Los presidentes de Ecuador y Perú posaron en Lima como líderes contra el crimen, pero en casa enfrentan apagones, extorsión y una popularidad en picada.
Este martes, en Lima, Daniel Noboa le entregó a Keiko Fujimori la presidencia pro tempore de la Comunidad Andina. Hubo discursos sobre “liderazgo firme”, “decisiones valientes” y una declaración conjunta contra el crimen organizado. Dos presidentes de derecha, de mano dura y de sonrisa fácil, felicitándose mutuamente por lo bien que lo hacen. El problema es que esto no coincide con la realidad de sus países.
En Ecuador, Noboa presume que está “cambiando el Ecuador”. El 5 de octubre aseguró que el sector residencial no sufriría apagones, pero entre la noche del 13 y la madrugada del 14 habitantes de Guayaquil, Quito y otras ciudades reportaron cortes imprevistos, sin avisos ni cronogramas oficiales. Además, las desconexiones a industrias y empresas de alto voltaje se ampliaron de 48 a 72 horas semanales. Según Bloomberg Línea, el gobierno responde culpando a las empresas y amenazando con intervenir a 20 de ellas.
En Perú, Fujimori llegó prometiendo mano dura al estilo de su padre, Alberto Fujimori, condenado por delitos de lesa humanidad. Su plan pone a las Fuerzas Armadas al frente de la seguridad en los estados de emergencia, una receta que críticos y organizaciones sociales miran con temor a los abusos. Es la novena presidenta en una década, y su partido es visto por muchos como uno de los responsables de la inestabilidad política que vive Perú. El voto ya se lo está cobrando: según CB Global Data, perdió 6.1 puntos en un mes, la mayor caída del sondeo, y hoy tiene 46.3% de imagen positiva contra 50.8% negativa. El propio encuestador la atribuye a la preocupación por la delincuencia y a la falta de respuestas efectivas.
Noboa no está mucho mejor: tiene 47.5% de valoración favorable y 46.9% negativa, un empate técnico para quien se vende como el salvador de Ecuador. Así que mientras los dos hablan de “amenazas que no conocen fronteras” y firman papeles, sus gobiernos acumulan lo que sí cruza todas las fronteras: promesas incumplidas, ciudadanos a oscuras y pueblos que no ven resultados. En política, el discurso es gratis; los apagones y las extorsiones los pagan los de siempre.

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