Etiqueta: Germán Castro

  • Mega y diversa / La nueva ZMVM II

    Mega y diversa / La nueva ZMVM II

    Escribo este análisis con mi amigo Pedro Rivera Cabrera,
    geógrafo (UNAM) y geomata especialista en MDM (INEGI).

    Conforme a su nueva delimitación, la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), con sus 84 municipios y demarcaciones territoriales, alcanza una superficie de 9.2 mil kilómetros cuadrados.

    La nueva ZMVM tiene una superficie total de 9,188 kilómetros cuadrados —uso la sumatoria de los polígonos correspondientes, según el Marco Geoestadístico 2020, INEGI—. De este territorio, 6,295 km² corresponden al Estado de México, que concentra 69% de la superficie metropolitana; Hidalgo aporta 1,210 km² (13%); la Ciudad de México, casi 1,500 km² (16%); y Morelos, 189 km² (2%). Así, aunque la CDMX constituye el núcleo histórico y urbano de la metrópoli, más de dos terceras partes de la superficie de la ZMVM se encuentran en territorio mexiquense, mientras que Hidalgo y Morelos incorporan conjuntamente poco más de 15% del espacio metropolitano.

    Así que la enorme ZMVM no sólo contiene por completo a toda una entidad federativa, la Ciudad de México, también es más extensa que cuatro estados de la República: Tlaxcala, Morelos, Aguascalientes y Colima. La ZMVM mide más de seis veces la superficie de la CDMX, y es casi dos veces el territorio de Morelos y más del doble del de Tlaxcala.

    La nueva Zona Metropolitana del Valle de México tiene prácticamente la misma superficie que todo un país europeo: Chipre… Y Chipre está habitado por menos de 1.5 millones de personas. ¿Y la ZMVM?

    Usando los datos que arrojó el Censo de Población de 2020 —pronto estarán disponibles los resultados de la Encuesta Intercensal 2025—, resulta que en la ZMVM vivimos 22.2 millones de personas. Eso quiere decir que, con datos a 2020, casi uno de cada seis habitantes de México vive dentro de la ZMVM.

    En la ZMVM vive más gente que en cualquiera de las 32 entidades federativas del país.

    • Supera con casi 5.2 millones de habitantes al Estado de México, la entidad más poblada de nuestro país.
    • La ZMVM tiene 13 millones más de habitantes que toda la Ciudad de México.
    • En la ZMVM hay 30 veces la población que tiene el estado menos poblado del país, Colima.

    La ZMVM, con 22.2 millones de habitantes, tiene más población que países enteros como Chile, Rumania, Países Bajos, Guatemala y otro montón.

    Ahora, según estimaciones de la SEDATU, para 2025 la ZMVM tiene una población total de 23.1 millones de habitantes. Considerando esta cifra, la ZMVM reporta una población relativa 2,513 hab/km². Nueva York muestra una densidad cercana, de alrededor de 2,950 hab/km², pero hay otras realidades urbanas mucho más densificadas: El Cairo, Egipto, registra una densidad demográfica de más de 15,500 hab/km², y Mumbai, India, supera los 27,000 hab/km², posicionándose como uno de los entornos urbanos más verticalizados y compactos del mundo.

    En realidad, la incorporación de 84 municipios diluye la densidad media global de la ZMVM, al integrar más territorio mixto. A pesar del promedio general de 2,513 hab/km², el núcleo central metropolitano conserva zonas con concentraciones demográficas mucho más elevadas. Por ejemplo, si la CDMX tiene una población relativa de poco más de 6,160 hab/km², a nivel municipal/demarcación territorial, las unidades más densificadas de todo nuestro país se localizan, claro, en la ZMVM:

    • Iztacalco, CDMX: 17,520 hab/km²
    • Nezahualcóyotl, Estado de México: 17,026 hab/km²
    • Cuauhtémoc, CDMX: 16,786 hab/km²
    • Benito Juárez, CDMX : 16,260 hab/km²
    • Iztapalapa, CDMX: 16,220 hab/km²

    En el extremo opuesto, los cinco municipios de la ZMVM con menor densidad de población son:

    • Isidro Fabela, Estado de México: 15 hab/km²
    • Villa de Tezontepec, Hidalgo: 144 hab/km²
    • Huitzilac, Morelos: 130 hab/km²
    • Nopaltepec, Estado de México: 125 hab/km²
    • Axapusco, Estado de México: 102 hab/km²

    Es decir, incluso al interior de la ZMVM la heterogeneidad territorial/demográfica es enorme: mientras que en Iztacalco más de 17,500 personas tienen que pernoctar en promedio en un km2, en Axapusco 102 personas disponen del mismo espacio. Esa brecha de más de 170 veces entre la densidad de Iztacalco y la de Axapusco ilustra con total claridad el enorme desafío de planeación y gobernanza que implica la nueva ZMVM de 84 municipios.

    @gcastroibarra

  • Hígado / La nueva ZMVM I

    Hígado / La nueva ZMVM I

    Escribo este análisis con mi amigo Pedro Rivera Cabreara,
    geógrafo (UNAM) y geomata especialista en MDM (INEGI).

    La Declaratoria de Modificación de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) se publicó en el Diario Oficial de la Federación hace apenas unos días, el 25 de agosto de 2026. El documento formaliza la nueva delimitación de la ZMVM, que ahora integra oficialmente a 84 municipios y demarcaciones territoriales: las 16 demarcaciones de la Ciudad de México, 59 municipios del Estado de México, ocho de Hidalgo y uno más de Morelos. Así que ahora la zona metropolitana mexicana más extensa ocupa una superficie de 9.2 mil kilómetros cuadrados.

    Hígado

    El polígono de la nueva ZMVM presenta una configuración irregular, compleja y de dilatada extensión territorial. Su morfología es predominantemente alargada en el sentido norte-sur, con expansiones lobuladas muy marcadas hacia el poniente que integran el sistema de valles occidentales, adoptando una silueta asimétrica y ramificada. Visto como una unidad morfológica (Gestalt), el polígono de la nueva ZMVM guarda una curiosa correspondencia visual con un hígado humano (visto desde su cara diafragmática). Podríamos describir las analogías entre la morfología metropolitana y la topografía hepática de la siguiente manera:

    • El lóbulo derecho. El cuerpo central y oriental —que comprende el vaso histórico del Valle de México, las demarcaciones centrales de la CDMX y los municipios mexiquenses de Ecatepec, Nezahualcóyotl y Texcoco— constituye el volumen macizo, denso y predominante del territorio, equivalente al voluminoso lóbulo derecho del hígado.
    • El lóbulo izquierdo. La extensión poniente, una marcada protuberancia hacia el oeste, hacia el Valle de Toluca, Lerma, Zinacantepec y Otzolotepec, se proyecta lateralmente con una forma alargada y aplanada, análoga al lóbulo izquierdo hepático.
    • El proceso caudado o la vena cava. La prolongación angosta y vertical hacia el vértice norte (en dirección a Jilotepec y Soyaniquilpan) actúa visualmente como el segmento superior o la zona de los grandes vasos que emergen del órgano.
    • El borde inferior y la fosa cística. Los contornos lobulados e irregulares del sur (la zona de los volcanes y los límites con Morelos) replican las escotaduras y muescas del borde inferior del hígado, donde la silueta se repliega orgánicamente.

    La ZMVM no es un simple rectángulo ni una mancha amorfa; la expansión territorial ha dibujado sobre el mapa una víscera metropolitana: un sistema circulatorio y metabólico complejo, con lóbulos muy definidos que ahora metabolizan una escala regional masiva.

    Ejes

    El extremo más septentrional de la ZMVM, al noroeste del polígono, se encuentra a las faldas del Cerro del Capulín, en su ladera este, en el extremo norte del municipio de Tula de Allende, Hidalgo, a unos 19 kilómetros en línea recta de la Zona Arqueológica de Tula.

    En la antípoda, el extremo meridional de la ZMVM se halla frente a Puebla…, no frente al estado de Puebla, claro, sino frente a la calle de Puebla, localizada ya en el municipio de Yecapixtla, Morelos. El vértice sur del polígono es un punto trino, ubicado a unos metros del IMSS Bienestar de San Juan Tlacotompa; ahí se topan los municipios morelenses de Ocuituco y Yecapixtla con el municipio mexiquense de Ecatzingo.

    Ahora, resulta que el punto más oriental de la ZMVM corresponde con el punto más oriental de todo el Estado de México. Se ubica en el municipio de Axapusco, haciendo frontera con los municipios hidalguenses de Tepeapulco y Tlanalapa.

    Finalmente, el punto extremo poniente de la ZMVM está a unos metros de una pequeña abarrotería, Loma Alta, localizada en el municipio de Villa del Carbón, Estado de México. El punto cae en una parcela, muy cerca de la colonia Emiliano Zapata, ubicada ya fuera del polígono, en el municipio también mexiquense de Jiquipilco.

    Centroide en el Cerro Gordo

    Si uniésemos los puntos más extremos Este-Oeste y Norte-Sur de la ZMVM por dos líneas diagonales imaginarias, la primera tendría una distancia de 110.85 kilómetros, mientras que la segunda sería la más grande: casi 155 kilómetros. Al generar el centro geométrico del polígono que delimita la ZMVM, el cruce de ambas líneas, este se ubica al suroeste del municipio de Tepotzotlán, Estado de México.

    Ahora, el centro de masa del polígono (donde se puede considerar concentrada toda la masa del objeto para efectos de análisis físico, mecánico o dinámico) se ubica en la ladera noroeste del Cerro Gordo, en el municipio mexiquense de Ecatepec de Morelos.

    @gcastroibarra

  • Bienestar, dignidad y neurociencia

    Bienestar, dignidad y neurociencia

    La pobreza no sólo reduce el ingreso: también afecta la salud mental y acelera el envejecimiento del cerebro. Por eso, la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores puede analizarse no únicamente como una política social, fiscal o electoral, sino como una intervención de salud pública con posibles efectos neuroprotectores.

    Un estudio del University College London, dirigido por Jacques Wels y publicado en Innovation in Aging, siguió durante décadas a miles de personas. Sus resultados indican que quienes enfrentaron dificultades financieras persistentes o bajos ingresos durante la adultez temprana y media mostraban peor rendimiento cognitivo a los 53 años, un declive más acelerado entre los 53 y los 69, y una salud cerebral más deteriorada hacia los 70. Estas asociaciones se mantuvieron incluso después de considerar la educación, la cognición infantil y las desventajas socioeconómicas sufridas durante la infancia.

    El hallazgo es importante: muestra que las condiciones materiales de la adultez también dejan huella. La trayectoria cognitiva no queda completamente determinada en los primeros años de vida: la inseguridad económica acumulada puede modificarla.

    El costo mental de la escasez

    Los investigadores señalaron dos mecanismos principales. El primero es el estrés crónico. La incertidumbre financiera mantiene activado el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y eleva la producción de cortisol. Cuando esta exposición se prolonga, puede afectar el hipocampo —una estructura fundamental para la memoria— y aumentar la vulnerabilidad al deterioro cognitivo.

    El segundo mecanismo es la carga cognitiva. Quien vive al día debe dedicar buena parte de su atención a resolver problemas inmediatos: pagar la renta, comprar alimentos, decidir qué cuenta va a posponer o cómo conseguir el dinero para una medicina. Esa preocupación constante reduce el espacio mental para planear, aprender, socializar, hacer ejercicio o participar en actividades recreativas.

    La pobreza, en este sentido, no sólo priva de bienes: también captura la atención. La revisión de Ridley y sus colaboradores, publicada en Science, reunió evidencia de que las carencias económicas deterioran la salud mental y cognitiva, en parte porque reducen el llamado “ancho de banda mental”. La escasez obliga a concentrarse en el presente y dificulta pensar con perspectiva.

    Otros estudios han encontrado que la percepción de inseguridad financiera puede ser más importante que el ingreso absoluto para predecir el deterioro cognitivo. Las investigaciones de neuroimagen, por su parte, han relacionado los bajos ingresos con un adelgazamiento más marcado de regiones frontales y temporales, vinculadas con la memoria y las funciones ejecutivas.

    La Lancet Commission on Dementia Prevention ha identificado la pobreza y la baja escolaridad como “causas de causas”: condiciones que dificultan el acceso a una alimentación adecuada, al control de la hipertensión y la diabetes, a la actividad física, a los servicios médicos y a las redes sociales. Así, la desventaja económica puede convertirse en un estresor que acelera el envejecimiento cerebral por varias vías simultáneas.

    Las pensiones del bienestar

    La experiencia internacional ofrece razones para pensar que las transferencias monetarias pueden contrarrestar parte de ese proceso. En Sudáfrica, la pensión social no contributiva contribuyó a reducir la pobreza extrema y se asoció con mejoras en la salud mental, especialmente entre mujeres mayores. En Brasil, las pensiones rurales y el Benefício de Prestação Continuada han mejorado la seguridad alimentaria, la continuidad de los tratamientos y algunos indicadores de depresión.

    México cuenta también con antecedentes. Las evaluaciones del programa 70 y Más, precursor de la pensión actual, encontraron en zonas rurales menos síntomas depresivos y mayor independencia funcional entre los beneficiarios. Las mediciones cognitivas fueron limitadas, por lo que no permiten afirmar un efecto directo sobre el cerebro; sin embargo, sí muestran que un ingreso básico puede aliviar el malestar emocional y ampliar la autonomía cotidiana.

    Política y dignidad

    La Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores posee cuatro características decisivas: es universal, no contributiva, de monto fijo y reconocida como un derecho constitucional. Al no exigir una comprobación de pobreza, reduce el estigma asociado a la asistencia. Al estar respaldada jurídicamente, también puede disminuir la incertidumbre sobre el futuro. El ingreso bimestral permite comprar medicamentos, completar la despensa, pagar el transporte, contribuir al gasto familiar o acudir a una consulta. No elimina la precariedad, pero abre un margen de decisión. Y recuperar cierto control sobre la propia vida tiene consecuencias psicológicas: puede reducir la ansiedad, la sensación de indefensión y la depresión.

    La autonomía económica modifica además las relaciones familiares. Una persona mayor que cuenta con un ingreso propio puede dejar de ser percibida exclusivamente como una carga y recupera cierta autoridad en el hogar. Ese cambio de posición no es meramente simbólico: la autoestima, la interacción social y la percepción de control forman parte de las condiciones que favorecen un envejecimiento saludable.

    Desde la perspectiva de la carga cognitiva, la pensión libera una parte del ancho de banda mental ocupado por la supervivencia. Quien ya no debe elegir entre comprar alimentos o pagar un medicamento puede dedicar más atención a conversar, caminar, leer, cuidar a un nieto o participar en actividades comunitarias. La socialización y la estimulación intelectual protegen frente al declive; la soledad y el aislamiento, en cambio, se asocian con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.

    No es una panacea, pero…

    El deterioro cognitivo y la demencia imponen una carga considerable a las familias y a los sistemas de salud. Si las condiciones socioeconómicas adversas contribuyen a esos procesos, reducir la pobreza en la vejez puede entenderse como una forma de prevención primaria.

    La evidencia disponible aún no permite afirmar que las pensiones del Bienestar retrasen por sí solas la demencia o produzcan cambios directos en la estructura cerebral. Las evaluaciones de largo plazo serán indispensables. Lo que sí puede sostenerse es que la seguridad económica reduce algunos factores relacionados con el deterioro: el estrés, la depresión, la mala alimentación, la interrupción de tratamientos y el aislamiento social.

    Evaluar la Pensión para el Bienestar únicamente por su costo presupuestal empobrece la discusión, algo que le encanta hacer a la derecha. Proteger la dignidad económica de las personas mayores es un imperativo moral, pero también puede entenderse como una estrategia eficaz de salud pública.

    @gcastroibarra

  • ¿Y la salud mental en el mundo? Empeora

    ¿Y la salud mental en el mundo? Empeora

    Un vistazo al estado de ánimo mundial

    Año con año, la aseguradora AXA, en colaboración con la agencia de investigación Ipsos, realiza un extenso sondeo para medir el pulso emocional de la población mundial. El AXA Mind Health Report es un termómetro global que, desde 2021, ofrece datos para tratar de entender cómo estamos mentalmente en distintos países. Para la edición 2026, 19 mil personas de entre 18 y 75 años fueron entrevistadas en 18 naciones, durante el primer bimestre del año.

    La conclusión general no es alentadora: por sexto año consecutivo, la salud mental mundial sigue deteriorándose. Aunque hoy se habla más del tema que nunca —de hecho, la gente ya identifica los problemas mentales como una prioridad superior al cáncer—, los datos muestran que el 46% de la población mundial se encuentra en un estado de “lucha” o “decaimiento” psicológico. ¡Casi la mitad! Se trata de un incremento de 6 puntos porcentuales desde 2021. Simultáneamente, cada vez son menos las personas que florecen en la cima del bienestar mental.

    ¿Qué está pasando?

    Los impulsores principales de este malestar global son las condiciones económicas, el estrés laboral y la incertidumbre. Pero hay un factor nuevo que agrava la situación: nuestros hábitos digitales. Pasamos más de cinco horas diarias frente a pantallas fuera del horario laboral, y dos de cada tres personas admiten que esto afecta para mal su vida cotidiana. Paradójicamente, la hiperconectividad no ha reducido la soledad; la ha profundizado, más entre los jóvenes.

    Preocupante es el incremento de los trastornos graves. El 26% de los encuestados presenta síntomas potenciales de depresión, ansiedad o estrés en niveles severos o extremos, tres puntos más que en 2022. Esta situación tiene enormes costos, tanto sociales como económicos: se estima que los problemas de salud mental provocan pérdidas de productividad de aproximadamente un billón de dólares al año a nivel mundial.

    Los jóvenes, en primera línea

    La gente de entre 18 y 34 años es los más afectada. El 59% de este grupo se encuentra en situación de languidecimiento o lucha, trece puntos por encima del promedio global. Son también los que más sufren de soledad y aislamiento, y los que más tiempo pasan en redes sociales, con una media de seis horas diarias frente a la pantalla. Entre los menores de 35 años, la probabilidad de recibir un diagnóstico severo de depresión, ansiedad o estrés es más del doble que en el resto de la población.

    Sin embargo, se abre una rendija de optimismo: los jóvenes son también los más abiertos a hablar de sus problemas y a buscar ayuda. Rompen tabúes y normalizan las conversaciones sobre salud mental.

    Mujeres, las más golpeadas

    Las mujeres siguen mostrando peores indicadores que los hombres en todos los parámetros. El porcentaje de mujeres que florecen es cinco puntos menor que el de hombres, y la brecha en trastornos severos es de tres puntos. La carga mental, la doble jornada laboral y doméstica, y la mayor exposición a ciertos factores de estrés explican en parte esta diferencia.

    La inteligencia artificial: ¿aliada o enemiga?

    Seis de cada diez personas han recurrido ya a herramientas de IA para obtener consejo sobre su bienestar emocional. Y es lógico: la IA es gratuita, inmediata, está disponible las 24 horas y elimina la vergüenza de hablar con otro ser humano. Es lógico, pero es equivocado porque conlleva riesgos graves. Casi uno de cada tres encuestados admite que ha seguido consejos no validados médicamente, y el 28% afirma que el uso de IA le ha llevado a comportamientos perjudiciales. Un tercio de los usuarios confía más en las plataformas de IA que en los profesionales de la salud mental, y muchos prefieren volcar sus preocupaciones en un algoritmo antes que en amigos o familiares. Este desplazamiento de la confianza hacia las máquinas es una tendencia de locos.

    Falta de autopercepción

    El principal obstáculo para acceder a tratamiento no es el dinero, ni el tiempo, ni el estigma. Es, sencillamente, que muchas personas no consideran que su situación sea lo bastante grave como para merecer atención profesional. El 36% de los encuestados cree que sus problemas no requieren ayuda médica, a pesar de que el 46% presenta niveles clínicamente significativos de malestar.

    El 60% de los encuestados no ha visitado a un profesional de la salud mental en el último añoAunque la concienciación ha aumentado, no siempre se traduce en comprensión real.

    ¿Y México?

    Si observamos el ranking de los 18 países participantes en el estudio, México se sitúa en una posición intermedia-alta, con una puntuación de 63.5 en el Índice de Salud Mental. Esta cifra está por encima de la media global (61.8) y coloca al país por delante de naciones como Estados Unidos (62.7), Francia (62.7), España (62.3) o Alemania (61.4), aunque por detrás de Tailandia (66.5), Suiza (65.4) o China (63.8).

    Este índice combina indicadores de florecimiento, bienestar, resistencia y capacidad de afrontamiento. Un puntaje más alto refleja una mejor salud mental general. En ese sentido, México supera el promedio mundial y muestra un panorama favorable en comparación con otros países latinoamericanos como Brasil (59.8) o con naciones europeas. No significa que estemos exentos de problemas. Las tendencias globales también aplican a México: la presión financiera, el estrés laboral, la incertidumbre y el uso excesivo de pantallas son factores que afectan a los mexicanos, especialmente a los jóvenes.

    Un dato relevante: en México, como en el resto del mundo, la falta de autopercepción es la principal barrera para buscar ayuda. Muchas personas no acuden a un profesional porque no consideran que su malestar sea “suficientemente grave”.

    La urgencia de actuar

    El AXA Mind Health Report 2026 deja un mensaje claro: la salud mental no es un tema menor ni pasajero. Es una crisis global que se agrava año tras año. La tecnología, bien utilizada, puede ser una herramienta poderosa para democratizar el acceso al apoyo, pero también puede agravar la soledad y la desinformación si no se regula adecuadamente.

    México, con una posición intermedia-alta en el ranking, tiene margen para mejorar.  Y usted, ¿cómo se siente?

    @gcastroibarra

  • De balazos y guamazos

    De balazos y guamazos

    Hace un par de días, el INEGI dio a conocer las cifras preliminares de las estadísticas de defunciones registradas por presunto homicidio, a nivel nacional y en cada entidad federativa, durante 2025. A nivel nacional, el fenómeno ha tenido variaciones significativas, pasando de 25,967 casos en 2012 a 27,989 en 2025 (cifra preliminar), con un pico máximo que superó los 36,000 registros entre 2018 y 2020. Tras un periodo de relativa estabilidad a principios de los años 90, la incidencia de homicidios registró un incremento drástico en México a partir de 2008, alcanzando niveles muy altos en la década de 2010, para llegar a su punto más crítico alrededor de 2018-2020. Afortunadamente, se observa una tendencia sostenida a la baja en la tasa nacional desde 2021 hasta 2025.

    Entidades con mayores cambios (2012-2025)

    Al comparar las cifras absolutas de 2012 contra los datos preliminares de 2025, se identifican las entidades donde el fenómeno ha experimentado las transformaciones más marcadas:

    Entidades con mayor incremento

    • Guanajuato es la entidad con el aumento absoluto más drástico, pasando de 684 homicidios en 2012 a 3,249 en 2025.
    • Baja California presenta una tendencia fuertemente alcista en el periodo, incrementando de 581 a 2,095 casos.

    Entidades con mayor disminución

    • Tamaulipas logró una reducción muy importante, bajando de 1,561 casos en 2012 a 300 en 2025.
    • Guerrero experimentó una disminución destacable en números absolutos, pasando de 2,646 a 1,410.

    Por otro lado, algunos estados de la República han mantenido un nivel de defunciones por presunto homicidio relativamente constante a lo largo de estos años: Yucatán se mantiene como la entidad con menor variación absoluta (pasó de 41 a 42 casos en el periodo), mientras que Campeche, Chiapas, Tlaxcala y Querétaro muestran los cambios absolutos más moderados en comparación con el resto del país.

    Tasa de defunciones

    La tasa de defunciones por presunto homicidio por cada 100 mil habitantes es un indicador para comprender la violencia, ya que contextualiza la cantidad de homicidios en relación con el tamaño de la población de cada entidad federativa. Al calcular cuántas muertes ocurren por cada 100,000 habitantes, este indicador elimina el sesgo que genera comparar estados con poblaciones muy distintas, y permite determinar dónde es, proporcionalmente, más peligroso vivir.

    • Guanajuato destaca por un incremento sostenido en su tasa a partir de 2017, manteniéndose por encima de los 60 puntos durante varios años consecutivos. Ahora, el decremento de 2024 a 2025 es notorio: de 64 a 51.
    • Colima es una de las entidades que ha registrado tasas sumamente alarmantes, alcanzando cifras superiores a los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes en años recientes. También en este estado el cambio en el último año es drástico: de 124 a 89.

    Entre 2024 y 2025, la tasa de defunciones por presunto homicidio por cada 100 mil habitantes no disminuyó en todas las entidades federativas de nuestro país. Aunque la gran mayoría de los estados registraron reducciones o se mantuvieron sin cambios —Aguascalientes, Durango, Nayarit y Veracruz, que conservaron exactamente la misma tasa—, hubo cuatro entidades donde la tasa de presuntos homicidios aumentó:

    • Sinaloa: de 33 a 57
    • Baja California Sur: de 10 a 23
    • Tabasco: de 33 a 36
    • Sonora de 52 a 54

    Decrementos más significativos

    Si analizamos la reducción absoluta en los puntos de la tasa por cada 100 mil habitantes entre 2024 y 2025, las entidades que experimentaron las bajas más importantes fueron:

    1. Colima: de 124 a 89 (una reducción de 35 puntos)
    2. Morelos: de 77 a 58 (una reducción de 19 puntos)
    3. Zacatecas: de 34 a 16 (una reducción de 18 puntos)
    4. Nuevo León: de 27 a 12 (una reducción de 15 puntos)
    5. Guanajuato: de 64 a 51 (una reducción de 13 puntos)

    El comportamiento de la tasa de defunciones por presunto homicidio en la Ciudad de México entre 2012 y 2025 se puede describir en tres etapas claras. Durante los primeros años del periodo (2012-2015), la entidad mantuvo una estabilidad relativa con una tasa constante de 12 homicidios por cada 100 mil habitantes. A partir de 2016, se observó un ligero ascenso que llevó la tasa a su punto más alto del periodo en 2018, cuando alcanzó los 16 homicidios por cada 100 mil habitantes, manteniéndose en niveles ligeramente elevados (entre 14 y 15) hasta 2020. Finalmente, a partir de 2021, la capital mostró una tendencia descendente significativa. Esta reducción permitió alcanzar sus mínimos históricos dentro de este registro (8 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2022 y 2023), concluyendo el periodo en 2025 con una tasa de 9 homicidios por cada 100 mil habitantes.

    Balazo mata otras causas

    En México, el medio más empleado para provocar la muerte durante 2025 fue el disparo con arma de fuego (70.8%), seguido por el uso de objetos punzocortantes (9.4%). Otras causas recurrentes incluyen la agresión por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación (1,825 casos) y los ataques con objeto romo o sin filo (292 casos). Balazos, acuchillamientos, ahorcamientos y guamazos…

    @gcastroibarra

  • Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Ese sentirse arrastrado hacia el abismo, el agitarse inútilmente.
    La impotencia. […] ¿Qué será de nosotros en un hipotético futuro?
    ¿Qué herencia dejaremos a las generaciones posteriores?»

    Henning Mankell, Arenas movedizas.

    Hace apenas un par de días, mi hija AM, que vive en París desde hace varios años, me mandó unas fotografías que mostraban algo grotesco que, además, desafía cualquier manual de urbanismo civilizado: sus zapatos se derritieron. Resulta que salió de trabajar, caminó unas cuantas cuadras sobre un asfalto que parecía emanación reciente de lava y luego tomó una bicicleta para llegar a su departamento. Después de pedalear un rato, el calor brutal acumulado en el metal hizo que la suela sintética de su calzado se adhiriera de tal forma a los pedales que, al intentar bajar, los zapatos simplemente se deshicieron, convertidos en una masa plástica inservible. La estampa es tan grotesca como sintomática de este verano de 2026, en el que las olas de calor han azotado a Europa con una furia inusitada, cobrando vidas humanas por miles y desatando voraces incendios forestales, históricos, que ya han devorado miles y miles de hectáreas en España y Francia, y obligado a la evacuación de cientos de miles de personas. Ya no hablamos de anomalías estacionales o de una exageración mediática, sino del paisaje cotidiano de un planeta que parece decidido a decirnos, a golpe de termómetro y registros históricos pulverizados, que la breve tregua climática de 10 mil años que permitió las civilizaciones está llegando a su fin…, con nuestra ayuda.

    De esta asfixia atmosférica al colapso mental hay solo un paso, el mismo que recorre a diario la creciente ecoansiedad. Como ya apuntaba recientemente al revisar los indicios de malestar emocional que arrojan tanto las mediciones estadísticas nacionales —como la ENBIARE 2025— como el pulso global de la salud mental, el dolor psíquico contemporáneo no surge en el vacío; es el reflejo de un entorno convulso donde, entre guerras y pavores tecnológicos bien fundamentados, la crisis climática ocupa un lugar estelar y terrorífico. Los estudios internacionales más recientes —incluyendo los amplios sondeos publicados en The Lancet Planetary Health y los informes periódicos de la Asociación Psicológica Americana (APA)— confirman con datos duros y escalofriantes lo que ya es una obviedad para quienes tengan oídos para escuchar al prójimo: una abrumadora mayoría de la población mundial, con especial incidencia entre los jóvenes y las nuevas generaciones, experimenta altos niveles de ansiedad, miedo, tristeza y profunda impotencia ante la aceleración del cambio climático.

    Ya no se trata de una preocupación abstracta por los osos polares en placas de hielo lejanas, sino de la certeza cotidiana de que el futuro se achica, de que el soberbio sapiens está devastando los recursos naturales y de que las instituciones globales observan el incendio planetario mientras debaten sobre tecnicismos mercantiles.

    La ecoansiedad no es una neurosis caprichosa ni una debilidad de carácter que se resuelva con aromaterapia, meditación guiada o buenos propósitos de reciclaje doméstico. Es, antes bien, una respuesta perfectamente racional, lúcida y proporcionada ante un mundo profundamente irracional. Cuando los jóvenes ven que sus zapatillas se derriten en pleno centro de París, o que las sequías prolongadas vacían presas y campos de cultivo tanto en México como en el sur de Europa, lo verdaderamente psicótico no sería estar angustiado, sino permanecer plácidamente indiferente ante el panorama. Sin embargo, en lugar de revisar las causas estructurales y políticas de este desastre ecológico, el sistema ha ideado un sofisticado y cínico mecanismo de defensa para seguir operando como si nada ocurriera: la coartada de la resiliencia.

    En los últimos años, el concepto de resiliencia se ha vuelto omnipresente. Ha colonizado los discursos oficiales de los organismos multilaterales, las políticas de gestión urbana, los manuales de autoayuda y las matrices de riesgo institucionales. Se nos convoca permanentemente a ser “ciudades resilientes”, “sociedades resilientes” e “individuos resilientes”, como si la supervivencia civilizatoria dependiera exclusivamente de nuestra capacidad elástica para soportar los golpes sin rechistar.

    Dicho en corto, la dichosa resiliencia, en su acepción más difundida y mercantilizada, constituye una trampa monumental. ¿Por qué? Porque la resiliencia sistémica no cuestiona el modelo económico extractivista y fósil que nos trajo hasta el borde del abismo; únicamente busca hacerlo más tolerable y soportable para el capital.

    La gran trampa consiste en desplazar arteramente la responsabilidad de la catástrofe desde los grandes corporativos petroleros, los gobiernos omisos y los arquitectos del despojo ambiental en el que se soporta el leviatán del consumismo hacia las frágiles espaldas del ciudadano de a pie. Si una tormenta extrema destruye tu casa o una ola de calor asfixia tu ciudad, la culpa nunca es de la especulación inmobiliaria, de la desregulación industrial o de la inacción climática, sino de que tú no separas bien la basura y de tu supuesta falta de resiliencia para adaptarte a las nuevas condiciones. Se nos entrena sistemáticamente para resistir el daño en lugar de impedir que nos dañen. Nos venden la resiliencia como una virtud heroica y moderna, cuando en realidad opera como el anestésico perfecto para que el sistema siga extrayendo, quemando y contaminando sin que nadie se atreva a mover una sola viga del edificio central. Nos quieren flexibles como el caucho para aguantar mejor los latigazos, mientras los dueños del circo siguen cobrando la entrada en primera fila.

    De ahí que la falacia de la resiliencia conduzca, de forma inexorable, a su opuesto más corrosivo: la ansiedad. La resiliencia deporta necesariamente a la ansiedad porque parte de un postulado intrínsecamente derrotista, sombrío y macabro: asume como axioma ineludible que en el futuro nos irá peor que ahora, que el desastre es inevitable y que lo único que podemos hacer es agachar la cabeza y apretar los dientes. Nos prepara para un mañana catastrófico, obligándonos a vivir en un perpetuo estado de culpa difusa y alerta defensiva, midiendo los daños venideros y calculando cuántas suelas de zapatos nos quedan antes de que el asfalto termine por tragarnos por entero. Mientras sigamos celebrando la resiliencia institucional en lugar de exigir justicia climática, redistribución y una transformación radical del modelo, lo único que seguiremos cultivando en los campos de la salud mental será el miedo. Y unos zapatos, claro está, cada vez más difíciles de calzar.

    @gcastroibarra

  • Ansiedad y depresión: indicios

    Ansiedad y depresión: indicios

    Los resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 (ENBIARE) del INEGI permiten bosquejar un panorama sobre la salud mental de la población mexicana de 18 años o más a mediados del año pasado, midiendo específicamente la presencia de indicios de ansiedad y de depresión. Es importante subrayar que el término “indicios” no equivale a un diagnóstico clínico, sino que se trata de un filtro o tamizaje basado en la frecuencia de ciertos síntomas en los días previos a la encuesta.

    El cálculo se realiza a partir de cuatro reactivos clave, agrupados en dos pares:

    • Ansiedad: 1) sentirse nervioso o con los nervios de punta y 2) no poder dejar de preocuparse.
    • Depresión: 3) sentir poco interés en lo que se hacía y 4) sentirse deprimido o sin esperanza.

    Cada reactivo se puntúa de 0 a 3 (0=Nunca, 1=Varios días, 2=Más de la mitad de los días, 3=Casi todos los días). Para considerar que una persona presenta “indicios” de alguno de estos trastornos, la suma de los dos reactivos correspondientes debe ser de 3 a 6 puntos (sobre un máximo de 6). Este umbral indica que los síntomas se presentan, al menos, “varios días” en la semana, pero sin llegar a la máxima intensidad diaria.

    Ansiedad vs. Depresión: Brechas de género

    La ENBIARE muestra que en México hay más población adulta que reporta indicios de ansiedad en comparación con la depresión.

    • Ansiedad: Afecta a poco más de una de cada cinco personas (21.4%). Al desagregarla por sexo, la brecha es notable: mientras que el 17.4% de los varones presentan indicios, en el caso de las mujeres asciende al 25% (es decir, una de cada cuatro mujeres adultas).
    • Depresión: Se reporta en general en una de cada diez personas (10.9%). Si bien las mujeres también registran el porcentaje más alto, la diferencia no es tan drástica: 13.3% para ellas frente al 8.2% para ellos.

    La curva en “U” de la depresión por edad

    Al analizar la prevalencia de indicios de depresión según los grupos de edad, los datos revelan que el problema afecta a todos los segmentos con variaciones interesantes:

    1. De 18 a 29 años: 11.3%
    2. De 30 a 44 años: 9.5% (el porcentaje más bajo)
    3. De 45 a 59 años: 11.1%
    4. De 60 años y más: 12.5% (el porcentaje más alto)

    Estas cifras revelan una curva en forma de “U”: los adultos jóvenes y los adultos mayores presentan las tasas más elevadas, mientras que la población de mediana edad registra el indicador más bajo. Este patrón sugiere que tanto el inicio de la vida adulta como la vejez son etapas de mayor vulnerabilidad emocional que merecen atención prioritaria en las políticas públicas de salud mental.

    El mundo

    Una perspectiva global permite dimensionar estos hallazgos nacionales: organismos como la Organización Mundial de la Salud han documentado que las tasas de prevalencia de trastornos comunes como la ansiedad y la depresión se dispararon de forma generalizada tras la crisis sanitaria global provocada por la pandemia, situándose frecuentemente en márgenes equiparables donde la ansiedad suele duplicar o superar los registros de la depresión. Asimismo, la persistencia de las brechas de género —con una incidencia notablemente mayor en mujeres— y la peculiar vulnerabilidad en los extremos etarios de la pirámide poblacional coinciden con tendencias internacionales reportadas en metaanálisis recientes sobre salud mental postpandemia, lo que confirma que el malestar psíquico contemporáneo responde a dinámicas estructurales globales que operan más allá de nuestras fronteras.

    ¿Más o menos?

    Si bien los datos que ofrece la ENBIARE son muy frescos —la encuesta se levantó hace un año—, no me sorprendería que al día de hoy la gente no se sienta precisamente mejor, particularmente no menos ansiosa. Consideremos las malas noticias y motivos de preocupación que, a nivel internacional, se han acumulado durante los últimos doce meses.

    • El factor Trump. La fuerza militar más poderosa del mundo está en manos de un señor que ha sido diagnosticado por los mejores psiquiatras de su propio país como un narcisista perverso.
    • La escalada de conflictos geopolíticos. La persistencia e intensificación de las guerras y tensiones globales, que mantienen un clima constante de incertidumbre bélica y desestabilización a escala internacional. Muchos analistas hablan ya de una III Guerra Mundial.
    • El costo de vida y la presión económica. El encarecimiento sostenido de bienes básicos, la precariedad laboral y la dificultad para acceder a la vivienda, factores que alimentan una angustia financiera cotidiana en diversos rincones del planeta.
    • La agudización de la crisis climática. Fenómenos meteorológicos extremos cada vez más severos y recurrentes que, además de los daños materiales, consolidan una creciente ecoansiedad respecto al futuro del entorno natural.
    • La aceleración tecnológica y la sobreinformación. El despliegue vertiginoso de la inteligencia artificial y la automatización, cuyas implicaciones en el empleo, sumadas a la saturación informativa digital, generan un estado de fatiga cognitiva y desorientación constante.
    • La polarización sociopolítica. La erosión del discurso público y el desgaste de la confianza en las instituciones, lo que abona a una sensación de fragmentación e intemperie social.

    En este escenario de policrisis global, es previsible que el malestar emocional no haya cedido, sino todo lo contrario. Si aquí en México todo esto bien puede quitarle el sueño a miles y miles de personas, imagínense en el resto del orbe.

    @gcastroibarra

  • Preguntas infelices

    Preguntas infelices

    Debo aprender a contentarme con ser más feliz de lo que merezco.
    Jane Austen, Orgullo y prejuicio.

    Si el país se está cayendo a pedazos, como chillan y chillan el chisguete rosa y el prianismo en pleno, ¿por qué será que las mexicanas y los mexicanos somos cada vez más felices? ¿Por qué será que en 2021, cuando le preguntaron a la gente qué tan satisfecha(o) se encuentra actualmente con su vida, en promedio se autocalificó con 8.45, de por sí alto, y cuatro años después, en 2025, con un 8.62, que se acerca más a 9 que a 8? ¿Por qué será que los hombres siguen declarando que se sienten un poquito más satisfechos con su propia vida que las mujeres? Porque, efectivamente, resulta que según los más recientes resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE), levantada por el INEGI en julio del año pasado, mientras que el 59.8% de las mujeres se dijeron totalmente satisfechas con su vida, en el caso de los hombres fue el 61%.

    Ahora, ¿quiénes se sienten más plenos, los jóvenes, los adultos o la gente ya entrada en los últimos tramos de su existencia? Si usted responde que la cosa va proporcional, que entre más viejo mayor satisfacción con la vida… o menor…, pues no tanto. Del grupo de los más jóvenes, quienes andan entre los 18 y los 29 años de edad, 61.3% se dijeron totalmente satisfechos con su vida actual, un nivel muy alto, cierto, pero menor que los adultos jóvenes (de 30 a 44 años): 62% de ellas y ellos dijeron experimentar una satisfacción total con su vida. Luego, desafortunadamente, o la mayoría de las personas se vuelve más autocrítica o exigente o ya no le va tan bien: del grupo de edad de 45 a 59, quienes afirman sentirse plenos son ya solamente el 58.1%, mientras que para el caso de los más experimentados, de 60 y más, el porcentaje baja a 56.6 puntos. Ahora, tampoco es para ponerse muy ansiosos por lo que la vejez nos deparará: únicamente 2.2% de la gente de 50 años y más se dijo nada satisfecha con su vida.

    ¿Y en qué filas se encuentra más gente satisfecha con su vida, entre los solteros o entre los casados? La diferencia no es menor: mientras que de los solteros y solteras el 56.5% contestó sentirse totalmente satisfechos con su vida, la proporción entre los casados sube a 63.4% Claro, los separados, divorciados y viudos no están mejor: 51.8%

    ¿Y qué, tiene caso estudiar? Una tendencia se mantiene: estudiar puede que no necesariamente sirva para amasar más dinero, pero de que ayuda a andar más satisfechos por la vida, ayuda, sin duda. Dicho en corto, a mayor escolaridad, mayor satisfacción total con la vida: nivel básico, 57.9%; nivel medio superior, 59.9%, y nivel superior, 62.7%

    Ahora un dato para quitarle un poco tanta carga romántica al asunto: la estadística comprueba lo que el sentido común dicta: ¿quiénes reportan mayores niveles de satisfacción con la vida, los hombres y las mujeres que tienen algún tipo de discapacidad o quienes no la tienen? 62.9% de quienes no la padecen se reportan totalmente satisfechos con su vida, en tanto que apenas 43.7% de quienes sí la presentan contestaron lo mismo.

    Curioso. ¿En qué entidades de la República se encuentra la gente más satisfecha con su vida? Ni en la más urbanas ni en las más rurales, ni en las más pobres ni en las más ricas. Los estados de México en donde se reportaron los promedios más altos de satisfacción con la vida en 2025 fueron norteños: Coahuila (8.85), Tamaulipas (8.79) y Durango (8.78), mientras que del otro lado, encontramos a tres estados costeros: Michoacán (8.48), Tabasco (8.37) y Oaxaca (8.32).

    Pregunta de Perogrullo: ¿la soledad y la sensación de satisfacción con la vida son condiciones aparejadas? Obviamente: De cada 10 personas que reportaron nunca haber sentido soledad en el mes previo a la encuesta, 7 se dijeron totalmente satisfechas con su vida.

    ¿En qué ámbitos personales se reportaron los promedios más altos de satisfacción? Pues aquí tenemos malas noticias para las tías panistas que juran que en México vivimos en una dictadura: la gente calificó con casi 9 la “Libertad para decidir sobre su vida” (8.9). Las relaciones familiares siguen siendo un factor crucial tanto para el tejido social de este país como para la felicidad de las personas: con 8.8 calificamos nuestros lazos familiares. ¿Y cuál fue el ámbito peor calificado? Claro, el nivel económico…, sin embargo, la calificación es aprobatoria: 7.45 en el caso de las mujeres, 7.55 en el de los hombres. Por cierto, en los ámbitos personales en los que se observa mayores diferencias entre la satisfacción que se reportan por sexo son “Salud mental o emocional” y “Situación o relación afectiva”, con 8.54 para varones y 8.15 para las féminas, y 8.21 y 7.82, respectivamente.

    A final de cuentas y promedios, estas cifras funcionan como un espejo incómodo para quienes han hecho del catastrofismo su principal herramienta política. ¡Sigan siendo infelices porque México está contento! Mientras el ruido constante intenta convencernos de que todo se desmorona, la realidad reportada por los propios mexicanos cuenta una historia de resiliencia y, sobre todo, de satisfacción cotidiana. Quizás la pregunta infeliz no sea la que se hace el ciudadano sobre su bienestar, sino la que deberían plantearse aquellos que, ante la evidencia de un país que se siente satisfecho, insisten en negarlo porque no tienen otra cosa que gritar.

  • Pezones y botones: la geopolítica según Trump

    Pezones y botones: la geopolítica según Trump

    ¿Tendrá idea de lo que es el mundo el primer mandatario de la nación más poderosa del planeta?

    En diversos momentos, Trump se ha referido al continente africano como si fuera un solo país y ha utilizado términos despectivos para agrupar a múltiples naciones de la región.

    Pero el episodio más grotesco ocurrió en septiembre de 2017, cuando, durante un almuerzo en la ONU con líderes africanos, se refirió en dos ocasiones al inexistente país de “Nambia”, al que llegó a elogiar por su sistema de salud. El problema es que no existe tal nación. Quizá intentó referirse a Namibia o a Gambia, pero el resultado fue la invención espontánea de un país africano que sólo existió en su cabeza frente a los propios mandatarios del continente.

    Según reportes de fuentes diplomáticas, durante una sesión informativa previa a una reunión con el primer ministro indio en 2017, Donald Trump, el octogenario que ocupa la presidencia de Estados Unidos, pronunció Nepal como “nipple” (que significa pezón en inglés) y se refirió a Bután como “button” (que puede significar botón y que suena a butt, es decir, nalgas). Además, trascendió que el señor no tenía claridad sobre qué eran estos países, lo que lo hizo preguntar si formaban parte de la India.

    Un año después, en una reunión en la Casa Blanca con los líderes de Lituania, Estonia y Letonia en 2018, Trump los recriminó por las guerras que llevaron a la desintegración de Yugoslavia en la década de los 90. Los líderes bálticos tuvieron que aclararle que él estaba confundiendo a los Estados Bálticos (norte de Europa) con los países de los Balcanes (sureste de Europa).

    En abril de 2017, apenas unos días después de ordenar un ataque con misiles contra una base aérea en Siria, Trump declaró en una entrevista que Estados Unidos había “bombardeado Irak”. Tuvo que ser corregido en el acto. El episodio resulta especialmente revelador porque ocurrió mientras el presidente acababa de tomar una decisión militar de alto riesgo en Oriente Medio y, pocas horas después, ya no recordaba con precisión contra qué país había actuado.

    En más de una intervención pública, Trump se ha referido a Bélgica como si fuera una ciudad y no un país soberano. La frase más recordada es aquella en la que aseguró que “Bélgica es una ciudad hermosa”. El error no es menor: se trata de un Estado miembro fundador de la Unión Europea, sede de la OTAN y de la Comisión Europea. Por cierto, el país que eliminó a Estados Unidos en este Mundial de Futbol.

    Hace apenas unos días, durante la cumbre de la OTAN que tuvo lugar en Ankara, Turquía, frente a cámaras, rodeado de periodistas de buena parte del mundo, el presidente de Estados Unidos cometió una estupidez que ya no espanta a nadie. Mientras estaba sentado junto al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, al intentar dar paso a las preguntas, cuestionó a los reporteros si tenían algo que preguntarle al “presidente Putin”, señalando al mismo tiempo hacia Zelenski, quien estaba a su lado.

    En esa misma sesión informativa durante la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump tuvo otro desliz verbal despampanante: al hablar sobre las tensiones militares y operaciones del ejército norteamericano en el estrecho de Ormuz, específicamente refiriéndose a un incidente con el portaaviones USS Abraham Lincoln, el señor dijo: “Tuvimos 111 misiles disparados por la República Islámica de Japón”. Como lo oyen: la República Islámica de Japón. El míster megalómano acaba de romper a traición, de nuevo, el cese al fuego con Irán y ni siquiera recuerda el nombre correcto del país al que está agrediendo.

    En septiembre de 2025, durante una conferencia de prensa junto al primer ministro británico Keir Starmer, Trump presumió de haber “resuelto” el conflicto entre “Azerbaiyán y Albania”. No solo confundió Armenia con Albania, sino que además pronunció “Aber-baijan” de forma particularmente llamativa. Semanas antes había recibido en la Casa Blanca a los líderes de Armenia y Azerbaiyán para firmar un acuerdo de paz. El primer ministro albanés, Edi Rama, se burló públicamente del error en una cumbre europea posterior, junto a Macron y el presidente azerbaiyano, convirtiendo el desliz en chiste diplomático.

    En noviembre de 2025, mientras hablaba de la inmigración y de regímenes comunistas, Trump afirmó que los migrantes que llegaban a Miami huían de “la tiranía comunista de Sudáfrica”. Luego, visiblemente incómodo, intentó corregirse mencionando Sudamérica. El error no es solo geográfico: revela una confusión elemental entre un continente y un país, justo en un tema que forma parte central de su discurso.

    Durante sus declaraciones previas a la cumbre de la OTAN, el mandatario insistió en que Groenlandia “debería ser controlada por Estados Unidos”, presentándolo como una posibilidad real o una negociación en curso. Por supuesto, el gobierno de Dinamarca ha sido enfático en que ese territorio no está a la venta ni bajo negociación de soberanía. 

    Hay quienes quieren entender estas declaraciones como una herramienta de “guerra de narrativas”. Lo preocupante no es sólo el error o la mentira per se, sino el hecho de que estas declaraciones —al ser emitidas por el jefe del Estado con mayor poderío de destrucción del planeta— obligan a aliados y adversarios a desmentir o ajustar sus posturas constantemente, lo que erosiona la confianza en la comunicación diplomática.

    Todas estas pifias, pienso, no son maniobras maestras de distracción ni golpes de efecto calculados para saturar el espacio público. Son la prueba reiterada de un mandatario que, después de años en el cargo y con acceso a toda la información de inteligencia del planeta, sigue sin entender ni los rudimentos de la geografía política mundial ni los nombres de los actores que decide atacar, apoyar o ignorar. Cuando el hombre que controla el mayor arsenal nuclear y convencional de la historia confunde países soberanos con pezones y botones, inventa naciones africanas, mezcla continentes enteros y no distingue entre el presidente de Ucrania y el de Rusia frente a las cámaras del mundo, el problema ya no es de comunicación ni de estilo. Es de capacidad. Y esa incapacidad, ejercida desde la oficina oval, no es un espectáculo inocuo: es un riesgo permanente para la humanidad.

    @gcastroibarra

  • Mundial a medias

    Mundial a medias

    Esta obligada prisa que inexorablemente
    quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.

    Carlos Pellicer, Nocturno.

    Es muy probable que en estos días mucha gente en Europa esté pensando que el fin del “mundo” se aproxima, al menos, una mayor proporción respecto a quienes ahora en México puedan creer eso mismo. Lo creo así porque no es difícil sentir la proximidad del fin cuando acabas de sufrir una terrible ola de calor que nunca antes habías vivido. Las cifras que acompañan este desastre dotan de realidad a ese temor: desde el 21 de junio, se han vinculado a esta ola de calor en el continente más de mil 300 muertes en exceso, con Francia reportando cerca de mil decesos en apenas unos días. No se trata solo de estadísticas, sino de termómetros que marcaron picos históricos —como los 41.7°C en Alemania o los 43.7°C en España— desafiando los límites físicos de una población que, en su mayoría, no cuenta con los recursos básicos, como el aire acondicionado, para enfrentar tal asfixia. Imaginen ustedes noches enteras durante las cuales los termómetros se mantienen rondando los 30°C. Los análisis climáticos más recientes sugieren que este fenómeno no debe leerse como una anomalía aislada, sino como un “ensayo general” de lo que está por venir. Europa, que se está calentando al doble del promedio global, enfrenta una vulnerabilidad estructural crítica: sus ciudades y viviendas, históricamente diseñadas para retener el calor ante inviernos gélidos, se han convertido en trampas térmicas frente a un clima que ya no responde a los modelos de adaptación previos. Lo que hoy día millones de europeos pueden estar percibiendo como el fin de un mundo conocido no es sólo una sensación apocalíptica, sino la confrontación material con un sistema climático que, con la forma de olas de calor cada vez más severas, frecuentes y prolongadas, está reescribiendo la cotidianidad y desafiando la capacidad de respuesta de nuestras sociedades modernas.

    Pero subrayo: seguramente el fin del “mundo” no se siente igual en todo el orbe. Pongamos por caso: para la mayoría de mis conciudadanos, supongo, la noche del martes 30 de junio, después de que la selección nacional mexicana derrotara a Ecuador y asegurara así el ansiado quinto partido en el Mundial, la idea del fin de los tiempos estaba muy lejos de sus pensamientos.

    Mundo y mundial, así como global, son palabras que expresan poderosas abstracciones, abstracciones inmensas más o menos apuntaladas en parte de la realidad concreta. El lenguaje no sólo nombra y describe la realidad, sino que la construye y, en este caso, la delimita. Así que es perfectamente pertinente preguntarse qué tan realmente mundial es nuestra concepción del mundo. Por ejemplo, pensemos en el dichoso “Mundial” de Futbol… En esta edición no participaron las selecciones de los dos países más poblados del planeta, India y China —de hecho, China únicamente ha participado en una ocasión, en 2002, en la Copa del Mundo Corea-Japón, la primera que tuvo lugar en suelo asiático, mientras que jamás hemos visto al equipo de India, el país con más habitantes de todo el mundo, jugar en el torneo—. Recordemos que, en conjunto, en India y China viven 2.9 mil millones de seres humanos, de tal suerte que en el Mundial México 2026, sólo considerando la ausencia de indios y chinos, no tienen representación uno de cada tres habitantes del mundo. Además, deberíamos sumar otras ausencias importantes. Ningún ciudadano de los países que ocupan las posiciones 4, 5, 6 y 8 en la tabla de las naciones más pobladas —Indonesia, Pakistán, Nigeria y Bangladesh— está viendo jugar a su selección en este campeonato. Más relevante en términos geopolíticos resulta la falta del equipo del país más extenso del planeta, Rusia —noveno en la tabla en cuanto a cantidad de habitantes—. Y dado que tampoco participa Etiopía, resulta que ocho de los diez países más poblados del mundo no están convidados al Mundial: en ellos radica nada menos que el 49% de todos los hombres y mujeres vivos en la actualidad, es decir, prácticamente la mitad de todos los seres humanos.

    Al final, tanto el colapso climático que calcina a Europa como la algarabía de nuestra celebración futbolística nos revelan una misma verdad: nuestra mundialidad es un espejo que sólo refleja parcialidades, usualmente lo que nos conviene mirar. Mientras Europa enfrenta un fin del mundo tangible, físico y dolorosamente local, con todo y los amenazantes tambores de guerra sonando, nosotros disfrutamos por ahora un clima lluvioso, templado, y el “Mundial” en casa, un mundial que, por diseño, excluye a la mitad de la humanidad. Quizás el peligro de estas abstracciones es que nos reducen: nos hacen creer que el mundo es sólo aquello que cabe en nuestras pantallas, ocultando que, más allá de ese encuadre, existe una realidad mucho más vasta y diversa.

    Éxito a la selección el próximo domingo.