Etiqueta: Emmanuel Soriano Flores

  • Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Obedecer o resistir: México ante el Imperio que llama ‘democracia’ a su jaula

    Hay una incomodidad que los gobiernos latinoamericanos raras veces se atreven a nombrar en voz alta: que la democracia liberal, tal como la promueve y exige Estados Unidos, no es un ideal político desinteresado, sino un mecanismo de administración del poder ajeno. Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ha adoptado una postura que, sin declararlo con esa crudeza, apunta precisamente en esa dirección: la soberanía nacional no se negocia, la cooperación bilateral debe ser entre iguales, y ninguna presión externa justifica la subordinación de un Estado a los intereses de otro. Es una posición elemental en teoría, y subversiva en la práctica.

    Desde mediados del siglo XX, Washington ha tenido una preferencia consistente por los regímenes democrático-liberales en su esfera de influencia, no porque la democracia sea intrínsecamente buena para los pueblos —la historia de las intervenciones estadounidenses en América Latina desmiente esa narrativa con una brutalidad documentada—, sino porque ese modelo ofrece canales institucionalizados, élites locales funcionalmente dependientes del capital transnacional, medios de comunicación susceptibles de financiamiento externo, y una oposición siempre disponible para ser activada cuando el gobierno en turno deja de ser conveniente. La democracia liberal, en este contexto, no es el gobierno del pueblo: es el gobierno del pueblo administrado desde afuera.

    México no escapa a esa lógica estructural. Es una economía profundamente integrada a la de Estados Unidos a través del TMEC, con una frontera compartida de más de tres mil kilómetros, una diáspora de millones de ciudadanos en territorio norteamericano, y una dependencia histórica del capital estadounidense en sectores estratégicos. Eso no convierte a México en una colonia, pero sí en un Estado cuya soberanía opera en márgenes que el vecino del norte ha contribuido a definir. Reconocer esa realidad no es derrotismo: es el punto de partida honesto para cualquier política exterior digna.

    Lo que hace notable la postura de Sheinbaum es precisamente que no finge que esos márgenes no existen, pero tampoco los acepta como inmutables. Su insistencia en que la relación con Washington debe basarse en el respeto mutuo y la cooperación institucional —no en la subordinación— es una forma de reclamar el espacio soberano posible dentro de una asimetría innegable. No es el maximalismo retórico del antiimperialismo de trinchera, sino algo más difícil: la gestión cotidiana de una independencia relativa frente a un poder absoluto. Y eso, en el contexto geopolítico actual, tiene un costo real.

    Porque el Imperio no acepta bien la insubordinación moderada. Las presiones sobre México en materia de seguridad, migración, política de drogas y relaciones con China no son solicitudes de cooperación técnica: son formas de recordarle a Ciudad de México dónde está el límite de su autonomía. Cada vez que un funcionario estadounidense amenaza con aranceles, cada vez que un senador republicano pide designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas para tener pretexto de intervención, cada vez que se condiciona la asistencia a reformas que convengan a intereses corporativos del norte, se está ejerciendo una forma de soberanía vicaria: la idea de que México puede gobernarse, siempre que no gobierne demasiado.

    En ese escenario, defender la no injerencia en asuntos internos no es una posición arcaica heredada del nacionalismo revolucionario del siglo pasado. Es una necesidad estratégica para cualquier proyecto político que aspire a algo distinto del continuismo neoliberal. Si el Estado mexicano no puede definir su política energética, su modelo de seguridad, su relación con los recursos naturales o su posición ante conflictos internacionales sin pedir permiso en Washington, entonces la soberanía es un ornamento constitucional y no una realidad operativa.

    La presidenta Sheinbaum hereda una doctrina —la del Presidente López Obrador— que hizo de la no intervención un eje de política exterior, con sus virtudes y sus contradicciones. Las virtudes son evidentes: México recuperó en esos años una voz propia en foros internacionales, se negó a ser arrastrado a consensos automáticos, y mantuvo relaciones funcionales con gobiernos de distintos signos ideológicos sin alinearse subordinadamente con ningún bloque. Las contradicciones también lo son: la soberanía proclamada coexistió con una violencia interna que el Estado no supo o no quiso contener, y con una economía que siguió siendo estructuralmente dependiente.

    Ese es el nudo que ninguna retórica antiimperialista resuelve sola: la soberanía formal no basta si no va acompañada de soberanía material, es decir, de capacidad real del Estado para proteger a su población, redistribuir la riqueza, y controlar su territorio. México puede declarar su independencia de Washington todos los días y seguir siendo rehén de sus propias élites extractivas, de la corrupción institucionalizada y de la economía criminal que en muchas regiones ha sustituido al Estado. El antiimperialismo que no mira hacia adentro es una ideología incompleta.

    Y sin embargo, frente a la alternativa —la integración subordinada, la aceptación de que ser vecino de Estados Unidos implica ser su extensión administrativa—, la postura de Sheinbaum representa un mínimo ético y político irrenunciable. No injerencia, cooperación sin subordinación, respeto a la autodeterminación: estos no son principios ingenuos. Son, en el mejor de los casos, las condiciones mínimas para que un país de cien millones de personas pueda seguir siendo algo más que un mercado cautivo y una zona de amortiguamiento geopolítica. Defenderlos, en el México de 2025, no es un gesto heroico. Es, apenas, lo menos que se puede hacer.

  • El ocaso del imperio y el amanecer del Sur: México en el eje del cambio

    El ocaso del imperio y el amanecer del Sur: México en el eje del cambio

    El sistema colonial occidental no colapsará de un día para otro, sino que se desangra lentamente en sus capitales financieras: Nueva York y la City de Londres. Lo que los economistas llaman recesión, contracción o ajuste fiscal es, en términos históricos, algo mucho más profundo: el momento en que el parásito descubre que el huésped ya no quiere alimentarlo. Durante trescientos años, el orden global fue una arquitectura de extracción sistemática.

    El petróleo del medio oriente, los minerales latinoamericanos, la mano de obra barata asiática y la deuda perpetua del Sur Global fueron los pilares invisibles sobre los que se construyó la prosperidad occidental. No fue desarrollo; fue rapiña institucionalizada con tratados firmados de por medio.

    La tesis que circula con creciente fuerza en los círculos de análisis geopolítico —y que merece ser tomada en serio, no como conspiración sino como lectura histórica— plantea que ese pacto colonial se ha roto de manera irreversible. Los síntomas son evidentes para quien quiera verlos sin los filtros de los medios hegemónicos: el rechazo progresivo al petrodólar como moneda de intercambio global, la expansión de los BRICS como bloque de contrapeso real, la expulsión de tropas francesas de Mali, Burkina Faso y Níger, la nacionalización de recursos estratégicos en países que antes eran patio trasero de Washington o Londres. El Sur Global no está pidiendo permiso para existir. Está construyendo su propio orden.

    Lo que resulta históricamente irónico —y políticamente revelador— es lo que ocurre dentro de las propias metrópolis imperiales. Las herramientas de control que Occidente perfeccionó en sus colonias —deuda impagable, vigilancia masiva, escasez manufacturada, precariedad laboral estructural— se aplican ahora sobre sus propias poblaciones. El ciudadano de clase media en Chicago o Manchester vive hoy una versión suavizada de lo que vivió el campesino congoleño o el obrero boliviano bajo el modelo extractivo: endeudado, vigilado, prescindible. Las élites, mientras tanto, ya no tienen lealtad nacional. Han mudado su capital, sus familias y sus intereses a Dubái, Singapur, Mumbai o Shenzhen. El capital no tiene patria; nunca la tuvo. Solo tiene rendimientos.

    Frente a este escenario, la posición de México no es periférica ni anecdótica. Es estratégica y, en muchos sentidos, ejemplar. México es un país que ha vivido en carne propia la lógica imperial: desde la Conquista hasta el TLCAN, pasando por la intervención francesa, el Porfiriato exportador y los programas de ajuste estructural del FMI que devastaron a la clase trabajadora en los años noventa. La memoria histórica mexicana no es nostalgia: es un mapa de las trampas que no se deben volver a pisar.

    La apuesta por la soberanía sobre los recursos estratégicos, articulada desde el gobierno de López Obrador y consolidada en el de Claudia Sheinbaum, no es un capricho ideológico ni un populismo improvisado. Es una respuesta política coherente a una realidad geopolítica en transformación. El litio no puede ser de las mineras canadienses. El agua no puede cotizarse en bolsa. La energía eléctrica no puede ser negocio exclusivo de capitales extranjeros mientras millones de mexicanos pagan tarifas impagables. Estas no son posiciones radicales; son condiciones mínimas de soberanía nacional en el siglo XXI.

    La multipolaridad emergente ofrece a México una oportunidad que no ha tenido en décadas: diversificar sus alianzas sin tener que arrodillarse ante Washington. No se trata de sustituir un amo por otro, ni de romantizar a China o Rusia como potencias benevolentes —porque no lo son—. Se trata de usar el nuevo tablero global para negociar desde una posición menos subordinada, para vender los recursos mexicanos a quien pague justo, para construir cadenas de valor propias en lugar de ensamblar para el vecino del norte a salarios de miseria.

    El mundo que viene no será más pacífico. La transición de un orden unipolar a uno multipolar es, históricamente, un período de turbulencia, conflicto y reconfiguración violenta. Pero para el Sur Global, y para México en particular, el caos del fin del imperio puede ser también un espacio de autonomía real. El cierre del ciclo que comenzó en 1492 no es una promesa de utopía; es la apertura de un margen histórico que sería un crimen político desperdiciar.

    México tiene litio, agua, posición geográfica, una demografía joven y una identidad civilizatoria que no le debe nada a ninguna metrópoli. La pregunta no es si el imperio se devora a sí mismo —porque ya lo está haciendo—. La pregunta es si México tendrá la lucidez y la valentía de no dejarse devorar con él.

  • Trump, el matón sin victorias: México no será su trofeo

    Trump, el matón sin victorias: México no será su trofeo

    Donald Trump acumula fracasos con la misma velocidad con que acumula amenazas. Desde que regresó a la Casa Blanca, el hombre que se vendió como el gran negociador, el artífice de deals imposibles, el único capaz de poner orden en el caos mundial, no ha resuelto una sola guerra, no ha desactivado un solo conflicto, no ha producido una sola victoria diplomática que pueda mostrarle a su base electoral con algo de seriedad.

    Ucrania sigue ardiendo. Gaza sigue en ruinas. Y el capítulo iraní, lejos de ser el golpe de autoridad que sus asesores prometían, terminó siendo exactamente lo contrario: una exhibición de límites, una patada en el trasero geopolítica que dejó al presidente norteamericano buscando con urgencia una narrativa alternativa. Esa narrativa, como siempre en la historia del imperialismo estadounidense, apunta hacia el sur.

    El mecanismo es viejo y conocido. Cuando un presidente norteamericano no puede mostrar logros en los escenarios donde realmente se juega el poder global, voltea hacia América Latina. No porque ahí estén los problemas más urgentes del planeta, sino porque ahí es donde la asimetría de poder permite fabricar victorias baratas. Cuba lleva más de sesenta años siendo el punching bag favorito de la política doméstica estadounidense. Colombia y México han sido instrumentalizados durante décadas bajo el pretexto de la guerra contra las drogas, ese eufemismo conveniente que nunca tuvo como objetivo real reducir el consumo de narcóticos en Estados Unidos —porque ese consumo no ha bajado— sino mantener una palanca de presión permanente sobre gobiernos soberanos.

    Trump no busca resolver el problema del fentanilo. Si lo buscara, empezaría por las farmacéuticas que durante años sobredosificaron a millones de estadounidenses con opioides legales, o por los puertos y aeropuertos donde entra la droga con una regularidad que nadie en Washington parece querer interrumpir de verdad. Trump no busca llevar la democracia a Cuba, un argumento que en boca de un gobierno que financia dictaduras en Arabia Saudita y apoya golpes de Estado en medio mundo resulta directamente obsceno. Lo que Trump busca es el espectáculo. La foto. El momento televisivo que pueda reproducir en sus mítines ante una audiencia que necesita sentir que su líder ganó algo, lo que sea, frente a alguien.

    Y ahí está el núcleo del peligro. El abusador —porque eso es lo que es, en la política internacional como en cualquier otra esfera— no persigue la justicia ni el orden. Persigue la sumisión visible. Ningún resultado real será suficiente porque el objetivo nunca fue el resultado: fue la demostración de dominio. Si México cede en un punto, habrá un nuevo ultimátum. Si Colombia negocia, habrá una nueva exigencia. El chantaje no tiene punto de llegada porque su lógica no es la resolución sino la perpetuación de la dependencia. Eso lo saben muy bien quienes han estudiado la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina desde la Doctrina Monroe hasta el Plan Colombia.

    México, en este escenario, no es el más débil. Tiene frontera, tiene economía, tiene recursos, tiene una clase política que, al menos en su mayoría, ha aprendido a leer la correlación de fuerzas sin paralizarse de miedo. La administración de Claudia Sheinbaum ha demostrado una serenidad estratégica que descoloca al estilo Trump: no escalar innecesariamente, no ceder en lo sustantivo, no regalar el espectáculo que el otro necesita. Eso es inteligencia política, no debilidad.

    Pero la amenaza real no viene solo de Washington. Viene de adentro. La ultraderecha entreguista —esa que aparece en editoriales respetables, en think tanks financiados desde el exterior, en voces que se presentan como moderadas pero que en el fondo prefieren un México subordinado a uno soberano— trabaja activamente para fracturar la unidad nacional en el momento en que más se necesita. Su método es la desmoralización: convencer a la población de que resistir es inútil, que más vale negociar desde la rodilla, que la soberanía es un lujo que México no puede permitirse. Es mentira. Es siempre mentira.

    Un México unido, con claridad sobre sus intereses estratégicos y sin complejos frente a la intimidación imperial, es el peor escenario posible para Trump. Porque Trump no sabe qué hacer con quien no se doblega. El matón prospera con el miedo y se desinfla ante la dignidad. México tiene suficiente historia, suficiente territorio y suficiente memoria como para saber exactamente qué está en juego. La pregunta, una vez más, es si tendremos la unidad suficiente para no regalárselo.

  • La CIA en México: brazo armado del Imperio disfrazado de socio

    La CIA en México: brazo armado del Imperio disfrazado de socio

    La historia de la Agencia Central de Inteligencia no puede leerse con ingenuidad diplomática. Quienes la conciben como una simple agencia de recopilación de datos ignoran o eluden décadas de evidencia documentada, en gran parte por la propia agencia, sobre sus métodos reales de operación. La CIA no es un organismo de inteligencia en el sentido convencional del término; es el instrumento preferido de la política exterior estadounidense cuando la diplomacia no basta y la guerra abierta resultaría demasiado costosa en términos políticos. Su verdadera función ha sido, sistemáticamente, la desestabilización de gobiernos que no se alinean con los intereses de Washington, la manufactura de consensos a través de la desinformación, y la orquestación de golpes de Estado envueltos en retórica democrática.

    Los registros desclasificados no dejan espacio para la especulación: la CIA participó activamente en el derrocamiento de Mohammad Mosaddegh en Irán en 1953, de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, apoyó la dictadura de Pinochet en Chile tras el golpe de 1973 contra Salvador Allende, presidente electo por su pueblo, y estuvo involucrada en múltiples operaciones de desestabilización en América Latina, África y Asia. En cada caso, el patrón es idéntico: primero la infiltración, luego la desestabilización económica y mediática, después el golpe o la crisis política, y finalmente la imposición de un gobierno funcional a los intereses corporativos y geopolíticos estadounidenses. La retórica cambia según la época, pero el método permanece.

    La narrativa de la “guerra contra el narcotráfico” merece un análisis particularmente riguroso, especialmente desde la perspectiva mexicana. Durante décadas, la CIA utilizó redes de narcotráfico como mecanismo de financiamiento para sus operaciones encubiertas, como quedó documentado en el escándalo Irán-Contra durante los años ochenta. El caso del piloto Barry Seal, las conexiones entre la Contra nicaragüense y el cartel de Medellín, y los testimonios de múltiples agentes desclasificados revelan que la agencia no solo toleró el tráfico de drogas sino que en ocasiones lo gestionó activamente cuando convenía a sus objetivos estratégicos. Afirmar que la CIA combate el narcotráfico en México es, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una mentira funcional diseñada para justificar presencia operativa en territorio soberano.

    Y aquí el debate toca el corazón del asunto para México. La soberanía no es un concepto decorativo ni una cláusula de retórica nacionalista. Es el principio fundamental que distingue a una nación libre de un protectorado. Cuando funcionarios públicos permiten la operación de agentes de inteligencia extranjeros en suelo nacional sin aprobación del Congreso federal, están violando no solo la letra de la Constitución, sino el espíritu de una nación que pagó con sangre su independencia y que enfrentó múltiples intervenciones extranjeras a lo largo de su historia. México tiene memoria: recuerda la intervención francesa, recuerda la invasión norteamericana de 1846, recuerda la Embajada Pactista. No puede permitir que esa memoria se borre con el barniz de la “cooperación bilateral”.

    La posición de México debe ser clara e inquebrantable: ninguna agencia de inteligencia extranjera puede operar en territorio nacional sin el conocimiento, la aprobación y la supervisión de los órganos legislativos correspondientes. Esta no es una postura de confrontación; es una afirmación elemental de lo que significa ser un Estado soberano en el sistema internacional. La colaboración en materia de seguridad es legítima y posible, pero debe ser horizontal, transparente y subordinada a los intereses nacionales mexicanos, no a los cálculos geopolíticos de Washington.

    El imperialismo del siglo XXI no llega con barcos de guerra en todos los casos. Llega con agencias de inteligencia, con condicionalidades financieras, con acuerdos de “cooperación” que encubren subordinación, con narrativas mediáticas que criminalizan a los gobiernos que se niegan a ceder. México ha demostrado, a lo largo de su historia, capacidad para resistir esa presión cuando existe voluntad política y respaldo popular. La doctrina Estrada, que durante décadas orientó la política exterior mexicana con el principio de no intervención, sigue siendo un faro vigente en un mundo donde las grandes potencias continúan pretendiendo que su interés particular es el orden global.

    Quienes facilitan la operación de la CIA en México, sean funcionarios electos o no, deben responder ante las instituciones del país. La impunidad en estos casos no es un asunto administrativo menor; es una herida a la soberanía que, si no se cierra con consecuencias jurídicas reales, envía el mensaje de que México es un territorio abierto a la intromisión extranjera. La patria no se administra; se defiende.

  • Capitalismo y tragedia: nuevas perspectivas en México

    Capitalismo y tragedia: nuevas perspectivas en México

    Hay una verdad incómoda que el poder global se niega a pronunciar en voz alta: el capitalismo neoliberal no está en crisis, está en su fase terminal. Lo que observamos hoy, las guerras que arrasan poblaciones enteras, la caída sostenida de la natalidad en los países más “desarrollados”, la pauperización de las clases medias, la epidemia silenciosa de soledad y depresión, la migración masiva y desesperada, no son accidentes del sistema ni efectos secundarios tolerables. Son el sistema mismo funcionando exactamente como fue diseñado. Y el rostro más obsceno de ese diseño tiene hoy un nombre y un sombrero rojo.

    Donald Trump no es una anomalía de la democracia estadounidense. Es su destilado más puro. Es el producto lógico de una civilización que durante décadas convirtió el egoísmo en virtud, el individualismo en filosofía de vida y la acumulación en el único horizonte de sentido.

    Cuando una sociedad pasa generaciones adorando al mercado como si fuera un dios y despreciando todo aquello que no pueda medirse en dólares, el resultado inevitable es un líder que miente sin pudor, que desprecia a los débiles, que convierte la crueldad en espectáculo y que gobierna para los accionistas mientras habla en nombre del pueblo. Trump no es la causa de la decadencia imperial. Es su síntoma más elocuente.

    Ese mismo sistema que celebra a Trump celebra también a Javier Milei en Argentina, a Isabel Díaz Ayuso en España, a Daniel Noboa en Ecuador. Políticos que se presentan como rebeldes antisistema mientras sirven con fidelidad de perros guardianes a los mismos capitales de siempre. Su función histórica es clara: convencer a los de abajo de que sus verdugos son sus salvadores, de que desmantelar lo público es libertad, de que la precariedad es mérito y la riqueza ajena es inspiración. Son las mascotas ideológicas del capital financiero internacional, entrenadas para ladrar contra los pobres y menear la cola frente a los ricos.

    La migración es quizás el ejemplo más brutal de la hipocresía estructural del sistema. Los países del norte global, enriquecidos durante siglos mediante el saqueo colonial y la explotación neocolonial, que diseñaron deliberadamente las condiciones para que el sur global permaneciera como proveedor barato de materias primas y mano de obra, ahora levantan muros y criminalizan a quienes huyen de la devastación que ellos mismos provocaron.

    No permitieron el desarrollo soberano de nuestros países, financiaron golpes de Estado contra gobiernos que intentaban industrializarse, impusieron tratados comerciales que destruyeron economías locales, y hoy tienen la desvergüenza de hablar de “invasión”. La migración no es un problema de culturas incompatibles. Es la factura presentada por siglos de imperialismo.

    Frente a todo esto, la posición de México adquiere una dimensión histórica que muchos se niegan a reconocer porque les resulta incómoda. Mientras el norte construye muros físicos y simbólicos, México ha sostenido una política exterior anclada en principios como la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de controversias. Claudia Sheinbaum ha mantenido con dignidad una relación de firmeza ante las presiones de Washington, negándose a convertir al país en el gendarme migratorio de los Estados Unidos y rechazando las lógicas del sometimiento que tanto trabajo costó a generaciones anteriores superar. No es una postura menor. En un continente donde varios gobiernos se apresuran a arrodillarse ante el poder imperial, México se planta.

    Y esa postura no es solo diplomática. Es filosófica. Apunta hacia algo más profundo que las relaciones internacionales. Apunta hacia la recuperación de lo comunitario, de lo social, de los lazos que el neoliberalismo ha destruido metódicamente. Los pueblos originarios de México llevan siglos demostrando que es posible organizar la vida alrededor del bien común, de la reciprocidad, del cuidado de la naturaleza, del ser colectivo por encima del tener individual. No es nostalgia romántica. Es una alternativa civilizatoria concreta frente a un modelo que nos enferma, nos aísla y nos conduce al abismo.

    Votar, pensar y vivir desde una perspectiva humanista no es ingenuidad. Es el acto más radical posible en un mundo que ha convertido la inhumanidad en sentido común. El capitalismo decadente nos ofrece más tecnología, más velocidad, más mercancías. Y también más soledad, más guerra, más tierra arrasada.

    México no tiene todas las respuestas. Ningún país las tiene. Pero sí tiene la valentía de hacer la pregunta correcta: ¿para qué y para quién estamos construyendo el mundo?

  • El ocaso de un imperio en manos de la demencia: Trump y la resistencia soberana de México

    El ocaso de un imperio en manos de la demencia: Trump y la resistencia soberana de México

    El panorama geopolítico actual se encuentra ante una de sus mayores encrucijadas históricas, marcada no solo por la decadencia estructural de la hegemonía estadounidense, sino por la alarmante inestabilidad de quien controla el timón de ese imperio en descomposición. No hace falta poseer un título en psicología para diagnosticar que Donald Trump exhibe rasgos propios de trastornos mentales profundos que comprometen la seguridad global.

    La acumulación de diagnósticos informales emitidos por expertos —que van desde la hipomanía y el narcisismo hasta la demencia frontotemporal y la psicopatía— no es un mero ejercicio de retórica política, sino una advertencia urgente sobre la peligrosidad de un individuo que tiene bajo su control el botón nuclear y al ejército más poderoso del mundo.

    Este escenario es de una gravedad máxima, pues la combinación de un ego desmedido con un evidente deterioro cognitivo y rasgos paranoides crea un cóctel explosivo en un contexto de presiones internacionales crecientes. El “monstruo” que describen los analistas se alimenta del fracaso y del rechazo; cuando figuras así se ven acorraladas por el gran desgaste de su imagen o por el aislamiento frente a aliados históricos, su respuesta natural es la irracionalidad. Estamos ante la figura de un matón que, al sentir que su coerción pierde efectividad incluso dentro de su propia base política en el movimiento MAGA —donde ya se escuchan ecos de traición y locura—, buscará desesperadamente víctimas para reafirmar su menguante poder.

    El comportamiento de Trump es el síntoma de un imperio decadente que se niega a aceptar su nuevo lugar en un mundo multipolar. La táctica del matón es siempre la misma: desquitarse con aquellos que percibe como más débiles para proyectar una fuerza que ya no posee de manera absoluta. En este sentido, México y Cuba se encuentran en la mira de un líder que disfruta rodeándose de perdedores para inflar sus propios logros -según sus declaraciones más recientes-, una dinámica de humillación que busca perpetuar la estructura de subordinación colonial. Sin embargo, la historia nos enseña que la única forma de enfrentar al “rey” de un imperio en ruinas es a través de la unidad internacional y la firmeza soberana. El mundo debe actuar conjuntamente para detener la deriva de un hombre cuya inestabilidad emocional y falta de control puede acarrear acciones inesperadas y catastróficas. La resistencia no es solo una opción política, sino una necesidad de supervivencia frente a un actor que ya no respeta las reglas mínimas de la diplomacia ni del derecho internacional.

    En este complejo tablero, México emerge como un bastión de dignidad y pragmatismo frente a la soberbia del norte. Mientras algunos mandatarios regionales optan por comportamientos cipayos y vasallos, deleitándose en una sumisión que sabe a bota —figuras como Milei, Noboa o Bukele, que se arrodillan ante los intereses de Washington—, existen ejemplos de liderazgo que han sabido lidiar con la bestia desde la inteligencia y la autonomía. El caso de México es ejemplar, posicionándose junto a figuras como Xi Jinping o Putin, quienes han demostrado que se puede interactuar con el poder estadounidense sin entregar la soberanía nacional. México no debe ni puede ser el patio trasero de un hombre que utiliza el conflicto en Irán o las protestas internas como combustible para su propia paranoia. La posición mexicana debe ser la de una nación que se sabe clave en el equilibrio regional y que no está dispuesta a pagar los platos rotos de la decadencia interna de su vecino. La fortaleza de México reside en su capacidad para resistir la coerción y en su llamado a un orden mundial donde el derecho internacional prevalezca sobre el capricho de un líder con rasgos delirantes.

    Se avecinan tiempos duros, ciertamente, pues el matón herido es el más peligroso. Trump ha dejado claro que su estilo de gobierno se basa en la presión y el desprecio por la verdad, lo que ha erosionado sistemáticamente su credibilidad. Ante este panorama, la estrategia debe ser la de la firmeza inquebrantable. La decadencia del imperio estadounidense es un proceso histórico inevitable, y el hecho de que su representante más visible sea un individuo con poco control emocional y rasgos de demencia es solo la prueba final de un sistema que ha perdido su brújula moral y operativa. México, con su historia de resistencia y su presente de transformación soberana, está llamado a ser el muro real —no el de hormigón, sino el de la dignidad— contra el cual se estrellen las ambiciones irracionales de un líder que confunde la gobernanza con el delirio de grandeza. La unidad con el resto del mundo es la clave para neutralizar al tirano y asegurar que el ocaso del imperio no arrastre consigo la paz de la región.

  • El Espejo Roto del “Mundo Libre”: Hipocresía y Vasallaje ante el Ataque a Irán

    El Espejo Roto del “Mundo Libre”: Hipocresía y Vasallaje ante el Ataque a Irán

    La geopolítica contemporánea ha dejado de ser un tablero de ajedrez para convertirse en un escenario de representaciones teatrales donde las máscaras caen ante la pólvora. El reciente ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán no solo representa una escalada bélica de proporciones alarmantes, sino que funciona como un reactivo químico que deja al desnudo la verdadera composición ética de las élites occidentales. Bajo la premisa de “dime cómo reaccionas y te diré quién eres”, el análisis de las respuestas internacionales revela una realidad incómoda: el “mundo libre” no se rige por el derecho, sino por el vasallaje.

    Resulta imposible ignorar la asimetría moral con la que la élite occidental procesa los conflictos. Mientras que la intervención rusa en Ucrania fue catalogada como una violación flagrante de la soberanía, el ataque contra Irán es recibido con una mezcla de aplausos silenciados y retórica defensiva. Esta doble vara de medir no es un error de cálculo, sino la prueba de que los valores universales de “libertad” y “soberanía” son, en manos del primer mundo, herramientas de conveniencia política y no convicciones firmes.

    El análisis de las reacciones del bloque occidental permite identificar tres niveles de respuesta que, aunque distintos en forma, convergen en un mismo resultado: el fortalecimiento del agresor.

    1. Complicidad Abierta: Un sector de las élites no busca excusas. Apoyan la agresión de manera explícita, validando el uso de la fuerza como una herramienta legítima de su hegemonía. Para este grupo, el derecho internacional es una sugerencia opcional cuando los intereses estratégicos están en juego.
    2. Complicidad Disimulada: Aquí encontramos a los maestros de la ambigüedad. Intentan ocultar su apoyo o justificar la acción mediante argumentos velados, utilizando eufemismos para evitar la palabra “agresión”. Es el apoyo técnico disfrazado de neutralidad.
    3. La Condena Funcional: Quizás el tipo de respuesta más insidioso. Son críticas que, al ser formuladas, validan el relato de los victimarios. Al equiparar la responsabilidad de la víctima con la del agresor, estas condenas terminan siendo funcionales a los intereses de Washington y Tel Aviv. Es, en esencia, una “condena contra victimarios… y víctima” que diluye la culpa original.

    Las élites político-mediáticas del autoproclamado “primer mundo” han renunciado a cualquier atisbo de independencia. En lugar de actuar como contrapesos ante una escalada que pone en riesgo la estabilidad global, muestran una actitud de vasallaje que despoja de humanidad a sus discursos oficiales.

    En este panorama de sumisión, destaca la posición de México. El gobierno mexicano ha mantenido una postura de firmeza, condenando los ataques a pesar de las implicaciones geopolíticas que conlleva oponerse a la agenda de una administración autoritaria como la de Donald Trump. Esta respuesta subraya que la dignidad diplomática es posible, incluso frente a la sombra del autoritarismo, y resalta aún más la debilidad de las democracias europeas que prefieren el silencio cómodo al riesgo de la verdad.

    Como conclusión, podemos decir que el ataque a Irán es el certificado de defunción de la superioridad moral de Occidente. Las respuestas de los poderosos revelan que, más allá de la retórica pro-derechos humanos, existe una estructura de poder que solo reconoce la ley del más fuerte. Cuando el “mundo libre” se convierte en cómplice, por acción u omisión, de acciones bélicas injustificadas, pierde el derecho de erigirse como juez del comportamiento ajeno. La lección es clara: las crisis no solo definen el futuro de las naciones atacadas, sino que retratan definitivamente a quienes observan y reaccionan.

    Hoy, el espejo de la diplomacia occidental está roto, y lo que refleja es una élite que ha cambiado sus principios por la conveniencia de los agresores.

  • La doctrina Donroe y el cerco final: la estrategia de Trump para asfixiar a Cuba

    La doctrina Donroe y el cerco final: la estrategia de Trump para asfixiar a Cuba

    Parecía un desafío casi insondable: encontrar la manera de bloquear y afectar a Cuba más de lo que ya estaba después de seis décadas de un cerco implacable. Sin embargo, la administración de Donald Trump ha demostrado que siempre se puede escalar un crimen. Lejos de limitarse a mantener el statu quo de la guerra económica, su gobierno ha diseñado una estrategia de estrangulamiento total, concibiendo a la isla no solo como un objetivo, sino como una pieza clave en un tablero geopolítico mucho más ambicioso: la aplicación de una suerte de “Doctrina Donroe” —una reinterpretación brutal y moderna del viejo lema— con un radio de acción de 5,000 kilómetros. Esta visión, que busca establecer un control hegemónico absoluto sobre el hemisferio occidental, incluye no solo a Cuba, sino también a México y, por supuesto, a Venezuela, la fuente energética que mantenía con vida el espíritu de resistencia caribeño.

    El camino hacia esta nueva fase de agresión comenzó mucho antes de los eventos más dramáticos. La administración Trump ya venía aplicando una presión incesante sobre la isla a través de métodos que recuerdan a las más oscuras épocas de la piratería en el Caribe. Buques petroleros con destino a Cuba eran interceptados en alta mar, sus cargas eran bloqueadas y se impedía la libre navegación y el comercio legítimo de la isla con otras naciones. Este acoso naval, un acto de fuerza bruta disfrazado de política exterior, buscaba cortar el sustento energético de la nación, demostrando que no había límite para la coerción.

    Pero la verdadera escalada llegó con la intervención directa en Venezuela. El operativo que llevó al secuestro de Nicolás Maduro, al bombardeo de Caracas y a la muerte de cientos de civiles, fue leído en Washington como una victoria que envalentonaba sus ansias de poder. Con Venezuela doblegada y su petróleo bajo control, Trump y su círculo más cercano creyeron haber asestado el golpe mortal a Cuba. El cálculo era simple y perverso: si la única fuente significativa de energía de la isla era Venezuela, y Venezuela ya no podía proveerla, la resistencia cubana colapsaría por inanición económica y energética en cuestión de semanas. Lo que olvidaron en sus cálculos es la historia de un pueblo que ha aprendido a resistir y a reinventarse bajo las condiciones más adversas. Cuba ha soportado un bloqueo que quebraría cualquier otra economía en los primeros tres meses, una resiliencia forjada en la dignidad y la necesidad.

    Sin embargo, la lógica del imperio no se detiene ante la resistencia. Cuando el flujo desde Venezuela se interrumpió, la vida en la isla encontró un respiro gracias a la solidaridad, principalmente desde México. Barcos con combustible y suministros lograron burlar el cerco, ofreciendo un salvavidas a la población. Pero la sombra de la Doctrina Donroe se alargó hasta el país azteca. Trump, usando la misma táctica de la amenaza y la coerción, presionó al gobierno mexicano con la imposición de aranceles devastadores si continuaba el envío de petróleo a Cuba. Ante la amenaza de una guerra comercial que México no podía permitirse, el flujo energético oficial tuvo que retroceder. A pesar de todo, y como un gesto de humanidad que desafía la geopolítica, la ayuda humanitaria y algunos envíos esporádicos continúan, demostrando que la solidaridad del pueblo mexicano no se doblega fácilmente ante las presiones imperiales.

    Hoy, el estrangulamiento que sufre el pueblo cubano es casi total. La pregunta que flota en el aire es si alguien puede detenerlo. En un mundo bipolarizado, la respuesta lógica apuntaría a Moscú o Pekín. Solo una intervención decidida de estas potencias, ya sea en forma de financiamiento masivo, suministro energético constante o, en un escenario extremo, el establecimiento de una disuasión creíble mediante el envío de misiles hipersónicos apuntando a Miami y Washington, podría cambiar la correlación de fuerzas. Sin embargo, ese escenario parece, por ahora, una quimera. El gran reparto del mundo, los acuerdos tácitos y las líneas rojas no escritas entre las grandes potencias, dejan a Cuba atrapada en lo que Washington considera su patio trasero, su zona de influencia directa e incuestionable.

    A pesar de esta realidad geopolítica, la victoria de Trump sobre Cuba es, en esencia, pírrica. El costo de esta victoria no se mide en tanques de petróleo o barriles de combustible, sino en la erosión moral y estratégica de Estados Unidos. El mundo observa, con una mezcla de impotencia e indignación, las atrocidades que se cometen de forma impune contra un pueblo pequeño y bloqueado. Cada barco interceptado, cada sanción impuesta, cada amenaza lanzada, es una factura que se acumula en la conciencia histórica del imperio. Puede que hoy celebren el control y la asfixia, pero esa deuda moral, ese sufrimiento causado, es un pasivo que algún día, de una forma u otra, se pagará muy caro. La resistencia digna de Cuba no es solo un acto de supervivencia, es la prueba viviente de que la factura de la historia siempre termina por llegar.

  • Vergüenza en el senado

    Vergüenza en el senado

    Lilly Téllez, senadora plurinominal por el PAN y eterna protagonista de desfiguros en el senado, inventó que la presidenta Claudia Sheinbaum promueve el odio entre los católicos en un mensaje de Twitter, ello para generar odio, división y caos. Es a lo único que aspira ante la falta ya no de ideas, sino de un raciocinio y vergüenza mínimos. La reventadora de sesiones es valiente para seguir las instrucciones de su dueño, Salinas Pliego, pero la pregunta es, ¿lo sería igual para denunciar al Estado genocida de Israel después de que este bombardeara una iglesia católica en la Franja de Gaza y por el cual se manifestó firmemente el papa León XIV? Evidentemente no, porque es claro que ella sirve a intereses de élites ligadas al corporativismo e imperialismo anglo-sionista. Es en momentos como este cuando los mexicanos deberían notar la hipocresía característica de la derecha.

    Esta señora ha perdido cualquier esbozo de cordura y demuestra poca inteligencia y clase. Lo suyo es gritar sinsentidos con un altavoz y ofender a cuanto se le pone enfrente e intenta argumentar con ella. Contrasta demasiado con la inteligencia y cultura del presidente del senado, Gerardo Fernández Noroña, quien está a años luz de conocimiento y calidad argumentativa en el debate político.

    Gracias a la popularidad del presidente López Obrador y del movimiento de la 4T -hitos en la historia mexicana reciente- es que Téllez logra su entrada a la política. Después de la traición, se une al PAN por importarle más satisfacer a la cúpula de poder y no tanto al pueblo que votó por ella. Es tan incongruente como ridícula: cuando todos los mexicanos, incluso prianistas de altos vuelos como Anaya, rechazaron la pretensión de injerencia de Abascal y Vox, ella corrió a unirse a la declaración que hizo sobre la Iberósfera, aunque luego se arrepintiera.

    Se la pasó vociferando que iba a meter a López Obrador a la cárcel, lo cual le valió la aprobación del prianismo para postularse como precandidata a la presidencia, pero hay tanta vacuidad intelectual en ella, que hasta alguien tan carente de idas y corrupta como Xóchitl Gálvez le ganó la partida, aunque luego fue aplastada en las urnas.

    Molesta que el debate sea de tan baja calidad y que no haya argumentos mínimos. Por eso la tan necesaria reforma para eliminar plurinominales, en especial a aquellos como ella que degradan la profesión.

    Pero es que incluso muchos panistas no pueden estar de acuerdo con su participación en política, al menos no cuando ella los representa porque los hace ver maniqueos y simplistas.

    Téllez es una manifestación del cáncer que azota la política mexicana todavía, específicamente el que se manifiesta ignominiosamente a nivel local y legislativo. La política debe recobrar su lugar de debate de alturas a través de argumentadores con un mínimo de decencia, honor y conocimiento.
    Con tal de llevar la contraria, es capaz de esgrimir argumentos tan absurdos como la invasión de Estados Unidos a México, lo cual debería ser motivo no solo de vergüenza, sino de algún castigo por traición a la patria.

    Algunos pensarán que es bueno que ella se mantenga en el PAN para debilitarlo y que MORENA se mantenga en el poder, pero no, el debate dialéctico que contraste tesis con antítesis y genere síntesis para la generación de más y mejores ideas es necesario si aspiramos a un México mejor.

  • Sin diversificación e industria propia, no hay desarrollo ni dignidad

    Sin diversificación e industria propia, no hay desarrollo ni dignidad

    El neoliberalismo es un fracaso en muchos sentidos: convierte a los gobiernos fuertes en débiles para que los de siempre abusen de los de siempre, segrega a las sociedades y promueve los peores valores del individualismo sobre el colectivo; genera desigualdades que, a posteriori, se convierten en violencia y resentimiento, destruye y sustituye la industria propia a cambio productos supuestos productos más baratos y dependencia de ello, y uno de sus pecados más importantes es el aperturismo ramplón y entreguista hacia Estados Unidos con el cuento de más comercio y PIB. No funcionó, aunque algunos crean que sí porque se inflaron números macro para beneficiar a los mismos, no a las grandes mayorías.

    No hay que ser un gran teórico del comercio internacional o un genio de las finanzas para darse cuenta que es importante diversificar opciones de exportación e importación en caso que llegue un presidente loco e impredecible, como Trump que nos amenaza con aranceles que destrozarían la economía. Más del 85% del comercio exterior de México depende de Estados Unidos con balance favorable para ellos, aunque el argumento proteccionista actual diga lo contrario.

    Tampoco hay que ser un gran visionario o estadista para saber que, antes de entregar tu país a los que solo quieren expoliarlo a través de la sobre explotación de materia prima y mano de obra barata, es mejor tener industria propia y desarrollada para no depender del resto. Lo dijo el presidente López Obrador y es fácil de entender: es mejor fabricar tu propio jugo de naranja y no vender naranjas para comprar después el jugo, en el caso concreto de la refinería de Dos Bocas, pero aplica para muchas industrias y procesos; también, es mejor comprar tu casa (desarrollar tu industria, generar tu conocimiento y formar a tus ciudadanos) que rentar y tener que dejarla cuando el arrendador te la pide o te quedas sin trabajo (o sea el modelo neoliberal y el aperturismo antes mencionado).

    No es casualidad que los formados en Harvard y otras universidades norteamericanas impusieran ese modelo en México (Salinas de Gortari, Zedillo, Fox y Calderón): nos estaban preparando para la dependencia y explotación. Antes, invadían con armas y bombas; luego fue más fácil educar a los supuestos líderes para no gastar ni una bala y que los gobernantes mexicanos fueran lacayos al servicio de Washington. El resultado fue que el comercio mexicano le apostó todo al peor imperio de la historia y no tenemos industria con qué defendernos en plena crisis arancelaria. La oportunidad de revertir un poco las cosas fue la elección del 2006, pero ante el fraude electoral se consolidó, todavía más, lo que ahora parece casi irreversible.

    También es cierto que Estados Unidos te obliga a jugar con sus reglas y el margen es poco, y si no juegas su juego como Cuba, Venezuela, Irán, Corea del Norte, etc., te bloquea y expulsa del tablero; si juegas, debes perder siempre para que estén contentos con su riqueza y poder, aunque vivas permanentemente en el subdesarrollo, como casi toda Latinoamérica; pero cuidado si se te ocurre ganar, porque entonces eres una amenaza para la democracia y el mundo basado en reglas, como China en la actualidad, y en ese sentido, ojalá triunfe en su guerra comercial contra Estados Unidos, y que México aprenda la lección de cómo diversificarse, tener industrias propias, y más importante que todo, tener dignidad y trabajar por y para el pueblo.