El presidente brasileño busca un cuarto mandato en las urnas del 4 de octubre. Dice que lo mueve frenar a la ultraderecha y defender su legado social.
Luiz Inácio Lula da Silva cumple 80 años y presume una energía de joven. Brasil vota este domingo 4 de octubre y él aspira a la reelección. Si gana y termina el mandato, será el segundo presidente que más tiempo gobierne el país, con 16 años. También será el más viejo.
Un octogenario que no parece cansado
La edad de Lula no es tema de debate en Brasil. Sus rivales tampoco la usan como arma, algo que sí pasó con el expresidente estadounidense Joe Biden.
En los mítines, Lula se mueve con agilidad por el escenario y habla a todo pulmón. Intercambia palabras de cariño con la primera dama, Rosângela “Janja” da Silva. Además, revela el secreto de su figura delgada: hace dos horas de gimnasia diarias nada más despertar.
“Físicamente, estoy mejor que cuando tenía 60”, presume. Lo dice después de terminar en junio sus sesiones de radioterapia contra un cáncer de piel.
Del barro de las inundaciones al poder
Lula dice que se levanta cada mañana por una razón: mejorar la vida de las clases populares, de donde él mismo viene. Nació en el nordeste, una región pobre y árida. De niño se mudó a los suburbios de São Paulo. Allí trabajó como tornero mecánico y se volvió líder sindical en plena dictadura militar.
En agosto lanzó su campaña en el estadio donde encabezó las huelgas de los años 80. Lo llenó de seguidores, en un homenaje a la lucha sindical y a sí mismo.
Su llegada a la Presidencia en 2003 desafió toda lógica en uno de los países más desiguales del mundo. Él no olvida sus orígenes. “Ya viví en una casa donde entraba metro y medio de agua durante las inundaciones”, recordó hace poco. Habló del barro y de las sanguijuelas que dejaba el agua al bajar.
Una política social como bandera
Esa historia explica el rumbo de sus tres mandatos (2003-2006, 2007-2010 y 2023-2026). Su gran obra es Bolsa Familia, un apoyo para familias de pocos recursos que nació en su primer gobierno. El programa ayudó a salir de la pobreza a millones de personas. Hoy beneficia a una cuarta parte de la población.
Ahora impulsa una reforma laboral. Quiere limitar la semana de trabajo a cinco días, en lugar de los seis actuales. “Quiero que el pueblo suba un escaloncito social cada año”, dijo en una entrevista reciente. Su meta es convertir a Brasil en un país de clase media.
Por consejo de Janja, el presidente también habla cada vez más del poder de las mujeres. Menciona la lucha contra el feminicidio y la necesidad de “reeducar” a los hombres.
El miedo a la ultraderecha
La segunda causa que lo mueve es evitar el regreso de la ultraderecha. Hoy la encarna Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Lula le ganó la Presidencia a Jair en 2022.
Jair Bolsonaro cumple una condena de 27 años de cárcel por intento de golpe de Estado. Aun así, Lula insiste en el peligro autoritario para crear urgencia entre los votantes. “La extrema derecha siempre va a trabajar con la perspectiva de dar un golpe”, ha dicho.
Las señales de cansancio
A pesar de su vitalidad, la calle muestra desgaste. Las encuestas le dan un rechazo de 47 por ciento y lo colocan muy parejo con Flávio Bolsonaro.
La economía también pesa. El desempleo está bajo y la inflación bajo control. Además, las altas tasas de interés endeudan a muchas familias y el crecimiento se frena.
La corrupción añade otra sombra. Lula arrastra el escándalo de Lava Jato, que lo llevó a prisión en 2018. Ahora investigan a su hijo mayor, Fábio Luís da Silva, “Lulinha“, por sus nexos con cabilderos que hacían contratos con el gobierno. Algunos aliados del presidente también salpicaron en el fraude del Banco Master.
Un optimismo sin freno
Con todo, Lula no imagina una derrota. En público derrocha ánimo juvenil y lo explica con una frase: “solo envejece quien no tiene causa”.


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