En septiembre de 1930, el Partido Nazi logró un enorme avance electoral en Alemania y se convirtió en la segunda fuerza política del Reichstag, dando a Adolf Hitler una plataforma decisiva para su posterior ascenso al poder. Casi un siglo después, el resurgimiento de movimientos de ultraderecha en Alemania y distintas partes del mundo obliga a mirar aquella historia con memoria y preocupación.
El 14 de septiembre de 1930, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) dio un salto electoral histórico en Alemania al convertirse en la segunda fuerza del Reichstag. El resultado convirtió a Adolf Hitler y a su movimiento, hasta entonces marginales dentro de la política alemana, en protagonistas de la vida pública de la República de Weimar y marcó uno de los grandes pasos en el camino que llevaría al nazismo al poder.
El avance no significó que Hitler hubiera llegado todavía al gobierno, pero sí demostró la capacidad del movimiento nazi para aprovechar una profunda crisis económica, el descontento social, la polarización política y el descrédito de las instituciones democráticas. La historia posterior es conocida: el nazismo continuó ganando influencia hasta que Hitler fue nombrado canciller en 1933, iniciando la destrucción de la democracia alemana y la construcción de una dictadura responsable de persecuciones, guerras y del Holocausto.
Casi 100 años después, el escenario mundial presenta diferencias enormes, pero también una señal que merece atención: movimientos y partidos de ultraderecha han vuelto a ganar terreno electoral en Alemania y distintos países. El regreso de discursos nacionalistas extremos, xenófobos y autoritarios demuestra que las democracias no están vacunadas contra quienes utilizan las propias reglas democráticas para cuestionar derechos, instituciones y libertades.
Recordar aquel 14 de septiembre no significa afirmar que la historia vaya a repetirse exactamente de la misma manera, sino entender cómo puede comenzar a erosionarse una democracia. El ascenso nazi demuestra que el autoritarismo también puede avanzar mediante elecciones, discursos políticos y crisis sociales antes de convertirse en una amenaza abierta.
Casi un siglo después, la lección debería ser clara la intolerancia, el racismo y el autoritarismo no deben normalizarse ni confundirse con una simple alternativa política, porque permitir que vuelvan a ocupar el centro de la vida pública puede tener consecuencias que una sociedad aprende demasiado tarde a lamentar.


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