Antes de que alguien se ofenda por el título, aclaremos algo. Cuando hablamos de las “perritas” o los “cachorros de Trump” no nos referimos a una condición personal, sino a una conducta política: la de aquellos personajes que repiten obedientemente los discursos, intereses y obsesiones de Donald Trump y de la ultraderecha estadounidense, incluso cuando éstos chocan frontalmente con los intereses de México. Son quienes ladran las mismas consignas sobre migración, programas sociales, soberanía energética o seguridad; quienes justifican presiones extranjeras contra su propio país y quienes parecen más preocupados por agradar a Washington que por defender la dignidad nacional. No es una cuestión de simpatías personales, sino de subordinación política. Y en México, por desgracia, cada vez abundan más los aspirantes a cachorro del trumpismo.
No es un fenómeno nuevo. Ha existido desde el siglo XIX, cuando sectores conservadores apoyaron intervenciones extranjeras contra su propio país. Lo vimos durante las invasiones, durante el porfiriato dependiente del capital extranjero y durante buena parte del periodo neoliberal, cuando la soberanía nacional parecía un concepto incómodo para las élites económicas.
Hoy esa tradición tiene nuevos rostros. Uno de los más visibles es Ricardo Salinas Pliego (a quien le gritaron perrita de Trump jaja), empresario que se ha convertido en una de las voces más estridentes de la derecha mexicana. Su discurso suele coincidir con los argumentos de la ultraderecha internacional: ataques permanentes a los programas sociales, desprecio por el papel del Estado, defensa irrestricta de las élites económicas y una narrativa donde cualquier política redistributiva es presentada como una amenaza.
Pero lo más llamativo no es su posición ideológica. Lo verdaderamente revelador es la facilidad con la que reproduce discursos importados directamente de Estados Unidos.
Cuando sectores vinculados al trumpismo atacan a México, cuestionan su soberanía o promueven visiones intervencionistas, rara vez encuentran resistencia en estos grupos. Por el contrario, muchas veces encuentran eco.
Es la paradoja de una oposición que se envuelve en la bandera cuando habla de política interna, pero guarda silencio cuando desde el extranjero se cuestiona la capacidad de México para decidir su propio destino.
La misma lógica puede observarse en otros personajes de la oposición. Algunos exfuncionarios, exdirigentes partidistas y comentaristas mediáticos han convertido la política nacional en una especie de sucursal de las guerras culturales estadounidenses. Hablan más de los debates del trumpismo que de los problemas reales de las comunidades mexicanas.
Repiten consignas contra el “socialismo”, aunque ni siquiera puedan definirlo.
Denuncian supuestas dictaduras mientras participan libremente en medios, redes y espacios públicos.
Defienden la libertad de mercado, pero pocas veces hablan de la libertad de millones de mexicanos para vivir sin pobreza.
Y cuando Washington presiona, amenaza o intenta influir en decisiones internas de México, suelen encontrar argumentos para justificarlo.
Ahí aparece la verdadera diferencia política. Desde una visión soberanista, la relación con Estados Unidos debe construirse desde el respeto mutuo entre naciones. Cooperación, sí. Subordinación, no.
Porque México puede tener diferencias internas profundas y legítimas. Puede haber debates intensos sobre economía, seguridad o democracia. Lo que no debería existir es una disposición permanente a colocar intereses extranjeros por encima de los nacionales.
La historia mexicana está llena de personajes que entendieron esa diferencia. Desde Benito Juárez hasta Lázaro Cárdenas del Río, la defensa de la soberanía fue un principio fundamental de la vida pública.
La pregunta de fondo es sencilla: cuando los intereses de México y los intereses de Washington entren en tensión, ¿de qué lado se colocará cada actor político?
Algunos ya dieron su respuesta hace tiempo. Y no precisamente del lado de México.
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