Etiqueta: Germán Castro

  • ¿Y la salud mental en el mundo? Empeora

    ¿Y la salud mental en el mundo? Empeora

    Un vistazo al estado de ánimo mundial

    Año con año, la aseguradora AXA, en colaboración con la agencia de investigación Ipsos, realiza un extenso sondeo para medir el pulso emocional de la población mundial. El AXA Mind Health Report es un termómetro global que, desde 2021, ofrece datos para tratar de entender cómo estamos mentalmente en distintos países. Para la edición 2026, 19 mil personas de entre 18 y 75 años fueron entrevistadas en 18 naciones, durante el primer bimestre del año.

    La conclusión general no es alentadora: por sexto año consecutivo, la salud mental mundial sigue deteriorándose. Aunque hoy se habla más del tema que nunca —de hecho, la gente ya identifica los problemas mentales como una prioridad superior al cáncer—, los datos muestran que el 46% de la población mundial se encuentra en un estado de “lucha” o “decaimiento” psicológico. ¡Casi la mitad! Se trata de un incremento de 6 puntos porcentuales desde 2021. Simultáneamente, cada vez son menos las personas que florecen en la cima del bienestar mental.

    ¿Qué está pasando?

    Los impulsores principales de este malestar global son las condiciones económicas, el estrés laboral y la incertidumbre. Pero hay un factor nuevo que agrava la situación: nuestros hábitos digitales. Pasamos más de cinco horas diarias frente a pantallas fuera del horario laboral, y dos de cada tres personas admiten que esto afecta para mal su vida cotidiana. Paradójicamente, la hiperconectividad no ha reducido la soledad; la ha profundizado, más entre los jóvenes.

    Preocupante es el incremento de los trastornos graves. El 26% de los encuestados presenta síntomas potenciales de depresión, ansiedad o estrés en niveles severos o extremos, tres puntos más que en 2022. Esta situación tiene enormes costos, tanto sociales como económicos: se estima que los problemas de salud mental provocan pérdidas de productividad de aproximadamente un billón de dólares al año a nivel mundial.

    Los jóvenes, en primera línea

    La gente de entre 18 y 34 años es los más afectada. El 59% de este grupo se encuentra en situación de languidecimiento o lucha, trece puntos por encima del promedio global. Son también los que más sufren de soledad y aislamiento, y los que más tiempo pasan en redes sociales, con una media de seis horas diarias frente a la pantalla. Entre los menores de 35 años, la probabilidad de recibir un diagnóstico severo de depresión, ansiedad o estrés es más del doble que en el resto de la población.

    Sin embargo, se abre una rendija de optimismo: los jóvenes son también los más abiertos a hablar de sus problemas y a buscar ayuda. Rompen tabúes y normalizan las conversaciones sobre salud mental.

    Mujeres, las más golpeadas

    Las mujeres siguen mostrando peores indicadores que los hombres en todos los parámetros. El porcentaje de mujeres que florecen es cinco puntos menor que el de hombres, y la brecha en trastornos severos es de tres puntos. La carga mental, la doble jornada laboral y doméstica, y la mayor exposición a ciertos factores de estrés explican en parte esta diferencia.

    La inteligencia artificial: ¿aliada o enemiga?

    Seis de cada diez personas han recurrido ya a herramientas de IA para obtener consejo sobre su bienestar emocional. Y es lógico: la IA es gratuita, inmediata, está disponible las 24 horas y elimina la vergüenza de hablar con otro ser humano. Es lógico, pero es equivocado porque conlleva riesgos graves. Casi uno de cada tres encuestados admite que ha seguido consejos no validados médicamente, y el 28% afirma que el uso de IA le ha llevado a comportamientos perjudiciales. Un tercio de los usuarios confía más en las plataformas de IA que en los profesionales de la salud mental, y muchos prefieren volcar sus preocupaciones en un algoritmo antes que en amigos o familiares. Este desplazamiento de la confianza hacia las máquinas es una tendencia de locos.

    Falta de autopercepción

    El principal obstáculo para acceder a tratamiento no es el dinero, ni el tiempo, ni el estigma. Es, sencillamente, que muchas personas no consideran que su situación sea lo bastante grave como para merecer atención profesional. El 36% de los encuestados cree que sus problemas no requieren ayuda médica, a pesar de que el 46% presenta niveles clínicamente significativos de malestar.

    El 60% de los encuestados no ha visitado a un profesional de la salud mental en el último añoAunque la concienciación ha aumentado, no siempre se traduce en comprensión real.

    ¿Y México?

    Si observamos el ranking de los 18 países participantes en el estudio, México se sitúa en una posición intermedia-alta, con una puntuación de 63.5 en el Índice de Salud Mental. Esta cifra está por encima de la media global (61.8) y coloca al país por delante de naciones como Estados Unidos (62.7), Francia (62.7), España (62.3) o Alemania (61.4), aunque por detrás de Tailandia (66.5), Suiza (65.4) o China (63.8).

    Este índice combina indicadores de florecimiento, bienestar, resistencia y capacidad de afrontamiento. Un puntaje más alto refleja una mejor salud mental general. En ese sentido, México supera el promedio mundial y muestra un panorama favorable en comparación con otros países latinoamericanos como Brasil (59.8) o con naciones europeas. No significa que estemos exentos de problemas. Las tendencias globales también aplican a México: la presión financiera, el estrés laboral, la incertidumbre y el uso excesivo de pantallas son factores que afectan a los mexicanos, especialmente a los jóvenes.

    Un dato relevante: en México, como en el resto del mundo, la falta de autopercepción es la principal barrera para buscar ayuda. Muchas personas no acuden a un profesional porque no consideran que su malestar sea “suficientemente grave”.

    La urgencia de actuar

    El AXA Mind Health Report 2026 deja un mensaje claro: la salud mental no es un tema menor ni pasajero. Es una crisis global que se agrava año tras año. La tecnología, bien utilizada, puede ser una herramienta poderosa para democratizar el acceso al apoyo, pero también puede agravar la soledad y la desinformación si no se regula adecuadamente.

    México, con una posición intermedia-alta en el ranking, tiene margen para mejorar.  Y usted, ¿cómo se siente?

    @gcastroibarra

  • De balazos y guamazos

    De balazos y guamazos

    Hace un par de días, el INEGI dio a conocer las cifras preliminares de las estadísticas de defunciones registradas por presunto homicidio, a nivel nacional y en cada entidad federativa, durante 2025. A nivel nacional, el fenómeno ha tenido variaciones significativas, pasando de 25,967 casos en 2012 a 27,989 en 2025 (cifra preliminar), con un pico máximo que superó los 36,000 registros entre 2018 y 2020. Tras un periodo de relativa estabilidad a principios de los años 90, la incidencia de homicidios registró un incremento drástico en México a partir de 2008, alcanzando niveles muy altos en la década de 2010, para llegar a su punto más crítico alrededor de 2018-2020. Afortunadamente, se observa una tendencia sostenida a la baja en la tasa nacional desde 2021 hasta 2025.

    Entidades con mayores cambios (2012-2025)

    Al comparar las cifras absolutas de 2012 contra los datos preliminares de 2025, se identifican las entidades donde el fenómeno ha experimentado las transformaciones más marcadas:

    Entidades con mayor incremento

    • Guanajuato es la entidad con el aumento absoluto más drástico, pasando de 684 homicidios en 2012 a 3,249 en 2025.
    • Baja California presenta una tendencia fuertemente alcista en el periodo, incrementando de 581 a 2,095 casos.

    Entidades con mayor disminución

    • Tamaulipas logró una reducción muy importante, bajando de 1,561 casos en 2012 a 300 en 2025.
    • Guerrero experimentó una disminución destacable en números absolutos, pasando de 2,646 a 1,410.

    Por otro lado, algunos estados de la República han mantenido un nivel de defunciones por presunto homicidio relativamente constante a lo largo de estos años: Yucatán se mantiene como la entidad con menor variación absoluta (pasó de 41 a 42 casos en el periodo), mientras que Campeche, Chiapas, Tlaxcala y Querétaro muestran los cambios absolutos más moderados en comparación con el resto del país.

    Tasa de defunciones

    La tasa de defunciones por presunto homicidio por cada 100 mil habitantes es un indicador para comprender la violencia, ya que contextualiza la cantidad de homicidios en relación con el tamaño de la población de cada entidad federativa. Al calcular cuántas muertes ocurren por cada 100,000 habitantes, este indicador elimina el sesgo que genera comparar estados con poblaciones muy distintas, y permite determinar dónde es, proporcionalmente, más peligroso vivir.

    • Guanajuato destaca por un incremento sostenido en su tasa a partir de 2017, manteniéndose por encima de los 60 puntos durante varios años consecutivos. Ahora, el decremento de 2024 a 2025 es notorio: de 64 a 51.
    • Colima es una de las entidades que ha registrado tasas sumamente alarmantes, alcanzando cifras superiores a los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes en años recientes. También en este estado el cambio en el último año es drástico: de 124 a 89.

    Entre 2024 y 2025, la tasa de defunciones por presunto homicidio por cada 100 mil habitantes no disminuyó en todas las entidades federativas de nuestro país. Aunque la gran mayoría de los estados registraron reducciones o se mantuvieron sin cambios —Aguascalientes, Durango, Nayarit y Veracruz, que conservaron exactamente la misma tasa—, hubo cuatro entidades donde la tasa de presuntos homicidios aumentó:

    • Sinaloa: de 33 a 57
    • Baja California Sur: de 10 a 23
    • Tabasco: de 33 a 36
    • Sonora de 52 a 54

    Decrementos más significativos

    Si analizamos la reducción absoluta en los puntos de la tasa por cada 100 mil habitantes entre 2024 y 2025, las entidades que experimentaron las bajas más importantes fueron:

    1. Colima: de 124 a 89 (una reducción de 35 puntos)
    2. Morelos: de 77 a 58 (una reducción de 19 puntos)
    3. Zacatecas: de 34 a 16 (una reducción de 18 puntos)
    4. Nuevo León: de 27 a 12 (una reducción de 15 puntos)
    5. Guanajuato: de 64 a 51 (una reducción de 13 puntos)

    El comportamiento de la tasa de defunciones por presunto homicidio en la Ciudad de México entre 2012 y 2025 se puede describir en tres etapas claras. Durante los primeros años del periodo (2012-2015), la entidad mantuvo una estabilidad relativa con una tasa constante de 12 homicidios por cada 100 mil habitantes. A partir de 2016, se observó un ligero ascenso que llevó la tasa a su punto más alto del periodo en 2018, cuando alcanzó los 16 homicidios por cada 100 mil habitantes, manteniéndose en niveles ligeramente elevados (entre 14 y 15) hasta 2020. Finalmente, a partir de 2021, la capital mostró una tendencia descendente significativa. Esta reducción permitió alcanzar sus mínimos históricos dentro de este registro (8 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2022 y 2023), concluyendo el periodo en 2025 con una tasa de 9 homicidios por cada 100 mil habitantes.

    Balazo mata otras causas

    En México, el medio más empleado para provocar la muerte durante 2025 fue el disparo con arma de fuego (70.8%), seguido por el uso de objetos punzocortantes (9.4%). Otras causas recurrentes incluyen la agresión por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación (1,825 casos) y los ataques con objeto romo o sin filo (292 casos). Balazos, acuchillamientos, ahorcamientos y guamazos…

    @gcastroibarra

  • Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Zapatos derretidos, ecoansiedad y la trampa de la resiliencia

    Ese sentirse arrastrado hacia el abismo, el agitarse inútilmente.
    La impotencia. […] ¿Qué será de nosotros en un hipotético futuro?
    ¿Qué herencia dejaremos a las generaciones posteriores?»

    Henning Mankell, Arenas movedizas.

    Hace apenas un par de días, mi hija AM, que vive en París desde hace varios años, me mandó unas fotografías que mostraban algo grotesco que, además, desafía cualquier manual de urbanismo civilizado: sus zapatos se derritieron. Resulta que salió de trabajar, caminó unas cuantas cuadras sobre un asfalto que parecía emanación reciente de lava y luego tomó una bicicleta para llegar a su departamento. Después de pedalear un rato, el calor brutal acumulado en el metal hizo que la suela sintética de su calzado se adhiriera de tal forma a los pedales que, al intentar bajar, los zapatos simplemente se deshicieron, convertidos en una masa plástica inservible. La estampa es tan grotesca como sintomática de este verano de 2026, en el que las olas de calor han azotado a Europa con una furia inusitada, cobrando vidas humanas por miles y desatando voraces incendios forestales, históricos, que ya han devorado miles y miles de hectáreas en España y Francia, y obligado a la evacuación de cientos de miles de personas. Ya no hablamos de anomalías estacionales o de una exageración mediática, sino del paisaje cotidiano de un planeta que parece decidido a decirnos, a golpe de termómetro y registros históricos pulverizados, que la breve tregua climática de 10 mil años que permitió las civilizaciones está llegando a su fin…, con nuestra ayuda.

    De esta asfixia atmosférica al colapso mental hay solo un paso, el mismo que recorre a diario la creciente ecoansiedad. Como ya apuntaba recientemente al revisar los indicios de malestar emocional que arrojan tanto las mediciones estadísticas nacionales —como la ENBIARE 2025— como el pulso global de la salud mental, el dolor psíquico contemporáneo no surge en el vacío; es el reflejo de un entorno convulso donde, entre guerras y pavores tecnológicos bien fundamentados, la crisis climática ocupa un lugar estelar y terrorífico. Los estudios internacionales más recientes —incluyendo los amplios sondeos publicados en The Lancet Planetary Health y los informes periódicos de la Asociación Psicológica Americana (APA)— confirman con datos duros y escalofriantes lo que ya es una obviedad para quienes tengan oídos para escuchar al prójimo: una abrumadora mayoría de la población mundial, con especial incidencia entre los jóvenes y las nuevas generaciones, experimenta altos niveles de ansiedad, miedo, tristeza y profunda impotencia ante la aceleración del cambio climático.

    Ya no se trata de una preocupación abstracta por los osos polares en placas de hielo lejanas, sino de la certeza cotidiana de que el futuro se achica, de que el soberbio sapiens está devastando los recursos naturales y de que las instituciones globales observan el incendio planetario mientras debaten sobre tecnicismos mercantiles.

    La ecoansiedad no es una neurosis caprichosa ni una debilidad de carácter que se resuelva con aromaterapia, meditación guiada o buenos propósitos de reciclaje doméstico. Es, antes bien, una respuesta perfectamente racional, lúcida y proporcionada ante un mundo profundamente irracional. Cuando los jóvenes ven que sus zapatillas se derriten en pleno centro de París, o que las sequías prolongadas vacían presas y campos de cultivo tanto en México como en el sur de Europa, lo verdaderamente psicótico no sería estar angustiado, sino permanecer plácidamente indiferente ante el panorama. Sin embargo, en lugar de revisar las causas estructurales y políticas de este desastre ecológico, el sistema ha ideado un sofisticado y cínico mecanismo de defensa para seguir operando como si nada ocurriera: la coartada de la resiliencia.

    En los últimos años, el concepto de resiliencia se ha vuelto omnipresente. Ha colonizado los discursos oficiales de los organismos multilaterales, las políticas de gestión urbana, los manuales de autoayuda y las matrices de riesgo institucionales. Se nos convoca permanentemente a ser “ciudades resilientes”, “sociedades resilientes” e “individuos resilientes”, como si la supervivencia civilizatoria dependiera exclusivamente de nuestra capacidad elástica para soportar los golpes sin rechistar.

    Dicho en corto, la dichosa resiliencia, en su acepción más difundida y mercantilizada, constituye una trampa monumental. ¿Por qué? Porque la resiliencia sistémica no cuestiona el modelo económico extractivista y fósil que nos trajo hasta el borde del abismo; únicamente busca hacerlo más tolerable y soportable para el capital.

    La gran trampa consiste en desplazar arteramente la responsabilidad de la catástrofe desde los grandes corporativos petroleros, los gobiernos omisos y los arquitectos del despojo ambiental en el que se soporta el leviatán del consumismo hacia las frágiles espaldas del ciudadano de a pie. Si una tormenta extrema destruye tu casa o una ola de calor asfixia tu ciudad, la culpa nunca es de la especulación inmobiliaria, de la desregulación industrial o de la inacción climática, sino de que tú no separas bien la basura y de tu supuesta falta de resiliencia para adaptarte a las nuevas condiciones. Se nos entrena sistemáticamente para resistir el daño en lugar de impedir que nos dañen. Nos venden la resiliencia como una virtud heroica y moderna, cuando en realidad opera como el anestésico perfecto para que el sistema siga extrayendo, quemando y contaminando sin que nadie se atreva a mover una sola viga del edificio central. Nos quieren flexibles como el caucho para aguantar mejor los latigazos, mientras los dueños del circo siguen cobrando la entrada en primera fila.

    De ahí que la falacia de la resiliencia conduzca, de forma inexorable, a su opuesto más corrosivo: la ansiedad. La resiliencia deporta necesariamente a la ansiedad porque parte de un postulado intrínsecamente derrotista, sombrío y macabro: asume como axioma ineludible que en el futuro nos irá peor que ahora, que el desastre es inevitable y que lo único que podemos hacer es agachar la cabeza y apretar los dientes. Nos prepara para un mañana catastrófico, obligándonos a vivir en un perpetuo estado de culpa difusa y alerta defensiva, midiendo los daños venideros y calculando cuántas suelas de zapatos nos quedan antes de que el asfalto termine por tragarnos por entero. Mientras sigamos celebrando la resiliencia institucional en lugar de exigir justicia climática, redistribución y una transformación radical del modelo, lo único que seguiremos cultivando en los campos de la salud mental será el miedo. Y unos zapatos, claro está, cada vez más difíciles de calzar.

    @gcastroibarra

  • Ansiedad y depresión: indicios

    Ansiedad y depresión: indicios

    Los resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 (ENBIARE) del INEGI permiten bosquejar un panorama sobre la salud mental de la población mexicana de 18 años o más a mediados del año pasado, midiendo específicamente la presencia de indicios de ansiedad y de depresión. Es importante subrayar que el término “indicios” no equivale a un diagnóstico clínico, sino que se trata de un filtro o tamizaje basado en la frecuencia de ciertos síntomas en los días previos a la encuesta.

    El cálculo se realiza a partir de cuatro reactivos clave, agrupados en dos pares:

    • Ansiedad: 1) sentirse nervioso o con los nervios de punta y 2) no poder dejar de preocuparse.
    • Depresión: 3) sentir poco interés en lo que se hacía y 4) sentirse deprimido o sin esperanza.

    Cada reactivo se puntúa de 0 a 3 (0=Nunca, 1=Varios días, 2=Más de la mitad de los días, 3=Casi todos los días). Para considerar que una persona presenta “indicios” de alguno de estos trastornos, la suma de los dos reactivos correspondientes debe ser de 3 a 6 puntos (sobre un máximo de 6). Este umbral indica que los síntomas se presentan, al menos, “varios días” en la semana, pero sin llegar a la máxima intensidad diaria.

    Ansiedad vs. Depresión: Brechas de género

    La ENBIARE muestra que en México hay más población adulta que reporta indicios de ansiedad en comparación con la depresión.

    • Ansiedad: Afecta a poco más de una de cada cinco personas (21.4%). Al desagregarla por sexo, la brecha es notable: mientras que el 17.4% de los varones presentan indicios, en el caso de las mujeres asciende al 25% (es decir, una de cada cuatro mujeres adultas).
    • Depresión: Se reporta en general en una de cada diez personas (10.9%). Si bien las mujeres también registran el porcentaje más alto, la diferencia no es tan drástica: 13.3% para ellas frente al 8.2% para ellos.

    La curva en “U” de la depresión por edad

    Al analizar la prevalencia de indicios de depresión según los grupos de edad, los datos revelan que el problema afecta a todos los segmentos con variaciones interesantes:

    1. De 18 a 29 años: 11.3%
    2. De 30 a 44 años: 9.5% (el porcentaje más bajo)
    3. De 45 a 59 años: 11.1%
    4. De 60 años y más: 12.5% (el porcentaje más alto)

    Estas cifras revelan una curva en forma de “U”: los adultos jóvenes y los adultos mayores presentan las tasas más elevadas, mientras que la población de mediana edad registra el indicador más bajo. Este patrón sugiere que tanto el inicio de la vida adulta como la vejez son etapas de mayor vulnerabilidad emocional que merecen atención prioritaria en las políticas públicas de salud mental.

    El mundo

    Una perspectiva global permite dimensionar estos hallazgos nacionales: organismos como la Organización Mundial de la Salud han documentado que las tasas de prevalencia de trastornos comunes como la ansiedad y la depresión se dispararon de forma generalizada tras la crisis sanitaria global provocada por la pandemia, situándose frecuentemente en márgenes equiparables donde la ansiedad suele duplicar o superar los registros de la depresión. Asimismo, la persistencia de las brechas de género —con una incidencia notablemente mayor en mujeres— y la peculiar vulnerabilidad en los extremos etarios de la pirámide poblacional coinciden con tendencias internacionales reportadas en metaanálisis recientes sobre salud mental postpandemia, lo que confirma que el malestar psíquico contemporáneo responde a dinámicas estructurales globales que operan más allá de nuestras fronteras.

    ¿Más o menos?

    Si bien los datos que ofrece la ENBIARE son muy frescos —la encuesta se levantó hace un año—, no me sorprendería que al día de hoy la gente no se sienta precisamente mejor, particularmente no menos ansiosa. Consideremos las malas noticias y motivos de preocupación que, a nivel internacional, se han acumulado durante los últimos doce meses.

    • El factor Trump. La fuerza militar más poderosa del mundo está en manos de un señor que ha sido diagnosticado por los mejores psiquiatras de su propio país como un narcisista perverso.
    • La escalada de conflictos geopolíticos. La persistencia e intensificación de las guerras y tensiones globales, que mantienen un clima constante de incertidumbre bélica y desestabilización a escala internacional. Muchos analistas hablan ya de una III Guerra Mundial.
    • El costo de vida y la presión económica. El encarecimiento sostenido de bienes básicos, la precariedad laboral y la dificultad para acceder a la vivienda, factores que alimentan una angustia financiera cotidiana en diversos rincones del planeta.
    • La agudización de la crisis climática. Fenómenos meteorológicos extremos cada vez más severos y recurrentes que, además de los daños materiales, consolidan una creciente ecoansiedad respecto al futuro del entorno natural.
    • La aceleración tecnológica y la sobreinformación. El despliegue vertiginoso de la inteligencia artificial y la automatización, cuyas implicaciones en el empleo, sumadas a la saturación informativa digital, generan un estado de fatiga cognitiva y desorientación constante.
    • La polarización sociopolítica. La erosión del discurso público y el desgaste de la confianza en las instituciones, lo que abona a una sensación de fragmentación e intemperie social.

    En este escenario de policrisis global, es previsible que el malestar emocional no haya cedido, sino todo lo contrario. Si aquí en México todo esto bien puede quitarle el sueño a miles y miles de personas, imagínense en el resto del orbe.

    @gcastroibarra

  • Preguntas infelices

    Preguntas infelices

    Debo aprender a contentarme con ser más feliz de lo que merezco.
    Jane Austen, Orgullo y prejuicio.

    Si el país se está cayendo a pedazos, como chillan y chillan el chisguete rosa y el prianismo en pleno, ¿por qué será que las mexicanas y los mexicanos somos cada vez más felices? ¿Por qué será que en 2021, cuando le preguntaron a la gente qué tan satisfecha(o) se encuentra actualmente con su vida, en promedio se autocalificó con 8.45, de por sí alto, y cuatro años después, en 2025, con un 8.62, que se acerca más a 9 que a 8? ¿Por qué será que los hombres siguen declarando que se sienten un poquito más satisfechos con su propia vida que las mujeres? Porque, efectivamente, resulta que según los más recientes resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE), levantada por el INEGI en julio del año pasado, mientras que el 59.8% de las mujeres se dijeron totalmente satisfechas con su vida, en el caso de los hombres fue el 61%.

    Ahora, ¿quiénes se sienten más plenos, los jóvenes, los adultos o la gente ya entrada en los últimos tramos de su existencia? Si usted responde que la cosa va proporcional, que entre más viejo mayor satisfacción con la vida… o menor…, pues no tanto. Del grupo de los más jóvenes, quienes andan entre los 18 y los 29 años de edad, 61.3% se dijeron totalmente satisfechos con su vida actual, un nivel muy alto, cierto, pero menor que los adultos jóvenes (de 30 a 44 años): 62% de ellas y ellos dijeron experimentar una satisfacción total con su vida. Luego, desafortunadamente, o la mayoría de las personas se vuelve más autocrítica o exigente o ya no le va tan bien: del grupo de edad de 45 a 59, quienes afirman sentirse plenos son ya solamente el 58.1%, mientras que para el caso de los más experimentados, de 60 y más, el porcentaje baja a 56.6 puntos. Ahora, tampoco es para ponerse muy ansiosos por lo que la vejez nos deparará: únicamente 2.2% de la gente de 50 años y más se dijo nada satisfecha con su vida.

    ¿Y en qué filas se encuentra más gente satisfecha con su vida, entre los solteros o entre los casados? La diferencia no es menor: mientras que de los solteros y solteras el 56.5% contestó sentirse totalmente satisfechos con su vida, la proporción entre los casados sube a 63.4% Claro, los separados, divorciados y viudos no están mejor: 51.8%

    ¿Y qué, tiene caso estudiar? Una tendencia se mantiene: estudiar puede que no necesariamente sirva para amasar más dinero, pero de que ayuda a andar más satisfechos por la vida, ayuda, sin duda. Dicho en corto, a mayor escolaridad, mayor satisfacción total con la vida: nivel básico, 57.9%; nivel medio superior, 59.9%, y nivel superior, 62.7%

    Ahora un dato para quitarle un poco tanta carga romántica al asunto: la estadística comprueba lo que el sentido común dicta: ¿quiénes reportan mayores niveles de satisfacción con la vida, los hombres y las mujeres que tienen algún tipo de discapacidad o quienes no la tienen? 62.9% de quienes no la padecen se reportan totalmente satisfechos con su vida, en tanto que apenas 43.7% de quienes sí la presentan contestaron lo mismo.

    Curioso. ¿En qué entidades de la República se encuentra la gente más satisfecha con su vida? Ni en la más urbanas ni en las más rurales, ni en las más pobres ni en las más ricas. Los estados de México en donde se reportaron los promedios más altos de satisfacción con la vida en 2025 fueron norteños: Coahuila (8.85), Tamaulipas (8.79) y Durango (8.78), mientras que del otro lado, encontramos a tres estados costeros: Michoacán (8.48), Tabasco (8.37) y Oaxaca (8.32).

    Pregunta de Perogrullo: ¿la soledad y la sensación de satisfacción con la vida son condiciones aparejadas? Obviamente: De cada 10 personas que reportaron nunca haber sentido soledad en el mes previo a la encuesta, 7 se dijeron totalmente satisfechas con su vida.

    ¿En qué ámbitos personales se reportaron los promedios más altos de satisfacción? Pues aquí tenemos malas noticias para las tías panistas que juran que en México vivimos en una dictadura: la gente calificó con casi 9 la “Libertad para decidir sobre su vida” (8.9). Las relaciones familiares siguen siendo un factor crucial tanto para el tejido social de este país como para la felicidad de las personas: con 8.8 calificamos nuestros lazos familiares. ¿Y cuál fue el ámbito peor calificado? Claro, el nivel económico…, sin embargo, la calificación es aprobatoria: 7.45 en el caso de las mujeres, 7.55 en el de los hombres. Por cierto, en los ámbitos personales en los que se observa mayores diferencias entre la satisfacción que se reportan por sexo son “Salud mental o emocional” y “Situación o relación afectiva”, con 8.54 para varones y 8.15 para las féminas, y 8.21 y 7.82, respectivamente.

    A final de cuentas y promedios, estas cifras funcionan como un espejo incómodo para quienes han hecho del catastrofismo su principal herramienta política. ¡Sigan siendo infelices porque México está contento! Mientras el ruido constante intenta convencernos de que todo se desmorona, la realidad reportada por los propios mexicanos cuenta una historia de resiliencia y, sobre todo, de satisfacción cotidiana. Quizás la pregunta infeliz no sea la que se hace el ciudadano sobre su bienestar, sino la que deberían plantearse aquellos que, ante la evidencia de un país que se siente satisfecho, insisten en negarlo porque no tienen otra cosa que gritar.

  • Pezones y botones: la geopolítica según Trump

    Pezones y botones: la geopolítica según Trump

    ¿Tendrá idea de lo que es el mundo el primer mandatario de la nación más poderosa del planeta?

    En diversos momentos, Trump se ha referido al continente africano como si fuera un solo país y ha utilizado términos despectivos para agrupar a múltiples naciones de la región.

    Pero el episodio más grotesco ocurrió en septiembre de 2017, cuando, durante un almuerzo en la ONU con líderes africanos, se refirió en dos ocasiones al inexistente país de “Nambia”, al que llegó a elogiar por su sistema de salud. El problema es que no existe tal nación. Quizá intentó referirse a Namibia o a Gambia, pero el resultado fue la invención espontánea de un país africano que sólo existió en su cabeza frente a los propios mandatarios del continente.

    Según reportes de fuentes diplomáticas, durante una sesión informativa previa a una reunión con el primer ministro indio en 2017, Donald Trump, el octogenario que ocupa la presidencia de Estados Unidos, pronunció Nepal como “nipple” (que significa pezón en inglés) y se refirió a Bután como “button” (que puede significar botón y que suena a butt, es decir, nalgas). Además, trascendió que el señor no tenía claridad sobre qué eran estos países, lo que lo hizo preguntar si formaban parte de la India.

    Un año después, en una reunión en la Casa Blanca con los líderes de Lituania, Estonia y Letonia en 2018, Trump los recriminó por las guerras que llevaron a la desintegración de Yugoslavia en la década de los 90. Los líderes bálticos tuvieron que aclararle que él estaba confundiendo a los Estados Bálticos (norte de Europa) con los países de los Balcanes (sureste de Europa).

    En abril de 2017, apenas unos días después de ordenar un ataque con misiles contra una base aérea en Siria, Trump declaró en una entrevista que Estados Unidos había “bombardeado Irak”. Tuvo que ser corregido en el acto. El episodio resulta especialmente revelador porque ocurrió mientras el presidente acababa de tomar una decisión militar de alto riesgo en Oriente Medio y, pocas horas después, ya no recordaba con precisión contra qué país había actuado.

    En más de una intervención pública, Trump se ha referido a Bélgica como si fuera una ciudad y no un país soberano. La frase más recordada es aquella en la que aseguró que “Bélgica es una ciudad hermosa”. El error no es menor: se trata de un Estado miembro fundador de la Unión Europea, sede de la OTAN y de la Comisión Europea. Por cierto, el país que eliminó a Estados Unidos en este Mundial de Futbol.

    Hace apenas unos días, durante la cumbre de la OTAN que tuvo lugar en Ankara, Turquía, frente a cámaras, rodeado de periodistas de buena parte del mundo, el presidente de Estados Unidos cometió una estupidez que ya no espanta a nadie. Mientras estaba sentado junto al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, al intentar dar paso a las preguntas, cuestionó a los reporteros si tenían algo que preguntarle al “presidente Putin”, señalando al mismo tiempo hacia Zelenski, quien estaba a su lado.

    En esa misma sesión informativa durante la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump tuvo otro desliz verbal despampanante: al hablar sobre las tensiones militares y operaciones del ejército norteamericano en el estrecho de Ormuz, específicamente refiriéndose a un incidente con el portaaviones USS Abraham Lincoln, el señor dijo: “Tuvimos 111 misiles disparados por la República Islámica de Japón”. Como lo oyen: la República Islámica de Japón. El míster megalómano acaba de romper a traición, de nuevo, el cese al fuego con Irán y ni siquiera recuerda el nombre correcto del país al que está agrediendo.

    En septiembre de 2025, durante una conferencia de prensa junto al primer ministro británico Keir Starmer, Trump presumió de haber “resuelto” el conflicto entre “Azerbaiyán y Albania”. No solo confundió Armenia con Albania, sino que además pronunció “Aber-baijan” de forma particularmente llamativa. Semanas antes había recibido en la Casa Blanca a los líderes de Armenia y Azerbaiyán para firmar un acuerdo de paz. El primer ministro albanés, Edi Rama, se burló públicamente del error en una cumbre europea posterior, junto a Macron y el presidente azerbaiyano, convirtiendo el desliz en chiste diplomático.

    En noviembre de 2025, mientras hablaba de la inmigración y de regímenes comunistas, Trump afirmó que los migrantes que llegaban a Miami huían de “la tiranía comunista de Sudáfrica”. Luego, visiblemente incómodo, intentó corregirse mencionando Sudamérica. El error no es solo geográfico: revela una confusión elemental entre un continente y un país, justo en un tema que forma parte central de su discurso.

    Durante sus declaraciones previas a la cumbre de la OTAN, el mandatario insistió en que Groenlandia “debería ser controlada por Estados Unidos”, presentándolo como una posibilidad real o una negociación en curso. Por supuesto, el gobierno de Dinamarca ha sido enfático en que ese territorio no está a la venta ni bajo negociación de soberanía. 

    Hay quienes quieren entender estas declaraciones como una herramienta de “guerra de narrativas”. Lo preocupante no es sólo el error o la mentira per se, sino el hecho de que estas declaraciones —al ser emitidas por el jefe del Estado con mayor poderío de destrucción del planeta— obligan a aliados y adversarios a desmentir o ajustar sus posturas constantemente, lo que erosiona la confianza en la comunicación diplomática.

    Todas estas pifias, pienso, no son maniobras maestras de distracción ni golpes de efecto calculados para saturar el espacio público. Son la prueba reiterada de un mandatario que, después de años en el cargo y con acceso a toda la información de inteligencia del planeta, sigue sin entender ni los rudimentos de la geografía política mundial ni los nombres de los actores que decide atacar, apoyar o ignorar. Cuando el hombre que controla el mayor arsenal nuclear y convencional de la historia confunde países soberanos con pezones y botones, inventa naciones africanas, mezcla continentes enteros y no distingue entre el presidente de Ucrania y el de Rusia frente a las cámaras del mundo, el problema ya no es de comunicación ni de estilo. Es de capacidad. Y esa incapacidad, ejercida desde la oficina oval, no es un espectáculo inocuo: es un riesgo permanente para la humanidad.

    @gcastroibarra

  • Mundial a medias

    Mundial a medias

    Esta obligada prisa que inexorablemente
    quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.

    Carlos Pellicer, Nocturno.

    Es muy probable que en estos días mucha gente en Europa esté pensando que el fin del “mundo” se aproxima, al menos, una mayor proporción respecto a quienes ahora en México puedan creer eso mismo. Lo creo así porque no es difícil sentir la proximidad del fin cuando acabas de sufrir una terrible ola de calor que nunca antes habías vivido. Las cifras que acompañan este desastre dotan de realidad a ese temor: desde el 21 de junio, se han vinculado a esta ola de calor en el continente más de mil 300 muertes en exceso, con Francia reportando cerca de mil decesos en apenas unos días. No se trata solo de estadísticas, sino de termómetros que marcaron picos históricos —como los 41.7°C en Alemania o los 43.7°C en España— desafiando los límites físicos de una población que, en su mayoría, no cuenta con los recursos básicos, como el aire acondicionado, para enfrentar tal asfixia. Imaginen ustedes noches enteras durante las cuales los termómetros se mantienen rondando los 30°C. Los análisis climáticos más recientes sugieren que este fenómeno no debe leerse como una anomalía aislada, sino como un “ensayo general” de lo que está por venir. Europa, que se está calentando al doble del promedio global, enfrenta una vulnerabilidad estructural crítica: sus ciudades y viviendas, históricamente diseñadas para retener el calor ante inviernos gélidos, se han convertido en trampas térmicas frente a un clima que ya no responde a los modelos de adaptación previos. Lo que hoy día millones de europeos pueden estar percibiendo como el fin de un mundo conocido no es sólo una sensación apocalíptica, sino la confrontación material con un sistema climático que, con la forma de olas de calor cada vez más severas, frecuentes y prolongadas, está reescribiendo la cotidianidad y desafiando la capacidad de respuesta de nuestras sociedades modernas.

    Pero subrayo: seguramente el fin del “mundo” no se siente igual en todo el orbe. Pongamos por caso: para la mayoría de mis conciudadanos, supongo, la noche del martes 30 de junio, después de que la selección nacional mexicana derrotara a Ecuador y asegurara así el ansiado quinto partido en el Mundial, la idea del fin de los tiempos estaba muy lejos de sus pensamientos.

    Mundo y mundial, así como global, son palabras que expresan poderosas abstracciones, abstracciones inmensas más o menos apuntaladas en parte de la realidad concreta. El lenguaje no sólo nombra y describe la realidad, sino que la construye y, en este caso, la delimita. Así que es perfectamente pertinente preguntarse qué tan realmente mundial es nuestra concepción del mundo. Por ejemplo, pensemos en el dichoso “Mundial” de Futbol… En esta edición no participaron las selecciones de los dos países más poblados del planeta, India y China —de hecho, China únicamente ha participado en una ocasión, en 2002, en la Copa del Mundo Corea-Japón, la primera que tuvo lugar en suelo asiático, mientras que jamás hemos visto al equipo de India, el país con más habitantes de todo el mundo, jugar en el torneo—. Recordemos que, en conjunto, en India y China viven 2.9 mil millones de seres humanos, de tal suerte que en el Mundial México 2026, sólo considerando la ausencia de indios y chinos, no tienen representación uno de cada tres habitantes del mundo. Además, deberíamos sumar otras ausencias importantes. Ningún ciudadano de los países que ocupan las posiciones 4, 5, 6 y 8 en la tabla de las naciones más pobladas —Indonesia, Pakistán, Nigeria y Bangladesh— está viendo jugar a su selección en este campeonato. Más relevante en términos geopolíticos resulta la falta del equipo del país más extenso del planeta, Rusia —noveno en la tabla en cuanto a cantidad de habitantes—. Y dado que tampoco participa Etiopía, resulta que ocho de los diez países más poblados del mundo no están convidados al Mundial: en ellos radica nada menos que el 49% de todos los hombres y mujeres vivos en la actualidad, es decir, prácticamente la mitad de todos los seres humanos.

    Al final, tanto el colapso climático que calcina a Europa como la algarabía de nuestra celebración futbolística nos revelan una misma verdad: nuestra mundialidad es un espejo que sólo refleja parcialidades, usualmente lo que nos conviene mirar. Mientras Europa enfrenta un fin del mundo tangible, físico y dolorosamente local, con todo y los amenazantes tambores de guerra sonando, nosotros disfrutamos por ahora un clima lluvioso, templado, y el “Mundial” en casa, un mundial que, por diseño, excluye a la mitad de la humanidad. Quizás el peligro de estas abstracciones es que nos reducen: nos hacen creer que el mundo es sólo aquello que cabe en nuestras pantallas, ocultando que, más allá de ese encuadre, existe una realidad mucho más vasta y diversa.

    Éxito a la selección el próximo domingo.

  • Dimensionar monstruosidades

    Dimensionar monstruosidades

    Ya he comentado aquí que la comprensión de grandes montos es algo que se nos dificulta a todos los seres humanos. Definitivamente no evolucionamos para ello, sino para manejar cantidades más bien pequeñas y estimaciones aproximadas. La cognición numérica humana parece haberse originado para resolver problemas adaptativos modestos que muy rara vez se acercaban a las centenas: distinguir unidades y formar conjuntos pequeños, estimar cantidades aproximadas, comparar grupos de gente u objetos, evaluar recursos perceptibles, detectar diferencias cuantitativas relevantes para la supervivencia… Sin embargo, la evolución cultural nos ha colocado ahora en situaciones en las cuales cotidianamente la comprensión del entorno implica el entendimiento de cifras descomunales. Por ejemplo, para entender el mundo actual es necesario que nos entre en la cabeza que nuestro planeta está habitado hoy por ocho mil trescientos millones de personas. Otro: cada día se generan cantidades astronómicas de datos, tantos que se habla de terabytes, petabytes, zettabytes, unidades que expresan magnitudes imposibles de experimentar directamente. Y, claro, la realidad macroeconómica sólo puede expresarse en cantidades estratosféricas: los presupuestos gubernamentales, las deudas públicas, las capitalizaciones bursátiles suelen expresarse en miles de millones o billones de dólares.

    Cuando nos enfrentamos a cifras verdaderamente gigantescas, solemos creer que las entendemos sólo porque sabemos nombrarlas o escribirlas. Pero una cosa es conocer el significado aritmético de un número o una unidad de medida y otra muy distinta poder representarlo mentalmente, dimensionarlo…

    Desde hace tiempo sabíamos que el sudafricano Elon Musk era el hombre más acaudalado del mundo. Sigue siéndolo. La nota que llamó la atención global hace unos días es que se convirtió en la primera persona en acumular un billón de dólares. ¿Y cuánto es eso? ¿Qué cantidad expresa el pequeño vocablo “billón”? Billón en español no es lo mismo que “billion” en inglés. La palabra anglosajona “billion” se traduce en español como “millardo”, mientras que la palabra española “billón” equivale a “trillion” en inglés. Así que one billion (en inglés) y un millardo en español significan lo mismo, así como un billón (en español) y one trillion (en inglés) significan lo mismo. Dicho lo anterior, anotemos: la fortuna de Musk llegó a un billón de dólares, de tal suerte que el señor al que le gusta hacer el saludo nazi es un billonario.

                   Ahora, ¿cuánto es un billón? Un billón es cien mil millones de decenas. También equivale a diez mil millones de centenas. Dicho de otro modo: para reunir un billón de dólares harían falta diez mil millones de billetes de cien dólares. Un billón es asimismo mil millones de miles, o, si se prefiere, un millardo de miles. En suma, un billón no es otra cosa que un millón de millones. Ahora, expresado con un guarismo, un billón es un uno seguido por doce ceros. ¿Se entiende?

    En la revista Spektrum der Wissenschaft, Manon Bischoff publicó hace unos días un artículo en el cual propone una manera que me parece eficaz para más o menos dimensionar la cifra (traduzco):

    Para hacerse una idea más clara de números gigantescos, resulta útil convertirlos en unidades de tiempo. Supongamos que un dólar equivale a un segundo. Una suma modesta de 3,600 dólares equivaldría entonces a una hora. Por su parte, un millón de dólares corresponde aproximadamente a 11.5 días. En cambio, mil millones de dólares representan más de 31.5 años. Y un billón de dólares —la riqueza que Elon Musk posee ahora sobre el papel— equivale aproximadamente a 31,709 años. 

    Y luego pregunta, Now, be honest: Did you expect that? Yo no. No, porque 31,709 es otra cifra difícil de concebir. ¿Cuánto tiempo es eso? Tampoco sirve mucho decir que, si un dólar fuera un segundo, la fortuna de Musk abarcaría un lapso que comenzó mucho antes de la invención de la escritura, de las primeras ciudades, de las pirámides egipcias y de prácticamente todo aquello que solemos llamar historia, es decir, de la civilización. Tal vez resulte un poco más ilustrativo decir que esos 31,709 años equivalen aproximadamente a una décima parte de toda la existencia de nuestra especie. O, expresado de otro modo, en ese lapso, en el tiempo que representa la fortuna de Musk, cabría más de seis veces toda la historia registrada de la humanidad.

    He ahí el problema de los grandes números: sabemos operarlos aritméticamente, pero dejamos de comprenderlos intuitivamente. Observa:

    1 millón de segundos → 11.5 días

    1 millardo de segundos → 31.7 años

    1 billón de segundos → 31,709 años

    La progresión muestra que al agregar apenas tres ceros la intuición colapsa. Once días, treinta años, treinta y un mil años. Los números crecen de manera lineal sobre el papel, pero no en tu imaginación. En cierto punto, la mente se pierde. La progresión revela algo contraintuitivo. Bastan seis ceros adicionales para pasar de menos de dos semanas a un período que supera varias veces toda la historia escrita de la humanidad.

    Hay otra manera de aproximarnos a la comprensión de la cifra. Supongamos que la fortuna de Elon Musk, un billón de dólares, se repartiera por igual entre todos los habitantes de la Tierra. Como hoy somos unos 8,300 millones de personas, a cada una le corresponderían alrededor de 120 dólares. Quizá el resultado parece modesto. Pero reflexione en la escala de la que estamos hablando: con la fortuna de una sola persona, alguien que como usted y como yo solamente tiene dos manos y una boca, es para entregarle una suma de dinero que a nadie le caería mal a cada ser humano vivo del planeta: 120 dólares, poco más de dos mil pesitos. Y aunque la cifra suene pequeña frente al billón de dólares, dos mil pesos para cada ser humano vivo en la Tierra son, en el mundo real, unas 14 hamburguesas o 40 kilos de huevo. Piénselo: mientras para Musk 120 dólares es una cifra que ni siquiera figura en su balance diario, para 8,300 millones de personas, entre los que estamos usted y yo y los millones que actualmente se van a dormir con hambre, sería la diferencia entre pasar hambre o cubrir casi la totalidad de su canasta básica durante un mes. Es decir, con los recursos de una sola persona podríamos financiar el derecho básico a la alimentación de la humanidad entera durante un mes. Que en principio esa cantidad nos parezca ‘modesta’ es prueba contundente de que nuestra intuición ha colapsado frente a la monstruosidad de la concentración de la riqueza.

  • La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    La soberanía del sujeto / Magnifica Humanitas III

    Dediqué mis dos entregas previas —Intemperie espiritual y Datismo— a una panorámica del malestar civilizatorio que expone Magnifica Humanitas, la encíclica del Papa León XIV. Cierro este tríptico analizando la propuesta que el pontífice ofrece al orbe. Tras el diagnóstico —la fractura antropológica, la fragmentación de Babel y la erosión del trabajo humano—, los capítulos finales del documento presentan una ruta hacia la reconstrucción de la dignidad humana. Se trata de una propuesta ética de resistencia frente a la hegemonía de la automatización.

    La soberanía de la persona

    El corazón doctrinario de la encíclica late en su cuarto capítulo. León XIV eleva el tono y marca una línea roja que, más nos vale, el avance tecnológico no debería cruzar. El Papa articula una defensa contundente de lo que podríamos denominar el “santuario interior” de cada ser humano. En un mundo donde el perfilado predictivo de la gente —la capacidad de los algoritmos para anticipar nuestras decisiones antes de que nosotros mismos las tomemos— se ha normalizado, el jerarca católico reivindica el derecho a la imprevisibilidad. Usted tiene derecho a cambiar de gustos. Todos debemos resguardar la posibilidad de escapar de la predicción algorítmica. En la era de la datamancia, la excentricidad deja de ser un capricho y se convierte en una necesidad cívica.

    La manipulación algorítmica ataca la estructura misma de la conciencia. Cuando nuestras opciones se limitan a lo que ya nos gusta, filtradas y presentadas por sistemas que persiguen la rentabilidad de nuestra atención, la libertad se convierte en una ilusión óptica. El Papa sostiene que hay ámbitos que deben permanecer, por ley y por ética, fuera del alcance del procesamiento de datos: la salud, la educación, la justicia y, sobre todo, la intimidad de la conciencia. Es una crítica frontal al “capitalismo de vigilancia” que intenta convertir el pensamiento humano en un denso input informativo para la máquina. Al declarar que la persona no es una variable, el Papa invoca la soberanía que trasciende lo jurídico: es una soberanía ontológica. Para la teología y la filosofía, el ser humano debe resguardar un “residuo” de misterio que ninguna potencia computacional podrá jamás descifrar. Proteger este misterio es, en última instancia, el acto de resistencia política más urgente de nuestro tiempo.

    Hacia una pedagogía del asombro

    León XIV diagnostica el agotamiento del modelo educativo occidental, el cual ha sucumbido a la lógica de la eficiencia: aprender para producir, aprender para ser un dato más de la maquinaria económica. Frente a esto, el Papa propone la recuperación de las humanidades como herramientas de supervivencia mental.

    El “asombro” al que se refiere el pontífice es una facultad cognitiva que nos permite detenernos, valorar la falta, desear… La sobreinformación nos impide ver el bosque tras los árboles, el asombro es el freno de emergencia. Es la capacidad de mirar al otro —al vecino, al extraño, al que piensa distinto— y reconocer en él no una categoría sociológica ni un perfil de usuario, sino una alteridad radical que exige hospitalidad. El otro tampoco es un número. El Papa sugiere que debemos educar en la “lentitud contemplativa”. Mientras el algoritmo acelera el pensamiento para eliminar la duda, la pedagogía del asombro la cultiva, pues es en la duda donde germina el pensamiento crítico y la capacidad de amar. En esencia, el Papa aboga por el rescate de la subjetividad frente a la objetivación técnica, invitándonos a ser sujetos activos y no meros receptores pasivos de información algorítmica.

    La caridad en la era de los datos

    La encíclica evita caer en el tecnopesimismo burdo o en la nostalgia reaccionaria, y cierra con una conclusión que amarra todas las piezas. Su propuesta es pragmática y esperanzadora: la tecnología no debe ser demonizada, pero sí debe ser gobernada por la caridad. En el lenguaje papal, la caridad no es caridad entendida como filantropía, sino como amor político: el compromiso con el bien común que sitúa al prójimo en el centro de todas las decisiones técnicas.

    Urge un nuevo contrato social digital, una gobernanza global de la inteligencia artificial que sea transparente, auditable y, sobre todo, responsable ante la dignidad humana. El Papa propone que la IA no sólo se mida por su eficiencia o rentabilidad, sino por su capacidad para fomentar la fraternidad humana. La conclusión es una síntesis brillante: la técnica debe volver a ser un instrumentum, un medio subordinado a un fin humano, y nunca un telos, un fin en sí mismo. El futuro no es un destino inevitable, sino una construcción abierta: si no somos capaces de humanizar la tecnología, seremos irremediablemente tecnificados nosotros.

    Magnifica Humanitas es un documento de época. León XIV desmantela la pretensión de neutralidad de los algoritmos y activa el debate en el terreno donde siempre debió estar: en la ética, en la política y en la innegociable dignidad de la persona. 

    El datismo no caerá por decreto papal ni por una ley técnica; caerá, si es que llega a caer, cuando decidamos que nuestra vida vale más que la suma de nuestros clics. En la intemperie espiritual que habitamos, la encíclica nos ofrece, al menos, una luz de esperanza: la confirmación de que, incluso en la saturación de los datos, el ser humano sigue siendo el único capaz de darle significado al mundo. Esa, precisamente, es nuestra mayor responsabilidad y nuestra libertad más profunda.

    @gcastroibarra

  • Datismo / Magnifica Humanitas II

    Datismo / Magnifica Humanitas II

    En nuestra entrega anterior, comentaba la “intemperie espiritual” que el Papa León XIV diagnostica al inicio de su encíclica Magnifica Humanitas. Planteba que el pontífice, más que como un líder religioso, habla como un observador atento a la fractura antropológica que está ocurriendo en nuestros tiempos. La Introducción del documento nos situaba ante el abismo de la mutación. Los primeros tres capítulos de la encíclica diseccionan la anatomía de este nuevo (des)orden, aparentemente tan organizado. León XIV despliega un análisis que, más que tecnofóbico, es profundamente humanista: acertadamente, bautiza a nuestra época con el nombre de Datismo, una suerte de religión secular para la cual lo que no es medible parece no tener derecho a la existencia: todo tiene que caber hoy en una hoja de cálculo infinita.

    La desmesura de los algoritmos

    El primer capítulo, “La desmesura de los algoritmos”, es un lúcido análisis de la naturaleza del poder contemporáneo. León XIV no ataca la matemática ni la lógica computacional; critica, en cambio, la pretensión de reducir la experiencia humana en un flujo continuo de datos procesables. El Papa advierte contra la “ilusión de la omnisciencia”: esa soberbia intelectual que nos hace creer que, si acumulamos suficiente información sobre una persona, podemos predecir, gestionar y, en última instancia, sustituir su libertad. La arrogancia se ha colocado como virtud cultural.

    El pontífice describe la algoritmización como un proceso que reduce la existencia a una “coincidencia estadística”. Lo que se sale de la media es aberrante. Lo que el Papa denuncia es la falacia de que la incertidumbre ha sido erradicada de nuestro mundo por obra y magia de los datos, y sin incertidumbre la libertad resulta impensable. Si un algoritmo predice con exactitud qué voy a comprar, por quién voy a votar o qué voy a sentir, ¿sigo siendo yo el dueño de mis decisiones? León XIV es radical al señalar que la desmesura no radica en la potencia de la máquina, sino en nuestra claudicación ante el embrujo computacional. Convertir el misterio de la persona en un crisol de datos es, para el Papa, una forma moderna de idolatría. El exceso de datos que satura nuestra capacidad de juicio no es un efecto secundario de la tecnología, sino su objetivo deliberado para mantenernos en un estado de parálisis reflexiva.

    La tentación de Babel

    El horizonte de la encíclica se expande hacia la dimensión social y comunitaria. León XIV utiliza la arquitectura de la historia bíblica para explicar la hiperconectividad globalizada. La Torre de Babel no es, en la interpretación papal, solo un monumento a la altivez humana, sino la metáfora perfecta de la fragmentación. Hoy, la tecnología que prometía conectar al mundo ha terminado por encerrarnos en pequeñas jaulas de barrotes de cristal: las “cámaras de eco” algorítmicas que, lejos de acercarnos a los demás, nos encierran en un narcisismo digital desde el cual nada más vemos reflejadas nuestras propias opiniones.

    El Papa es contundente: el algoritmo no busca el encuentro, busca la optimización del tiempo de atención. La “tentación de Babel” es la tentación de un lenguaje único, prefabricado por la máquina, que elimina los matices, la contradicción y el debate real. León XIV observa que, al automatizar nuestras relaciones, hemos sustituido la caritas (la entrega gratuita al otro) por la utilitas (la búsqueda del beneficio mutuo inmediato). Cuando los algoritmos deciden qué debemos ver, con quién debemos relacionarnos y qué debemos pensar, estamos erosionando el tejido social. El Papa nos recuerda que una sociedad que no cultiva el encuentro físico y la capacidad de entender al diferente sin la mediación de un filtro digital, es una sociedad que está construyendo su propio colapso.

    El trabajo, la dignidad y el silencio

    León XIV se aleja de las abstracciones digitales para mirar el rostro de los trabajadores. El Papa no se limita a lamentar el desempleo técnico provocado por la inteligencia artificial (IA); va mucho más allá al cuestionar el sentido mismo del trabajo en un mundo donde la eficiencia se ha convertido en el único criterio de valor.

    El líder religioso de los católicos hace una defensa del “derecho a la ineficiencia humana”. En un sistema que prioriza la velocidad y el rendimiento algorítmico, el ser humano, con su lentitud, sus dudas y su necesidad de descanso, se vuelve un “obstáculo” para la productividad. León XIV invierte esta lógica: la dignidad del trabajo radica precisamente en lo que la máquina no puede replicar: el sentido, el propósito y el cuidado. El Papa propone el concepto del “descanso inteligente” como un acto de resistencia política y espiritual. Frente al imperativo de la “conectividad 24/7”, el silencio se presenta como una virtud subversiva. El silencio es el espacio donde el individuo recupera la propiedad de su conciencia, lejos del escrutinio de los datos. “Sólo quien sabe callar puede escuchar el llamado de la verdad”, señala el pontífice, recordándonos que la alienación más profunda no es la pérdida del empleo ante una máquina, sino la pérdida de nuestra capacidad de asombro ante la realidad.

    Hacia una síntesis necesaria

    Resulta evidente que Magnifica Humanitas es mucho más que una carta pastoral; es un manifiesto de resistencia cultural. León XIV logra articular una crítica coherente contra el Datismo: una estructura de poder que, bajo la máscara del progreso, busca disciplinar la conducta humana y rentabilizar la experiencia vital.

    El desafío que el Papa plantea es colosal. No se trata de destruir los servidores ni de renunciar a la IA, sino de recuperar la soberanía sobre nuestras propias vidas. Si la IA es el nuevo techné de la humanidad, el Papa nos recuerda que el telos —el propósito final— sigue siendo la dignidad de la persona. ¿Somos todavía sujetos de nuestra historia, o nos hemos convertido simplemente en los generadores de los datos necesarios para que otros sigan escribiendo la suya? La respuesta, como sugiere León XIV, comienza con un acto tan sencillo como radical: apagar el dispositivo y, en el silencio, recuperar la mirada sobre el otro.