El asesinato de una líder ganadera de manera pública exhibe una realidad que las autoridades estatales no logran frenar: la inseguridad en Chihuahua se eleva sin freno. Entre ataques, silencio y falta de información oficial, crece la indignación por una gobernante que se ausenta ante ataques y crisis.
El asesinato de Lina Alejandra Rodríguez no es un hecho que debe de pasar por desapercibido, puesto que es el reflejo más frío y brutal de un estado donde la violencia se ha vuelto cotidiana. Una mujer, quien fungía como secretaria Nacional de Mujeres Ganaderas de México (MUGAM), fue atacada en un negocio, en un acto duro que evidencia la vulnerabilidad incluso en espacios públicos, ¿Qué tan grave deben de ser los hechos, para que hasta los representantes-líderes esté a salvo?
Mientras tanto, el gobierno encabezado por Maru Campos ha preferido guardar silencio ante el hecho. No hay cifras oficiales completas, no hay comunicado, no hay respuestas contundentes. La ausencia de información tras un ataque de esta magnitud refuerza la percepción de abandono institucional.
Cabe recordar que Chihuahua arrastra desde hace tiempo una crisis de seguridad que actualmente se desborda: enfrentamientos, bloqueos y la constante presencia de grupos criminales que han logrado expandirse hasta convertirse en algo normal en el día a día. La violencia ya no sólo se mide en el miedo, si no también en homicidios.
Robos, extorsiones y secuestros, forman parte de una lista de delitos que los chihuahuenses identifican como prioritarios, pero que no encuentran respuesta efectiva. La inseguridad se mezcla con deficiencias en servicios públicos, creando un entorno de abandono el cual empeora la crisis.
¿Existe realmente una estrategia de seguridad? La falta de resultados claros ha debilitado la confianza ciudadana mientras hechos violentos continúan marcando las prioridades del Estado.
El caso de Lina Alejandra también enciende las alertas desde otro ángulo, puesto que la violencia contra mujeres ahora es también dentro de espacios laborales . No sólo se trata de un crimen más, sino de un golpe directo a la participación femenina dentro de un sector productivo que anteriormente era sólo presenciado “tradicionalmente” por hombres.
Es así como Chihuahua y Maru Campos enfrentan una situación crítica de gobernabilidad en materia de seguridad. Cada nuevo hecho violento seguirá confirmando un estado donde la autoridad no logra imponer orden.

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