En 1973, la FIFA permitió que Chile disputara un partido en un estadio convertido en centro de detención tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet.
Por Neri Torres
La FIFA lleva décadas proclamando que el fútbol está separado de la política, pero su propia historia demuestra lo contrario.
Uno de los episodios más polémicos ocurrió en 1973, cuando permitió que Chile disputara la eliminatoria rumbo al Mundial de Alemania 1974 apenas semanas después del golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet, ignorando que el Estadio Nacional de Santiago había sido convertido en un centro de detención, tortura y ejecución de opositores.
El 26 de septiembre de 1973, apenas dos semanas después del derrocamiento de Salvador Allende, la selección chilena viajó a Moscú para enfrentar a la Unión Soviética. Contra todo pronóstico, rescató un empate sin goles gracias a un planteamiento totalmente defensivo liderado por figuras como Elías Figueroa y Carlos Caszely. Aquella actuación fue bautizada como “el partido de los valientes”, pues los futbolistas viajaron en medio del miedo, el toque de queda y la incertidumbre que vivían sus familias.

Sin embargo, la mayor polémica llegó en el duelo de vuelta. La Unión Soviética se negó a jugar en un estadio utilizado como campo de concentración y pidió cambiar la sede. La FIFA rechazó la solicitud y mantuvo el encuentro en Santiago, pese a las denuncias internacionales sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura militar.
Los soviéticos nunca se presentaron. Aun así, la FIFA obligó a Chile a salir a la cancha. Sin rival enfrente, los jugadores tocaron el balón hasta empujarlo a una portería vacía para consumar un gol que quedó registrado oficialmente. El “partido fantasma” terminó 2-0 en las actas, un episodio que incluso Carlos Caszely calificó como “el teatro del absurdo”, mientras Elías Figueroa recordaría años después que “ni con los amigos se juega así”.
Más de cinco décadas después, ese episodio vuelve a cobrar relevancia por las críticas hacia la relación entre la FIFA y los líderes políticos. Durante el Mundial 2026, la cercanía del organismo con Donald Trump y la decisión de trasladar los partidos decisivos a Estados Unidos reavivaron el debate sobre la independencia de una institución que, para muchos, sigue acomodando sus decisiones al poder político y económico de cada época. Ayer fue Pinochet; hoy, los señalamientos apuntan a Trump.
La historia demuestra que, cuando se trata de intereses, la FIFA pocas veces ha sabido mantenerse al margen.

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