Etiqueta: Germán Castro

  • Los asombrados

    Los asombrados

    Injusto para el sol es tu reproche,
    que esa sombra que pasa y que te ciega,
    es una sombra, pero aún no es la noche.

    Manuel Acuña, A una flor.

    Como a muchos de ustedes seguramente les sucedió, a resultas del período vacacional decembrino, me fue posible convivir con muchas personas queridas con las que a lo largo del año nos habíamos mantenido alejados. En mi caso, tuve la fortuna de pasar algunos días con dos jóvenes mexicanas, a quienes admiro y considero particularmente sensibles, informadas e inteligentes. Ambas, desde hace unos cinco años, radican en Europa. Una de ellas vive en París y la otra en Berlín; para no balconear a nadie, digamos que Mademoiselle Lapin estudia un posgrado en una universidad pública parisina y trabaja dando clases de inglés, mientras que Frau Hartnäckigkeit, luego de terminar una maestría se quedó a trabajar en una ONG global que tiene como objetivo combatir la corrupción. Durante su estancia en México, convivieron con amistades, la mayoría sus coetáneos, y familiares. Mientras nos agasajábamos con unos tacos de antología, antes de su regreso pudimos conversar sobre cómo veían las cosas en el país. Para decirlo pronto, las dos opinan que en general ven todo mejor y que la perspectiva es que en el futuro próximo sigamos en esa dirección. También pudimos hablar de algo que nos desconcierta profundamente a los tres: la gente cercana que se mantiene ya no digamos escéptica, sino ferozmente crítica frente a los logros de la 4T. Sin problema, podemos sintetizar esa postura en estos términos: todo lo que ha hecho, hace y seguirá haciendo AMLO-Morena-Claudia-la4T está muy mal y es, obvio, un peligro para México. Como suele suceder desde hace mucho en un montón de sobremesas y pláticas con otros amigos, fue obligado que llegáramos a la expresión de un asombro, un asombro que, apuesto, buena parte de quienes me están leyendo han experimentado también: ¿pues que no ven la misma realidad? ¿En qué mundo viven? ¿De verdad perciben que las cosas están tan mal como dicen o de plano mienten? En algún momento, se agregó otro ingrediente: además, ¿no están viendo que México es hoy un oasis de esperanza y optimismo en medio de un panorama mundial indiscutiblemente adverso, desbarajustado y, sin exagerar, que más que angustia causa miedo, un miedo racional y perfectamente fundamentado?

    Hace unos días se publicó el más reciente informe anual de Latinbarómetro, una organización privada sin fines de lucro, con sede en Santiago de Chile, especializada en realizar estudios de opinión pública en América Latina para analizar actitudes, valores y percepciones sobre temas políticos, económicos y sociales. Latinobarómetro comenzó a funcionar en 1995, cuando realizó su primera encuesta regional. Levanta encuestas anuales en hasta 18 países latinoamericanos, en los cuales habita el 99% de la población de la región. No es exagerado decir que sus reportes se han convertido en una referencia indispensable para académicos, gobiernos, organizaciones internacionales y medios de comunicación. Bueno, pues resulta que el último reporte de Latinbarómetro aporta un combo de datos para que nuestro asombro frente a la pejefobia ampliada se magnifique… Van algunos botones de muestra:

    • El nivel de satisfacción de la democracia mexicana alcanza 50% en el estudio Latinobarómetro 2024, y ese es el nivel más alto jamás reportado. Nunca antes tanta gente en nuestro país había estado tan conforme con el sistema democrático. Repito, la mitad de los encuestados dijo estar muy o algo satisfecho con el funcionamiento de la democracia en el país. Y del lado de la 4Tfobia radical, el expresidente Zedillo salió con la babada de perico de que México había perdido su calidad de país democrático… Su error de enero.
    • Por el mismo estudio podemos saber que la percepción de progreso se triplicó en seis años: la gente que opina que el país está progresando subió de 14% en 2018 ¡a 45% en 2024! Y claro, se trata del porcentaje más alto de percepción de progreso en México que Latinbarómetro ha registrado desde su inicio en 1995. Comparen: en Argentina, Chile y Perú, apenas el 21, el 19 y el 11% de los encuestados, respectivamente, opinaron que sus países progresan.
    • El 59% de los mexicanos espera una mejoría en su economía en el año. Dicho con otras palabras: al arranque del segundo piso de la 4T, el optimismo económico campea. Y, de nuevo, es el nivel más alto en 30 años: nunca antes habíamos sido tantos los que, considerando la situación de nuestros gastos e ingresos, pensamos que es justificado creer que las cosas nos irán mejor.

    Comentando esta información, mi buen amigo Manuel Campos me cuestionó en X: ¿cuál es tu teoría u opinión de por qué hay tanta gente (dejando fuera a los voceros y escribidores de la derecha) creyendo que México va mal? La pregunta, por demás pertinente, expresa el asombro del que yo hablaba antes. Y el paréntesis que incluye @macampos52 es importante, porque ciertamente en el origen del asombro no están los que repelan, gritonean, insultan y desinforman a partir de mentiras sabiendo que están mintiendo. Asombran quienes dicen que todo está mal y creen realmente eso.

    En principio hay que decir lo obvio: la respuesta no puede ser una sola, esto es, sería prácticamente imposible que una única explicación nos permita entender a toda la gente que se encuentra en tan lamentable situación —lamentable, porque quien percibe que le está yendo del diablo necesariamente siente eso y por tanto efectivamente le está yendo del diablo—. Con todo, hay una posible respuesta que permita comprender el martirio de buena parte de los furibundos aludidos. Trato de esbozarla…

    Nociones como los pobres son pobres por flojos, a los pobres hay que enseñarles a pescar y no regalarles pescados, si bien son parte de una ideología específica, también funcionan como elementos fundamentales de la cosmovisión de la persona que cree eso. La cosmovisión de un humano le permite organizar el mundo y entenderse así mismo en el mundo. Así que, cuando la realidad contradice palmariamente tu cosmovisión, consecuentemente el mundo se vuelve un sitio confuso y peligroso en el cual te sientes del todo inseguro. ¿Qué haces entonces? Optas por negar la realidad antes que permitir que se fracture tu cosmovisión. O expresado en términos más simples: si las cosas no son como yo creo, pues las cosas están mal. Si esto es así, en realidad quienes están más asombrados no somos los que estamos contentos.

    • @gcastroibarra
  • 2025: la esperanza y la cloaca

    2025: la esperanza y la cloaca

    We are all in the gutter,
    but some of us are looking at the stars.

    Lord Darlington (Oscar Wilde, Lady Windermere’s Fan)

    Arranca el segundo cuarto del siglo XXI y ya desde el primer día del 2025 se confirma a las claras que el orbe sigue por el mismo rumbo que ha tomado desde hace poco menos de diez años: el mundo se está yendo al carajo. A contracorriente, México, nuestro país, va en otra dirección, la opuesta. O mejor dicho: en México, nos movemos viendo hacia otros derroteros. Mientras el pesimismo se ha vuelto ecuménico en Occidente, entre el Bravo y el Usumacinta, entre el Golfo y el Pacífico, la esperanza tiene lugar.

    El 2 de enero volvieron a circular los periódicos, y la enorme mayoría de los matutinos impresos de buena parte del planeta presentaron en sus respectivas primeras planas las mismas imágenes, las mismas notas: sendos atentados terroristas en dos ciudades del imperio yanqui. En Nueva Orleans, un orate embistió a bordo de una camioneta a una multitud que celebraba en Bourbon Street el Año Nuevo y mató al menos a catorce personas, mientras que en Las Vegas, un automóvil estalló a las puertas del Trump Hotel. El vehículo era una icónica cybertruck de Tesla, así que simbólicamente el hecho ligó al mega-anómalo presidente electo de Estados Unidos con su megamagnate aliado —¿o jefe?—, Elon Musk. Como era de esperarse, la derecha gringa, sus medios y su anaranjado paladín se apresuraron a culpar a los migrantes, a los musulmanes, a los otros… Y, claro, como era de esperarse, resultó que los dos fulanos implicados en los atentados eran ciudadanos norteamericanos y, más todavía, ex militares.

    En Europa, el panorama no sólo no mejora, empeora y feo. Junto al titular sobre los atentados en Estados Unidos, El país informa que Ucrania corta el suministro del gas de Rusia a Europa —la BBC da cuenta del mismo hecho con un encabezado más dramático: “Termina la era del gas ruso barato para la Unión Europea al detenerse su tránsito por Ucrania”—, y al calce pone una nota sobre la lenta reconstrucción de Paiporta, después de la dana —¿de cuántas que ahí vienen?— que azotó a Valencia hace unas semanas… En el cartón que publica The Guardian también el día 2 de enero se muestra a un bebé año nuevo 2025 leyendo la lista de lo que le espera: genocidio, crisis climática, recesión global, inteligencia artificial…, y a su lado, el año viejo, decrépito, que se va, dice: On the bright side, President Trump has promised to make America great again… again. Porque, but of course, el mitómano desbocado, el señor que oficialmente es ya un delincuente sexual, el míster oligarca que ocupará la Casa Blanca, regresa con una panoplia de desesperanza para los países europeos, comenzando por la Gran Bretaña, Francia y Alemania, los tres a los que Biden se llevó al baile ucraniano.

    De Medio Oriente sólo digamos siete palabras: genocidio palestino y riesgo de guerra nuclear.

    Lo más global hoy día es el pesimismo.

    ¿Y acá en nuestro terruño? Bueno, pues resulta que el jueves 2 de enero El Financiero publicó los resultados de una encuesta que, entre otras cosas, muestran sin el menor resquicio para la duda que su machacona campaña espantabobos no ha funcionado: resulta, y cito textual, que “el 66 por ciento de los entrevistados considera que la economía en el país va a mejorar [en 2025], frente a 9 por ciento que cree que va a empeorar y 20 por ciento que opina que la situación económica va a permanecer igual”. El optimismo campea en México, y en general, no solamente en cuestión de dineros:

    De acuerdo con la más reciente encuesta realizada por El Financiero a 800 adultos a nivel nacional vía telefónica, 87 por ciento de los entrevistados espera que 2025 sea un año muy bueno o bueno. Las expectativas favorables sobre el nuevo año registraron un aumento de 12 puntos porcentuales respecto del año previo, cuando éstas alcanzaron 75 por ciento.

    O sea que estamos bien y la mayoría apostamos porque nos va a ir mejor, y eso en un contexto internacional no desbarajustado como casi siempre, sino ahora francamente aterrador. Las amenazas trumpeteras no hacen mella y los vientos de guerra se perciben distantes. Cierto, con todo, por más optimistas que estemos en México, es una verdad de Perogrullo que vamos a bordo del mismo mundo, y más allá de la economía y sus bandazos —porque resulta que crecer más y más no sólo no es una meta sino ha sido un problema—, una guerra nuclear nos llevaría a una hecatombe civilizatoria de la que nadie se salvaría y, aunque se evitara ella, la crisis climática nos va a seguir pegando a todos. Pensando en ello fue que puse como epígrafe de este texto el parlamento que Lord Darlington dice en Lady Windermere’s Fan, la pieza dramática de Oscar Wilde: We are all in the gutter, but some of us are looking at the stars…, que bien podríamos traducir como “Estamos todos en la cloaca, pero algunos de nosotros estamos viendo las estrellas”.

    ¡Nos va a ir chido!

    • @gcastroibarra
  • La palabra del año

    La palabra del año

    Quedan unos cuantos días para que se acabe el veinte…, el veinte 24. Termina el año civil. Tiempo de recuentos, de cortes de caja, de evaluaciones… Con el 2024 se terminó también el primer gobierno de la Cuarta Transformación de la vida pública de México. Este 2024 vimos caer el telón de despedida de Andrés Manuel y el sucesivo inicio del sexenio de la primera presidenta de México, quien desde el 1 de octubre encabeza el segundo piso de la 4T. No dudaría un momento en que, para nuestro país, este cambio de estafeta marcará la historiografía del año que concluye: el timonel ya no es AMLO, ahora es Claudia, pero la nave continúa con el mismo rumbo, y ciertamente con más empuje y a mayor velocidad. El obradorismo cumplió cabalmente y de ese movimiento surgió el humanismo mexicano. ¿Cuál sería la palabra que mejor exprese lo que sucedió en 2024 en México?

    A nivel mundial ya hay varias propuestas. No sabremos qué tan atinadas resultarán siendo porque para ello es necesario que transcurra el tiempo, que lo gestado durante 2024 germine. Ha pasado que determinados acontecimientos son lo suficientemente elocuentes como para que incluso antes de diciembre no quedara duda. Por ejemplo, según el Merriam-Webster la palabra del año 2020 fue pandemia. Indiscutible, ¿cierto? Sin embargo, hay también ocasiones en que la elección resulta más bien oscura, por no decir francamente desatinada: por caso, en 2016 el mismo diccionario determinó que la palabra del año era surrealista, y hoy difícilmente sabríamos sin investigarlo por qué diablos lo hizo —con la elección de surreal se pretendió capturar el espíritu del momento, cuando para mucha gente la realidad parecía tan inesperada y extraña debido a acontecimientos tan estrambóticos como la primera victoria del mega-anómalo Trump y el resultado del referéndum del Brexit en el Reino Unido—. Para 2024, el Merriam-Webster ya seleccionó la que para ellos es la palabra que define mejor el año: polarización —“división en dos opuestos marcadamente distintos; especialmente, un estado en el que las opiniones, creencias o intereses de un grupo o sociedad dejan de situarse en un continuo y se concentran en extremos opuestos”—. Y, por supuesto, no optaron por esa palabreja que, por cierto, tanto le gusta a la derecha y la opinocracia mexicanas, teniendo en mente a nuestro país, sino, but of course, a Estados Unidos, concretamente atendiendo el proceso electoral que dio por resultado el regreso de Trump a la Casa Blanca. 

    Por su parte, la revista británica The Economist eligió como la palabra del año 2024 kakistocracy, kakistocracia en español. El vocablo proviene del griego antiguo y se forma combinando dos elementos. κάκιστος (kákistos): superlativo de kakós, que significa “malo” o “el peor”. Kákistos se traduce entonces como “el peor de los peores”. El otro componente es más conocido: κρατία (-kratía): sufijo que significa “gobierno” o “poder”, derivado de kratos, que significa “fuerza” o “dominio”. Por lo tanto, kakistocracia literalmente significa “gobierno de los peores”. Ojo, para la RAE la grafía correcta es caquistocracia; en un tuit explicó: “Esta voz designa el gobierno ejercido por los peores o menos capaces. Se encuentra en estudio para su posible inclusión en el diccionario.” Y uno difícilmente no recuerda a Ucrania y Argentina, pero, de nuevo, The Economist optó por esta palabra pensando en un país, Estados Unidos, en un señor, Donald Trump, y en sus compinches: un antivacunas para el encargado de la salud pública, una señora que era gerente de la asociación de lucha libre para el departamento de Educación, un ex agente de la CIA y boina verde para embajador en México…

    La palabra del año 2024 para el Oxford English Dictionary es brain rot, la cual podríamos traducir a nuestro idioma como putrefacción o deterioro cerebral. Sin embargo, para los filólogos del Oxford, el vocablo tiene un sentido mucho más preciso: “deterioro del estado mental o intelectual de una persona como resultado del consumo excesivo de contenido trivial, especialmente el que se halla en Internet”. O sea: si usted se pasa minutos y minutos que se convierten en horas y horas viendo memes y videos bobos en redes sociales muy probablemente sufra de brain rot. Brain rot hace referencia a uno de los peligros más evidentes de la vida virtual y a cómo estamos utilizando nuestro tiempo libre”, explicó Casper Grathwohl, presidente de Oxford Languages, en un comunicado de prensa. Ahora, el fenómeno no es del todo nuevo: ha estado con nosotros desde hace mucho. “Antes de Internet, la televisión era la gran causa de la descomposición cerebral de su tiempo. Y Oxford ha rastreado la expresión hasta su primer uso registrado en Walden, el libro de 1854 del protohippie Henry David Thoreau”, explica Ben Guarino en un artículo para Scientific American.

    Como su palabra del año 2024, el Macquarie Dictionary también eligió un vocablo proveniente de la dimensión digital: enshittification. El término no tiene una traducción exacta en español, ya que es una palabra coloquial y relativamente reciente en inglés. Se utiliza de manera humorística y crítica para describir el proceso por el cual un servicio, producto o plataforma especialmente en línea comienza bien, pero con el tiempo cambia para volverse peor o de mala calidad, afectando negativamente la experiencia del usuario. Una traducción aproximada podría ser “proceso de estropeo” o “deterioro deliberado”. Aquí, en México, con enshittification uno que tenga ojos y oídos necesariamente voltea para la derecha.

    En fin, regresando a la pregunta ¿cuál sería la palabra que mejor exprese lo que sucedió en 2024 en México?, pienso que la elección es obligada y no hay de otra: la palabra del año 2024 es presidenta, con a.

    • @gcastroibarra
  • El segundo hervor

    El segundo hervor

    If you’re not getting happier as you get older,

    then you’re fuckin’ up.Ani DiFranco,

    If Yr Not.

    La edad mediana es como el “punto medio” de una población, obviamente, en términos del tiempo de vida de cada uno de sus integrantes. Así, si alineáramos a todas las personas de un grupo de gente desde el más joven hasta el más viejo, la edad mediana sería la de la persona que queda justo a la mitad. Es decir, la mitad de la población es más joven que esa edad, y la otra mitad es más vieja.

    Los grupos poblacionales pueden ser más o menos homogéneos, por ejemplo, si en una escuela de nivel preescolar la edad mediana es de cuatro años y en una escuela primaria de ocho, en la primera los extremos se hallan muy cercanos entre sí, tres y cinco años, mientras que en el caso de la primaria no tanto: seis y doce años. De igual manera, hay poblaciones más avejentadas que otras, y la edad mediana de ellas da una buena idea de ello. Por ejemplo, la Ciudad del Vaticano ostenta una de las edades promedio más altas del mundo: su población presenta un promedio de 58 años, lo cual la ubica como el país con la edad mediana más elevada a nivel global. Claro, la Ciudad del Vaticano es un caso único en cuanto a su estructura demográfica; su avejentada estructura demográfica se debe a una combinación de factores, incluyendo la composición de su población —una gran parte integrada por clérigos de distintas jerarquías y guardias suizos—, la baja tasa de natalidad y la alta esperanza de vida. En contraste, en la República de Níger, país africano con una alta tasa de natalidad y una esperanza de vida dramáticamente baja, la edad mediana es de apenas 15 años.

    La edad mediana es un indicador fundamental para analizar la composición demográfica de cualquier agrupación humana, un indicador que ofrece una poderosa abstracción que da cuenta de su estructura, dinámicas y necesidades. Por supuesto, la edad mediana de un país puede ser tan dinámica como lo sea su desarrollo. Así, es muy posible que la edad mediana de la población mundial se haya mantenido en torno a los 22 años durante muchísimo tiempo, quizá desde la propagación de la agricultura y hasta el estallido de la Revolución Industrial.

    La estructura demográfica de nuestro país ha mostrado una acelerada dinámica, más y más en nuestros días. La edad mediana da muestra clara de ello. El primer censo moderno levantado en México ocurrió en 1895, en pleno auge del porfiriato. En aquel entonces, hace apenas 129 años, cuando el país tenía 12.6 millones de habitantes —muchos menos que los 17.5 millones que actualmente viven sólo en el Estado de México—, ¿qué edad mediana presentaba la población nacional? 16 años, apenas 16 años, la misma que hoy encontramos en naciones como Uganda, Angola, Mali y el Congo. Y con 16 años se mantuvo sin variaciones durante un buen tiempo, al menos hasta el censo de 1930. Con ya casi 20 millones de habitantes, en 1940 la edad mediana sumó un añito más y llegó a los 17. Cuarenta años después, el fenómeno que entonces se denominaba, con miedo, explosión demográfica era palmario en México: el X Censo de Población y Vivienda dio cuenta de que en 1980 habitábamos en este país 66.8 millones de seres humanos. En menos de medio siglo no nos habíamos duplicado, no, ¡nos multiplicamos 3.4 veces! Con todo, la edad mediana seguía muy cercana a los 16 años que se registraba a finales del siglo XIX: 18. Pero si se dio un incremento de sólo dos años en la edad mediana a lo largo de casi cien años (1895-1980), en los siguientes veinte ocurrió un aumento del doble de años: los datos censales arrojaron que, en 2000, con una población total de 97.5 millones, la edad mediana ya era de 22 años. Para el siguiente levantamiento censal, diez años más tarde, la edad mediana presentó también un aumento, pero ya no de uno o dos años, ¡sino de cuatro! (26 años). La información disponible más reciente la ofrece la Encuesta de la Dinámica Demográfica, realizada también, como los censos, por el INEGI, en 2023. Según este instrumento estadístico, a mediados del año pasado, el país alcanzaba ya una población total de 129.5 millones de habitantes —por cierto, todavía entonces México aparecía en la posición diez entre los países más poblados del mundo, en tanto que actualmente se ubica un sitio atrás, dado que ha sido superado por Etiopía—…, ¿y la edad mediana? Bueno, resulta que envejecimos diez años en menos de un cuarto de siglo: entre el 2000 y 2023 la edad mediana de México pasó de 22 a 32 años.

    En efecto, ya no nos cocemos al primer hervor.

    • @gcastroibarra

  • ¿Más niños? ¡Mascotas!

    ¿Más niños? ¡Mascotas!

    No sé por tus rumbos, pero por donde yo circulo cotidianamente cada vez veo menos chamacos. O, mejor dicho: cada vez veo menos niños y niñas, y cada vez veo más gente grande, quiero más bien decir, ya entradita en años… Es más, por donde yo me muevo —y me transporto generalmente a pie, en bicicleta y en transporte público—, cada vez uno puede toparse con menos infantes y cada vez con más perros. Puedo asegurar incluso que, durante la última semana que puse atención en ello y llevé un registro mental de mis observaciones, transportados en carriolas pude ver más perros que bebés humanos. Ni qué decir de la comparación de cánidos con correa versus niños de la mano: los cuadrúpedos son mayoría. Algo está sucediendo.

    Abundan los que juran y perjuran que los números no mienten, lo cual es una afirmación imposible de contradecir: los números no mienten… pero tampoco dicen la verdad. Ni mienten ni dicen la verdad porque los números no hablan, no emiten juicios. Quienes podemos construir juicios acordes con la realidad o tomar el pelo usando números somos nosotros, las personas. Estoy de acuerdo con la sentencia del poeta y novelista escocés Andrew Lang (1844-1912) en el sentido de que la mayoría de la gente usa las estadísticas como un borracho usa una farola o un poste de luz; más para apoyarse y no caerse que para iluminar su camino. Intentemos usar bien algunos números, a ver si nos aportan cierta luz sobre el sitio en el que estamos parados.

    Las estadísticas más recientes que disponemos acerca del número de nacimientos registrados en nuestro país corresponden al año pasado. A lo largo de todo 2023, en todo México se contabilizaron 1’820,888 nacimientos registrados. ¿Pocos, muchos? Bueno, depende con qué comparamos la cifra. Podemos decir que la cantidad de seres humanos recién incorporados al mundo en territorio mexicano durante los 365 días del año pasado es superior a la población total de países enteros, como Trinidad y Tobago, Estonia, Chipre o Surinam. O para no echar la vista muy lejos: resulta que el número de bebés registrados el año pasado en el país supera a la población total de varios estados de la República, como Colima, Campeche y Baja California Sur, en los cuales, en cada uno, radica menos de un millón de personas, o Nayarit (1.3 millones de habitantes), Tlaxcala (1.4 millones), Aguascalientes (1.5 millones) y Zacatecas (1.6 millones). También podemos decir, como para darnos una idea, que, en promedio, hubo 4,986 nacimientos diarios en México durante el año 2023, esto es, 208 nacimientos por hora durante todo el año, 3.5 nacimientos por minuto. Cuenta 17 segundos: 1, 2, 3, 4… 15, 16, 17 y ahí está el llanto de un recién nacido. De inmediato, comienza de nuevo, sin detenerte, cuenta 17 segundos: 1, 2, 3, 4… 15, 16, 17 y el llanto de un recién nacido. Y así, sin pausa, durante todo 2023. Pero de nuevo, ¿debemos considerar ese monto de chamacas y chamacos mucho o poco?

    Pues resulta que, con ese número de nacimientos registrados, 1’820,888, la tasa de nacimientos registrados en 2023 por cada mil mujeres en edad fértil (15 a 49 años) fue de 52.2, lo cual se traduce en una disminución de 2.3 puntos porcentuales respecto al año previo. Visto en números absolutos, observamos que en 2022 se registraron 1’891,388 nacimientos en México, o sea, 70,500 niños menos. Quizá esta cifra no parezca demasiado alta, pero demos un paso atrás para tomar un poco más de perspectiva… ¿Cuántos nacimientos crees que se registraron en México justo hace diez años, en 2014? ¿Más o menos? Obviamente, entonces nuestra población era menor. Bueno, en 2014 se registraron en México 2’463,420 nacimientos, es decir, 642,532 más que el año pasado. Ya no se ve tan menor el monto, ¿verdad?

    En 2015, de acuerdo con la Encuesta Intercensal realizada por el INEGI, la población total de México ascendía a 119.9 millones de personas. El mismo año, según los registros vitales publicados por el propio Instituto, se registraron 2’353,596 nacimientos. En 2023, según cifras de la Encuesta de la Dinámica Demográfica también del INEGI, en el país radicábamos un total de 129.5 millones de habitantes. Así que si comparamos 2015 contra 2023, resulta que en menos de diez años, con casi diez millones de personas más, en México ocurrieron poco más de medio millón (532,708) nacimientos menos. Claro, la diferencia en las respectivas tasas de nacimientos registrados es significativa: 70.1 contra 52.2 por cada mil mujeres en edad fértil. Sin duda, cada vez se apersonan menos nuevos seres humanos en México.

    Por supuesto, el cambio de la dinámica demográfica no se da parejo a lo largo y ancho del territorio nacional: mientras que la tasa de nacimientos registrados en Chiapas fue de 100.1, en la Ciudad de México, entidad en la que yo resido y veo a tan pocos niños y niñas, es de apenas 34.1, esto es 18 puntos por debajo del promedio nacional. La tendencia es clara: en 2023, únicamente en seis estados del país se observan tasas de nacimientos registrados por arriba de 60 por cada mil mujeres en edad fértil: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Nayarit, Durango y Michoacán. En el extremo opuesto, en ocho entidades encontramos tasas inferiores a 45 puntos: CDMX, Yucatán, Hidalgo, Estado de México, Quintana Roo, Querétaro, Baja California Sur y Colima. Y, ojo, en este último grupo se encuentran las dos entidades más pobladas de la República, Estado de México y CDMX, en donde vivimos 1 de cada 5 habitantes del país (20.7%).

    Hace apenas un mes Statista publicó un artículo firmado por Anna Fleck: How Common Is It To Own a Dog? (¿Qué tan común es tener un perro?). Es sorprendente: resulta que, según una encuesta realizada entre julio de 2023 y junio de 2024, mientras que menos de tres de cada diez hogares en Suecia reportaron tener un perro en casa, la respuesta en México fue de siete de cada diez. Y sí, nuestro país aparece en primer lugar, seguido por Brasil (62%), Inglaterra (55%) y Estados Unidos (51%).

    En México hoy se escucha,

    con gran contento y fervor,

    qué perro es el gran amor,

    pues en casa ya no hay lucha.

    Más que niños, la gran chicha

    son ladridos que resuenan,

    y en vez de pañales, llenan

    los platos de croquetas mil.

    ¡Qué alegría, sí, qué perfil!

    ¡Perros no lloran ni penan!

    • @gcastroibarra

  • Panismo doloso

    Panismo doloso

    Nobody owns life, but anyone who
    can pick up a frying pan owns death.

    William S. Burroughs

    Durante el período que va de enero a octubre de 2024, el estado de Guanajuato, gobernado —es un decir— por el panismo desde 1991, es el estado de la República Mexicana en el cual más víctimas por homicidio doloso se registraron: 2,597 seres humanos fueron asesinados, 8.5 asesinatos promedio diario durante ese lapso. Y, ¡ojo!, Guanajuato supera por mucho, con una diferencia de 28 puntos porcentuales, a Baja California, el estado que le sigue en la tabla.

    El total de víctimas por homicidio doloso registradas en el estado de Guanajuato de enero a octubre representa el 10.3% del total nacional. Dicho en otras palabras, de cada diez personas que mataron dolosamente a lo largo de los diez primeros meses de 2024, a una le quitaron la vida en Guanajuato.

    Mientras que Guanajuato ocupa el primer lugar entre las 32 entidades federativas que integran México en cuanto a la cantidad de víctimas de homicidio doloso, se ubica en el sexto lugar en cuanto a monto poblacional, con 6.3 millones de habitantes (ENADID 2023), muy distante de los primeros lugares. Comparemos, por ejemplo, con la Ciudad de México, en donde residimos 9.3 millones de personas, monto que ubica a la entidad en segundo lugar de la tabla sólo atrás del Estado de México (con 17.5 millones de habitantes). Resulta que, por lo que respecta al sitio en cuanto a víctimas de asesinato, la CDMX se encuentra a media tabla, en la posición 14, con 762 muertes por homicidio. Aquí en la capital de nuestro país, en donde vivimos el 7.2% de toda la población nacional, ocurrió el 3% de los homicidios dolosos de este año hasta octubre, en tanto que, en Guanajuato, en donde radica el 4.9% de la población, sucedieron 7.2% de los homicidios.

    En el extremo opuesto de la tabla se halla Yucatán: allá, del 1° de enero al 31 de octubre de 2024, es decir, durante 305 días, o también, durante 7,320 horas, se registraron 36 asesinatos en total: uno cada 8.4 días, esto es, menos de un asesinato a la semana. En cambio, en Guanajuato, asesinaron en promedio a un ser humano no cada semana, no cada dos o tres días, sino cada dos horas con 49 minutos.

    En las diez entidades federativas del país en donde menos homicidios hubo que lamentar durante el período referido —Hidalgo (240), Querétaro (174), Nayarit (126), Tlaxcala (114), Aguascalientes (112), Coahuila (86), Campeche (78), Baja California Sur (64), Durango (58) y Yucatán (36)— en promedio no se reportó un homicidio doloso por día. Y, ni modo, hay que repetirlo: en Guanajuato en promedio mataron a una persona cada dos horas con 49 minutos.

    Si sumamos a todos los hombres y mujeres que mataron durante los diez primeros meses de 2024 en San Luis Potosí, Tamaulipas, Hidalgo, Querétaro, Nayarit, Tlaxcala, Aguascalientes, Coahuila, Campeche, Baja California Sur, Durango y Yucatán, resulta que son menos víctimas que las que se registraron en Guanajuato.

    A diferencia de lo que quizá mucha gente cree desde el prejuicio, en el estado de Sinaloa se registraron 663 homicidios dolosos de enero a octubre de este año, lo cual quiere decir que por cada asesinato sucedido en territorio sinaloense, sucedieron casi cuatro en Guanajuato (3.9). En Chiapas, en donde las cosas desafortunadamente no han estado tranquilas, durante el mismo período perdieron la vida por homicidio 756 prójimos, así que en Guanajuato murieron por la misma causa 3.4 por cada homicidio en Chiapas.

    La entidad federativa con más habitantes del país, el Estado de México, fue escenario de 1,936 homicidios dolosos, entre enero y octubre de 2024, 25% menos que en Guanajuato, con todo y que tiene una población casi tres veces mayor (2.7). Considerando la población que tenía el Estado de México a mediados del año pasado, 17’510,972 habitantes, podríamos estimar que, por cada persona asesinada, 9,043 no fueron víctima de homicidio; en cambio, en Guanajuato, por cada persona asesinada, sólo 2,425 salió ilesa. O expresado de manera tradicional, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes en Guanajuato durante el período aludido fue de 41.2, mientras que para el Estado de México fue de 11, para la CDMX de 8.2 y para Yucatán de 1.5.

    Dicen que las comparaciones son odiosas, a mí me parece que en muchos casos es más bien odioso no tomar en cuenta las enormes diferencias. De enero a octubre de este año que está por terminar, la mitad de los homicidios dolosos se registraron en sólo siete de las 32 entidades federativas: Guanajuato, Baja California, Estado de México, Chihuahua, Jalisco, Guerrero y Nuevo León. De esos siete, tres son gobernados por Morena. De los cuatro que no son gobernados por Morena, dos, la mitad son gobernados por Acción Nacional y los otros dos por Movimiento Ciudadano. Movimiento Ciudadano hoy tiene, en total, dos gubernaturas, precisamente Jalisco y Nuevo León, el 6.5% de las entidades federativas, y en ellas ocurrió el 11.5% de los asesinatos. El PAN, por su parte, gobierna cuatro de las 32 entidades federativas del país, y en dos de ellas, Guanajuato y Chihuahua, se reportaron 4,293 homicidios dolosos, el 17% del total nacional. Esos son los datos.

    • @gcastroibarra
  • Resiliencia: el agente y la gente

    Resiliencia: el agente y la gente

    Dedicado con aprecio y cariño
    A mis compañeros
    Laura García, Susana Reyes y Pedro Rivera.

    Hace apenas unas semanas, aquí en la Ciudad de México, se reunió un grupo importante de expertos en materia de producción y uso de información geográfica —importante digo tanto en cantidad como en las sapiencias y las cualidades de sus integrantes—. Llegaron procedentes de todo el orbe, convocados por cierta asociación de países; para decirlo pronto, me refiero a la organización más importante de naciones que hay en el planeta —para mayor referencia, aludo a la organización multinacional a la que tristemente…, tristemente porque lo hizo con toda razón, el presidente Andrés Manuel López Obrador llegó a comparar con un florero—. En el encuentro estuvieron presentes funcionarios, técnicos y tomadores de decisiones procedentes de las oficinas e instituciones públicas de muchos gobiernos, justo las encargadas de recabar, difundir y promover el uso inteligente de datos relativos a la dimensión espacial de sus respectivos estados nacionales. No me queda la menor duda de que son todas ellas y todos ellos, gente con las mejores intenciones y buena voluntad. La reunión internacional abordó el problemón que afecta ya a toda la biósfera de la Tierra, incluidos, los más de 8.1 mil millones de seres humanos que hoy somos: el cambio climático. Los dos desafíos globales que se pusieron en el centro de las diversas intervenciones fueron la sustentabilidad y la resiliencia…, la dichosa resiliencia. Quizá yo esté equivocado, pero detesto esa palabreja, y la detesto porque estoy seguro de que los hombres y mujeres tenemos en el lenguaje, en las palabras, el instrumento más importante para hacer mundo y, no sólo, uno de los instrumentos más poderosos para cambiar la realidad. Por eso, estoy convencido de que, así como hay palabras que concitan acuerdos, concordia y en general el bienestar —respeto, amistad, solidaridad, prudencia, en fin—, hay otras que son perversas. 

    Resiliencia es una palabra consentida de la ideología neoliberal y globalista. Un buen ciudadano del mundo tiene que ser resiliente y echarle ganas. Pero qué significa exactamente… Aunque ya había aparecido en algunas publicaciones desde principios del siglo XX y tuvo un pequeño repunte a mediados de la década de los treinta, el vocablo se incorporó formalmente al español hace poco —apareció por primera vez en un diccionario de la RAE apenas hace diez años—, y si uno analiza su gráfica correspondiente en Google Ngram podrá constatar que está de moda y en franco ascenso desde principios del presente milenio. Resiliencia proviene del inglés resilience, el cual a su vez procede del latín resiliens, “saltar hacia atrás, rebotar”, “replegarse”. Tal cual: echarse pa’tras. En inglés, el diccionario de Cambridge la define así —traduzco—: “capacidad de ser nuevamente feliz, exitoso, etcétera después de que algo difícil o malo ha ocurrido.” Ojo con ese adverbio: nuevamente. En nuestro idioma, el diccionario de la RAE otorga dos acepciones a resiliencia

    1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.
    2. f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

    Ambos significados deben tomarse en consideración para comprender la ideología que subyace a la dichosa resiliencia, pero evidentemente de la que estamos hablando es de la primera acepción. En efecto, somos, nosotros, hombres y mujeres, usted y yo y nuestra prole y nuestros padres y abuelos, seres vivos. ¿Seres vivos que estamos frente a un agente perturbador? Aquí está parte esencial del problema con el concepto de resiliencia: el agente perturbador, que según se frasea en la definición anterior es una entidad distinta al referido ser vivo, diríase que es, en el contexto al que aludí en el comienzo de este texto, el cambio climático. Entonces, si uno lee que hay que ser resiliente frente al cambio climático, debemos entender dos cosas: uno, que hay que adaptarnos a él, y dos, que el tal cambio climático es un “agente perturbador”…, o sea, que no somos nosotros los que tenemos que dejar de estar desestabilizando el planeta, que es un “agente perturbador”, el malvado cambio climático, que no somos nosotros los responsables sino las víctimas. ¿Y qué hacer frente a los embates del agente perturbador? Pues según dicta la definición, adaptarnos. ¿Y qué significa adaptarse? Dicho de un ser vivo, significa acomodarse a las condiciones de su entorno. Y más precisamente, dicho de una persona, significa acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, condiciones. Tejones porque no hay liebres, pues.

    ¿Ven? Resiliencia no es una palabra que comunique ni la necesidad de hacerse responsables de lo que pasa ni la necesidad de cambiar conductas —las conductas que nos tenían tan felices, exitosos, etcétera, supongo—, sino que expresa como respuesta a la perturbación el adaptarse, el replegarse… Y replegarse, claro, significa, echarse para atrás, darse por vencidos. Pues ya ni modo, hay que adaptarse porque el señor Elon Musk va a seguir jugando a conquistar el sistema solar con sus cohetitos megacontaminantes; hay que adaptarse porque el capitalismo es una condición inamovible y eterna e intocable y no hay de otra; hay que adaptarse porque tenemos que seguir quemando combustibles fósiles hasta que nos los acabemos todos o nos acabemos todos… Seamos resilientes y no resistentes, mucho menos agentes de cambio.

    Una nota final: por supuesto, las personas que hace unos días sufrieron en Valencia y otras ciudades y poblaciones aledañas de España la devastación por las graves inundaciones causadas por una Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) —un fenómeno vinculado al cambio climático, particularmente al sobrecalentamiento acelerado del Mediterráneo—, requieren medidas de resiliencia inmediata, para lo cual se requieren un montón de recursos. Cierto, necesitamos ser resilientes frente a los efectos del cambio climático, pero no ante el cambio climático mismo. El agente perturbador tiene nombre, se llama homo sapiens y urge hacerlo entrar en razón.

    • @gcastroibarra

  • Obviedades y refrescamientos de memoria

    Obviedades y refrescamientos de memoria

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    Quizá la evaluación definitiva del gobierno de un presidente de la República sea el proceso electoral por medio del cual se define a quien lo sucederá. Teniendo esto en mente, digo que solemos olvidar que no sólo Enrique Peña Nieto, presidente emanado del PRI, perdió la elección presidencial que siguió a su mandato —es un decir—: en estricto sentido lo mismo había pasado invariablemente desde Ernesto Zedillo. Zedillo, también priísta, perdió las elecciones que siguieron a su período de gobierno: por lo menos a nivel formal, perdió el PRI y ganó el PAN con Fox Quezada. En su momento, se entendió aquello como una alternancia democrática. Después de Fox ocupó la Presidencia Calderón, también surgido de las filas del PAN, pero gracias a un fraude electoral, así que, en estricto sentido, en 2006 Vicente Fox también perdió para su partido el proceso electoral posterior a su gestión —también es un decir—. Enseguida, luego del desastroso sexenio de Calderón Hinojosa, el PAN perdió el Poder Ejecutivo Federal y ocurrió lo que parecía imposible, que un candidato del PRI regresara a Palacio Nacional. En 2018, AMLO arrasó en las elecciones, en buena medida porque logró evidenciar que el candidato del PAN y del PRI —quien había despachado, por cierto, como secretario de Hacienda tanto de Calderón como de Peña—, en realidad eran lo mismo: el PRIAN. Así que en 2024 se rompió una constante que venía sucediendo en México a lo largo de todo el siglo XXI: al término del primer gobierno de la 4T, el presidente saliente, Andrés Manuel López Obrador, pudo entregar la banda presidencial a la candidata del mismo partido que lo llevó al poder, la doctora Sheinbaum.

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    Con Miguel de la Madrid Hurtado comenzaron los gobiernos neoliberales, y lo que siguió durante los siguientes cinco sexenios fue pan con lo mismo: ya fueran del PRI o del PAN, se acumularon seis gobiernos neoliberales. Eso cambió radicalmente en 2018. Contra 30 años de neoliberalismo rapaz, llevamos seis años de humanismo mexicano, una proporción de 5 a 1.

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    Luis Echeverría, quien era el secretario de Gobernación del presidente Gustavo Díaz Ordaz, fue beneficiado por el dedazo. Desde que asumió la candidatura del tricolor comenzó a distanciarse de su exjefe poblano. Dizque Echeverría disputó la Presidencia contra el panista Efraín González Morfín —hijo, por cierto, del primer candidato panista a la Presidencia, Efraín González Luna, quien había perdido contra Adolfo Ruíz Cortines en 1952—.  El siguiente dedazo recayó en José Guillermo Abel López Portillo y Pacheco, quien se desempeñaba como secretario de Hacienda de Luis Echeverría. En aquella ocasión, nadie se prestó al espectáculo y a las elecciones solamente se presentó un candidato, él, el candidato del PRI. Instalado en Los Pinos, las diferencias con Echeverría se acentuaron: metió en la cárcel a varios excompañeros suyos del gabinete anterior y sacó al expresidente del país, primero lo mandó a Estados Unidos y luego a Australia. Seis años después, López Portillo escogería para que lo sucediera a su secretario de Programación y Presupuesto, Miguel de la Madrid. El colimense, desde la campaña, se distanció de su histriónico benefactor. En su toma de posesión resumió el panorama nacional: “Vivimos una situación de emergencia…  La situación es intolerable”. Desde el poder público se incentivó la narrativa de que el culpable de todo había sido El Perro, Jolopo… Aquello de la “renovación moral de la sociedad” no era más que una condena a la inmoralidad del gobierno de López Portillo, del cual De la Madrid había sido integrante fundamental. Continuaría una excepción a la regla: en realidad no se apreció una ruptura entre Miguel de la Madrid y el siguiente presidente priísta, Salinas de Gortari, tal vez porque lo que se percibía y se decía era real: que desde mucho antes de ascender a la Presidencia el economista ya se había adueñado del gobierno. En 1994, el rompimiento entre Salinas y su accidental sucesor tuvo visos que llegaron a la tragicomedia, con todo y una huelga de hambre de 36 horas. El siguiente episodio correspondió a la que supuestamente fue la primera alternancia democrática en México: Fox echó víboras y tepocatas contra el PRI durante la campaña, pero después no hubo rompimiento alguno. Calderón criticaría un poco más a Fox que Fox a Zedillo. Llegaría el 2012 y otra vez presenciamos una supuesta alternancia: regresó el PRI con Peña y el señor, igual, no tuvo que distanciarse de Calderón, ni siquiera tuvo que atacar a la candidata del PAN. En 2018, Andrés Manuel se convirtió en el primer presidente de izquierda electo democráticamente en México, después no de una campaña electoral sino de años y años de resistencia y lucha, y sobre todo de un colosal trabajo de concientización encaminado a hacer ver a la ciudadanía que los tricolores son muy azules y los azules muy tricoles, neoliberales. Hoy es una obviedad, pero recordamos que cuando se comenzó a hablar del PRIAN desde ambos partidos y sobre todo desde sus gobiernos se negaba que eso existiera.

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    Es obvio, pero al parecer más vale repetirlo: entre la actual presidenta de la República y el anterior primer mandatario no hay rompimiento alguno; antes bien, existe continuidad, la continuidad del humanismo mexicano. Desde al menos medio siglo el país no había transitado por un cambio de gobierno tan afortunado. Podemos estar contentos.

    • @gcastroibarra
  • La aporía de los burros y los olotes

    La aporía de los burros y los olotes

    He dicho aquí que una de las grandes bondades del primer gobierno federal de la Cuarta Transformación es que cambió radicalmente la noción generalizada que se tenía en México acerca de la población. ¿De qué población? De toda, de toda la población, hombres y mujeres, incluidos usted y yo, desde los más ancianos hasta los recién llegados al mundo… Antes de 2018, cundía la idea de que la gente era un problema, de que nosotros éramos un problema o, en el mejor de los casos, “un reto”. La población consumía recursos, agotaba los recursos. Andrés Manuel López Obrador combatió esa manera de entendernos, por fortuna.

    Si tiene usted menos de 50 años y ha vivido en México, buena parte de su existencia le dijeron que el crecimiento poblacional es una calamidad. La mayoría fuimos educados bajo esa premisa. Piénselo. Solamente en tres estados de la República la edad mediana sigue siendo de menos de 30 años —Chiapas (28), Aguascalientes (29) y Guerrero (29)—, mientras que sólo en dos supera los 35 —Veracruz (35) y CDMX (39)—, de tal suerte que en la gran mayoría se ubica entre los 30 y los 34 años. Así, la edad mediana nacional es de 32 años (INEGI, ENADID 2023). La población de México se ha avejentado: en 2000 la edad mediana era de 23 años, y hace poco más de 50 años, en 1970, de apenas 17. Con todo, en nuestro país la gran mayoría de las personas tiene mucho menos de 50 años. Por eso, nada más considerando su edad, podemos afirmar que más de la mitad de la población de este bello país vivió la parte más amplia de su existencia en un mundo en el que el sentido común hegemónico dictaba que entre menos burros más olotes, que “la familia pequeña vive mejor”, que ya somos demasiados, que si hay más gente habrá menos recursos y más pobreza, que “ya no cabemos”, en fin… Es más, si usted es aún más joven y anda, digamos, por debajo de los 40, además de tener la certeza de que la gente es una carga para el país, es muy probable que usted viva entrampado en las telarañas de la ideología neoliberal y lo hayan convencido de que el principal recurso de una persona, de una familia o de un país es el dinero. Hasta hace muy poco, para la mayoría de los connacionales lo mejor que podría pasarnos es que fuéramos menos gente. Tal era la manera de entendernos que desde el gobierno e incluso desde la academia se promovía desde mediados de los años setenta del siglo XX.

    Entre menos burros más olotes. Los gobiernos neoliberales mantuvieron la política de control demográfico, sin impulsar mayores acciones, e incluso descuidando la salud reproductiva. Sin embargo, discursivamente López Obrador se encargó de dar un golpe de timón… Uno más. Para el humanismo mexicano, la población dejó de entenderse como un problema para asumirse como lo que siempre ha sido: nuestro principal recurso.

    La aporía de los burros y los olotes fue combatida desde el primer gobierno de la 4T. El dicho “entre menos burros más olotes” es una aporía —un enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional— sencillamente porque nosotros, la gente, no somos los burros que comemos los olotes: somos los hombres y mujeres que sembramos y cosechamos el maíz. Y aunque es una obviedad hay que decirlo: sin agricultores, por más dinero que se invierta, no habría ni olotes para los burros ni elotes para los humanos.

    Si nos mantenemos en el ámbito alegórico, no faltarán quienes digan que además de agricultores se requiere tierra para sembrar. La cuestión del territorio, claro.

    ¿Somos muchos para el tamaño de país que es México?

    El tamaño de nuestro país tiene, ciertamente, muchas dimensiones, no sólo la espacial. De entrada, deberíamos pensar en la diversidad geográfica, los recursos y su abundancia. Por ejemplo, Groenlandia, una isla —la más extensa del planeta— que forma parte del Reino de Dinamarca, tiene una superficie de 2.1 millones de km2, es decir, poco más de los 2 millones de km2 que tiene México, sin embargo 84% de esa inmensidad está cubierta por hielo. Nuestras condiciones son muy distintas: México es megadiverso. 

    Pero quedémonos sólo con la más inmediata dimensión de la amplitud del país. En 1921 habitaban el país 14 millones de personas —hoy día, tan sólo en el Estado de México viven alrededor de 18 millones—, lo cual se traduce en que al término de la Revolución el país presentaba una población relativa de apenas 7 habitantes por km2. En agosto del año pasado éramos 129.5 millones, así que la densidad poblacional se ubicó en 66 habitantes por km2. Sí, ha aumentado mucho nuestra densidad poblacional, pero en este renglón nuestra situación es incomparable respecto a naciones como India, en donde habitan 1,130 habs./km2, o Bangladesh, con 3,020 habs./km2, por no mencionar a Singapur, en donde habitan 8,250 personas por km2. Y, claro, México está también muy lejos de la relación población/territorio que presentan Australia, Canadá y Rusia, con 3, 4 y 8 habs./km2.

    ¿Y cómo es que nos distribuimos espacialmente?

    La mayor parte en este país vive en su franja central. Del Pacífico al Atlántico, en el cinturón que forman las 12 entidades federativas centrales habitamos más de la mitad de la población total de México: Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Ciudad de México, Hidalgo, Morelos, Tlaxcala, Puebla y Veracruz. En total, 71.3 millones, es decir 55 de cada cien habitantes. Esta franja territorial tiene una superficie de 344.8 mil km2, de tal modo que en promedio la densidad en ella es muy superior a la nacional (66): 207 habs./km2.

    Ahora, ¿cuánta gente vive en el norte del México? Asumamos que “el norte del país” lo conforman los estados más septentrionales, los que hacen frontera con Estados Unidos. Seis de las 32 entidades federativas hacen frontera con EU: Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. En ellas viven 23.6 millones de personas, 18.2% de la población total del país —ojo: tan sólo los dos estados que circundan la CDMX, Morelos y el Estado de México, tienen una población conjunta superior, de 19.5 millones de habitantes—. Y en este grupo se hallan los estados más grandes de la República, así que no sorprende que en conjunto integren nada menos que 37% del total del territorio nacional (722.8 km2). Consecuente, la población relativa promedio en las entidades fronterizas del norte es muy baja: 33 habs./km2, justo la mitad respecto a la nacional. 

    ¿Y en el sur? Bien sabemos que la región que llamamos “el sureste” no es tan austral como suele creerse. Por ejemplo, Cancún, Quintana Roo, está más al norte que la CDMX. Con todo, si damos por buena la tradición que entiende a la península de Yucatán como parte del sur del país, diremos que en los estados sureños —Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán— viven 21.4 millones de personas —5.4 millones menos que los que vivimos en el Estado de México y la Ciudad de México—. La superficie que abarcan estos siete estados es de 397.1 mil km2. Así las cosas, resulta pues que la densidad poblacional en esta región es menor que la del promedio nacional: 54 habs./ km2.

    Considerando sólo una variable más, la disponibilidad de agua, hay conclusiones que saltan a la vista para cualquiera, ¿no?

    En suma, de los cuatro elementos que suelen mentarse como los básicos y generales de un Estado Nación, gobierno, población, territorio y leyes, me parece que en México los tenemos todos. Y la verdad, no creo que ocho burros estorben mucho para asegurar el último.

    • @gcastroibarra
  • Había una vez un país quebrado

    Había una vez un país quebrado

    Díaz Ordaz, Echeverría, JLP, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, FeCal, EPN… Todos ellos, me consta, en su momento consiguieron que mucho antes de que concluyera su respectivo período de gobierno, en muchos casos años atrás, el país estuviera plenamente de acuerdo al menos en algo: lo mejor para todos era que el presidente en turno se largara. Hoy, en cambio, la gran mayoría llevamos meses experimentando agradecimiento y una fuerte nostalgia anticipada. El próximo martes Andrés Manuel dejará Palacio Nacional.

    No sería preciso si digo que hace seis años… Hay que decir que hace poco menos de seis años —sí, porque no debemos olvidar que el que hoy está en sus días finales será un sexenio mocho… Un sexenio mocho en el que se hizo mucho… Pero no, ¡cómo mocho!, eso se escucha espantoso, mejor mochado, un sexenio mochado, ligeramente cercenado: un sexenio de cinco años y diez meses—… Bueno, decía…, hace casi seis años, el 1° de diciembre de 2018, durante su memorable discurso de toma de protesta como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador advirtió algo que algunos, sobre todo entre quienes seguían y siguen repitiendo como cacatúas que todos los políticos son iguales, creyeron que no iba a pasar de pura retórica: 

    … hoy no sólo inicia un nuevo gobierno, hoy comienza un cambio de régimen político”. Y especificó: “A partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical

    Hoy, en 2024, ¿quién en su sano juicio podría negar que, efectivamente, aquel sábado 1° de diciembre de 2018 dio inicio formal un cambio de gran calado de la vida pública de México? Ni siquiera los más furibundos detractores de AMLO y la 4T pueden negar el cambio, imposible porque es de eso precisamente de lo que tanto se quejan. Es decir, la profunda y radical transformación podrá no haberles gustado a algunos, muy pocos, por cierto, pero nadie puede negar que hoy México es otro. Y, repito, la mayoría estamos contentos con el cambio. En la última encuesta realizada por Enkoll, y publicada hace unos días por El país y la W Radio, dos medios de los cuales no podríamos decir que sean simpatizantes de AMLO, preguntaron “¿Qué tan de acuerdo o en desacuerdo está con la Cuarta Transformación, considerando las acciones de gobierno del presidente López Obrador en los últimos seis años?” Respuesta: 77%, es decir, prácticamente 8 de cada 10, contestaron estar de acuerdo o muy de acuerdo.

    La mayoría de la ciudadanía quería en 2018 que se diera un golpe de timón y tomáramos la ruta de la regeneración nacional. La mayoría de la ciudadanía sabe en la actualidad que Andrés Manuel cumplió y que, ciertamente, encaminó a México por donde dijo que iba a hacerlo. La mayoría de la ciudadanía decidió continuar por esa senda y profundizar la transformación, ponerle un segundo piso, y así lo expresó el 2 de junio pasado. Si AMLO arrasó con 30 millones de votos, la elección de Claudia confirmó con 36 millones de sufragios que la ciudadanía de este país apoya, apoyamos y formamos parte de la Cuarta Transformación de la Vida Pública de México. Y esa es la calificación más importante del sexenio.

    En aquel discurso, con un Peña Nieto anulado a un lado, AMLO reiteró lo que llevaba mucho tiempo señalando incansable desde la oposición: el cambio verdadero era necesario no sólo por “el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este período de la más inmunda corrupción pública y privada”. Y remató:

    …  como lo hemos repetido durante muchos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo.

    ¿Y recuerdan el descaro con el cual uno de los dos candidatos del PRIAN en 2018 decía que a AMLO, si ganaba, no le iba a alcanzar el dinero para hacer todo lo que prometía hacer porque no se podría sacar todo lo necesario del combate a la corrupción? “El combate a la corrupción y la austeridad nos permitirá liberar suficientes fondos, más de lo que imaginamos, mucho más, para impulsar el desarrollo de México”, sostuvo en diciembre de 2018 el primer mandatario a quien realmente me parece adecuado llamar así, el primer mandatario. Y se salió con la suya. Por la misma encuesta de Enkoll sabemos que, comparando el día de hoy con el inicio del gobierno de López Obrador, el 71% de la ciudadanía opina que la situación del país en cuanto a infraestructura ha mejorado. 71% Y aquí, en infraestructura, tenemos que pensar en Dos Bocas, en el AIFA, en el Tren Transoceánico, en el aeropuerto de Tulum, en la Refinería de Deer Park, en el rescate a la CFE, en las presas, las carreteras y los caminos artesanales, en el Parque Ecológico de Texcoco, en la ampliación de Chapultepec, en el Tren Maya… Por la misma encuesta sabemos que, comparando el día de hoy con el inicio del sexenio, 83% de la ciudadanía opina que la situación del país en cuanto a apoyos sociales ha mejorado. Y con todo y la peor crisis económica global sufrida en un siglo a causa de la pandemia. 

    Pero regreso al 1° de diciembre de 2018… Unas horas después, en el Zócalo de la Ciudad de México, de frente a la gente, el primer presidente de la 4T enlistó los compromisos que estaba asumiendo. En un momento dado, dejó de leer y dijo: “Ténganme paciencia y confianza porque nos están entregando un país en quiebra”.

    No sé si Peña Nieto escucharía aquel discurso. Lo dudo. Quizá para entonces ya iba rumbo a Madrid. De lo que estoy seguro es de que, si lo oyó, al mexiquense no le dio ni tantita pena, mucho menos vergüenza. Le debió de haber entrado por una y salido sin dejar ninguna mella por la otra. Pero el diagnóstico no puede minimizarse: Andrés Manuel recibió un país quebrado. Y lo sacó a flote. Sacamos todos a flote al país. La encuesta de enkoll reporta que hoy por hoy únicamente el 3% de la población considera que el principal problema del país es la pobreza, sólo el 3% dijo que el principal problema son los bajos salarios… Es más, solamente 8 de cada 100 dijeron que el principal problema de México es el crecimiento económico.

    Andrés Manuel López Obrador cumplió. Hizo un gran trabajo. El pueblo lo sabe, el pueblo al que pertenecemos todos, los pobres, la clase media y los más acaudalados. La encuesta publicada por El país reporta que la calificación promedio con la que AMLO se va es nada menos que 8.2 sobre 10. Claro, las personas que simpatizamos con el movimiento lo calificamos mejor, con 9.1…, pero los ciudadanos que declararon tener afinidad con el PAN lo calificaron con 8.2. Así que cuál país polarizado. 

    A diferencia del México que recibió en 2018, un México quebrado, estresado e incierto, hoy vivimos en una nación de la que podemos sentirnos orgullosos y en la cual la esperanza es perfectamente razonable.

    Vamos a extrañarte, Andrés Manuel. Gracias por todo.

    • @gcastroibarra