Etiqueta: Carlos Mendoza

  • Exámenes de admisión, inteligencia artificial, trampas, neoliberalismo y más

    Exámenes de admisión, inteligencia artificial, trampas, neoliberalismo y más

    Hoy el debate gira en torno al examen de admisión de la UNAM. Videos, denuncias y testimonios sobre el uso de inteligencia artificial para responder preguntas, dudas sobre la seguridad del sistema y críticas a la empresa contratada para diseñar y aplicar la evaluación han ocupado las redes sociales durante días. La universidad ya anunció investigaciones y revisiones del proceso.

    Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. Porque el verdadero problema no es que la inteligencia artificial haya encontrado la manera de vulnerar un examen.

    El verdadero problema es que seguimos creyendo que un examen de unas cuantas horas puede decidir el futuro académico de cientos de miles de jóvenes. La IA no inventó la crisis, la hizo evidente.

    Durante décadas se nos ha vendido la idea de que los exámenes de admisión son instrumentos objetivos, neutrales y meritocráticos. No lo son.

    Un examen estandarizado mide la capacidad para responder un cuestionario bajo determinadas condiciones. No mide creatividad. No mide pensamiento crítico. No mide vocación. No mide disciplina. No mide liderazgo. No mide compromiso social. Mucho menos determina quién será un mejor médico, ingeniera, abogada, historiador o científico.

    Lo que sí hace es clasificar, ordenar, excluir. Esa ha sido siempre su función.

    El argumento oficial sostiene que las universidades públicas no tienen suficientes lugares para atender toda la demanda y, por tanto, deben seleccionar.

    Ese problema es real. Pero convertir una limitación presupuestal en una supuesta prueba de mérito es una decisión política.

    Cuando miles de jóvenes quedan fuera cada año, el mensaje implícito no es únicamente que “no alcanzaron el puntaje”. También se normaliza la idea de que la educación superior es un privilegio escaso y no un derecho que el Estado debe garantizar progresivamente.

    Ahí aparece la lógica neoliberal. No porque exista un examen en sí mismo, sino porque la escasez termina administrándose mediante mecanismos de competencia individual en lugar de resolverse con una expansión suficiente de la educación pública.

    El resultado es conocido. Quien puede pagar cursos especializados, simuladores, asesorías privadas o plataformas digitales llega con ventaja. Quien estudió en escuelas con mayores recursos también parte desde una posición distinta.

    Y quien no aprueba suele escuchar que “no se esforzó lo suficiente”, como si todas las personas hubieran competido desde el mismo punto de partida.

    La meritocracia suele olvidar las desigualdades. Por eso tampoco sorprende que alrededor de estos exámenes haya florecido toda una industria: Cursos, guías, plataformas, aplicaciones, escuelas privadas que prometen “asegurar el ingreso” y un largo etc.

    La educación pública termina alimentando un mercado privado construido alrededor de la exclusión. Paradójicamente, cuanto más difícil es entrar a una universidad pública, más rentable se vuelve preparar a quienes intentan hacerlo.

    La inteligencia artificial solo agregó un nuevo ingrediente a esa ecuación. Si una herramienta tecnológica es capaz de responder un examen diseñado para medir conocimientos, quizá también está revelando que ese instrumento evalúa habilidades que hoy pueden automatizarse con relativa facilidad.

    Las universidades tienen el enorme desafío de repensar sus mecanismos de ingreso en un mundo donde la inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana.

    Eso implica fortalecer la integridad académica, revisar los procesos tecnológicos y garantizar que cualquier empresa contratada para desarrollar estas plataformas cumpla con los más altos estándares de seguridad y transparencia.

    Pero también implica algo mucho más profundo. Preguntarnos si el examen estandarizado sigue siendo el mejor camino para decidir quién merece estudiar. Porque el conocimiento ya no consiste únicamente en memorizar información.

    Hoy importa comprender, argumentar, crear, investigar, resolver problemas y trabajar de manera colaborativa. Nada de eso cabe completamente en una hoja de respuestas.

    La discusión no debería agotarse en descubrir quién hizo trampa. Debería llevarnos a cuestionar un modelo de selección que desde hace décadas deja fuera a cientos de miles de jóvenes, no necesariamente porque carezcan de talento, sino porque el sistema educativo no ha crecido al ritmo de las necesidades del país.

    Lo verdaderamente importante será decidir si queremos seguir defendiendo un mecanismo de exclusión diseñado para administrar la escasez o construir un sistema universitario capaz de garantizar que el derecho a la educación no dependa de un examen de unas cuantas horas.

    Porque cuando el principal filtro para acceder a un derecho es sobrevivir a una prueba estandarizada, quizá el problema nunca fue la inteligencia artificial. Quizá el problema siempre fue el examen.

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  • Los nacos sí votan

    Los nacos sí votan

    Cada cierto tiempo, cuando los resultados de una elección no complacen a ciertos sectores, reaparece la misma idea con distinto disfraz: que no todas las personas deberían tener derecho a votar. Que habría que exigir determinado nivel de estudios, cierto ingreso económico, una prueba de conocimientos o cualquier otro filtro para decidir quién merece participar en la vida democrática.

    En otras palabras, la vieja aspiración de que solo voten “los correctos”, y es curioso. Quienes se llenan la boca hablando de libertad son los primeros en querer restringir el derecho político más importante de una sociedad democrática. No les molesta el voto; les molesta que vote quien no piensa como ellos.

    Detrás de estos planteamientos no hay preocupación por la democracia. Hay clasismo. Porque cuando dicen que “la gente ignorante no debería votar”, rara vez se refieren al empresario que comparte teorías conspirativas, al político corrupto con varios posgrados o al analista que vive equivocado. No. Casi siempre el destinatario de ese desprecio tiene un rostro muy específico: el trabajador, la empleada doméstica, el campesino, el albañil, la comerciante, la persona que no fue a la universidad, quien vive en una colonia popular o quien habla con un acento distinto al suyo.

    En México existe una palabra que esas élites utilizan con absoluta naturalidad para expresar ese desprecio: “naco”. “Naco” no describe una conducta. Describe, en su imaginario, una condición social. Es la manera socialmente aceptable de insultar a quien consideran inferior.

    Por eso el problema nunca fue la supuesta capacidad para votar. El problema es que millones de personas a las que históricamente despreciaron hoy tienen el mismo peso político que ellos frente a la urna. Eso les resulta insoportable.

    La democracia nació precisamente para romper con la idea de que el poder debía pertenecer únicamente a una élite ilustrada, aristocrática o adinerada. Durante siglos se negó el voto a quienes no tenían propiedades, a las mujeres, a las personas racializadas y a las clases trabajadoras. Siempre hubo argumentos aparentemente racionales para justificar esa exclusión.

    Que no estaban preparados. Que eran manipulables. Que no entendían los asuntos públicos. Que votarían con el estómago. Las excusas cambian. El prejuicio permanece.

    Lo verdaderamente peligroso es que estas ideas ya no circulan únicamente en conversaciones privadas o en publicaciones aisladas de redes sociales. Poco a poco han encontrado eco en comentaristas, influencers y personajes públicos que presentan el elitismo como si fuera sentido común.

    No soportan que una persona que limpia oficinas tenga exactamente el mismo valor electoral que un empresario. Les parece una anomalía que un joven de una comunidad indígena tenga el mismo peso político que un conductor de televisión o un financiero.

    Toda experiencia antidemocrática comienza definiendo quién merece ser considerado un ciudadano pleno y quién no. Primero se cuestiona su capacidad. Después se limita su participación. Finalmente se le excluye por completo.

    Defender el sufragio universal no significa creer que todas las personas están siempre bien informadas. Nadie lo está. Todos tenemos sesgos, preferencias e intereses. La solución nunca ha sido quitar derechos, sino garantizar más educación, más información, más debate público y mejores condiciones para ejercer una ciudadanía crítica.

    Los derechos no son premios por aprobar un examen. Son la base de una sociedad democrática.

    Y si algo ha demostrado la historia de México es que las grandes transformaciones no llegaron por concesión de las élites. Llegaron cuando quienes durante décadas fueron ignorados comenzaron a organizarse, participar y decidir.

    Eso también ocurre en las urnas. Así que sí. Los nacos sí votan. Las trabajadoras del hogar votan. Los campesinos votan. Los obreros votan. Las personas indígenas votan. Los estudiantes votan. Las personas adultas mayores votan. Las personas LGBTTTIQA+ votan.  Las personas con discapacidad votan. Las mujeres votan. Los jóvenes votan. Y afortunadamente lo hacen.

    Porque una democracia donde solo votan los privilegiados deja de ser democracia para convertirse en un club privado con pretensiones de república. A algunos les incomoda que el pueblo decida. A nosotros nos preocuparía mucho más que dejara de hacerlo.

  • Lindsey Graham: cuando el halcón deja de volar

    Lindsey Graham: cuando el halcón deja de volar

    La muerte del senador republicano Lindsey Graham marca el final de una de las carreras políticas más influyentes —y más polémicas— de la derecha estadounidense. Graham falleció a los 71 años tras una enfermedad repentina, según informó su oficina. Pero la muerte de un político no obliga a maquillar su legado.

    En política, el respeto a la vida humana no significa renunciar al juicio histórico. Y el juicio sobre Lindsey Graham difícilmente puede separarse de las guerras que promovió, de las sanciones económicas que defendió y de la visión del mundo que ayudó a consolidar desde Washington.

    Graham fue uno de los grandes halcones de la política exterior estadounidense. Durante décadas defendió una idea simple y profundamente peligrosa: que Estados Unidos tiene el derecho —e incluso la obligación— de intervenir militarmente en cualquier rincón del planeta cuando sus intereses así lo dicten.

    Apoyó invasiones. Respaldó bombardeos. Impulsó sanciones que afectaron a poblaciones enteras. Promovió una política internacional basada más en la fuerza que en la diplomacia.

    No es casualidad que fuera uno de los principales promotores del endurecimiento contra Irán, Rusia y otros países considerados adversarios de Washington. Tampoco es casualidad que, hasta sus últimos días, siguiera defendiendo una política exterior agresiva y una mayor presión militar sobre los rivales de Estados Unidos.

    Su discurso iba mucho más allá del conservadurismo tradicional. En múltiples ocasiones normalizó una retórica donde la guerra aparecía como la solución natural a los conflictos internacionales y donde la supremacía estadounidense justificaba prácticamente cualquier acción. Ese tipo de pensamiento ha provocado millones de víctimas alrededor del mundo.

    No se trata únicamente de decisiones militares. También hablamos de bloqueos económicos, intervenciones políticas, desestabilización de gobiernos y una visión según la cual algunos países tienen derecho a decidir el destino de otros.

    Ese es el verdadero rostro del imperialismo contemporáneo. Y Lindsey Graham fue uno de sus defensores más visibles.

    En el plano interno tampoco fue una figura moderada. Respaldó a Donald Trump durante la transformación del Partido Republicano hacia posiciones cada vez más radicalizadas, a pesar de haber sido uno de sus críticos más severos años antes.

    También defendió posiciones duramente cuestionadas en materia migratoria, derechos de las personas LGBT+, acceso al aborto y seguridad nacional. Muchas de sus declaraciones alimentaron un clima político donde el adversario dejó de ser un interlocutor para convertirse en un enemigo.

    Cuando la política deja de reconocer la humanidad del otro, comienza a acercarse peligrosamente a las lógicas fascistas. Donde se desarrollan discursos de nacionalismo extremo, la glorificación de la fuerza, la construcción permanente de enemigos internos y externos, y la idea de que la seguridad justifica restringir derechos y libertades.

    Lindsey Graham contribuyó a normalizar buena parte de esa narrativa. Por eso, más que preguntarnos cómo murió, conviene preguntarnos qué deja detrás. Porque las personas pasan. Las ideas permanecen.

    Y el verdadero riesgo no es la desaparición de un senador, sino la permanencia de una doctrina que sigue creyendo que la paz puede construirse a través de la guerra, que la democracia puede exportarse con bombas y que la hegemonía de una potencia vale más que la soberanía de los pueblos.

    La historia juzgará a Lindsey Graham no por los homenajes oficiales ni por las banderas a media asta. Lo hará por las consecuencias de las políticas que defendió. Y esas consecuencias todavía siguen pesando sobre millones de personas dentro y fuera de Estados Unidos.

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  • ¿Por qué perdió México ante Inglaterra?

    ¿Por qué perdió México ante Inglaterra?

    La selección mexicana mostró algo que durante muchos años no había tenido: carácter. Peleó, compitió, hizo sufrir a uno de los favoritos incluso cuando el marcador parecía sentenciado. Pero el fútbol de élite no premia el esfuerzo; premia los proyectos bien construidos. Y ahí es donde México volvió a fracasar.

    En la cancha hubo errores evidentes. Faltó imaginación para romper una defensa ordenada. El ataque dependió demasiado de impulsos individuales y nunca encontró variantes cuando el rival cerró espacios. Tácticamente el equipo tardó en reaccionar y defensivamente hubo desconcentraciones imperdonables en la marca que terminaron costando goles. Esos errores existen y deben señalarse.

    Pero quedarse únicamente con el análisis del partido sería engañarnos otra vez. México no perdió este Mundial por noventa minutos malos. Lo perdió durante años. Lo perdió cuando el fútbol dejó de ser un proyecto deportivo para convertirse exclusivamente en un negocio.

    Porque mientras las grandes potencias invierten en formación, infraestructura, desarrollo de talento y competencia, aquí seguimos administrando un mercado cautivo.

    La abolición del ascenso y descenso fue quizá el golpe más duro para la competitividad del fútbol mexicano. Se eliminó el miedo al fracaso. Se acabó la urgencia por mejorar. Muchos clubes entendieron que ya no era indispensable competir para permanecer; bastaba con cumplir los requisitos administrativos y financieros.

    ¿Para qué invertir en fuerzas básicas si el descenso ya no existe? ¿Para qué arriesgar con jóvenes si es más sencillo traer futbolistas extranjeros de nivel mediocre que, además, generan comisiones para representantes y directivos?

    Nadie discute que los extranjeros enriquecen una liga cuando elevan su nivel. El problema es que en México llegan demasiados jugadores que no son mejores que el talento nacional. Ocupan plazas, frenan procesos y reducen oportunidades para futbolistas mexicanos que necesitan minutos para desarrollarse.

    Después nos preguntamos por qué en la Selección faltan laterales, centrales o extremos capaces de competir al máximo nivel. La respuesta juega todos los fines de semana… sentado en la banca. 

    Y mientras eso ocurre, las televisoras y los grupos empresariales siguen controlando buena parte del ecosistema del fútbol mexicano. Durante décadas el balón dejó de ser solamente un deporte para convertirse en un producto televisivo. Los horarios responden al rating. Los calendarios a los contratos. Las decisiones deportivas a los intereses comerciales. Los dueños poseen varios equipos. Los conflictos de interés se normalizan. Las multipropiedades sobreviven.

    Y la Federación Mexicana de Fútbol parece mucho más preocupada por vender derechos comerciales que por construir un modelo deportivo capaz de competir con las mejores selecciones del mundo.

    Cada fracaso mundialista promete una “reestructuración histórica”. Cambian nombres, cambian entrenadores, cambian directores deportivos; pero nunca cambia el modelo. Porque tocar el modelo significa afectar negocios y eso nadie quiere hacerlo.

    Resulta mucho más sencillo culpar al entrenador de turno o al delantero que falló una oportunidad que preguntarse quién diseñó este sistema donde la rentabilidad importa más que la competencia.

    Mientras Argentina exporta futbolistas formados en una estructura competitiva y Europa convierte a sus ligas en laboratorios de desarrollo, México presume estadios llenos, contratos millonarios y balances financieros saludables.

    El negocio funciona. El fútbol, no. Quizá por eso este Mundial deja una sensación distinta, no porque México estuviera cerca de eliminar a Inglaterra, sino porque quedó claro que los jugadores pelearon con las herramientas que tenían.

    El problema no fueron únicamente ellos, el problema empieza mucho antes de que ruede el balón. Empieza en las oficinas donde se decidió cancelar el ascenso y descenso, empieza cuando se privilegió el espectáculo sobre la formación, empieza cuando se entendió al aficionado como consumidor y no como parte de una cultura deportiva, empieza cuando la Federación olvidó que el objetivo de una liga profesional no es únicamente producir ganancias, también debe producir futbolistas.

    Y mientras esa lógica no cambie, seguiremos haciendo lo mismo cada cuatro años: cambiar de entrenador, buscar culpables en la cancha y convencernos de que el próximo Mundial será diferente. No lo será, porque México no necesita otro director técnico, necesita recuperar el fútbol de quienes hicieron del negocio su cancha favorita.

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  • AMLO, Monsiváis, la homofobia y la mentira

    AMLO, Monsiváis, la homofobia y la mentira

    Hay errores periodísticos. Y hay publicaciones que terminan exhibiendo algo mucho más grave: la renuncia al principio más elemental del periodismo, verificar antes de publicar. Digo, es algo normal en la prensa de derecha.

    Eso ocurrió con la supuesta entrevista de Carlos Monsiváis difundida por El Universal. El diario terminó retirando el texto y ofreciendo una disculpa pública a la familia del escritor al reconocer que no pudo acreditar la autenticidad de las declaraciones que le fueron atribuidas, pero curioso jamás se disculparon con AMLO las ternuritas estas.

    La publicación apareció en un contexto político donde Andrés Manuel López Obrador ha sido, durante décadas, objeto de un intenso linchamiento mediático. Desde que era jefe de Gobierno de la Ciudad de México, pasando por los procesos electorales de 2006, 2012 y 2018, y durante todo su gobierno, alrededor de su figura circularon rumores, montajes, noticias falsas, campañas de desprestigio y narrativas construidas más desde la confrontación política que desde los hechos.

    En este caso, además, existe otro elemento igual de preocupante: la homofobia. La fuerza de la historia atribuida a Monsiváis descansaba en una vieja lógica discriminatoria: presentar una supuesta relación entre dos hombres como si eso constituyera un escándalo político.

    Vale la pena preguntarse por qué esa historia pretendía resultar explosiva. La respuesta es incómoda: porque todavía hay quienes consideran que la orientación sexual puede utilizarse como arma para desacreditar a una persona.

    No sólo se utilizó el nombre de uno de los intelectuales más importantes de México sin una verificación suficiente. También se recurrió, de manera implícita, a un prejuicio que Carlos Monsiváis combatió durante toda su vida.

    Monsiváis fue un defensor de las libertades, un crítico del conservadurismo moral y una de las voces que ayudó a abrir el debate público sobre los derechos de la diversidad sexual en México. Resulta irónico que, años después de su muerte, su nombre apareciera vinculado a una historia cuya eficacia dependía precisamente del morbo y de la persistencia de prejuicios homofóbicos.

    Porque, incluso si la anécdota hubiera sido cierta, ¿cuál sería el escándalo?

    ¿Que dos hombres hubieran sostenido una relación?

    Sólo una sociedad que todavía arrastra prejuicios podría convertir eso en una noticia destinada a destruir reputaciones.

    Obliga a reflexionar sobre los límites entre el periodismo y la propaganda, entre la investigación y la especulación, entre el derecho a informar y la tentación de publicar aquello que confirma prejuicios o alimenta la polarización política.

    Las disculpas eran necesarias. Pero también hace falta reconocer el daño que producen las noticias falsas cuando se insertan en un ambiente de confrontación permanente. Porque una mentira no deja de ser mentira sólo porque encaje con las ideas de quienes desean creerla.

    El periodismo tiene la responsabilidad de incomodar al poder, sí. Pero también tiene la obligación de hacerlo con pruebas. Cuando renuncia a esa obligación, deja de servir a la sociedad y termina sirviendo a los poderosos.

    El Universal y otros medios de derecha actuaron como lo han hecho a través de los años, a base de mentiras construir narrativas que golpeen al obradorismo. Por eso los combatimos, porque son mercenarios de la información y unos pinches mentirosos.

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  • México 86: cuando Maradona le ganó a Inglaterra dos veces

    México 86: cuando Maradona le ganó a Inglaterra dos veces

    Hay partidos de futbol que se recuerdan por el marcador. Otros por un campeonato. Y algunos, muy pocos, trascienden el deporte para convertirse en símbolos de una época. El Argentina-Inglaterra de México 86 pertenece a esta última categoría.

    Han pasado cuatro décadas desde aquel encuentro disputado en el Estadio Azteca, pero sigue siendo uno de los momentos más cargados de significado político, cultural y deportivo en la historia del futbol mundial. No era un partido cualquiera. No podía serlo.

    Apenas cuatro años antes, la Guerra de las Malvinas había dejado cientos de muertos argentinos y británicos en una confrontación desigual entre una potencia histórica y una nación latinoamericana golpeada por la crisis política y económica. Aunque el futbol no era la continuación de la guerra por otros medios, sería ingenuo pensar que aquel contexto estaba ausente en la cancha.

    Los pueblos tienen memoria. Y millones de argentinos llegaron a ese partido con heridas todavía abiertas. Del otro lado estaba Inglaterra, uno de los mejores equipos de futbol del mundo. Sin embargo, del lado argentino aparecía un futbolista que ya era extraordinario, pero que aquella tarde se convertiría en leyenda: Diego Armando Maradona.

    Lo que ocurrió después forma parte del imaginario colectivo del deporte. Primero llegó el gol más polémico de la historia. La famosa “Mano de Dios”. Una jugada imposible de separar de la picardía latinoamericana, de esa tradición cultural que tantas veces ha sido incomprendida por quienes pretenden reducir el futbol a reglamentos y estadísticas. Décadas después sigue generando debate, enojo y admiración.

    Pero si ese gol convirtió a Maradona en mito, el siguiente lo elevó a una dimensión distinta. Porque apenas unos minutos después llegó lo que muchos consideran el mejor gol de la historia del futbol.

    Maradona tomó el balón en su propio campo, dejó rivales en el camino como si estuviera jugando en otra velocidad y recorrió más de medio campo hasta definir frente al arquero inglés. Fue una obra de arte. Una combinación perfecta de técnica, inteligencia, velocidad y creatividad.

    Aquel gol no necesitó controversias. Fue pura genialidad.

    Y quizás por eso el partido sigue fascinando cuarenta años después. Porque en noventa minutos convivieron la polémica más grande y la obra maestra más brillante del futbol moderno.

    Sin embargo, reducir aquel encuentro a dos goles sería perder de vista su dimensión histórica. Para buena parte de América Latina, la victoria argentina tuvo una carga simbólica evidente. No porque resolviera conflictos internacionales ni porque modificara el mapa geopolítico del mundo. Nada de eso ocurrió.

    Pero los símbolos importan. Y para muchos pueblos del sur global, ver a una nación latinoamericana derrotar a una potencia europea en el escenario más importante del deporte significó una pequeña reivindicación emocional en un mundo profundamente desigual.

    Esa dimensión explica por qué el partido sigue despertando tantas pasiones. No se trató únicamente de futbol. Fue identidad. Fue memoria. Fue orgullo.

    Y también fue una demostración de cómo el deporte puede convertirse en un espejo de las tensiones políticas y culturales de su tiempo.

    Quizá por eso la figura de Maradona sigue despertando pasiones tan intensas. Porque representó algo más que talento futbolístico. Representó rebeldía. Representó identidad popular. Representó la posibilidad de que un joven surgido de los barrios humildes pudiera desafiar a los poderosos y ganar.

    Hoy, cuarenta años después, las Islas Malvinas siguen siendo objeto de disputa diplomática entre Argentina y Reino Unido. Las heridas de aquella guerra no han desaparecido completamente. Pero la historia del Azteca permanece como uno de esos raros momentos donde el deporte y la política se cruzan de manera inevitable.

    México fue el escenario. Maradona fue el protagonista. Y el mundo fue testigo de una tarde irrepetible.

    Porque aquel día, en la cancha más emblemática de América Latina, Diego no solo marcó dos goles. Construyó una de las leyendas más grandes que haya conocido el futbol.

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  • Las perritas de Trump

    Las perritas de Trump

    Antes de que alguien se ofenda por el título, aclaremos algo. Cuando hablamos de las “perritas” o los “cachorros de Trump” no nos referimos a una condición personal, sino a una conducta política: la de aquellos personajes que repiten obedientemente los discursos, intereses y obsesiones de Donald Trump y de la ultraderecha estadounidense, incluso cuando éstos chocan frontalmente con los intereses de México. Son quienes ladran las mismas consignas sobre migración, programas sociales, soberanía energética o seguridad; quienes justifican presiones extranjeras contra su propio país y quienes parecen más preocupados por agradar a Washington que por defender la dignidad nacional. No es una cuestión de simpatías personales, sino de subordinación política. Y en México, por desgracia, cada vez abundan más los aspirantes a cachorro del trumpismo.

    No es un fenómeno nuevo. Ha existido desde el siglo XIX, cuando sectores conservadores apoyaron intervenciones extranjeras contra su propio país. Lo vimos durante las invasiones, durante el porfiriato dependiente del capital extranjero y durante buena parte del periodo neoliberal, cuando la soberanía nacional parecía un concepto incómodo para las élites económicas.

    Hoy esa tradición tiene nuevos rostros. Uno de los más visibles es Ricardo Salinas Pliego (a quien le gritaron perrita de Trump jaja), empresario que se ha convertido en una de las voces más estridentes de la derecha mexicana. Su discurso suele coincidir con los argumentos de la ultraderecha internacional: ataques permanentes a los programas sociales, desprecio por el papel del Estado, defensa irrestricta de las élites económicas y una narrativa donde cualquier política redistributiva es presentada como una amenaza.

    Pero lo más llamativo no es su posición ideológica. Lo verdaderamente revelador es la facilidad con la que reproduce discursos importados directamente de Estados Unidos.

    Cuando sectores vinculados al trumpismo atacan a México, cuestionan su soberanía o promueven visiones intervencionistas, rara vez encuentran resistencia en estos grupos. Por el contrario, muchas veces encuentran eco.

    Es la paradoja de una oposición que se envuelve en la bandera cuando habla de política interna, pero guarda silencio cuando desde el extranjero se cuestiona la capacidad de México para decidir su propio destino.

    La misma lógica puede observarse en otros personajes de la oposición. Algunos exfuncionarios, exdirigentes partidistas y comentaristas mediáticos han convertido la política nacional en una especie de sucursal de las guerras culturales estadounidenses. Hablan más de los debates del trumpismo que de los problemas reales de las comunidades mexicanas.

    Repiten consignas contra el “socialismo”, aunque ni siquiera puedan definirlo.

    Denuncian supuestas dictaduras mientras participan libremente en medios, redes y espacios públicos.

    Defienden la libertad de mercado, pero pocas veces hablan de la libertad de millones de mexicanos para vivir sin pobreza.

    Y cuando Washington presiona, amenaza o intenta influir en decisiones internas de México, suelen encontrar argumentos para justificarlo.

    Ahí aparece la verdadera diferencia política. Desde una visión soberanista, la relación con Estados Unidos debe construirse desde el respeto mutuo entre naciones. Cooperación, sí. Subordinación, no.

    Porque México puede tener diferencias internas profundas y legítimas. Puede haber debates intensos sobre economía, seguridad o democracia. Lo que no debería existir es una disposición permanente a colocar intereses extranjeros por encima de los nacionales.

    La historia mexicana está llena de personajes que entendieron esa diferencia. Desde Benito Juárez hasta Lázaro Cárdenas del Río, la defensa de la soberanía fue un principio fundamental de la vida pública.

    La pregunta de fondo es sencilla: cuando los intereses de México y los intereses de Washington entren en tensión, ¿de qué lado se colocará cada actor político?

    Algunos ya dieron su respuesta hace tiempo. Y no precisamente del lado de México.

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  • Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    Mundial 2026: cuando la pelota se convierte en mercancía

    El reloj avanza y la cuenta regresiva ya comenzó. Dentro de poco, México volverá a ser sede de una Copa del Mundo junto con Estados Unidos y Canadá. Los anuncios se multiplican, las marcas afinan sus campañas publicitarias y los gobiernos preparan eventos para recibir una de las industrias más lucrativas del planeta.

    Porque sí, aunque nos guste romantizarlo, el Mundial ya no es solamente futbol. Es negocio. Y uno enorme.

    Desde hace décadas, la FIFA ha perfeccionado un modelo donde la pasión de millones de personas se convierte en una mercancía global. Cada partido, cada camiseta, cada transmisión, cada patrocinio y cada fotografía termina formando parte de una maquinaria económica que mueve miles de millones de dólares.

    El futbol sigue siendo del pueblo, pero el Mundial hace mucho tiempo que dejó de pertenecerle.

    Los boletos son cada vez más inaccesibles para las clases populares. Los paquetes turísticos se diseñan para quienes pueden pagar miles de dólares. Los estadios se convierten en espacios donde el aficionado tradicional es desplazado por consumidores de alto poder adquisitivo.

    Paradójicamente, el deporte más popular del planeta se ha convertido en uno de los espectáculos deportivos más elitizados del mundo. Lo que alguna vez fue la celebración de barrios, colonias y comunidades termina subordinado a intereses corporativos que poco tienen que ver con el juego.

    En estos meses hemos visto cómo empresas privadas, cadenas televisivas, marcas internacionales y grupos económicos han intentado apropiarse del discurso mundialista. Nos dicen que todos somos parte de la fiesta, aunque para millones de personas el acceso real a esa fiesta sea prácticamente imposible.

    Sin embargo, la crítica no debe dirigirse al futbol. Sería un error enorme.

    Porque el futbol también es una expresión cultural profundamente popular. Es el partido en la cancha de tierra. Es el torneo del barrio. Es la cascarita después de la escuela. Es la familia reunida frente a una televisión para celebrar un gol.

    El problema no es el futbol. El problema es cuando el mercado transforma una pasión colectiva en un producto exclusivo. Desde la izquierda, la aspiración no es eliminar el futbol ni despreciarlo como hacen ciertas élites intelectuales. Todo lo contrario.

    La aspiración es recuperar su dimensión social. Hablar de un futbol accesible para todas y todos. De espacios deportivos públicos dignos. De canchas en las colonias populares. De actividades físicas como herramientas de salud, convivencia y prevención de la violencia.

    Por eso resulta interesante que, paralelamente a la organización del Mundial, existan planteamientos desde los gobiernos de la Cuarta Transformación para impulsar actividades comunitarias, torneos barriales, recuperación de espacios públicos y programas de activación física vinculados al evento.

    La verdadera herencia de un Mundial no debería medirse únicamente en derrama económica o en estadísticas turísticas. Debería medirse en cuántos niños encontraron una cancha donde jugar. En cuántas comunidades recuperaron espacios deportivos. En cuántos jóvenes encontraron una alternativa frente a la violencia. En cuántas personas pudieron ejercer su derecho al deporte.

    Porque cuando las luces del espectáculo se apaguen y los patrocinadores se marchen, eso será lo que realmente quede. El Mundial pasará. Las ganancias cambiarán de manos. Los contratos terminarán. Pero el futbol seguirá siendo del pueblo.

    La pregunta es si tendremos la capacidad de arrebatárselo, al menos un poco, a quienes llevan años intentando convertirlo únicamente en una mercancía.

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  • Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    Fox, Calderón y Maru Campos: la fotografía de un proyecto agotado

    La reciente reunión entre Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y María Eugenia Campos Galván no fue simplemente un encuentro entre personajes del mismo espectro político. Fue la imagen de una forma de entender el país, una especie de reunión de viejas élites que durante décadas gobernaron México y cuyos resultados siguen pesando sobre millones de personas.

    Fox llegó al poder prometiendo un cambio histórico. Se presentó como la alternativa al viejo régimen y como el rostro de una nueva transición democrática. Sin embargo, su gobierno terminó profundizando muchas de las políticas económicas heredadas del neoliberalismo y dejando intactas estructuras de desigualdad que afectaban a millones de mexicanos.

    Después vino Calderón. Un sexenio marcado por la llamada guerra contra el narcotráfico, una estrategia que transformó radicalmente la vida pública mexicana. Dentro de su alianza comprobada con el cartel de Sinaloa, los homicidios se dispararon, regiones enteras quedaron atrapadas entre la violencia y el país entró en una espiral cuyas consecuencias siguen presentes hasta nuestros días.

    Y ahora aparece Maru Campos. Representante de una nueva generación panista que, sin embargo, parece mantener intactas muchas de las viejas lógicas políticas. Un gobierno estatal cuestionado por distintos temas de transparencia, por su relación con grupos de poder tradicionales y recientemente por las polémicas relacionadas con la presencia de agencias extranjeras en territorio mexicano.

    Por eso la fotografía importa. Porque no muestra únicamente a tres políticos. Muestra la continuidad de un proyecto político que durante años apostó por la privatización, la concentración económica, la subordinación de lo público a intereses privados y una visión donde el mercado debía resolver prácticamente todo.

    Es la imagen de un modelo que entendía el desarrollo como crecimiento para unos cuantos y que consideraba los programas sociales poco más que una molestia presupuestal.

    Desde la izquierda, la crítica no es personal. Es histórica. No se trata de cuestionar una reunión entre adversarios políticos; eso es parte natural de la democracia. Se trata de recordar qué representan esos liderazgos en el debate nacional.

    Representan una etapa donde el Estado fue reducido sistemáticamente en sus capacidades sociales.

    Representan gobiernos que apostaron por la tecnocracia mientras millones permanecían excluidos.

    Representan una visión donde la estabilidad económica era celebrada incluso cuando convivía con profundas desigualdades.

    Y representan, también, una clase política que durante mucho tiempo creyó que gobernar consistía en administrar el país desde arriba sin escuchar demasiado a quienes estaban abajo.

    Por supuesto, la izquierda no está exenta de errores ni de contradicciones. Ningún proyecto político serio puede afirmar lo contrario. Pero existe una diferencia fundamental.

    Mientras aquellos gobiernos colocaron en el centro las recetas del mercado, los proyectos progresistas han intentado colocar en el centro a las personas.

    Mientras unos hablaron de derrama económica, otros hablan de derechos.

    Mientras unos confiaron en que la riqueza eventualmente llegaría a todos, otros sostienen que la justicia social debe construirse deliberadamente.

    La fotografía entre Fox, Calderón y Maru Campos termina siendo, en realidad, una definición política. No es una imagen del futuro. Es una imagen de aquello que buena parte del país decidió dejar atrás.

    Y quizás por eso resulta tan simbólica: porque más que una reunión de liderazgos vigentes, parece el retrato de una época que se resiste a aceptar que México cambió.

    Redes sociales

  • Raúl Castro, la soberanía cubana y la hipocresía de Washington

    Raúl Castro, la soberanía cubana y la hipocresía de Washington

    Cada cierto tiempo, desde Estados Unidos reaparece el intento de criminalizar a figuras históricas de la Revolución Cubana. Ahora el objetivo vuelve a ser Raúl Castro, en una narrativa que pretende presentar a Cuba como amenaza mientras se omite deliberadamente una parte fundamental de la historia: décadas de agresiones, terrorismo y operaciones encubiertas impulsadas o toleradas desde territorio estadounidense contra la isla.

    Porque para entender el conflicto entre Cuba y Estados Unidos hay que recordar algo que muchas veces se borra convenientemente: la Revolución Cubana no solo enfrentó bloqueo económico, sino también sabotajes, atentados y grupos violentos organizados desde Miami.

    Uno de los casos más conocidos fue el de la organización Hermanos al Rescate, presentada durante años por medios estadounidenses como una agrupación “humanitaria”. Sin embargo, desde Cuba se denunció reiteradamente que sus sobrevuelos violaban el espacio aéreo cubano y eran utilizados como provocaciones políticas en coordinación con sectores anticastristas radicales.

    Al frente de ese grupo estaba José Basulto, personaje ligado históricamente a operaciones apoyadas por la CIA y entrenado en el contexto de las acciones encubiertas contra Cuba durante la Guerra Fría.

    Washington exige respeto absoluto para su seguridad nacional y su espacio aéreo, pero durante décadas toleró —e incluso protegió políticamente— operaciones aéreas ilegales contra un país soberano.

    Lo que rara vez se menciona es que el gobierno cubano emitió múltiples advertencias antes del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Según registros y denuncias del propio gobierno de la isla, existieron alrededor de 25 advertencias previas señalando que esos vuelos debían detenerse porque violaban el espacio aéreo cubano.

    La pregunta es simple: ¿qué habría hecho Estados Unidos si aeronaves vinculadas a grupos hostiles sobrevolaran repetidamente su territorio desafiando advertencias oficiales?

    Ninguna potencia del mundo permitiría operaciones aéreas ilegales permanentes sobre su territorio. Ningún Estado aceptaría provocaciones constantes sin responder.

    Ahí es donde el discurso estadounidense pierde legitimidad moral. Porque mientras acusa a otros de autoritarismo o violencia, ha respaldado históricamente bloqueos, operaciones encubiertas e incluso grupos vinculados a acciones terroristas contra la isla.

    La propia historia de la Red Avispa refleja esa realidad. Los agentes cubanos infiltrados en organizaciones anticastristas en Florida no operaban en medio de un escenario pacífico, sino en un contexto donde existían antecedentes de atentados, sabotajes y planes violentos contra Cuba. Desde la perspectiva cubana, aquellas operaciones eran parte de una estrategia defensiva frente a amenazas reales.

    Cuba tiene derecho a decidir sobre su espacio aéreo, sobre su seguridad nacional y sobre su destino político sin amenazas externas ni operaciones desestabilizadoras promovidas desde otro país.

    Porque detrás de los ataques constantes contra Raúl Castro y la Revolución Cubana no solo existe una disputa ideológica. También existe el intento permanente de castigar a un país que decidió no subordinase completamente a los intereses de Washington. Y eso, para ciertos sectores del poder estadounidense, sigue siendo imperdonable.

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