En el fútbol contemporáneo existe una tentación permanente por separar el talento de la política, como si los grandes ídolos del deporte vivieran en una especie de burbuja neutral. Sin embargo, la historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario: las figuras más grandes siempre terminan siendo símbolos políticos, lo quieran o no.
En ese contraste inevitable aparece la comparación entre Lionel Messi y Diego Armando Maradona. No es una comparación futbolística —que suele monopolizar el debate— sino política.
Maradona nunca escondió de qué lado estaba. Fue un futbolista extraordinario, pero también un personaje profundamente político. Criticó abiertamente a la FIFA, denunció la corrupción que rodea al negocio del fútbol mundial y se alineó sin ambigüedades con proyectos de izquierda en América Latina. Su cercanía con Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales no era una pose mediática: respondía a una visión del mundo que asumía el deporte como un espacio atravesado por el poder, el dinero y la desigualdad.
Maradona entendía que el fútbol global estaba dominado por una lógica corporativa donde los jugadores se convierten en mercancía y las federaciones en negocios multimillonarios. Por eso su crítica a la FIFA era frontal. No era solo la rabia de un exjugador sancionado; era la intuición política de alguien que sabía que el fútbol moderno había sido capturado por intereses económicos gigantescos.
Lionel Messi, en cambio, representa el reverso de esa figura. El capitán de la selección argentina ha construido una imagen pública cuidadosamente despolitizada. Su discurso rara vez roza cualquier tema social o político. Sin embargo, esa supuesta neutralidad también tiene implicaciones políticas. En un mundo atravesado por conflictos, desigualdades y disputas ideológicas, el silencio no es neutral: suele favorecer al orden establecido.
Su cercanía mediática o simbólica con figuras de la derecha global, como Donald Trump, no puede leerse simplemente como una casualidad dentro del espectáculo deportivo. Forma parte de la red de poder que rodea al fútbol contemporáneo: empresarios, marcas, dirigentes y políticos que utilizan el deporte como plataforma de legitimación.
Messi es el producto perfecto del fútbol corporativo del siglo XXI. Un talento gigantesco, cuidadosamente protegido por patrocinadores, clubes y estructuras comerciales que prefieren ídolos silenciosos antes que figuras incómodas.
Maradona fue exactamente lo contrario: un genio caótico, indomable, que incomodaba a los poderosos porque hablaba demasiado y porque tomaba partido.
Para buena parte de la izquierda latinoamericana, Maradona representó algo más que un futbolista extraordinario. Encarnó la posibilidad de que un ídolo popular utilizara su voz para cuestionar al poder global, desde la FIFA hasta la geopolítica internacional. Era contradictorio, excesivo y profundamente humano, pero también profundamente político.
Messi, en cambio, parece encajar mejor en el fútbol convertido en industria global: un deporte que mueve mucho dinero, que organiza mundiales en países autoritarios y que prefiere la neutralidad estética antes que la crítica incómoda.
No se trata de exigirle a Messi que sea Maradona. Cada época produce sus propios símbolos. Pero sí conviene recordar que incluso el silencio, incluso la neutralidad, también dicen algo sobre el lugar que se ocupa en el mundo.
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