Benjamin Netanyahu enfrenta una elección decisiva y acusa a sus adversarios de intentar “robar” los comicios, mientras la oposición lo señala de preparar el terreno para impugnar una posible derrota. El primer ministro, cuestionado por su prolongada permanencia en el poder y responsabilizado por el genocidio en Palestina, vuelve a recurrir a las advertencias sobre el futuro de Israel para movilizar a sus votantes.
Israel celebra elecciones legislativas con más de 7.3 millones de ciudadanos convocados a las urnas y una participación de 31.5% al mediodía, equivalente a 2.3 millones de votantes. En una contienda que pone en juego la continuidad de Netanyahu, el mandatario pidió respaldar al Likud y lanzó acusaciones contra el partido Raam por presuntos intentos de soborno electoral, sin que las declaraciones citadas aportaran pruebas concluyentes de un intento generalizado de fraude.
La oposición respondió con dureza. Yashar, el partido centrista de Gadi Eisenkot, acusó a Netanyahu de sembrar dudas anticipadamente para cuestionar los resultados si pierde. Eisenkot pidió a los ciudadanos no dejarse intimidar por lo que calificó como una campaña del miedo y denunció que, tres años después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, todavía existen comunidades cercanas a Gaza que no se sienten seguras.
El discurso de Netanyahu fue más allá de las acusaciones electorales: sostuvo que una victoria de partidos opositores o árabes podría significar el fin de Israel “tal y como lo conocemos”. En lugar de limitarse a defender su gestión ante el electorado, el primer ministro presenta la posibilidad de perder el poder como una amenaza para el Estado, una estrategia que sus adversarios interpretan como un intento de polarizar y movilizar a sus bases mediante el temor.
La paradoja es que un gobernante que lleva años al frente del país ahora denuncia que otros quieren arrebatarle la elección, mientras sus rivales temen que desconozca una derrota. Con una sociedad dividida y el recuerdo del 7 de octubre todavía presente, los comicios ponen a prueba tanto la continuidad política de Netanyahu como la confianza en las instituciones electorales. Si tiene argumentos para denunciar irregularidades, deberá presentarlos con pruebas; las acusaciones por sí solas no convierten una posible derrota en un fraude.


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