticas en coordinación con sectores anticastristas radicales.

    Al frente de ese grupo estaba José Basulto, personaje ligado históricamente a operaciones apoyadas por la CIA y entrenado en el contexto de las acciones encubiertas contra Cuba durante la Guerra Fría.

    Washington exige respeto absoluto para su seguridad nacional y su espacio aéreo, pero durante décadas toleró —e incluso protegió políticamente— operaciones aéreas ilegales contra un país soberano.

    Lo que rara vez se menciona es que el gobierno cubano emitió múltiples advertencias antes del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Según registros y denuncias del propio gobierno de la isla, existieron alrededor de 25 advertencias previas señalando que esos vuelos debían detenerse porque violaban el espacio aéreo cubano.

    La pregunta es simple: ¿qué habría hecho Estados Unidos si aeronaves vinculadas a grupos hostiles sobrevolaran repetidamente su territorio desafiando advertencias oficiales?

    Ninguna potencia del mundo permitiría operaciones aéreas ilegales permanentes sobre su territorio. Ningún Estado aceptaría provocaciones constantes sin responder.

    Ahí es donde el discurso estadounidense pierde legitimidad moral. Porque mientras acusa a otros de autoritarismo o violencia, ha respaldado históricamente bloqueos, operaciones encubiertas e incluso grupos vinculados a acciones terroristas contra la isla.

    La propia historia de la Red Avispa refleja esa realidad. Los agentes cubanos infiltrados en organizaciones anticastristas en Florida no operaban en medio de un escenario pacífico, sino en un contexto donde existían antecedentes de atentados, sabotajes y planes violentos contra Cuba. Desde la perspectiva cubana, aquellas operaciones eran parte de una estrategia defensiva frente a amenazas reales.

    Cuba tiene derecho a decidir sobre su espacio aéreo, sobre su seguridad nacional y sobre su destino político sin amenazas externas ni operaciones desestabilizadoras promovidas desde otro país.

    Porque detrás de los ataques constantes contra Raúl Castro y la Revolución Cubana no solo existe una disputa ideológica. También existe el intento permanente de castigar a un país que decidió no subordinase completamente a los intereses de Washington. Y eso, para ciertos sectores del poder estadounidense, sigue siendo imperdonable.

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  • Chinga tu Maru

    Chinga tu Maru

    Lo ocurrido recientemente en Chihuahua ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria: ¿hasta dónde puede llegar la colaboración entre gobiernos locales mexicanos y agencias extranjeras sin vulnerar la soberanía nacional y el marco constitucional?

    Las revelaciones sobre operaciones encubiertas vinculadas a agentes estadounidenses en territorio chihuahuense han generado preocupación legítima. Más aún cuando distintos sectores políticos y sociales denuncian que existieron mecanismos de coordinación opacos y fuera de los canales institucionales establecidos por la federación.

    Porque cuando actores extranjeros realizan tareas de inteligencia, seguridad o vigilancia dentro de México, la pregunta no es solo jurídica: es profundamente política. Y en medio de esta polémica, el gobierno de María Eugenia Campos Galván aparece cada vez más cuestionado por su relación con estas dinámicas.

    La gobernadora de Chihuahua ya arrastra una larga sombra de señalamientos por corrupción y vínculos con viejas estructuras de poder político en el estado. Su administración ha sido criticada por la cercanía con grupos empresariales y por una estrategia de seguridad que muchos consideran subordinada a agendas externas antes que a una política nacional soberana.

    Pero hay otro elemento preocupante: el clima de hostilidad política que se ha construido frente a movilizaciones y expresiones vinculadas al Morena y sectores afines a la Cuarta Transformación.

    En distintos momentos, simpatizantes y manifestantes han denunciado vigilancia excesiva, campañas de criminalización y narrativas que buscan presentar cualquier protesta social como amenaza o desestabilización. Ese lenguaje no es inocente. Históricamente, en América Latina, el discurso de “seguridad” ha sido utilizado para justificar espionaje político, represión y persecución ideológica.

    México tiene una historia larga de intervención extranjera y operaciones de inteligencia ligadas a la CIA durante el siglo XX. La Guerra Fría dejó cicatrices profundas en la región: espionaje, infiltración, manipulación política y colaboración con estructuras autoritarias bajo el argumento de combatir enemigos internos.

    Por eso preocupa la normalización de esquemas donde agencias extranjeras parecen operar con márgenes ambiguos dentro del país, especialmente cuando gobiernos estatales muestran disposición a construir relaciones paralelas al margen del debate público y la supervisión democrática.

    El problema no es la cooperación internacional en sí misma. Ningún país puede enfrentar fenómenos complejos de manera aislada. El problema surge cuando la cooperación se convierte en subordinación, cuando la seguridad se usa para justificar opacidad y cuando la lógica de “enemigo interno” empieza a colocarse sobre actores políticos o movimientos sociales.

    La soberanía no se defiende únicamente con discursos patrióticos. También se defiende garantizando que ningún poder externo actúe por encima de la Constitución y que ningún gobierno local convierta la seguridad en un espacio de acuerdos oscuros.

    Chihuahua hoy representa una alerta sobre ese riesgo. Y frente a ello, la discusión no debería centrarse en proteger gobiernos o intereses partidistas, sino en algo mucho más importante: preservar la legalidad, la transparencia y el derecho del pueblo mexicano a decidir sobre su propio territorio sin tutelajes externos.

    Porque la historia ya enseñó demasiado sobre lo que ocurre cuando la injerencia extranjera se normaliza en nombre del orden. Y las consecuencias nunca terminan favoreciendo a los pueblos.

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  • Ayuso en México: el viejo conservadurismo y su fascinación por el extranjero

    Ayuso en México: el viejo conservadurismo y su fascinación por el extranjero

    La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó exhibiendo algo más profundo que una gira política fallida. Lo que dejó al descubierto fue la persistencia de una derecha que sigue mirando al país desde una lógica colonial, profundamente desconectada de la realidad social mexicana y obsesionada con construir fantasmas ideológicos para justificar su discurso.

    La presidenta de la Comunidad de Madrid llegó presentándose como defensora de la libertad y víctima de una supuesta censura. Un argumento que, además de contradictorio, resulta difícil de sostener cuando pudo dar entrevistas, reunirse con actores políticos, participar en foros y ocupar titulares durante días.

    Ayuso forma parte de una nueva ola conservadora internacional que ha hecho del victimismo una estrategia permanente. Se presentan como perseguidos mientras ocupan espacios de poder; hablan de libertad mientras respaldan proyectos económicos profundamente excluyentes; acusan polarización mientras convierten el odio y la confrontación en método político.

    Y, sin embargo, quizás lo más revelador de su visita no fue ella, sino quienes aquí la recibieron con entusiasmo. Porque la imagen de dirigentes del Partido Acción Nacional y sectores conservadores mexicanos celebrando a una figura extranjera que viene a dar lecciones políticas resume una tradición histórica bastante conocida: el entreguismo de ciertas élites nacionales frente al poder externo.

    Desde los conservadores que respaldaron la intervención francesa en el siglo XIX hasta los sectores que durante décadas defendieron subordinaciones económicas y políticas frente a intereses extranjeros, existe una corriente histórica que ha preferido buscar legitimidad afuera antes que construirla con el pueblo mexicano.

    Por eso no sorprende que muchos de esos sectores se sientan más cómodos aplaudiendo discursos europeos sobre “civilización” y “libertad” que discutiendo las desigualdades reales que viven millones de personas en México.

    Tampoco sorprende que recurran constantemente a distorsiones históricas. Ayuso ha sido señalada en múltiples ocasiones por reivindicar versiones profundamente problemáticas de la colonización española en América, minimizando violencias históricas y romantizando procesos de dominación. Esa lectura no es inocente: forma parte de una visión política que entiende la historia desde el poder y no desde los pueblos.

    Y ahí aparece la verdadera diferencia de valores.

    De un lado, quienes defienden privilegios heredados, jerarquías sociales rígidas y modelos donde el mercado decide quién merece vivir con dignidad.

    Del otro, quienes creemos en la soberanía, en la justicia social y en la idea de que los derechos no deben depender del dinero o del apellido.

    De un lado, una política construida desde el elitismo y la nostalgia colonial.

    Del otro, una política que intenta —con errores, tensiones y desafíos— colocar a las mayorías en el centro.

    Por eso la gira de Ayuso terminó siendo más reveladora de lo que quizá pretendía. No logró instalar grandes debates ni conquistar simpatías masivas. Pero sí permitió observar con claridad quiénes siguen defendiendo un modelo donde México debe mirar hacia afuera para validarse, y quiénes sostienen que la dignidad nacional pasa por construir un proyecto propio.

    Al final, la discusión no es sobre una visita diplomática. Es sobre dos maneras completamente distintas de entender el país. Y sobre qué lado de la historia decide ocupar cada quien.

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  • 5 de mayo: cuando México derrotó a un imperio (y por qué no debemos olvidarlo)

    5 de mayo: cuando México derrotó a un imperio (y por qué no debemos olvidarlo)

    Cada 5 de mayo no celebramos una efeméride vacía ni un acto folclórico reducido a desfiles escolares y militares. Recordamos una lección histórica que incomoda a los poderosos: México, con recursos limitados pero con dignidad intacta, fue capaz de derrotar al ejército más poderoso del mundo. La Batalla de Puebla no solo fue una victoria militar; fue un golpe directo al corazón del imperialismo.

    En 1862, el ejército francés —sí, el mismo que presumía ser invencible en Europa— llegó a tierras mexicanas con la arrogancia típica de los imperios. Bajo el mando de Ignacio Zaragoza, un ejército compuesto en gran medida por campesinos, indígenas y ciudadanos comunes resistió y venció. No era solo una batalla por territorio: era una lucha por la soberanía, por el derecho de un país a decidir su destino sin imposiciones extranjeras.

    Aquella victoria no terminó la intervención, pero marcó el inicio de una resistencia que años después lograría lo impensable: expulsar definitivamente al invasor. El imperio francés, que pretendía instaurar una monarquía a modo en México, terminó derrotado por un pueblo que nunca aceptó la subordinación.

    Hoy, más de 160 años después, el eco de Puebla sigue resonando. Por que aunque las formas cambian, las intenciones imperiales persisten. La injerencia extranjera no siempre llega en forma de ejércitos; ahora se disfraza de “cooperación”, de “inteligencia compartida” o de acusaciones mediáticas que buscan desestabilizar.

    Ahí están los reportes recientes sobre operaciones encubiertas de la CIA en Chihuahua, actuando en coordinación con autoridades locales, pero al margen de la soberanía nacional y la constitución. Ahí están también las filtraciones y señalamientos contra funcionarios de Sinaloa, muchas veces sin pruebas concluyentes, pero con un claro impacto político y mediático. ¿Casualidad? Difícil creerlo.

    Estados Unidos ha perfeccionado una forma de intervención menos visible, pero igual de peligrosa. No necesita invadir con tropas cuando puede influir con agencias, presionar con narrativas o condicionar con acuerdos y aranceles.

    Por eso, recordar la Batalla de Puebla no es un acto nostálgico: es un acto político. Nos obliga a preguntarnos si hoy estamos defendiendo la soberanía con la misma firmeza que aquellos soldados que, con fusiles precarios, enfrentaron a un imperio. Nos confronta con la realidad de que la independencia no es un estado permanente, sino una lucha constante.

    México ya demostró que puede derrotar imperios. Lo hizo cuando parecía imposible. Lo hizo cuando todo estaba en contra. Y lo volvió a hacer al expulsar a los invasores años después.

    Hoy, la batalla no se libra en los fuertes de Loreto y Guadalupe, pero sigue en pie. Está en la defensa del territorio, en la autonomía de las decisiones políticas, en la resistencia frente a cualquier forma de injerencia extranjera.

    Porque si algo nos enseñó Puebla es esto: los imperios no son invencibles. Y los pueblos que defienden su soberanía, tampoco.

  • La larga sombra de la CIA en México

    La larga sombra de la CIA en México

    La noticia sobre agentes extranjeros fallecidos recientemente en Chihuahua, México, presuntamente vinculados a labores encubiertas y a esquemas de colaboración opacos con autoridades locales, volvió a encender una discusión que México suele posponer: la presencia e injerencia de agencias estadounidenses en territorio nacional.

    Más allá de los detalles específicos del caso —que deben esclarecerse con apego a la ley y transparencia institucional—, el episodio remite a una historia más amplia: la larga sombra de la CIA y de otros aparatos de seguridad de Estados Unidos sobre la vida política mexicana.

    Durante la Guerra Fría, México fue observado con especial interés por Washington. Su cercanía geográfica, su peso regional y la existencia de movimientos sociales, estudiantiles, sindicales y de izquierda lo convirtieron en un país estratégico. En ese contexto, la CIA operó en América Latina bajo una lógica conocida: contener cualquier proyecto que se percibiera como incómodo para los intereses estadounidenses y de sus grandes empresas.

    A lo largo de décadas, distintas investigaciones periodísticas y desclasificaciones han mostrado redes de intercambio de información, cooperación irregular y relaciones estrechas entre agencias estadounidenses y cuerpos de inteligencia nacionales. Organismos como la Dirección Federal de Seguridad y, años después, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional, convivieron en una zona gris donde la frontera entre colaboración legítima e injerencia política no siempre fue clara.

    El problema de fondo no es la cooperación internacional en materia de seguridad. Ningún país serio renuncia al intercambio de inteligencia frente a amenazas transnacionales. El problema aparece cuando esa cooperación se realiza al margen de la ley, sin controles democráticos, sin rendición de cuentas y, peor aún, subordinando la soberanía nacional a intereses externos.

    México tiene un marco jurídico claro respecto a la actuación de agentes extranjeros. La presencia, funciones y límites de cualquier colaboración deben sujetarse a la Constitución y a las leyes nacionales. Cuando existen operaciones encubiertas, acuerdos informales o vínculos directos con gobiernos estatales por fuera de los canales federales, no estamos frente a cooperación institucional: estamos frente a una anomalía política.

    La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos de cómo la intervención externa en nombre de la seguridad termina degradando instituciones, alimentando conflictos internos y debilitando la confianza pública. Golpes de Estado, espionaje político, persecución ideológica y operaciones clandestinas no son fantasmas del pasado: son antecedentes concretos.

    Importa el caso de Chihuahua porque obliga a preguntar quién autorizó qué, bajo qué marco legal y con qué supervisión. Importa porque evidencia el riesgo de que algunos gobiernos locales conviertan la seguridad en un espacio de relaciones paralelas con actores extranjeros. E importa porque recuerda que la soberanía no se pierde solo en grandes tratados: también se erosiona en convenios opacos y prácticas toleradas.

    La relación con Estados Unidos será siempre compleja por razones geográficas, económicas y de seguridad. Precisamente por eso debe construirse desde la legalidad entre Estados soberanos, no desde zonas oscuras donde unos mandan y otros obedecen.

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