Etiqueta: Germán Castro

  • Fin de mundo a la mexicana

    Fin de mundo a la mexicana

    Tesis

    En México estamos transitando holgadamente el fin del mundo. Vivimos de manera tan desahogada la brusca conclusión de una era histórica que aquí podemos seguir prestando demasiada atención a cualquier cantidad de tonterías y permitirnos que la mayor parte de nuestras preocupaciones sean baladíes. Hablo en general y, por supuesto, lo que digo sólo tiene sentido si lo ponemos en contexto.

    Contexto

    Estamos al borde de una recesión mundial, el cambio climático ya no es un riesgo sino una emergencia, el demonio inflacionario recorre los cinco continentes, las sirenas de alerta por ataque nuclear sonaron hace unos días en Japón, Rusia y la OTAN han normalizado las amenazas de usar armas de destrucción masiva “si es necesario”, la covid-19 atizó la pandemia de enfermedades mentales que desde hace algunos años azota el mundo… Desde una perspectiva geopolítica, el fin de la era histórica por el que estamos transitamos puede enunciarse en pocas palabras: la dominación occidental del mundo ha terminado. Eso es lo que piensa Gérard Araud. Como Peter Zeihan lo hace en su reciente libro The End of the World Is Just the Beginning: Mapping the Collapse of Globalization (Harper, 2022), Araud sostiene que el orden mundial ha colapsado.

    Gérard Araud tiene una amplísima experiencia en asuntos internacionales —trabajó durante medio siglo en el servicio diplomático francés; fue embajador en Israel, Estados Unidos y la ONU—. Jubilado hace poco, acaba de publicar Histoires diplomatiques: Leçons d’hier pour le monde d’aujourd’hui (Grasset, 2022). Sostiene que la situación que Europa vivió desde el fin de la II Guerra Mundial fue una excepción histórica de paz y prosperidad, y que a medida que Estados Unidos retrocede el continente necesita valerse por sí mismo para enfrentar nuevos desafíos. Después de 1945, la Guerra Fría, dos super potencias; luego, con la disolución de la Unión Soviética (1991), el período del súper poder único, Estados Unidos. Esa era ha finalizado.

    “Terminó porque el policía del mundo, el gendarme americano, está cansado y se ha retirado a su casa, de la forma que lo vimos hacerlo de Afganistán (agosto 2021)”. Desorientado, débil y dividido, agregaría yo. “Biden declaró entonces: de ahora en adelante intervendremos sólo si la situación es de vital interés para nuestro país”. Así que China, Rusia e India están resurgiendo. “Regresamos al tipo de relaciones geopolíticas que conocimos durante el siglo XIX”, de tal suerte que “la guerra en Ucrania no será una loca excepción, sino que es el anuncio de los que veremos en las próximas décadas. En la conclusión de mi libro digo que los europeos tendrán que rearmarse de nuevo…, prepararnos para enfrentar un mundo rudo…”

    — Eso es deprimente –intervino el comentarista de France 24 que lo entrevistó hace unos días.

    — Sí, es deprimente.

    Confianza

    Así como la mayoría entiende la crisis climática como algo que ocurre en otras sitios del planeta y no aquí, en este país se percibe, los pocos que alcanzan a hacerlo, muy distante el colapso del orden mundial. Venimos de haber vivido durante mucho tiempo brincando de una crisis económica a otra, de un gasolinazo al siguiente, entre ajustes presupuestales de urgencia y sobresaltos macroeconómicos cotidianos en los micro bolsillos de todos, así que en el entorno actual nos sentimos bastante tranquilos, incluso muchos sorprendidos ante los buenos resultados. Echo mano de un dato duro para sustentar mi tesis.

    En la mañana de ayer, miércoles 5 de octubre, se dio a conocer el Indicador de Confianza del Consumidor (ICC), una abstracción estadística que el INEGI elabora junto con el Banco de México. En septiembre pasado el ICC no reportó una caída, sino un levísimo aumento: un avance mensual de 0.1 puntos. Dicho en corto y de forma prosaica, el ICC mesura el optimismo/pesimismo de la gente en cuanto a su situación económica, en un horizonte anual, desde el hoy, para atrás y para adelante. El ICC se construye a partir de la Encuesta Nacional sobre Confianza, nivelando el promedio ponderado de las respuestas expandidas a cinco preguntas referentes a:

    • Situación económica de los miembros del hogar en la actualidad comparada con la de un año antes.
    • Situación económica esperada de los miembros del hogar dentro de 12 meses, respecto a la actual.
    • Situación económica del país hoy, comparada con la de hace 12 meses.
    • Situación económica del país esperada dentro de 12 meses, respecto a la actual.
    • Posibilidades en la actualidad de los integrantes del hogar comparadas con las de hace un año para realizar compras de bienes durables.

    En suma, se explora la percepción de la población sobre el presente respecto al pasado, y del futuro desde el pasado y el presente. Se mide pues confianza de la gente. Así que, si el ICC presenta un levísimo incremento, la noticia es que la confianza en México no se ha caído, lo cual, puesto en contexto es una situación extraordinaria. Aquí, aunque hay un montón de cosas que mejorar, desde diciembre 2018 la esperanza es una postura no sólo posible sino del todo racional.

  • Apocalipsis ya… ¿Allá?

    Apocalipsis ya… ¿Allá?

    Ngozi Okonjo-Iweala, la primera mujer que dirige la OMC, asumió el cargo en 2021 y terminará su gestión en 2025. ¿Cómo se imaginará ella que estarán las cosas para entonces? Por lo pronto, la nigerina —licenciada en Economía magna cum laude en Harvard y doctora en Desarrollo por el MIT— no avisora un futuro agradable para nadie: “Pienso en una recesión mundial. Estamos al borde de ella.”  

    ●   Luego del paso de Fiona, todos los municipios de Puerto Rico han sido incluidos en la declaratoria de Desastre Mayor. El huracán Ian acaba dejar devastada y a oscuras a Cuba, y ahora mismo Florida lo espera en estado de máxima emergencia.  

    ●   Hace apenas unos días CNA Insider estrenó el documental Humanity’s Biggest Crisis Since World War 2? The Perfect Storm. Divivido en dos entregas, la primera de ellas comienza con un epigrafe firmado por Tharman Shanmugaratnam, Senior Minister de Singapur: “Enfrentamos la confluencia de varias inseguridades duraderas —geopolíticas, económicas y existenciales—, y cada una refuerza a las demás. Hemos entrado en una prolongada tormenta perfecta.”  

    ●   Los gasoductos Nord Stream 1 y 2, que transportan gas desde la costa rusa hasta la alemana han sido saboteados; el combustible se derrama en el mar Báltico. Por ello, la OTAN ya acusó a Putin de atentar en contra de la seguridad europea, no importa que en febrero Biden haya declarado que, si Rusia invadía Ucrania, eso haría Estados Unidos precisamente, cortar el paso del gas por los Nord Strem.  

    ●   En pantalla, la primera advertencia, con todo e imágenes de somalíes en los huesos: “Unas 345 millones de personas sufriendo hambre…” Y de golpe, el listado: “Guerras, pandemias, hambrunas, inflación, cambio climático y desastres naturales… Estamos presenciando la mayor crisis que la humanidad haya enfrentado desde la II Guerra Mundial.”  

    ●   Media mañana del miércoles 28 de septiembre, y leo una nota que ensombrece todo: la embajada de Estados Unidos en Moscú acaba de pedir a todos sus connacionales que abandonen de inmediato Rusia, “mientras haya opciones de viajes comerciales.”  

    ●   Hace también unos días el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó su Informe sobre Desarrollo Humano 2021/22. Este año, el eje temático no podía ser más claridoso: “Tiempos inciertos, vidas inestables”. En el texto introductorio alerta: “Vivimos en un mundo de preocupaciones: la pandemia de COVID-19 persiste, hay guerra en Ucrania y otros lugares, las temperaturas baten récords, se registran incendios y tempestades.”  

    ●   “A menos de que realicemos cambios mayores en la manera en la que tratamos a la Naturaleza es un hecho que pronto enfrentaremos más brotes pandémicos”.  

    ●   El PNUD sostiene que el combo de desasosiegos que sufre el mundo “se deriva de tres fuentes de incertidumbre nuevas e interconectadas: los sistemas planetarios desestabilizados por el Antropoceno, la búsqueda de transformaciones sociales de gran envergadura para aliviar las presiones planetarias y la intensificación generalizada de la polarización”. El fraseo no es muy claro. Explicaron mucho mejor el primer elemento en su propio Informe hace dos años: “Para sobrevivir y prosperar en esta nueva era, debemos trazar una nueva senda del progreso que respete los destinos entrelazados de las personas y el planeta, y reconozca que la huella material y de carbono de quienes más tienen está socavando las oportunidades de las personas que menos tienen.”

    Dicho en corto, o cambiamos el sistema que prioriza el lucro en favor de una microminoría —eso que el neoliberalismo llama “crecimiento económico”— o nos lleva el diablo. Y no, no lo hemos cambiado, al contrario: se han acelerado los motores de la explotación. Los dos siguientes elementos se explican más fácil: dado que es evidente que nos estamos encaminando al abismo, hay fuerzas sociopolítico en todo el orbe luchando por dar un golpe de timón, y eso causa enfrentamientos, polarización: acción, reacción.  

    ●   El mismo Shanmugaratnam sostiene que por todo el planeta hay “una sensación de malestar social, una pérdida de confianza, una pérdida de optimismo.” Y obvio, la peor forma de enfrentar problemas colectivos es hacerlo desorganizadamente.  

    ●   La hambruna no sólo causa enfermedad y muerte: hunger is quickly turning into anger.  

    ●   Ninguno de los diversos retos actuales es nuevo, “pero su interacción presenta un nuevo complejo de incertidumbre.” Según el PNUD, 6 de cada 7 personas en todo el mundo afirman sentirse inseguras con respecto a muchos aspectos de su vida.

    Y ayer, durante la comparecencia del secretario de Gobernación en la Cámara de Senadores, la panista Xóchitl Gálvez mostró un pizarroncito con una leyenda: “AMLO trabajó con Echeverría”. Fue de lo que más llamó la atención, quizá por lo pueril de la “acusación”. ¿Son esos los problemas de México? Seguramente no. No obstante, la anécdota muestra qué tan distantes podemos sentirnos del Apocalipsis que parece gestarse allá, en el mundo. Claro, por definición, el fin del mundo es ubicuo, nada se escapa. Pero eso sí, tiros y troyanos, conservas y progres, deberíamos aceptarlo: aquí en México, el Apocalipsis se contempla lejano.

  • Grandes números / grandes estupideces

    Grandes números / grandes estupideces

    Nadie está libre de soltar una que otra barrabasada. Por supuesto, la probabilidad de hacerlo se incrementa en razón directa a la veces en las que uno opta por abrir la boca en lugar de quedarse prudentemente callado. Y claro, cuando uno se anima a hablar de asuntos de gran escala, la probabilidad de espetar estupideces mayúsculas aumenta de manera proporcional. Obvio: la cosa se agrava muy feo si uno no tiene ni la más remota idea de lo que está diciendo.

    El martes pasado, en el contexto del análisis del IV Informe de Gobierno del presidente López Obrador, el señor Antonio García Conejo, quien, en representación del estado de Michoacán cobra dieta como senador de la República y forma parte del grupo parlamentario del PRD, dijo: “Fíjense nada más: en el 2018 había cincuenta y uno punto nueve millones de pobres; en 2020, cincuenta y cinco mil punto mueve millones de pobres, y en el 2022, cincuenta y ocho mil punto uno millones de pobres…”

    Es decir, según el perredista, quien es abogado y estudió una maestría en Derecho de la Información en la Universidad Michoacana de San Nicolás, en México ocurrió un prodigio demográfico colosal, algo nunca antes visto: de 2018 —último año de gobierno de Peña— a 2022 —segundo año de gobierno de AMLO—, la cantidad de pobres en este país pasó de 55.1 millones a 55.9 mil millones, esto es, ¡las personas humildes se multiplicaron 1,073 veces! Imposible, ¿no? Los resultados del Censo de Población y Vivienda realizado por el INEGI en 2020 indica que aquel año la población total del país ascendía a 126 millones de habitantes…, y García Conejo afirma que entonces, por culpa de AMLO y sus esbirros de Morena, ya había 55.9 mil millones de pobres, ¡447 Méxicos de puros pobres!

    El senador también aseguró, muy preocupado él, que en 2022 en nuestro país hay 58 mil millones de pobres, o sea 58 millardos, 58 seguido de nueve ceros. Seguramente el legislador no está al tanto de que, según estimaciones de la ONU, el próximo 15 de noviembre, en todo el mundo seremos ocho millardos de humanos, es decir, ocho mil millones: un ocho seguido de nueve ceros. Así que los 58.1 millardos de pobres que hay en México según el senador por el partido del Sol Azteca alcanzarían para poblar siete planetas como el nuestro, y todavía sobrarían otros 2.1 millardos (la población en conjunto de China, Estados Unidos, Brasil y Rusia).

    Considerar la perspectiva espacial brinda otra forma de aquilatar el tamañote del dislate métrico del senador. El territorio de la República Mexicana es de casi dos millones de kilómetros cuadrados (1’960,646.7 km2), así que la densidad de población de nuestro país debe de andar rondando los 65 habitantes por kilómetro cuadrado (habs./km2). Tal es el promedio nacional, y la situación se presenta de manera diferente en distintos ámbitos: por ejemplo, mientras que la densidad de población en la Ciudad de México es de poco más de 6,163 habs./km2, en Baja California Sur apenas alcanza 11 habs./km2.

    A nivel municipal, las diferencias son enormes: por ejemplo, el municipio sudcaliforniano de Comondú tiene una población relativa de apenas cuatro habs./km2, en tanto que la demarcación territorial Tlalpan, en la Ciudad de México, reporta 2,225 habs./km2, e Iztacalco, también en la capital de la República, 17,522 habs./km2. Bueno, pues resulta que si el maestro en Derecho de la Información García Conejo tuviera razón, considerando sólo a los 58.1 mil millones de pobres que dijo que hay, la densidad de población en todo México sería de más de 29,000 habs./km2, algo que ni siquiera alcanza el país más densamente poblado del orbe, Mónaco (18,343 habs./km2).

    Habrá quien diga que el desacierto del senador García Conejo —un tercio de la bancada del PRD en el Senado, por cierto— se explica por la dificultad que todos los humanos tenemos para lidiar con grandes números. Por ejemplo, ¿qué tanta gente son esos ocho mil millones que seremos en menos de dos meses? ¿Tiene usted capacidad de visualizar ese monto? Para hacerlo, hace poco propuse el siguiente ejercicio mental: si yo le pidiera a usted que contara del uno a los ocho mil millones, y usted lo hiciera a una velocidad promedio de una unidad por segundo, obviamente de aquí al 15 de noviembre no le daría tiempo. Si comenzara a contar sin parar, sin un minuto de descanso ni para dormir ni para ir al baño ni para comer ni nada, tardaría ocho millardos de segundos, que son 92,592 días, esto es, 253 años y medio, más de un cuarto de milenio.

    Con todo, el senador perredista más que problemas de comprensión numérica tal vez adolece de la obnubilación típica en la oposición del México contemporáneo. ¿Por qué lo digo? Juzguen ustedes: en la misma intervención, el legislador ofreció dos datos que, me parece, no ofrecen mayor reto de comprensión: “Los programas sociales entre 2018 y 2022 se han duplicado y cuadriplicado en términos reales, como el apoyo a adultos mayores y Jóvenes Construyendo el Futuro, entre otros…” Fácil de comprender, ¿no? Los recursos que se le da a gente anciana y a jóvenes sin trabajo ni escuela se multiplicaron por dos y por cuatro. Bueno, pues en lugar de aplaudir el hecho, lo critica y dice que tales programas no han servido. De la pandemia y de la peor crisis económica que ha sufrido el mundo desde la recesión de hace cien años no dice nada, quizá no lo recuerde.

  • That’s all, folks!

    That’s all, folks!

    Transitamos tiempos malos para la confianza. Las verdades absolutas escasean en nuestros días. Incluso la que hasta hace poco se consideraba la incuestionable proveedora de certezas, la ciencia, ha perdido crédito. Para no ir más lejos, desde hace poco más de dos años, la soberbia fe en los llamados datos duros se desmoronó: un bichito microscópico zamarreó nuestra arrogancia tecnológica y desenmascaró la ridícula altanería de la datamancia y otras supersticiones modernas, para dejarnos sorpresivamente encuerados frente a la incertidumbre…

    In deed, hoy día casi todos estamos de acuerdo en que lo más seguro es que quién sabe. Con todo, quedan algunas sentencias respetables, una que otra verdad que la enorme mayoría de la gente asume como axiomática y no pone en duda…, al menos de entrada. Una de esas máximas es la que a rajatabla establece que nada es eterno. Dejando aparte a los afortunados mortales que ahora mismo se encuentren sufriendo un episodio de enamoramiento, y haciendo a Dios a un lado —si algo así se puede hacer con un ser Omnipresente—, creo que no conozco a nadie que discuta el aserto: nada es eterno.

    No obstante, hay ciertos casos ante los cuales tal certidumbre se tambalea. En concreto, estoy pensando en dos —que quizá, en última instancia, resulten ser el mismo—: la permanencia del capitalismo y de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Me explico. Aunque tal vez hoy nadie se anime a defender la idea de que el capitalismo y el control del mundo por parte de los gringos sean perpetuos —como hace treinta años sostenía muy seriamente el señor Fancis Fukuyama (The end of history and the last man, 1992)—, a la hora que uno se atreve a decir que ahora sí el imperio del Tío Sam está en las últimas, ya no digamos que el capitalismo está terminando de terminarse, la respuesta generalizada es de franca incredulidad: No, no creo. Ni tú ni no veremos eso. Llevo un montón de años escuchando lo mismo, y ahí siguen y seguirán… ¿Será?

    Hace apenas unos momentos leí lo que acaba de declarar el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Vladímirovich Putin: “Los intentos de Occidente de crear un mundo unipolar han adoptado una forma repugnante”. El dicho, nada diplomático, importa por el contexto. Primero, Putin lo suelta en un momento de abierta confrontación con Washington, confrontación incluso bélica por intermediación de Ucrania y la OTAN. Segundo, Putin censura a Estados Unidos y a sus aliados —¿qué otra cosa es “Occidente” si no?— frente a su homólogo chino, Xi Jinping, en el marco de la cumbre de jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la cual está celebrándose en Samarcanda, la segunda ciudad más poblada de la República de Uzbekistán. ¿Y quiénes están ahí reunidos? Bueno, los jefes de Estado de los ocho países que integran dicha organización intergubernamental: China, India, Kazajstán, Kirguistán, Rusia, Pakistán, Tayikistán y Uzbekistán. Y dicho así quizá no sea fácil justipreciar la proporción de la humanidad que se encuentra allí representada. Para comparar en corto, recordemos que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el famoso T-MEC, integra un mercado de 493 millones de personas.…

    Bueno, tan sólo China ha sacado de la pobreza extrema en los últimos años a 800 millones de sus ciudadanos, y tiene tres veces más habitantes: 1,451 millones. La población total de los ocho Estados miembro de la OCS —de la que forman parte los dos países más poblados del orbe— asciende a 3.3 mil millones de seres humanos, es decir, 42% de la población total del planeta. Y si además consideramos a los otros seis países que participan en calidad de “asociados al diálogo” —Armenia, Azerbaiyán, Camboya, Nepal, Sri Lanka y Turquía—, deberíamos sumar otros 165 millones de hombres y mujeres —más o menos la misma cantidad de gente que la que habitamos México, Guatemala, Honduras y El Salvador, en conjunto—. Y podríamos anexar otro ingrediente: tanto Rusia como China e India forman parte de otra organización de cooperación internacional que trata de actuar al margen del dominio norteamericano, los Brics, en el que participan también Brasil y Sudáfrica, esto es, 272 millones de personas más, un monto que Canadá y México, principales socios de Estados Unidos, no alcanzamos juntos. Así que, si consideramos la OCS y los Brics, llegamos a 3,568 millones de seres humanos, el 45% de los sapiens.

    Como he argumentado ya aquí, con el componente demográfico deberíamos considerar también otros recursos como el territorio, los energéticos, el agua, la población en edad de trabajar, la capacidad de organización social, los niveles de acuerdo sociopolítico… En fin, yo no apostaría mucho a la perennidad de lo que pomposamente todavía llamamos el orden mundial actual.

  • Bufadores y bufones

    Bufadores y bufones

    Yo no sé por qué razón,
    de mi tragedia, bufón,
    te ríes… Mas tú eres vivo
    por tu danzar sin motivo.

    Antonio Machado, Mi bufón.

    Es casi imposible que no te hayas dado cuenta del chocante fenómeno: desde la campaña electoral de 2018 y de manera acelerada a partir del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en los comicios de julio de aquel mismo año, en este país hemos sido testigos de una tendencia imparable en el conservadurismo mexicano contemporáneo: cada vez más bufones actúan de críticos serios y los que solían actuar de críticos serios se abufonan cada vez más.

    En cuanto al primer bloque, el de los bufones que cada vez más actúan de críticos serios, no me refiero a cualquier tipo de bufón, sino específicamente a los que cobran por hacer reír al público, es decir, hablo de los bufones profesionales. El ejemplo paradigmático sería Brozo, el payaso que día a día se hace más tenebroso y menos gracioso. Y aunque no se pinten la cara ni se pongan una nariz roja de pelota, podemos echar en el mismo costal a una caterva de comediantes, desde Eugenio Derbez, a quien le pegó un ecologismo abrupto hace poco, hasta los señores José Manuel Torres Morales, y Eduardo Ramírez Velázquez, mejor conocidos como Chumel Torres y Lalo España o doña Francisca, respectivamente.

    Ellos y otros extraídos de la misma cantera de la farándula —podemos incluir, claro, a gente como la histrionisa Laura Guadalupe Zapata, el rockero Alex Lora y su hija Celia, el actor Héctor Suárez Gomís, etcétera— ahora actúan, y cada vez más, como críticos serios, e incluso hay los que se animan a hacerse pasar como voces calificadas en los más variados temas de la cosa pública. Ojo, uso el verbo actuar en el sentido de interpretar un papel en una obra teatral, de ofrecer un espectáculo ante el público: actuar de actores, pues, o de hipócritas, como se llamaban en el teatro griego antiguo.

    En contraparte, cuando miento aquí a personas que solían desempeñarse como críticos serios, me refiero en principio al copioso fárrago de opinócratas y comentaristas, y en general a la muchedumbre de personajes que los medios pomposamente nos presentan como “analistas”, “académicos”, “expertos”, “especialistas”…  Me parece que el caso paradigmático lo encontramos hoy en la señora Denise Eugenia Dresser Guerra, doctora en Ciencias Políticas, profesora en el ITAM y activísima oponente en un montón de pantallas y micrófonos a todo cuanto diga o no diga, haga o no haga, el presidente de la República.

    A punta de retorcidas argucias, memes bobos, coreografías chuscas e incluso recientemente de gesticulaciones que pretenden ser jocosas, la otrora circunspecta politóloga lleva ya mucho trecho avanzado en el camino del abufonamiento. Se apayasó. Y el de Dresser Guerra no es un caso aislado, sino una propensión generalizada en la derecha, en la reacción mexicana. Podríamos citar ejemplos de respetables profesores de instituciones de educación superior que han optado por dejar la escritura de ensayos pulcros y dedicarse mejor al posteo de fotomontajes fraudulentos y al retuiteo compulsivo de bulos —y sí, ahora mismo estoy pensando en José Antonio Crespo—.

    Podríamos también traer a cuento a editorialistas y columnistas que no hace mucho podíamos considerar sujetos entendidos y en algunos casos incluso bien informados, que hoy ya sólo publican faramallas y farfollas hilvanadas —no siempre bien— a partir de supuestos trascendidos que, usualmente, a la siguiente mañanera quedan evidenciados como embustes. Ni qué decir de un buen recaudo de afamados intelectuales que tiene ya mucho tiempo que nomás no sale del denuesto tipo pastelazo, el insulto soez y de la chacota como técnica más acabada de argumentación.

    El asalto de la bufonería al debate de los asuntos públicos no es cosa nueva —el nombre de la columna de Carlos Marín en Milenio es una confesión: “El asalto a la razón”—, ni en México ni en el mundo. En Estados Unidos llegó un momento en que la crítica a Trump prácticamente se redujo enteramente al chiste, muy graciosos, por cierto. Durante el sexenio de Calderón, pero marcadamente a lo largo del de Enrique Peña Nieto, la burla sustituyó al juicio. Cuando AMLO señaló que habían hecho de Peña “el payaso de las cachetadas” no exageraba. Integrada casi en su totalidad por bufadores y bufones, opositores que propagan su tirria y difícilmente pasan de la cuchufleta y la chabacanería, en la actualidad la reacción se convertido a sí misma en eso, en el payaso de las cachetadas. Así que, conforme pasan los días, uno se siente obligado a preguntarse cada vez con mayor frecuencia si no será que el conservadurismo escoge a sus voceros con el explícito afán de quedar en ridículo. Y no lo digo de broma.

  • ¿Qué es mexicanos? 

    ¿Qué es mexicanos? 

    Que “somos un país de güevones”. Eso fue lo que sin embarazo alguno sostuvo la histrionisa Laura Zapata, una de las ideólogas más representativas de la reacción mexicana contemporánea. Y luego la sexagenaria señora —de nacionalidad mexicana y oriunda de la ciudad capital del país— se explayó un poquito para dejar claro que con dicho adjetivo peyorativo quiso decir justamente lo que significa la palabra según el diccionario del español en México de El Colmex: “que es flojo; haragán”. 

    Y aunque no mentó los adjetivos, describió dos conductas censurables más: mantenido —“persona que vive indebidamente a expensas de otra”—, concretamente mantenido del gobierno, y conformista —“que se conforma con lo establecido o con lo que le ofrezcan”—. En suma, según la actriz, hija por cierto de un señor que alguna vez portó el título de Míster México, el nuestro es un país de güevones, mantenidos y conformistas. Si consideramos que la enorme mayoría de habitantes de México son nativos —el Censo de Población 2020 sólo contabilizó aquí a 414,986 personas nacidas en otro país, es decir, el 0.3% del total de habitantes—, afirmar que México es un país de güevones, mantenidos y conformistas es una forma de decirnos así de feo a las mexicanas y a los mexicanos.

    Más forrado de palabras, Guillermo Sheridan Prieto, tan defeño como la señora Laura Guadalupe y también impulsado por la tirria que le tiene al presidente de la República, publicó hace unos días en Letras libres: “El mexicano es por lo general ignorante, violento, tonto, fanático, corrupto, ladrón, sexista, caprichoso, temperamental, alcohólico, arbitrario, golpea a sus hijos y a las mujeres…” Nótese pues que Sheridan Prieto sólo se refiere a los varones del país y no a las damas. Sigue el académico: “…idolatra el ruido, tira basura, nunca ha respetado el derecho ajeno, se pasa los altos, evade impuestos, compra y vende piratería, zarandea a los peatones, no duda a la hora de hacer transas, desprecia a la ley, no sabe aritmética elemental ni tirar penaltis”. Sirva el rosario de injurias para hacer notar que ni siquiera alguien que desprecia tanto a la mayoría de sus connacionales como Sheridan está de acuerdo con el diagnóstico de la actriz Zapata. El escritor es profuso en su denuesto y jamás tilda a los mexicanos —ya quedamos que a las mexicanas no las trata— de güevones. 

    No es difícil probar que Laura Zapata insultó a su propia paisanada —y a sí misma— profiriendo una mentira. Ya se ha hecho y con datos duros: México es el país de la OCDE en el que más tiempo se dedica a trabajar. El mexicano promedio dedica un poco más de 2,124 horas al año al trabajo, las cuales equivalen a más de 41 horas por semana. El estadounidense y el alemán trabajan sólo 34 y 26 horas por semana, respectivamente. JLG, mi amigo el Decimonero Cuinn, lo canta mejor:

    Ya dijo Laura Zapata
    que somos unos huevones
    sin aportar más razones
    que su clasismo delata.
    La OCDE muestra en la data
    de su gráfica y matriz,
    que México es el país
    en donde más se labora;
    ignorante y vil de angora
    y, además, pésima actriz.

    Ahora, ¿quiénes son esos mexicanos a quienes injurian Zapata y Sheridan? Para dar respuesta a esta pregunta que parece boba y no lo es, primero hay que plantearse otra: ¿qué es mexicanos?

    En principio, mexicanos es el plural de un gentilicio, un adjetivo o sustantivo que denota relación con un lugar geográfico, en este caso México. Hoy México es el país oficialmente llamado Estados Unidos Mexicanos. Pero mexicanos hubo antes que México, que apenas está por cumplir 201 años. Antes de que existiera el país, antes de la Independencia, ya la Real Academia de la Lengua incorporaba el vocablo en su diccionario (4ª edición, 1803). Y esa no fue su primera aparición en un diccionario de nuestro idioma: la encontramos en el Vocabularium Hispanicum Latinum et Anglicum copiossisimum de 1617.

    Entonces mexicano no podía referirse al ciudadano de México, en cambio sí al natural de estas tierras, particularmente a la gente de la ciudad que a la postre sería la capital del país y entonces era el corazón de la Nueva España. Varios años antes se usó mexicanos en letra impresa, y no por cualquiera, nada menos que por Montaigne, quien en uno de sus Ensayos —“De la experiencia”— informa: “Es la lección primera que los mexicanos suministran a sus hijos cuando al salir del vientre de las madres van así saludándolos: ‘Hijo, viniste al mundo para pasar trabajos: resiste, sufre y calla’.” Esto fue escrito en 1591, así que Montaigne no se refería a los ciudadanos de México, el cual no existiría sino 230 años después. Tampoco podía aludir al pueblo que se formó a partir del mestizaje. ¿Entonces? Seguramente estaba pensando en la población nativa de las tierras conquistadas por Cortés, en los pueblos originarios.

    Al igual que Montaigne, desde los primeros hispanoparlantes de la Nueva España —españoles, criollos, mestizos e indios también— hablar de “los mexicanos” era referirse a los indígenas, de entrada a los mexicas y por extensión a todas las demás etnias. Me temo que Zapata y Sheridan Prieto así piensan, y por eso apuesto a que ni por un momento sienten que se estén insultando a sí mismos: ellos no son de aquí, como la bola, como la mayoría, como toda esa gentuza que actualmente apoyamos al gobierno democrático.

  • Tamaños y nada

    Tamaños y nada

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    Como suele escribir, a fuetazos, el filósofo Byung-Chul Han (Seúl, 1959), afirma en su libro No-cosas: Quiebras del mundo de hoy: “La cultura tiene su origen en la comunidad. Transmite valores simbólicos que fundan una comunidad. Cuanto más se convierte la cultura en mercancía, tanto más se aleja de su origen.” La mercantilización —convertir en mercantil algo que no lo es de suyo—ha tocado hoy prácticamente todo, no solamente a las cosas, también a las personas y cada vez más abarca a las experiencias.

    Rodeado de una curiosa fauna de hípsters en situación de evidente escasez financiera, pseudo jipis, clasemedieros con preocupaciones impostadas, estridentes neo-ambientalistas exiguamente documentados, entrepreneurs paletos y comerciantes de ocasión, performanceros apolillados por el encierro, fervorosos promotores de bebidas artesanales y marchantes de antojitos y “comida sustentable”, artesanos en desventaja mercadológica en medio de un público chilango ávido de nuevas experiencias culinarias, artísticas y en general de consumo, pero sobre todo hambriento y sediento, me encontraba yo en la Roma, en la colonia Roma Sur de la CDMX, más precisamente en Jalapa, en el enorme predio que se ubica en Jalapa esquina con Coahuila. Pudo haber sucedido un sábado o un domingo, pero seguro fue a finales de marzo pasado.

    Aquí andábamos en el descenso de la cuarta ola pandémica, con el hartazgo ya casi asimilado. Por aquellos días el bicho no era el tema central recurrente; tampoco la crisis climática, aunque hubiera sido el pretexto de aquella vendimia: #YoDeclaroLaEmergiaClimática. Por entonces el asunto novedoso tenía lugar muy lejos de aquí: el 24 de febrero había iniciado la invasión rusa a la región de Dombás, en Ucrania. Justo cuando estaba tratando de reponerme de un súbito asombro por lo ridículamente caro que puede costarle a uno una tlayuda si se compra en el sitio equivocado, entró la llamada procedente de Europa, específicamente de la ciudad capital de Alemania.

    Como lo hacemos casi todos los días, intercambiamos nuestros respectivos partes cotidianos y pronto entramos en materia: la guerra en Ucrania. Llegamos rápido al asunto porque por aquellos días Maco compartía los jaleos del trabajo con María, una compañera estonia, pero con toda la familia radicada en Dombás. Por supuesto, estaba angustiada. 

    — Sí, las cosas no permiten estar tranquilos.

    — Sí, sobre todo en el este…

    — A nadie…, en toda Europa.

    — Bueno, aquí en Berlín hay cierta preocupación, pero el conflicto se percibe lejano.

    Lo investigaría después, pero aquella percepción no es muy correcta que digamos: Berlín se localiza a 1,350 kilómetros de Kiev, la distancia que hay de Puerto Escondido a Puerto Vallarta. Tampoco está muy lejos Moscú de Kiev, más o menos el trecho que hay entre Guadalajara y Monterrey. Eso en cuanto al espacio. En cuanto al tiempo, Maco me contó cómo se veía en marzo el futuro desde allá:

    — Todo mundo supone que la guerra va a durar poco, cuestión de unas semanas.

    — ¿Por qué?

    — Cuestión de tamaños: nada más compara el tamaño de la economía rusa y, no de la economía de Ucrania, sino de quienes están atrás de todo, los gringos.

    — ¿Medida en qué? —pregunté.

    — ¡Cómo en qué! Pues en lo que se miden las economías, en PIB.

    — Y el PIB… ¿medido en qué?

    — … —de pensamiento rápido, Maco supo hacia dónde iba— Pues en lo que suele usarse como unidad de medida.

    — ¿O sea? 

    — …

    — Dilo: en dólares, en dólares estadounidenses. 

    — Pues sí, pero…

    — ¿Y qué tal si midiéramos la economía en recursos como territorio, energéticos, agua, población en edad de trabajar…? Por no hablar de niveles de cohesión social y otras abstracciones un poquito más complicadas…

    — Ahí sí quién sabe.

    Según estimaciones del FMI, evaluando sus tamaños en términos de Producto Interno Bruto (nominal), con datos a abril de este año, la economía estadounidense representa el 27% de la riqueza mundial. En segundo sitio aparece China, cuya rebanada del pastel es ya el 21%. A partir de ahí las distancias son enormes: Japón aparece en tercera posición, con 5.2%, seguido de Alemania, con 4.5%. Rusia, en efecto, se encuentra varios peldaños abajo, con apenas el 1.9% de la economía global —México, con 1.4%, se halla mucho más cerca de Rusia que de Estados Unidos—. Sin embargo, a seis meses del inicio de la guerra, las perspectivas no son tan claras, sobre todo si involucramos el factor tiempo, en concreto, la llegada del invierno. La guerra continúa y los recursos para mantenerla siguen fluyendo: Estados Unidos acaba de liberar casi tres mil millones de dólares de ayuda militar extra a Kiev.

    Los tamaños de las economías, medidos en PIB y en dólares estadounidenses, pueden resultar un tanto cuanto engañosos. Considere usted este dato: en la lista de las empresas más grandes del mundo, publicada por Fortune hace unos días, las dos más grandes son estadounidenses, Walmart y Amazon. Ahora, pregúntese usted, ¿qué producen estas empresas? La respuesta es evidente: nada.

  • El terror a la palabra terrorismo

    El terror a la palabra terrorismo

    Voy a meterme en una cuestión caliente, escabrosa e intrincada… Sé que puedo salir espinado, pero creo que más vale arriesgarse. El asunto es una palabra, la palabra terrorismo.

    Soy consciente de que es delicado hablar de terrorismo: usar el vocablo es tratar con una sabandija ponzoñosa y traicionera. ¿Entonces? ¿No sería más prudente alejarse de ella, no mentarla? En este caso no, sencillamente porque proceder así sería dar por perdida una batalla, una batalla semántica importante. La realidad es una construcción social cuyo andamiaje son precisamente las palabras.

    Sólo podemos dar sentido al mundo socialmente y por medio del lenguaje: no hablar de los asuntos que nos atañen a todos es minar trozos de realidad, perder sentido y debilitar la cohesión social: “… cualquier cosa que el hombre haga, sepa o experimente sólo tiene sentido en el grado en que pueda expresarlo”, sostiene Hannah Arendt (La condición humana). “Tal vez haya verdades más allá del discurso, y tal vez sean de gran importancia para el hombre singular, es decir, en cuanto no sea un ser político, pero los hombres en plural, o sea, los que viven, se mueven y actúan en este mundo, sólo experimentan el significado debido a que se hablan…”

    Si nadie las estuviera empleando, quizá pudiera ser conveniente mantenerse distantes de las palabras peligrosas, pero escabullirse de ellas cuando son parte de los pertrechos útiles en una disputa política resulta ingenuo y contraproducente. La palabra terrorismo se usa y se usa malintencionadamente. Si bien no es la primera vez que lo hacen durante lo que va del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, a partir del fin de semana pasado la reacción y sus esbirros mediáticos han centrado su más reciente campaña de mentiras y denuestos en la palabra terrorismo. El detonador fue la cadena de sucesos vandálicos, violentos y criminales que se eslabonó en algunos puntos muy precisos del país, en concreto, en determinadas ciudades de Guanajuato, Jalisco, Chihuahua y Baja California. De entrada, la descarga se integró fundamentalmente con tres tipos de municiones: el Estado es incapaz de defender a la población, la quema de comercios y vehículos fueron actos perpetrados por “el narco”, “grupos terroristas” o “narcoterroristas”, y “en México no hay gobernabilidad”.

    La execrable intención de instalar en el imaginario colectivo la palabra terrorismo la explicó Rafael Barajas, El Fisgón, en un tuit: “los opositores y sus voceros insisten en instalar la narrativa de que los narcos mexicanos son ‘grupos terroristas’. Esa narrativa es peligrosa, pues desde el 11-S de 2001, Estados Unidos interviene en otros países con el pretexto de ‘combatir al terrorismo’”. De acuerdo, pero entonces, ¿no es terrorismo? Por otra parte, ¿no será que, más que la palabra o las narrativas, los peligrosos son los Estados Unidos?

    “El pensamiento es subversivo y revolucionario…”, afirma Bertrand Russell. Así que pensemos. ¿Las acciones vandálicas ocurridas el fin de semana tuvieron o no el afán de causar terror? No sólo eso parece, sino que así fueron usadas. Quemaron tiendas de conveniencia —¿todos de la misma cadena?— pero no robaron, quemaron autos y camiones pero no en todos los casos los usaron para bloquear vialidades —hay maneras mucho más sencillas y baratas de bloquear calles—. El secretario de Gobernación señaló el meollo del asunto cuando declaró que se trató de acciones “de propaganda”, es decir, realizadas con un objetivo de divulgación. ¿Qué querían dar a conocer? Proclama o manifiestos no hubo. ¿Qué querían vender? Nada. ¿De qué querían convencer al público? De nada. Querían causar terror, así que, en sentido lato, fueron acciones con propósitos terroristas.

    Terrorismo, informa el diccionario, es la “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”, y también “actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Dado lo ocurrido, dada la reacción de la reacción, el propósito fue dar paso a un segundo nivel de terrorismo: dar pie a que líderes (es un decir) de la oposición, opinócratas y medios bramaran a los cuatro vientos que en México hay terrorismo. He ahí la paradoja en la que estamos metidos y de la que urge salir: efectivamente, asegurar que en México impera el terrorismo es terrorismo, pero denunciarlo… ¿implica terrorismo? 

    Emparentar vandalismo, narco y terrorismo es una estratagema perversa. Los eventos ocurridos en sitios específicos de cuatro estados del país fueron actos vandálicos, incuestionablemente. Pero cómo se puede afirmar que los cometió el narco, como varios periódicos publicaron en sus primeras planas. Hoy el narco es una categoría de análisis tan seria como El coco. ¿Por qué usarla entonces? Pues porque si fue el narco es responsabilidad del gobierno federal combatirlo. Y si es narcoterrorismo se engarzan dos monstruos y se tiende la trampa, el coqueteo al intervencionismo yanqui. En suma, fueron acciones de vandalismo planeadas para causar terror y usadas con propósitos de terrorismo mediático. 

  • Tenemos que hablar de Vicente

    Tenemos que hablar de Vicente

    De entrada, ofrezco disculpas por el fastidio, pero tenemos que hablar de Vicente, de Vicente Fox Quezada. Y sí, ya sé que harta. Sé que abundan quienes con sensatez argumentan que lo mejor que podemos hacer es no hacerle el menor caso. Sé que hay quienes incluso sostienen que reaccionar a sus fantochadas es sólo hacerle el caldo gordo. O mejor, y dicho de forma muy nuestra, sé que sobran razones para tirarlo de a loco —que es por cierto lo que él mismo hace consuetudinariamente: tirarse burdamente a la locura—. Así que no niego que ignorarlo seguramente sea casi siempre la estrategia más sana. Sin embargo, el martes pasado el octogenario lanzó a la tuitósfera un mensaje que no debemos pasar por alto. Va, tal cual, con todo y su estrambótica puntuación:

    PIDO VEHEMENTEMENTE A LOS DE ARRIBA, SE ORGANICEN Y NOS CONDUZCAN A LA VICTORIA!! 2024

    ¿Ven? Esto no tiene un solo gramo de gracioso. Si el señor Fox pide con vehemencia —es decir, ruega— “A LOS DE ARRIBA” que se pongan de acuerdo entre ellos mismos —“SE ORGANICEN”— para dirigir a un nosotros —“NOS CONDUZCAN”— que evidentemente conforman la oposición al actual gobierno federal que encabeza el presidente López Obrador, estamos obligados a preguntarnos a quién diablos se refiere. ¿Quiénes son “los de arriba” en la cabeza del señor que cobró como presidente constitucional de este país del 2000 al 2006? ¿Quiénes integran ese grupo de “los de arriba” del cual, según afirma implícitamente, él, Fox Quezada, no forma parte? La cuestión me pareció relevante, así que, arrobándolo, lancé el cuestionamiento también en Twitter: ¿a quiénes se dirige el ex presidente Fox?

    Mi buen amigo el vate palindromista José Limón, que suele cacharlas bien y al vuelo, formuló mejor que yo la pregunta en su décima Abajo

    ¿A quién le reza Vicente
    clamando por Los de Arriba?
    ¿A los que no pagan IVA
    desde que él fue presidente?
    ¿Será que de este demente
    ya sólo queda el cascajo?
    ¿Acaso busca trabajo
    vendiendo la patria entera?…
    Tepocata marrullera
    que tiene poco ahí abajo…

    La duda tiene su pertinencia porque pronto comenzaron a llegar respuestas variopintas. Enseguida, algunos ejemplos. Muchas personas no descartan que el señor se mantenga firme en su explicación religiosa del mundo: como hay quienes opinan que el hombre pudo estar orando (@mabcags) o invocando santos o ángeles (@jjassol), otros se fueron al extremo opuesto: “A los demonios en su mente que diario aumentan por el abuso del THC” (contestó @ygnacioguerrer3, y con THC supongo que no se refiere al toloache sino al tetrahidrocannabinol, principal activo del cannabis). @UGatuito respondió a las claras lo mismo que otros más: “A los Estados Unidos”. 

    No faltaron los que creen que Vicente Fox Quezada pide guía y socorro a una persona en concreto: “Al señor X” (@KaReLyTo1) —quien, podemos presumir, no es otro que Claudio X. González Guajardo, opositor declarado del gobierno de Andrés Manuel López Obrador—, o “A Salinas y su rémoras” (@jlcamach). Algunos dedos señalaron grupos concretos: “A las $”%!& prianistas” (@DELFINESDEMIAMI), o “podrían ser narcos de Jalisco y Guanajuato…” Otras contestaciones fueron más abstractas, tanto que nos dejan con la duda: “A sus patrones, los oligarcas.” (@PatGtzOtero), o “A la cúpula transnacional que lo impuso, manipulando el aspiracionismo clademediero a todo lo que da” (@Itzel_uyulala). Y, claro, hasta ahora el propio político —es un decir— panista —es también un decir— no ha contestado. En suma, no salimos del misterio. Por eso me parece que la respuesta más certera es esta, que incluye ftirápteros: “Dentro de su mente enferma, puede ser cualquier cosa: narco, gringos, ángeles, piojos… ta’ difícil” (@jkJenny).

    Independientemente de quiénes sean, cuando el ex empleado de Coca-Cola, Vicente Fox Quezada pide “A LOS DE ARRIBA” que en 2024 “CONDUZCAN [a la reacción] A LA VICTORIA” muestra su verdadero rostro, y no es nada agradable. Verdad de Perogrullo: los de arriba, por definición, no son los de abajo. Y uno no tiene que haber leído la novela de Mariano Azuela para saber a quiénes nos referimos en México cuando hablamos de Los de abajo: desafortunadamente son la enorme mayoría de mexicanos y mexicanas, así que tampoco se requiere de un sólido sustento estadístico para saber que los de arriba son la minoría. 

    Entonces, queda expuesto y conviene explicitarlo con todas sus letras: al señor que se supone habría de pasar a la historia nacional como el primer presidente de México electo por la vía democrática —ya en plena normalidad democrática, según el eufemismo acuñado por Ernesto Zedillo—, en realidad le importa un comino la opinión de la mayor parte de la ciudadanía. Un esperpento. El tuit de marras, como bien señala @RocoAlbarrn2, es en realidad una confesión involuntaria.

  • Otro mundo

    Otro mundo

    Conmocionados y desorientados… En su libro 21 lecciones para el siglo XXI, Yuval Noah Harari describe la lastimera situación en la que se encuentra buena parte de las élites liberales de todo el orbe, luego de que, sorpresivamente, ¡no se acabó la historia! Porque no debemos olvidar que la ideología dominante llegó a colocar como sensata e incluso como cierta una idea hoy palmariamente descabellada: la idea de que a finales del siglo XX la humanidad había llegado al final feliz de la historia. 

    En su libro The end of history and the last man (1992), Francis Fukuyama explicaba que, si bien no proponía el “fin de la historia” como “el fin de la ocurrencia de eventos”, en cambio sí entendía que habíamos alcanzado “el fin de un proceso evolutivo único, coherente, considerando la experiencia de todos los pueblos en todos los tiempos”. ¡Zaz! Sostenía que el capitalismo global era la culminación última, dichosa y definitiva del desarrollo humano. 

    Fukuyama, evangelista del capitalismo global, aseguraba que, alineados al ejemplo de las democracias liberales anglosajonas, trepados en el desarrollo científico y el avance tecnológico, e impulsados por los motores del libre mercado, “todos los países en proceso de modernización económica” habrían de parecerse cada vez más a las potencias del primer mundo y “tendrían que unificarse a nivel nacional sobre la base de un Estado centralizado, urbanizarse, reemplazar las formas tradicionales de organización social”. Pero resultó que no, que no cupimos todos en Hollywood, que no hemos llegado al sueño norteamericano… Es más, resultó que el despertar del sueño está resultando bastante feo, también y especialmente para los gringos: resultó que el modelo no era perfecto y que desde hace ya varios años está mostrando que es más bien suicida… ¡Cómo! ¿No fue la caída del muro de Berlín la metáfora perfecta de que las puertas del paraíso consumista, tecnoedonista y libertino estaban ya abiertas para todos? Pues no: terroristas talibanes, estrepitosas crisis financieras, polarización, tsunamis de migrantes, el Brexit, trumpianas trompetas, ríos de opiáceos, toneladas de armas de alto poder al alcance de cualquier chamaco, bichos microscópicos, pandemias de fake news, el descrédito de la ciencia, la guerra en suelo europeo… Abundan las pruebas contundentes de que no hemos llegado al fin de la historia.

    Así que aquí, como en todo el mundo, un montón de opinócratas, académicos, intelectuales y líderes de la derecha reaccionaria siguen sin salir del pasmo que ha significado que la realidad no les haya dado la razón. Escribe Yuval Noah Harari: “No es extraño que las élites liberales, que dominaron gran parte del mundo en décadas recientes, se hayan sumido en un estado de conmoción y desorientación. Tener un relato es la situación más tranquilizadora… Que de repente nos quedemos sin ninguno resulta terrorífico. Nada tiene sentido. Un poco a la manera de la élite soviética en la década de 1980, los liberales no comprenden cómo la historia se desvió de su ruta predestinada, y carecen de un prisma alternativo para interpretar la realidad. La desorientación los lleva a pensar en términos apocalípticos, como si el fracaso de la historia para llegar hacia su previsto final feliz solo pudiera significar que se precipita hacia el Armagedón. Incapaz de realizar una verificación de la realidad, la mente se aferra a situaciones hipotéticas catastróficas”.

    Entonces, entre la derecha reaccionaria no faltaron los que pasaron del feliz pregón del fin de la historia al anuncio angustioso del fin del mundo. Pero llegaron tarde a alistarse al ejército de agoreros de la catástrofe. Desde los primeros años del siglo XXI, la percepción de que el mundo se está acabando era ya compartida entre muchos pensadores que habían tomado distancia de la ideología dominante. El mundo, este mundo, está en las últimas… No se trata del acabose del planeta, porque la Tierra no requiere para existir ni siquiera de la biosfera, ya no digamos de los humanos. Tampoco se está avistando necesariamente el fin de nuestra especie; no sería la primera vez que un modelo civilizatorio diera de sí y eso no ha significado hasta ahora la extinción humana. Lo que sí está acabándose es un orden mundial, el orden capitalista moderno.

    Hace unas semanas comenzó a circular The End of the World Is Just the Beginning, de Peter Zeihan. El planteamiento del libro se enuncia fácil: en 2019 comenzó el fin del orden mundial que venía funcionando desde 1945. Zeihan sostiene que el mundo está desmoronándose debido al colapso de la globalidad y al cambio de la dinámica demográfica.

    Después de leer la reseña que escribí acerca de The End of the World Is Just the Beginning, mi amigo Lalo Hernández me escribió: “Un compañero de trabajo solía decir: ‘Después de los 45 ya valió madre’. Es casi lo mismo que dicen Zeihan y tú: ‘lo mejor de nuestra vida ya pasó, quedó atrás y el porvenir será progresivamente peor…’ Él, Zeihan, dice eso. Yo no. Por eso le contesté a Lalo: “Creo que efectivamente lo mejor del modelo civilizatorio ya pasó…, globalmente, en promedio, pero de manera diferenciada. Por ejemplo: en México creo que seguimos en bonanza en medio de la crisis planetaria.” Creo que aquí, desde 2018, andamos tratando de construir otro mundo.