Etiqueta: Germán Castro

  • Intemperie espiritual / Magnifica Humanitas I

    Intemperie espiritual / Magnifica Humanitas I

    Míster Robert Francis Prevost, septuagenario oriundo de Chicago, Illinois, y mejor como León XIV, publicó su primera encíclica el pasado 25 de mayo de 2026. El documento se titulada Magnifica Humanitas y fue firmado por el Romanus Pontifex estadounidense-peruano originalmente el 15 de mayo de 2026 —coincidiendo con el 135º aniversario de la histórica Rerum novarum de León XIII—. El eje central de la encíclica es la preservación de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El borrador original fue redactado en inglés —posteriormente, el texto fue revisado por especialistas de la Santa Sede para su traducción oficial a otros idiomas (español, italiano, alemán, francés, polaco, portugués y árabe) y para la elaboración de la versión final en latín—. El texto es muy extenso para una encíclica; tiene casi 42 mil palabras, unas 200 páginas.

    Magnifica Humanitas está organizada en una introducción, cinco capítulos temáticos y una conclusión, siguiendo un hilo conductor que va desde el diagnóstico de la realidad actual hasta la propuesta de una “nueva ecología humana” digital.

    León XIV plantea en la Introducción que no estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época. Define el contexto actual como una “fractura antropológica” provocada por la aceleración tecnológica. No me parece que exagere.

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    De entrada, conviene decir que la Introducción de la encíclica se titulada “El umbral de una nueva era”, es decir, el tono es esperanzador: se refiere no al fin de una época sino al inicio de otra. Con todo, el Papa establece el tono de urgencia que marcará el resto del documento. A diferencia de las encíclicas tradicionales, que suelen comenzar con una exposición histórica o una referencia exegética pausada, este texto se abre con una estocada directa al corazón de la modernidad tecnológica. El sucesor de San Pedro argumenta que la humanidad se encuentra en un momento de “fractura antropológica”, un concepto que utiliza para describir no sólo una transformación técnica, sino una mutación en la forma en que el ser humano se percibe a sí mismo, a su prójimo y a la realidad trascendente. 

    En este umbral, el Papa plantea que la aceleración tecnológica no es un proceso neutral ni se limita a meras herramientas de progreso.; argumenta que se trata de una fuerza que ha alterado la arquitectura fundamental de la convivencia entre la gente. La tesis central que recorre estas páginas introductorias es que hemos confundido la acumulación de información con la sabiduría, y la velocidad de procesamiento con la profundidad del pensamiento. Al respecto, León XIV es incisivo: “Hemos construido torres de silicio que, a fuerza de querer tocar el cielo de la omnisciencia, han terminado por sepultar nuestra capacidad de mirar a los ojos a nuestro hermano, confundiendo la verdad con la coincidencia estadística”. Esta cita encapsula el núcleo del malestar que el Papa identifica: la reducción del misterio humano a un conjunto de puntos de datos que pueden ser procesados, vendidos y manipulados. La verdad, coincido, difícilmente cae en el promedio.

    Para el máximo jerarca de los católicos, nuestro tiempo no debe ser visto simplemente como una era de cambios, sino como un verdadero cambio de época. La diferencia es fundamental: en un cambio de época, las estructuras de pensamiento que daban sentido a la existencia se desmoronan cuando las nuevas no han terminado de cristalizar, dejando al individuo en una intemperie espiritual. El Papa observa cómo la inmersión constante en entornos digitales ha creado una especie de “desierto interior”. La tecnología, lejos de liberarnos de las cargas mundanas, nos ha encadenado a una inmediatez asfixiante donde el silencio —entendido no como ausencia de ruido, sino como espacio para el encuentro consigo mismo— se ha vuelto un artículo de lujo. El Papa advierte: “La prisa algorítmica es la nueva forma de opresión. Mientras nos venden la ilusión de que todo está al alcance de un clic, nos están sustrayendo, de manera solapada, el derecho inalienable a la duda, al error y a la lentitud que requiere el amor”.

    A lo largo de esta introducción, León XIV desmantela la narrativa predominante que presenta a la Inteligencia Artificial como un ente imparcial. Por el contrario, sostiene que los algoritmos son, en esencia, “cargados de intenciones” y sesgos que responden a las agendas de poder de quienes poseen la infraestructura de datos. El Papa señala que esta concentración de poder es un riesgo para la democracia y la paz social, llamando a los gobernantes a no abdicar de su responsabilidad ante las corporaciones tecnológicas. El texto subraya que el diseño de los sistemas digitales actuales, orientados a la optimización del beneficio y la retención de la atención, es fundamentalmente incompatible con la dignidad humana si no se impone una ética superior. En palabras del pontífice: “No podemos aceptar que el futuro del hombre sea una variable de un modelo predictivo. La libertad no es un error de sistema que debe ser corregido mediante una optimización algorítmica, sino la condición sagrada bajo la cual el ser humano responde a la llamada de su Creador”.

    Finalmente, el Papa concluye la Introducción de su encíclica con una invitación que resuena con un tono profético. Reconoce la utilidad técnica de los avances, pero insiste en la necesidad de una “pedagogía de la resistencia”. No propone una huida del mundo ni una condena apocalíptica, sino una reorientación radical de nuestra mirada. La encíclica, por lo tanto, no se presenta como un tratado técnico para especialistas; pretende más bien ser un manifiesto de supervivencia para la humanidad. El Papa insta a los lectores a abandonar la lógica del “dataismo” y a recuperar la capacidad de asombro, la única herramienta capaz de distinguir lo auténticamente humano de la simulación. En el párrafo final de esta sección introductoria, León XIV lanza su exhortación más desafiante: “Es momento de detener la marcha frenética de nuestra autoproclamada omnipotencia tecnológica para preguntarnos, en el silencio del desierto de datos, si todavía sabemos qué significa ser, simplemente, un ser humano en presencia de otro ser humano”. 

    @gcastroibarra

  • Cortés descalzonado

    Cortés descalzonado

    Aunque ya llevaba meses escuchando montones de historias y un torrente de metáforas sobre la majestuosidad de lo que le esperaba, a don Hernando se le debieron haber caído los calzones cuando vio por primera vez la megalópolis de la cuenca de México, la gran México-Tenochtitlán. En su vida había visto un portento civilizatorio de ese tamaño…, ni de cerca. Considere usted… El capitán Cortés había nacido apenas 34 años antes en un pueblito en el que vivían menos de dos mil almas: Medellín en 1485 era una pequeña villa castellana de la región de Extremadura, situada sobre una colina junto al río Guadiana. Dominada por su castillo medieval y rodeada de tierras agrícolas y ganaderas, vivía principalmente del cultivo de cereales, olivares y la cría de ovejas. Sus calles estrechas y casas de piedra recordaban las secuelas recientes de la Reconquista. Claro, mozuelo, conoció la ciudad de Salamanca: una de las ciudades más prestigiosas del reino de Castilla, que en 1500 debió de haber estado habitada por cerca de quince mil gentes. Sus calles de piedra dorada bullían con estudiantes, clérigos, comerciantes y nobles llegados de distintos territorios. Bajo el reinado de los Reyes Católicos, la ciudad vivía un momento de prosperidad cultural, con iglesias, conventos y edificios universitarios en expansión. Para el joven Hernán Cortés, que llegó allí para estudiar leyes, Salamanca ofrecía un primer contacto con el humanismo, la política y las ambiciones del mundo castellano en plena era de expansionismo. Luego, tres años después, el joven llegó nada menos que una de las dos ciudades más grandes de España en ese momento, Sevilla, la que bullía con la vida de unas sesenta mil personas. Para los ojos de un extremeño como Cortés, en 1503, Sevilla debió haberle parecido una colosal desmesura y un espectáculo de diversidad: un hervidero humano de mercaderes genoveses, marineros vizcaínos, esclavos africanos, frailes, soldados, pícaros y burócratas de la Corona que abarrotaban las callejas alrededor de la catedral y del puerto sobre el Guadalquivir, por donde comenzaban a entrar las riquezas y noticias del recién descubierto Nuevo Mundo. Aquel año, además, la ciudad acababa de convertirse en el centro neurálgico de la expansión ultramarina castellana con la creación de la Casa de Contratación, institución destinada a controlar el comercio y los viajes hacia las Indias.

    Hernán Cortés cruzó el Atlántico por ocasión primera en 1504; cuando tenía alrededor de 19 años partió a La Española. Cuando desembarcó en Santo Domingo encontró una ciudad improvisada, ruda, y al mismo tiempo altiva: el principal enclave castellano en el Caribe y la primera capital duradera del imperio español en el Nuevo Mundo. Levantada a orillas del río Ozama, la población mezclaba construcciones de madera, bohíos y algunas pocas construcciones de piedra en edificación; por sus calles polvorientas transitaban funcionarios reales, soldados hambrientos de fortuna, frailes, comerciantes, aventureros recién llegados de Europa y sobrevivientes curtidos por las enfermedades, el hambre y las violentas campañas de conquista. El aire, cargado de trópico, olía a puerto y a eventualidad: Santo Domingo era todavía más un campamento que una ciudad colonial.

    Siete años después arribó a un asentamiento español aún más pequeño: Santiago de Cuba. Santiago, en 1511, era un asentamiento precario de chozas y construcciones rudimentarias entre las montañas y una bahía profunda, sitiada por mosquitos. En la diminuta villa convivían soldados, burócratas, sacerdotes, aventureros y población taína sometida por la conquista, en total no más de medio millar.

    Así que, imaginemos, incluso cuando don Hernando conoció el antañón mundo indígena mesoamericano en Cempoala debió de haber quedado boquiabierto: tan sólo en términos poblacionales, Cempoala era aproximadamente entre 40 y 100 veces más grande que Santiago de Cuba. Incluso usando cálculos conservadores, la diferencia era brutal. Recordemos que Bernal Díaz del Castillo describe Cempoala con una mezcla de asombro urbano y fascinación por la abundancia. En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España insiste en que era una población “muy grande”, llena de casas bien construidas, patios y aposentos amplios, y subraya el movimiento incesante de hombres y mujeres, animales, alimentos y tributos. Le impresiona especialmente el orden urbano y la densidad humana, algo que para soldados curtidos en las Antillas resultaba insólito: “No sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas…” Y ya traía yo a cuento aquí la semana pasada la sorpresota que se llevaron los ibéricos cuando llegaron a Tlaxcala. Los hispanos quedaron anonadados…

    Pues México-Tenochtitlán era descomunal incluso comparada con Tlaxcala. Las estimaciones varían, pero Tenochtitlán tenía entre 250 mil y 300 mil habitantes en 1519, mientras que la ciudad de Tlaxcala acaso rondaba entre 30 mil y 50 mil. En otras palabras: la capital mexica era aproximadamente entre cinco y siete veces más grande.

    Pero el verdadero vértigo, aquel que seguramente dejó a don Hernando no sólo descalzonado, sino despojado de toda certeza europea, estaba en la escala regional. Porque aquello no era simplemente una ciudad, por muy monumental que fuera; era la Cuenca de México completa, una superpotencia demográfica con cerca de millón y medio de habitantes distribuidos en unos siete mil kilómetros cuadrados. Una densidad alucinante de hasta doscientas personas por kilómetro cuadrado que convertía al valle en un sistema urbano interconectado, una red de ciudades-estado que bullían como un hormiguero humano sobre el agua. Si Tlaxcala había sido un choque para los sentidos, Tenochtitlán fue el descontón mental: una metrópolis compacta, imperial y acuática que borraba cualquier mapa conocido por el extremeño. Mientras que en Castilla la gente vivía dispersa en campos y villas, aquí el paisaje entero era una ciudad que respiraba, cultivaba y comerciaba al unísono. Al poner un pie en aquella calzada, debió haber sentido que su mundo —el de las murallas de piedra, los latifundios medievales y las villas europeas— era apenas un boceto ante la complejidad tecnológica, estética y demográfica de aquella civilización… 

    @gcastroibarra

  • El México que no existía

    El México que no existía

    A la señora Isabel Díaz Ayuso

    Mucha madre

    Para algunos teóricos, decir civilización y decir cultura es decir lo mismo. Para otros, una civilización no es ni más ni menos que la dimensión material de una cultura. Algunos más clásicos piensan que una civilización es una forma más desarrollada de la cultura. Desde esta última posición, se señala que, si bien todas las comunidades humanas tienen necesariamente una cultura, no todas desarrollan una civilización. Una perspectiva así es claramente evolucionista y jerarquiza a partir de la idea de que todas las comunidades humanas tendrían que dirigirse hacia las mismas metas de desarrollo cultural. La antropología contemporánea rechaza en gran medida esa jerarquía, por considerar que no hay culturas “más desarrolladas” en un sentido cualitativo absoluto, sino distintas trayectorias adaptativas y simbólicas. Pero, bueno, podemos quedarnos en que lo que la tradición occidental ha dado en llamar civilización presenta características distintas a otras expresiones culturales.

    En una civilización hay explotación agrícola, ciudades, una organización sociopolítica compleja, división social del trabajo, calendarios, dinero y escritura e historia… Estos son los rasgos que la tradición occidental ha privilegiado como distintivos de una civilización. Siendo así, la cultura es parte sustancial de la condición humana, mientras que las civilizaciones son un desarrollo muy reciente: la aparición del homo sapiens moderno data de hace unos 300 mil años y las primeras civilizaciones surgieron hace menos de 10 mil años.  La cultura es tan antigua como el hombre; la civilización, un invento de ayer. Así, cultura hay y ha habido en donde hay personas, en tanto que las primeras civilizaciones no aparecieron en todo el planeta, sino en coordenadas específicas, de hecho, en algunos pocos sitios, y de ahí se diseminaron.

    Las civilizaciones agrarias originarias —las que no emanaron de ninguna otra anterior— surgieron en varios sitios y en distintos momentos; al menos se suelen considerar seis: en África, la egipcia; en Asia, la mesopotámica —probablemente la más antigua de todas—, la china y la del valle del Indo; y en América, la civilización de Caral, en los Andes centrales, y la olmeca. Así que, en Oceanía, ninguna; tampoco en Europa, por cierto.

    En cambio aquí, en este territorio que hoy poblamos los mexicanos y mexicanas, hace unos cuatro mil años comenzó a gestarse la cultura olmeca en la costa sur del Golfo de México, y de ella brotó la primera civilización mesoamericana y una de las primigenias de todo el mundo. En México es común referirse a ella, a la olmeca, como la cultura madre. No sólo es común, es correcto: “A lo largo de quince siglos, el mundo olmeca tuvo una expansión acelerada desde su zona nuclear… hasta buena parte de los estados circunvecinos de Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Morelos. Con tal potencia, que lo olmeca impactó profundamente en los modos de ser y de pensar de muchos pueblos, impulsó el nacimiento de los primeros centros hegemónicos en el plano regional, estableció relaciones culturales, políticas y comerciales con lugares distantes, e inició el sistema de escritura y medición del tiempo que dieron sustento a los universos culturales posteriores del México Antiguo” (Diego Prieto, La grandeza de México).

    Mucha civilización

    El señor Hernán Cortés se quedó atónito cuando vio la ciudad y de ello le informó por escrito a su emperador Carlos V: 

    La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración…, lo poco que diré creo es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios, y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó [a los moros, apenas en 1492], y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas. Hay en esta ciudad un mercado en que… todos los días, hay en él de treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad…

    Y no, Cortés no se estaba refiriendo a México-Tenochtitlán, sino a la muy menor Tlaxcala, la cual era, efectivamente, más grande que Granada. En 1519, Granada tenía aproximadamente 40 mil habitantes. Era una ciudad importante, pero estaba lejos de ser la más grande de España. En 1519, la ciudad ibérica más grande era Sevilla, con una población que no llegaba a los 65 mil habitantes. Le seguían Valladolid (35 mil) y Toledo (27 mil). Barcelona y Valencia andaban por cifras similares o algo menores. Madrid era todavía una villita de menos de 10 mil habitantes. En ese mismo momento, México-Tenochtitlan, la capital del imperio mexica, tenía una población estimada cercana a los 300 mil habitantes, lo que la colocaba entre las ciudades más grandes del mundo, superior a las mayores urbes europeas. En 1519, la ciudad más grande de Europa era Constantinopla, hoy Estambul, en donde también radicaban alrededor de 300 mil almas, la mayoría de ellas, por cierto, no cristianas, puesto que en 1453 había sido conquistada por los otomanos. Y hablando de Constantinopla, Bernal Díaz del Castillo la compara justamente con México-Tenochtitlán:

    Y entre nosotros había soldados que habían estado en muchas partes del mundo, en Constantinopla y… en Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto….

    Mucho México

    Así que pongamos las cosas en su sitio. En este territorio, cuatro mil años atrás, brotó una de las seis civilizaciones originarias del planeta. Cuando los europeos llegaron, las ciudades que encontraron no tenían nada que envidiar a las suyas; en varios aspectos, las rebasaban. La idea de un México que no existía —atrasado, incivilizado, necesitado de tutela— es, ha sido siempre, una ficción política. Una ficción en el sentido de mentira, de gran mentira… Claro, no hay que ser mal pensado, también puede tratarse de puritita ignorancia.

    @gcastroibarra

  • Estereotipos encarnados

    Estereotipos encarnados

    La Teoría de la Encarnación de los Estereotipos (SET, por sus siglas en inglés) bien puede situarse tanto en los ámbitos de la medicina y la psicología como en el de la sociología. Verán ustedes si no…

    Resulta que hoy contamos con datos construidos con todo rigor científico que nos permiten afirmar con plena certeza lo que seguramente usted intuye y la tradición conoce desde hace milenios. La tesis central de la Teoría de la Encarnación de los Estereotipos, desarrollada por la doctora Becca Levy, postula que los estereotipos sobre el envejecimiento no son simplemente prejuicios sociales externos, sino que se asimilan e internalizan a lo largo de la vida, convirtiéndose eventualmente en una realidad biológica que determina las condiciones de salud, el funcionamiento cognitivo e incluso la longevidad del individuo.

    En esencia, la teoría sostiene que las personas “encarnan”, esto es, vuelven realidad corporal, sus creencias culturales sobre la vejez. ¿Cómo? Los estereotipos se absorben desde la infancia, mucho antes de que sean aplicables a uno mismo. Operan desde el inconsciente, es decir, funcionan sin que nos demos cuenta, influyendo en nuestras decisiones de salud y niveles de estrés. Ahora, los estereotipos que internalizamos no solamente tienen repercusiones en la psique de la gente: impactan a través de tres canales: psicológico (expectativas), conductual (hábitos) y fisiológico (cortisol y respuesta al estrés).

    Becca Levy publicó en marzo de 2026 un estudio masivo en la revista Geriatrics utilizando datos del Health and Retirement Study. El principal descubrimiento de la investigación desafía el dogma de que el envejecimiento sea un declive lineal, pues encontró que casi el 50% de los adultos mayores de 65 años mostraron mejoras medibles en su función cognitiva o física a lo largo del tiempo. ¿Cuál fue el factor determinante? Si está usted pensando que es la fatalidad genética, está usted equivocándose. Resulta que aquellos que encarnaron creencias positivas sobre la edad y el envejecimiento tienen muchas más probabilidades de estar en el grupo que mejora. La decadencia está influenciada por el entorno cultural.

    Es fascinante cómo la ciencia contemporánea, con toda su artillería estadística, a menudo termina “descubriendo” verdades que el refranero ya había sintetizado. La sabiduría popular ha intuido desde siempre que lo que sembramos en la mente termina floreciendo o marchitando el cuerpo. Sobre la llamada “internalización temprana”, tenemos un dicho muy preciso: “Lo que se aprende en la cuna, hasta la sepultura dura.” Muchas ideas que se graban cuando somos “esponjas” nos acompañan toda la vida, independientemente de que sean correctas o no. “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza” sugiere que las estructuras, mentales o físicas, formadas en la edad más temprana son las que dictan la forma final. La SET explica que no nos damos cuenta de que estos prejuicios actúan en nosotros mismos. “No lo repitas tanto, que vas a terminar creyéndotelo.”, me advertía mi abuela. Un estereotipo puede terminar siendo aceptado como una verdad interna. “Si dices que eres viejo, viejo te quedas”, un refrán muy directo sobre la profecía autocumplida: la etiqueta que te pones dicta tu estado. “El león cree que todos son de su condición”: si internalizas que la vejez es decadencia, verás decadencia reflejada en el espejo. “Mala vida, temprana vejez”: la mala vida aludida puede no sólo referirse a excesos físicos, sino también a la carga mental y el estrés acumulado que se encarnan y producen un envejecimiento prematuro. “El que se da por vencido, antes de tiempo ha envejecido” apunta directamente al canal conductual: si crees que ya no puedes, dejas de hacer, y al dejar de hacer, el cuerpo se atrofia y muy pronto, efectivamente, ya no puede. 

    Una investigación publicada este año en el Journal of the American Geriatrics Society titulada “Self-Perceptions of Aging Predict Recovery After a Fall”, liderado por investigadores que colaboran con los marcos teóricos de la doctora Levy, utilizó datos de más de 4,000 participantes del Estudio Longitudinal Inglés sobre el Envejecimiento, para reportar el siguiente hallazgo: las personas con autopercepciones positivas del envejecimiento (quienes no ven la vejez como un sinónimo de invalidez) tienen una probabilidad significativamente mayor de recuperar su nivel de función física previo tras una caída, comparado con aquellos con visiones negativas. El estudio sugiere que quienes han “encarnado” estereotipos positivos mantienen una mayor “reserva psicológica” que se traduce en una mejor respuesta biológica al estrés y mejor desempeño en la rehabilitación.

    Un estudio en Aging & Mental Health (“Edadismo internalizado y salud sexual”, 2026) analizó cómo la SET explica la disfunción sexual en la vejez, no como un fallo biológico, sino como una consecuencia de la pérdida de autoestima provocada por estereotipos culturales.

    El envejecimiento no es un proceso puramente cronológico o genético, sino un proceso biopsicosocial. El entorno cultural —específicamente el menosprecio de la vejez en una sociedad— se filtra a través de la psicología del sujeto para modificar su expresión génica y su resiliencia física. En términos llanos: la sociedad nos envejece antes de que el tiempo lo haga, pero si el sujeto internaliza una visión positiva, esa misma “encarnación” puede funcionar como un factor de protección que extiende la vida funcional.

    Conozco a mucha gente que le tiene horror a la vejez, a su propia vejez, aunque quizá no tanto como a la muerte, en última instancia, el único freno realmente efectivo contra el envejecimiento. Ese pavor a hacerse anciano es producto de la encarnación de un estereotipo, un estereotipo que convendría extirparse. 

    @gcastroibarra

  • Envejecer

    Envejecer

    Sin ánimo de deprimir a nadie y en cambio sí con toda la intención de hacer conciencia, enseguida apunto qué debemos entender por envejecimiento, según el glosario que integra el documento conceptual de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México 2024:

    Proceso natural, continuo e irreversible de cambios biopsicosociales que ocurren a lo largo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, caracterizado por una acumulación de daño celular que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales.

    Apostillemos… Envejecer es un proceso que ocurre por sí mismo, como parte del funcionamiento normal de la vida o del mundo, sin necesidad de intervención externa. Es algo “que simplemente sigue su curso porque así está determinado por naturaleza. Es continuo porque no ocurre en saltos ni en momentos aislados ni a resultas de eventos específicos, sino que avanza todo el tiempo, día tras día. Desde que nacemos, el cuerpo está cambiando constantemente: crecemos, maduramos y luego, poco a poco, nuestras funciones van disminuyendo. No hay pausas en ese proceso, aunque no lo notemos. Es irreversible porque esos cambios no pueden deshacerse. Puedes mejorar tu salud, retrasar ciertos efectos o compensarlos (con ejercicio, buena alimentación, medicina), pero no puedes regresar el organismo al estado biológico de una etapa anterior. Es como una vela que se consume: puedes hacer que dure más, pero no puedes devolverle la cera que ya se quemó.

    El envejecimiento se presenta como una serie de cambios biopsicosociales porque no afecta nada más al cuerpo, sino a tres dimensiones que están íntimamente conectadas: el organismo cambia (crecimiento, maduración, desgaste de órganos y células), pero también evolucionan la memoria, las emociones, la forma de pensar y de afrontar la vida. De igual modo, a lo largo del tiempo, cambian los roles y relaciones (ser estudiante, trabajador, padre/madre, jubilado, cuidar y ser cuidado, etc.) de cada persona. Y todos esos cambios suceden todo el tiempo, desde el nacimiento hasta la muerte, porque no empiezan en la vejez: desde que nacemos ya estamos en un proceso de transformación constante. Lo que cambia es el tipo de transformación: al inicio predominan el crecimiento y desarrollo; después, el mantenimiento; y más adelante, el declive gradual. Las células que nos integran trabajan, se dividen y se reponen y reparan constantemente. Pero ese trabajo continuo va dejando pequeñas fallas: daños en el ADN, desgaste en sus estructuras y la capacidad de corregir errores se va desgastando. Con el tiempo, esos daños se acumulan porque el sistema ya no logra repararlos con eficacia. Esa acumulación va afectando cómo funcionan los tejidos y órganos. Por eso, de manera gradual, el cuerpo y la mente pierden parte de su capacidad para responder, adaptarse y mantenerse en equilibrio.

    ¿Y qué tanto cambiamos? ¿Qué tanto queda de lo que fuimos, de lo que hemos sido, conforme vamos envejeciendo? Se estima que al nacer en un ser humano hay del orden de decenas de miles de millones de células (≈10¹⁰), aproximadamente dos billones de células, y que y hacia los 80 años el cuerpo tiene alrededor de 30–40 billones de células. El aumento con la edad se debe al crecimiento en tamaño y número de células (por ejemplo, músculo, grasa, tejido conectivo, etc.). Ahora, ¿algunas de esas células duraron vivas a lo largo de toda la vida o todas se renovaron? ¿algunas de esas células duraron vivas a lo largo de toda la vida o todas se renovaron? La mayoría gran de nuestras células (piel, sangre, intestino, hígado, etc.) se renueva constantemente. Pero no todas se renuevan: neuronas, células del cristalino, miocardiocitos y células del oído interno son ejemplos de células que pueden durar toda la vida (desde el nacimiento o incluso desde el desarrollo fetal). ¿Qué tantas permanecen? Científicamente, se estima que entre el 1% y el 4% de las células del recién nacido siguen vivas en la vejez. La mayoría de los biólogos aceptan que el porcentaje es inferior al 5%, siendo las neuronas las principales protagonistas de esa longevidad celular.

    Lo anterior resulta fascinante, porque si algo tiene que ver nuestra identidad con nuestra dimensión biológica, descansaría entonces en ese no más de 5% de células, el soporte material de la continuidad. Claro, hay otra respuesta: quienes tienen la fortuna de llegar a la vejez, en realidad han sido muchas versiones de sí mismos.

  • La dejadez y los años

    La dejadez y los años

    Siempre es joven en los viejos la capacidad de aprender bien.
    Esquilo, Agamenón.

    Conforme a los resultados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM), levantada por el INEGI en diciembre de 2024, algunas de las enfermedades más comunes entre la población de 50 años y más son la artritis y los problemas cardiacos, tanto para mujeres como para hombres: de ellas, 13.7% reporta padecer artritis y 6.1% problemas cardiacos; mientras que entre los varones los porcentajes son de 5.3% y 5.8%, respectivamente. Artritis y problemas cardiacos, claro… Digo “algunas de las más comunes” y no las más comunes porque, claro, en primerísimo lugar se encuentran la diabetes y la hipertensión arterial, ambas clasificadas formalmente por la OMS como Enfermedades Crónicas No Transmisibles. He ahí los grandes males de la población entrada en años.

    Los datos que arroja la ENASEM muestran que, en 2024, 41.5% de las personas de 50 años y más tenía diagnóstico de hipertensión: 47.9% correspondió a mujeres y 34.3%, a hombres. Esos datos son fundamentales para entender la carga de morbilidad en nuestro país, y apenas son la punta estadística del iceberg.

    En epidemiología, la diferencia entre quienes saben que tienen una enfermedad y quienes realmente la padecen se conoce como la brecha de diagnóstico o subdiagnóstico. Para estimar qué tan grande es esa población invisible, los especialistas suelen contrastar encuestas de autorreporte, como la ENASEM, con encuestas que incluyen mediciones clínicas y biométricas, como la ENSANUT. Se estima que, en México, aproximadamente 44 de cada 100 adultos que padecen hipertensión lo ignoran. Si aplicamos esta tasa de desconocimiento a la población de 50 años y más, la prevalencia real (quienes lo saben + quienes no) podría escalar fácilmente por encima del 65% en este grupo de edad. O sea: la gran mayoría de la población mayor es hipertensa. Aunque las mujeres reportan un mayor diagnóstico, esto suele deberse a que tienen una mayor frecuencia de contacto con los servicios de salud. En otras palabras, entre los hombres, el subdiagnóstico suele ser mayor debido a una menor cultura de prevención…, lo que mi abuela solía llamar dejadez. 

    En el caso de la diabetes, la brecha de diagnóstico suele ser un poco menor que en la hipertensión, pero sigue siendo significativa. Los análisis de la ENSANUT sugieren que cerca de 1 de cada 3 personas con diabetes en México no sabe que la tiene. Si la ENASEM 2024 indica que el 25.5% de los mayores de 50 años está diagnosticado, la población total afectada podría rondar el 37% de ese grupo demográfico si sumamos a los no diagnosticados.

    Redondeando, si 65% y 37% de la población de 50 años y más en México tiene hipertensión y diabetes, respectivamente, ¿cómo se muestra esta condición de salud pública respecto a otros países del mundo? ¿Es tan alta la prevalencia de estos padecimientos en otras naciones latinoamericanas? ¿Cómo se presentan las cosas en Estados Unidos y en Europa, por ejemplo, Alemania y en Francia? ¿Qué decir de los dos países más poblados del planeta, India y China?

    Los datos anteriores colocan a México en una posición de excepcionalidad epidemiológica, particularmente en lo que respecta a la diabetes.

    Mientras que la hipertensión parece seguir una tendencia global asociada al envejecimiento biológico, la prevalencia de diabetes en la población mexicana de 50 años y más supera significativamente los promedios de la mayoría de las economías avanzadas y de otros gigantes poblacionales. En el ámbito latinoamericano, México lidera en prevalencia de diabetes. En países con transiciones demográficas similares como Brasil o Argentina, la prevalencia de diabetes en adultos mayores suele rondar el 18% al 22% diagnosticados. Si sumamos el subdiagnóstico, podrían alcanzar un 28-30%, una cifra alta pero aún por debajo del 37% estimado para México. En cuanto a la hipertensión, la región es un poco más homogénea: en casi todo el Cono Sur más del 60% de los mayores de 65 años padece esta condición.

    Desafortunadamente, Estados Unidos es el país que más se acerca al perfil metabólico mexicano, y sospecho que eso se debe a la dieta y a la invasión de ultraprocesados. Del otro lado del Bravo, entre los mayores de 65 años la prevalencia de la diabetes, incluyendo no diagnosticados, es de aproximadamente 33%, mientras que alrededor del 70% de este grupo tiene presión arterial elevada.

    En Europa, el sistema de salud y la dieta marcan una diferencia notable en la diabetes, aunque no tanto en la hipertensión: por ejemplo, la población de 50 años y más diagnosticada con diabetes en Alemania es de 21% y en Francia de aproximadamente el 16.5%, en ambos casos, muy lejos del 37% que se estima para el caso de México.

    Resulta difícil evadir la conclusión: México presenta un fenómeno demográfico de “envejecimiento con enfermedad”. La dejadez de por sí es mala, pero si es colectiva resulta pésima.

  • Envejecemos… y no nos ha caído el veinte

    Envejecemos… y no nos ha caído el veinte

    La semana pasada comentaba que, según los resultados apenas dados a conocer hace unos días de la ENASEM, en México las personas de 50 años y más, digamos, los más experimentados, ya somos un montonal: 1 de cada 4 habitantes del país.

    Lo que ahora vale la pena poner sobre la mesa es que este envejecimiento acelerado no debe quedarse en curiosidad demográfica: el envejecimiento poblacional es, sobre todo, un cambio estructural que está ya redefiniendo nuestra vida cotidiana, la economía, las prioridades del Estado en los próximos años, las urgencias… Porque cuando decimos que México envejece, solemos pensar en pensiones y hospitales. Pero el fenómeno tiene un impacto mucho más amplio —y más incómodo— que eso.

    Primero, el tema de los cuidados. En un país donde históricamente el cuidado ha recaído en las familias —y dentro de ellas, en las mujeres—, el aumento de la población mayor implica una presión creciente sobre redes familiares que ya vienen debilitadas. Familias más pequeñas, menos hijos, mayor dispersión geográfica. Es decir: menos gente para cuidar a más personas durante más tiempo. El desequilibrio que se nos viene encima no es menor. Es, de hecho, uno de los puntos más frágiles de toda la transición demográfica.

    Segundo, el mercado laboral. México envejece con altos niveles de informalidad. Eso significa que millones de personas están llegando y llegarán a la vejez sin pensión contributiva, dependiendo de transferencias públicas directas —los programas sociales— o del apoyo familiar. Y aquí hay que decirlo sin rodeos: ¿habrá suficiente base contributiva para sostener a esa población en el largo plazo si no cambia la estructura del empleo? Ojo: los cambios que estamos experimentando no se quedan en lo demográfico: el impacto de la Inteligencia Artificial en la configuración del mundo laboral y en general de la economía será en breve seguramente mucho más drástico que el que en su momento ocasionó la Revolución Industrial.

    Tercero, la salud. No se trata únicamente de vivir más años, sino de cómo se viven esos años. Y me refiero a dolencias, a movilidad, a desamparo, a capacidades reducidas… El aumento en enfermedades crónicas —diabetes, hipertensión, padecimientos cardiovasculares— implica una demanda sostenida y creciente sobre un sistema de salud que ya opera con limitaciones. Y a diferencia de otros momentos de la historia, no estamos frente a epidemias que vienen y se van; estamos comenzando a vivir en condiciones que perdurarán durante décadas.

    Y hay un punto más que suele pasarse por alto: el entorno espacial. Las ciudades, tal como están diseñadas hoy, no están pensadas para una población envejecida. Banquetas rotas, transporte público poco accesible, espacios urbanos hostiles para quien tiene movilidad limitada. ¡Faltan un montón de rampas, de pasillos con pasamanos! Envejecer no ocurre en lo abstracto; ocurre en calles concretas, en viviendas específicas, en entornos que pueden facilitar o dificultar la vida diaria. El suelo, el piso, será cada día un riesgo mayor para más mexicanos y mexicanas.

    Todo esto ocurre, además, con una velocidad que nos da poco margen para la complacencia. Y hablo de margen de acción sí gubernamental, institucional, pero también familiar, personal… Ya no estamos en el terreno de las proyecciones lejanas. Está pasando ahora. México se está arrugando ahora.

    Cuando se habla de envejecimiento el error más común es tratarlo como un problema del futuro. No lo es. Es un proceso en curso que ya está reconfigurando al país. Así que conviene aceptar algo: México todavía piensa como un país joven, pero ya no lo es. O dicho con un anacronismo de baby boomer: no nos ha caído el veinte. Debemos dejar de diseñar políticas públicas, ciudades y sistemas laborales bajo esa inercia. Seguimos actuando como si hubiera tiempo. No lo hay. Porque si algo deja claro todo esto es que el envejecimiento no es, en sí mismo, el problema. El problema es llegar tarde a entenderlo. Ya nos llovió. Apenas caen las primeras gotas… y en nada estaremos empapados.

  • Ya nos llovió

    Ya nos llovió

    Más mayores / menos menores

    Según los resultados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) realizada por el INEGI en diciembre de 2024 y dados a conocer esta semana, en México hay una población de 32 millones de personas de 50 años y más. Tomando como referencia las proyecciones más recientes del Consejo Nacional de Población (CONAPO) y los resultados de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2023, para finales de 2024, la población total de nuestro país se estima en 132.3 millones de habitantes. De lo anterior se desprende que 1 de cada 4 (24.2%) tenemos una edad de 50 años o más. Somos un montón y cada vez seremos más: el grupo de personas mayores seguirá creciendo a un ritmo acelerado, mientras que los grupos de menores de 15 años continúan su tendencia a la baja: actualmente representan alrededor del 22% de la población total. O sea: ya hay más gente mayor que menores de edad en México. La base de la pirámide poblacional se está encogiendo. Históricamente, México era un país de niños; hoy, el abultamiento de la pirámide se desplaza hacia el centro y la parte superior. México está agotando la ventana de oportunidad donde la mayoría de su población está en edad de trabajar. La razón de dependencia está cambiando: antes la carga económica eran los hijos; ahora, empieza a ser el cuidado y la salud de los adultos mayores.

    Feminización del envejecimiento

    La pirámide poblacional comienza siendo mayoritariamente masculina —en México nacen aproximadamente 104 niños por cada 100 niñas— y sufre una inversión a medida que la población avanza en el ciclo de vida: entre los 20 y los 24 años, hay prácticamente la misma cantidad de varones que de féminas, y a partir de los 25 años las mujeres comienzan a ser mayoría de forma irreversible. La misma ENASEM reporta que, de la población de personas de 50 años y más, 52.8 % correspondió a mujeres y 47.2 %, a hombres. La vejez en México tiene rostro de mujer. Esto implica retos específicos, pues muchas de ellas llegan al medio siglo con trayectorias laborales informales o dedicadas a los cuidados de la familia, lo que impacta su seguridad económica en la etapa final de su vida.

    Al tiempo

    La principal causa de muerte en México es el tiempo. Chequen ustedes si no: la misma ENASEM reporta que para diciembre de 2024, los 32 millones de personas de 50 años y más, se distribuye así: entre los 50 y 59 años se concentró el porcentaje más alto y la proporción se reduce gradualmente conforme aumenta la edad. En absolutos, gente en sus cincuentas debe de haber poco más de 14.2 millones, en sus sesentas unos 9.6 millones, en los setentas alrededor de 5.4 millones, y de 80 años y más ya sólo 2.7 millones. Y, claro, ellas son mucho más longevas que nosotros: en el grupo de 80 años y más por cada 100 hombres suele haber alrededor de 130 a 140 mujeres.

    El contexto

    La proporción de la población de 50 años y más en nuestro país es ya ligeramente mayor que la del promedio mundial (~23%). Sin embargo, en el contexto latinoamericano, México se presenta más envejecido que el promedio regional (~2%). En cambio, la población estadounidense está significativamente más avejentada (~36%) que la nuestra. Claro que la situación en Europa y Japón es mucho más preocupante: por ejemplo, en países como Francia y Alemania la participación relativa supera los 40 puntos porcentuales (~40% y ~46%, respectivamente), mientras que en Japón apenas una de cada dos personas tiene menos de medio siglo de vida.

    Con todo, la cifra que arroja la ENASEM —32 millones de personas de 50 años y más— es impactante porque, aunque el porcentaje (24.2 %) parece manejable comparado con la situación en otros países, el ritmo de crecimiento de este grupo en México es de los más veloces del mundo. Lo que a Francia le tomó 100 años transformar en su pirámide demográfica, a México le está tomando apenas 30. Como sea, ya nos llovió…

  • God bless the World

    God bless the World

    Como seguramente se han enterado, figuras como Joan Baez, Jane Fonda, Bruce Springsteen y un incansable Robert De Niro alzaron la voz en la reciente manifestación nacional contra Donald Trump. El mensaje de De Niro fue fulminante: “Tenemos que sacarlo, va a arruinar al país”.

    Sin embargo, el problema ya no es solo la devastación interna de Estados Unidos. El actor Sean Penn fue más allá al sugerir que Trump podría intentar destruir el mundo entero bajo una lógica de solipsismo perverso: si él no puede controlar el planeta, nadie podrá, al diablo con el mundo. Y no parece una exageración; Trump ya es el responsable directo del desmantelamiento del llamado “orden internacional”.

    El desmantelamiento del tablero global

    Siguiendo el análisis de la historiadora Heather Cox Richardson, el orden establecido tras la Segunda Guerra Mundial —basado en el libre comercio, alianzas defensivas y el impulso de democracias liberales— ha sido dinamitado. En este segundo mandato, Trump ha sustituido la diplomacia por un caos de aranceles y el abandono de aliados estratégicos.

    • Ruptura de alianzas: Ha retirado el apoyo a Ucrania, presionándola para ceder territorio a Rusia, mientras levanta sanciones a Putin.
    • Aislamiento: Se aleja de Francia e Inglaterra para acercarse a figuras como Orbán y Lukashenko.
    • Ataque unilateral: El pasado 28 de febrero, ordenó un ataque contra Irán sin consultar al Congreso ni a sus aliados, al parecer atendiendo únicamente las presiones de Israel.

    La novedad del día: En un giro típico de su estilo errático, Trump declaró hoy que las tropas estadounidenses “saldrán pronto de Irán”. Tras incendiar la región, cerrar el estrecho de Ormuz y disparar los precios de la energía, ahora pretende retirarse dejando un vacío de poder y un conflicto prolongado que ya ha herido de muerte la estabilidad global. ¿Será? ¿O estará ocultando un inminente ataque por vía terrestre a Irán? A saber…

    King Donald I

    Durante la jornada del “No Kings Day”, Robert De Niro redujo su retórica a lo esencial para denunciar lo que considera una monarquía de facto. En Nueva York, ante miles de manifestantes, sentenció: “Hace 250 años, los estadounidenses decidieron que no querían vivir bajo el mando del Rey Jorge III. Hoy tenemos a un aspirante a monarca que quiere arrebatarnos la democracia: el Rey Donald Primero. Es una amenaza existencial para nuestras libertades y nuestra seguridad; debe ser detenido ahora antes de que siga masacrando inocentes en guerras innecesarias”.

    La devastación en datos: ¿insolvencia funcional?

    La gestión de Trump no es sólo un problema ideológico; es un desastre concreto, mesurable. Los datos muestran una devastación en marcha que afecta directamente el bolsillo de los ciudadanos norteamericanos:

    IndicadorEstado Actual
    Inflación prevista4.2% (debido al encarecimiento de fertilizantes y energía).
    Deuda nacional$39 billones de dólares (Récord histórico).
    Costo de la deudaConsume el 17% del presupuesto federal.
    Gasto militarSupera los $1,000 millones de dólares diarios.

    El cierre del estrecho de Ormuz, provocado por su agresividad militar, ha bloqueado el paso del 20% del petróleo mundial. Mientras tanto, el Tesoro advierte que los fondos de la Seguridad Social están cerca del agotamiento. Trump evita llamar “guerra” a sus operaciones para saltarse al Congreso, actuando sistemáticamente como un autócrata que gobierna por decreto.

    ¿Llegaremos a las urnas?

    Faltan 950 días para las elecciones federales del 7 de noviembre de 2028. Es tiempo más que suficiente para que el Mega-anómalo termine de vaciar el Tesoro y quemar las alianzas restantes. Me parece de una enorme ingenuidad apostar a que, tras este nivel de destrucción, la solución sea simplemente un mensaje pregrabado de De Niro o una marcha con carteles ingeniosos. ¿Quedará algo parecido a una democracia para entonces? ¿Quedará mundo?

    God bless the World.

  • Solos, tristes y enredados

    Solos, tristes y enredados

    Estudios y encuestas robustas y a largo plazo muestran que, desde 2010, la salud mental y el bienestar autorreportado de los adolescentes y jóvenes han empeorado de manera importante en muchos países occidentales. O sea, es una tendencia que se reporta desde antes de la pandemia. “Por ejemplo, entre 2015 y 2018, la satisfacción vital de los jóvenes de 15 años cayó casi universalmente, de acuerdo con datos del Programa para la Evaluación de Estudiantes Internacionales (PISA). De 47 países con datos, 40 mostraron una caída estadísticamente significativa, 6 un resultado no significativo y apenas en uno —Corea del Sur— se dio un aumento significativo. Estas caídas fueron fuertes y universales, tanto para mujeres como para hombres. Además, la misma fuente indica que la soledad escolar entre adolescentes aumentó casi universalmente entre 2012 y 2018 (aumentos en 34 de 35 países). Cada vez más conectados y cada vez más solos.

    En Norteamérica y Europa occidental, los jóvenes declaran sentirse mucho menos felices que hace 15 años, según se lee en el World Happiness Report 2026. Este declive coincide con el fuerte aumento en el uso de redes sociales. Muchos analistas atribuyen esta caída en la felicidad a dicha práctica.

    Algunos estudios revelan que más de 7 horas diarias de uso de redes sociales se correlacionan directamente con menor bienestar, especialmente en el caso de mujeres jóvenes de Europa Occidental y plataformas con feeds algorítmicos o influencers. Fuera del mundo anglosajón, los vínculos son más positivos o neutros. El informe concluye que el uso intensivo contribuye parcialmente al declive en esas regiones.

    En las universidades norteamericanas, la mayoría de los estudiantes desearía que las redes no existieran, ¡y sin embargo las usan… porque todos lo hacen! Fuera del mundo angloparlante y Europa del oeste, también ocurre lo mismo, aunque dependiendo de la app: en Latinoamérica, las de feeds algorítmicos e influencers impactan negativamente la satisfacción vital, aunque no pasa lo mismo con las aplicaciones de chat. En Medio Oriente y Norte de África, aunque la felicidad no cayó pese al uso intenso de redes sociales, se reporta más depresión y estrés por scroll pasivo, visual y de comparación con influencers. Quienes pasan mucho tiempo en las redes sociales arriesgan su equilibrio emocional. Si bien las redes no explican totalmente el abatimiento anímico que cunde por el continente, sí conforman una parte muy relevante del fenómeno.

    Los países nórdicos siguen lidereando el ranking de felicidad mundial. Finlandia se mantiene imbatible en el primer lugar, seguida por Islandia, Dinamarca y Costa Rica (el mejor puesto histórico de un latinoamericano, en cuarto). Suecia, Noruega, Países Bajos, Israel, Luxemburgo y Suiza cierran el top 10. Claro, Uno de estos diez países seguramente no aparecerá entre los más felices en el próximo reporte, y no me refiero ni al americano ni a los europeos.

    De 2006-2010 a 2023-2025, entre 136 evaluados, casi el doble de países (79) subieron su felicidad respecto a los que bajaron (41). Los mayores avances (+1 punto o más en escala 0-10) están en Europa Central y del Este; las peores caídas (-1 punto o más) en zonas de conflicto. El reporte indica que, en general, la mayoría de los países industriales occidentales están ahora menos felices que hace 15 años. Quince de ellos han tenido bajadas importantes, mientras que solo cuatro han subido de forma significativa.

    Los países industriales occidentales en general están menos felices que antes: 15 bajaron significativamente, solo 4 subieron. Entre menores de 25 años, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda rankean bajísimo (122-133 de 136). El bienestar juvenil 8cayó en Nueva Zelanda y Europa Occidental, tanto en absoluto como comparado con adultos; en las otras 8 regiones globales (90% de la población), los jóvenes están mejor ahora que hace 15-20 años.

    Las emociones negativas se están volviendo más comunes en todas las regiones del mundo. En Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda aumentó significativamente la tristeza en comparación con otras zonas. La preocupación creció más entre los jóvenes en general, mientras que la ira bajó en todas partes, tanto para jóvenes como para mayores.

    El World Happiness Report 2026 señala claramente algo una correlación sencilla: la satisfacción vital es mayor con poco uso de redes sociales y baja cuando se usan mucho, según datos PISA de estudiantes de 15 años en 47 países. Las actividades en internet se dividen en dos: comunicación, noticias, aprendizaje y creación de contenido suben la felicidad; redes sociales, juegos y navegación por diversión la bajan.

    Otra obviedad que la estadística ayuda a respaldar: considerando sus efectos en la felicidad, en internet hay dos bandos claros: actividades que suman puntos: charlar y conectarse con otros, leer noticias útiles, aprender cosas nuevas y crear contenido propio; actividades que restan puntos (y muchos): redes sociales, videojuegos, scrollear por hastío sin rumbo… Simple: crear levanta, perder el tiempo hunde.

    Claro, todas las actividades en internet perjudican la satisfacción si se usan en exceso. De hecho, eso mismo pasa en la vida en línea y en la vida real. Nada nuevo: la idea de que el veneno está en la dosis, o más precisamente de que la dosis hace el veneno, se atribuye a Paracelso, el médico, alquimista y filósofo suizo del siglo XVI (1493-1541), cuyo nombre real era Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Su axioma original era algo así como: “Todo es veneno, nada es veneno; sólo la dosis hace que una cosa sea veneno”. Es un principio fundamental de la toxicología moderna… y debería ser parte de nuestras brújulas para navegar el día a día, porque, como bien lo dicta el sentido común, incluso lo bueno en demasía… harta.