Etiqueta: Carlos Mendoza

  • La larga sombra de la CIA en México

    La larga sombra de la CIA en México

    La noticia sobre agentes extranjeros fallecidos recientemente en Chihuahua, México, presuntamente vinculados a labores encubiertas y a esquemas de colaboración opacos con autoridades locales, volvió a encender una discusión que México suele posponer: la presencia e injerencia de agencias estadounidenses en territorio nacional.

    Más allá de los detalles específicos del caso —que deben esclarecerse con apego a la ley y transparencia institucional—, el episodio remite a una historia más amplia: la larga sombra de la CIA y de otros aparatos de seguridad de Estados Unidos sobre la vida política mexicana.

    Durante la Guerra Fría, México fue observado con especial interés por Washington. Su cercanía geográfica, su peso regional y la existencia de movimientos sociales, estudiantiles, sindicales y de izquierda lo convirtieron en un país estratégico. En ese contexto, la CIA operó en América Latina bajo una lógica conocida: contener cualquier proyecto que se percibiera como incómodo para los intereses estadounidenses y de sus grandes empresas.

    A lo largo de décadas, distintas investigaciones periodísticas y desclasificaciones han mostrado redes de intercambio de información, cooperación irregular y relaciones estrechas entre agencias estadounidenses y cuerpos de inteligencia nacionales. Organismos como la Dirección Federal de Seguridad y, años después, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional, convivieron en una zona gris donde la frontera entre colaboración legítima e injerencia política no siempre fue clara.

    El problema de fondo no es la cooperación internacional en materia de seguridad. Ningún país serio renuncia al intercambio de inteligencia frente a amenazas transnacionales. El problema aparece cuando esa cooperación se realiza al margen de la ley, sin controles democráticos, sin rendición de cuentas y, peor aún, subordinando la soberanía nacional a intereses externos.

    México tiene un marco jurídico claro respecto a la actuación de agentes extranjeros. La presencia, funciones y límites de cualquier colaboración deben sujetarse a la Constitución y a las leyes nacionales. Cuando existen operaciones encubiertas, acuerdos informales o vínculos directos con gobiernos estatales por fuera de los canales federales, no estamos frente a cooperación institucional: estamos frente a una anomalía política.

    La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos de cómo la intervención externa en nombre de la seguridad termina degradando instituciones, alimentando conflictos internos y debilitando la confianza pública. Golpes de Estado, espionaje político, persecución ideológica y operaciones clandestinas no son fantasmas del pasado: son antecedentes concretos.

    Importa el caso de Chihuahua porque obliga a preguntar quién autorizó qué, bajo qué marco legal y con qué supervisión. Importa porque evidencia el riesgo de que algunos gobiernos locales conviertan la seguridad en un espacio de relaciones paralelas con actores extranjeros. E importa porque recuerda que la soberanía no se pierde solo en grandes tratados: también se erosiona en convenios opacos y prácticas toleradas.

    La relación con Estados Unidos será siempre compleja por razones geográficas, económicas y de seguridad. Precisamente por eso debe construirse desde la legalidad entre Estados soberanos, no desde zonas oscuras donde unos mandan y otros obedecen.

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  • Barcelona y Madrid: dos reuniones, dos proyectos de mundo

    Barcelona y Madrid: dos reuniones, dos proyectos de mundo

    Este fin de semana, Barcelona fue sede de una reunión de líderes progresistas que articuló respuestas comunes frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo: desigualdad, crisis climática, avance autoritario y debilitamiento democrático. No es solo un encuentro político. Es también un contraste inevitable con otra postal reciente: la reunión de sectores de derecha realizada en Madrid, donde coincidieron figuras como María Corina Machado y otros referentes del conservadurismo iberoamericano.

    Lo que se ve constantemente en Madrid es la consolidación de una internacional reaccionaria que ha entendido algo con claridad: el miedo moviliza. Por eso su discurso gira en torno a enemigos permanentes —migrantes, feminismo, izquierda, Estado social, movimientos populares, socialismo— y a la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido. Es una política que se alimenta de la nostalgia y de la confrontación.

    No es casual que muchas de esas expresiones compartan una retórica agresiva, militarizada y profundamente elitista. Hablan de libertad mientras defienden privilegios. Invocan la democracia mientras relativizan resultados electorales cuando no les favorecen. Se presentan como antisistema mientras protegen las jerarquías económicas de siempre.

    En cambio, lo que representó el encuentro en Barcelona es otra tradición política. Una que parte de la idea de que la política debe servir para ampliar derechos, reducir desigualdades y construir comunidad. Una visión que entiende que la seguridad no nace del odio, sino de la justicia social; que la paz no se impone con amenazas, sino con condiciones dignas de vida; que la libertad no consiste en abandonar a las mayorías al mercado, sino en garantizarles posibilidades reales de desarrollo.

    Por supuesto, el progresismo no está exento de contradicciones ni errores. Ningún proyecto político serio lo está. Pero hay una diferencia de fondo entre los valores que se ponen en juego.

    De un lado, la lógica del sálvese quien pueda.

    Del otro, la convicción de que nadie se salva solo.

    De un lado, la política del resentimiento convertida en espectáculo.

    Del otro, la apuesta por la solidaridad como principio público.

    De un lado, quienes normalizan la guerra cultural permanente y convierten cada diferencia en enemigo.

    Del otro, quienes insisten en que la diversidad social puede ser una fortaleza democrática.

    Madrid reunió a voces que suelen mirar hacia atrás, idealizando jerarquías del pasado y proponiendo recetas conocidas: mano dura, privatización, exclusión y concentración de poder.

    Barcelona convocó a quienes, con distintas tonalidades, buscan mirar hacia adelante: transición ecológica, bienestar social, cooperación internacional y ampliación de derechos.

    En el fondo, la pregunta es sencilla.

    ¿Queremos una política fundada en el miedo o una fundada en la esperanza?

    ¿Una sociedad organizada desde el privilegio o desde la dignidad compartida?

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  • Claudia va a España

    Claudia va a España

    La participación de Claudia Sheinbaum en la reunión de líderes progresistas que se celebrará este fin de semana en España no es un hecho menor ni protocolario. Es, en realidad, una señal política que rebasa fronteras: México busca posicionarse en una conversación global donde se está disputando el rumbo del mundo.

    En un contexto internacional marcado por el avance de las derechas, el resurgimiento de discursos autoritarios y la profundización de las desigualdades, los espacios de articulación entre proyectos progresistas adquieren una relevancia estratégica. No se trata solo de encuentros diplomáticos; se trata de construir narrativas, alianzas y, sobre todo, horizontes comunes.

    La presencia de Sheinbaum en este tipo de foros refleja algo más que una agenda internacional activa. Refleja la intención de insertar el proyecto político mexicano —surgido de la Cuarta Transformación— en una red más amplia de experiencias que, con matices y diferencias, comparten una preocupación central: cómo gobernar en favor de las mayorías en un sistema global que tiende a concentrar riqueza y poder.

    Hoy, las decisiones económicas, las políticas energéticas, los modelos de bienestar e incluso las estrategias de comunicación política están profundamente interconectadas. Lo que ocurre en América Latina dialoga con el mundo entero; lo que se decide en un país tiene efectos en otros. En ese escenario, la construcción de una agenda progresista internacional deja de ser opcional para convertirse en una necesidad.

    El progresismo global no es homogéneo. Existen diferencias en torno a temas clave como la política económica, la relación con los mercados, la transición energética o el papel del Estado. Sin embargo, hay un punto de coincidencia que articula estos esfuerzos: la necesidad de disputar el modelo dominante.

    Sheinbaum llega a este encuentro con una narrativa que ha sido central en la política nacional reciente: la idea de que es posible combinar estabilidad económica con políticas sociales, crecimiento con redistribución, Estado con participación popular. Esa experiencia —con sus aciertos y sus críticas— forma parte del debate internacional sobre las alternativas al modelo neoliberal.

    Por supuesto, también habrá quienes minimicen el encuentro o lo reduzcan a un gesto simbólico. Pero sería un error subestimar la dimensión política de estos espacios. En un mundo donde las derechas han logrado articularse con eficacia a nivel global, la construcción de redes progresistas es, también, una forma de disputa.

    La pregunta de fondo es si estos encuentros lograrán traducirse en acciones concretas o si quedarán en el terreno de las declaraciones. Esa es, quizás, la gran prueba para el progresismo internacional: pasar del diagnóstico compartido a la coordinación efectiva.

    Finalmente México, a través de Sheinbaum, se sienta en una mesa donde se discute el futuro. Y en esa mesa no solo se intercambian ideas; se definen posiciones frente a los grandes temas de nuestro tiempo en hora buena. 

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  • El Jesús de los pobres

    El Jesús de los pobres

    Cada año, durante la Semana Santa, la figura de Jesús de Nazaret vuelve al centro del discurso público. Se le recuerda en procesiones, se le menciona en sermones y se le convierte, muchas veces, en una figura abstracta, despojada de su contexto histórico. Pero hay una pregunta que incomoda ¿de qué lado estaba realmente Jesús?

    Fue un predicador que caminó entre los pobres, que cuestionó abiertamente a las élites religiosas y que denunció las desigualdades de su tiempo. No hablaba desde el poder, hablaba desde abajo. Su mensaje no se dirigía a los privilegiados, sino a quienes vivían al margen: enfermos, excluidos, trabajadores, mujeres, pueblos sometidos.

    En ese sentido, reducir su figura a una espiritualidad despolitizada es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una forma de neutralizar su mensaje.

    Jesús habló de compartir el pan, de renunciar a la acumulación de riqueza, de colocar a los últimos en el centro. No es casual que su prédica incomodara tanto a las estructuras de poder de su época. El conflicto que terminó en su ejecución no fue solo religioso; fue profundamente político.

    Cuando hoy se habla de justicia social, de redistribución o de poner al pueblo en el centro, muchas de esas ideas encuentran eco en ese mensaje original. No porque Jesús fuera “socialista” en los términos modernos —sería un anacronismo—, sino porque su práctica y su ética se alinean con principios que hoy asociamos con la izquierda: igualdad, comunidad, dignidad humana por encima del dinero.

    Por eso resulta tan contradictorio —y revelador— que sectores que se asumen como defensores de su figura sostengan, al mismo tiempo, posturas que justifican la desigualdad extrema, la concentración de riqueza o la exclusión social.

    Porque si algo muestra el relato evangélico es a un hombre que no se acomodó al poder, que no buscó privilegios y que pagó con la vida su confrontación con las estructuras dominantes. Su mensaje no era cómodo, no era neutral, no era funcional al sistema de su tiempo. Era, en muchos sentidos, profundamente subversivo.

    Recordar a ese Jesús implica algo más que repetir rituales: implica preguntarse qué hacemos hoy con ese mensaje. Implica reconocer que la defensa de los pobres no es una consigna decorativa, sino una posición ética y política.

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  • No kings!

    No kings!

    Las calles volvieron a hablar. Y cuando lo hacen al unísono, millones de voces se convierten en una sola verdad imposible de ignorar: la democracia no es un trámite, es una lucha constante. El pasado fin de semana, más de ocho millones de personas salieron a marchar en distintas ciudades bajo la consigna de “No Kings”, un grito que no solo rechaza a un personaje, sino a toda una lógica de poder que pretende colocarse por encima de las instituciones, de la ley y, sobre todo, de la voluntad popular.

    El blanco de la protesta fue el fascista Donald Trump, figura central de una corriente política que ha hecho del autoritarismo una estrategia y del odio una herramienta electoral. No es casual que la consigna “No Kings” remita a una idea profundamente arraigada en la historia política de Estados Unidos: el rechazo a cualquier forma de monarquía o concentración absoluta de poder. Lo que millones de personas dijeron en las calles es que esa amenaza no es abstracta, tiene nombre, discurso y proyecto.

    Hablar de una “dictadura naranja” puede parecer, para algunos, una exageración retórica. Pero basta observar los hechos: el cuestionamiento sistemático a los resultados electorales, acciones recurrentes extra legales, el pisotear la constitución, la presión sobre instituciones judiciales, la normalización del discurso racista y la promoción abierta de la violencia política. No estamos frente a una anomalía aislada, sino ante una forma de hacer política que erosiona desde dentro los cimientos democráticos.

    Las movilizaciones de “No Kings” son también una respuesta a la normalización del autoritarismo en el discurso público. Durante años, sectores mediáticos y políticos han minimizado los riesgos, reduciendo el fenómeno a una simple polarización o a un estilo “controversial”. Sin embargo, lo que se está disputando es mucho más profundo: el sentido mismo de la democracia en el siglo XXI.

    Hay algo muy potente en estas marchas: su carácter diverso. No se trata de una sola causa, sino de muchas convergiendo en una misma indignación. Mujeres, jóvenes, comunidades racializadas, trabajadores, migrantes. Todos ellos han sido, en distintos momentos, blanco de políticas o discursos que los excluyen, los criminalizan o los invisibilizan. La calle se convirtió en el punto de encuentro de esas resistencias.

    Pero más allá de la cifra —ocho millones no son poca cosa—, lo relevante es el mensaje político: existe un límite. Y ese límite es la sociedad organizada. Frente a la tentación autoritaria, la respuesta no vino de las élites ni de las instituciones por sí solas, sino de la ciudadanía movilizada. Esa es, quizá, la lección más importante.

    Las marchas de “No Kings” nos recuerdan que la democracia no se defiende únicamente en las urnas, sino también en las calles. Que frente a quienes se asumen como dueños del poder, la respuesta debe ser colectiva, organizada y persistente. Y que, al final del día, ningún proyecto autoritario es invencible cuando millones de personas deciden enfrentarlo.

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  • Silvio Rodríguez: la guitarra, la historia y la congruencia

    Silvio Rodríguez: la guitarra, la historia y la congruencia

    En tiempos donde la corrección política suele domesticar la palabra y donde muchos prefieren la ambigüedad antes que el compromiso, escuchar a Silvio Rodríguez decir que, si fuera necesario, volvería a empuñar su fusil en defensa de la Revolución Cubana, no es una provocación: es una declaración de coherencia.

    Porque Silvio no es solo un trovador. Su historia no comienza en los grandes escenarios, sino en el proceso mismo de construcción de la revolución. Fue parte de una generación que creció al calor de la transformación impulsada tras 1959, y que entendió el arte no como un refugio individual, sino como una herramienta colectiva.

    Antes de convertirse en una de las voces más importantes de la canción latinoamericana, Silvio vivió la revolución desde dentro. No como espectador, sino como participante.

    Formó parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, y su paso por la vida militar no fue simbólico. En los años sesenta, integró misiones internacionalistas vinculadas al apoyo que Cuba brindó a procesos de liberación en África, particularmente en países como Angola y Guinea-Bissau, donde la isla caribeña acompañó luchas anticoloniales contra potencias europeas.

    Ahí, lejos de los reflectores, Silvio no era el cantautor que hoy conocemos, sino un joven comprometido con una idea que trascendía fronteras: la de la solidaridad internacional.

    Cuando años después emergió como figura central de la Nueva Trova, junto a otros músicos, su discurso no era una pose estética. Era la continuidad de una vivencia política. Canciones como La era está pariendo un corazón o Playa Girón no pueden entenderse sin ese contexto de compromiso, de historia vivida, de contradicciones asumidas.

    Por eso, cuando hoy reafirma su defensa de la revolución, no está repitiendo un eslogan. Está sosteniendo una trayectoria. En un mundo donde muchas figuras públicas cambian de postura según la coyuntura, Silvio ha optado por algo cada vez más raro: la congruencia. Ha sido crítico en distintos momentos, sí, pero nunca ha renegado del proceso que ayudó a construir.

    Y eso es lo que incomoda. Porque su figura rompe con la narrativa simplista que reduce la Revolución Cubana a caricaturas. Silvio es prueba de que existen sujetos que, incluso con matices y críticas, siguen defendiendo un proyecto político desde la convicción y la memoria.

    Decir que “empuñaría su AKM” no es una apología de la violencia; es una forma de decir que hay causas que no se abandonan cuando vienen los momentos difíciles.

    Hoy, cuando el debate sobre Cuba suele reducirse a consignas vacías o ataques automáticos, la voz de Silvio Rodríguez recuerda algo fundamental: que la historia no se construye desde la comodidad, sino desde la toma de posición. Y que hay quienes, incluso décadas después, siguen dispuestos a defender lo que consideran justo.

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  • El bloqueo a Cuba

    El bloqueo a Cuba

    En días recientes, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a colocar en la conversación pública un tema que durante décadas ha sido tratado con una mezcla de hipocresía internacional y silencio conveniente: el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba.

    El exmandatario mexicano pidió nuevamente que se ponga fin a esa política que, más que una herramienta diplomática, se ha convertido en un castigo colectivo contra un pueblo entero. No es una exageración. El bloqueo, vigente desde hace más de seis décadas, ha sido diseñado para asfixiar económicamente a la isla con un objetivo político muy claro: provocar el colapso del sistema socialista cubano.

    La hostilidad permanente contra Cuba no tiene que ver únicamente con diferencias ideológicas; tiene que ver con el peligro simbólico que representa para el capitalismo global que un pequeño país del Caribe haya logrado sostener un proyecto socialista durante más de medio siglo, a pesar de las presiones externas.

    Porque, si algo demuestra la historia de Cuba, es que el socialismo no ha sido derrotado por sus fracasos internos, sino que ha tenido que resistir un cerco económico permanente impulsado por la mayor potencia del planeta.

    Pensemos por un momento en lo absurdo de la situación: un país de poco más de once millones de habitantes enfrenta sanciones financieras, comerciales y tecnológicas de la economía más poderosa del mundo. Se le limita el acceso a medicamentos, financiamiento internacional, tecnología y comercio global. Y aun así, Cuba ha logrado construir algunos de los sistemas sociales más avanzados de América Latina.

    La isla caribeña tiene uno de los sistemas de salud pública más reconocidos del mundo, una esperanza de vida comparable con la de países desarrollados y un modelo educativo que logró erradicar el analfabetismo desde los primeros años de la Revolución.

    Mientras muchos países del continente siguen luchando por garantizar servicios básicos a su población, Cuba ha enviado miles de médicos a distintas regiones del mundo en misiones de solidaridad internacional.

    Ese es, precisamente, el gran problema para el discurso anticomunista: cuando el socialismo muestra resultados concretos en materia de salud, educación o bienestar social, el relato de su inevitable fracaso se debilita.

    El bloqueo no es solamente una sanción; es una herramienta de guerra económica que busca generar escasez, descontento social y desgaste político. La lógica es brutalmente simple: si la población vive bajo presión constante, eventualmente culpará al sistema político. 

    Aun así, la isla ha resistido. Y esa resistencia explica por qué el caso cubano sigue siendo tan incómodo para Washington y para los defensores más radicales del libre mercado: demuestra que incluso bajo condiciones extremas un proyecto socialista puede sobrevivir, adaptarse y mantener logros sociales significativos.

    Por eso el llamado de López Obrador no debería interpretarse solo como un gesto diplomático, sino como una postura ética frente a una política que la propia comunidad internacional ha condenado durante décadas.

    Año tras año, en la Asamblea General de Naciones Unidas, la inmensa mayoría de los países del mundo vota a favor de poner fin al bloqueo. Año tras año, Estados Unidos decide ignorar ese consenso global.

    La pregunta entonces es inevitable: si el socialismo cubano es tan inviable como dicen sus críticos, ¿por qué ha sido necesario bloquearlo durante más de sesenta años?

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  • Messi…tan lejos de Maradona

    Messi…tan lejos de Maradona

    En el fútbol contemporáneo existe una tentación permanente por separar el talento de la política, como si los grandes ídolos del deporte vivieran en una especie de burbuja neutral. Sin embargo, la historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario: las figuras más grandes siempre terminan siendo símbolos políticos, lo quieran o no.

    En ese contraste inevitable aparece la comparación entre Lionel Messi y Diego Armando Maradona. No es una comparación futbolística —que suele monopolizar el debate— sino política.

    Maradona nunca escondió de qué lado estaba. Fue un futbolista extraordinario, pero también un personaje profundamente político. Criticó abiertamente a la FIFA, denunció la corrupción que rodea al negocio del fútbol mundial y se alineó sin ambigüedades con proyectos de izquierda en América Latina. Su cercanía con Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales no era una pose mediática: respondía a una visión del mundo que asumía el deporte como un espacio atravesado por el poder, el dinero y la desigualdad.

    Maradona entendía que el fútbol global estaba dominado por una lógica corporativa donde los jugadores se convierten en mercancía y las federaciones en negocios multimillonarios. Por eso su crítica a la FIFA era frontal. No era solo la rabia de un exjugador sancionado; era la intuición política de alguien que sabía que el fútbol moderno había sido capturado por intereses económicos gigantescos.

    Lionel Messi, en cambio, representa el reverso de esa figura. El capitán de la selección argentina ha construido una imagen pública cuidadosamente despolitizada. Su discurso rara vez roza cualquier tema social o político. Sin embargo, esa supuesta neutralidad también tiene implicaciones políticas. En un mundo atravesado por conflictos, desigualdades y disputas ideológicas, el silencio no es neutral: suele favorecer al orden establecido.

    Su cercanía mediática o simbólica con figuras de la derecha global, como Donald Trump, no puede leerse simplemente como una casualidad dentro del espectáculo deportivo. Forma parte de la red de poder que rodea al fútbol contemporáneo: empresarios, marcas, dirigentes y políticos que utilizan el deporte como plataforma de legitimación.

    Messi es el producto perfecto del fútbol corporativo del siglo XXI. Un talento gigantesco, cuidadosamente protegido por patrocinadores, clubes y estructuras comerciales que prefieren ídolos silenciosos antes que figuras incómodas.

    Maradona fue exactamente lo contrario: un genio caótico, indomable, que incomodaba a los poderosos porque hablaba demasiado y porque tomaba partido.

    Para buena parte de la izquierda latinoamericana, Maradona representó algo más que un futbolista extraordinario. Encarnó la posibilidad de que un ídolo popular utilizara su voz para cuestionar al poder global, desde la FIFA hasta la geopolítica internacional. Era contradictorio, excesivo y profundamente humano, pero también profundamente político.

    Messi, en cambio, parece encajar mejor en el fútbol convertido en industria global: un deporte que mueve mucho dinero, que organiza mundiales en países autoritarios y que prefiere la neutralidad estética antes que la crítica incómoda.

    No se trata de exigirle a Messi que sea Maradona. Cada época produce sus propios símbolos. Pero sí conviene recordar que incluso el silencio, incluso la neutralidad, también dicen algo sobre el lugar que se ocupa en el mundo.

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  • El Mencho

    El Mencho

    La noticia de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, ha generado inmediatamente un festín de titulares sensacionalistas. Para algunos, es el final de una figura temida; para otros, la posibilidad de un “mejor futuro”. Pero cuando despojamos el relato de sus adornos mitológicos, hay una verdad mucho más incómoda y profunda: El Mencho fue otra víctima del mismo sistema económico y político que dice combatir.

    No hablo aquí de justificar sus crímenes —nadie con dos dedos de frente puede relativizar el sufrimiento de las miles de familias destrozadas por la violencia vinculada al narcotráfico—, sino de entender cómo ese fenómeno crece y muere en un terreno que no es ajeno a nuestra sociedad: el capitalismo salvaje en su forma más perversa.

    El Mencho no surgió de la nada. Nació, como muchos otros, en un México desigual donde la pobreza, la falta de oportunidades reales y la violencia cotidiana son el pan de cada día. En ese caldo de cultivo, la economía ilegal no es solo una alternativa: es una válvula de escape para quienes no encuentran otra puerta abierta.

    Si el capitalismo premia la acumulación de riqueza a cualquier costo, ¿por qué nos escandaliza que quienes están fuera de los circuitos legales busquen su propia acumulación? El mercado —legal o ilegal— siempre ha sido un terreno fértil para quienes mejor negocian los márgenes de riesgo y violencia.

    La muerte del Mencho es, en términos históricos, un síntoma más de un sistema que no solo tolera la violencia, sino que la estructura y la rentabiliza. Cada operativo, cada enfrentamiento, cada líder que cae, alimentan un ciclo donde hay ganancias privadas para unos pocos y pérdidas irreparables para la mayoría.

    Porque en este sistema:

    • La pobreza es estructural, no accidental.
    • La marginación social genera economías paralelas.
    • La violencia se administra como un insumo más.
    • Y el costo humano siempre lo paga el pueblo.

    Mientras no transformemos las raíces económicas y sociales que hacen posible el nacimiento de figuras como El Mencho, estaremos condenados a ver caer piezas de un tablero sin tocar jamás el tablero mismo. La violencia no es un enemigo externo a nuestras estructuras: es una consecuencia lógica de un modelo que convierte todo —vidas incluidas— en mercancía.

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  • Marx Arriaga y la revolución educativa

    Marx Arriaga y la revolución educativa

    En México, cada vez que la educación pública intenta dejar de ser un instrumento de reproducción social, aparece el escándalo. No es nuevo. Lo nuevo es la virulencia con la que ciertos sectores celebran la salida de Marx Arriaga Navarro como si se tratara de una victoria cultural. Hablaremos de eso a continuación.

    Desde que asumió responsabilidades clave en la transformación curricular de la Secretaría de Educación Pública, Arriaga fue convertido en símbolo. No se discutían solamente libros de texto; se discutía el poder de definir qué deben aprender las infancias mexicanas.

    La ultraderecha —articulada en organizaciones empresariales, opinadores conservadores y grupos que añoran el modelo estandarizado de evaluación— construyó una narrativa sencilla: “ideologización”, “adoctrinamiento”, “peligro comunista”. El repertorio clásico.

    Pero detrás del ruido mediático hay algo más profundo: la pérdida de monopolio sobre el sentido común educativo y la pérdida dentro del negocio de impresión y diseño de los libros de texto (revisar a Grupo Prisa, Editorial Santillana, etc.)

    La llamada Nueva Escuela Mexicana no es solo un rediseño de contenidos. Es una ruptura con la lógica de la educación como entrenamiento para el mercado. Mientras el paradigma anterior priorizaba competencias medibles y estándares internacionales, la NEM introdujo comunidad, territorio, pensamiento crítico y vinculación social. Eso es lo que incomoda.

    La educación deja de girar exclusivamente en torno a la productividad y vuelve a hablar de justicia social, historia, memoria colectiva. Y eso, para ciertos sectores, es inadmisible.

    Se ha querido caricaturizar a Arriaga como un ideólogo radical. Sin embargo, la verdadera radicalidad fue cuestionar la naturalización del modelo neoliberal en las aulas.

    Decir que los libros de texto son políticos no es un escándalo: es una obviedad histórica. Toda selección de contenidos es una toma de postura. Lo que incomodó no fue que hubiera ideología, sino que ya no fuera la misma.

    La celebración de su destitución de Marx revela más sobre sus detractores que sobre su gestión. Cuando la educación pública intenta hablar de desigualdad estructural, colonialismo interno o comunidad, el reflejo conservador es inmediato: acusar, simplificar, deslegitimar.

    El conflicto alrededor de Arriaga no fue personal. Fue simbólico. Fue una batalla por el relato educativo del país. La salida de Marx Arriaga puede celebrarse en ciertos círculos como una victoria. Pero si algo dejó claro este episodio es que la educación sigue siendo el terreno donde se disputan los proyectos de nación.

    Y en esa disputa, quienes hoy festejan no están defendiendo la neutralidad pedagógica. Están defendiendo su propia hegemonía. Porque cuando la educación cambia de lenguaje, cambia también la imaginación política de un país.

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