Categoría: Carlos Castillo

  • VISAS, DENUNCIAS Y NARCOCANDIDATOS: LOS NUEVOS TIEMPOS ENTRE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS

    VISAS, DENUNCIAS Y NARCOCANDIDATOS: LOS NUEVOS TIEMPOS ENTRE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS

    La cancelación de la visa estadounidense de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, ha provocado una nueva tormenta política en México y, como sucede frecuentemente en estos tiempos, inmediatamente aparecieron quienes pretenden convertir una decisión administrativa del gobierno estadounidense en una sentencia de culpabilidad y quienes, desde el otro extremo, quieren presentarla necesariamente como una persecución política. Creo que ambas posiciones se adelantan a los hechos.

    Hay que comenzar por entender algo fundamental: tener una visa estadounidense no constituye un derecho permanente de entrada a Estados Unidos. Es una autorización migratoria que puede ser revisada y, bajo determinadas circunstancias, revocada por las autoridades de ese país. El caso de Andrés Manuel López Beltrán adquiere relevancia por tratarse del hijo de un expresidente de México y de un personaje importante dentro de Morena, pero forma parte de un contexto migratorio mucho más amplio.

    El Departamento de Estado informó recientemente que durante la actual administración de Donald Trump han sido revocadas más de 175 mil visas. Entre las razones señaladas por las autoridades estadounidenses aparecen violaciones a las condiciones de la visa, problemas relacionados con la ley y cuestiones de seguridad nacional. Se han mencionado casos relacionados con conducir bajo los efectos del alcohol o las drogas, agresiones, robos, fraude y otras conductas que pueden generar problemas migratorios para extranjeros.

    La Embajada de Estados Unidos en México fue igualmente clara después de conocerse el caso de López Beltrán: una visa puede ser cancelada cuando existan razones para hacerlo, independientemente de quién sea su titular.

    Ese contexto resulta fundamental porque hoy el tema migratorio estadounidense es mucho más complejo de lo que muchos mexicanos imaginan. Sobreestadías, determinadas violaciones migratorias, ciertos antecedentes o conductas delictivas y otra información considerada relevante por las autoridades pueden generar consecuencias sobre una visa. Incluso el manual del Departamento de Estado contempla las llamadas ¨prudential revocations¨, mediante las cuales una visa puede ser revocada cuando llega determinada información adversa procedente de agencias estadounidenses de seguridad, inteligencia o aplicación de la ley.

    Sin embargo, aquí debemos tener muchísimo cuidado. Una visa cancelada no equivale a una sentencia penal ni demuestra automáticamente que una persona haya cometido un delito. Tampoco una simple denuncia presentada por alguien significa automáticamente que el gobierno estadounidense cancelará la visa del denunciado. Las propias reglas consulares establecen que una visa no debe revocarse simplemente por sospechas o por información negativa insuficiente para establecer una causal correspondiente.

    Una denuncia puede provocar que una autoridad revise determinada información, pero de ahí a afirmar que existe culpabilidad hay una distancia enorme.

    Y precisamente por eso considero delicado el ambiente político que estamos viviendo entre México y Estados Unidos.

    Durante los últimos meses hemos observado a políticos mexicanos acudir a Estados Unidos para presentar denuncias, señalamientos o información relacionada con presuntos vínculos entre adversarios políticos y el crimen organizado. Denunciar ante las autoridades competentes es perfectamente válido. Si alguien posee pruebas sobre narcotráfico, corrupción, lavado de dinero o cualquier otro delito, tiene derecho a presentarlas y corresponde a las autoridades determinar si existe materia para investigar.

    Pero quien acusa también adquiere una responsabilidad.

    Una cosa es presentar hechos, documentos, operaciones financieras, nombres, fechas y elementos susceptibles de ser investigados, y otra completamente diferente es trasladar la guerra política mexicana a instituciones estadounidenses esperando que una acusación produzca consecuencias migratorias contra un adversario.

    Por eso las autoridades estadounidenses también deben verificar cuidadosamente la información que reciben. Si alguien proporciona deliberadamente información falsa a una autoridad estadounidense, deberá responder conforme a la legislación que resulte aplicable. La justicia no puede funcionar únicamente en una dirección.

    Como dice el viejo refrán mexicano, ¨tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata¨.

    No afirmo que eso haya sucedido en el caso de Andrés Manuel López Beltrán. No existe, hasta donde conocemos públicamente, evidencia suficiente para asegurar que la cancelación de su visa haya sido producto de una denuncia fabricada, de una investigación criminal o de alguna acusación determinada. Precisamente por eso sería irresponsable inventar una historia para llenar los espacios que Washington mantiene en reserva.

    Lo que sí sabemos es que Estados Unidos canceló su visa y que las razones específicas no han sido divulgadas públicamente. También sabemos que los expedientes de visa tienen un alto grado de confidencialidad bajo la legislación estadounidense.

    Por eso considero que López Beltrán debería poner a trabajar a buenos abogados estadounidenses. No solamente para analizar la posibilidad de solicitar nuevamente una visa, sino para determinar, hasta donde legalmente sea posible, qué originó la decisión y si existe algún otro asunto relacionado que requiera atención.

    Una visa cancelada puede ser simplemente una determinación migratoria. Pero si existiera una investigación independiente, la cancelación del documento no necesariamente significaría que el asunto desapareció. Son cuestiones jurídicas diferentes y precisamente por ello no conviene ni minimizar la situación ni convertirla en una condena anticipada.

    Estamos entrando en una etapa particularmente delicada de la relación entre México y Estados Unidos. Washington ha endurecido considerablemente su política migratoria y de seguridad, y México atraviesa simultáneamente una confrontación política en la que las palabras “narcopolítico”, “narcogobierno” y “narcocandidato” aparecen cada vez con mayor facilidad.

    Eso me preocupa.

    Porque si permitimos que una acusación sea suficiente para destruir políticamente a una persona, tarde o temprano todos los partidos terminarán utilizando la misma herramienta.

    Si existen pruebas, que se investiguen. Si existen delitos, que se castiguen. Si existen políticos vinculados con organizaciones criminales, que no aparezcan en una boleta electoral y que respondan ante la justicia. Pero si no existen elementos suficientes, una declaración, un video, una publicación en redes sociales o una denuncia sin comprobar no pueden sustituir al debido proceso.

    Y precisamente ahí cobra importancia lo expresado recientemente por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo respecto a las elecciones de 2027. La presidenta ha señalado que el Gabinete de Seguridad se encuentra preparado para detectar posibles candidatos relacionados con el crimen organizado y que la Unidad de Inteligencia Financiera realiza investigaciones de manera permanente.

    El gobierno federal también ha planteado mecanismos para revisar información de aspirantes mediante instituciones del Estado.

    Me parece correcto, siempre que se haga quirúrgicamente, con evidencia y sin colores partidistas.

    México no puede darse el lujo de permitir narcocandidatos en 2027, pero tampoco puede permitir que la etiqueta de “narco” se convierta en un instrumento electoral para eliminar adversarios. Morena, PAN, PRI, Movimiento Ciudadano o cualquier otro partido deben ser medidos exactamente con la misma vara.

    Si hay pruebas, que caiga quien tenga que caer.

    Y si alguien acusa falsamente, que también responda.

    Dentro de toda esta discusión llamó mi atención la explicación que Luisa María Alcalde sostuvo recientemente frente a Joaquín López-Dóriga. Más allá de simpatías partidistas, me pareció un encuentro interesante entre dos personas que saben perfectamente cómo manejar los medios.

    Desde mi perspectiva personal, don Joaquín López-Dóriga es un gran periodista y tiene muchísimas tablas. Sabe preguntar, regresar sobre una respuesta, conducir una conversación y manejar los tiempos de una entrevista. Se podrá estar o no de acuerdo con él, pero sería absurdo negar la experiencia que tiene frente a un micrófono.

    Luisa María Alcalde tiene otro estilo. Con un tono mucho más tranquilo intentó explicar su posición y sostenerla frente a un entrevistador experimentado. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: dos personas con experiencia defendiendo sus posiciones sin necesidad de convertir la conversación en un espectáculo de gritos.

    Ambos tienen muchas tablas.

    Y hablando de personajes que comienzan a adquirir presencia, quiero mencionar al diputado Arturo Ávila.

    Recientemente he utilizado servicios de taxi y plataformas en diferentes ciudades de México. Siempre me ha gustado conversar con los conductores porque tienen contacto diariamente con personas de todos los sectores sociales y suelen ofrecer una lectura interesante del ánimo de la calle.

    No pretendo convertir esas conversaciones en una encuesta científica porque evidentemente no lo son. Pero cuando uno abre el tema del gobierno, Morena y eventualmente los posibles sucesores o personajes que vienen creciendo políticamente, me ha llamado la atención escuchar repetidamente el nombre de Arturo Ávila.

    El diputado ha sabido construir presencia en los medios, defender sus posiciones y colocar su nombre en la conversación pública. Por lo que personalmente he escuchado en estas conversaciones, tiene aceptación y comienza a ser reconocido por ciudadanos que quizá nunca han tenido contacto directo con él.

    Eso, en política, cuenta.

    Las encuestas profesionales tendrán en su momento la responsabilidad de medir porcentajes, conocimiento, positivos y negativos. Yo solamente puedo hablar de lo que he escuchado en la calle y, desde esa perspectiva, Arturo Ávila parece estar haciendo bien su trabajo.

    Felicidades por el desempeño, diputado.

    México se aproxima a 2027 en un escenario muy distinto al de elecciones anteriores. Tenemos una relación más complicada con Estados Unidos, una política migratoria estadounidense mucho más estricta, una batalla bilateral contra organizaciones criminales y una confrontación política mexicana en la que cada vez aparecen acusaciones más graves.

    Precisamente por eso necesitamos prudencia.

    La cancelación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán merece atención, pero no una sentencia fabricada desde las redes sociales. Los más de ¨175 mil visados revocados¨ por Estados Unidos ayudan a dimensionar que estamos ante una política mucho más amplia y que no todo retiro de visa significa narcotráfico, corrupción o una investigación penal.

    Al mismo tiempo, tampoco debemos minimizar una decisión de esa naturaleza cuando afecta a personajes de alto nivel político. Corresponde a sus abogados determinar qué pueden conocer y qué acciones pueden emprender.

    Y a los políticos mexicanos que viajan a Estados Unidos para denunciar a sus adversarios también les corresponde una enorme responsabilidad: ¨llevar pruebas, no historias; hechos, no rumores¨.

    Estados Unidos investigará lo que considere que afecta su seguridad y decidirá quién puede ingresar a su territorio. México, por su parte, tiene que hacer su propio trabajo.

    Si realmente queremos llegar a las elecciones de 2027 sin narcocandidatos, que se investigue.

    Pero que se investigue a todos.

    Sin apellidos.

    Sin partidos.

    Sin amigos.

    Sin enemigos.

    Y, sobre todo, ¨con pruebas¨.

    Porque cuando una acusación sustituye a una investigación y la política sustituye a la justicia, ya no importa quién tenga la razón.

    El país entero termina perdiendo.

  • ENTRE NARCOPOLÍTICOS, FAKE NEWS Y PLEITOS DE GUAJOLOTES

    ENTRE NARCOPOLÍTICOS, FAKE NEWS Y PLEITOS DE GUAJOLOTES

    Graves y particularmente delicadas son las acusaciones que viene realizando Alejandro “Alito” Moreno, presidente nacional del PRI y senador de la República, cuando habla públicamente de políticos presuntamente relacionados con el crimen organizado o el narcotráfico. Y aquí quisiera detenerme un momento, porque una cosa es la confrontación política, otra muy distinta es una denuncia y otra todavía más seria es señalar públicamente a personas atribuyéndoles posibles relaciones con organizaciones criminales.

    Alejandro Moreno ha utilizado expresiones como “narcopolíticos” y “narcopartido” para referirse a sus adversarios. El propio PRI publicó el pasado 7 de junio un comunicado encabezado con una declaración suya: “En Coahuila barrimos a los narcopolíticos de Morena”. Además, Moreno ha llevado algunos de sus señalamientos a Estados Unidos, donde ha denunciado lo que considera autoritarismo y persecución política en México y ha insistido en acusaciones relacionadas con presuntos vínculos entre personajes del oficialismo y el crimen organizado.

    Eso, viniendo del presidente nacional de un partido y de un senador de la República, me parece que merece mucho más que aplausos, gritos, entrevistas o publicaciones en redes sociales. Si el senador posee información concreta sobre políticos relacionados con el narcotráfico, entonces debería presentarla ante las autoridades correspondientes. Si conoce nombres, operaciones, circunstancias, movimientos financieros o cualquier otro elemento que pueda constituir evidencia, que lo entregue y que se investigue. Y si una autoridad considera necesario citarlo para que explique lo que sabe y aporte los elementos que dice tener, tampoco me parecería descabellado. Ya estuvo bueno de convertir acusaciones de semejante gravedad en simples instrumentos de propaganda electoral.

    Porque llamar narcotraficante a alguien no es decirle mal gobernante, corrupto, incompetente o mentiroso. Estamos hablando de atribuirle posibles relaciones con delitos gravísimos. Si queremos vivir en un verdadero Estado de derecho, entonces las acusaciones deben investigarse independientemente del color partidista del señalado. Morena, PRI, PAN, Movimiento Ciudadano o quien sea. Si existen pruebas, que se proceda; si existen indicios serios, que se investiguen; pero si solamente existen discursos, entonces tengamos mucho cuidado de convertir la sospecha en sentencia simplemente porque apareció en X, Facebook, YouTube o en una conferencia de prensa.

    Tampoco me parece prudente que un senador de la República y, más aún, dirigente nacional de un partido político, en su intento legítimo por recuperar espacios, simpatizantes y finalmente votos, termine construyendo toda una estrategia alrededor de desacreditar las acciones del Gobierno mexicano sin reconocer aquello que también ha sido reconocido fuera del país. Esto no significa que debamos aplaudirle todo al Gobierno ni mucho menos que México haya resuelto el problema del narcotráfico. Sería absurdo afirmarlo. Pero la relación de seguridad entre México y Estados Unidos ha mantenido mecanismos de cooperación y funcionarios estadounidenses han reconocido públicamente resultados de esa colaboración. Entonces tampoco podemos construir una realidad donde absolutamente nada sirve simplemente porque electoralmente conviene decirlo.

    Y de ahí pasamos precisamente al otro gran asunto de estos días: quién dice la verdad, quién miente y quién tiene derecho a decidirlo.

    Me llamó particularmente la atención la reacción del prestigiado periodista Joaquín López-Dóriga respecto de las acciones de Luisa María Alcalde y el ejercicio gubernamental denominado “Derecho de Réplica”. Hay algo incluso curioso en esta historia, porque fue precisamente en una entrevista con López-Dóriga donde Alcalde explicó el proyecto antes de que comenzara formalmente. La intención, según explicó entonces, sería identificar información que el Gobierno considera falsa, contrastarla con datos oficiales y responder públicamente.

    Aquí la discusión se vuelve mucho más interesante que simplemente decidir si estamos con el periodista o con el Gobierno.

    La prensa tiene que ser libre. Completamente libre. Un periodista debe poder investigar al presidente, a sus hijos, a un gobernador, a un senador, a un empresario, a un general o a quien sea sin pedir permiso y sin miedo a represalias. Esa libertad es indispensable en cualquier democracia que pretenda llamarse así. Pero la libertad de prensa tampoco puede significar que todo lo publicado automáticamente se convierta en verdad.

    Hay mucha información que se publica y después resulta falsa, incompleta, exagerada o simplemente imposible de comprobar. Donald Trump convirtió la expresión “fake news” en parte del lenguaje político mundial, pero el fenómeno evidentemente no nació con él. Lo que sí cambió radicalmente fueron las redes sociales. Hoy basta un teléfono celular y unos cuantos segundos para que una acusación pueda recorrer un país entero antes de que la persona señalada tenga siquiera oportunidad de enterarse.

    El poder de un medio de comunicación es enorme y precisamente por eso debe utilizarse con responsabilidad. Una noticia falsa puede destruir una reputación construida durante décadas. Puede afectar una familia, una empresa, una carrera profesional o una trayectoria política. Y después resulta prácticamente imposible regresar las cosas al punto donde estaban, porque la aclaración normalmente nunca alcanza la misma difusión que tuvo el escándalo.

    Pero aquí también debemos aplicar exactamente la misma regla al Gobierno. Si desde Palacio Nacional se afirma que determinada información periodística es falsa, entonces que se demuestre. Que presenten documentos, cifras, fechas y evidencias. El derecho de réplica es perfectamente legítimo; la censura no. Aclarar una noticia es válido; intimidar al periodista por publicar algo incómodo sería otra cosa completamente diferente.

    Entonces ni el Gobierno tiene derecho automático a la verdad por ser Gobierno ni un periodista tiene derecho automático a la verdad por ser periodista. Ambos deben responder por lo que dicen.

    Y mientras discutimos sobre verdad, mentira, narcotráfico, libertad de expresión y responsabilidad pública, nuestros representantes populares decidieron regalarnos un espectáculo que parecía más un pleito de guajolotes que una discusión entre legisladores.

    Los diputados Carlos Gutiérrez Mancilla, del PRI, y Arturo Ávila, de Morena, protagonizaron un enfrentamiento en instalaciones del Senado que comenzó con acusaciones políticas y terminó entre insultos, jaloneos y empujones. Entre las expresiones que aparecieron durante la confrontación estuvieron “vocero del narco” y “porro de Alito”.

    Y ahí está nuevamente la palabra mágica de nuestra política actual: narco.

    Otra vez el narcotráfico convertido en insulto. Otra vez una acusación gravísima utilizada como proyectil político. Otra vez las palabras llegando mucho más rápido que las pruebas.

    Vi las imágenes y, independientemente de las simpatías políticas que cada quien pueda tener, me parece que Arturo Ávila hizo bien en no llevar el enfrentamiento todavía más lejos. Lo estaban provocando, hubo intercambio de palabras y evidentemente los ánimos estaban encendidos, pero precisamente ahí es donde un representante popular tiene que recordar dónde está y qué representa. En política no siempre gana quien pega más fuerte ni quien grita más. Muchas veces gana quien entiende cuándo no caer en la provocación.

    Y para ponerle la cereza al pastel apareció nuevamente Alejandro Moreno diciendo, palabras más, palabras menos, que él sí le habría entrado y habría puesto a Ávila “en su lugar”.

    No todo es pelear, señor Moreno.

    La política necesita firmeza, claro que sí. Necesita oposición, debate, denuncia y políticos capaces de defender con energía aquello en lo que creen. Pero el Congreso de la Unión no puede convertirse en una sucursal de la Arena México. Para eso existen las tribunas, los debates, las investigaciones, las fiscalías y, cuando corresponde, los tribunales.

    Y no lo digo por defender a la 4T.

    Lo digo por su apellido.

    Moreno.

    Porque casualmente quien escribe estas líneas también lleva ese apellido dentro de su propia historia familiar y sé perfectamente que no todos los Moreno pensamos igual, ni necesitamos resolver nuestras diferencias a golpes.

    Respecto de Arturo Ávila y Luisa María Alcalde, también hemos visto cómo desde hace meses se publican versiones sobre una supuesta relación sentimental entre ambos. Hasta pareja los hicieron ya. Carlos Loret de Mola escribió sobre esa presunta relación desde abril. Pero aquí vuelvo exactamente al mismo principio: una cosa es lo que se publica, otra lo que puede demostrarse y otra muy diferente aquello que realmente tiene relevancia pública.

    Si son pareja o no, francamente pertenece a su vida privada mientras no exista alguna consecuencia comprobable sobre el ejercicio de sus responsabilidades. Lo que sí podemos evaluar es su desempeño público. A Luisa María Alcalde por sus decisiones políticas y partidistas, y a Arturo Ávila por su actuación como legislador. Lo demás corre el riesgo de convertirse simplemente en combustible para las redes sociales.

    Y quizá ahí está precisamente el problema que atraviesa todos estos acontecimientos.

    Nos estamos acostumbrando peligrosamente a una política donde primero se acusa y después, si acaso, se investiga; donde una publicación en redes sociales puede adquirir para millones de personas el mismo valor que una carpeta de investigación; donde una declaración política se convierte en sentencia y donde una información periodística es inmediatamente considerada verdadera o falsa dependiendo únicamente de quién la publicó y de qué lado político estamos nosotros.

    Eso no fortalece la democracia.

    Si Alejandro Moreno tiene pruebas de políticos relacionados con el narcotráfico, que las presente y que las autoridades investiguen hasta las últimas consecuencias. Si el Gobierno afirma que una información publicada por un periodista es falsa, que presente las pruebas que la desmienten. Si un periodista realiza una acusación, que tenga las fuentes y los elementos suficientes para sostenerla. Y si dos diputados tienen diferencias políticas, que las resuelvan con argumentos desde la tribuna y no a empujones en los pasillos.

    Porque México tiene problemas demasiado serios como para reducir la discusión nacional a hashtags, acusaciones sin expediente, rumores sentimentales y pleitos de guajolotes.

    La verdad no debería tener partido.

    Y las pruebas tampoco.

  • ENTRE REFLECTORES, DENUNCIAS Y VERDADES A MEDIAS

    ENTRE REFLECTORES, DENUNCIAS Y VERDADES A MEDIAS

    El senador Alejandro “Alito” Moreno parece haber entendido perfectamente cómo funciona la política en estos tiempos: cuando siente que su nombre comienza a apagarse un poco, encuentra rápidamente la manera de volver a encenderlo. Una denuncia, un pleito, una declaración explosiva o cualquier asunto suficientemente llamativo sirve para regresar a los titulares. Hace apenas unos días lo vimos nuevamente visitando Estados Unidos, viaje que me imagino también aprovechará para comprarse algunos pares de esos zapatos que tanto le gusta usar, algunos trajes, corbatas y camisas. Y ya que Nueva York le queda relativamente de paso, seguramente debe tener por allá algún sastre que conoce perfectamente sus medidas, porque hay que reconocer que la ropa que utiliza se ve fina y el senador cuida bastante bien esos detalles.

    Pero dejando a un lado la ironía, resulta particularmente interesante la denuncia que Moreno decidió llevar al país vecino contra tres consejeros del Instituto Nacional Electoral: Arturo Castillo Loza, Rita Bell López Vences y Frida Denisse Gómez Puga. El senador solicitó que sus actuaciones sean examinadas en Estados Unidos bajo el marco de la Global Magnitsky Act, a raíz de la controversia generada por las medidas cautelares relacionadas con publicaciones suyas en las que calificaba a Morena como “narcopartido”.

    Aquí comienza lo verdaderamente curioso del asunto. El INE es un organismo constitucional autónomo mexicano y para revisar sus determinaciones México cuenta con instituciones y mecanismos jurisdiccionales propios, entre ellos el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Entonces resulta por lo menos extraño que una diferencia surgida dentro del sistema político y electoral mexicano termine trasladándose al Departamento de Estado de los Estados Unidos. Presentar una denuncia allá no significa automáticamente que exista una injerencia extranjera, por supuesto, pero sería interesante observar qué ocurriría si alguna autoridad estadounidense decidiera efectivamente intervenir o sancionar a funcionarios mexicanos por decisiones adoptadas en el ejercicio de sus atribuciones. Ahí sí comenzaríamos a entrar en una conversación bastante más delicada sobre soberanía e intervención extranjera.

    Para eso tenemos autoridades judiciales en México, para eso existe el Tribunal Electoral y para eso existe todo un sistema constitucional diseñado precisamente para resolver diferencias entre partidos, candidatos, ciudadanos y autoridades electorales. Si cada vez que una resolución no nos gusta buscamos que otro país intervenga, entonces algo estamos entendiendo mal sobre la autonomía de nuestras propias instituciones.

    Pero bueno, quizá Alejandro Moreno también ha comprendido algo que los influencers descubrieron hace bastante tiempo: hasta las malas noticias generan seguidores. Hoy una denuncia produce titulares, un enfrentamiento genera reproducciones y una frase escandalosa garantiza entrevistas. En la política moderna muchas veces importa tanto permanecer dentro de la conversación como el contenido mismo de esa conversación.

    Y hablando precisamente de noticias, acusaciones y verdades que todavía necesitan demostrarse, me llamó la atención una publicación de Azucena Uresti relacionada con Andrés Manuel López Beltrán y el enorme asunto del llamado huachicol fiscal. Durante los últimos meses han circulado testimonios, investigaciones periodísticas y señalamientos en los que aparece mencionado el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Pero aquí debemos hacer una distinción fundamental: que una persona aparezca mencionada dentro de un testimonio, una declaración o una publicación periodística no significa que su responsabilidad penal haya quedado demostrada.

    Andrés López Beltrán ha rechazado públicamente acusaciones que pretenden relacionarlo con actividades criminales y ha pedido que quienes realizan esos señalamientos presenten pruebas. Y sinceramente, mientras no aparezcan esas pruebas, yo personalmente encuentro difícil imaginar que un político o el hijo de un expresidente decida involucrarse directamente en la operación de negocios ilícitos. Tendría que existir prácticamente una necesidad extraordinaria de adrenalina, porque alrededor del poder existen millones de oportunidades para hacer negocios completamente lícitos sin necesidad de convertirse en colaborador de una organización criminal.

    Ahora bien, que yo lo considere improbable tampoco demuestra que sea inocente. Esa es precisamente la diferencia que muchas veces estamos perdiendo. Mi opinión no es una sentencia absolutoria, de la misma manera que la acusación de un periodista, un testigo o un adversario político tampoco constituye una sentencia condenatoria. Para eso existen investigaciones, fiscalías, expedientes, pruebas, jueces y tribunales. Más adelante veremos qué resulta de todas estas investigaciones sobre el huachicol fiscal y hasta dónde llegan realmente las responsabilidades. Si existen pruebas contra quien sea, que se presenten; si existen delitos, que se persigan, sin importar apellido, partido político o posición dentro del gobierno.

    Y regresamos inevitablemente a Alejandro Moreno, quien nuevamente ha utilizado una expresión bastante dramática al señalar que nadie lo va a callar y que, si fuera necesario, está dispuesto incluso a pagar con su vida. Francamente, ya chole con ese tema. Aquí nadie debería querer callar a Alejandro Moreno ni a ningún otro político. Tampoco se trata de censurar periodistas, medios de comunicación, ciudadanos o adversarios del gobierno. Se trata de algo muchísimo más sencillo: no decir mentiras y, cuando se realizan acusaciones graves, poder demostrarlas.

    No confundamos censura con responsabilidad.

    La libertad de expresión es indispensable en una democracia y México necesita protegerla particularmente porque nuestro país sigue siendo peligroso para muchos periodistas. Necesitamos periodistas incómodos, investigadores, reporteros que cuestionen al gobierno y medios capaces de exhibir aquello que el poder preferiría mantener escondido. Pero precisamente por eso el periodismo serio debe diferenciar una investigación de un rumor, un testimonio de una prueba y una acusación de una sentencia.

    Porque hoy pareciera que basta colocar una fotografía, un encabezado espectacular y algunos signos de interrogación para convertir cualquier versión en noticia. Después vienen miles de reproducciones, comentarios, programas de televisión, mesas de análisis y publicaciones en redes sociales. Para cuando aparece una aclaración, la acusación original ya recorrió todo México.

    Y ahí es donde creo que también debemos defender a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum. Defenderla no significa impedir que la critiquen ni convertir cualquier cuestionamiento al gobierno en un ataque contra México. Al contrario: la presidenta debe ser cuestionada, observada y sometida permanentemente al escrutinio público. Para eso existe una prensa libre. Pero una cosa es cuestionar sus decisiones y otra muy diferente inventarle hechos, atribuirle responsabilidades sin pruebas o convertir especulaciones en verdades simplemente porque generan audiencia.

    Demasiadas mentiras circulan diariamente como para continuar aceptando que la reputación de cualquier persona pueda destruirse mediante una acusación que después nadie tiene obligación de demostrar. Y digo cualquier persona porque esta regla no puede depender del partido político. Debe aplicarse exactamente igual para Claudia Sheinbaum, para Alejandro Moreno, para Andrés Manuel López Beltrán, para Morena, para el PRI, para el PAN y para cualquier ciudadano.

    Si existen documentos, que se publiquen. Si existen pruebas, que se presenten. Si existe corrupción, que se investigue. Si existen delitos, que los responsables enfrenten a la justicia. Y si únicamente existe una acusación, entonces llamémosla exactamente por lo que es: una acusación.

    Lo que no podemos hacer es convertir la mentira en modelo de negocio y después llamar censura a cualquier intento por exigir responsabilidad. Si el negocio de algunos medios, políticos o personajes públicos consiste en decir mentiras para obtener audiencia, votos, seguidores o relevancia, entonces sí, se les acabó el negocio y punto. Pero si lo que existe es una investigación periodística seria, documentada y sustentada con evidencia, entonces nadie debería intentar callarla, mucho menos desde el poder.

    La libertad de expresión no necesita mentiras para sobrevivir y la verdad tampoco necesita censura para defenderse. Lo que ambas necesitan es algo que últimamente parece escasear demasiado en la conversación pública mexicana: pruebas.

  • ENTRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y EL DERECHO A NO SER CONDENADO POR UNA MENTIRA

    ENTRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y EL DERECHO A NO SER CONDENADO POR UNA MENTIRA

    Hay algo que estamos normalizando en México y que merece una reflexión seria. Hoy basta una publicación en redes sociales, una fotografía fuera de contexto, un supuesto documento filtrado o una declaración frente a una cámara para que una persona pueda pasar, en cuestión de horas, de ciudadano a culpable ante la opinión pública. Después vienen las aclaraciones, los desmentidos y algunas veces hasta las disculpas, pero casi siempre llegan cuando el daño ya está hecho.

    Vivimos posiblemente uno de los mejores momentos de la historia para ejercer la libertad de expresión. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para denunciar, investigar, cuestionar al poder y hacer pública una injusticia. Eso debemos defenderlo y conservarlo. El problema comienza cuando confundimos la libertad de expresión con una supuesta libertad para acusar sin asumir responsabilidad alguna por lo que se dice o publica.

    En días recientes vimos circular información relacionada con una supuesta orden de aprehensión contra el senador Adán Augusto López Hernández. Independientemente del personaje y del partido político al que pertenece, el episodio sirve perfectamente para observar la velocidad con la que funciona actualmente nuestro ecosistema informativo. Una versión aparece en algún sitio, alguien la reproduce, otros medios o cuentas la retoman y después llegan los encabezados, comentarios y publicaciones en redes sociales. En cuestión de horas miles de personas pueden estar discutiendo la culpabilidad de alguien sobre la base de información cuyo origen probablemente ni siquiera conocen.

    Y cuando finalmente aparece una aclaración, difícilmente consigue la misma difusión.

    Aquí existe una diferencia elemental que estamos comenzando a olvidar. Una denuncia no es una sentencia, una investigación tampoco representa una condena y la existencia de una carpeta de investigación no convierte automáticamente a una persona en delincuente. Mucho menos lo hace una publicación en Facebook, X, TikTok o cualquier otra plataforma. Sin embargo, hemos creado una especie de tribunal digital donde muchas veces primero dictamos sentencia y después nos preocupamos por conocer los hechos.

    Sería un error convertir esta discusión en otro enfrentamiento entre Morena, PAN, PRI o cualquier otro partido. Hoy puede tratarse de Adán Augusto López; mañana podría ser un senador de oposición, un gobernador, un empresario, un periodista, un médico, un maestro o cualquier ciudadano. El principio debería ser exactamente el mismo independientemente del nombre, posición económica o afiliación política de la persona involucrada.

    A lo largo de nuestra historia reciente hemos visto acusaciones públicas relacionadas con corrupción, fraude, abuso sexual, violación, narcotráfico, delincuencia organizada, terrorismo, robo y desfalco. Muchas terminaron comprobándose y quienes cometieron esos actos debieron responder ante la justicia. Otras nunca consiguieron acreditarse y algunas terminaron siendo completamente falsas. El problema es que cuando una acusación falsa consigue suficiente difusión, difícilmente la aclaración alcanza posteriormente a todas las personas que conocieron la primera versión.

    Una reputación puede tardar décadas en construirse y solamente unas horas en destruirse. Una acusación falsa puede provocar pérdida de clientes, contratos, empleos, amistades y oportunidades profesionales, además de afectar directamente a una familia. Meses o años después puede demostrarse que aquella información era incorrecta, pero para entonces las consecuencias económicas, personales y psicológicas pueden resultar prácticamente imposibles de revertir. El escándalo suele ocupar la primera plana; la aclaración, cuando existe, rara vez recibe el mismo espacio.

    Precisamente ahí existe una discusión jurídica y social que México debería tomarse mucho más en serio. La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha desarrollado criterios buscando un equilibrio entre dos derechos fundamentales: por un lado la libertad de expresión y, por otro, la protección del honor y la reputación. Ese equilibrio resulta indispensable porque cualquiera de los dos extremos puede ser peligroso.

    La solución definitivamente no puede consistir en que el gobierno determine qué información es verdadera y cuál es falsa. México necesita una prensa libre, incluso incómoda. Necesitamos periodistas investigando presidentes, gobernadores, senadores, alcaldes, empresarios, militares, policías, jueces y partidos políticos. Necesitamos medios capaces de publicar investigaciones aun cuando resulten incómodas para quienes tienen poder, y necesitamos instituciones capaces de proteger a quienes realizan ese trabajo.

    También debemos reconocer que existe una preocupación legítima por la utilización de procedimientos judiciales para intimidar periodistas. Una legislación mal diseñada podría terminar convirtiéndose en una herramienta perfecta para que alguien con poder económico o político amenace con demandas a cualquiera que pretenda investigarlo. Sería tan grave permitir la mentira deliberada como utilizar la justicia para impedir que alguien descubra una verdad incómoda.

    Por eso existe una distinción fundamental: equivocarse investigando no es lo mismo que mentir deliberadamente.

    Un periodista puede recibir información de una fuente que considera confiable, investigarla, contrastarla y publicar elementos que posteriormente resulten incorrectos. El periodismo no es una ciencia exacta y exigir infalibilidad sería prácticamente exigir silencio. Otra situación completamente distinta sería fabricar documentos, alterar información, inventar deliberadamente una acusación o presentar conscientemente como verdadero algo que se sabe falso con la finalidad de perjudicar a otra persona.

    Y esta responsabilidad no debería limitarse a los periodistas. Los políticos tendrían que someterse exactamente al mismo principio. Durante campañas electorales y enfrentamientos políticos escuchamos con enorme facilidad palabras como delincuente, corrupto, narcotraficante, criminal o ladrón. Algunas acusaciones pueden estar sustentadas y merecen investigarse; otras simplemente forman parte de una estrategia para destruir políticamente al adversario.

    La competencia electoral tampoco debería convertirse en una licencia para destruir reputaciones. Quien tenga conocimiento de un delito debe denunciarlo, quien posea documentos debe presentarlos y quien tenga elementos periodísticos debe investigarlos. Pero todos deberíamos recuperar la diferencia entre señalar una posible irregularidad, investigar los hechos, formular una acusación y declarar culpable a una persona. Son situaciones completamente distintas.

    Las redes sociales complicaron todavía más este fenómeno. Hace veinte años, para conseguir que una acusación alcanzara difusión nacional era necesario tener acceso a una televisora, una estación de radio o un periódico. Hoy cualquier persona con un teléfono puede publicar información que potencialmente alcance a millones de usuarios. Eso democratizó extraordinariamente la comunicación y constituye uno de los grandes avances de nuestra época, pero también democratizó la capacidad de destruir una reputación.

    Un ciudadano puede difundir un rumor desde su casa, un influencer convertirlo en tendencia y una cuenta anónima publicar un supuesto documento que miles de personas terminarán compartiendo sin preguntarse de dónde provino. La responsabilidad, por lo tanto, ya no puede considerarse exclusivamente un problema de los medios tradicionales. Es un asunto que involucra periodistas, políticos, funcionarios, empresarios, creadores de contenido y ciudadanos.

    Quizá por eso deberíamos hablar menos de censura y mucho más de responsabilidad.

    No necesitamos un ministerio de la verdad ni funcionarios revisando encabezados antes de que sean publicados. Mucho menos necesitamos periodistas solicitando permiso al gobierno para investigar. Lo que sí necesitamos es una cultura jurídica, política y periodística en la que la libertad tenga como compañera inseparable a la responsabilidad.

    México podría fortalecer los mecanismos de derecho de réplica y procurar que las aclaraciones tengan una relevancia razonablemente proporcional a la publicación que originó el daño. También resulta necesario que los mecanismos civiles relacionados con el daño moral funcionen correctamente cuando realmente pueda demostrarse una afectación, y que fabricar documentos o pruebas con la intención de incriminar públicamente a alguien tenga consecuencias conforme a derecho. Al mismo tiempo, las protecciones para periodistas deben ser suficientemente fuertes para impedir que políticos, empresarios o funcionarios conviertan una demanda en un instrumento de intimidación.

    Encontrar ese equilibrio no será sencillo, pero resulta indispensable.

    El periodismo no nació para ser cómodo. Un buen periodista debe preguntar, desconfiar, investigar, confrontar versiones y, cuando tenga elementos suficientes, publicar aunque al Presidente, al gobernador, al empresario o al partido político en turno no le guste. Eso forma parte esencial de una democracia.

    Pero investigar no es inventar, cuestionar no significa condenar y libertad de expresión tampoco debería significar inmunidad absoluta frente a una mentira deliberadamente fabricada para destruir a otra persona.

    Tenemos que proteger incluso las expresiones que nos incomodan y permitir que el periodismo llegue hasta donde tenga que llegar. El poder público debe permanecer permanentemente bajo escrutinio y ninguna legislación debería convertirse en un escudo para evitarlo. Pero una democracia tampoco debería aceptar que una mentira deliberada tenga licencia para destruir una reputación, un patrimonio, una familia o una vida.

    Ni censura ni persecución a periodistas, pero tampoco impunidad para quien deliberadamente fabrica una mentira y provoca con ella un daño.

    La libertad de expresión es demasiado importante para limitarla, pero también demasiado importante para utilizarla irresponsablemente.

    Tal vez por ahí deberíamos comenzar.

  • Entre apodos, rumores y refinerías clandestinas: el México de las acusaciones sin pruebas

    Entre apodos, rumores y refinerías clandestinas: el México de las acusaciones sin pruebas

    Resulta extraña, desafortunada y hasta contraproducente la declaración de Alejandro Moreno Cárdenas, mejor conocido como “Alito”, después de que la Comisión de Quejas y Denuncias del Instituto Nacional Electoral ordenara retirar publicaciones en las que calificaba a Morena como “narcopartido”, “narcogobierno” y “cártel de Morena”.

    La resolución no significa que el INE haya prohibido criticar al partido gobernante ni que haya decretado que Morena está por encima del escrutinio público. Se trató de una medida cautelar relacionada con publicaciones específicas, al considerar que podían contener la imputación de hechos o delitos falsos sin un sustento fáctico suficiente. Alejandro Moreno respondió acusando al organismo electoral de censurar a la oposición.

    Aquí surge una pregunta inevitable: si al PRI tuviéramos que imponerle un apodo a partir de su historia, ¿cuál sería?

    La pregunta no pretende negar que de las filas del Partido Revolucionario Institucional surgieron grandes políticos, intelectuales, servidores públicos, diplomáticos, juristas y personajes que contribuyeron a construir instituciones importantes para México. Muchos de ellos se mantienen hoy alejados de los reflectores y de una dirigencia partidista que parece haber sustituido el debate de altura por el escándalo cotidiano.

    El PRI no gana con esta clase de declaraciones. Por el contrario, pierde seriedad, autoridad moral y capacidad para presentarse como una oposición responsable.

    Acusar no es demostrar

    “Alito” acusa constantemente a funcionarios, políticos, empresarios y adversarios de tener vínculos con el crimen organizado, el narcotráfico o la corrupción. Pero en un Estado de derecho existe una diferencia fundamental entre denunciar hechos sustentados y repetir calificativos diseñados para obtener atención en redes sociales.

    La oposición tiene no solamente el derecho, sino la obligación de investigar, cuestionar y señalar al gobierno. Sin embargo, debe hacerlo mediante documentos, testimonios verificables, auditorías, expedientes y denuncias presentadas ante las autoridades competentes.

    Cuando una acusación se presenta como un hecho consumado sin pruebas suficientes, puede convertirse en una irresponsabilidad política y eventualmente generar reclamaciones por afectaciones al honor, la reputación o el daño moral. Lo mismo puede aplicarse a quienes amplifican tales afirmaciones sin verificar su origen o sin distinguir entre una investigación formal, una sospecha, un testimonio y una simple versión periodística.

    No toda crítica constituye daño moral, por supuesto. La libertad de expresión protege especialmente el debate sobre asuntos de interés público y permite una crítica amplia hacia los personajes políticos. Pero esa protección no debería interpretarse como autorización para presentar rumores como sentencias.

    El periodismo de las “fuentes cercanas”

    Alrededor del llamado huachicol fiscal hemos visto desarrollarse una trama que parece escrita para una película.

    Todos dicen tener fuentes cercanas al presidente de Estados Unidos, Donald Trump; al secretario de Estado; al Departamento de Seguridad Nacional; al FBI; al Departamento de Justicia o a alguna agencia cuya identidad, naturalmente, nunca puede revelarse.

    Algunos comunicadores anuncian detenciones que no ocurren, investigaciones que ninguna autoridad confirma, listas secretas que nunca aparecen y operativos que supuestamente comenzarán “en las próximas horas”. Otros aseguran conocer conversaciones privadas, solicitudes de extradición, cancelaciones de visas y hasta encuentros personales entre figuras políticas.

    Tiran versiones al aire esperando que, entre tantas afirmaciones, alguna se parezca después a un acontecimiento real.

    Eso no es investigación periodística. Es especulación disfrazada de exclusiva.

    Esto no significa que el huachicol fiscal sea una invención. Por el contrario, existen investigaciones judicializadas, detenciones, órdenes de captura, testimonios, aseguramientos y expedientes abiertos. Desde septiembre de 2025 se han hecho públicas distintas investigaciones relacionadas con redes de contrabando de combustibles que habrían utilizado puertos, aduanas, ferrocarriles, buques y empresas transportistas para introducir hidrocarburos declarados falsamente como lubricantes, aditivos u otras sustancias.

    Lo responsable es informar exactamente qué ha confirmado la autoridad, qué aparece en una carpeta de investigación, qué ha dicho un testigo y qué todavía no ha sido probado ante un tribunal.

    Una persona mencionada en una investigación no es automáticamente culpable. Un señalamiento periodístico no equivale a una orden de aprehensión. Una orden de aprehensión tampoco constituye una sentencia.

    México merece periodistas que investiguen al poder, pero también periodistas que respeten los hechos.

    Criticar al gobierno no significa inventar historias

    El gobierno de Claudia Sheinbaum debe ser criticado cuando cometa errores, cuando una política pública no funcione, cuando una investigación no avance o cuando algún servidor público incurra en actos indebidos. Ningún gobierno puede estar exento del escrutinio.

    Pero existe una diferencia entre fiscalizar al gobierno y tratar de apagar cualquier resultado positivo mediante rumores, exageraciones o relatos construidos de antemano.

    Nuestro país enfrenta demasiados problemas reales como para fabricar problemas imaginarios. Los mexicanos necesitan información que les permita evaluar si están mejorando la seguridad, la salud, la educación, los salarios, la vivienda y las oportunidades de desarrollo.

    La prensa no debe convertirse en una oficina de propaganda gubernamental, pero tampoco en una maquinaria de desgaste permanente en la que todo avance se niega y toda versión negativa se publica sin comprobarse.

    Defender un proyecto de gobierno no debe significar cerrar los ojos ante la corrupción. Criticarlo tampoco debe significar desear que México fracase.

    Las viviendas mexicanas frente al calor extremo

    Existe otro asunto que necesita atención urgente: la forma en que estamos construyendo viviendas en las regiones de altas temperaturas.

    Los periodos de calor son cada vez más prolongados e intensos. Sin embargo, una parte importante de la vivienda nueva continúa edificándose con muros, losas, ventanas y materiales que permiten una enorme transferencia de calor hacia el interior.

    México ya cuenta con disposiciones técnicas. La NOM-020-ENER-2011 tiene como objetivo limitar la ganancia de calor a través de la envolvente de los edificios habitacionales, mientras que la NOM-018-ENER-2011 establece características y métodos de prueba para los aislantes térmicos empleados en edificaciones.

    El problema, por tanto, no consiste solamente en crear nuevas normas. También es necesario revisar su aplicación, actualización, vigilancia y coordinación con los reglamentos estatales y municipales de construcción.

    Se deberían exigir, según la región climática:

    • Valores mínimos de resistencia térmica en muros y techos.
    • Aislamiento continuo en azoteas y fachadas expuestas.
    • Ventanas con propiedades adecuadas para disminuir la ganancia solar.
    • Sombreamiento exterior, aleros y orientación bioclimática.
    • Techos reflectivos o sistemas de cubierta ventilada.
    • Pruebas de hermeticidad y eficiencia antes de entregar las viviendas.
    • Preparación eléctrica y estructural para equipos eficientes y sistemas solares.
    • Certificación del cumplimiento térmico como requisito para obtener la autorización de ocupación.

    Actualmente, demasiadas familias terminan resolviendo con aire acondicionado lo que debió resolverse desde el diseño arquitectónico y el sistema constructivo.

    El resultado es un círculo absurdo: se construye una vivienda barata pero térmicamente deficiente; la familia instala uno o varios equipos de aire acondicionado; aumenta el consumo eléctrico; la red de distribución se satura, y la Comisión Federal de Electricidad debe invertir en transformadores, subestaciones y capacidad adicional.

    No puede afirmarse, sin una comparación homogénea, que una vivienda promedio en México consume más electricidad que una vivienda promedio en Estados Unidos. Los tamaños, climas, tarifas, aparatos y hábitos de consumo son diferentes. Lo que sí puede sostenerse es que una vivienda mal aislada requiere más energía de la necesaria para conservar condiciones aceptables de temperatura.

    La eficiencia energética más económica es la energía que nunca fue necesario consumir.

    Por ello, más que una reforma aislada a la Ley de Obras Públicas, se necesita una revisión integral de las normas de eficiencia energética, los reglamentos de construcción, los programas estatales de desarrollo urbano y los criterios utilizados para autorizar nuevos fraccionamientos.

    ¿Cómo se construye una refinería clandestina sin que nadie la vea?

    El reciente aseguramiento de instalaciones clandestinas para almacenar, mezclar o procesar hidrocarburos abre preguntas mucho más profundas.

    En Reynosa, Tamaulipas, las autoridades federales aseguraron dos instalaciones, entre ellas una refinería y una minirrefinería, junto con aproximadamente 3.7 millones de litros de hidrocarburos, tanques, tractocamiones, motobombas, generadores, tuberías y sistemas de videovigilancia.

    Reportes posteriores señalaron que una de estas instalaciones habría operado durante varios años y contaba con una infraestructura de escala industrial. Hasta el momento de esos reportes no se habían informado detenciones directamente vinculadas con el aseguramiento, y continuaban las investigaciones sobre el origen del crudo, la propiedad de los predios y las redes que abastecían la operación.

    La pregunta es elemental: ¿cómo se construye una instalación de esa magnitud sin que ninguna autoridad municipal, estatal o federal detecte movimientos de tierra, estructuras, tanques, tuberías, transporte pesado, consumo eléctrico, emisiones, residuos y circulación constante de pipas?

    Una operación de refinación o procesamiento de hidrocarburos requiere conocimientos técnicos, controles de temperatura, sistemas de bombeo, almacenamiento, separación, mezclado y manejo de sustancias altamente inflamables. También necesita operadores, mecánicos, soldadores, transportistas, proveedores y compradores.

    No estamos hablando de una toma clandestina escondida entre la maleza. Estamos hablando de infraestructura industrial.

    También debe aclararse qué productos generaban realmente estas instalaciones. Refinar petróleo crudo hasta obtener gasolina, diésel o turbosina que cumplan especificaciones comerciales es un proceso distinto y mucho más complejo que mezclar combustibles, alterar componentes, recuperar hidrocarburos o acondicionar producto robado.

    Por eso es indispensable que las autoridades expliquen:

    • ¿Quién diseñó y construyó las plantas?
    • ¿De dónde salió el equipo?
    • ¿Quién suministró el crudo?
    • ¿A quién se vendía el producto?
    • ¿Contaban con energía eléctrica contratada?
    • ¿Utilizaban pozos o descargas clandestinas?
    • ¿Existieron inspecciones ambientales, municipales o de protección civil?
    • ¿Quiénes eran los propietarios reales de los predios y las empresas relacionadas?
    • ¿Participaron técnicos o antiguos trabajadores de compañías petroleras?
    • ¿Hubo omisiones, corrupción o protección institucional?

    Si una planta operó durante años, no basta con decomisar el combustible y publicar fotografías del operativo. Se debe reconstruir toda la cadena: financiamiento, ingeniería, construcción, abastecimiento, transformación, transporte, facturación, distribución y lavado de ganancias.

    ¿Plan con maña?

    La sofisticación y duración de algunas de estas operaciones permite considerar varias hipótesis, pero no autoriza a presentar ninguna como verdad sin pruebas.

    Pudo existir corrupción de autoridades locales. Pudo haber complicidad dentro de dependencias federales. Pudo tratarse de empresas aparentemente legales que ocultaban actividades ilícitas. También es posible que investigaciones de inteligencia se hayan mantenido abiertas durante meses o años para identificar a toda la red antes de intervenir.

    Lo que todavía no puede afirmarse es que todo haya sido deliberadamente permitido como una trampa política para hacer caer a determinados personajes.

    Esa interpretación un “plan con maña”, preparado desde hace tiempo para que alguien mordiera el anzuelo y el caso estallara en el momento políticamente conveniente— es atractiva como hipótesis narrativa, pero requiere evidencias: documentos, órdenes, comunicaciones, seguimientos financieros o testimonios corroborados.

    Precisamente esa es la diferencia entre una columna de opinión responsable y las historias que aquí estamos cuestionando.

    Podemos preguntar. Podemos sospechar. Podemos señalar contradicciones. Pero no debemos condenar sin pruebas.

    El país necesita respuestas, no sobrenombres

    México no se va a arreglar llamando “narcopartido” al adversario, ni calificando de traidor a todo crítico, ni inventando fuentes en Washington, ni anunciando detenciones imaginarias.

    Se arreglará con expedientes bien integrados, investigaciones financieras, auditorías aduanales, controles en puertos, vigilancia sobre el transporte de combustibles, normas de construcción modernas, mejores viviendas y autoridades que rindan cuentas.

    Alejandro Moreno tiene derecho a criticar al gobierno y a impugnar la decisión del INE. Morena también debe aceptar el escrutinio y responder con transparencia ante cualquier señalamiento sustentado. Pero ninguno de los dos lados debería sustituir los argumentos por apodos.

    Porque cuando la política se convierte en una guerra de sobrenombres, el debate público se empobrece.

    Y mientras los partidos discuten cómo llamarse unos a otros, quedan sin respuesta las preguntas verdaderamente importantes:

    • ¿Quién protegió el contrabando de combustibles?
    • ¿Cómo operaron instalaciones industriales clandestinas durante años?
    • ¿Dónde están los responsables?
    • ¿Por qué seguimos construyendo viviendas inadecuadas para el clima?
    • ¿Y cuándo recuperará el periodismo el compromiso de informar antes de sentenciar?

    Eso es lo que el pueblo de México merece conocer.

  • Aguas

    Aguas

    En los últimos días ha dado mucho de qué hablar la polémica en torno a la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, luego de la difusión de audios relacionados con presuntos contactos con personas que se presentaban como intermediarios de autoridades estadounidenses. La propia mandataria reconoció la autenticidad de las conversaciones, aunque sostiene que fue víctima de un engaño organizado por terceros y que nunca tuvo intención de comprometer información sensible ni de actuar fuera de los cauces institucionales.

    El tema ha provocado un intenso debate político. Por un lado, existe quien considera que cualquier acercamiento con agencias estadounidenses constituye un acto cuestionable. Por el otro, también existe una realidad que pocas veces se explica con claridad: la cooperación entre México y Estados Unidos en materia de seguridad no es nueva ni extraordinaria. Desde hace décadas ambos países mantienen mecanismos permanentes de intercambio de inteligencia para combatir el narcotráfico, el tráfico de armas, el lavado de dinero, el tráfico de personas y el terrorismo. Esa coordinación forma parte de la relación bilateral y está respaldada por acuerdos entre ambos gobiernos.

    Conviene hacer un paréntesis importante. Desde 2025 la gobernadora y su entonces esposo, Carlos Torres, hicieron pública la cancelación de sus visas estadounidenses. Estados Unidos nunca informó oficialmente las razones de esa decisión, mientras que ambos han sostenido públicamente que no existe una acusación formal en su contra y han negado cualquier conducta ilícita.

    Al mismo tiempo, en el espacio público han circulado diversas versiones sobre presuntas investigaciones financieras, propiedades en Estados Unidos y posibles indagatorias relacionadas con el entorno del exesposo de la gobernadora. Sin embargo, hasta este momento muchas de esas afirmaciones no han sido confirmadas oficialmente por autoridades estadounidenses ni mexicanas, por lo que deben entenderse como versiones y no como hechos acreditados.

    Y aquí es donde, desde mi punto de vista, vale la pena hacer una reflexión.

    Si una autoridad de otro país solicita una entrevista, una declaración o un intercambio de información dentro del marco legal, ¿realmente eso convierte automáticamente a una persona en culpable?

    La respuesta debería ser no.

    En Estados Unidos, particularmente agencias como el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), la DEA o el Departamento de Justicia, realizan miles de entrevistas durante investigaciones que jamás terminan en una acusación penal. Formar parte de una investigación no equivale a ser declarado responsable. La investigación existe precisamente para determinar si existen o no elementos suficientes.

    Por ello me parece equivocado que algunos pretendan convertir una reunión, una llamada telefónica o una entrevista en una sentencia anticipada. El debido proceso existe precisamente para evitar que una persona sea condenada únicamente por la opinión pública.

    Si alguien tiene la certeza de su inocencia, comparecer acompañado de su abogado no debería representar un problema. Al contrario, es la oportunidad para aclarar cualquier duda y cerrar cualquier investigación con transparencia.

    Naturalmente, si en algún momento existieran pruebas contundentes sobre la comisión de un delito, entonces corresponderá a las autoridades actuar conforme al derecho. Pero mientras eso no ocurra, tampoco resulta correcto construir culpabilidades únicamente sobre rumores, filtraciones o especulaciones.

    Un tema distinto, aunque relacionado, es la cooperación judicial entre ambos países.

    Recientemente la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a mencionar el caso del exgobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, cuya situación jurídica continúa siendo objeto de controversia entre México y Estados Unidos. Independientemente de ese caso en particular, también vale la pena preguntarse si la cooperación bilateral debería extenderse para revisar la situación de otros personajes vinculados históricamente con organizaciones criminales que hoy permanecen en territorio estadounidense bajo distintas figuras legales, incluyendo algunos testigos colaboradores.

    Los acuerdos de colaboración con fiscales federales estadounidenses han sido una herramienta importante para desmantelar organizaciones criminales. Sin embargo, también generan cuestionamientos cuando algunos de esos colaboradores recuperan su libertad o continúan manteniendo influencia sobre estructuras delictivas desde el extranjero, según han documentado distintos procesos judiciales y reportajes de investigación.

    La cooperación internacional no puede convertirse en un mecanismo selectivo. Si el objetivo común es combatir al crimen organizado, entonces la colaboración debe alcanzar tanto a funcionarios públicos eventualmente investigados como a integrantes de organizaciones criminales que continúan representando un riesgo para ambos países.

    La justicia no debe distinguir entre colores partidistas, cargos públicos o antecedentes criminales. Debe distinguir únicamente entre pruebas y ausencia de pruebas.

    Al final, ni toda investigación significa culpabilidad, ni toda cercanía con autoridades extranjeras constituye una traición. Lo verdaderamente importante es que las investigaciones se conduzcan con profesionalismo, respeto al debido proceso y absoluta transparencia.

    Porque cuando la justicia se convierte en espectáculo político, pierde la sociedad. Pero cuando la justicia trabaja con evidencia, sin importar el nombre, el cargo o el partido, entonces gana el Estado de derecho.

  • Solidaridad con Venezuela, la política que sirve y el deporte que une

    Solidaridad con Venezuela, la política que sirve y el deporte que une

    Hay momentos en los que la política debe hacerse a un lado para darle paso a la solidaridad humana. Hoy es uno de ellos.

    Nuestra solidaridad está con el pueblo venezolano. Un pueblo trabajador, noble y profundamente generoso que, además de los años de dificultades económicas, sociales y políticas que ha enfrentado, ahora vuelve a sufrir una tragedia humanitaria tras los devastadores terremotos registrados esta semana. Las cifras de víctimas y daños continúan aumentando mientras miles de familias esperan ayuda, rescate y atención médica. Diversos gobiernos y organismos internacionales ya han comenzado a enviar brigadas, recursos y asistencia humanitaria, algo que merece ser reconocido porque, frente al sufrimiento humano, no deberían existir fronteras ideológicas.

    He tenido la fortuna de conocer a muchos venezolanos. Siempre me he encontrado con personas educadas, trabajadoras y con un enorme corazón. Ojalá muy pronto puedan reconstruir sus vidas y recuperar la estabilidad que durante tantos años les ha sido negada. Ningún pueblo merece vivir permanentemente entre la incertidumbre y la tragedia.

    En los últimos días también hemos visto cómo la discusión política latinoamericana vuelve a polarizarse a raíz de las elecciones en Colombia. Como siempre ocurre, las redes sociales se llenan de quienes intentan reducir cualquier debate a una simple etiqueta: izquierda o derecha.

    Personalmente creo que ese es precisamente uno de los grandes errores de nuestra región.

    Escucho constantemente a personajes del PAN y del PRI autodenominarse representantes de la derecha democrática. Sin embargo, muchos de ellos gobernaron durante décadas dejando enormes pendientes en materia de corrupción, desigualdad, pobreza y privilegios. Difícilmente pueden reclamar hoy una superioridad moral que millones de ciudadanos simplemente ya no les reconocen.

    Al mismo tiempo, tampoco considero que cualquier gobierno que impulse programas sociales deba ser automáticamente catalogado como un gobierno de izquierda radical. Gobernar para reducir la pobreza, ampliar el acceso a la salud, fortalecer la educación o generar mayores oportunidades para quienes menos tienen debería ser una obligación de cualquier administración, sin importar el color del partido.

    Al final, el ciudadano común no despierta preguntándose si vive bajo un gobierno de izquierda o de derecha. Despierta preguntándose si tendrá empleo, si encontrará medicamentos para su familia, si podrá pagar la escuela de sus hijos y si tendrá oportunidades para salir adelante.

    Eso es lo verdaderamente importante.

    México atraviesa un debate intenso sobre el rumbo de las políticas sociales, la cobertura de salud y los programas de bienestar. Es válido discutir sus resultados, exigir mejoras y señalar aquello que aún no funciona. La crítica responsable fortalece la democracia. Pero también es importante reconocer cuando existen esfuerzos dirigidos a colocar a la población más vulnerable en el centro de las decisiones públicas.

    La verdadera discusión no debería ser quién gana la batalla ideológica, sino qué políticas públicas realmente mejoran la calidad de vida de las personas.

    Mientras América Latina continúa inmersa en debates políticos, el deporte vuelve a demostrar que puede unir a millones.

    La Selección Mexicana está realizando un extraordinario papel en el Mundial. Más allá de los resultados deportivos, cada triunfo representa algo mucho más importante: miles de niños vuelven a ponerse una camiseta, salen al parque con un balón y sueñan con representar algún día a su país.

    Ese quizá sea el mayor legado del deporte.

    Un niño inspirado por un futbolista es un niño menos expuesto a la delincuencia, a las adicciones o a la desesperanza. El deporte enseña disciplina, respeto, trabajo en equipo y perseverancia. Forma ciudadanos antes que atletas.

    Ojalá los gobiernos comprendieran que invertir en canchas, espacios deportivos, cultura y educación no es un gasto, sino una de las mejores estrategias de prevención social.

    Hoy América Latina necesita menos odio y más solidaridad. Menos etiquetas ideológicas y más soluciones. Menos confrontación permanente y más políticas que permitan a cualquier familia vivir con dignidad.

    Porque al final, cuando ocurre una tragedia como la que hoy vive Venezuela o cuando millones celebran unidos un gol de la Selección Mexicana, queda claro que los pueblos tienen muchas más cosas que los unen que aquellas que los dividen.

  • Mundial, medicinas y transparencia

    Mundial, medicinas y transparencia

    Mientras el balón rueda y millones de personas observan a México desde todos los rincones del planeta, el Mundial de Futbol 2026 ha demostrado algo que muchas veces olvidamos en medio de la polarización política: seguimos siendo un gran país.

    La Copa del Mundo, organizada por México, Estados Unidos y Canadá, ha resultado hasta ahora un éxito en términos de asistencia, organización y ambiente. Las tres sedes mexicanas, Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, han mostrado al mundo la mejor cara de nuestro país: la hospitalidad de la gente, la riqueza cultural, la gastronomía, la alegría y la capacidad de organización que caracteriza a los mexicanos. La FIFA reportó cifras récord de asistencia durante los primeros días del torneo, confirmando el enorme interés que ha despertado esta edición histórica del Mundial.

    La Ciudad de México ha vivido jornadas memorables. El renovado Estadio Azteca, hoy denominado oficialmente Estadio Ciudad de México durante el torneo, volvió a colocarse en el centro de la historia futbolística mundial, mientras Guadalajara y Monterrey han recibido a miles de visitantes nacionales y extranjeros que han podido conocer de primera mano lo que verdaderamente es México y, en muchos aspectos, lo que debería ser todos los días: un país cordial, trabajador y orgulloso de su identidad.

    Por supuesto, no todo ha sido perfecto. Monterrey ha enfrentado algunos desafíos derivados de fenómenos climáticos y problemas de infraestructura que inevitablemente llamaron la atención de los medios. También aparecieron intentos de convertir ciertos episodios en herramientas de confrontación política. Nada nuevo. En México pareciera que cualquier acontecimiento, por positivo que sea, termina convirtiéndose en campo de batalla para quienes viven permanentemente en campaña.

    Sin embargo, algo interesante ocurrió: gran parte de la sociedad decidió concentrarse en disfrutar el evento. El futbol terminó imponiéndose sobre la politiquería. Quizá porque la gente está cansada de que todo se convierta en un debate ideológico. A veces un partido de futbol puede unir más que cien discursos políticos.

    Pero mientras el Mundial avanza y los reflectores internacionales apuntan hacia nuestro país, hay otros temas que siguen exigiendo atención.

    Uno de ellos es el sistema de salud.

    En semanas recientes se han realizado anuncios importantes sobre la consolidación del sistema universal de salud y el fortalecimiento del modelo IMSS-Bienestar. La apuesta gubernamental busca integrar los distintos servicios públicos de salud bajo un mismo esquema de atención para los mexicanos.

    La intención es correcta. Nadie puede estar en contra de que una persona reciba atención médica digna independientemente de su condición económica.

    Sin embargo, cuando uno conversa con ciudadanos de distintas regiones del país, la queja sigue apareciendo una y otra vez: la falta de medicamentos.

    Y aquí es donde surge una pregunta legítima.

    Si desde el más alto nivel del gobierno se ha reconocido el problema y se han puesto en marcha estrategias para resolverlo, incluyendo nuevas rutas de distribución y sistemas de monitoreo de suministro, ¿por qué continúan apareciendo reportes de desabasto?

    Los propios medios han documentado durante los últimos meses casos de pacientes que siguen enfrentando dificultades para obtener ciertos medicamentos, mientras las autoridades sostienen que los niveles de abastecimiento han mejorado significativamente. Incluso funcionarios federales han reconocido que todavía existen faltantes en algunas regiones y centros de salud.

    No se trata de buscar culpables por deporte. Se trata de exigir resultados.

    Porque si existe un área donde los perfiles deben ser seleccionados con absoluta rigurosidad es precisamente la salud pública. Lo mismo aplica para la educación y la seguridad.

    En esos sectores no deberían existir cuotas políticas, compromisos partidistas ni nombramientos por amistad. Quien ocupe una responsabilidad de ese nivel debe tener capacidad probada, experiencia y resultados medibles. Exactamente igual que en una gran empresa donde el desempeño determina la permanencia en el cargo.

    La vida de millones de personas depende de ello.

    Otro tema que ha ocupado titulares recientemente son las acusaciones y señalamientos dirigidos contra diversos actores políticos del país por supuestas investigaciones en el extranjero.

    La experiencia nos ha enseñado que las acusaciones pueden ser ciertas, parcialmente ciertas o completamente falsas. En la era digital la información corre a una velocidad impresionante y muchas veces una acusación se convierte en sentencia pública antes de que exista una sola resolución oficial.

    Por eso considero que cualquier funcionario o exfuncionario señalado debería tener interés en aclarar los hechos mediante mecanismos legales y transparentes. Contratar despachos especializados, solicitar acceso a expedientes, presentar aclaraciones públicas y permitir que las investigaciones sigan su curso. La transparencia no debería ser una carga; debería ser una obligación para quien aspira a gobernar.

    Al final, para la ciudadanía resulta complicado distinguir entre una pera y una manzana cuando diariamente recibe versiones contradictorias de los mismos hechos.

    Y hablando de transparencia, sería interesante que los ciudadanos pudiéramos conocer con claridad cómo algunos servidores públicos han financiado su presencia en los partidos del Mundial.

    No se trata de cuestionar que alguien disfrute del futbol. Todos tenemos derecho a hacerlo.

    La pregunta es otra: ¿quién pagó?

    Los palcos VIP, las zonas preferentes y algunos paquetes corporativos alcanzan costos que no están al alcance de la mayoría de los mexicanos. Por ello sería una excelente señal de congruencia que quienes hoy aparecen en esos espacios transparentaran el origen de los recursos utilizados para asistir.

    Si el gasto provino de ingresos legítimos y debidamente declarados, no existe problema alguno. Por el contrario, la información fortalecería la confianza ciudadana.

    La transparencia no debería ser una exigencia exclusiva para los adversarios políticos. Debe aplicarse para todos.

    Mientras tanto, el Mundial continúa y México sigue mostrando su mejor rostro al mundo. Ojalá que cuando se apaguen las luces de los estadios, la misma energía que hoy se destina a organizar un evento global se traduzca también en mejores hospitales, mejores escuelas, mayor seguridad y gobiernos cada vez más transparentes.

    Porque los grandes eventos duran unas semanas.

    Pero los grandes países se construyen todos los días.

  • El Mundial de los Mexicanos

    El Mundial de los Mexicanos

    En política existen momentos que parecen pequeños, pero que terminan enviando mensajes poderosos. La inauguración de la Copa Mundial de la FIFA en México fue uno de ellos.

    Mientras algunos esperaban una ceremonia cargada de simbolismos políticos, protagonismos innecesarios o disputas partidistas, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por una ruta distinta: dejar que el evento fuera de los mexicanos y para los mexicanos. No buscó reflectores adicionales ni convirtió una celebración deportiva en una plataforma política. En tiempos donde muchos gobernantes consideran indispensable aparecer en el centro de cualquier acontecimiento relevante, la decisión resultó significativa.

    Más aún cuando existían llamados a manifestaciones y protestas en los alrededores del estadio. La presidenta decidió mantenerse al margen de cualquier confrontación mediática y observar el evento desde otro espacio, privilegiando la prudencia política sobre el espectáculo. Fue una señal de serenidad institucional en un momento donde cualquier incidente habría sido utilizado para alimentar la polarización.

    Y el resultado fue evidente

    La ceremonia fue un recorrido emotivo por la identidad nacional. La representación de las culturas originarias, las referencias a las raíces prehispánicas y la riqueza cultural de México recordaron al mundo que nuestro país es mucho más que noticias sobre violencia, migración o disputas políticas. México es historia, tradición, creatividad y orgullo.

    La participación de los artistas invitados estuvo a la altura del escenario. La interpretación del Himno Nacional por Alejandro Fernández aportó solemnidad y sentimiento a un momento que millones de mexicanos siguieron dentro y fuera del país. No fue solamente una interpretación musical; fue una expresión de identidad nacional que conectó con una audiencia que lleva años esperando que el mundo vea también la mejor cara de México.

    Mención aparte merece la cobertura televisiva. Los narradores y comentaristas lograron transmitir el significado emocional de una nación que vuelve a colocarse ante los ojos del planeta. En varios momentos, la narrativa dejó de ser deportiva para convertirse en una reflexión sobre lo que significa ser mexicano. Más de uno terminó con un nudo en la garganta.

    Porque al final, más allá del fútbol, lo que estaba en juego era algo mucho más importante: la capacidad de un país de mostrarse unido, orgulloso de sus raíces y consciente de su potencial.

    Sin embargo, el entusiasmo de una celebración nacional no debe hacernos olvidar las asignaturas pendientes.

    Mientras millones celebraban, existen miles de madres y padres que continúan buscando respuestas sobre el paradero de sus hijos desaparecidos. Su dolor no desaparece porque haya un Mundial, ni porque exista crecimiento económico, ni porque se inauguren grandes obras. Su lucha sigue siendo una deuda moral del Estado mexicano.

    Por ello resulta indispensable que las instituciones responsables actúen con firmeza. Cada expediente debe investigarse, cada denuncia debe atenderse y cada servidor público que incumpla con su obligación debe asumir las consecuencias. La justicia no puede depender de la presión social ni de la capacidad de las víctimas para organizar manifestaciones. La ley debe funcionar por sí misma.

    La credibilidad de cualquier gobierno, sin importar su origen partidista, se fortalece cuando demuestra que nadie está por encima de la ley y que las instituciones responden a los ciudadanos. Las manifestaciones relacionadas con desapariciones no deberían existir porque la autoridad tendría que haber cumplido previamente con su obligación. Cuando una madre sale a las calles para exigir respuestas, es porque alguien en alguna oficina dejó de hacer su trabajo.

    En ese mismo contexto se inscriben las demandas de la CNTE y las movilizaciones sociales que han marcado las últimas semanas. La respuesta de la presidenta durante su conferencia matutina fue clara: diálogo, apertura y disposición para escuchar, pero también respeto al marco institucional y a la viabilidad financiera del Estado. Gobernar implica escuchar, pero también tomar decisiones.

    Y hablando de política, la noche anterior tuve oportunidad de observar el programa Tercer Grado, donde se abordaron diversos temas de la actualidad nacional y regional. Particularmente me pareció interesante el análisis de Denise Maerker, una periodista cuya trayectoria se ha distinguido por la precisión de sus observaciones y por la capacidad de separar los hechos de las pasiones partidistas.

    Dentro de la discusión surgió nuevamente el nombre del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas. Algunos panelistas plantearon la posibilidad de que, en algún momento, pudiera asumir una responsabilidad de mayor alcance dentro del PRI nacional.

    La idea no parece descabellada

    El PRI atraviesa una de las etapas más complejas de su historia. Pasó de ser la fuerza política dominante durante décadas a enfrentar una profunda crisis de identidad, liderazgo y representación. En ese contexto, figuras con resultados de gobierno, cercanía con la ciudadanía y capacidad de diálogo podrían convertirse en activos importantes para la reconstrucción partidista.

    Manolo Jiménez ha mantenido una relación institucional con el gobierno federal, particularmente con la presidenta Sheinbaum, entendiendo que la colaboración entre distintos niveles de gobierno beneficia más a los ciudadanos que la confrontación permanente. Esa actitud refleja algo que la política mexicana necesita con urgencia: madurez democrática.

    La política moderna no debería basarse en el enfrentamiento constante, el elitismo o las divisiones artificiales entre mexicanos. Debe enfocarse en resolver problemas, construir acuerdos y generar beneficios tangibles para la población. Los ciudadanos esperan resultados, no espectáculos. Esperan soluciones, no discursos interminables. Esperan gobiernos que funcionen, independientemente de los colores partidistas.

    México todavía enfrenta enormes desafíos en seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura. Nadie puede afirmar que el trabajo está terminado. Pero también sería injusto negar los avances cuando estos existen.

    Quizá esa fue la verdadera enseñanza de la inauguración mundialista: cuando México decide trabajar unido, cuando deja a un lado los intereses de grupo y pone por delante un objetivo común, demuestra de qué está hecho.

    Durante una jornada que cruzó husos horarios y fronteras, mientras algunos países despertaban, otros terminaban su día y muchos más seguían el evento entrada la noche, el protagonista no fue un partido político, ni un gobierno, ni una oposición.

    El protagonista fue México

    Y ese, más que cualquier discurso, fue el mejor mensaje que pudo enviarse al mundo.

    México todavía enfrenta enormes retos. Las familias que buscan a sus desaparecidos merecen respuestas, los ciudadanos exigen mejores condiciones de seguridad, los trabajadores demandan oportunidades y las nuevas generaciones esperan un país cada vez más justo y competitivo. Pero también es válido reconocer los momentos que unen, inspiran y recuerdan que, por encima de nuestras diferencias, compartimos una misma identidad.

    El Mundial apenas comienza. Vendrán partidos, emociones, triunfos y derrotas deportivas. Pero la inauguración dejó algo más importante que un espectáculo de primer nivel: recordó que cuando México se presenta ante el mundo con orgullo, cultura, historia y dignidad, difícilmente existe escenario más poderoso.

    Porque al final, más allá del fútbol, de la política y de las diferencias ideológicas, hay algo que sigue latiendo con fuerza en millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras: el orgullo de ser mexicano.

  • El Caso Thomas Crown

    El Caso Thomas Crown

    Si alguien tuvo la oportunidad de ver la película El Caso Thomas Crown, recordará la historia de un hombre inmensamente rico que no necesitaba robar. Lo hacía por el desafío, por el placer de demostrar que podía hacerlo, por la satisfacción de ejecutar una operación perfecta aun cuando no existía necesidad alguna. Guardando toda proporción, algo parecido me vino a la mente al observar lo ocurrido en Coahuila.

    Estamos hablando de un estado que durante años ha destacado por mantener niveles de seguridad superiores al promedio nacional, atraer inversión, desarrollar infraestructura y conservar una estabilidad política que pocos pueden negar. Independientemente de las preferencias partidistas de cada quien, resulta difícil ignorar que Coahuila ha mantenido indicadores positivos en distintos rubros y que buena parte de la ciudadanía reconoce avances importantes en la entidad.

    Por eso llama la atención el debate que surgió después de la reciente jornada electoral. Diversos actores políticos denunciaron presuntas irregularidades, compra de votos y operaciones electorales indebidas. Las acusaciones existen y forman parte de la discusión pública. Sin embargo, también es importante recordar que en un Estado de derecho las responsabilidades no se determinan desde las redes sociales, los medios de comunicación o las tribunas políticas. Corresponde a las autoridades electorales, a las fiscalías especializadas y a los tribunales hacer su trabajo y determinar si existieron o no conductas ilegales.

    Personalmente me cuesta trabajo creer que una operación de esa naturaleza haya surgido directamente de Manolo Jiménez. Un político que llega con niveles importantes de aceptación ciudadana, resultados visibles de gobierno y una estructura política consolidada simplemente no necesitaba recurrir a prácticas que pudieran poner en duda una victoria que parecía estar ampliamente encaminada.

    Si existió alguna irregularidad, si alguien decidió cruzar líneas que no debían cruzarse o si hubo operadores que actuaron fuera de la legalidad, serán las autoridades quienes deban determinarlo. Pero tampoco sería la primera vez en la historia política de México que dirigentes partidistas, operadores electorales o personajes que buscan demostrar lealtad a sus liderazgos terminan tomando decisiones por cuenta propia, generando más problemas de los que pretenden resolver.

    Porque muchas veces el problema no está en quien aparece en la boleta o en quien gobierna un estado. El problema suele estar en quienes desde las estructuras políticas creen que ganar no es suficiente y buscan obtener resultados aplastantes para fortalecer proyectos personales o partidistas. Son esas conductas las que, de comprobarse, terminan dañando la credibilidad de procesos que pudieron haber sido perfectamente legítimos.

    Y ahí es donde aparece la analogía con Thomas Crown. Cuando alguien tiene la victoria prácticamente asegurada, cuando tiene reconocimiento público, resultados de gobierno y respaldo ciudadano, el exceso deja de ser una necesidad y se convierte en un riesgo. La diferencia entre una victoria histórica y una victoria cuestionada muchas veces depende de quienes rodean al poder y de las decisiones que toman creyendo que le hacen un favor a sus líderes.

    Por eso resulta indispensable que las instituciones hagan su trabajo. Si no hubo irregularidades, que se aclare y se cierre el debate. Y si las hubo, que se sancione a los responsables sin importar su cargo, partido político o nivel de influencia. Lo que México necesita no son especulaciones permanentes, sino certeza jurídica y confianza en sus procesos democráticos.

    Mientras tanto, en otro frente, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de los últimos meses: el desarrollo de un automóvil eléctrico mexicano. Más allá de simpatías o diferencias políticas, resulta positivo que México busque participar en una industria que marcará buena parte de la economía mundial durante las próximas décadas. La transición energética ya no es una discusión del futuro; es una realidad que está transformando mercados, industrias y formas de movilidad en todo el planeta.

    Sin embargo, también existen desafíos cotidianos que requieren atención. Basta recorrer la Ciudad de México para observar el crecimiento acelerado del uso de motocicletas. Son prácticas, económicas y representan una alternativa de transporte para millones de personas, pero también han traído nuevos retos en materia de seguridad vial.

    No es raro observar motocicletas transportando tres o incluso cuatro personas, incluidos menores de edad. Muchas familias lo hacen por necesidad y sería injusto ignorar esa realidad. Cuando el ingreso apenas alcanza para cubrir los gastos básicos, cualquier ahorro en transporte representa una diferencia importante. Pero la necesidad tampoco elimina los riesgos.

    Probablemente uno de los empresarios que mejor entendió este fenómeno fue Ricardo Salinas Pliego. Durante años, las motocicletas comercializadas a través de sistemas de financiamiento accesibles encontraron un mercado enorme en México. Seguramente alguien observó lo que ocurría en países como India y entendió que existía una oportunidad comercial importante. Los resultados están a la vista.

    Lo interesante es que buena parte de esas motocicletas forman hoy parte de la economía cotidiana de miles de familias trabajadoras. Muchas veces los pagos salen de hogares donde también llegan becas, apoyos sociales o pensiones para adultos mayores. Las abuelas ayudan a los nietos, los padres apoyan a los hijos y las familias hacen lo posible por salir adelante. Esa es la realidad del México popular.

    Sin embargo, también es frecuente escuchar críticas sobre los métodos de cobranza y las altas tasas de interés asociadas a ciertos productos financieros. Es un tema que aparece constantemente cuando uno conversa con taxistas, comerciantes o trabajadores. Las opiniones son diversas, pero existe una percepción recurrente de que algunas prácticas de cobranza pueden resultar excesivamente agresivas para sectores económicamente vulnerables.

    Gobernar un país es muy distinto a dirigir una empresa. Una empresa tiene como prioridad generar utilidades. Un gobierno tiene la obligación de equilibrar crecimiento económico con bienestar social. Son responsabilidades distintas y requieren sensibilidades distintas.

    Y es precisamente ahí donde muchas veces se marca la diferencia entre quienes conocen el país desde una oficina y quienes lo recorren caminando. México no se entiende desde un helicóptero. México se entiende recorriendo calles, visitando colonias, escuchando a las personas y comprendiendo las dificultades que enfrentan diariamente millones de familias.

    Recientemente también llamó la atención una reunión organizada por la American Society en la que participaron empresarios, figuras políticas de oposición y representantes de distintos sectores económicos. El encuentro generó debate porque evidenció algo que ya resulta evidente: existe una parte importante de la élite económica y política mexicana que no comparte la visión de gobierno impulsada por la actual administración.

    Eso no significa necesariamente conspiraciones ni acuerdos ocultos. Significa simplemente que existen intereses distintos y visiones diferentes sobre cómo debe administrarse el país. Algunos consideran que el modelo actual fortalece a los sectores históricamente olvidados. Otros sostienen que genera incertidumbre para ciertos sectores económicos.

    La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿Qué país queremos construir? ¿Uno donde el crecimiento económico beneficie únicamente a quienes ya tienen ventajas o uno donde el desarrollo alcance también a quienes durante décadas permanecieron excluidos de muchas oportunidades?

    Lo cierto es que México de 2026 es muy diferente al México de hace veinte o treinta años. El viejo sistema político que dominó durante décadas ya no existe en la misma forma. Los actores cambiaron, las reglas cambiaron y la ciudadanía cambió. Hoy existe una sociedad mucho más informada, más participativa y más crítica.

    Eso no significa que los problemas hayan desaparecido. La corrupción sigue existiendo. Los abusos de poder siguen apareciendo. Los intereses económicos siguen presionando. Y los partidos políticos continúan cometiendo errores. Pero también es cierto que hoy existen más herramientas para fiscalizar, denunciar y exigir rendición de cuentas.

    Por eso resulta indispensable fortalecer auditorías, órganos de fiscalización, unidades de investigación financiera y todas aquellas instituciones capaces de detectar irregularidades antes de que se conviertan en escándalos mayores. La transparencia no debe depender de la buena voluntad de los funcionarios, sino de instituciones sólidas capaces de supervisar el ejercicio del poder.

    Nos queda un largo camino por recorrer. Todavía existen enormes desafíos en materia de seguridad, salud, educación y desarrollo económico. Pero también es cierto que México continúa avanzando y aprendiendo de sus propios errores.

    Los tiempos cambian. La política cambia. Las generaciones cambian. Y la obligación de vigilar al poder, sin importar quién lo ejerza, debe seguir siendo exactamente la misma.

    Porque al final, como en la historia de Thomas Crown, la verdadera pregunta nunca es quién ganó. La verdadera pregunta es si alguien creyó que demostrar poder era más importante que preservar la confianza de los ciudadanos. Y esa es una pregunta que solamente las instituciones, la ley y el tiempo podrán responder.