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  • Cuauhtémoc Cárdenas: cuando las convicciones inspiran generaciones

    Cuauhtémoc Cárdenas: cuando las convicciones inspiran generaciones

    Hay personas cuya influencia en otros no termina con su vida. Permanece en quienes las escucharon, en las decisiones que ayudaron a despertar y en las generaciones que encontraron en su ejemplo una razón para participar. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano es una de ellas. Su trayectoria forma parte de la historia democrática de México, pero también de muchas historias personales. La mía comenzó con los relatos que escuchaba en casa desde niña.

    Mi abuela, María Ena Medina Castro de Orozco, comenzó su participación política junto al ingeniero Cárdenas. En 1985 fue postulada por el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) como candidata propietaria a diputada federal por el Distrito XVIII del Distrito Federal. A través de ella, mi padre tuvo la oportunidad de conocerlo. Aquellos encuentros despertaron en él el interés por la política y la transformación democrática del país. Años después, presidió el Partido de la Sociedad Nacionalista y fue diputado federal durante la LVIII Legislatura, de 2000 a 2003. Su partido formó parte de la coalición Alianza por México, que postuló nuevamente al ingeniero Cárdenas a la Presidencia de la República.

    Así, una historia que comenzó con mi abuela continuó con mi padre y llegó hasta mí a través de sus recuerdos. Crecí escuchándolos hablar del ingeniero Lázaro Cárdenas, del trabajo que realizaron y de lo que significó para ellos participar en aquella etapa de la vida nacional. Por eso menciono sus trayectorias: porque forman parte de la historia familiar en la que crecí y me permiten explicar de dónde vienen algunos de mis propios referentes. En casa, el nombre de Cárdenas evocaba una época de organización, esperanza y compromiso con México. Mucho antes de comprender su dimensión política, aprendí, a través de sus experiencias, que el servicio público podía ser una manera de contribuir al país y mejorar la vida de su gente. Con los años, entendí que aquellas historias también habían dejado una huella en mi manera de concebir la responsabilidad y vocación de servir.

    Para entender por qué Cuauhtémoc Cárdenas despertó una movilización que marcó la historia de México, hay que regresar a 1986. Junto con Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo, encabezó la Corriente Democrática dentro del PRI. Cuestionaban un sistema en el que las decisiones se concentraban en la dirigencia, sin escuchar a la militancia, ni a la ciudadanía. Exigían que la elección de quienes aspiraban a gobernar el país no dependiera de la voluntad de unos pocos que buscaban conservar sus privilegios. El enojo y la inconformidad llegó al punto de quiebre en 1987, cuando la dirigencia priista respaldó a Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial. Cárdenas y quienes compartían aquella postura abandonaron el partido. Romper con el PRI significaba desafiar a una estructura que durante décadas había concentrado el poder y se resistía a abrir espacios para otras voces.

    El 14 de octubre de 1987, el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) postuló a Cárdenas como candidato a la Presidencia. Aquella candidatura pronto rebasó las fronteras de un partido. El 12 de enero de 1988 se constituyó el Frente Democrático Nacional, una alianza que reunió a organizaciones, fuerzas políticas y ciudadanos de distintas regiones y convicciones. Lo que estaba ocurriendo iba mucho más allá de una contienda electoral. La inconformidad dejó de expresarse únicamente en los espacios políticos y llegó a las calles, las plazas y las comunidades de todo el país. Miles de mexicanos comenzaron a exigir algo fundamental: que el pueblo pudiera decidir su propio destino. Ya no querían limitarse a observar cómo unos cuantos privilegiados decidían por ellos; querían que su voto se respetara, que su voz tuviera consecuencias y que las decisiones del país también pasaran por sus manos. Para aquellos que se sumaron al movimiento, sabían que no se trataba solamente de apoyar a un candidato, sino de reclamar algo que nunca debió negárseles: el derecho de ser protagonistas de la historia de su propio país. Así fue como el 6 de julio de 1988, millones de mexicanos acudieron a las urnas. La elección quedó marcada por la interrupción del cómputo de los votos, en un episodio que pasó a la historia como la “caída del sistema”. A ello se sumaron las denuncias de fraude, las irregularidades y las acusaciones de presiones durante el proceso electoral. Finalmente, Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador, pero para millones de mexicanos aquel resultado dejó una pregunta que sigue pesando en nuestra historia: ¿se había respetado realmente la voluntad del pueblo expresada en las urnas?

    Para quienes habían participado en el movimiento, no se trataba solamente de perder una elección: estaba en juego el respeto a la voluntad expresada en las urnas. La indignación no terminó con el resultado. Tampoco desapareció la organización que había nacido en las calles y comunidades del país. Quienes habían comenzado a participar no estaban dispuestos a regresar al silencio. El movimiento continuó hasta que, el 5 de mayo de 1989, se fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD), del que Cárdenas fue fundador y primer presidente nacional. Porque una vez que el pueblo descubre que puede organizarse y exigir que su voz sea tomada en cuenta, es difícil convencerlo de que vuelva a permanecer al margen.

    Cárdenas volvió a contender por la Presidencia en 1994 y, en 1997, fue elegido por voto popular como el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal. En el año 2000 participó nuevamente en la contienda presidencial. Pero su historia no se explica solamente por las veces que buscó gobernar el país, ni por los cargos que llegó a ocupar. Su trascendencia también está en haber contribuido a romper la resignación de una sociedad a la que durante décadas se le había hecho creer que las decisiones del poder no estaban en sus manos. Su participación en la defensa de la soberanía, los recursos nacionales y la justicia social estuvo acompañada de una movilización que llevó a miles de personas a organizarse, cuestionar el poder y exigir que su voluntad fuera respetada. Porque un país no cambia únicamente cuando alguien llega al gobierno; también cambia cuando su gente pierde el miedo a levantar la voz, deja de aceptar que otros decidan por ella y descubre que tiene derecho a escribir su propia historia.

    Tras conocerse su fallecimiento, llegaron mensajes de condolencia y reconocimiento de representantes de distintas fuerzas políticas, incluidos antiguos adversarios. Ese hecho también merece una reflexión: reconocer la relevancia de una trayectoria no significa compartir todas las decisiones de quien la protagonizó. La democracia necesita diferencias, pero también respeto y capacidad para reconocer las aportaciones de quienes han seguido otros caminos.

    Este 31 de octubre se cumplirán dos años de la muerte de mi padre. Al mirar sus fotografías junto al ingeniero Cárdenas y recordar las historias que me contaba, pienso en la manera en que una persona puede influir en otras vidas sin llegar a conocer el alcance de su ejemplo. Cárdenas inspiró a mi padre; mi padre me transmitió esa inquietud por participar y servir. Hoy, como jueza federal electa en materia penal, entiendo que esa herencia no consiste en repetir el camino de quienes nos precedieron, sino en asumir nuestras propias responsabilidades con honestidad.

    Desde la judicatura, esa vocación tiene una expresión concreta: impartir justicia sin privilegios ni influencias, con independencia e imparcialidad. El servicio público pierde su sentido cuando se utiliza para beneficio propio o para colocarse por encima de los demás. Su razón de ser es responder a la sociedad y proteger los derechos de las personas.

    La historia de Cuauhtémoc Cárdenas no se limita a sus candidaturas, los partidos que encabezó o los cargos que ocupó. También está en quienes, a partir de su ejemplo, decidieron participar en la vida pública, organizarse y trabajar por un país distinto. Esa influencia no se mide únicamente en resultados electorales; también se encuentra en las vocaciones que despertó y en las personas que acercó a la tarea de construir democracia.

    Al recordar al ingeniero Cárdenas, inevitablemente vuelvo a mi abuela y a mi padre. Pienso en aquella niña que creció escuchando sus historias, sin imaginar que algún día tendría la oportunidad y la responsabilidad de servir a México desde una función pública. Entonces no alcanzaba a comprender la dimensión de aquellos relatos; hoy entiendo que, sin proponérselo, me estaban transmitiendo una forma de amar al país y de asumir un compromiso con su gente.

    Mi abuela encontró en Cárdenas un ejemplo que la llevó a participar; mi padre hizo suyo ese compromiso y yo tuve la fortuna de crecer escuchando sus experiencias. No pretendo comparar mi camino con el de ellos ni con el de quienes protagonizaron aquella etapa de nuestra historia. Me basta reconocer que recibí de ambos una enseñanza que sigue dando sentido a mi vida: servir a México exige convicción, honestidad y disposición para trabajar por los demás. Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas del ingeniero Cárdenas: que el ejemplo de una persona puede trascender su tiempo, llegar a hogares que nunca conocerá y despertar en otras generaciones el deseo de contribuir. Porque los ideales no pertenecen a quien los pronuncia, sino a quienes los convierten en acciones. Y mientras haya mexicanos dispuestos a trabajar por un país más justo, la esperanza que inspiró aquella generación seguirá encontrando quién la mantenga viva.

  • La religión y la ultraderecha: instrumento de dominación

    La religión y la ultraderecha: instrumento de dominación

    En los últimos años hemos visto a figuras de la ultraderecha, tanto en México como en otras partes del mundo, apropiarse del lenguaje bíblico, invocar “mandatos divinos” y presentarse como defensores de la fe frente a supuestas amenazas seculares. Este fenómeno no debe leerse como un simple renacer espiritual ni como la expresión sincera de convicciones personales de líderes conservadores. Se trata, más bien, de una operación política de largo aliento cuyo objetivo es reforzar el orden social existente y blindar los intereses de las clases dominantes bajo un manto de legitimidad trascendente.

    El poder de las elites económicas nunca ha dependido exclusivamente de la fuerza bruta o del control policial. Como explicaron hace décadas distintos teóricos de la ideología, la dominación de clase se sostiene, sobre todo, mediante la producción y reproducción de un sentido común compartido: un conjunto de creencias, valores y símbolos que hacen aparecer como natural, inevitable o incluso deseable un orden que en realidad beneficia a unos pocos.

    La familia, la escuela, los medios de comunicación y, de manera muy destacada, las instituciones religiosas, cumplen esta función. Cuando la ultraderecha recurre a la Biblia no está simplemente buscando votos entre creyentes; está activando una de las maquinarias más eficaces jamás construidas para moldear la conciencia popular.

    El mecanismo es sutil pero poderoso. Al apelar a un “mandato sagrado” o a una supuesta guerra cultural en defensa de “los valores cristianos”, el discurso ultraderechista deja de hablarle al trabajador como trabajador —es decir, como alguien con intereses materiales concretos, con un salario que no alcanza, con una jornada que se extiende, con derechos laborales erosionados— y comienza a hablarle como “fiel”, como “hijo de Dios”, como parte de un “pueblo creyente” indiferenciado. Esta sustitución de identidades no es inocente: borra, de un plumazo, la línea que separa al empresario del obrero, al terrateniente del campesino, al dueño del capital de quien vende su fuerza de trabajo. Todos quedan unidos, en el discurso, bajo una comunidad abstracta de fe que oculta las contradicciones económicas reales que los enfrentan.

    Esta amalgama cumple una función doblemente útil para quienes están en la cúspide de la pirámide social. Por un lado, desvía la atención de las demandas materiales —salarios dignos, vivienda, salud, educación pública— hacia disputas simbólicas sobre moral sexual, género o “los valores tradicionales”. Por otro, convierte cualquier crítica al orden económico en una amenaza no solo política sino espiritual, en un ataque contra Dios mismo, lo cual dificulta enormemente la construcción de alianzas de clase entre personas creyentes y proyectos de transformación social. El resultado es una ciudadanía que vota y se moviliza no en función de sus intereses materiales inmediatos, sino en defensa de una identidad religiosa que, paradójicamente, termina protegiendo los intereses de quienes menos la necesitan.

    En países como México, donde la religiosidad popular tiene raíces profundas y un arraigo cultural que trasciende clases sociales, esta estrategia resulta particularmente eficaz. No hace falta que la ultraderecha invente una nueva ideología desde cero: le basta con recodificar símbolos, relatos y figuras religiosas ya existentes y ponerlos al servicio de una agenda que, en el fondo, favorece al capital transnacional y a las oligarquías locales. La imagen de Cristo, la retórica de la persecución religiosa, el lenguaje del sacrificio y la salvación, se resignifican para presentar a los propios privilegiados como víctimas de un supuesto “avance secularista” o de gobiernos que buscan redistribuir la riqueza.

    Reconocer cómo se instrumentaliza la religión políticamente no implica negar la fe de millones de personas, sino exigir que el debate público distinga entre la espiritualidad genuina y su uso como herramienta de legitimación del statu quo económico.

  • El perfil demográfico chilango II

    El perfil demográfico chilango II

    Geográficamente, las demarcaciones territoriales centrales de la Ciudad de México (CDMX), de norte a sur, son: Cuauhtémoc, Benito Juárez y Coyoacán. Las demarcaciones orientales, también de la más norteña a la más sureña, son: Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza, Iztacalco, Iztapalapa, Tláhuac, Xochimilco y Milpa Alta. Finalmente, las occidentales son: Azcapotzalco, Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón, La Magdalena Contreras y Tlalpan. En la parte más céntrica de la ciudad vive poco más de un millón y medio de personas, es decir, apenas el 16% del total de la población chilanga.

    En las demarcaciones territoriales de occidente residen 2.74 millones de habitantes, o sea, tres de cada diez pobladores de la CDMX. En consecuencia, resulta que la mayoría de la gente que habita en el Oriente de la capital del país: casi cinco millones de seres humanos, el 54% del total de la población de la entidad. En las tres demarcaciones territoriales centrales, con una superficie conjunta de 120.3 km2, la población relativa es de 12,478 habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad bastante mayor que la que se reporta en las demarcaciones orientales y occidentales de la CDMX: 6,676 y 4,384 habitantes por km2, respectivamente.

    Dicho en corto, la población capitalina se concentra en el norte del territorio de la entidad. Resulta que en las cinco demarcaciones territoriales del sur (Milpa Alta, Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac y La Magdalena Contreras) viven poco menos de dos millones de personas, esto es, dos de cada diez habitantes de la CDMX. Quizá alguien suponga que es una proporción más o menos equitativa, considerando que estamos agrupando cinco de las 16 demarcaciones territoriales; sin embargo, entre ellas están las más extensas: en conjunto, estas demarcaciones representan la mitad de la superficie total de la CDMX (50.7%). Así que, en la otra mitad del polígono, la mitad norteña, viven ocho de cada diez habitantes de la capital del país.

    Ahora, si dividimos el polígono de la CDMX, tan parecido él a un corazón humano, en cuadrantes, es decir, marcando una cruz, cuyos ejes vertical y horizontal se crucen en el centro geométrico de la entidad, ¿en qué cuadrante se concentra la mayor parte de la población chilanga? En el cuadrante noreste, drásticamente: basta considerar que en él quedan ubicadas la demarcación territorial más poblada, Iztapalapa con sus casi dos millones de habitantes, y prácticamente todo el territorio de la segunda más poblada, la Gustavo A. Madero, con casi 1.2 millones.

    También a partir de los datos de la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI para la Ciudad de México, sabemos que el promedio general en la entidad de ocupantes por vivienda es de 3.0, en tanto que de ocupantes por cuarto al interior de la vivienda es de 0.8. Al analizar estas variables por demarcación territorial y agruparlas según los conjuntos geográficos propuestos, se aprecian contrastes significativos vinculados al perfil socioeconómico y habitacional de la capital. En las demarcaciones centrales (Cuauhtémoc, Benito Juárez y Coyoacán), la presión sobre el espacio habitacional es menor en términos absolutos por hogar —con promedios que oscilan entre los 2.3 ocupantes en Benito Juárez, 2.5 en Cuauhtémoc y 2.9 en Coyoacán—, reflejando también una menor densidad de ocupación por cuarto (desde 0.5 en Benito Juárez hasta 0.7 en Cuauhtémoc y Coyoacán). Por el contrario, en las demarcaciones orientales y occidentales se registran valores ligeramente más elevados y diversos; por ejemplo, hacia el oriente y sur, alcaldías como Milpa Alta alcanzan 3.6 ocupantes por vivienda y 0.9 por cuarto, mientras que en el poniente, Álvaro Obregón registra 3.1 ocupantes y Cuajimalpa o La Magdalena Contreras reportan 3.3 y 3.2 ocupantes por vivienda respectivamente.

    En última instancia, la cancha de voleibol en la que teóricamente nos acomodamos cada uno de las y los chilangos no es homogénea: es una topografía desigual donde la paradoja metropolitana cobra todo su sentido. La CDMX nos aprieta en el centro y en el oriente mientras nos da aire en las faldas del sur, recordándonos que tras cada cifra de densidad hay una manera distinta de vivir, convivir y habitar la capital. Las formas en que nos distribuimos en el territorio y nos apretujamos o desahogamos dentro de las paredes de nuestras casas revelan que la capital no es una realidad espacial homogénea, sino un mosaico vivo de contrastes sociodemográficos que no para de transformarse. De esos contrastes y del rostro cambiante de sus hogares seguiremos dando cuenta.

    @gcastroibarra

  • ¡Larga vida a los Alitos Moreno!

    ¡Larga vida a los Alitos Moreno!

    Si existe un adalid de la cuarta transformación es Alito Moreno. Y no lo es a pesar de golpear a sus opositores, ser sospechoso de desviar más de 83 millones de pesos, tener un inexplicable crecimiento patrimonial, afirmar que “a los periodistas… hay que matarlos de hambre”, y aferrarse a la presidencia del PRI hasta reducirlo a su mínima expresión. No. Alito Moreno es el adalid de la cuarta transformación justamente por golpear a sus opositores, ser sospechoso de desviar más de 83 millones de pesos, tener un inexplicable crecimiento patrimonial, afirmar que “a los periodistas… hay que matarlos de hambre”, y aferrarse a la presidencia del PRI hasta reducirlo a su mínima expresión.

    Alito es un demócrata humanista porque ha creado una caricatura del enemigo al que la 4T dice combatir, por ser un indefendible sinvergüenza que desprecia la democracia, el bienestar social y la dignidad humana, permitiendo que a nadie le quede duda de que la oposición es indeseable, que dejar de votar por Morena es un balazo en el pie, no porque Morena sea un movimiento sacrosanto, incorruptible, ejemplar y genuinamente transformador, sino porque Morena no es Alito Moreno.

    Eso garantiza que Alito Morone sobreviva, sea intocable, jamás juzgado y que tenga una larga vida política que le permita pasar a la historia como el más despreciable de los despreciables y justo por ello, el más demócrata de los demócratas, su contribución es demasiado útil como para desaprovecharla por una tontería como la justicia.

    Pero Alito Moreno —por fortuna— no está sólo, Alito es el paradigma de lo indefendible, el arquetipo de la impunidad, pero solo es uno de muchos Alitos que hacen de lo público un circo, los Alitos son Jorge Romero y su cartel inmobiliario, Xóchitl Gálvez y el ser bien güey si a los 60 años no has podido hacer un patrimonio, Alessandra Rojo de la Vega y su autoatentado, Maru Campos y su subordinación ante la CIA, Samuel García y la gente muy valiosa que vive con un sueldito de 40 mil pesos, Francisco Martín Moreno y su quemar “vivo a cada uno de los morenistas en el Zócalo capitalino”,  o los Salinas Pliego y lo “lamentable sería que usted y yo viviéramos en igualdad”, entre muchos otros que representan la versión más burda, torpe y despreciable de lo burdo, torpe y despreciable.

    Entrados en gastos

    La noble nobleza de los Alitos, al ser absolutamente innobles, no sólo hace que Morena se vea menos mal al lado de los impresentables de la oposición. No. Los Alitos hacen menos desagradable la existencia de personajes como Rocha Moya, Pedro Haces, Ricardo Monreal, Adán Augusto, Sergio Mayer, Cuahutémoc Blanco, Guadalupe Taddei, Bartlett o Salgado Macedonio entre las filas de la transformadora cuarta transformación, despejando el camino a Morena para contener una verdadera transformación de la vida pública en México.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Cuauhtémoc Cárdenas: la ruptura que cambió el rumbo de la democracia mexicana

    Cuauhtémoc Cárdenas: la ruptura que cambió el rumbo de la democracia mexicana

    Hay figuras políticas cuya trascendencia no puede medirse exclusivamente por los cargos que ocuparon ni por las elecciones que ganaron o perdieron. Su importancia histórica reside en su capacidad para alterar las relaciones de poder, abrir nuevas posibilidades de participación y modificar el horizonte político de una nación. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano pertenece a esa categoría. Su trayectoria constituye uno de los capítulos fundamentales en la construcción de la izquierda democrática mexicana y en la crisis del régimen priista que dominó el país durante buena parte del siglo XX.

    Heredero de la tradición nacionalista y social de Lázaro Cárdenas del Río, Cuauhtémoc Cárdenas representó la reivindicación de un proyecto de Estado comprometido con la soberanía nacional, los derechos sociales y la rectoría pública de sectores estratégicos de la economía. Sin embargo, reducir su trayectoria a una herencia familiar sería desconocer su principal aportación: haber convertido una disidencia dentro del sistema político en un movimiento nacional capaz de desafiar sus mecanismos de reproducción del poder.

    La ruptura comenzó con la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional. En la década de 1980, mientras el gobierno de Miguel de la Madrid profundizaba el viraje hacia las políticas de ajuste económico y apertura de mercados, un sector del priismo cuestionaba el abandono de los principios sociales del nacionalismo revolucionario. Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo encabezaron una rebelión política que exigía democratizar la selección de candidaturas y recuperar la deliberación dentro del partido.

    El conflicto trascendía una disputa entre élites. Cuestionaba la concentración de las decisiones políticas en la Presidencia de la República y la práctica del dedazo, mediante la cual el titular del Ejecutivo influía decisivamente en la designación de su sucesor. Cuando Carlos Salinas de Gortari fue elegido candidato presidencial del PRI, la ruptura se volvió irreversible. Cárdenas abandonó el partido y articuló una candidatura opositora que reunió corrientes nacionalistas, organizaciones sociales y sectores de la izquierda histórica. El Frente Democrático Nacional se convirtió así en una convergencia política que desbordó las estructuras partidistas tradicionales.

    El 6 de julio de 1988 constituye el punto de inflexión de esta historia. La elección presidencial enfrentó a Cárdenas con Salinas de Gortari en un contexto de desigualdad institucional, cuestionamientos a la imparcialidad de las autoridades electorales y creciente inconformidad social. La interrupción del sistema oficial de cómputo, conocida como la «caída del sistema», profundizó la desconfianza cuando el país esperaba conocer las tendencias de la votación.

    La posterior declaración de triunfo de Salinas, sin una revisión capaz de disipar las dudas de la oposición, produjo una crisis de legitimidad que marcó a varias generaciones. El fraude de 1988 no debe entenderse únicamente como una controversia sobre cifras electorales: fue la expresión de un régimen que carecía de condiciones suficientes para garantizar una competencia democrática auténtica. Investigaciones académicas posteriores identificaron alteraciones en una proporción significativa de las actas electorales, aportando evidencia empírica a las denuncias sobre la integridad del proceso.

    La dimensión histórica de Cárdenas radica también en su respuesta a aquella crisis. Frente a un escenario de profunda confrontación, mantuvo la movilización dentro de los cauces políticos y constitucionales. En 1989 participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática, una organización que dio cauce partidista a diversas expresiones de la izquierda y contribuyó a consolidar una oposición nacional con capacidad de disputar el poder. Su elección como jefe de Gobierno del Distrito Federal en 1997 confirmó que aquella ruptura había transformado de manera duradera la competencia política mexicana.

    Sería equivocado presentar a Cárdenas como el único protagonista de la democratización nacional. Su trayectoria se inscribe en una historia colectiva protagonizada por movimientos sociales, sindicalistas, estudiantes, militantes de izquierda, periodistas y ciudadanos que resistieron el autoritarismo. Pero también sería injusto minimizar su papel: su candidatura de 1988 articuló esas inconformidades en una alternativa nacional y aceleró la erosión del monopolio político priista.

    Hoy, cuando la democracia enfrenta nuevos desafíos, su legado obliga a distinguir entre conquistar el gobierno y transformar las estructuras del poder. La izquierda no puede reducirse a una identidad partidista ni a la administración de las instituciones; debe evaluarse por su compromiso con la justicia social, la soberanía, la participación ciudadana y la defensa irrestricta del voto.

    Cuauhtémoc Cárdenas cambió la historia porque se atrevió a romper con un sistema que parecía invencible. Su mayor legado no es una presidencia que nunca alcanzó, sino haber contribuido a demostrar que ningún régimen puede reclamar legitimidad indefinidamente cuando la ciudadanía exige democracia.

    La historia de 1988 permanece como una advertencia y una lección: el poder puede controlar instituciones durante décadas, pero no puede cancelar para siempre la voluntad de un pueblo que decide organizarse para transformar su destino.

  • A pesar del sabotaje, ganó Brasil

    A pesar del sabotaje, ganó Brasil

    Quienes afirman que hubo fraude electoral en Brasil, tienen razón. Porque manipular los resultados, sabotear el transporte público, echar a andar a los evangélicos radicales debió arrojar resultados con por lo menos 10 puntos de diferencia entre Bolsonaro Y Lula. A pesar de todos los esfuerzos como fake news, apoyo financiero desde Estados Unidos, guerra mediática ganó el pueblo.

    La diferencia fue peligrosamente corta, las elecciones reñidas son sólo un riesgo aparente, ya que esa oposición, como sucede en México, carece de apoyo popular sin el apoyo d ellos medios, los evangelistas y los bots utilizados en la campaña. La derecha tienen la mayoría en el Congreso pero carece de respaldo.

    Sin embargo, la derecha en Brasil aseguró primero no aceptar los resultados tomando como pretexto que al inicio de la contienda Bolsonaro comenzó con una mínima ventaja, como si esto determinara el triunfo.

    Los votos de lugares alejados del centro tardaron más en llegar, porque Bolsonaro canceló todo tipo de transporte público, motivo por el cual debieron ampliar el horario de elecciones, condición en la que ambos bandos estuvieron de acuerdo, aunque ahora la derecha asegure que se trató de una decisión unilateral.

    Los mecanismos legales recogieron los pasaportes Flavio, es hora d que se haga justicia por decenas de delitos perpetrados con lo pobres de Brasil.

    Sin los mecanismos de redes sociales y los medios convencionales Flavio Bolsonaro era un candidato no sólo débil sino prácticamente inexistente. Uno era el candidato y otro, la persona que lo encarnaba y por ese fantasma los conservadores y los pobres que se creen ricos que votaron por él sin saberlo, como sucedió en México con Xóchitl, era una botarga en la que depositaron sus intereses los poderosos y perdieron.

    La derecha sabe que por la vía de las urnas se aproximan derrotas de las que no podrá reponerse, el próximo en caer será Javier Milei, quien fuera uno de los factores de la derrota de Bolsonaro al realizar espectáculos de comicidad en Brasil como parte de la campaña del fascista, además de insultar gratuitamente al presidente Lula da Silva.

    Milei, en Argentina, ha sido un ejemplo para conocer el destino de los pueblos que votan por la derecha, hambre, desempleo, fuga de capitales, salida de empresas, inflación incontrolada, devaluación, dependencia, miseria, hambruna, pobreza creciente, escasez de alimentos. Todo para los poderosos para la población, nada.

    La contraparte es México que, aunque la oposición una parte desinformada de la clase media quieren perfección, no hay comparación el clima social de nuestro país con el de otros no sólo continente sino de Estados Unidos y de Francia, España, Italia, Alemania, etc.

    Para eso son las elecciones para darse cuenta de la realidad que padecen o gozan otros países y no la visión de los medios de información que intentan crear una historia paralela. Esta vez los brasileños entendieron que no es lo mismo las redes y los bots que la participación ciudadana y los votos. Al parece México tiene una amplia conciencia al respecto.

  • Lula demostró que sí se le puede ganar a Trump

    Lula demostró que sí se le puede ganar a Trump

    La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil es mucho más que un triunfo electoral: es un mensaje para toda América Latina. La izquierda puede remontar, resistir a la ultraderecha y derrotar a los proyectos políticos que buscan someter a nuestros pueblos.

    Lula quedó en segundo lugar en la primera vuelta, pero logró remontar y ganar el balotaje con el 51.79 % de los votos. Derrotó a Flávio Bolsonaro, representante de una derecha que mantiene vínculos políticos con Donald Trump y los sionistas israelíes y forma parte de una corriente ultraconservadora que pretende recuperar el control de la región.

    También fue una victoria frente al poder de las grandes plataformas digitales y la desinformación. La campaña de Lula denunció un trato desigual por parte de Meta, acusación que la empresa rechazó y después terminó aceptando. Más allá de esa controversia, el resultado demuestra que las redes sociales no tienen la última palabra cuando existe organización popular y una estrategia de comunicación digital de izquierda que puede romper cualquier cerco de bots y desinformación.

    Lula no viene de las élites: fue obrero metalúrgico y dirigente sindical. Su historia representa a millones de trabajadoras y trabajadores que aspiran a vivir con dignidad. Sus políticas sociales, los programas contra la pobreza y la ampliación de oportunidades educativas demostraron que gobernar desde la izquierda significa poner en el centro a quienes históricamente han sido olvidados.

    Por eso su triunfo importa tanto. En tiempos en que Trump y la ultraderecha internacional intentan imponer su agenda, Brasil demuestra que los pueblos pueden defender su soberanía y elegir un camino distinto.

    La victoria de Lula no resuelve todos los desafíos de Brasil, pero sí deja una lección para quienes luchamos por una América Latina más justa: sí se le puede ganar a Trump, sí se le puede derrotar a la ultraderecha y sí existe una alternativa desde la izquierda.

    ¡Viva Brasil! ¡Viva la clase trabajadora! ¡Y que viva una América Latina libre, soberana y con justicia social!

    Redes sociales

  • Más poder, más responsabilidad: la lección del INE

    Más poder, más responsabilidad: la lección del INE

    ¿Qué revela de una institución la renuncia de quien la preside? Ayer, 25 de octubre, el INE difundió el mensaje en el que Guadalupe Taddei anunció que hoy lunes presentaría formalmente su renuncia ante la Cámara de Diputados. Ocurre cuando el árbitro electoral ya organiza los comicios de 2027 y enfrenta señalamientos sobre proveedores y posibles conflictos de interés. La pregunta no se agota en por qué se va Taddei: alcanza al poder que deja detrás.

    En 2023, su llegada coincidió con un Consejo General incapaz de reunir los ocho votos necesarios para designar titulares de varias áreas. Los encargados de despacho se prolongaron y la operación necesitaba estabilidad. En octubre de 2024, el Congreso respondió con una reforma: la presidencia pudo nombrar directamente a directores ejecutivos y titulares de unidades técnicas, antes sujetos a aprobación colegiada. También creció el papel de la Junta General Ejecutiva, que la propia presidencia encabeza. Era razonable terminar con la parálisis. Lo difícil era impedir que la salida a ese bloqueo se convirtiera en concentración de decisiones.

    Ahí aparece el dilema de esta crisis. El Consejo General siguió siendo el máximo órgano de dirección, pero perdió un filtro sobre quienes conducen la estructura operativa. La presidencia no adjudica por sí sola cada contrato; sí puede elegir a las personas que encabezan áreas desde las cuales se administran recursos y se preparan decisiones. Esa diferencia importa: no permite atribuir una irregularidad a la reforma, pero obliga a preguntar si el nuevo poder recibió controles a su altura.

    Los señalamientos sobre Taddei dan contenido a esa pregunta. Reportes periodísticos describen su cercanía con José Alfredo Hernández Casillas, vinculado con Cajas Graf y otras empresas proveedoras de material electoral; también mencionan el paso de personas relacionadas con ese grupo a puestos del INE. El caso de Jesús Octavio García González, antiguo representante legal de compañías señaladas y posteriormente responsable de la Dirección Ejecutiva de Administración, exige revisar la declaración de intereses, el nombramiento y las decisiones tomadas bajo su responsabilidad. Los contratos deben examinarse expediente por expediente. Una relación personal no demuestra una adjudicación irregular; tampoco deja de importar cuando involucra a quien suministra bienes al Instituto.

    La Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio y la Unidad de Inteligencia Financiera investiga desde 2023 a empresas de ese grupo. Taddei rechaza que se anticipen conclusiones y en su mensaje advierte que su renuncia no releva a nadie del deber de esclarecer los hechos. En eso tiene razón. Su salida no prueba las acusaciones ni las borra. La diferencia la marcarán los documentos, el debido proceso y la publicación de resultados.

    Pero antes de conocer esos resultados habrá que tomar decisiones. La primera corresponde a los diez consejeros que permanecerán: elegir entre ellos una presidencia provisional y comunicarlo a la Cámara. El nombre de Arturo Manuel Chávez López circula como posible opción. Si resulta elegido, o si el Consejo opta por otra persona, la prueba será inmediata: ¿abrirá al escrutinio colegiado la información sobre contratos y nombramientos o administrará la crisis desde el mismo círculo de siempre?

    La segunda decisión estará en San Lázaro. Un comité técnico de cinco integrantes evaluará aspirantes y propondrá una quinteta; la Cámara buscará una mayoría de dos tercios para designar a quien concluya el periodo vacante. Esa convocatoria debe exigir trayectoria, independencia y una revisión verificable de vínculos con proveedores. La cercanía política o personal no puede sustituir esas respuestas. La presidenta Claudia Sheinbaum pidió que no haya ni la menor sombra de corrupción en el árbitro electoral; el criterio debe valer también para quien lo sustituya.

    Queda una tercera decisión, menos vistosa y más duradera. El INE puede reforzar la revisión de contratos relevantes, transparentar relaciones de interés y dar al Consejo un papel efectivo en el examen de riesgos administrativos. Si quiere recuperar la aprobación colegiada de nombramientos, deberá cambiar la ley. Mientras tanto, quien presida puede explicar públicamente sus designaciones y someterlas a mayor escrutinio.

    La renuncia anunciada ayer abre una puerta, pero no cambia por sí misma la forma de ejercer el poder. En 2024 se buscó un INE capaz de decidir sin parálisis. Hoy debe demostrar que también puede decidir sin depender de una sola persona. Esa será la verdadera lección antes de que la ciudadanía vuelva a las urnas.

  • La TV del absurdo

    La TV del absurdo

    Envían transmisión del programa donde aparecen de ultratumba los golpistas Carlos Castañeda, María Amparo Casar y Aguilar Camín, convertidos, inexplicablemente, por obra de magia en intelectuales desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.

    La presencia de estos extraños seres habla de la visión de quienes los representan como si tuvieran algo que decir, y con un público que escucha sólo lo que quiere escuchar.

    Los datos que lanzan al aire con gran irresponsabilidad sólo corren bajo el riesgo de la gente que llega a verlos, que, por cierto, es muy poco y menos aún quienes les creen. Se le augura poco tiempo porque es parte del proyecto para culpar al gobierno de falta de anuncios por orden de la presidencia por seri críticos. Las mentiras las intuyen los integrantes del auditorio.

    Los tres deberían estar en la cárcel, junto con el dueño de la televisora que transmite ese programa para le ley ha sido muy tolerante con cierto tipo de delincuentes.

    En el tema del Seguro Social, el autor de Morir en el Golfo asegura que los médicos internistas de esa institución ganan entre 6,200 y 7,900 pesos al mes, lo cual es mentira, su salario es de 12,844.20, más bonos, compensaciones, apoyos del Contrato Colectivo de Trabajo, aguinaldo, prima vacacional, estímulos por antigüedad. Etc.

    Esas plazas son muy peleadas entre los médicos mexicanos. El corrupto de Aguilar Camín compara este ingreso con el de Jóvenes Promoviendo el Futuro que es de 9, 500.00. La cifra exacta es de 9,582.00, con caducidad de un año, sin más prestación que el servicio del IMSS, no gozan de aguinaldo ni horas extras, a pesar de que en muchos casos, trabajan hasta 12 horas diarias por la convicción de su trabajo.

    Pareciera que la ignorancia invade con mala intención a Camín, porque el IMSS pertenece al gobierno de México, incluso al Estado y los jóvenes es una rama de empleo de Morena, como partido. Para su salario no sale ni un peso del presupuesto del país sino de las cuentas de Morena, partido que tiene mucho dinero y afortunadamente ofrece empleo a estas personas.

    Nunca antes ningún partido político había ofrecido empleo con salario y con la capacitación que mantienen permanentemente los jóvenes, al contrario, los llamaron ninis y los remitían cada vez que podían a la cárcel, con el mínimo pretexto.

    A Aguilar Camín se le olvidó cuando él y López Dóriga cobraban un cheque semanal del IMSS por mentirle a la población, por 600 mil pesos. Situación documentada en varios medios. No eran los únicos comunicadores, que utilizaban ese instituto y otras muchas dependencias del gobierno para sacar sus “chayotes” y vivir muy diferente ala mayoría de los ciudadanos del país.

    Los menos indicados para hablar de las instituciones de salud son los comentaristas que hicieron de las hospitales y clínicas públicas ruinas y un pésimo servicio.

    Desde luego el canal de transmisión de es tipo de pláticas entre “especialistas” corre bajo el riesgo de quiénes lo ven, y no hace falta imaginar la falta de credibilidad de un proceso de descomposición de los medios convencionales en México.

  • ​La trampa de la pureza: Por qué la militancia debe gobernar.

    ​La trampa de la pureza: Por qué la militancia debe gobernar.

    Una reflexión frente a los apuntes de Pedro Miguel.

    ​Estimado Pedro Miguel:

    ​Tu decisión de caminar durante casi dos décadas rechazando nombramientos y salarios es un testimonio de congruencia personal que todos respetamos profundamente. Esa es tu elección de vida y es intachable. Sin embargo, intentar convertir esa biografía y ese temperamento en una doctrina pedagógica para las juventudes de nuestro movimiento esconde, quizá sin desearlo, una trampa ideológica que lastima el corazón mismo del obradorismo.

    ​Afirmar que “un buen militante no necesariamente es un buen gobernante” suena a una verdad innegable, pero en el ajedrez del poder, es un postulado que despoja a la juventud de su legítimo derecho a dirigir. Durante más de treinta años, la tecnocracia neoliberal nos vendió el fetiche de que el Estado era un asunto exclusivo de los “aptos”, de los especialistas fríos y de la burocracia de escritorio, mientras que al pueblo solo le correspondía la calle, la marcha y el volanteo.

    ​Andrés Manuel López Obrador dinamitó ese espejismo con una brújula revolucionaria: 90% honestidad y 10% experiencia. La administración pública se aprende; el amor al pueblo y la dimensión ética, no se adquieren con un nombramiento.

    ​La historia de las verdaderas transformaciones nos da la razón. Ernesto “Che” Guevara no era economista de Harvard ni burócrata de carrera; era médico y guerrillero, y a los 31 años asumió la presidencia del Banco Nacional de Cuba para arrancar el capital de las manos de la dictadura. Thomas Sankara, a los 33 años, sin ser un administrador de élite, lideró la revolución en Burkina Faso y erradicó la hambruna y el analfabetismo de su país con pura voluntad política. Nuestro propio dirigente no esperó a tener una maestría en administración pública para asumir la dirección del Centro Coordinador Indigenista en Tabasco a los 24 años; le bastó su profunda convicción para caminar por el fango junto a los chontales.

    ​Si aceptamos tu premisa y le decimos a los jóvenes de hoy que la militancia forjada en los principios no los capacita para gobernar, ¿qué mensaje le estamos enviando a las juventudes que integran los grupos de atención prioritaria mandatados en nuestra Constitución? ¿Qué horizonte le trazamos a una joven indígena, a un muchacho afromexicano, a las juventudes con discapacidad, a los colectivos de la diversidad sexual, o a los jóvenes que se forjaron en las periferias y laderas de Tláhuac, Iztapalapa o la Gustavo A. Madero?

    ​Decirles que la militancia no basta, es condenarlos a una eterna subalternidad política. Es decirles que deben conformarse con ser la “conciencia moral”, mientras observan desde la ventana cómo los puestos de toma de decisiones siguen siendo ocupados por los arribistas o por los “profesionales” de la política. Tu mensaje, aunque bien intencionado, no los forma: los subordina.

    ​El poder popular no nació para quedarse flotando en la plaza pública como una mística abstracta. Como bien planteó Antonio Gramsci, la revolución de las conciencias debe cristalizar en un Príncipe Colectivo: una militancia organizada que asuma, sin complejos, el control del aparato del Estado para transformarlo desde sus cimientos.

    ​Cuando los cuadros más probados y con mayor autoridad moral deciden dar un paso al costado porque “su carácter no armoniza con el servicio público”, las instituciones no se quedan vacías. Esos huecos son ocupados de inmediato por los técnicos sin alma y los oportunistas camaleónicos que sí tienen la “experiencia” de acomodarse en cada sexenio.

    ​Que tú te sientas más cómodo fuera del gobierno es un derecho que te has ganado. Pero el relevo generacional de la Cuarta Transformación no puede claudicar antes de gobernar. Nuestro movimiento no necesita formar juventudes que rehúyan del poder por el temor puritano a mancharse; necesitamos formar cuadros integrales que lleven la calle, el barrio y el territorio a las secretarías, a los congresos y a las alcaldías. Jóvenes que entiendan que su origen, sus ideales y su trabajo en territorio son la mayor y más urgente especialidad técnica que México necesita.

    ​Como bien lo ha consagrado nuestra presidenta Claudia Sheinbaum: hoy, cualquier niña puede soñar con ser lo que quiera, incluso presidenta de la República. Y como nos lo ha recordado nuestra Jefa de Gobierno Clara Brugada en la capital: las juventudes tienen el derecho inalienable a soñar y a hacer esos sueños realidad.

    ​Si les decimos a nuestros jóvenes que gobernar no es para ellos, les estamos cortando las alas y entregando el Estado a los burócratas. La técnica es solo un instrumento; la militancia es quien le da el rumbo y el alma a las instituciones.

    ​No desarmemos a nuestras juventudes; invitémoslas a gobernar.