Categoría: Opinión

  • Cuando los datos rompen el relato

    Cuando los datos rompen el relato

    La seguridad no se defiende con consignas; se construye mirando de frente los hechos. Hay una regla que quienes hemos pasado años frente a un expediente aprendemos casi sin darnos cuenta: los hechos no se negocian. Una resolución no puede depender de simpatías, enojos, presiones externas ni de aquello que quisiéramos encontrar en una carpeta. La prueba se mira de frente, se analiza, se contrasta y, después, con responsabilidad, se decide.

    En la conversación pública deberíamos exigirnos exactamente lo mismo, porque también en política, en seguridad y en la vida cotidiana tenemos una costumbre peligrosa: aceptar con entusiasmo los datos que confirman lo que ya pensamos y desconfiar de aquellos que nos obligan a cambiar de opinión.

    Una cifra no tiene partido y no debería tenerlo. Los datos no están para darnos la razón; están para decirnos dónde estamos.Por eso vale la pena detenernos ante los últimos indicadores de percepción de seguridad publicados por el INEGI. El 59.8% de la población adulta en las principales ciudades del país manifestó sentirse insegura.

    La cifra sigue siendo enorme y no hay que maquillarla: significa que prácticamente seis de cada diez personas todavía viven una parte de su vida cotidiana con miedo. Eso no puede minimizarse, porque detrás de cada punto porcentual hay personas, familias que esperan un mensaje para saber que alguien llegó bien, mujeres que modifican sus rutas, comerciantes que miran dos veces hacia la calle antes de cerrar y víctimas que todavía esperan justicia. La deuda con ellas permanece, sin embargo, reconocer esa deuda tampoco nos obliga a cerrar los ojos ante lo que muestran los mismos datos.

    En junio, la percepción de inseguridad fue de 59.8%, frente al 61.5% registrado en marzo y al 63.2% de junio del año anterior; en diciembre pasado había alcanzado 63.8%. Hay, entonces, una disminución. No es una opinión ni una interpretación política: es una variación estadística registrada por el instrumento que mide la percepción de seguridad urbana. Reconocerla tampoco significa declarar resuelto el problema.

    En materia de seguridad no existen victorias definitivas, mucho menos cuando hablamos de un fenómeno que durante años ha lastimado comunidades enteras y que se vive de manera distinta en cada territorio, pero una cosa es exigir más y otra, muy distinta, negar aquello que los datos están mostrando simplemente porque no coincide con nuestras posiciones.

    Tenemos que aprender a mirar los números sin miedo. Si un indicador mejora, decirlo no significa entregar un cheque en blanco a la autoridad; del mismo modo, si un indicador empeora, señalarlo tampoco significa negar todo lo que sí funciona. La madurez democrática comienza, en buena medida, cuando dejamos de escoger los datos que queremos escuchar.

    La seguridad, además, tampoco cabe completa en una gráfica: tiene el rostro de la madre que recibe un mensaje de su hija diciendo “ya llegué”, la puerta de un negocio que puede cerrarse sin miedo, el vecino que vuelve a caminar por su parque y, también, la víctima que espera que una investigación avance y que un tribunal haga justicia.

    Por eso debemos distinguir algo fundamental: la percepción de inseguridad que mide el INEGI no es lo mismo que los delitos registrados ante las fiscalías. Son fenómenos distintos y deben analizarse como tales.

    También resulta relevante observar que, en los indicadores oficiales disponibles, aparecen señales de disminución en los homicidios dolosos. De acuerdo con los datos del Gabinete de Seguridad, el promedio diario de homicidios dolosos disminuyó 48% entre septiembre de 2024 y junio de 2026, con una reducción acumulada de 51% en julio. Estos números merecen ser examinados con rigor, sin propaganda, pero también sin negación y, sobre todo, sin convertirlos en una excusa para dejar de exigir.

    Reconocer que una política pública muestra resultados no elimina nuestra obligación de vigilarla; al contrario, obliga a preguntar qué está funcionando, dónde está funcionando, dónde todavía no y qué debe corregirse. Eso también es defender una transformación: no consiste en aplaudir todo ni en desacreditar todo, sino en observar, comparar, preguntar y exigir.

    Quien rechaza un dato solamente porque no coincide con su postura termina construyendo una realidad a la medida de sus propias certezas. Pero quien convierte una cifra favorable en motivo de celebración absoluta también se equivoca, porque todavía hay víctimas, todavía hay delitos y todavía hay familias esperando justicia.

    Entre ambos extremos existe algo mucho más difícil, pero también mucho más responsable: aceptar la realidad completa. En un juzgado, las pruebas no se acomodan para que encajen en una historia; es la historia la que tiene que responder a las pruebas. Quizá la vida pública debería exigirse exactamente lo mismo.

    Porque gobernar y juzgar tienen una responsabilidad que, aunque ocurre en espacios distintos, comparte una misma raíz: no cerrar los ojos frente a aquello que los hechos nos obligan a mirar.Defender una transformación no significa negar los problemas que todavía existen, pero tampoco significa negar los avances cuando aparecen. Significa tener la honestidad de reconocer ambos.

    México todavía enfrenta enormes desafíos en materia de seguridad y nadie debería utilizar una disminución estadística para decirle a una víctima que su dolor ya no importa. Pero tampoco deberíamos decirle a millones de personas que nada está cambiando cuando los indicadores muestran otra cosa. La democracia necesita ciudadanos capaces de exigir sin prejuicios y autoridades capaces de rendir cuentas sin miedo; necesita menos relatos construidos para ganar una discusión y más voluntad para entender una realidad compleja.

    Porque cuando los datos contradicen aquello que creíamos, tenemos dos caminos: cuestionar los datos hasta que vuelvan a darnos la razón o cuestionar nuestras propias certezas. En un expediente judicial, lo segundo no es una opción: los hechos terminan imponiéndose. Tal vez en la vida pública deberíamos aprender la misma lección.

    Cuando los datos rompen el relato, quizá no tengamos que romper los datos. Quizá tengamos que cambiar el relato.

  • La disputa por el sentido común y la falta de conciencia de clase

    La disputa por el sentido común y la falta de conciencia de clase

    Durante décadas, el pensamiento marxista ortodoxo esperó que la contradicción entre capital y trabajo produjera, casi de manera automática, una conciencia revolucionaria en el proletariado. Bastaba con que la explotación se agudizara para que las masas trabajadoras, al reconocer su condición, se levantaran contra el orden que las oprimía. La historia, sin embargo, desmintió ese pronóstico mecánico: en los países capitalistas más desarrollados, donde la clase obrera era numéricamente mayoritaria y su explotación innegable, no llegó la revolución esperada, sino la adhesión, la resignación o, en el mejor de los casos, una oposición tibia y fragmentada. Fue Antonio Gramsci quien ofreció la explicación más influyente de esta paradoja, y sus ideas siguen siendo la clave para entender por qué millones de personas sostienen, con sus propias voces, el sistema que las perjudica.

    La tesis central es que ninguna clase dominante gobierna únicamente mediante la fuerza. La coerción —el aparato policial, judicial y militar— existe, pero funciona como último recurso, como el borde visible de un dominio que se sostiene sobre algo mucho más eficaz y menos costoso: el consenso cultural.

    La burguesía no necesita imponer sus intereses a punta de bayoneta cuando logra que esos intereses aparezcan ante toda la sociedad como el orden natural de las cosas, como sentido común compartido por dominadores y dominados por igual. Ahí reside la fuerza de la hegemonía: no en silenciar al adversario, sino en hacer que el adversario hable con las palabras del amo sin percibir que lo hace.

    Esa operación se cuela en las frases más cotidianas. Cuando un trabajador afirma que el mundo siempre ha funcionado así, que la pobreza es resultado de la pereza individual o que son los empresarios quienes generan la riqueza mientras los obreros apenas la ejecutan, no está repitiendo un dogma impuesto desde arriba con violencia explícita; está reproduciendo, como verdad propia y evidente, una narrativa que en realidad sirve a intereses ajenos a los suyos. La ideología dominante deja de sentirse como ideología precisamente cuando se ha vuelto invisible, cuando ya no se experimenta como una interpretación posible del mundo entre otras, sino como el mundo mismo. En ese punto, el trabajador se convierte en guardián de un orden que lo subordina: vigila en sí mismo cualquier pensamiento que se aparte de esa lógica, censura sus propias dudas, desconfía de quienes cuestionan el sistema y, muchas veces, defiende con más fervor que el propio patrón los valores que legitiman su explotación.

    Esta dinámica revela que la batalla por el poder no se libra solo en la fábrica, en el salario o en la jornada laboral, sino en el terreno de la cultura: la escuela, la familia, los medios de comunicación, la religión, el lenguaje, el entretenimiento y hasta el sentido común más íntimo son campos donde se disputa qué visión del mundo aparece como natural y cuál como extraña o peligrosa. La producción de plusvalía sigue siendo el motor material del capitalismo, pero su reproducción a lo largo del tiempo depende de que esa extracción de valor no sea percibida como despojo, sino como intercambio justo, como mérito, como la única forma razonable de organizar la vida en sociedad.

    De ahí se desprende una consecuencia estratégica de enorme peso: si la dominación se sostiene también por consenso, entonces la emancipación no puede reducirse a una toma del poder político o económico.

    Antes de que cualquier transformación material sea posible, es necesario disputar el sentido común, construir una contrahegemonía capaz de mostrar como arbitrario lo que se presenta como natural, y de ofrecer una narrativa alternativa que permita a los sujetos subalternos reconocer su propia condición sin los lentes prestados por quienes se benefician de su sumisión. La revolución, en esta lectura, no comienza en la calle ni en la fábrica, sino en la conciencia: en la posibilidad de que el trabajador deje de custodiar, por convicción propia, las ideas que lo mantienen atado.

    Pensar la hegemonía en estos términos no resta importancia a la coerción ni a las condiciones materiales de explotación, pero sí obliga a mirar con otros ojos los fenómenos culturales que, a simple vista, parecen ajenos a la política: un chiste, un refrán, una serie de televisión, una clase escolar. En cada uno de ellos puede estar operando, silenciosa y eficazmente, la reproducción de un orden que ninguna fuerza policial podría sostener por sí sola.

  • Sin palabras

    Sin palabras

    ¡qué despiadados son
    en su callar los muertos!
    con razón
    todo mutismo trágico y glacial,
    todo silencio sin apelación
    se llaman: un silencio sepulcral.

    Amado Nervo, ¡Cómo callan los muertos!

    Intercambiamos mensajes con miles, pero cada vez hablamos menos con quienes tenemos enfrente. El silencio se propaga en medio del escándalo. Vivimos instalados en una paradoja comunicacional de proporciones inéditas, y de consecuencias difíciles de prever. Por un lado, estamos cada vez más interconectados, las bocinas zumban perpetuamente, las bandejas de entrada rebosan de mensajes y el tsunami digital atiborra todas las pantallas con un volumen titánico de signos gráficos, fotos, infografías, videos, iconos, memes… Nunca antes habíamos emitido tantos caracteres por segundo. Sin embargo, en el plano de la oralidad viva, de la palabra hablada, de la vibración directa de la voz en el espacio compartido, la marea humana está retrocediendo de manera sigilosa. Nos estamos quedando mudos o, al menos, muy callados.

    Aldo recibe cientos —literalmente, cientos— de mensajes en su celular a lo largo del día. La mayoría son memes, reenvíos, noticias que no le interesan y chistes bobos. No contesta casi nunca. Sin embargo, invariablemente responde los que le envía su jefe, aunque pertenezcan a la misma categoría. Casi siempre se limita a escribir: «Ja, ja, ja…», o envía una carita carcajeándose. Esa mañana se encontró con él en el elevador, en la planta baja. Buenos días. Buenos días. Aldo presionó el botón del PH. Ninguno volvió a decir una palabra hasta que llegaron arriba. Durante el trayecto, ambos permanecieron absortos en sus teléfonos.

    Un reciente estudio publicado en la revista Perspectives on Psychological Science —liderado por los investigadores Valeria Pfeifer, de la Universidad de Misuri-Kansas City, y Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona— pone cifras rigurosas a este fenómeno. A partir del análisis de datos de audio ambiental procedentes de 22 estudios recopilados entre 2005 y 2019, con la participación de más de 2,000 participantes en Estados Unidos, México, Australia y Europa, los científicos pudieron evidenciar un descenso constante, medible e implacable en la cantidad de palabras que pronunciamos en nuestra vida cotidiana.

    Los datos son contundentes. En 2005, el promedio diario de palabras pronunciadas en persona, cara a cara, oscilaba entre las 16,000 y 17,500 vocablos; hacia 2019, esa cifra se derrumbó hasta situarse entre 12,000 y 12,700. Dicho en términos dinámicos: cada año transcurrido durante ese periodo significó un promedio de 338 palabras por persona menos al día. Si acumulamos la disminución, esto representa una caída global del 28% en nuestro intercambio verbal cotidiano, lo cual equivale a pronunciar más de 120,000 palabras menos cada año en comparación con el precedente. ¡120,000 palabras menos cada año!

    ¿Qué ha ocurrido para que nuestra voz pierda tanta presencia? Los autores del estudio advierten que esta merma no responde a un acontecimiento dramático o a una gran ruptura comunicativa, sino a la suma microscópica de pequeños momentos cotidianos que hemos ido desterrando de nuestras rutinas.

    En primer lugar, tenemos que referirnos, claro, a la mutación tecnológica. El desplazamiento de la llamada telefónica o la charla cara a cara hacia la mensajería instantánea y las redes sociales ha transformado el vínculo. Hoy los oficinistas se mandan mensajes estando a unos metros de distancia entre sí. Aunque el texto escrito es ágil, los especialistas recuerdan que carece de la riqueza prosódica, de los matices emocionales y de la lectura gestual inmediata que sólo la oralidad humana es capaz de sostener. El pulso del afecto se empobrece cuando se reduce a una burbuja digital. Lo peor, quizá, sea que esa pobreza comunicativa pasa desapercibida para los comunicantes y suponen que un “OK” significa siempre exactamente lo mismo, aunque es frecuente escuchar: “¡Sólo me contestó ‘OK’!”, como queja, como prueba indiscutible de falta de interés o como reporte tranquilo y confiado del fin de una “conversación”.

    En segundo lugar, la obsesión contemporánea por la eficiencia productiva ha rediseñado el entorno urbano. Las cajas de autoservicio en los supermercados, los menús digitales accesibles mediante códigos QR y las plataformas de pago sin contacto han eliminado casi por completo la necesidad de interactuar con cajeros, meseros o personal de mostrador. Imaginen ustedes cuántas conversaciones casuales han sido borradas del mapa cotidiano por las compras solitarias en línea. Cada plataforma automatizada es una aduana que nos exime de saludar, preguntar o negociar la breve fricción de la alteridad.

    A ello se suman los nuevos hábitos laborales y sociales, marcados por el teletrabajo y la reclusión doméstica, el intercambio de información vía correos electrónicos o chats corporativos. ¿Se han dado cuenta? Los teléfonos cada día repican menos en las oficinas. Todo eso reconfigura las dinámicas de convivencia presencial. Por supuesto, el impacto generacional de esta tendencia no es homogéneo. Si bien el declive afecta a todos los grupos etarios —lo que muestra que estamos ante una transformación social estructural—, la caída es significativamente más pronunciada entre los menores de 25 años. Este sector, plenamente habituado a los códigos de la digitalización nativa, registró una pérdida anual de 451 palabras, un 44% superior a la observada en los participantes de 25 años o más.

    Los crujidos en la vida diaria que provoca esta sequía verbal se escuchan más allá de la estadística. Esta pérdida constante se asemeja a la erosión geológica provocada por el agua: gota a gota, el silencio va minando los cimientos de nuestra sociabilidad. Menos palabras habladas equivalen, de forma directa, a una menor conexión humana, alimentando los vapores de esa epidemia de soledad que las autoridades de salud pública llevan años señalando como un problema prioritario. El aislamiento no sólo lacera el bienestar subjetivo, sino que tiene derivaciones somáticas y psicológicas científicamente comprobadas. Más allá de las graves consecuencias sociopolíticas que indiscutiblemente tiene el fenómeno, no hablar entre nosotros deteriora la salud mental.

    Frente a esta inercia colectiva hacia el mutismo digital, la solución no demanda reformas faraónicas ni batallas tecnológicas imposibles. La salida se halla en el rescate de lo micro. Recuperar siquiera 300 palabras adicionales al día —un intercambio amable con el vecino en el pasillo, un comentario con un colega, una respuesta menos esquemática a la pregunta elemental sobre cómo transcurrió nuestra jornada— constituye un acto de micropolítica afectiva. Volver a hablar, en definitiva, para recordarnos que existimos en la voz del otro.

    @gcastroibarra

  • Civilización y cultura

    Civilización y cultura

    Seguimos compartiendo capítulo por capítulo la Cartilla Moral de Alfonso Reyes. En su apartado tercero se habla de la civilización y cultura. La Enciclopedia de Conocimientos Fundamentales UNAM-SIGLO XXI define la moral de manera general a la conciencia moral como el darnos cuenta cotidianamente de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo justo y lo injusto.

    La moral en el texto de la Máxima Casa de Estudios, se considera la articulación de todas las creencias, prácticas y valores que conforman la estructura básica de la concepción del mundo social. Es decir, que la moral expresa nuestras convicciones sobre lo que creemos que permite o promueve una mejor relación con los demás.

    Ante estas definiciones la cartilla moral indica textualmente: “La voluntad moral trabaja por humanizar más y más al hombre, levantándolo sobre la bestia, como un escultor que, tallando el bloque de piedra, va poco a poco sacando de él una estatua. No todos tenemos fuerzas para corregirnos a nosotros mismos y procurar mejoramos incesantemente a lo largo de nuestra existencia; pero esto sería lo deseable.

    Si ello fuera siempre posible, el progreso humano no sufriría esos estancamientos y retrocesos que hallamos en la historia, esos olvidos o destrozos de las conquistas ya obtenidas.

    En la realidad, el progreso humano no siempre se logra, o sólo se consigue de modo aproximado. Pero ese progreso humano es el ideal a que todos debemos aspirar, como individuos y como pueblos.

    Las palabras “civilización” y “cultura” se usan de muchos modos. Algunos entienden por “civilización” el conjunto de conquistas materiales, descubrimientos prácticos y adelantos técnicos de la humanidad. Y entienden por “cultura” las conquistas semejantes de carácter teórico o en el puro campo del saber y del conocimiento así como las creaciones artísticas. Otros lo entienden al revés. La verdad es que ambas cosas van siempre mezcladas. No hubiera sido posible, por ejemplo, descubrir las útiles aplicaciones de la electricidad o la radiodifusión sin un caudal de conocimientos previos; y a su vez, esas aplicaciones han permitido adquirir otras nociones teóricas.

    En todo caso, cultura y civilización, creaciones artísticas y conocimientos teóricos y aplicaciones prácticas nacen del desarrollo del espíritu; pero las inspira la voluntad moral o de perfeccionamiento humano. Cuando pierden de vista la moral, cultura y civilización degeneran y se destruyen a sí mismas.

    Las muchas maravillas mecánicas y químicas que aplica la guerra, por ejemplo, en vez de mejorar a la especie, la destruyen. Nobel, sabio sueco inventor de la dinamita, hubiera deseado que ésta sólo se usara para la ingeniería y las industrias productivas, en vez de usarse para matar hombres. Por eso, como en prenda de sus intenciones, instituyó un importante premio anual, que se adjudica a los sabios o escritores que hayan contribuido al mejoramiento humano o a quienes hayan hecho más por la paz del mundo.

    Se puede haber adelantado en muchas cosas y, sin embargo, no haber alcanzado la verdadera cultura. Así sucede siempre que se olvida la moral. En los individuos y en los pueblos, el no perder de vista la moral significa el dar a todas las cosas su verdadero valor, dentro del conjunto de los fines humanos y el fin de los fines es el bien, el blanco definitivo a que todas nuestras acciones apuntan.

    De este modo se explica la observación hecha por un filósofo que viajaba por China a fines del siglo XIX. “El chino -decía- es más atrasado que el europeo; pero es más culto, dentro del nivel y el cuadro de su vida”. La educación moral, base de la cultura, consiste en saber dar sitio a todas las nociones: en saber qué es lo principal, en lo que se debe exigir el extremo rigor; qué es lo secundario, en lo que se puede ser tolerante; y qué es lo inútil, en lo que se puede ser indiferente. Poseer este saber es haber adquirido el sentimiento de las categorías”.

  • Medios de la trivialidad

    Medios de la trivialidad

    Los rumores provenientes de Estados Unidos, desde cualquiera de sus oficinas burocráticas no sólo obligan a la Presidenta a hablar de temas que nada tienen que ver con su responsabilidad sino que sirven de insumo para los medios convencionales mexicanos ante la falta de temas que pudieran afectar al gobierno.

    Existen temas que ni siquiera valen la pena comentar, pero los medio elevan, a calidad de noticia un rumor proveniente de Estados Unidos, pero su intención eternamente desestabilizadora no es la única fuente de distracciones mal intencionadas en los temas que está obligada a tratar la Presidenta.

    Hay otras alteraciones de la realidad que debiendo estar fuera de cualquier diálogo serio los medios insisten en trivializar, como Anabel Hernández quien habla sobre la supuesta “terapia” de Claudia Sheinbaum, a base de mariguana.

    Los medios han extraviado lo sustancial, y esto puede comprobarse en sus espacios principales que antes eran ocupados por informaciones serias y ahora pertenecen a declaraciones vacías de famosos y deportistas. Así es más fácil convertir en héroe a Juan Gabriel que a cualquier luchador social sin sorpresas.

    Carlos Manzo tiene una estatua en Uruapan, a pesar del rechazo los diputados locales a quienes extorsionó, por eso declararon persona non grata a Grecia en el Congreso estatal.

    Al trivializar la política ya nada tiene importancia, todo contiene el mismo significado y lo mismo significa soberanía que invasión, todo está dentro de un mismo paquete de información donde las palabras extravían su significado ante el abuso de su repetición.

    La tarea de convertir en algo trivial lo serio, no requiere de ningún esfuerzo, no se necesitan conocimientos ni de redacción ni de historia ni de cultura, simplemente se sueltan jaurías de ignorantes disfrazados de periodistas.

    La derecha siempre ha sido frívola. Recordemos los partidos de tenis de López Portillo en horas hábiles, o el avión presidencial de Peña Nieto o la admiración de Calderón por Los Bukis, o la debilidad de Diaz Ordaz por la canción vernácula interpretada por La Tigresa. Lo cual mostraba no sólo mal gusto sino un amanera de mostrarse como protagonistas de una movilidad social corrupta, advenediza y poco ilustrada.

    Mostrar que subieron de clase social, es vico de algunos nuevos ricos, quienes toman la política como trampolín para enriquecerse, ejemplo claro es el porro de Alito Moreno, quien graba videos políticos en un campo de golf.

    La frivolidad tiene las puertas abiertas a la política desde hace muchos años y ahora los medios malbaratan cualquier suceso y hacen de la realidad una fusión entre el mundo del espectáculo y la profundidad de una reflexión donde el destino del país está de por medio. Para esto La Mañanera es terreno fértil, donde con el pretexto de que la Presidenta debe estar informada de todo y la intención de regresarle las riendas de los tres poderes, le preguntan de todo.

    La trampa está puesta, si evita hablar de un tema, es no está informada y si habla de temas cuyas atribuciones no le corresponden, lo difunden como un ejemplo de autoritarismo, donde todo el poder está en manos del Ejecutivo.

  • Control humano de la IA en tensión

    Control humano de la IA en tensión

    Una de las personas que ayudó a entrenar modelos de inteligencia artificial acaba de renunciar porque considera que las empresas que los desarrollan están “apostando con nuestras vidas”. Otro investigador calcula en más de 10 por ciento la posibilidad de que una futura superinteligencia cause la desaparición de la humanidad durante la próxima década. Al mismo tiempo, esas empresas lanzan sistemas más poderosos, los gobiernos reclaman decidir sus usos y las universidades buscan nuevas maneras de medir el conocimiento. La pregunta ya no es si la IA cambiará nuestra vida, sino quién conservará la capacidad de ponerle límites.

    El 8 de septiembre, Jacob Coxon, investigador que trabajó en OpenAI y Anthropic, anunció su salida de esta última. Acusó a ambas empresas de correr hacia una inteligencia capaz de mejorarse a sí misma sin contar con suficientes garantías de seguridad. Evan Hubinger, responsable de investigar cómo mantener alineados los sistemas de Anthropic con los objetivos humanos, respaldó parte de la advertencia: reconoce que no existe todavía una solución probada para controlar una eventual superinteligencia.

    Dario Amodei, director de Anthropic, llegó a una conclusión similar. Propuso reducir deliberadamente el ritmo con que aumentan las capacidades de los modelos. Le preocupa que la IA ya ayude a crear a su siguiente generación y que agentes de OpenAI hayan realizado acciones cibernéticas no autorizadas contra sistemas de Hugging Face. Su propuesta consiste en incorporar evaluadores externos dentro de los laboratorios, coordinar reglas entre empresas y buscar acuerdos internacionales.

    No todos comparten el diagnóstico. Hay investigadores que consideran exagerado hablar de extinción humana a partir de los modelos actuales. Otros sospechan que el llamado a frenar puede ser una maniobra para contener a los competidores de Anthropic. También existe una objeción geopolítica: una desaceleración unilateral de Estados Unidos podría dar ventaja a China. Pero incluso esas críticas confirman que la discusión dejó de ser una especulación académica. Los propios constructores de la tecnología están debatiendo si todavía pueden gobernar la velocidad de su carrera.

    La tensión crece porque las advertencias coinciden con lanzamientos cada vez más ambiciosos. OpenAI presentó GPT-5.6 en tres versiones: Sol, para tareas complejas; Terra, para trabajo cotidiano, y Luna, más rápida y económica. Sus avances en programación, razonamiento y ejecución de tareas han acelerado la incorporación de agentes de IA en empresas y oficinas.

    El control también se disputa entre empresas y gobiernos. A principios de 2026, el gobierno de Donald Trump exigió a Anthropic permitir el uso de Claude para cualquier fin legal. La compañía se negó a retirar límites relacionados con la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y las armas autónomas letales sin supervisión humana. La respuesta fue designarla como un riesgo para la cadena de suministro de la seguridad nacional y ordenar que agencias federales dejaran de utilizar su tecnología.

    Anthropic acudió a tribunales y, en agosto, una jueza federal determinó que la medida había sido arbitraria, vulneró el debido proceso y constituyó una represalia contraria a la libertad de expresión. El fallo no resuelve el dilema. ¿Debe una empresa privada definir los límites éticos de una herramienta estratégica? ¿O corresponde al Estado decidir sus usos legítimos en nombre de la seguridad nacional? Entregar toda la autoridad a las compañías es riesgoso; concentrarla en los gobiernos tampoco garantiza prudencia.

    Una respuesta distinta surgió en la Universidad de Fudan, en Shanghái. En vez de responder un examen, 51 estudiantes diseñaron preguntas para hacer fallar a DeepSeek, MiniMax y Claude. Cincuenta lograron que al menos uno se equivocara, aunque nadie consiguió derrotar por completo al modelo más fuerte. La lección era sencilla: en un mundo donde una máquina responde pruebas tradicionales en segundos, conocer también implica identificar sus límites.

    El método puede premiar preguntas capciosas y quizá no funcione en todas las disciplinas. Sin embargo, plantea una idea valiosa: conservar el control exige aprender a cuestionar la tecnología, no solamente a utilizarla.

    Los investigadores temen perder el dominio sobre sistemas futuros; las empresas aceleran su despliegue; los gobiernos reclaman autoridad sobre sus usos, y la educación intenta redefinir qué significa saber. El control humano todavía existe, pero ya no puede darse por sentado.

    La inteligencia artificial no está escapando de nuestras manos en un solo instante. La cedemos gradualmente cada vez que confundimos mayor capacidad con mayor seguridad, velocidad con progreso o legalidad con legitimidad. El principal riesgo quizá no sea que las máquinas aprendan demasiado rápido, sino que la humanidad tarde demasiado en decidir qué nunca debería permitirles hacer.

  • La Independencia hoy

    La Independencia hoy

    Cada septiembre, México se llena de banderas, música, luces tricolores y discursos sobre nuestros héroes nacionales. Recordamos a Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz, Leona Vicario, Guerrero y a tantos hombres y mujeres que participaron en una de las mayores transformaciones políticas de nuestra historia.

    Gritamos ¡Viva México! y celebramos la Independencia. Pero quizá valdría la pena preguntarnos algo más: ¿qué significa hoy ser un país independiente?

    Porque la Independencia no fue solamente la ruptura con la Corona española. Fue también la aspiración de que los mexicanos y mexicanas pudiéramos decidir nuestro propio destino.

    Y esa aspiración ha tenido que defenderse una y otra vez. Después de consumada la Independencia llegaron nuevas amenazas. México enfrentó intervenciones extranjeras, invasiones, guerras y presiones de potencias que pretendían decidir sobre nuestro territorio y nuestro gobierno.

    Fuimos invadidos por Estados Unidos en el siglo XIX. Perdimos más de la mitad del territorio nacional. Después enfrentamos -alentada por los conservadores mexicanos- la segunda intervención francesa y la imposición de un imperio encabezado por Maximiliano.

    Y en cada uno de esos momentos apareció una misma pregunta: ¿México sería dueño de su propio destino o permitiría que las potencias extranjeras decidieran por nosotros?

    La respuesta de personajes como Benito Juárez fue contundente: México debía ser una nación soberana. Por eso resulta imposible entender nuestra historia nacional sin hablar de la lucha antiimperialista.

    Porque México no construyó su identidad únicamente enfrentándose al colonialismo español. También tuvo que defenderse de los proyectos expansionistas de otras potencias. Y esa historia sigue siendo relevante.

    Hoy las formas de dominación son diferentes. Ya no necesariamente llegan ejércitos extranjeros a ocupar nuestras plazas. La presión puede aparecer mediante intereses económicos, dependencia tecnológica, organismos financieros, campañas de desinformación, amenazas comerciales, presiones diplomáticas o intentos de intervenir en las decisiones internas de los países.

    El imperialismo del siglo XXI puede utilizar otras herramientas, pero mantiene una vieja lógica: que las naciones poderosas puedan imponer condiciones a las naciones que consideran débiles.

    Por eso hablar de soberanía en pleno 2026 no es un asunto del pasado. Es un asunto completamente actual. México tiene derecho a definir su política energética, económica, migratoria, social y de seguridad. Tiene derecho a relacionarse con Estados Unidos, Canadá, Europa, América Latina, Asia y el resto del mundo desde la cooperación y el respeto mutuo, no desde la subordinación.

    Un México soberano puede comerciar con el mundo, recibir inversión extranjera, establecer alianzas internacionales y cooperar con otros países. La diferencia está en que cooperar no significa obedecer. Relacionarse con otras naciones no significa renunciar a la dignidad nacional.

    Y quizá ese sea uno de los grandes aprendizajes que nos deja nuestra historia. La soberanía no se hereda para siempre.  Se defiende todos los días.

    Redes sociales

  • EL YOUTUBER QUE NADIE VE

    EL YOUTUBER QUE NADIE VE

    Me da risa, pero también me llama profundamente la atención, la manera en que algunos medios manejaron en los últimos días la polémica surgida a partir de una fotografía tomada durante el arranque del proceso electoral rumbo a 2027 en el Instituto Nacional Electoral. En la imagen, captada por el fotoperiodista Miguel Martínez Corona, se observa a Ariadna Montiel, dirigente nacional de Morena, intercambiando mensajes con Manuel Pedrero y enviándole una fotografía de Alejandro “Alito” Moreno junto a un termo con la leyenda “Vota PRI”. Algunos medios interpretaron inmediatamente aquel intercambio como una instrucción para “atacar” al dirigente priista. Lo que sí puede leerse, de acuerdo con las publicaciones que reprodujeron la conversación, es que Montiel señaló que iniciaba el proceso electoral y que Alito ya estaba realizando lo que ella consideraba actos anticipados de campaña; Pedrero respondió: “Woow”, “Lo llevamos” y “Todo el material que vaya saliendo”.

    Y de ahí surgió toda una narrativa. Para unos era simplemente información compartida entre una dirigente partidista y un comunicador; para otros, la fotografía demostraba que Morena “daba línea” a periodistas y youtubers. Alejandro Moreno aprovechó la controversia y el asunto terminó convertido en otro episodio de la batalla política y mediática que ya comienza a sentirse alrededor de las elecciones de 2027. El propio origen de la discusión resulta hasta curioso: un termo rojo con la frase “Vota PRI” llevado por Moreno terminó generando acusaciones, respuestas partidistas y una discusión mucho más amplia sobre la relación entre políticos, periodistas y medios digitales.

    Pero hubo una reacción que particularmente me llamó la atención y, debo decirlo, hasta me causó gracia. En un espacio periodístico escuché una expresión despectiva hacia Pedrero que, palabras más, palabras menos, preguntaba: “¿Y ese p…jo quién es?”. No voy a atribuir la frase a una persona específica mientras no tenga plenamente identificado el video y su autor, porque una cosa es escribir una columna de opinión y otra muy diferente adjudicarle a alguien palabras que no podemos documentar correctamente.

    Pero precisamente de ahí nace el título de esta columna: el youtuber que nadie ve.

    Porque resulta curioso pretender presentar como irrelevante a Manuel Pedrero cuando hoy es director de Los Reporteros MX, conductor de Sin Máscaras y ha construido una audiencia digital considerable. Más importante todavía, en marzo de 2026 recibió del Club de Periodistas de México un reconocimiento nacional en la categoría de Periodismo Digital, categoría que se entregó por primera vez. Pedrero tenía apenas 23 años cuando recibió el galardón y públicamente atribuyó buena parte de ese logro a las audiencias que han acompañado tanto a Sin Máscaras como a Los Reporteros MX.

    Entonces quizá la pregunta no debería ser “¿quién es ese youtuber?”, sino qué está ocurriendo con el periodismo mexicano para que comunicadores surgidos de YouTube y de las redes sociales puedan construir audiencias que antes estaban prácticamente reservadas para las grandes televisoras, los periódicos y las estaciones de radio.

    Ese fenómeno merece analizarse independientemente de nuestras simpatías políticas.

    Yo sí tengo una posición respecto a Manuel Pedrero y no pretendo esconderla: reconozco su trabajo y expreso mi apoyo total a nuestro director. Considero que ha construido una audiencia precisamente porque existe un sector importante del público que confía en su manera de comunicar y que encuentra en su trabajo una alternativa a los medios tradicionales. Sus detractores podrán cuestionar su cercanía ideológica con la llamada Cuarta Transformación y, a partir de episodios como el intercambio con Montiel, discutir qué tan independiente consideran su ejercicio periodístico. Esa discusión es legítima. Pero una discusión seria tendría que hacerse con argumentos y evidencia, no simplemente preguntando despectivamente quién es alguien cuya presencia digital es perfectamente verificable.

    También quienes escribimos o participamos en medios identificados con una visión favorable a la transformación del país debemos aceptar algo elemental: apoyar las acciones de un gobierno que consideramos positivas no significa renunciar a la crítica. Nosotros tratamos de informar al pueblo de México sobre las obras y decisiones que consideramos benéficas para el país, pero eso no significa que debamos guardar silencio cuando alguien se equivoca. Manuel Pedrero también informa y critica a quienes considera que lo merecen. Esa independencia de criterio será todavía más importante conforme avance el proceso electoral.

    Porque ahí está, desde mi punto de vista, el verdadero tema de fondo.

    México ya entró en la dinámica política rumbo a 2027. Y la batalla no solamente se disputará en las urnas. Se disputará en televisión, periódicos, radio, YouTube, TikTok, Facebook, X y cualquier plataforma capaz de colocar una narrativa frente a millones de mexicanos. Una fotografía, un mensaje de WhatsApp, un video de treinta segundos o una declaración fuera de contexto pueden dominar durante días la conversación pública.

    Por eso Morena deberá tener muchísimo cuidado con toda la operación política y electoral que viene. Y la oposición también tendrá que estar sometida exactamente al mismo escrutinio.

    Los dinosaurios de la política no desaparecieron; simplemente aprendieron a sobrevivir.

    Muchos de quienes durante décadas aprendieron a operar elecciones, construir alianzas, movilizar estructuras y controlar narrativas continúan presentes en la política mexicana. Algunos cambiaron de partido, otros cambiaron de aliados y otros simplemente cambiaron de estrategia. Conforme pasan los años, la oposición que durante décadas tuvo enormes espacios de poder observa un escenario político completamente diferente. Morena controla hoy espacios institucionales que antes pertenecieron al PRI y al PAN, mientras esos partidos buscan reconstruir estructuras, recuperar electores y encontrar una narrativa capaz de competir nuevamente por el poder.

    Eso es política. Y precisamente por eso hay que observar a todos.

    Cuando desde la oposición se anuncia que habrá una vigilancia especial para impedir un supuesto robo electoral por parte de Morena, esa afirmación debe analizarse con cuidado. Una cosa es vigilar las elecciones, algo absolutamente legítimo y necesario para cualquier fuerza política, y otra anticipar como hecho algo que todavía no ha ocurrido. Si existen irregularidades deberán documentarse, denunciarse ante las autoridades correspondientes y probarse. De la misma manera, Morena tampoco debería utilizar su posición dominante para descalificar automáticamente cualquier señalamiento de la oposición.

    Yo tengo mi propia lectura política: creo que veremos una operación muy fuerte de las estructuras opositoras y de sus aliados para recuperar espacios y reconstruir parte del poder perdido durante los últimos años. Pero esa es precisamente mi interpretación y será el desarrollo del proceso electoral el que permita comprobar hasta dónde llega cada estrategia.

    Los intereses económicos también forman parte inevitable de esta recomposición. Durante décadas existieron empresarios estrechamente vinculados con determinadas estructuras políticas y hoy el mapa empresarial mexicano es mucho más complejo. Hay empresarios que mantienen posiciones críticas frente al gobierno, otros que colaboran con él y muchos que simplemente toman decisiones de acuerdo con las condiciones económicas de cada momento. Sería demasiado simplista decir que todos están de un lado o del otro. Lo que sí resulta evidente es que la relación entre poder político, poder económico y medios de comunicación continúa siendo uno de los grandes temas de México.

    Y mientras todo esto ocurre, otro episodio de estos días retrató perfectamente el nivel de confrontación política que vive nuestro país.

    Miguel Ángel Yunes Linares, exgobernador de Veracruz, fue increpado en un aeropuerto por un ciudadano que lo llamó “traidor” y “sinvergüenza”. El video muestra que Yunes, en lugar de continuar caminando, regresó hacia quien lo estaba increpando y respondió directamente: “No traicioné a nadie”. El intercambio subió de tono y terminó con Yunes dejando claro que, si el hombre quería continuar la discusión, podían hacerlo en otro lugar.

    Sinceramente, a mí esa reacción me llamó mucho la atención.

    Independientemente de las diferencias políticas que cualquiera pueda tener con Miguel Ángel Yunes Linares, regresar y enfrentar verbalmente a quien te está insultando requiere carácter. Don Miguel regresó, dio la cara, respondió que él no había traicionado a nadie y sostuvo su posición frente a quien lo estaba increpando. Cada lector podrá estar de acuerdo o no con él, pero el episodio dice mucho del carácter político que ha construido durante décadas.

    Por supuesto, el reclamo que recibió tampoco apareció de la nada. Tiene un antecedente político muy concreto. En septiembre de 2024, Miguel Ángel Yunes Márquez, hijo del exgobernador y entonces senador electo por el PAN, votó a favor de la reforma constitucional al Poder Judicial impulsada por Morena y sus aliados. Aquel voto adquirió enorme relevancia dentro de la aritmética legislativa necesaria para alcanzar la mayoría calificada en el Senado. Miguel Ángel Yunes Linares, como suplente, incluso ocupó temporalmente el escaño durante aquella jornada. Desde entonces, sectores de la oposición han calificado aquella decisión como una traición; los Yunes han rechazado esa interpretación y han defendido públicamente su actuación.

    Y precisamente ahí encuentro el hilo que conecta ambos acontecimientos.

    Estamos entrando en una etapa en la que todos van a ser observados: dirigentes, candidatos, periodistas, youtubers, empresarios, exgobernadores y operadores políticos.

    Ya prácticamente no existen los espacios públicos sin cámaras.

    Una cámara puede descubrir el mensaje que aparece en el teléfono de una dirigente partidista durante un evento político y otra puede registrar, días después, la discusión de un exgobernador con un ciudadano dentro de un aeropuerto. En cuestión de minutos las imágenes pueden recorrer todo México y cada grupo político intentará utilizarlas para fortalecer su propia narrativa.

    La política mexicana cambió.

    Pero también cambió el periodismo.

    Antes, para tener influencia nacional prácticamente había que tener detrás una televisora, una cadena de radio o un gran periódico. Hoy un joven con una cámara, un micrófono y una conexión a internet puede construir una audiencia gigantesca. Y eso está sacudiendo a una industria que durante décadas decidió quién tenía voz y quién no.

    Eso tampoco convierte automáticamente a ningún youtuber en buen periodista, del mismo modo que trabajar para una gran televisora tampoco garantiza independencia, objetividad o rigor. La audiencia tendrá que juzgar a cada comunicador por la calidad de la información que presenta, por la evidencia con la que sostiene sus afirmaciones, por su transparencia y, sobre todo, por su capacidad de mantener credibilidad con el paso del tiempo.

    Por eso me resulta tan divertida aquella pregunta:

    “¿Y ese p…jo quién es?”

    Pues ese es Manuel Pedrero.

    El joven periodista que recibió en 2026 un reconocimiento nacional en Periodismo Digital. El director de Los Reporteros MX. El conductor de Sin Máscaras. Un comunicador que despierta respaldo entre unos y críticas muy fuertes entre otros, pero que evidentemente ya forma parte de la conversación política nacional.

    El supuesto “youtuber que nadie ve”.

    Quizá algunos todavía no entienden el tamaño del cambio que ocurrió frente a sus ojos. Mientras una parte del viejo ecosistema mediático continúa midiendo la importancia de un periodista por el nombre de la televisora, el periódico o la estación de radio que aparece detrás de él, millones de mexicanos ya consumen información de otra manera.

    Hoy la credencial para entrar a la conversación pública ya no la entrega solamente una televisora.

    La entrega también la audiencia.

    Y esto apenas comienza.

    Se acerca una operación política y electoral intensa. Habrá acusaciones, filtraciones, videos, fotografías, encuestas, campañas digitales y seguramente intentos de manipulación de la conversación desde distintos frentes. Morena tendrá que cuidar sus formas y demostrar con hechos aquello que afirma defender; la oposición tendrá que sustentar sus denuncias con evidencia; las autoridades electorales tendrán que hacer valer las reglas; y nosotros, desde los medios, tendremos una responsabilidad todavía mayor: informar, documentar, investigar y también criticar cuando corresponda.

    Porque ningún partido debería recibir un cheque en blanco de los periodistas.

    Y ningún periodista debería necesitar el permiso de los viejos medios para existir.

    Así que, como dice aquella canción, ahora sí:

    Cuidado. Mucho cuidado.

  • Ataques arteros y poca valentía

    Ataques arteros y poca valentía

    Cada día, como estrategia de guerra de desgaste a través de los medios, aparecen ataques nuevos contra la Soberanía Nacional, tanto de parte del imperio del norte, como de sus esbirros, que no aliados, dentro de la llamada oposición en México.

    Un día gritan que una gobernadora ya no tiene visa, como para que se piense lo peor de ella; otro día, que un gobernador tiene tales o cuales propiedades , mismas que ha declarado abiertamente y de las que se sabe bien de dónde vienen; otro día critican a otra gobernadora porque ha viajado al extranjero, pero nunca dicen cuál ha sido el propósito de esos viajes, nomás se ven los beneficios para su estado, pero estos atacantes, miran de soslayo los grandes resultados obtenidos; días después, hablan de otra gobernadora por asuntos que se generan por contaminación, nunca dicen que los datos los consiguieron de las propias publicaciones de la citada gobernadora y menos citan todo lo que se está haciendo.

    No paran de llamar narco gobierno al que emanó de la votación más copiosa de la historia de este país, tampoco dejan de decir que los funcionarios públicos provienen de un narco partido.

    En realidad, se miran en el espejo y espetan sus mentiras y las repiten como merolicos tratando de convertirlas en verdad. Actualmente esa estrategia NAZI ya no funciona, en cambio si recibe el desprecio y mayor descrédito de quienes las leen o escuchan. Siguen creyendo que el Pueblo es tonto y que no sabe nada. Cierto es que hay gente que efectivamente no mira la realidad como es, pero son aquellos que están del lado de estos proto fascistas que pululan en los partidos políticos de oposición, que creen que pueden ganar elecciones desacreditando al contrincante y no va a funcionar, como dice la Dra. Sheinbaum, “van bien”.

    Veo con claridad que las declaraciones del porro Alito Moreno respecto de su participación en las elecciones en Tabasco, especialmente en el distrito en el que, seguramente ganará López Beltrán, que se saben derrotados y no por un fraude como los que ellos cometían en cada elección, sino por la fuerza que MORENA ha cobrado en Tabasco. No tienen salida, aquí probablemente pierdan el registro se alíen con o no con otros de su calaña.

     Ciegos como son, no pueden ver el cúmulo de apoyo que tiene MORENA en Tabasco, y aunque haya oposición en alianzas, no podrán vencer. El trabajo del Gobernador Javier May ha sido tan cercano a la gente y, aunque a veces sea lento, las soluciones a los problemas cada vez son más tangibles. Falta mucho por hacer, pero se está haciendo.

    Un bemol sigue teniendo los gobiernos de la 4T, los problemas de agua y tráfico, así como el trabajo con los jóvenes que ya han sido atrapados por las adicciones, poco o nulo trabajo se hace en su favor, solo los Grupos Anónimos, léase de AA, de AS, de NA, o cualquiera de los que funcionan con un programa de 12 pasos están intentando, con sus escasas fuerzas financieras, ayudar a resolver este flagelo tremendo a nuestra juventud.

    Sería deseable que el IMSS, el IMSS-Bienestar y las demás instituciones de salud, le dieran todo su apoyo y ayuda a estas agrupaciones de autoayuda y que lo hicieran de manera anónima, porque de otro modo ellos no la aceptarán.

    Ser críticos con nuestro gobierno es absolutamente indispensable, pero siempre con la verdad y los datos ciertos, no con mentiras ni montajes que resultan absurdos y hasta mueven a risa. Es tiempo de unidad con todas las izquierdas, no con la oposición, como dice Monreal, a ese y a Haces, habrá que aislarlos. Así de indeseables resultan, se parecen a Alito.

  • Sumas y restas de los panistas

    Sumas y restas de los panistas

    Los panistas están tan alejados de México y los mexicanos que presentaron una iniciativa para endurecer las sanciones contra servidores públicos que se vinculen con organizaciones dedicadas al narcotráfico, con penas de 140 años de prisión, cuando el promedio de vida es de 75 años.

    Es decir, para que haya alguien acusado de estar vinculado al narcotráfico debe tener, por lo menos 18 años. Es decir, saldría de prisión a los 158 años, y sólo falta que digan que puede rehacer su vida una vez purgada la condena.

    A los panistas no les salen bien las cuentas cuando se trata de medir las más elementales cifras. Recordemos que el líder nacional Jorge Romero, criticó a Morena porque afirmaba que metería una iniciativa para que las mujeres abortan a los nueve meses, y añadía, “a un mes de dar a luz”.

    El PRIAN había mostrado síntomas de mala educación en matemáticas en 2006, cuando la diferencia de 0.56 por ciento en los votos consideraron que no era necesario contar cada uno de ellos en todas las casillas, ante serias sospechas de fraude. Tomaron una muestra no representativa y el fraude se perpetró.

    La candidata del PRIAN de 2024, distribuyó acciones de su empresa al 130 por ciento entre su familia, y Maru Campos afirma que si a 100 le quintan ocho, le quedan dos.
    Cómo tomar en serio aquellos estridentes reclamos sobre la representación de Morena en el Congreso o cualquier conteo de votos si no pueden acertar en las más simples operaciones.

    El coordinador del PAN en la Cámara de Diputados, Elías Lixa, sostuvo que deben existir sanciones específicas para funcionarios que incurran en este tipo de conductas. Lo cual, ya están estipuladas, lo único que ellos quieren aportar a la historia es el año de sanciones, es decir, son pocos 40 años, ellos quieren 140, o nada. Su postura es un poco excéntrica, sobre todo cuando la explican la iniciativa que plantea penas de entre 80 y 140 años de prisión, además de multas de 12 mil a 24 mil días.

    Tampoco son muy creativos con iniciativas de ley, ahí tenemos la iniciativa que presentó Kenia López Rabadán, de nombrar México y no Estados Unidos Mexicanos, para lo que convocó a una conferencia de prensa en la Cámara de Diputados.

    Pero tampoco están bien en el sentido de la orientación porque viajan a Europa, principalmente a Bélgica para reclamar que en México no les hacen caso, porque la atención del pueblo es proporcional al número de votos en las urnas así como su número de legisladores. Aunque tengan una sobrerrepresentación en los medios.

    Poco puede hacerse con los panistas, quienes además reclaman al gobierno una mala educación, cuando la instrucción que recibieron deja mucho que desear. Su pasión por mostrar los resultados de un examen estandarizado como la prueba Pisa, cuyos contenidos nada tienen que ver con la realidad no solo mexicana sino latinoamericana, pero con la visión tergiversada de la realidad de los panistas cada vez se les toma menos en cuenta, menos en materia de educación.