Roger Bartra aprovechó una entrevista con El Universal para descalificar los rituales indígenas y el simbolismo político de sus tradiciones, al tiempo que arremetió contra el obradorismo y Morena. Sus declaraciones exhiben una postura que, bajo la apariencia de crítica intelectual, minimiza las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios y descalifica las expresiones políticas que no comparte.
Roger Bartra no se limitó a cuestionar decisiones políticas: despreció expresiones de la cultura indígena al calificar de ridículos rituales de purificación y ceremonias relacionadas con el bastón de mando. Presentar estas prácticas como motivo de burla no constituye una crítica profunda ni una demostración de superioridad intelectual; revela, más bien, una mirada incapaz de reconocer el significado histórico y comunitario de tradiciones que han sobrevivido siglos de discriminación y desprecio.
Resulta contradictorio que Bartra reconozca la marginación de los pueblos indígenas y la pérdida de sus lenguas, pero descalifique las expresiones simbólicas que buscan darles visibilidad. La exclusión histórica no se combate ridiculizando las tradiciones de quienes la han padecido. La representación política, el reconocimiento cultural y las políticas públicas dirigidas a estas comunidades pueden y deben discutirse, pero reducirlas a una puesta en escena es una manera simplista de ignorar las disputas históricas por el reconocimiento y la dignidad.
Algo similar ocurre con su postura sobre el derribo o retiro de monumentos, como la estatua de Cristóbal Colón. Bartra no tiene la capacidad de ver más allá de dos dedos de frente, pues para él solo se reduce la discusión a una disyuntiva: conservar las figuras históricas o borrar el pasado. Sin embargo, cuestionar si se deja en pie o no un monumento no significa borrar la historia, sino discutir a quién se honra en el espacio público y por qué. El concepto de iconoclasia parece serle extraño a alguien que es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, pero es precisamente éste el que nos permite analizar cómo las sociedades confrontan los símbolos del poder y cuestionan los relatos heredados. Reducir este hecho a una simple “tontería” evade la discusión de fondo.
Bartra también sostiene que el obradorismo acabó con la izquierda y que Morena representa una continuación del PRI. Son afirmaciones políticas que merecen escrutinio, no el tratamiento de verdades indiscutibles. Es innegable que Morena, al igual que cualquier partido y movimiento político, puede ser objeto de crítica y debate; pero tildar al movimiento como una mera copia del viejo régimen borra sus diferencias, sus rupturas, la diversidad de sectores sociales que lo integran y el impacto que ha tenido en la vida de los mexicanos.
La trayectoria intelectual de Bartra no vuelve una verdad absoluta sus opiniones, pero cuando la crítica se convierte en descalificación y desprecio, pierde profundidad, seriedad y termina exhibiendo sus propios límites, así como contribuyendo al “empobrecimiento del debate público” que, como él tanto critica, abunda hoy en día.


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