Shakira reafirmó ante el Zócalo que las leyendas sólo pueden ostentar esa categoría si generan emociones. Pocas provocan llanto, dolor y felicidad en la audiencia al mismo tiempo.
Disfrazadas, con mochilas, bancos, víveres, pelucas, coronas de cartón y pareos árabes improvisados, más de 400 mil personas acudieron al aullido. Algunas llegaron con hasta dos días de anticipación: acamparon, durmieron y soportaron vientos y temperaturas de entre 24 y 26 grados centígrados.
Las calles del primer cuadro de la ciudad cambiaron su sentido habitual. No hubo flujo de entrada y salida. La mayoría llenó interminables filas para acceder. Una revisión y detectores de metal de alguno de los tres mil 800 policías desplegados en las inmediaciones fueron los últimos obstáculos.
La expectativa creció conforme el reloj marcaba la hora crucial. A ratos, el cartel del tour Las Mujeres Ya No Lloran World Tour hacía que las personas acostadas o sentadas lanzaran gritos. Caída la tarde-noche, el rayo de sol fue apartándose para que la magia surgiera entre sombras.
Ella, la nacida en Barranquilla, Colombia, llegó pasadas las 19 horas por República de Brasil. Un fuerte convoy de camionetas blindadas hizo suponer que la estrella de la noche había arribado. Nadie pudo distinguirla, pero su presencia era perceptible.
A las 20 horas —media hora después de la anunciada— y tras la proyección de al menos cuatro de sus videos musicales, la persona más esperada de la noche apareció. Emergió desde debajo del escenario sobre una plataforma mecánica, como si saliera de las entrañas del templete colocado frente a la Catedral Metropolitana.
Caminó lentamente sobre la pasarela desplegada hacia el centro del Zócalo. Vestía inicialmente un pants con brillos y lentes futuristas. Al llegar al extremo más cercano al asta bandera, se detuvo, separó ligeramente las piernas, se quitó las gafas y soltó una risa, mientras las almas gritaron a todo pulmón.
La audiencia aplaudió y coreó cada indicación de Shakira Isabel Mebarak. Las manos de la gente se iluminaron al ritmo de la música y de los tonos proyectados desde el escenario mediante pulseras luminosas distribuidas por la empresa patrocinadora.
Desde el inicio evocó el poder femenino y latino. En Girl Like Me rindió homenaje a dominicanas, argentinas, brasileñas, bolivianas, chilenas, peruanas, cubanas, mexicanas y colombianas. Un grito desgarrado acompañó la mención a México, mientras se proyectaba la bandera nacional.
“Con todo lo que estamos viviendo en el país ahorita, sirve para despejarnos un poquito que venga una artista de esta talla. Toda mi vida he sido fan”, declaró Araceli, residente de Tepito, quien asistió acompañada de su amiga Susana.
La cantautora, que ha vendido más de 95 millones de discos en el mundo y ha lanzado 12 álbumes, hizo varios llamados a la unidad. Uno de los más contundentes fue dirigido a las mujeres.
“Ya saben que la vida no ha sido nada fácil estos últimos años. De las caídas nadie se salva, pero nosotras las mujeres, cada vez que nos caemos, nos volvemos un poquito más sabias, un poquito más fuertes, un poquito más triple M. Como dijo una escritora a la que admiro mucho: ‘las mujeres solas somos más vulnerables, pero juntas somos invencibles’”, dijo Shakira, parafraseando a Isabel Allende, antes de interpretar Don’t Bother.
El recorrido por más de 25 canciones de su carrera fue similar al de sus 13 conciertos anteriores en la capital. Sin embargo, el sello distintivo fue el coro ensordecedor y el llanto que provocaron en más de uno clásicos como Monotonía, Ojos así, Pies descalzos, Waka Waka y Antología.
La mujer —cuyo nombre significa “agradecida” en árabe— recompensó a quienes han “vencido todos los obstáculos junto conmigo” y soportaron horas para verla este primer domingo de marzo, al interpretar —por única ocasión durante la gira— ¿Dónde estás corazón? Y presentar su nuevo tema Algo tú, junto a su compatriota Beéle.
“Tengo una mezcla de emoción y nostalgia, porque hoy es el último día aquí, de nuestra gira, en México, mi casa. Esta es la historia de amor y amistad que tenemos, que yo tengo con México. Gracias por todo lo que me han hecho sentir: tan querida, tan acompañada. Hoy, aquí en el Zócalo, y siempre, para siempre, somos uno”, dijo.
La velada tuvo como testigo privilegiada a la monumental bandera mexicana. En su tela se reflejaron los múltiples colores del espectáculo y destellos de los fuegos pirotécnicos que brotaron desde el escenario. Otros recintos que también albergaron a fanáticos fueron la Alameda Central y la Plaza de la República, donde fueron instaladas pantallas gigantes para transmitir el concierto en tiempo real.
“Si lo pagó algún político, somos las más felices. Me encanta que la gente que no pudo pagar un boleto a su concierto tenga acceso a este tipo de eventos”, comentó una mujer acompañada de un grupo de amigas disfrazadas con blusas negras, corbatas y pelucas lilas, que adquirieron.
Hoteles, restaurantes y establecimientos generaron hasta 403 millones 614 mil pesos durante el día.
Previo al cierre, una inmensa figura de una loba apareció sobre el escenario mientras en las pantallas se proyectaban los ’10 mandamientos de las lobas’. La sudamericana interpretó BZRP Music Sessions. Personas de todas las edades la cantaron al unísono.
Al terminar la música, ondeó la bandera de México mientras brotaban miles de luces hacia el cielo del Centro Histórico. Después, la Torre Latinoamericana también se coloreó con pirotecnia. En un ambiente de fiesta, alegría y melancolía, Shakira emitió simbólicamente —por ahora— su hasta luego de una complicidad con tierras aztecas que lleva 30 años escribiéndose.
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