Por: Frank Alvarado
Figuras y plataformas opositoras difundieron desinformación y culpas sin sustento, profundizando la polarización y desviando la atención de las causas reales del hecho.
El ataque armado ocurrido en la zona arqueológica de Teotihuacán dejó una inmediata ola de desinformación y discursos de odio promovidos desde sectores de la derecha. En cuestión de horas, figuras públicas de la oposición como Salinas Pliego, Felipe Calderón y Lilly Tellez difundieron una narrativa que buscó no sólo criticar a la izquierda, sino responsabilizar políticamente al gobierno actual sin evidencia alguna, abonando a una pedagogía del odio en un caso que merece el debido respeto y tratamiento.
“¿Estarán los dioses de Macuspana contentos con el resultado del programa de la 4T “sembrando odio”?”, fue sólo algo de lo que el deudor a la nación, Salinas Pliego, publicó sobre el tema; mientras que Lilly Tellez se sumó al escribir: “Así se manifiesta el odio promovido por AMLO y Sheinbaum. Son responsables por esta violencia. Morena envenena de odio al pueblo”.
Es particularmente preocupante el papel de plataformas como La Derecha Diario, vinculadas a la corrientes de ultraderecha, que difundieron versiones falsas al calificar al agresor como “terrorista de izquierda” y “comunista”, pese a reportes que lo vinculan con ideologías extremistas de derecha fascista. Libro Negro, por su parte, aseveró: “Este es el resultado de la xenofobia promovida desde Morena con AMLO y Claudia Sheinbaum contra los extranjeros”.
Incluso el expresidente panista Felipe Calderón se sumó a estas descalificaciones, que pese a que acusan una supuesta violencia, fomentan el odio entre sectores de la población, pues escribió: “No hay duda alguna: el discurso de odio y de polarización, de división entre los mexicanos, entre ricos y pobres, entre “indígenas” y extranjeros fue sembrado todos los días por este régimen”.
Este tipo de afirmaciones, lejos de contribuir a un análisis serio, de un tema que merece el debido estudio a la salud mental, factores sociales, entorno digital, e incluso economía, seguridad y cultura. Por lo que estos comentarios, emitidos a la ligera, forman parte de una estrategia de manipulación que no es menor: construyen una pedagogía del odio que desinforma a la opinión pública y exacerba la división social.
Más allá de las diferencias políticas, lo ocurrido evidencia un problema de fondo: la normalización del discurso de odio como herramienta política. La insistencia en culpar sin pruebas, el uso de lenguaje violento y la difusión de información falsa no solo dejan mal parado el debate público, sino que crean un clima de confrontación permanente. En este contexto, la responsabilidad no recae únicamente en las autoridades, sino también en quienes, desde posiciones de poder mediático y económico, optan por alimentar la polarización.

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