Categoría: Carlos Castillo

  • El Caso Thomas Crown

    El Caso Thomas Crown

    Si alguien tuvo la oportunidad de ver la película El Caso Thomas Crown, recordará la historia de un hombre inmensamente rico que no necesitaba robar. Lo hacía por el desafío, por el placer de demostrar que podía hacerlo, por la satisfacción de ejecutar una operación perfecta aun cuando no existía necesidad alguna. Guardando toda proporción, algo parecido me vino a la mente al observar lo ocurrido en Coahuila.

    Estamos hablando de un estado que durante años ha destacado por mantener niveles de seguridad superiores al promedio nacional, atraer inversión, desarrollar infraestructura y conservar una estabilidad política que pocos pueden negar. Independientemente de las preferencias partidistas de cada quien, resulta difícil ignorar que Coahuila ha mantenido indicadores positivos en distintos rubros y que buena parte de la ciudadanía reconoce avances importantes en la entidad.

    Por eso llama la atención el debate que surgió después de la reciente jornada electoral. Diversos actores políticos denunciaron presuntas irregularidades, compra de votos y operaciones electorales indebidas. Las acusaciones existen y forman parte de la discusión pública. Sin embargo, también es importante recordar que en un Estado de derecho las responsabilidades no se determinan desde las redes sociales, los medios de comunicación o las tribunas políticas. Corresponde a las autoridades electorales, a las fiscalías especializadas y a los tribunales hacer su trabajo y determinar si existieron o no conductas ilegales.

    Personalmente me cuesta trabajo creer que una operación de esa naturaleza haya surgido directamente de Manolo Jiménez. Un político que llega con niveles importantes de aceptación ciudadana, resultados visibles de gobierno y una estructura política consolidada simplemente no necesitaba recurrir a prácticas que pudieran poner en duda una victoria que parecía estar ampliamente encaminada.

    Si existió alguna irregularidad, si alguien decidió cruzar líneas que no debían cruzarse o si hubo operadores que actuaron fuera de la legalidad, serán las autoridades quienes deban determinarlo. Pero tampoco sería la primera vez en la historia política de México que dirigentes partidistas, operadores electorales o personajes que buscan demostrar lealtad a sus liderazgos terminan tomando decisiones por cuenta propia, generando más problemas de los que pretenden resolver.

    Porque muchas veces el problema no está en quien aparece en la boleta o en quien gobierna un estado. El problema suele estar en quienes desde las estructuras políticas creen que ganar no es suficiente y buscan obtener resultados aplastantes para fortalecer proyectos personales o partidistas. Son esas conductas las que, de comprobarse, terminan dañando la credibilidad de procesos que pudieron haber sido perfectamente legítimos.

    Y ahí es donde aparece la analogía con Thomas Crown. Cuando alguien tiene la victoria prácticamente asegurada, cuando tiene reconocimiento público, resultados de gobierno y respaldo ciudadano, el exceso deja de ser una necesidad y se convierte en un riesgo. La diferencia entre una victoria histórica y una victoria cuestionada muchas veces depende de quienes rodean al poder y de las decisiones que toman creyendo que le hacen un favor a sus líderes.

    Por eso resulta indispensable que las instituciones hagan su trabajo. Si no hubo irregularidades, que se aclare y se cierre el debate. Y si las hubo, que se sancione a los responsables sin importar su cargo, partido político o nivel de influencia. Lo que México necesita no son especulaciones permanentes, sino certeza jurídica y confianza en sus procesos democráticos.

    Mientras tanto, en otro frente, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de los últimos meses: el desarrollo de un automóvil eléctrico mexicano. Más allá de simpatías o diferencias políticas, resulta positivo que México busque participar en una industria que marcará buena parte de la economía mundial durante las próximas décadas. La transición energética ya no es una discusión del futuro; es una realidad que está transformando mercados, industrias y formas de movilidad en todo el planeta.

    Sin embargo, también existen desafíos cotidianos que requieren atención. Basta recorrer la Ciudad de México para observar el crecimiento acelerado del uso de motocicletas. Son prácticas, económicas y representan una alternativa de transporte para millones de personas, pero también han traído nuevos retos en materia de seguridad vial.

    No es raro observar motocicletas transportando tres o incluso cuatro personas, incluidos menores de edad. Muchas familias lo hacen por necesidad y sería injusto ignorar esa realidad. Cuando el ingreso apenas alcanza para cubrir los gastos básicos, cualquier ahorro en transporte representa una diferencia importante. Pero la necesidad tampoco elimina los riesgos.

    Probablemente uno de los empresarios que mejor entendió este fenómeno fue Ricardo Salinas Pliego. Durante años, las motocicletas comercializadas a través de sistemas de financiamiento accesibles encontraron un mercado enorme en México. Seguramente alguien observó lo que ocurría en países como India y entendió que existía una oportunidad comercial importante. Los resultados están a la vista.

    Lo interesante es que buena parte de esas motocicletas forman hoy parte de la economía cotidiana de miles de familias trabajadoras. Muchas veces los pagos salen de hogares donde también llegan becas, apoyos sociales o pensiones para adultos mayores. Las abuelas ayudan a los nietos, los padres apoyan a los hijos y las familias hacen lo posible por salir adelante. Esa es la realidad del México popular.

    Sin embargo, también es frecuente escuchar críticas sobre los métodos de cobranza y las altas tasas de interés asociadas a ciertos productos financieros. Es un tema que aparece constantemente cuando uno conversa con taxistas, comerciantes o trabajadores. Las opiniones son diversas, pero existe una percepción recurrente de que algunas prácticas de cobranza pueden resultar excesivamente agresivas para sectores económicamente vulnerables.

    Gobernar un país es muy distinto a dirigir una empresa. Una empresa tiene como prioridad generar utilidades. Un gobierno tiene la obligación de equilibrar crecimiento económico con bienestar social. Son responsabilidades distintas y requieren sensibilidades distintas.

    Y es precisamente ahí donde muchas veces se marca la diferencia entre quienes conocen el país desde una oficina y quienes lo recorren caminando. México no se entiende desde un helicóptero. México se entiende recorriendo calles, visitando colonias, escuchando a las personas y comprendiendo las dificultades que enfrentan diariamente millones de familias.

    Recientemente también llamó la atención una reunión organizada por la American Society en la que participaron empresarios, figuras políticas de oposición y representantes de distintos sectores económicos. El encuentro generó debate porque evidenció algo que ya resulta evidente: existe una parte importante de la élite económica y política mexicana que no comparte la visión de gobierno impulsada por la actual administración.

    Eso no significa necesariamente conspiraciones ni acuerdos ocultos. Significa simplemente que existen intereses distintos y visiones diferentes sobre cómo debe administrarse el país. Algunos consideran que el modelo actual fortalece a los sectores históricamente olvidados. Otros sostienen que genera incertidumbre para ciertos sectores económicos.

    La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿Qué país queremos construir? ¿Uno donde el crecimiento económico beneficie únicamente a quienes ya tienen ventajas o uno donde el desarrollo alcance también a quienes durante décadas permanecieron excluidos de muchas oportunidades?

    Lo cierto es que México de 2026 es muy diferente al México de hace veinte o treinta años. El viejo sistema político que dominó durante décadas ya no existe en la misma forma. Los actores cambiaron, las reglas cambiaron y la ciudadanía cambió. Hoy existe una sociedad mucho más informada, más participativa y más crítica.

    Eso no significa que los problemas hayan desaparecido. La corrupción sigue existiendo. Los abusos de poder siguen apareciendo. Los intereses económicos siguen presionando. Y los partidos políticos continúan cometiendo errores. Pero también es cierto que hoy existen más herramientas para fiscalizar, denunciar y exigir rendición de cuentas.

    Por eso resulta indispensable fortalecer auditorías, órganos de fiscalización, unidades de investigación financiera y todas aquellas instituciones capaces de detectar irregularidades antes de que se conviertan en escándalos mayores. La transparencia no debe depender de la buena voluntad de los funcionarios, sino de instituciones sólidas capaces de supervisar el ejercicio del poder.

    Nos queda un largo camino por recorrer. Todavía existen enormes desafíos en materia de seguridad, salud, educación y desarrollo económico. Pero también es cierto que México continúa avanzando y aprendiendo de sus propios errores.

    Los tiempos cambian. La política cambia. Las generaciones cambian. Y la obligación de vigilar al poder, sin importar quién lo ejerza, debe seguir siendo exactamente la misma.

    Porque al final, como en la historia de Thomas Crown, la verdadera pregunta nunca es quién ganó. La verdadera pregunta es si alguien creyó que demostrar poder era más importante que preservar la confianza de los ciudadanos. Y esa es una pregunta que solamente las instituciones, la ley y el tiempo podrán responder.

  • Pulp Ficción: México en Acción

    Pulp Ficción: México en Acción

    En México hemos llegado a un punto donde la realidad política parece escrita como guion de película: declaraciones públicas, acusaciones cruzadas, expedientes en cortes de Estados Unidos, nombres que se repiten, personajes que se victimizan y una sociedad que, por momentos, finge sorpresa ante lo que todos han sabido durante años.

    Si algo tiene el sistema americano es que cree en la palabra rendida ante una autoridad. Cuando un político, un testigo, un acusado o un operador declara ante fiscales, agencias o tribunales, esas palabras no se quedan en el aire. Se integran a carpetas, investigaciones, acuerdos de cooperación, acusaciones formales y procesos judiciales. Por eso no es casualidad que muchos casos de narcotráfico terminen revelando no solamente rutas, cargamentos y capos, sino también redes de protección, omisión y complicidad política.

    El problema no nació ayer. Tampoco se puede reducir a Trump, a López Obrador, a Claudia Sheinbaum o a cualquier figura del momento. La raíz viene de más atrás: de los años en que se permitió que el crimen organizado creciera hasta volverse una estructura social, económica y política. México no solo enfrenta narcotráfico; enfrenta una permeabilidad criminal que entró por los negocios, las policías, los gobiernos locales, las campañas, los restaurantes, los conciertos, los permisos, las aduanas, los puertos y hasta las fiestas familiares.

    Seamos realistas: cualquier autoridad policiaca en México sabe dónde comen, dónde duermen, dónde se pasean, qué negocios tienen, con quién conviven y quiénes son los amigos visibles de muchos operadores criminales. Lo mismo ocurre en Estados Unidos. La diferencia es que allá, muchas veces, esperan el momento procesal para detenerlos; en México, demasiadas veces, parece que se espera el momento político para no tocarlos.

    No hace falta ser agente del FBI, de la DEA o de la FGR para entender ciertas señales. En Culiacán, en Veracruz, en Cancún o en cualquier ciudad donde el dinero ilícito se exhibe sin pudor, la sociedad ve lo que la autoridad dice no ver: deportivos imposibles de justificar, fiestas de cientos de miles de pesos, grupos musicales carísimos, invitados sospechosos, consumo abierto de drogas, escoltas improvisados, ropa de firma usada como uniforme de poder y una cultura que romantiza al delincuente como si fuera personaje de corrido.

    Entonces la pregunta no es si se sabe. La pregunta es: ¿por qué los dejan?

    ¿Por qué siguen viviendo con impunidad? ¿Por qué siguen operando negocios? ¿Por qué siguen apareciendo en eventos públicos? ¿Por qué un político no teme tomarse una fotografía con alguien de reputación criminal, sabiendo que esa imagen puede terminar mañana en manos de sus opositores, de periodistas o de agencias estadounidenses?

    Ahí está la falla central: México no necesita más diagnósticos; necesita voluntad real. Porque cuando una gobernadora declara públicamente que antes había gobiernos que se coludían con el narco pero “lo controlaban”, el país debería detenerse a pensar en la gravedad de esa frase. ¿Desde cuándo aceptar una colusión “controlada” puede presentarse como orden? ¿Dónde quedó la autoridad? ¿Dónde quedó el respeto a la ley? ¿Dónde quedó la frontera entre gobernar y administrar criminales?

    Estados Unidos tampoco actúa siempre de la forma correcta. Su presión, sus intereses y sus tiempos no siempre coinciden con la soberanía ni con la justicia mexicana. Pero México tampoco puede esconderse detrás del discurso nacionalista para no limpiar su propia casa. Si las cortes estadounidenses han logrado sentencias contra exfuncionarios mexicanos de altísimo nivel, el mensaje es brutal: lo que México no quiso, no pudo o no se atrevió a procesar, terminó procesándose afuera.

    El caso de Genaro García Luna es el símbolo más duro de esa contradicción. Un hombre que fue presentado como arquitecto de la seguridad mexicana terminó condenado en Estados Unidos por proteger al Cártel de Sinaloa. No se trató de un rumor de sobremesa, sino de un juicio, una condena y una sentencia superior a 38 años. Ese caso no solo mancha a una persona; obliga a revisar una época completa, una estrategia completa y una clase política que hoy prefiere mirar hacia otro lado.

    Y mientras tanto, la vida cotidiana sigue atrapada entre miedo e impunidad. La extorsión crece, los homicidios no se castigan en su mayoría, los desaparecidos se acumulan y los periodistas siguen pagando con amenazas o con la vida el costo de contar lo que muchos prefieren ocultar.

    La ficción está en pretender que nadie sabe. La realidad está en que todos saben demasiado.

    Sinaloa, por ejemplo, no puede explicarse solamente como un problema de seguridad. Es una cultura de tolerancia construida durante décadas. Un estado marcado por vínculos históricos con el narcotráfico, donde ciertos usos, fiestas, lenguajes, símbolos y formas de presumir riqueza funcionan como señales sociales. No todos son criminales, por supuesto, y sería injusto generalizar. Pero tampoco se puede negar que hay códigos visibles que han normalizado la cercanía con el dinero sucio.

    Lo mismo ocurre en muchas regiones de México. El crimen no crece solo porque haya delincuentes; crece porque encuentra quien le venda, quien le rente, quien le cante, quien le lave, quien le avise, quien le cobre, quien le perdone, quien lo invite y quien lo salude de abrazo en un evento público.

    Ahí empieza la verdadera permeabilidad: en el mexicano que permite, tolera, presume, calla o se beneficia. En el empresario que acepta dinero sin preguntar. En el político que busca estructura electoral. En el policía que cobra cuota. En el funcionario que firma permisos. En el ciudadano que admira al delincuente porque “le fue bien”.

    Por eso esta historia no es de un solo partido ni de un solo sexenio. Es una película larga, con demasiados capítulos, demasiados actores y demasiados silencios. Una película donde todos acusan a todos, pero pocos aceptan que el problema se volvió nacional porque durante años se le permitió entrar a la vida pública, privada y cultural del país.

    México no necesita otra temporada de Pulp Ficción política. Necesita dejar de actuar sorprendido y empezar a desmontar, desde la raíz, la estructura social que protege al crimen.

    Porque el narco no solamente se combate con operativos.

    Se combate dejando de admirarlo.

    Se combate dejando de invitarlo.

    Se combate dejando de justificarlo.

    Se combate cuando la autoridad deja de fingir que no ve lo que todos vemos.

  • La Guerra Fría Mexicana

    La Guerra Fría Mexicana

    México vive una especie de guerra fría política. No hay tanques recorriendo las calles ni misiles apuntando hacia el horizonte, pero sí existe una confrontación permanente entre narrativas, ideologías, medios de comunicación, grupos de interés y actores políticos que parecen haber convertido la discusión pública en una batalla sin tregua.

    Hoy cualquiera puede convertirse en analista político. Las redes sociales están llenas de expertos, comentaristas, influencers y comunicadores que diariamente construyen argumentos para demostrar que el país vive la peor crisis de su historia. El problema no es la crítica. La crítica es necesaria en cualquier democracia. El problema surge cuando la crítica se convierte en una industria y el fracaso nacional se vuelve un negocio rentable.

    Conversando con un amigo hace algunos días, me decía algo que llamó mi atención. “Cuando platico con algunas personas parece que el actual gobierno acabó con sus vidas”. Escuchas que México está destruido, que el narcotráfico controla todo, que vivimos bajo un narcogobierno, que la corrupción está fuera de control, que la gente ya no quiere trabajar porque recibe apoyos sociales y que el país se encuentra al borde del colapso.

    Después aparecen los videos, los expedientes, los análisis políticos y las investigaciones que circulan diariamente en plataformas digitales. Todo parece perfectamente documentado y sustentado. Sin embargo, pocas veces se escucha la pregunta más importante: ¿de dónde venimos como país?

    Porque para entender el presente es necesario recordar el pasado.

    Quienes vivimos los años más violentos de la llamada guerra contra el narcotráfico recordamos perfectamente lo que ocurría en las calles mexicanas. Durante el sexenio de Felipe Calderón muchas ciudades parecían vivir bajo un toque de queda no declarado. Familias enteras evitaban salir por las noches. Los secuestros, las extorsiones y los enfrentamientos armados eran parte de las conversaciones cotidianas.

    Las imágenes de cuerpos abandonados en avenidas, personas decapitadas, restos humanos encontrados en espacios públicos y convoyes armados circulando con absoluta impunidad quedaron grabadas en la memoria colectiva de millones de mexicanos. Hubo una generación completa que creció viendo escenas que nunca debieron normalizarse. Muchos se hicieron más fuertes. Otros quedaron profundamente marcados por aquellas imágenes que aparecían diariamente en periódicos y noticieros.

    Yo mismo recuerdo recibir una llamada de mi madre completamente alterada diciéndome: “Hijo, ven por mí, acaban de matar a un niño frente a mí”. Son recuerdos imposibles de borrar y que hacen difícil aceptar que algunos hablen como si la violencia hubiera nacido apenas hace unos años.

    Y si retrocedemos aún más, tampoco podemos olvidar la crisis económica de 1994. Miles de familias perdieron sus viviendas, negocios y ahorros. Padres de familia vieron desaparecer el patrimonio construido durante décadas. Algunos jamás lograron recuperarse económicamente. Otros quedaron atrapados en deudas que marcaron el resto de sus vidas.

    Por eso resulta sorprendente observar cómo ciertos sectores políticos parecen sufrir de amnesia selectiva.

    Porque sí, México enfrenta problemas graves. Sería absurdo negarlo. Existen regiones donde la delincuencia continúa siendo una amenaza. Persisten prácticas de corrupción. Hay instituciones que requieren fortalecerse. Existen desafíos enormes en materia de seguridad, salud, educación e impartición de justicia.

    Pero también es cierto que México no es el único país donde políticos han sido señalados por presuntos vínculos con organizaciones criminales. A lo largo de la historia moderna han existido funcionarios de distintos partidos acusados de permitir la operación de grupos delictivos, de utilizar estructuras criminales para fines electorales o de construir redes de protección política. Los expedientes judiciales, las investigaciones periodísticas y los procesos legales abiertos tanto en México como en el extranjero han demostrado que el problema no pertenece a una sola fuerza política ni a una sola época. Es un fenómeno complejo que se ha desarrollado durante décadas y que exige instituciones más fuertes, no solamente discursos más agresivos.

    Lo preocupante es cuando algunos actores parecen apostar al fracaso nacional como estrategia política.

    Porque existe una diferencia enorme entre señalar errores para corregirlos y desear que el país fracase para obtener beneficios electorales.

    A veces pareciera que ciertos grupos políticos, económicos y mediáticos necesitan que México esté mal para justificar su propia existencia. Como si la tragedia nacional fuera la única plataforma desde la cual pudieran construir una narrativa de rescate.

    De pronto aparecen empresarios que aseguran tener todas las respuestas para salvar al país. Líderes de opinión que prometen soluciones inmediatas. Políticos que se presentan como los únicos capaces de corregir el rumbo nacional. Pero la realidad es mucho más sencilla.

    México no necesita salvadores.

    México necesita servidores públicos eficientes.

    Necesita mejores escuelas.

    Necesita mejores hospitales.

    Necesita universidades modernas.

    Necesita carreteras seguras.

    Necesita oportunidades para quienes menos tienen.

    Necesita que los recursos públicos lleguen a donde verdaderamente se necesitan.

    Necesita que el estudiante sea la prioridad del sistema educativo.

    Que el paciente sea la prioridad del sistema de salud.

    Que el contribuyente sea respetado.

    Que el ciudadano reciba atención digna sin importar su condición económica.

    Ese debería ser el verdadero debate nacional.

    No quién gana la próxima elección.

    No quién obtiene más seguidores en redes sociales.

    No quién produce el video más viral.

    La discusión debería centrarse en cómo construir un país donde cada generación viva mejor que la anterior.

    Y en medio de esta confrontación permanente hemos llegado a un punto donde incluso los espacios que antes servían para unir a los mexicanos se han convertido en motivo de disputa política.

    Hoy vemos a los mismos mexicanos que diariamente hablan de patriotismo, identidad nacional y amor por el país, cuestionar y hasta promover el boicot de la Copa Mundial de Fútbol de 2026, un evento que debería traer alegría, inspiración y motivación a millones de niños y jóvenes.

    Recuerdo perfectamente la emoción que se vivía cuando se acercaba un Mundial. Las calles se llenaban de balones. Los parques se convertían en estadios improvisados. Miles de niños soñaban con representar algún día a México. Las familias se reunían frente a la televisión y durante noventa minutos desaparecían las diferencias políticas, económicas y sociales.

    Aquellos eventos despertaban disciplina, compañerismo, trabajo en equipo y esperanza.

    Por eso resulta difícil entender que hoy algunos sectores parezcan más interesados en encontrar razones para desacreditar un acontecimiento internacional que en aprovechar la oportunidad para fortalecer el turismo, la economía y, sobre todo, la ilusión de las nuevas generaciones.

    El Mundial no pertenece a un partido político.

    No pertenece a un gobierno.

    No pertenece a una ideología.

    Pertenece a los niños que sueñan con jugar fútbol.

    Pertenece a los jóvenes que encuentran en el deporte una alternativa de vida.

    Pertenece a las familias mexicanas que merecen momentos de alegría y orgullo nacional.

    Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de celebrar sus propios logros y convertir sus éxitos en motivos de unidad, corre el riesgo de quedarse atrapada en una confrontación permanente donde todo es motivo de enojo, de crítica y de división.

    Hace poco alguien me preguntó si yo apoyaba a Morena. Mi respuesta fue simple. No se trata de apoyar partidos políticos.

    Se trata de reconocer cuando existen avances y señalar cuando existen errores.

    Considero que la presidenta Claudia Sheinbaum está realizando un trabajo importante y que el proyecto de nación impulsado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador transformó aspectos fundamentales de la vida pública mexicana. Eso no significa que todo esté resuelto ni que no existan problemas pendientes.

    Ningún gobierno posee una varita mágica.

    Ningún presidente puede corregir en unos cuantos años problemas acumulados durante generaciones.

    Lo que sí podemos hacer como sociedad es abandonar la guerra permanente de narrativas y concentrarnos en aquello que verdaderamente importa.

    Porque mientras unos pelean por el poder y otros por el micrófono, millones de mexicanos simplemente siguen esperando mejores oportunidades para vivir, estudiar, trabajar y salir adelante.

    Y al final del día, ese es el México que la mayoría queremos construir: un país donde las diferencias políticas no sean más grandes que nuestro deseo de vivir mejor, donde la crítica sirva para mejorar y no para destruir, y donde el bienestar de las personas esté siempre por encima de cualquier interés partidista.

    Ese debería ser el verdadero proyecto de nación.

  • Entre discursos, memoria y resultados

    Entre discursos, memoria y resultados

    Este fin de semana estuvo cargado de mítines, posicionamientos políticos y declaraciones que reflejan el clima que comienza a sentirse rumbo a los próximos procesos electorales en México. La llamada pequeña oposición salió nuevamente a escena buscando reflectores, organizando un evento de respaldo a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, donde el Partido Acción Nacional reunió a dos figuras que marcaron una etapa importante de la historia política reciente del país: los expresidentes Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa.

    Ambos subieron al escenario para expresar su respaldo político, aunque para muchos mexicanos su presencia inevitablemente abre la puerta a la memoria histórica y al balance de los años en los que gobernaron México.

    Vicente Fox llegó al poder en el año 2000 impulsado por una enorme expectativa ciudadana. Después de más de siete décadas de gobiernos priistas, millones de mexicanos depositaron su confianza en aquel candidato que prometía el famoso “cambio”. Aquella palabra se convirtió prácticamente en un lema nacional. La ciudadanía quería un nuevo rumbo después de años de desgaste institucional y después de una de las crisis económicas más severas que vivió el país durante el sexenio de Ernesto Zedillo.

    Y hay que reconocerlo: Fox logró convencer al electorado y consiguió una victoria histórica. Sin embargo, con el paso de los años, muchos ciudadanos terminaron cuestionando si aquel cambio realmente llegó. Su administración estuvo marcada por constantes confrontaciones políticas, por acusaciones de corrupción alrededor de personajes cercanos a su círculo familiar y por problemas estructurales que permanecieron prácticamente intactos. El país cambió de partido en el poder, pero para una parte importante de la población los resultados no representaron la transformación prometida.

    Posteriormente llegó Felipe Calderón. Y es precisamente durante su gobierno cuando se abre uno de los capítulos más polémicos y dolorosos de la historia contemporánea de México.

    La llamada guerra contra el narcotráfico transformó completamente el panorama nacional. Las imágenes de enfrentamientos armados, ejecuciones, retenes militares, desapariciones y balaceras comenzaron a convertirse en parte del día a día de millones de mexicanos. Diversos especialistas, organismos internacionales y analistas han debatido durante años los efectos de aquella estrategia de seguridad. Mientras algunos sostienen que era necesario enfrentar frontalmente a las organizaciones criminales, otros argumentan que la militarización detonó una escalada de violencia sin precedentes.

    Lo cierto es que México vivió años de enorme tensión social y de un incremento considerable en los índices de violencia.

    Una generación completa de mexicanos creció viendo escenas que antes parecían impensables. Las portadas de los periódicos, los noticieros de televisión y posteriormente las redes sociales comenzaron a llenarse de imágenes de ejecuciones, fosas clandestinas, enfrentamientos armados y actos de extrema violencia que impactaron profundamente a la sociedad. Durante aquellos años se normalizaron noticias sobre cuerpos abandonados en carreteras, personas desaparecidas, comunidades enteras desplazadas por la inseguridad y hechos que marcaron psicológicamente a millones de ciudadanos.

    Muchos mexicanos se hicieron más fuertes ante la adversidad y aprendieron a vivir con una realidad que parecía no tener fin. Otros quedaron profundamente marcados por el miedo, la incertidumbre y el trauma colectivo que dejó aquella época. El país desarrolló una especie de resistencia social frente a la violencia, pero esa fortaleza tuvo un costo humano enorme que aún hoy sigue siendo objeto de análisis y reflexión.

    Las cicatrices de aquellos años continúan presentes en muchas regiones del país. Familias enteras siguen buscando a seres queridos desaparecidos, comunidades recuerdan episodios de violencia que cambiaron para siempre su forma de vivir y una parte importante de la población todavía identifica ese periodo como uno de los momentos más difíciles de la historia reciente de México.

    También quedaron para la memoria pública proyectos que simbolizaron el gasto gubernamental de aquella época. Uno de los más recordados es la llamada Estela de Luz, un monumento cuya construcción terminó costando cientos de millones de pesos y que fue señalado durante años como ejemplo de sobrecostos y mala planeación administrativa.

    Recuerdo perfectamente haber visitado la Ciudad de México y observar aquella estructura. La reflexión era inevitable: ¿cuántas escuelas podrían haberse construido con esos recursos?, ¿cuántas camas hospitalarias adicionales habrían podido atender a pacientes?, ¿cuántas clínicas rurales habrían encontrado financiamiento?

    Pero la historia no se construye solamente mirando hacia atrás.

    México vive hoy otra etapa política, con un proyecto completamente distinto que cuenta con el respaldo de millones de ciudadanos y que tiene como principal figura a la presidenta de la República, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo.

    Y este domingo quedó demostrado.

    Mientras la oposición intentaba mostrar músculo político recurriendo a figuras del pasado, la presidenta reunió a miles de personas en el Monumento a la Revolución para presentar un informe de resultados que por momentos parecía una auditoría pública de su administración. Entre banderas, consignas y muestras de apoyo, Sheinbaum hizo un recuento de los avances que considera fundamentales para la consolidación de la llamada Cuarta Transformación.

    Ante la multitud destacó la continuidad de los Programas para el Bienestar, que benefician a decenas de millones de mexicanos; habló de la expansión de la infraestructura carretera, ferroviaria y energética; de la construcción y rehabilitación de hospitales; del fortalecimiento de los programas educativos; de las inversiones destinadas a salud pública; del crecimiento de proyectos estratégicos como los trenes de pasajeros y de la consolidación de un modelo de desarrollo que busca reducir las desigualdades sociales.

    No está de más decirlo porque es algo que personalmente me llena de orgullo y lo seguiré mencionando cuantas veces sea necesario. La construcción de un sistema de cobertura universal de salud para todos los mexicanos mediante el IMSS Bienestar representa uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido nuestro país en décadas. Si logra consolidarse plenamente, millones de personas que durante años enfrentaron barreras económicas para recibir atención médica tendrán acceso a servicios de salud sin importar su condición económica.

    Los avances en mantenimiento carretero, la construcción de nueva infraestructura hospitalaria, los programas sociales, los apoyos al campo, los programas educativos y las inversiones estratégicas fueron parte central de un discurso que buscó demostrar que el gobierno federal no solamente administra, sino que pretende transformar.

    Y aquí es donde aparece una diferencia importante en la narrativa política actual.

    Mientras algunos siguen apostando por recordar constantemente los errores del adversario, la presidenta decidió centrar buena parte de su mensaje en los resultados que asegura haber alcanzado y en los proyectos que aún faltan por concluir.

    Porque como decía el expresidente Andrés Manuel López Obrador, es el pueblo quien decide.

    También resultó significativa la presencia y el respaldo de los gobernadores emanados de Morena en prácticamente todo el país. Más allá de las diferencias naturales que puedan existir dentro de cualquier movimiento político, el mensaje fue claro: existe una voluntad de mantener una agenda común en torno al proyecto encabezado por la presidenta.

    En particular llamó la atención la participación del gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, quien pronunció un discurso firme en defensa de la soberanía nacional. Sus palabras resonaron entre los asistentes cuando señaló que México pertenece a los mexicanos y que ninguna presión externa debe definir el rumbo del país.

    Por otro lado, mientras se desarrollaban estos eventos políticos, también circularon declaraciones de personajes del sector empresarial y mediático que plantean reducir drásticamente el tamaño del gobierno, despedir miles de servidores públicos, disminuir impuestos y adelgazar el aparato estatal como fórmula para resolver los problemas económicos del país.

    Suena bien en un discurso.

    Suena atractivo en una entrevista.

    Pero gobernar una nación de más de 130 millones de habitantes es mucho más complejo que administrar una empresa privada.

    Si la solución fuera tan sencilla, probablemente cualquier gobierno del mundo la habría implementado hace décadas. Sin embargo, los propios especialistas en economía advierten que una reducción abrupta del gasto público sin una estrategia integral podría generar consecuencias importantes en servicios esenciales, infraestructura, salud, educación y programas sociales.

    Porque recortar es fácil.

    Lo difícil es garantizar que la población siga recibiendo los servicios que necesita.

    México enfrenta desafíos enormes. La inseguridad sigue siendo una preocupación legítima para millones de ciudadanos. Existen rezagos históricos en diversas regiones del país. Persisten problemas económicos y sociales que requieren atención inmediata.

    Pero también es cierto que existen avances que merecen ser reconocidos y discutidos con objetividad.

    La crítica es necesaria en cualquier democracia.

    La oposición también.

    Pero la memoria histórica igualmente es indispensable.

    Por eso resulta interesante observar cómo algunos actores políticos regresan al escenario para hablar del futuro cuando inevitablemente representan capítulos del pasado que los mexicanos aún recuerdan.

    Al final de cuentas serán los ciudadanos quienes evalúen resultados, comparen gobiernos, revisen cifras, analicen propuestas y decidan qué rumbo quieren para el país.

    Porque las campañas pasarán.

    Los discursos también.

    Los políticos irán y vendrán.

    Pero México seguirá aquí.

    Un país extraordinario, lleno de gente trabajadora, empresarios que arriesgan su patrimonio, campesinos que producen alimentos, médicos que salvan vidas, maestros que forman generaciones y familias que todos los días luchan por salir adelante.

    Y como siempre ha ocurrido en los momentos importantes de nuestra historia, será el pueblo de México quien tenga la última palabra.

  • México entre la crítica y la transformación

    México entre la crítica y la transformación

    Cada día se acerca más la época electoral y los golpes políticos vienen más duros. La pequeña oposición no quiere dejar escapar ningún detalle, ninguna acusación y, muchas veces, ni siquiera distingue entre hechos y versiones, con tal de intentar dañar la imagen de quienes hoy gobiernan México y mantienen la mayoría política en el país.

    Y es ahí donde vale la pena detenerse un momento y hacer algo que pocas veces hacen quienes viven del escándalo mediático: revisar números, revisar obras, revisar resultados y preguntarnos con honestidad qué país queremos construir.

    Porque más allá del ruido político, la realidad es que México vive una etapa de transformación social profunda que no puede negarse únicamente desde la narrativa del ataque permanente.

    Hoy los Programas del Bienestar alcanzan a decenas de millones de mexicanos. Tan solo la Pensión para Adultos Mayores continúa creciendo como uno de los programas sociales más grandes del continente, mientras el Gobierno federal proyecta superar los 42 millones de beneficiarios de programas sociales en 2026.

    Eso significa algo muy simple: millones de familias que antes no recibían absolutamente nada del gobierno hoy tienen un apoyo directo que les ayuda a pagar comida, medicamentos, consultas médicas, útiles escolares o simplemente sobrevivir en tiempos económicamente difíciles.

    Y aunque algunos sectores se burlen de ello desde estudios de televisión o redes sociales, para una madre soltera, un adulto mayor o una familia de escasos recursos, ese apoyo puede representar la diferencia entre comer o no comer.

    Mientras tanto, el sistema de salud mexicano también atraviesa una de las transformaciones más ambiciosas de las últimas décadas. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció recientemente la creación del Servicio Universal de Salud, que integrará al IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar para permitir que cualquier mexicano pueda recibir atención médica independientemente de su afiliación.

    Y sinceramente, eso no es poca cosa

    La idea de que cualquier ciudadano pueda acudir a un hospital y ser atendido sin la angustia de “¿tengo seguro o no tengo seguro?” es una visión que históricamente solamente se veía en países desarrollados.

    Claro, faltan medicamentos, faltan especialistas, faltan muchas cosas todavía. Nadie serio puede negar que el sistema de salud mexicano tiene enormes retos acumulados durante décadas. Pero también sería injusto negar que existe una inversión histórica en infraestructura hospitalaria.

    Tan solo para este año se anunció la construcción de 24 nuevos hospitales en el país, además de miles de millones de pesos destinados a equipamiento médico de alta tecnología.

    El propio IMSS informó que durante los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación se duplicará la creación de camas hospitalarias en comparación con los últimos seis sexenios anteriores: más de 10 mil nuevas camas frente a apenas 4 mil 300 construidas durante 36 años previos.

    También se encuentran en proceso nuevas clínicas, hospitales regionales y programas como “La Clínica es Nuestra”, enfocados en mejorar unidades médicas rurales y urbanas marginadas.

    Pero curiosamente, muchos de los comunicadores que todos los días hablan de tragedias, escándalos y ataques políticos, rara vez presentan estas noticias con el mismo entusiasmo.

    ¿Por qué no vemos grandes mesas de análisis celebrando que millones de personas podrían acceder a atención médica universal?

    ¿Por qué no escuchamos a ciertos periodistas de oposición hablar con bombo y platillo sobre nuevos hospitales, carreteras, programas sociales o inversiones industriales?

    Porque la crítica muchas veces dejó de ser una herramienta democrática para convertirse en una industria política.

    Y no, no se trata de decir que todo está perfecto. México sigue enfrentando enormes desafíos: inseguridad, corrupción, burocracia, violencia y desigualdad. Pero también debemos reconocer que el país no puede seguir viviendo atrapado en la nostalgia de los gobiernos del pasado.

    ¿De verdad queremos regresar a aquellos tiempos donde el presidencialismo se medía por el tamaño del avión presidencial, los lujos del poder y las giras internacionales millonarias?

    ¿Queremos volver a la época donde mientras el gobierno viajaba en medio del exceso, millones de mexicanos no tenían acceso a una clínica, una beca o una pensión?

    Porque esa también es memoria histórica

    Hubo años donde los viajes presidenciales costaban lo equivalente a construir escuelas, clínicas y carreteras. Años donde el poder político parecía vivir completamente separado de la realidad cotidiana del pueblo.

    Hoy México vive otro momento político. Uno imperfecto, sí. Pero también uno donde los sectores históricamente olvidados finalmente aparecen en la conversación nacional.

    Y mientras la oposición concentra buena parte de su estrategia en destruir narrativas, millones de mexicanos siguen recibiendo apoyos, siguen viendo obras públicas, siguen observando nuevos hospitales y siguen esperando que las cosas continúen mejorando.

    México es un gran país

    Un país que ha sobrevivido a errores históricos, crisis económicas, corrupción, violencia y gobiernos de todos los colores.

    Y quizás precisamente por eso hoy muchos mexicanos prefieren apostar por seguir avanzando, aun con dificultades, antes que regresar a modelos que durante décadas prometieron modernidad mientras millones permanecían abandonados.

    Las campañas seguirán subiendo de tono. Las acusaciones seguirán creciendo. Las redes sociales seguirán incendiándose todos los días.

    Pero al final, como siempre sucede en democracia, será la propia gente quien decida qué camino quiere tomar para el futuro del país.

  • Entre rejas, periodistas y memorias de un México que no se olvida

    Entre rejas, periodistas y memorias de un México que no se olvida

    Recuerdo perfectamente aquel viaje. Yo tendría unos 14 años cuando, en unas vacaciones, mi padre me dijo: “Acompáñame a la Ciudad de México”. En aquellos años viajar desde Veracruz hacia la capital era toda una aventura. Íbamos en un Nissan Tsuru de dos puertas, sin aire acondicionado; el “clima” era bajar los vidrios y dejar que el aire entrara mientras avanzábamos entre curvas, neblina y carreteras interminables.

    Al acercarnos a Xalapa el ambiente cambiaba por completo. El calor del puerto quedaba atrás y comenzaban los paisajes montañosos, los bosques húmedos y ese frío característico rumbo a Puebla y la Ciudad de México. Para un adolescente ver aquello era como entrar a otro mundo.

    Pero el destino de ese viaje no era turístico

    Íbamos a visitar a un viejo amigo de mi padre que se encontraba preso en el Reclusorio Oriente: Cirilo Vázquez Lagunes, personaje polémico y conocido en el sur de Veracruz, particularmente en la región de Acayucan. Su nombre marcó una época completa en la política regional veracruzana. Para unos era un hombre generoso y protector; para otros, símbolo del viejo sistema político mexicano donde el poder regional se mezclaba con negocios, control territorial y relaciones políticas profundas.

    Recuerdo perfectamente aquel ingreso al penal. Las revisiones, los pasillos, las puertas metálicas, custodios observando cada movimiento y, al final, una especie de convivencia donde se reunían amistades, abogados y personajes ligados a la política y al periodismo. Yo era apenas un muchacho observando en silencio un mundo que todavía no entendía.

    Entre quienes rodeaban aquella mesa se encontraba el famoso abogado y exfiscal Javier Coello Trejo, conocido durante décadas como “El Fiscal de Hierro”, un hombre que tuvo enorme peso dentro de la procuración de justicia mexicana durante los años setenta y ochenta.

    Con el paso de los años entendí mejor quién era aquel personaje que observé de lejos en aquel reclusorio. Javier Coello Trejo construyó una carrera basada en una política de mano dura contra la corrupción y el narcotráfico. Fue precisamente el expresidente José López Portillo quien le otorgó el apodo de “El Fiscal de Hierro” debido a la cantidad de órdenes de aprehensión y procesos que impulsó contra funcionarios públicos, empresarios y personajes ligados a redes de corrupción.

    Durante su paso por la entonces Procuraduría General de la República, Coello encabezó investigaciones que derivaron en el encarcelamiento de cientos de funcionarios y exfuncionarios acusados de corrupción. Su trayectoria dentro de la PGR fue creciendo rápidamente hasta convertirse en uno de los hombres fuertes dentro de la procuración de justicia mexicana. Años después ocuparía posiciones clave dentro de la Subprocuraduría de Investigación y Lucha contra el Narcotráfico, una de las áreas más delicadas del país en aquellos tiempos.

    México atravesaba una etapa extremadamente compleja

    Comenzaban a crecer estructuras criminales ligadas al narcotráfico mientras coexistían enormes redes de corrupción política dentro de distintos niveles de gobierno. Coello Trejo se volvió conocido por actuar contra personajes que parecían intocables. Su nombre quedó ligado a investigaciones de alto impacto nacional y a una generación de fiscales que operaban directamente bajo la influencia del poder presidencial mexicano.

    Sin embargo, también fue una figura profundamente polémica. Su paso por la procuración de justicia estuvo acompañado de fuertes críticas relacionadas con abusos de autoridad, métodos excesivos y señalamientos sobre violaciones a derechos humanos. Esa dualidad convirtió a Javier Coello Trejo en uno de los personajes más controvertidos del sistema judicial mexicano contemporáneo.

    También recuerdo perfectamente escuchar hablar de José Luis Mejías, periodista veracruzano muy conocido en la región de Acayucan y dentro de los círculos políticos nacionales de aquella época. José Luis Mejías era amigo personal de Cirilo Vázquez y fue precisamente él quien lo vinculó y presentó con importantes personalidades de la política mexicana de aquellos años. Su famosa columna “Los Intocables”, iniciada en 1964, llegó a convertirse en una de las más leídas e influyentes del país. Primero fue publicada en El Universal y posteriormente en Excélsior, donde alcanzó gran notoriedad nacional.

    Mejías pertenecía a una generación de periodistas que convivían directamente con gobernadores, líderes sindicales, empresarios, mandos policiacos y figuras del poder presidencial mexicano. Eran tiempos donde el periodista no solamente escribía: investigaba, negociaba información, caminaba oficinas gubernamentales y conocía personalmente a quienes tomaban decisiones en el país. Su estilo crítico y directo le permitió construir una enorme red de contactos políticos en una época donde Veracruz tenía un peso importante dentro del sistema político nacional.

    Debo decirlo con honestidad: muchas de esas historias ocurrieron cuando yo todavía era muy pequeño o incluso antes de que naciera, ya que soy de 1981. No me tocó convivir directamente con personajes históricos del periodismo mexicano como José Luis Mejías o Manuel Buendía. Sin embargo, crecí escuchando hablar de ellos, de sus columnas, de su influencia política y del respeto y también temor que generaban dentro de ciertos sectores del poder mexicano. Con el paso de los años fui comprendiendo mejor la dimensión de aquellos personajes y el contexto político del México que les tocó vivir.

    Tampoco tuve el gusto de conocer personalmente a Manuel Buendía, pero sí he leído ampliamente sobre su trayectoria y tuve la oportunidad de ver documentales sobre su vida periodística y el enorme impacto que tuvo dentro del periodismo nacional. Buendía representó quizá una de las figuras más importantes del periodismo de investigación moderno en México. Su columna “Red Privada” era leída diariamente por políticos, militares, empresarios y funcionarios federales, ya que abordaba temas delicados relacionados con espionaje, corrupción, narcotráfico, servicios de inteligencia y relaciones de poder dentro del gobierno mexicano.

    Lo impresionante de Buendía era que logró investigar estructuras que para muchos eran prácticamente intocables en aquellos años. Sus publicaciones incomodaban profundamente porque exhibían conexiones entre poder político, seguridad nacional y grupos de interés. Su asesinato el 30 de mayo de 1984, en plena Ciudad de México, conmocionó al país entero y se convirtió en uno de los casos más emblemáticos contra la libertad de expresión en México.

    Años después comprendería mejor la dimensión de aquellos tiempos. México era distinto. El país vivía una mezcla extraña entre poder político centralizado, cacicazgos regionales, estructuras priistas dominantes y un periodismo que, aunque muchas veces limitado por el propio sistema, también produjo figuras verdaderamente valientes.

    Hoy el periodismo atraviesa otra crisis, quizá distinta, pero igual de peligrosa

    Antes muchos periodistas eran silenciados por el poder; hoy, además de eso, existe una batalla brutal por la narrativa. Redes sociales, grupos políticos, campañas digitales, intereses económicos y hasta estrategias internacionales buscan imponer percepciones a velocidades nunca antes vistas. El problema es que mucha gente ya no busca informar: busca destruir, polarizar o manipular.

    Y sí, hay periodistas extraordinarios en México. Guste o no su línea editorial, figuras como Joaquín López-Dóriga, Ciro Gómez Leyva, José Cárdenas, Carlos Marín o Azucena Uresti han sobrevivido décadas completas enfrentando presiones políticas, amenazas, cambios de régimen y ataques públicos. Eso no significa coincidir siempre con ellos; significa reconocer trayectoria y resistencia profesional.

    México necesita volver a encontrar equilibrio

    No todo lo pasado fue perfecto, pero tampoco todo fue absolutamente malo. Grandes políticos hicieron cosas positivas por el país, incluso desde partidos hoy criticados. Y también hay funcionarios actuales intentando sacar adelante una nación profundamente golpeada por violencia, corrupción, desigualdad y presión internacional.

    Debemos dejar de ver la política como una guerra de fanáticos donde unos son demonios absolutos y otros santos perfectos.

    La realidad mexicana siempre ha sido mucho más compleja

    Aquel viaje al reclusorio me dejó algo más que una anécdota. Me permitió entender que detrás del poder existen historias humanas, contradicciones, lealtades, traiciones y también silencios. Entendí que México no se puede explicar en blanco y negro.

    Y quizá por eso hoy valoro más a quienes todavía se atreven a informar con responsabilidad, aun en medio de amenazas, intereses económicos, campañas digitales y polarización.

    Porque mientras existan periodistas dispuestos a buscar verdad en medio del ruido, todavía habrá esperanza de entender realmente al país que somos.

  • Breaking Bad Azteca

    Breaking Bad Azteca

    Si alguien tuvo la oportunidad de ver la serie Breaking Bad, seguramente recordará aquella imagen del ciudadano aparentemente común: un hombre tranquilo, dueño de restaurantes, con una vida que parecía modesta para el estándar americano, amable con la comunidad, cercano a las autoridades y hasta colaborador indirecto de los cuerpos de seguridad. Sin embargo, detrás de esa fachada se escondía una compleja red criminal que contaminaba comunidades enteras y generaba un enorme daño social, económico y humano.

    Lo interesante es que, con el paso de los años, pareciera que aquella historia jamás fue solamente ficción. Hoy la realidad latinoamericana, y particularmente la mexicana, comienza a mostrar escenarios inquietantemente parecidos. Empresarios, figuras públicas, artistas, operadores financieros y actores políticos han comenzado a ser mencionados en investigaciones, expedientes y declaraciones relacionadas con estructuras de lavado de dinero, financiamiento ilícito y vínculos con organizaciones criminales que ahora, bajo la óptica estadounidense, son catalogadas incluso como organizaciones terroristas.

    Y es ahí donde surge la gran pregunta: ¿qué tan profunda es realmente la infiltración del crimen organizado en la vida cotidiana de México?

    Porque la discusión ya no gira únicamente en torno al sicario armado o al líder visible de una célula criminal. El debate ahora toca fibras mucho más delicadas: la economía cotidiana, los negocios legales y la convivencia social. Durante años se normalizó una peligrosa convivencia entre el dinero ilícito y la vida pública. Muchos quizá sin darse cuenta; otros, probablemente conscientes del beneficio económico que representaba.

    Hace algún tiempo un influencer de Culiacán realizó una declaración que quedó marcada en la conversación pública mexicana. Decía que en su ciudad prácticamente todos tenían alguna relación indirecta con el narcotráfico: el albañil que construía casas, la florería que enviaba arreglos, el comerciante que vendía provisiones, el taller mecánico, el restaurante o incluso el pequeño negocio familiar. Una reflexión dura, incómoda, pero que exhibe la complejidad social del fenómeno.

    Porque el lavado de dinero no siempre ocurre en oficinas oscuras ni en películas hollywoodenses. Muchas veces sucede en operaciones aparentemente normales, donde el dinero ilícito se mezcla con la economía formal hasta volverse casi invisible. Ahí radica precisamente el enorme desafío de los gobiernos modernos.

    Hoy pareciera que Estados Unidos ha decidido endurecer su postura. Las acusaciones públicas, los señalamientos financieros y las investigaciones transnacionales no solo buscan castigar; también parecen enviar un mensaje: quien esté involucrado todavía tiene tiempo de cooperar, retirarse o corregir el rumbo antes de enfrentar consecuencias mucho más severas en cortes del país vecino.

    Pero más allá de la política y de las investigaciones internacionales, México enfrenta un reto aún más importante: recuperar su tranquilidad y preservar lo más valioso que posee, su gente.

    Porque México no puede seguir siendo noticia únicamente por la violencia. México es playas, montañas, selvas, cultura, gastronomía y hospitalidad. Es un país que tiene absolutamente todo para convertirse en una potencia turística y humana de primer nivel. Lo más valioso de esta nación sigue siendo su población: millones de mexicanos trabajadores, cálidos, solidarios y profundamente humanos.

    Por eso el país necesita una transformación social y cultural que vaya más allá de operativos militares o discursos políticos. Necesita reconstruir valores, fortalecer oportunidades económicas y evitar que generaciones enteras sigan viendo al crimen como el camino más rápido hacia el éxito.

    En medio de este contexto llamó particularmente la atención la reciente reunión de la presidenta Claudia Sheinbaum con representantes del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Más allá del protocolo diplomático, el encuentro dejó señales importantes sobre el nivel de cooperación e intercambio de información que actualmente existe entre ambos gobiernos en temas de seguridad, inteligencia financiera y combate al crimen organizado.

    También resultó relevante el discurso del senador Manuel Huerta, quien abordó temas relacionados con acuerdos políticos y dinámicas de poder en diversos estados gobernados por la oposición. En tiempos donde la polarización domina el debate público, resulta evidente que cada declaración política comienza a adquirir un peso estratégico mucho mayor.

    México vive una etapa delicada. Una etapa donde la línea entre política, seguridad, economía y crimen organizado parece volverse cada vez más delgada. Sin embargo, todavía existe tiempo para corregir el rumbo.

    Porque al final del día, el verdadero enemigo no solo es el narcotráfico o el lavado de dinero. El verdadero enemigo es la normalización social de ambos fenómenos.

  • La manzana del Edén

    La manzana del Edén

    México vive uno de los momentos políticos y sociales más complejos de las últimas décadas. Lo que antes se discutía únicamente en pasillos gubernamentales, columnas especializadas o expedientes judiciales, hoy se convirtió en tema cotidiano en la mesa familiar, en las redes sociales, en las campañas electorales y hasta en las conversaciones empresariales. La seguridad dejó de ser un problema aislado para convertirse en el eje central de la vida pública nacional.

    Solo era cuestión de tiempo para que la pequeña oposición sacara sus armas ocultas y comenzara a atacar con todo al régimen actual. Pero lo verdaderamente preocupante no es la confrontación política en sí, sino el nivel al que ha escalado la narrativa pública: hoy los narcopolíticos acusan de narcopolíticos a sus adversarios, sin medir las consecuencias diplomáticas, económicas y sociales que esto puede provocar para México.

    Y es que las acusaciones lanzadas en cortes o agencias de Estados Unidos no se quedan únicamente en un discurso mediático. Allá, cualquier declaración abre líneas de investigación formales. El problema es que, bajo esa lógica, las redes indirectas de relación pueden extenderse hasta niveles absurdos. Literalmente, cualquiera podría terminar involucrado en un expediente por una relación indirecta, comercial o social.

    Por eso menciono el ejemplo de las tiendas de conveniencia. En México, un criminal compra comida, bebidas, recarga teléfonos, envía dinero o realiza depósitos en establecimientos completamente legales. Bajo interpretaciones extremas, esos negocios podrían terminar siendo considerados proveedores financieros indirectos o facilitadores operativos. Suena exagerado, pero así de delicada se ha vuelto la narrativa internacional alrededor del combate al crimen organizado y al terrorismo.

    Porque ahora el término ya no es solamente “crimen organizado”. Hoy la palabra que comienza a dominar el escenario es “terrorismo”. Y esa clasificación cambia absolutamente todo.

    De acuerdo con distintos análisis y estimaciones elaboradas durante años por agencias estadounidenses sobre economías ilícitas y redes sociales indirectas, millones de personas mantienen algún tipo de contacto económico, familiar, territorial o circunstancial con estructuras criminales, muchas veces sin siquiera dimensionarlo. En regiones completas del país, la línea entre convivencia social y cercanía con actores criminales se volvió peligrosamente difusa.

    Lo vemos todos los días. Familias antes consideradas “tradicionales” o “de bien” hoy conviven en eventos sociales, políticos o empresariales con personajes señalados o relacionados con estructuras criminales. Empresarios, operadores políticos e incluso figuras aparentemente respetables hablan con naturalidad de conocer “al líder de la plaza”, “al encargado de la zona” o “a quien mueve las cosas”. Lo más alarmante es que muchos ya lo ven como algo normal.

    Y ahí es donde México perdió parte de su rumbo moral.

    Porque durante años se permitió que el miedo, la corrupción y la impunidad crecieran hasta infiltrarse en la vida cotidiana. Desde aproximadamente 2008, el país entró en una espiral de violencia brutal donde gobiernos completos fueron señalados por vínculos criminales, mientras comunidades enteras quedaron atrapadas entre el abandono institucional y el poder de los grupos armados.

    Por eso resulta paradójico escuchar hoy que quienes impulsan programas sociales, becas, apoyos económicos y estrategias de contención de violencia sean acusados automáticamente de ser parte del problema. Claro que existen funcionarios corruptos. Claro que hay políticos vinculados al crimen, y deben ser castigados con todo el peso de la ley. Pero también debe existir memoria histórica.

    Hace apenas algunos años, programas sociales como Oportunidades alcanzaban aproximadamente a poco más de seis millones de personas. Hoy, los programas de bienestar llegan a más de treinta millones de mexicanos. No porque la población haya explotado demográficamente de un día para otro, sino porque durante décadas la corrupción devoró recursos públicos completos. El dinero desaparecía entre estructuras burocráticas, contratos inflados, operadores políticos y gobiernos estatales que hoy incluso tienen exgobernadores encarcelados o perseguidos.

    México no puede caer nuevamente en la tentación de la “manzana del Edén”.

    La historia bíblica es simple pero poderosa: la advertencia existía, el peligro estaba frente a todos, pero alguien decidió probar aquello que parecía atractivo, cómodo o conveniente. Y después vino la caída.

    Hoy la sociedad mexicana enfrenta exactamente esa disyuntiva. Normalizar la cercanía con el crimen, romantizar el poder ilegal o justificar relaciones oscuras por conveniencia económica puede terminar destruyendo todavía más el tejido social.

    La salida no está en polarizar al país ni en convertir cada elección en una guerra de exterminio político. Tampoco en usar agencias extranjeras como instrumentos electorales. La verdadera salida está en reconstruir instituciones, fortalecer valores, recuperar el respeto por la legalidad y alejarnos de todo aquello que huela a crimen, corrupción o terrorismo, como debimos hacerlo desde hace décadas.

    Porque cuando una sociedad comienza a convivir cómodamente con el mal, tarde o temprano termina consumiendo la manzana completa.

  • Pique y la pelota del 86

    Pique y la pelota del 86

    La controversia que ha causado la propuesta de modificar el calendario escolar para que los estudiantes salgan de vacaciones el próximo 5 de junio ha provocado un auténtico revuelo en todos los niveles de la sociedad. Políticos, empresarios, analistas de café, expertos de redes sociales y hasta la KGB por decirlo de manera coloquial ya tienen una opinión sobre el tema. Pero dejando de lado la grilla y el escándalo mediático, vale la pena analizar qué hay realmente detrás de esta decisión y por qué incomoda tanto a unos mientras beneficia a otros.

    La Secretaría de Educación Pública ha puesto sobre la mesa una realidad que por años se evitó enfrentar: el calor extremo en México ya no es una excepción, es una constante. En distintos estados del país las temperaturas han superado récords históricos durante los últimos años. Medios nacionales como El Universal, Milenio y La Jornada han documentado cómo cientos de planteles educativos operan sin aire acondicionado, con ventilación deficiente y bajo condiciones prácticamente insoportables para alumnos y maestros.

    Y sí, es entendible el enojo de muchos padres de familia. Particularmente de aquellos hogares donde ambos trabajan, de madres o padres solteros, divorciados o familias que dependen de horarios laborales rígidos para sostener la economía del hogar. Tener a los hijos en casa antes de lo programado representa un problema logístico y económico real. Nadie puede negar eso.

    Sin embargo, también hay otra realidad que no podemos ignorar: México no está preparado para el cambio climático. Cada año los veranos serán más intensos y los inviernos más agresivos. Y mientras eso sucede, el país sigue construyendo escuelas, viviendas, oficinas y edificios sin verdaderos estándares de aislamiento térmico, eficiencia energética o climatización adecuada.

    Ahí es donde debería centrarse el verdadero debate nacional.

    Las cámaras de vivienda, los desarrolladores, los colegios de ingenieros, arquitectos y las autoridades deberían estar discutiendo desde ahora nuevos códigos de construcción adaptados al futuro climático del país. Porque hoy en México prácticamente no existen normas contundentes que obliguen a resolver el problema de la termicidad en las edificaciones. En el tema escolar, la regla tendría que ser clara: todo plantel educativo debería contar con climatización, aislamiento térmico y sistemas adecuados de ventilación.

    Pero mientras unos hablan del calor, otros aseguran que el verdadero motivo del ajuste escolar tiene nombre y apellido: Mundial de Futbol 2026.

    Y sinceramente… tampoco sería una locura.

    México vive el futbol con una pasión difícil de explicar. El balón forma parte de la identidad cultural de millones de personas. Para muchos de nosotros, la infancia quedó marcada por aquellos momentos mágicos frente al televisor viendo el Mundial de México 86. Recordar a Pique es recordar una época donde el futbol paralizaba calles enteras, donde los niños salían a jugar después de cada partido y donde las cascaritas duraban hasta que anochecía.

    Yo todavía recuerdo a Diego Armando Maradona levantando al mundo entero con aquella actuación histórica. Recuerdo la famosa “mano de Dios”, recuerdo el himno de Italia 90, recuerdo la emoción de vivir el futbol desde la mirada inocente de un niño. Era una época donde el balón todavía competía contra la televisión… hoy compite contra TikTok, videojuegos y teléfonos celulares.

    Y cómo olvidar aquella pasión por tener el balón oficial del Mundial. Recuerdo perfectamente el famoso Etrusco Unico y posteriormente aquellos modelos que marcaron los años 90. Recuerdo muy bien haber logrado que mi padre, con mucho esfuerzo, me llevara a comprar uno a una tienda deportiva en Veracruz. Para muchos quizá era solo un balón, pero para uno de niño era como tocar un pedazo del Mundial con las manos.

    Y sí, yo fui como millones de mexicanos que hoy ya somos adultos: aquel niño que salía con su balón debajo del brazo a esperar quiénes de la cuadra iban saliendo para armar la cascarita. No hacían falta canchas profesionales, ni uniformes caros, ni redes nuevas; bastaban dos piedras como portería, ganas de jugar y la ilusión de meter el gol del triunfo antes de que anocheciera.

    Quizá por eso el Mundial sigue despertando tantas emociones. Porque más allá del negocio, la política o el espectáculo, el futbol todavía tiene la capacidad de unir recuerdos, familias y generaciones enteras.

    Y aunque hoy existan voces que cuestionen cada decisión gubernamental, también debemos entender que hay momentos que trascienden la política. Si este Mundial logra que millones de niños se despeguen un poco de los teléfonos, apaguen la consola por unas horas y vuelvan a salir a la calle con un balón bajo el brazo, quizá estaremos recuperando algo que como sociedad habíamos perdido.

    Porque hubo una generación que creció esperando escuchar el silbatazo inicial para salir corriendo a jugar.

    Una generación que aprendió amistad, competencia, compañerismo y hasta liderazgo en una simple cascarita de barrio.

    Una generación que todavía recuerda el olor del balón nuevo, el polvo de la calle y los gritos de gol desde la banqueta.

    Tal vez México también necesita volver un poco a eso.

    A la emoción sencilla. A la convivencia. A la pasión por el deporte. Y a esa hermosa costumbre de esperar a los amigos de la cuadra para echar una cascarita hasta que la noche obligara a regresar a casa.

  • Verano peligroso a la vuelta de la esquina

    Verano peligroso a la vuelta de la esquina

    En días recientes, México ha vuelto a entrar en una zona de tensión política y diplomática. El caso del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, señalado por autoridades de Estados Unidos por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, ha sido utilizado por distintos actores políticos como bandera de ataque, propaganda y posicionamiento mediático. La pregunta de fondo no es menor: ¿buscan justicia o buscan debilitar al régimen actual?

    La acusación de Estados Unidos contra Rocha Moya y otros funcionarios mexicanos ha provocado una sacudida nacional. De acuerdo con reportes internacionales, el caso involucra señalamientos por narcotráfico, armas y presunta protección a una facción del Cártel de Sinaloa; Rocha ha negado las acusaciones y el gobierno mexicano ha insistido en revisar pruebas, defender la soberanía y respetar el debido proceso.

    Pero el problema no nació ayer. Quienes hoy se rasgan las vestiduras deberían recordar que la crisis de seguridad en México no empezó con Morena, ni con la 4T, ni con este gobierno. Desde por lo menos 2008, el país arrastra una descomposición profunda: territorios capturados, policías rebasadas, funcionarios corrompidos, rutas de droga consolidadas y una frontera convertida en tablero de intereses criminales, políticos y económicos.

    La oposición ha encontrado en el caso Sinaloa una oportunidad perfecta para gritar “narcoestado”, pero guarda silencio cuando la historia obliga a mirar más atrás. El narcotráfico mexicano tiene raíces largas. Estudios académicos sobre la narcocultura y el desarrollo del tráfico de drogas en México ubican procesos históricos que van desde la producción de amapola, el auge del contrabando en el siglo XX y la inserción del país en redes globales de estupefacientes desde los años noventa.

    Por eso el debate debe ser serio. Si hay funcionarios culpables, que se investigue, se pruebe y se castigue. Pero que se castigue a todos. No solamente a los de Morena. No solamente a los que hoy son políticamente útiles para construir una narrativa. ¿Dónde están los expedientes de quienes durante décadas convivieron con el crimen organizado? ¿Dónde están los que operaron desde gobiernos estatales, corporaciones policiacas, aduanas, bancos, campañas políticas y redes empresariales?

    Estados Unidos también debe actuar con cautela. Su nueva estrategia antiterrorista endurece el lenguaje contra cárteles y pandillas, y la propia Casa Blanca ha planteado que ya no permitirá que esas organizaciones operen libremente en la región o trafiquen drogas, armas, mujeres y niños hacia su territorio. Pero si la justicia norteamericana solo apunta hacia un color político, el mensaje se contamina. La cooperación bilateral debe servir para limpiar, no para intervenir selectivamente.

    México necesita inteligencia de Estado, no espionaje político barato. El viejo CISEN fue sustituido por el Centro Nacional de Inteligencia, pero el país requiere una estructura capaz de anticipar riesgos reales: financiamiento de campañas de odio, grupos violentos infiltrados en protestas, redes criminales, protección política, desinformación y operaciones diseñadas para incendiar el ambiente nacional. El propio CNI tiene entre sus funciones aportar información para prevenir amenazas contra la soberanía, las instituciones y la gobernabilidad democrática.

    Porque viene un verano peligroso. La combinación de acusaciones internacionales, campañas digitales, violencia criminal, polarización política y presión electoral puede convertirse en una tormenta. Y cuando el país se calienta, siempre aparecen los mismos: los que financian el caos, los que gritan desde lejos, los que usan la tragedia como negocio y los que jamás quieren que México encuentre estabilidad.

    Ojalá este caso de narcoterroristas, narcopolíticos, huachicoleros y operadores criminales llegue hasta donde tenga que llegar. Pero que llegue completo. Que no se use como garrote político. Que no sea justicia selectiva. Que no se convierta en espectáculo de temporada.

    Porque México no necesita más propaganda disfrazada de indignación.

    México necesita verdad, soberanía, inteligencia y castigo para quien lo merezca.