A una semana del terremoto de magnitud 7.4 que dejó 294 muertos, 4 mil 187 heridos y 423 desaparecidos, el presidente colombiano Abelardo de la Espriella desató una ola de críticas tras aparecer en Quibdó repartiendo balones de fútbol desde su camioneta blindada, en medio de una emergencia que todavía exige rescates y atención urgente.
La imagen lo dice todo: un presidente detrás de la puerta de una camioneta blindada, lanzando balones a damnificados mientras una ciudad intenta levantarse de los escombros. No es una escena de reconstrucción ni de auxilio; parece una postal de campaña fabricada para redes sociales. Mientras hospitales, escuelas y comunidades enfrentan las consecuencias del terremoto, De la Espriella llegó con balones marcados con “Firmes por la Patria”, como si una tragedia nacional pudiera resolverse con merchandising político.
A una semana del terremoto, cada hora puede significar la diferencia entre encontrar a alguien con vida o recuperar un cuerpo; por eso resulta especialmente grave que se hayan impuesto restricciones a la entrada de equipos de rescate y ayuda internacional. Es incalculable cuánto ppudo haberse evitado si desde el inicio se hubiera permitido que más especialistas, maquinaria y equipos extranjeros acudieran a las zonas devastadas.
Mientras tanto, comunidades del litoral Pacífico denuncian que la ayuda estaría concentrándose en ciudades como Cali y Pereira, dejando en segundo plano municipios y zonas rurales también golpeadas. En San José del Palmar, epicentro del terremoto, se han señalado problemas de cobertura en los registros oficiales de damnificados. En una emergencia donde hay miles de personas heridas, familias sin hogar y comunidades enteras aisladas, el Gobierno debería estar peleando por cada recurso disponible, no filtrando la solidaridad según conveniencias políticas.
La polémica creció cuando las imágenes de los balones comenzaron a circular en redes sociales. Ciudadanos y dirigentes políticos cuestionaron la visita presidencial, mientras algunos acusaron a De la Espriella de estar utilizando la tragedia como escenario para construir una imagen política. La crítica es especialmente dura porque el presidente ha acompañado sus apariciones con mensajes como “No están solos” y “Firmes por la patria”, pero la realidad que enfrentan los damnificados es bastante menos publicitaria: escombros, hospitales saturados, desaparecidos y familias que siguen esperando noticias.
Además, el Gobierno enfrenta cuestionamientos por haber rechazado o condicionado parte de la ayuda internacional, permitiendo únicamente determinados apoyos mientras la emergencia exige cooperación sin etiquetas ideológicas. En un desastre de esta magnitud no debería importar de qué país viene una mano que puede rescatar a un sobreviviente, sino cuántas manos están disponibles para hacerlo. Convertir la ayuda humanitaria en un asunto político mientras todavía hay personas bajo los escombros es un acto inhumano.
Colombia necesita rescatistas, médicos, maquinaria, agua, alimentos y coordinación; necesita que el Estado esté donde están las víctimas, no al presidente lanzando balones desde una camioneta blindada.


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