Etiqueta: Carlos Mendoza

  • Chinga tu Maru

    Chinga tu Maru

    Lo ocurrido recientemente en Chihuahua ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria: ¿hasta dónde puede llegar la colaboración entre gobiernos locales mexicanos y agencias extranjeras sin vulnerar la soberanía nacional y el marco constitucional?

    Las revelaciones sobre operaciones encubiertas vinculadas a agentes estadounidenses en territorio chihuahuense han generado preocupación legítima. Más aún cuando distintos sectores políticos y sociales denuncian que existieron mecanismos de coordinación opacos y fuera de los canales institucionales establecidos por la federación.

    Porque cuando actores extranjeros realizan tareas de inteligencia, seguridad o vigilancia dentro de México, la pregunta no es solo jurídica: es profundamente política. Y en medio de esta polémica, el gobierno de María Eugenia Campos Galván aparece cada vez más cuestionado por su relación con estas dinámicas.

    La gobernadora de Chihuahua ya arrastra una larga sombra de señalamientos por corrupción y vínculos con viejas estructuras de poder político en el estado. Su administración ha sido criticada por la cercanía con grupos empresariales y por una estrategia de seguridad que muchos consideran subordinada a agendas externas antes que a una política nacional soberana.

    Pero hay otro elemento preocupante: el clima de hostilidad política que se ha construido frente a movilizaciones y expresiones vinculadas al Morena y sectores afines a la Cuarta Transformación.

    En distintos momentos, simpatizantes y manifestantes han denunciado vigilancia excesiva, campañas de criminalización y narrativas que buscan presentar cualquier protesta social como amenaza o desestabilización. Ese lenguaje no es inocente. Históricamente, en América Latina, el discurso de “seguridad” ha sido utilizado para justificar espionaje político, represión y persecución ideológica.

    México tiene una historia larga de intervención extranjera y operaciones de inteligencia ligadas a la CIA durante el siglo XX. La Guerra Fría dejó cicatrices profundas en la región: espionaje, infiltración, manipulación política y colaboración con estructuras autoritarias bajo el argumento de combatir enemigos internos.

    Por eso preocupa la normalización de esquemas donde agencias extranjeras parecen operar con márgenes ambiguos dentro del país, especialmente cuando gobiernos estatales muestran disposición a construir relaciones paralelas al margen del debate público y la supervisión democrática.

    El problema no es la cooperación internacional en sí misma. Ningún país puede enfrentar fenómenos complejos de manera aislada. El problema surge cuando la cooperación se convierte en subordinación, cuando la seguridad se usa para justificar opacidad y cuando la lógica de “enemigo interno” empieza a colocarse sobre actores políticos o movimientos sociales.

    La soberanía no se defiende únicamente con discursos patrióticos. También se defiende garantizando que ningún poder externo actúe por encima de la Constitución y que ningún gobierno local convierta la seguridad en un espacio de acuerdos oscuros.

    Chihuahua hoy representa una alerta sobre ese riesgo. Y frente a ello, la discusión no debería centrarse en proteger gobiernos o intereses partidistas, sino en algo mucho más importante: preservar la legalidad, la transparencia y el derecho del pueblo mexicano a decidir sobre su propio territorio sin tutelajes externos.

    Porque la historia ya enseñó demasiado sobre lo que ocurre cuando la injerencia extranjera se normaliza en nombre del orden. Y las consecuencias nunca terminan favoreciendo a los pueblos.

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  • Ayuso en México: el viejo conservadurismo y su fascinación por el extranjero

    Ayuso en México: el viejo conservadurismo y su fascinación por el extranjero

    La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó exhibiendo algo más profundo que una gira política fallida. Lo que dejó al descubierto fue la persistencia de una derecha que sigue mirando al país desde una lógica colonial, profundamente desconectada de la realidad social mexicana y obsesionada con construir fantasmas ideológicos para justificar su discurso.

    La presidenta de la Comunidad de Madrid llegó presentándose como defensora de la libertad y víctima de una supuesta censura. Un argumento que, además de contradictorio, resulta difícil de sostener cuando pudo dar entrevistas, reunirse con actores políticos, participar en foros y ocupar titulares durante días.

    Ayuso forma parte de una nueva ola conservadora internacional que ha hecho del victimismo una estrategia permanente. Se presentan como perseguidos mientras ocupan espacios de poder; hablan de libertad mientras respaldan proyectos económicos profundamente excluyentes; acusan polarización mientras convierten el odio y la confrontación en método político.

    Y, sin embargo, quizás lo más revelador de su visita no fue ella, sino quienes aquí la recibieron con entusiasmo. Porque la imagen de dirigentes del Partido Acción Nacional y sectores conservadores mexicanos celebrando a una figura extranjera que viene a dar lecciones políticas resume una tradición histórica bastante conocida: el entreguismo de ciertas élites nacionales frente al poder externo.

    Desde los conservadores que respaldaron la intervención francesa en el siglo XIX hasta los sectores que durante décadas defendieron subordinaciones económicas y políticas frente a intereses extranjeros, existe una corriente histórica que ha preferido buscar legitimidad afuera antes que construirla con el pueblo mexicano.

    Por eso no sorprende que muchos de esos sectores se sientan más cómodos aplaudiendo discursos europeos sobre “civilización” y “libertad” que discutiendo las desigualdades reales que viven millones de personas en México.

    Tampoco sorprende que recurran constantemente a distorsiones históricas. Ayuso ha sido señalada en múltiples ocasiones por reivindicar versiones profundamente problemáticas de la colonización española en América, minimizando violencias históricas y romantizando procesos de dominación. Esa lectura no es inocente: forma parte de una visión política que entiende la historia desde el poder y no desde los pueblos.

    Y ahí aparece la verdadera diferencia de valores.

    De un lado, quienes defienden privilegios heredados, jerarquías sociales rígidas y modelos donde el mercado decide quién merece vivir con dignidad.

    Del otro, quienes creemos en la soberanía, en la justicia social y en la idea de que los derechos no deben depender del dinero o del apellido.

    De un lado, una política construida desde el elitismo y la nostalgia colonial.

    Del otro, una política que intenta —con errores, tensiones y desafíos— colocar a las mayorías en el centro.

    Por eso la gira de Ayuso terminó siendo más reveladora de lo que quizá pretendía. No logró instalar grandes debates ni conquistar simpatías masivas. Pero sí permitió observar con claridad quiénes siguen defendiendo un modelo donde México debe mirar hacia afuera para validarse, y quiénes sostienen que la dignidad nacional pasa por construir un proyecto propio.

    Al final, la discusión no es sobre una visita diplomática. Es sobre dos maneras completamente distintas de entender el país. Y sobre qué lado de la historia decide ocupar cada quien.

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  • 5 de mayo: cuando México derrotó a un imperio (y por qué no debemos olvidarlo)

    5 de mayo: cuando México derrotó a un imperio (y por qué no debemos olvidarlo)

    Cada 5 de mayo no celebramos una efeméride vacía ni un acto folclórico reducido a desfiles escolares y militares. Recordamos una lección histórica que incomoda a los poderosos: México, con recursos limitados pero con dignidad intacta, fue capaz de derrotar al ejército más poderoso del mundo. La Batalla de Puebla no solo fue una victoria militar; fue un golpe directo al corazón del imperialismo.

    En 1862, el ejército francés —sí, el mismo que presumía ser invencible en Europa— llegó a tierras mexicanas con la arrogancia típica de los imperios. Bajo el mando de Ignacio Zaragoza, un ejército compuesto en gran medida por campesinos, indígenas y ciudadanos comunes resistió y venció. No era solo una batalla por territorio: era una lucha por la soberanía, por el derecho de un país a decidir su destino sin imposiciones extranjeras.

    Aquella victoria no terminó la intervención, pero marcó el inicio de una resistencia que años después lograría lo impensable: expulsar definitivamente al invasor. El imperio francés, que pretendía instaurar una monarquía a modo en México, terminó derrotado por un pueblo que nunca aceptó la subordinación.

    Hoy, más de 160 años después, el eco de Puebla sigue resonando. Por que aunque las formas cambian, las intenciones imperiales persisten. La injerencia extranjera no siempre llega en forma de ejércitos; ahora se disfraza de “cooperación”, de “inteligencia compartida” o de acusaciones mediáticas que buscan desestabilizar.

    Ahí están los reportes recientes sobre operaciones encubiertas de la CIA en Chihuahua, actuando en coordinación con autoridades locales, pero al margen de la soberanía nacional y la constitución. Ahí están también las filtraciones y señalamientos contra funcionarios de Sinaloa, muchas veces sin pruebas concluyentes, pero con un claro impacto político y mediático. ¿Casualidad? Difícil creerlo.

    Estados Unidos ha perfeccionado una forma de intervención menos visible, pero igual de peligrosa. No necesita invadir con tropas cuando puede influir con agencias, presionar con narrativas o condicionar con acuerdos y aranceles.

    Por eso, recordar la Batalla de Puebla no es un acto nostálgico: es un acto político. Nos obliga a preguntarnos si hoy estamos defendiendo la soberanía con la misma firmeza que aquellos soldados que, con fusiles precarios, enfrentaron a un imperio. Nos confronta con la realidad de que la independencia no es un estado permanente, sino una lucha constante.

    México ya demostró que puede derrotar imperios. Lo hizo cuando parecía imposible. Lo hizo cuando todo estaba en contra. Y lo volvió a hacer al expulsar a los invasores años después.

    Hoy, la batalla no se libra en los fuertes de Loreto y Guadalupe, pero sigue en pie. Está en la defensa del territorio, en la autonomía de las decisiones políticas, en la resistencia frente a cualquier forma de injerencia extranjera.

    Porque si algo nos enseñó Puebla es esto: los imperios no son invencibles. Y los pueblos que defienden su soberanía, tampoco.

  • La larga sombra de la CIA en México

    La larga sombra de la CIA en México

    La noticia sobre agentes extranjeros fallecidos recientemente en Chihuahua, México, presuntamente vinculados a labores encubiertas y a esquemas de colaboración opacos con autoridades locales, volvió a encender una discusión que México suele posponer: la presencia e injerencia de agencias estadounidenses en territorio nacional.

    Más allá de los detalles específicos del caso —que deben esclarecerse con apego a la ley y transparencia institucional—, el episodio remite a una historia más amplia: la larga sombra de la CIA y de otros aparatos de seguridad de Estados Unidos sobre la vida política mexicana.

    Durante la Guerra Fría, México fue observado con especial interés por Washington. Su cercanía geográfica, su peso regional y la existencia de movimientos sociales, estudiantiles, sindicales y de izquierda lo convirtieron en un país estratégico. En ese contexto, la CIA operó en América Latina bajo una lógica conocida: contener cualquier proyecto que se percibiera como incómodo para los intereses estadounidenses y de sus grandes empresas.

    A lo largo de décadas, distintas investigaciones periodísticas y desclasificaciones han mostrado redes de intercambio de información, cooperación irregular y relaciones estrechas entre agencias estadounidenses y cuerpos de inteligencia nacionales. Organismos como la Dirección Federal de Seguridad y, años después, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional, convivieron en una zona gris donde la frontera entre colaboración legítima e injerencia política no siempre fue clara.

    El problema de fondo no es la cooperación internacional en materia de seguridad. Ningún país serio renuncia al intercambio de inteligencia frente a amenazas transnacionales. El problema aparece cuando esa cooperación se realiza al margen de la ley, sin controles democráticos, sin rendición de cuentas y, peor aún, subordinando la soberanía nacional a intereses externos.

    México tiene un marco jurídico claro respecto a la actuación de agentes extranjeros. La presencia, funciones y límites de cualquier colaboración deben sujetarse a la Constitución y a las leyes nacionales. Cuando existen operaciones encubiertas, acuerdos informales o vínculos directos con gobiernos estatales por fuera de los canales federales, no estamos frente a cooperación institucional: estamos frente a una anomalía política.

    La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos de cómo la intervención externa en nombre de la seguridad termina degradando instituciones, alimentando conflictos internos y debilitando la confianza pública. Golpes de Estado, espionaje político, persecución ideológica y operaciones clandestinas no son fantasmas del pasado: son antecedentes concretos.

    Importa el caso de Chihuahua porque obliga a preguntar quién autorizó qué, bajo qué marco legal y con qué supervisión. Importa porque evidencia el riesgo de que algunos gobiernos locales conviertan la seguridad en un espacio de relaciones paralelas con actores extranjeros. E importa porque recuerda que la soberanía no se pierde solo en grandes tratados: también se erosiona en convenios opacos y prácticas toleradas.

    La relación con Estados Unidos será siempre compleja por razones geográficas, económicas y de seguridad. Precisamente por eso debe construirse desde la legalidad entre Estados soberanos, no desde zonas oscuras donde unos mandan y otros obedecen.

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  • Barcelona y Madrid: dos reuniones, dos proyectos de mundo

    Barcelona y Madrid: dos reuniones, dos proyectos de mundo

    Este fin de semana, Barcelona fue sede de una reunión de líderes progresistas que articuló respuestas comunes frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo: desigualdad, crisis climática, avance autoritario y debilitamiento democrático. No es solo un encuentro político. Es también un contraste inevitable con otra postal reciente: la reunión de sectores de derecha realizada en Madrid, donde coincidieron figuras como María Corina Machado y otros referentes del conservadurismo iberoamericano.

    Lo que se ve constantemente en Madrid es la consolidación de una internacional reaccionaria que ha entendido algo con claridad: el miedo moviliza. Por eso su discurso gira en torno a enemigos permanentes —migrantes, feminismo, izquierda, Estado social, movimientos populares, socialismo— y a la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido. Es una política que se alimenta de la nostalgia y de la confrontación.

    No es casual que muchas de esas expresiones compartan una retórica agresiva, militarizada y profundamente elitista. Hablan de libertad mientras defienden privilegios. Invocan la democracia mientras relativizan resultados electorales cuando no les favorecen. Se presentan como antisistema mientras protegen las jerarquías económicas de siempre.

    En cambio, lo que representó el encuentro en Barcelona es otra tradición política. Una que parte de la idea de que la política debe servir para ampliar derechos, reducir desigualdades y construir comunidad. Una visión que entiende que la seguridad no nace del odio, sino de la justicia social; que la paz no se impone con amenazas, sino con condiciones dignas de vida; que la libertad no consiste en abandonar a las mayorías al mercado, sino en garantizarles posibilidades reales de desarrollo.

    Por supuesto, el progresismo no está exento de contradicciones ni errores. Ningún proyecto político serio lo está. Pero hay una diferencia de fondo entre los valores que se ponen en juego.

    De un lado, la lógica del sálvese quien pueda.

    Del otro, la convicción de que nadie se salva solo.

    De un lado, la política del resentimiento convertida en espectáculo.

    Del otro, la apuesta por la solidaridad como principio público.

    De un lado, quienes normalizan la guerra cultural permanente y convierten cada diferencia en enemigo.

    Del otro, quienes insisten en que la diversidad social puede ser una fortaleza democrática.

    Madrid reunió a voces que suelen mirar hacia atrás, idealizando jerarquías del pasado y proponiendo recetas conocidas: mano dura, privatización, exclusión y concentración de poder.

    Barcelona convocó a quienes, con distintas tonalidades, buscan mirar hacia adelante: transición ecológica, bienestar social, cooperación internacional y ampliación de derechos.

    En el fondo, la pregunta es sencilla.

    ¿Queremos una política fundada en el miedo o una fundada en la esperanza?

    ¿Una sociedad organizada desde el privilegio o desde la dignidad compartida?

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  • Claudia va a España

    Claudia va a España

    La participación de Claudia Sheinbaum en la reunión de líderes progresistas que se celebrará este fin de semana en España no es un hecho menor ni protocolario. Es, en realidad, una señal política que rebasa fronteras: México busca posicionarse en una conversación global donde se está disputando el rumbo del mundo.

    En un contexto internacional marcado por el avance de las derechas, el resurgimiento de discursos autoritarios y la profundización de las desigualdades, los espacios de articulación entre proyectos progresistas adquieren una relevancia estratégica. No se trata solo de encuentros diplomáticos; se trata de construir narrativas, alianzas y, sobre todo, horizontes comunes.

    La presencia de Sheinbaum en este tipo de foros refleja algo más que una agenda internacional activa. Refleja la intención de insertar el proyecto político mexicano —surgido de la Cuarta Transformación— en una red más amplia de experiencias que, con matices y diferencias, comparten una preocupación central: cómo gobernar en favor de las mayorías en un sistema global que tiende a concentrar riqueza y poder.

    Hoy, las decisiones económicas, las políticas energéticas, los modelos de bienestar e incluso las estrategias de comunicación política están profundamente interconectadas. Lo que ocurre en América Latina dialoga con el mundo entero; lo que se decide en un país tiene efectos en otros. En ese escenario, la construcción de una agenda progresista internacional deja de ser opcional para convertirse en una necesidad.

    El progresismo global no es homogéneo. Existen diferencias en torno a temas clave como la política económica, la relación con los mercados, la transición energética o el papel del Estado. Sin embargo, hay un punto de coincidencia que articula estos esfuerzos: la necesidad de disputar el modelo dominante.

    Sheinbaum llega a este encuentro con una narrativa que ha sido central en la política nacional reciente: la idea de que es posible combinar estabilidad económica con políticas sociales, crecimiento con redistribución, Estado con participación popular. Esa experiencia —con sus aciertos y sus críticas— forma parte del debate internacional sobre las alternativas al modelo neoliberal.

    Por supuesto, también habrá quienes minimicen el encuentro o lo reduzcan a un gesto simbólico. Pero sería un error subestimar la dimensión política de estos espacios. En un mundo donde las derechas han logrado articularse con eficacia a nivel global, la construcción de redes progresistas es, también, una forma de disputa.

    La pregunta de fondo es si estos encuentros lograrán traducirse en acciones concretas o si quedarán en el terreno de las declaraciones. Esa es, quizás, la gran prueba para el progresismo internacional: pasar del diagnóstico compartido a la coordinación efectiva.

    Finalmente México, a través de Sheinbaum, se sienta en una mesa donde se discute el futuro. Y en esa mesa no solo se intercambian ideas; se definen posiciones frente a los grandes temas de nuestro tiempo en hora buena. 

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  • El Jesús de los pobres

    El Jesús de los pobres

    Cada año, durante la Semana Santa, la figura de Jesús de Nazaret vuelve al centro del discurso público. Se le recuerda en procesiones, se le menciona en sermones y se le convierte, muchas veces, en una figura abstracta, despojada de su contexto histórico. Pero hay una pregunta que incomoda ¿de qué lado estaba realmente Jesús?

    Fue un predicador que caminó entre los pobres, que cuestionó abiertamente a las élites religiosas y que denunció las desigualdades de su tiempo. No hablaba desde el poder, hablaba desde abajo. Su mensaje no se dirigía a los privilegiados, sino a quienes vivían al margen: enfermos, excluidos, trabajadores, mujeres, pueblos sometidos.

    En ese sentido, reducir su figura a una espiritualidad despolitizada es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una forma de neutralizar su mensaje.

    Jesús habló de compartir el pan, de renunciar a la acumulación de riqueza, de colocar a los últimos en el centro. No es casual que su prédica incomodara tanto a las estructuras de poder de su época. El conflicto que terminó en su ejecución no fue solo religioso; fue profundamente político.

    Cuando hoy se habla de justicia social, de redistribución o de poner al pueblo en el centro, muchas de esas ideas encuentran eco en ese mensaje original. No porque Jesús fuera “socialista” en los términos modernos —sería un anacronismo—, sino porque su práctica y su ética se alinean con principios que hoy asociamos con la izquierda: igualdad, comunidad, dignidad humana por encima del dinero.

    Por eso resulta tan contradictorio —y revelador— que sectores que se asumen como defensores de su figura sostengan, al mismo tiempo, posturas que justifican la desigualdad extrema, la concentración de riqueza o la exclusión social.

    Porque si algo muestra el relato evangélico es a un hombre que no se acomodó al poder, que no buscó privilegios y que pagó con la vida su confrontación con las estructuras dominantes. Su mensaje no era cómodo, no era neutral, no era funcional al sistema de su tiempo. Era, en muchos sentidos, profundamente subversivo.

    Recordar a ese Jesús implica algo más que repetir rituales: implica preguntarse qué hacemos hoy con ese mensaje. Implica reconocer que la defensa de los pobres no es una consigna decorativa, sino una posición ética y política.

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  • No kings!

    No kings!

    Las calles volvieron a hablar. Y cuando lo hacen al unísono, millones de voces se convierten en una sola verdad imposible de ignorar: la democracia no es un trámite, es una lucha constante. El pasado fin de semana, más de ocho millones de personas salieron a marchar en distintas ciudades bajo la consigna de “No Kings”, un grito que no solo rechaza a un personaje, sino a toda una lógica de poder que pretende colocarse por encima de las instituciones, de la ley y, sobre todo, de la voluntad popular.

    El blanco de la protesta fue el fascista Donald Trump, figura central de una corriente política que ha hecho del autoritarismo una estrategia y del odio una herramienta electoral. No es casual que la consigna “No Kings” remita a una idea profundamente arraigada en la historia política de Estados Unidos: el rechazo a cualquier forma de monarquía o concentración absoluta de poder. Lo que millones de personas dijeron en las calles es que esa amenaza no es abstracta, tiene nombre, discurso y proyecto.

    Hablar de una “dictadura naranja” puede parecer, para algunos, una exageración retórica. Pero basta observar los hechos: el cuestionamiento sistemático a los resultados electorales, acciones recurrentes extra legales, el pisotear la constitución, la presión sobre instituciones judiciales, la normalización del discurso racista y la promoción abierta de la violencia política. No estamos frente a una anomalía aislada, sino ante una forma de hacer política que erosiona desde dentro los cimientos democráticos.

    Las movilizaciones de “No Kings” son también una respuesta a la normalización del autoritarismo en el discurso público. Durante años, sectores mediáticos y políticos han minimizado los riesgos, reduciendo el fenómeno a una simple polarización o a un estilo “controversial”. Sin embargo, lo que se está disputando es mucho más profundo: el sentido mismo de la democracia en el siglo XXI.

    Hay algo muy potente en estas marchas: su carácter diverso. No se trata de una sola causa, sino de muchas convergiendo en una misma indignación. Mujeres, jóvenes, comunidades racializadas, trabajadores, migrantes. Todos ellos han sido, en distintos momentos, blanco de políticas o discursos que los excluyen, los criminalizan o los invisibilizan. La calle se convirtió en el punto de encuentro de esas resistencias.

    Pero más allá de la cifra —ocho millones no son poca cosa—, lo relevante es el mensaje político: existe un límite. Y ese límite es la sociedad organizada. Frente a la tentación autoritaria, la respuesta no vino de las élites ni de las instituciones por sí solas, sino de la ciudadanía movilizada. Esa es, quizá, la lección más importante.

    Las marchas de “No Kings” nos recuerdan que la democracia no se defiende únicamente en las urnas, sino también en las calles. Que frente a quienes se asumen como dueños del poder, la respuesta debe ser colectiva, organizada y persistente. Y que, al final del día, ningún proyecto autoritario es invencible cuando millones de personas deciden enfrentarlo.

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  • Silvio Rodríguez: la guitarra, la historia y la congruencia

    Silvio Rodríguez: la guitarra, la historia y la congruencia

    En tiempos donde la corrección política suele domesticar la palabra y donde muchos prefieren la ambigüedad antes que el compromiso, escuchar a Silvio Rodríguez decir que, si fuera necesario, volvería a empuñar su fusil en defensa de la Revolución Cubana, no es una provocación: es una declaración de coherencia.

    Porque Silvio no es solo un trovador. Su historia no comienza en los grandes escenarios, sino en el proceso mismo de construcción de la revolución. Fue parte de una generación que creció al calor de la transformación impulsada tras 1959, y que entendió el arte no como un refugio individual, sino como una herramienta colectiva.

    Antes de convertirse en una de las voces más importantes de la canción latinoamericana, Silvio vivió la revolución desde dentro. No como espectador, sino como participante.

    Formó parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, y su paso por la vida militar no fue simbólico. En los años sesenta, integró misiones internacionalistas vinculadas al apoyo que Cuba brindó a procesos de liberación en África, particularmente en países como Angola y Guinea-Bissau, donde la isla caribeña acompañó luchas anticoloniales contra potencias europeas.

    Ahí, lejos de los reflectores, Silvio no era el cantautor que hoy conocemos, sino un joven comprometido con una idea que trascendía fronteras: la de la solidaridad internacional.

    Cuando años después emergió como figura central de la Nueva Trova, junto a otros músicos, su discurso no era una pose estética. Era la continuidad de una vivencia política. Canciones como La era está pariendo un corazón o Playa Girón no pueden entenderse sin ese contexto de compromiso, de historia vivida, de contradicciones asumidas.

    Por eso, cuando hoy reafirma su defensa de la revolución, no está repitiendo un eslogan. Está sosteniendo una trayectoria. En un mundo donde muchas figuras públicas cambian de postura según la coyuntura, Silvio ha optado por algo cada vez más raro: la congruencia. Ha sido crítico en distintos momentos, sí, pero nunca ha renegado del proceso que ayudó a construir.

    Y eso es lo que incomoda. Porque su figura rompe con la narrativa simplista que reduce la Revolución Cubana a caricaturas. Silvio es prueba de que existen sujetos que, incluso con matices y críticas, siguen defendiendo un proyecto político desde la convicción y la memoria.

    Decir que “empuñaría su AKM” no es una apología de la violencia; es una forma de decir que hay causas que no se abandonan cuando vienen los momentos difíciles.

    Hoy, cuando el debate sobre Cuba suele reducirse a consignas vacías o ataques automáticos, la voz de Silvio Rodríguez recuerda algo fundamental: que la historia no se construye desde la comodidad, sino desde la toma de posición. Y que hay quienes, incluso décadas después, siguen dispuestos a defender lo que consideran justo.

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  • El bloqueo a Cuba

    El bloqueo a Cuba

    En días recientes, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a colocar en la conversación pública un tema que durante décadas ha sido tratado con una mezcla de hipocresía internacional y silencio conveniente: el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba.

    El exmandatario mexicano pidió nuevamente que se ponga fin a esa política que, más que una herramienta diplomática, se ha convertido en un castigo colectivo contra un pueblo entero. No es una exageración. El bloqueo, vigente desde hace más de seis décadas, ha sido diseñado para asfixiar económicamente a la isla con un objetivo político muy claro: provocar el colapso del sistema socialista cubano.

    La hostilidad permanente contra Cuba no tiene que ver únicamente con diferencias ideológicas; tiene que ver con el peligro simbólico que representa para el capitalismo global que un pequeño país del Caribe haya logrado sostener un proyecto socialista durante más de medio siglo, a pesar de las presiones externas.

    Porque, si algo demuestra la historia de Cuba, es que el socialismo no ha sido derrotado por sus fracasos internos, sino que ha tenido que resistir un cerco económico permanente impulsado por la mayor potencia del planeta.

    Pensemos por un momento en lo absurdo de la situación: un país de poco más de once millones de habitantes enfrenta sanciones financieras, comerciales y tecnológicas de la economía más poderosa del mundo. Se le limita el acceso a medicamentos, financiamiento internacional, tecnología y comercio global. Y aun así, Cuba ha logrado construir algunos de los sistemas sociales más avanzados de América Latina.

    La isla caribeña tiene uno de los sistemas de salud pública más reconocidos del mundo, una esperanza de vida comparable con la de países desarrollados y un modelo educativo que logró erradicar el analfabetismo desde los primeros años de la Revolución.

    Mientras muchos países del continente siguen luchando por garantizar servicios básicos a su población, Cuba ha enviado miles de médicos a distintas regiones del mundo en misiones de solidaridad internacional.

    Ese es, precisamente, el gran problema para el discurso anticomunista: cuando el socialismo muestra resultados concretos en materia de salud, educación o bienestar social, el relato de su inevitable fracaso se debilita.

    El bloqueo no es solamente una sanción; es una herramienta de guerra económica que busca generar escasez, descontento social y desgaste político. La lógica es brutalmente simple: si la población vive bajo presión constante, eventualmente culpará al sistema político. 

    Aun así, la isla ha resistido. Y esa resistencia explica por qué el caso cubano sigue siendo tan incómodo para Washington y para los defensores más radicales del libre mercado: demuestra que incluso bajo condiciones extremas un proyecto socialista puede sobrevivir, adaptarse y mantener logros sociales significativos.

    Por eso el llamado de López Obrador no debería interpretarse solo como un gesto diplomático, sino como una postura ética frente a una política que la propia comunidad internacional ha condenado durante décadas.

    Año tras año, en la Asamblea General de Naciones Unidas, la inmensa mayoría de los países del mundo vota a favor de poner fin al bloqueo. Año tras año, Estados Unidos decide ignorar ese consenso global.

    La pregunta entonces es inevitable: si el socialismo cubano es tan inviable como dicen sus críticos, ¿por qué ha sido necesario bloquearlo durante más de sesenta años?

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