Mucho se ha hablado del Mundial de fútbol como el gran espectáculo global capaz de unir a millones de personas alrededor de una pasión compartida. Sin embargo, detrás de los goles, las ceremonias de inauguración y los estadios repletos, existe una realidad mucho menos romántica: la organización de una Copa del Mundo suele convertirse en un escaparate donde los intereses económicos y políticos de las élites pesan más que las necesidades de los pueblos que terminan financiando la fiesta.
La historia reciente de la FIFA está plagada de escándalos. El llamado FIFAGate reveló una compleja red de sobornos, tráfico de influencias y corrupción que durante décadas operó dentro del máximo organismo del fútbol mundial. No fue casualidad que Estados Unidos impulsara las investigaciones que terminaron exhibiendo a buena parte de la dirigencia internacional. Detrás del discurso de combate a la corrupción también existían intereses geopolíticos y económicos. Resulta difícil ignorar que las acusaciones llegaron después de que la FIFA otorgara los Mundiales de 2018 y 2022 a Rusia y Qatar, dejando fuera a la potencia norteamericana.
Fue en ese contexto que surgió la candidatura conjunta de México, Estados Unidos y Canadá para albergar el Mundial de 2026. Una sede inédita, compartida por tres países, que representó una nueva forma de organización, pero que también consolidó el enorme poder de negociación de la FIFA frente a los gobiernos nacionales.
En el caso de México, la designación se concretó durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Como parte de las garantías exigidas por la FIFA, el Estado mexicano comprometió una serie de beneficios extraordinarios para la organización: exenciones fiscales federales y locales, facilidades migratorias y aduaneras, operativos especiales de seguridad, protección reforzada de derechos comerciales y acceso a infraestructura pública de telecomunicaciones. En otras palabras, mientras millones de mexicanos pagaban impuestos, la organización que obtiene miles de millones de dólares por concepto de patrocinios, derechos de transmisión y mercadotecnia recibía condiciones privilegiadas para operar en el país.
La contradicción es evidente. Durante años, los gobiernos neoliberales defendieron la idea de que no había recursos para fortalecer servicios públicos, construir infraestructura social o ampliar programas de bienestar. Sin embargo, cuando se trató de satisfacer las exigencias de organismos internacionales o grandes corporaciones, los recursos aparecieron sin dificultad.
La llegada de la Cuarta Transformación modificó parcialmente ese escenario, aunque no podía borrar compromisos firmados años atrás. Los acuerdos ya estaban establecidos y debían cumplirse para evitar conflictos legales y financieros; sin embargo, el enfoque con el que se decidió aprovechar el Mundial comenzó a ser distinto.
Durante décadas, los grandes eventos internacionales fueron concebidos como negocios para unos cuantos. Constructoras, grupos inmobiliarios, cadenas hoteleras y corporaciones privadas concentraban los beneficios, mientras la población observaba desde la periferia una celebración que rara vez le pertenecía. El reto para los gobiernos progresistas consistía precisamente en romper esa lógica y convertir un espectáculo diseñado para las élites en una oportunidad para democratizar el espacio público.
Las diferencias entre las sedes mexicanas son evidentes. Mientras en Nuevo León se colocaron vallas para tapar las zonas más pobres del estado, en Guadalajara, Pablo Lemus priorizó los negocios privados; en la Ciudad de México se apostó por una estrategia distinta.
La administración de Clara Brugada entendió que el verdadero legado de una Copa del Mundo no puede medirse únicamente en fotografías, derrama económica o récords de asistencia, principalmente cuando las entradas a los partidos son accesibles para el 10% de las y los capitalinos. Por ello, además de cumplir con los compromisos internacionales heredados, impulsó acciones para que la población pudiera apropiarse del acontecimiento.
Mientras en Guadalajara se celebrará el Fan Fest, en la capital se optó por organizar 18 festivales gratuitos para la transmisión de partidos, actividades culturales, conciertos y espacios donde productores y comerciantes locales puedan participar de los beneficios económicos. La intención es sencilla pero poderosa: que el Mundial no sea únicamente una experiencia para quienes pueden pagarla.
Más importante aún es que gran parte de las obras impulsadas en la Ciudad de México no fueron concebidas exclusivamente para un evento de un mes. La modernización del Metro, la incorporación de nuevos trenes al Tren Ligero, la ampliación de rutas de transporte, la renovación de espacios públicos y proyectos como el corredor peatonal y ambiental sobre Calzada de Tlalpan buscan responder a necesidades permanentes de la población.
Esa es quizá la diferencia fundamental entre dos modelos de gobierno. Uno entiende los grandes eventos como escaparates temporales que deben impresionar a los visitantes, aunque después queden elefantes blancos y deudas públicas. El otro busca aprovechar la coyuntura para construir infraestructura que siga siendo útil cuando las cámaras internacionales se apaguen y los turistas regresen a casa.
Porque el verdadero partido no se juega en la cancha. No lo disputan once jugadores contra otros once, ni se decide en una tanda de penales. El partido más importante es el que enfrenta dos visiones de país: una donde los grandes acontecimientos sirven para enriquecer a unos cuantos y otra donde pueden convertirse en herramientas para generar bienestar colectivo.
Dentro de algunos años, cuando ya nadie recuerde quién levantó la copa en 2026, lo realmente importante será responder una pregunta mucho más trascendente: ¿qué quedó para la gente cuando terminó el espectáculo? Si la respuesta es mejores servicios, espacios públicos recuperados, movilidad más eficiente y una ciudad más incluyente, entonces el Mundial habrá valido mucho más que noventa minutos de fútbol. Porque los campeones cambian cada cuatro años; los pueblos, cuando se les coloca en el centro de las decisiones, pueden transformar su historia para siempre.

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