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  • Los jueces también debemos tocar puertas

    Los jueces también debemos tocar puertas

    Durante décadas, el pueblo tocó las puertas de los juzgados para buscar justicia. Hoy las cosas han cambiado, hoy nos corresponde a los y las juzgadoras tocar las puertas del pueblo para explicar nuestra función como jueces y nuestra vocación por el servicio y justicia, así como rendir cuentas sobre nuestro labor.

    A lo largo del tiempo, se construyó la idea de que el Poder Judicial debía hablar únicamente a través de sus sentencias. Y es cierto que una resolución judicial, es la expresión más importante de la función jurisdiccional y que ningún discurso puede sustituir la fuerza de una decisión fundada en la Constitución y los Derechos Humanos.

    Pero también es cierto que, si la justicia nunca se explica, termina siendo una justicia distante, y una justicia distante difícilmente puede generar la confianza, el respeto y la autoridad, que legitima y necesita cualquier servidor público, para el correcto desempeño de su labor.

    La independencia judicial no significa vivir aislados de la sociedad. Significa resolver sin presiones, sin intereses ajenos al derecho y sin deberle favores a nadie. Esa independencia no se debilita cuando un juzgador escucha a la ciudadanía, explica el alcance de sus funciones o informa sobre los resultados de su trabajo. Al contrario, se fortalece, porque la legitimidad de las instituciones también se construye con transparencia, con empatía y generando una confianza directa con las personas.

    Sin embargo, durante muchos años se alimentó una percepción equivocada y que no tiene futuro en lo que hoy exige y necesita México: que los jueces sólo aparecíamos cuando dictábamos una sentencia o cuando alguna resolución ocupaba los titulares de los medios de comunicación. Ya que entre un expediente y otro parecía existir un muro infranqueable entre la sociedad y quienes impartían justicia. Ese muro no siempre fue producto de la desconfianza; muchas veces también fue consecuencia de la falta de comunicación. Esa realidad debe cambiar.

    No para convertir a los juzgadores en actores políticos, ni para buscar popularidad, ni mucho menos para someter nuestras decisiones ante la presión mediática. Una autoridad judicial, jamás puede decidir por aplausos o por encuestas. Pero sí puede  y debe, explicar cuál es su función jurisdiccional, cómo desempeña su engargo, que criterios jurídicos tiene, cuales son los resultados que ha tenido es su trabajo y por qué el respeto a la Constitución y a los Derechos Humanos protege a todas las personas, incluso cuando una resolución resulte incómoda o impopular a simple vista.

    Como jueza de Distrito en materia penal he asumido esa responsabilidad con absoluta convicción. He participado en diversos foros ciudadanos, universidades, he salido a las calles y he regresado a Azcapotzalco, una de las alcaldías que me otorgó su confianza mediante el voto para desempeñar esta enorme responsabilidad constitucional. Y No regresé para hacer campaña, tampoco para buscar reconocimiento personal. Regresé para rendir cuentas y cumplir con un compromiso que adquirí en mi campaña, el estar cerca de la gente, el generar en la medida de mis posibilidades y sin afectar mis funciones jurisdiccionales cultura jurídica en las y los mexicanos.

    Les expliqué a las y los ciudadanos cuál es la función de un juzgado de distrito en materia penal; cómo se protege el debido proceso; por qué un juez está obligado a respetar los derechos tanto de las víctimas como de las personas imputadas; cuál es significado real del juicio de amparo indirecto, cuáles han sido los avances del Juzgado Décimo Quinto de Distrito en Materia Penal, etc. La ciudadanía tiene derecho a conocer esos resultados, a saber, quienes somos, a conocer nuestra vocación de servicio, a que les expliquemos porque los juzgadores tienen una función trascendental en sus vidas.

    Durante el mes de marzo, el Juzgado Décimo Quinto de Distrito en Materia Penal registró 194 egresos, colocándose entre los órganos jurisdiccionales con mejores resultados en productividad. Pero detrás de ese dato que puede parecer sin importancia, frívolo, o que son simples estadísticas administrativas. Se traduce en un esfuerzo enorme y muchos retos que enfrentaron los titulares para obtener buenos resultados; pero aún más importante, hay justiciables que dejaron de esperar una resolución, familias que obtuvieron una respuesta del Estado, víctimas que recibieron una decisión y personas sujetas a proceso que pudieron conocer oportunamente el sentido de una resolución judicial y llevar un adecuado proceso.

    La productividad no consiste únicamente en resolver más asuntos. Consiste en comprender que detrás de cada expediente hay una historia humana que no puede permanecer indefinidamente en espera de justicia.

    Sin embargo, esos resultados, por importantes que sean, no bastan por sí solos para fortalecer la confianza ciudadana. Las personas tienen derecho a saber cómo trabaja el Poder Judicial, cuáles son sus límites, qué puede resolver un juez y qué corresponde a otras autoridades. Una sociedad informada es mucho menos vulnerable a la desinformación y mucho más capaz de defender el Estado de derecho y sobre poder proteger sus derechos.

    Por ello celebro que cada vez más juezas, jueces, magistradas y magistrados estemos convencidos de que la impartición de justicia también requiere presencia en el territorio. No para sustituir el trabajo jurisdiccional, sino para acercar el conocimiento jurídico a quienes durante muchos años vieron al Poder Judicial como una institución lejana e inaccesible.

    La justicia de territorio no significa resolver fuera de los tribunales. Significa llevar cultura jurídica a las personas, donde antes sólo llegaban rumores, prejuicios o información incompleta. El generar cultura jurídica puede comenzar con visitar universidades, colonias, espacios comunitarios y foros ciudadanos para explicar qué hacemos y por qué lo hacemos.

    México necesita una ciudadanía que conozca sus derechos antes de que le sean vulnerados; que entienda qué hace un juez federal antes de emitir un juicio sobre su trabajo; que sepa distinguir entre una resolución que puede ser impopular y una resolución que es ilegal. Esas distinciones no son menores, ya que la confianza, el respeto y la confianza de las personas es indispensable para que exista, la fortaleza que necesitan nuestras instituciones.

    Muchos jueces y magistrados seguiremos recorriendo las calles, asistiendo a foros y estando en contacto con los justiciables, para dialogar con la ciudadanía y construir una auténtica cultura jurídica. Será un esfuerzo permanente, compatible con nuestra independencia y con el deber de imparcialidad que impone la Constitución. Ya que escuchar a la sociedad no significa decidir conforme a la opinión pública; significa entender mejor la realidad sobre la que el derecho despliega sus efectos. El derecho siempre va un paso atrás de la realidad.

    México atraviesa una etapa inédita para el Poder Judicial, por ello, la cercanía con la ciudadanía debe convertirse en una práctica institucional. La confianza pública no puede exigirse; debe ganarse todos los días con trabajo, transparencia y resultados.

    Como jueza penal federal he aprendido que la legitimidad de una resolución no depende de la cantidad de elogios o críticas que reciba. Depende de que pueda sostenerse jurídicamente, de que respete los derechos humanos y de que encuentre siempre sustento en la Constitución. Pero también he aprendido que una sentencia que nadie entiende difícilmente fortalece la confianza en las instituciones.

    Los jueces no podemos conformarnos con impartir justicia; también debemos contribuir a que las personas comprendan por qué esa justicia existe y cómo protege su libertad. La cultura jurídica no puede solo pertenecer a los abogados y especialistas. Debe convertirse en una herramienta de ciudadanía, porque un pueblo que conoce sus derechos también sabe defenderlos.

    La grandeza de México no depende únicamente de sus leyes. Depende de que sus instituciones sean capaces de acercarse a la gente sin perder su independencia, de rendir cuentas sin renunciar a su autonomía y de ejercer el poder con la humildad de quien nunca olvida que toda autoridad existe para servir a la Nación.

  • CONTROL MEDIÁTICO GRINGO

    CONTROL MEDIÁTICO GRINGO

    Como ya se ha comprobado con datos duros, en muchos medios alternativos de comunicación el gobierno de los Estados Unidos es el responsable de la mayor injusticia en el mundo.

    Lo que vemos en las series televisivas y super producciones de Hollywood sólo son argumentos para vender la idea de que el llamado país de las libertades es la mejor versión de un país ideal, pero en la realidad solo es un estado colonialista, por ende manipulador y corrupto, enemigo de la humanidad.

    Al parecer estamos viviendo la peor etapa administrativa del gobierno gringo, dónde su pueblo eligió de manera más que absurda a un delincuente confeso, un personaje racista, violento, con problemas de adicciones y a la vez manipulable, como ya se ha evidenciado en el apoyo al régimen fascista de Israel.

    El temor a ser superados por otras potencias los ha llevado a buscar manipular la información a nivel mundial a través de plataformas y redes sociales que están en manos de los que pagan, los más ricos. Aún cuando se comprometen a acabar con las noticias falsas como es el caso de Elon Musk cuando adquiere Twitter y que por el contrario se genero un red donde hay manipulación y se venden tendencias al mejor pastor.

    El poder mediático es tan impresionante que ha sido la principal herramienta utilizada por el imperio para influenciar en las elecciones como en el caso de países latinoamericanos cono Argentina, Colombia, Ecuador.. por esa razón la oposición en nuestro país apoya las políticas gringas ya que han sido cómplices en el saqueo de nuestras riquezas como se está dando en este momento en Venezuela después del secuestro de su presidente.

    La regulación de la información digital ya es indispensable y debe ser en favor de los derechos humanos.

  • EL VERDADERO TERRORISMO ES EL IMPERIO, NO QUIEN SE DEFIENDE DE ÉL

    EL VERDADERO TERRORISMO ES EL IMPERIO, NO QUIEN SE DEFIENDE DE ÉL

    Le dicen «terrorismo» porque la unidad de los pueblos en defensa de sus riquezas es el «terror» de los imperios que se las roban. Esta frase, breve y filosa, condensa una verdad histórica que las potencias dominantes se han esforzado por enterrar bajo capas de propaganda: la palabra «terrorismo» no describe un fenómeno objetivo, sino una etiqueta política que se aplica selectivamente a quienes resisten el despojo. Quien bombardea ciudades desde un portaaviones es «defensa»; quien defiende su territorio con lo que tiene a la mano es «terror». Esa asimetría del lenguaje no es casual: es un arma más en el arsenal del poder.

    Basta repasar el siglo veinte para confirmarlo. Los movimientos de liberación de Argelia, Vietnam, Cuba o Nicaragua fueron llamados terroristas por las metrópolis que saqueaban sus recursos, mientras los ejércitos coloniales que masacraban poblaciones civiles eran presentados como garantes del orden. La historia, escrita casi siempre por los vencedores o por quienes controlan los grandes medios, invirtió los papeles: convirtió a las víctimas en victimarios y a los saqueadores en civilizadores. Ese mismo libreto se repite hoy en Medio Oriente, en África y en buena parte de América Latina, donde cualquier intento de nacionalizar el petróleo, el litio o el agua es recibido con sanciones, golpes de Estado mediáticos o intervenciones militares disfrazadas de ayuda humanitaria.

    México conoce este guion de memoria. Desde la expropiación petrolera de 1938 hasta los intentos recientes por recuperar el control sobre el litio y la energía, el país ha sido blanco de campañas de desprestigio cada vez que se atreve a pensar sus recursos naturales como patrimonio nacional y no como mercancía a disposición de capitales extranjeros. Cuando un gobierno mexicano habla de soberanía energética, de no intervención o de autodeterminación de los pueblos, inmediatamente aparecen voces —muchas financiadas o amplificadas desde fuera— que tildan esas posturas de populismo peligroso o de amenaza a la estabilidad regional. Es el mismo mecanismo: deslegitimar mediante el lenguaje lo que no se puede combatir mediante argumentos.

    La unidad de los pueblos del sur global es, en efecto, lo que más temen los imperios contemporáneos, sean estos formales o informales, militares o financieros. Un bloque latinoamericano que coordine su política exterior, que defienda conjuntamente sus materias primas y que se niegue a alinearse automáticamente con los intereses de Washington o de las corporaciones transnacionales representa una amenaza real al modelo extractivista que ha empobrecido a la región durante dos siglos. Por eso se promueve la fragmentación, se financian oposiciones internas, se cultivan medios afines y se inventan crisis humanitarias o de seguridad que justifiquen la injerencia. El terrorismo de Estado, ejercido mediante bloqueos económicos que matan de hambre a poblaciones enteras —como ocurre con Cuba o Venezuela—, rara vez recibe ese nombre en los grandes titulares.

    México, sin embargo, ha mostrado en años recientes una vocación distinta: la defensa explícita del principio de no intervención, la negativa a sumarse a cercos diplomáticos contra naciones hermanas y una política exterior que reivindica la dignidad de los pueblos frente a la lógica de bloques impuesta desde el norte. Esa postura no es ingenuidad ni capricho ideológico; es una lectura lúcida de la historia. Quien ha sufrido invasiones, intervenciones y despojos territoriales sabe que la retórica de la «comunidad internacional» suele ser el disfraz elegante de intereses muy concretos.

    Reconocer esto no significa justificar la violencia indiscriminada contra civiles, venga de donde venga; significa exigir honestidad en el uso de las palabras. Llamar terrorista a un pueblo que se organiza para no entregar su tierra, su petróleo o su agua, mientras se llama paz a la ocupación militar de sus territorios, es una forma de violencia simbólica que prepara el terreno para la violencia real. La verdadera tarea antiimperialista del presente no es solo resistir las bombas, sino disputar el lenguaje con el que se nombra el mundo. México, por historia y por convicción, tiene mucho que aportar a esa batalla: la de devolverle a las palabras su sentido original y a los pueblos el derecho a definir, sin tutelas externas, qué es defensa y qué es despojo.

  • Derecho a un trabajo digno y a un salario igualitario II

    Derecho a un trabajo digno y a un salario igualitario II

    La segunda parte del artículo catorce de la Cartilla de Derechos de las Mujeres habla de un tema por demás olvidado, muchas veces subestimado y que históricamente se ha pensado que es única y exclusivamente obligación femenina: El trabajo del Hogar.

    Todavía hoy en día las mismas madres de familia educan a sus hijos e hijas con esos roles tan cuestionados hoy en día. Las hermanas les sirven de comer a los hermanos, o les recogen los platos ó ellas lavan los baños y el nene sólo ve complacido a su hermana.

    En este punto en particular, sólo se trata del trabajo doméstico en casa ajena, que ha sido fuente de que las mujeres sufran toda clase de abusos y humillaciones por parte de los patrones. La Cartilla de Derechos de las Mujeres dice textualmente:

    “Si te dedicas al trabajo del hogar, estás realizando un trabajo reconocido en la Ley Federal del Trabajo, por lo que tienes derecho a desarrollarlo en condiciones laborales seguras y dignas. Es decir, la persona empleadora debe garantizarte un contrato laboral estable y prestaciones de ley como en cualquier trabajo, así como tu incorporación al Seguro Social.

    “Las instituciones responsables de garantizar este derecho son la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo y la Secretaría de Economía.  

    Si no recibes la atención a la que tienes derecho, puedes presentar una queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos o las comisiones estatales”.

  • Ansiedad y depresión: indicios

    Ansiedad y depresión: indicios

    Los resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 (ENBIARE) del INEGI permiten bosquejar un panorama sobre la salud mental de la población mexicana de 18 años o más a mediados del año pasado, midiendo específicamente la presencia de indicios de ansiedad y de depresión. Es importante subrayar que el término “indicios” no equivale a un diagnóstico clínico, sino que se trata de un filtro o tamizaje basado en la frecuencia de ciertos síntomas en los días previos a la encuesta.

    El cálculo se realiza a partir de cuatro reactivos clave, agrupados en dos pares:

    • Ansiedad: 1) sentirse nervioso o con los nervios de punta y 2) no poder dejar de preocuparse.
    • Depresión: 3) sentir poco interés en lo que se hacía y 4) sentirse deprimido o sin esperanza.

    Cada reactivo se puntúa de 0 a 3 (0=Nunca, 1=Varios días, 2=Más de la mitad de los días, 3=Casi todos los días). Para considerar que una persona presenta “indicios” de alguno de estos trastornos, la suma de los dos reactivos correspondientes debe ser de 3 a 6 puntos (sobre un máximo de 6). Este umbral indica que los síntomas se presentan, al menos, “varios días” en la semana, pero sin llegar a la máxima intensidad diaria.

    Ansiedad vs. Depresión: Brechas de género

    La ENBIARE muestra que en México hay más población adulta que reporta indicios de ansiedad en comparación con la depresión.

    • Ansiedad: Afecta a poco más de una de cada cinco personas (21.4%). Al desagregarla por sexo, la brecha es notable: mientras que el 17.4% de los varones presentan indicios, en el caso de las mujeres asciende al 25% (es decir, una de cada cuatro mujeres adultas).
    • Depresión: Se reporta en general en una de cada diez personas (10.9%). Si bien las mujeres también registran el porcentaje más alto, la diferencia no es tan drástica: 13.3% para ellas frente al 8.2% para ellos.

    La curva en “U” de la depresión por edad

    Al analizar la prevalencia de indicios de depresión según los grupos de edad, los datos revelan que el problema afecta a todos los segmentos con variaciones interesantes:

    1. De 18 a 29 años: 11.3%
    2. De 30 a 44 años: 9.5% (el porcentaje más bajo)
    3. De 45 a 59 años: 11.1%
    4. De 60 años y más: 12.5% (el porcentaje más alto)

    Estas cifras revelan una curva en forma de “U”: los adultos jóvenes y los adultos mayores presentan las tasas más elevadas, mientras que la población de mediana edad registra el indicador más bajo. Este patrón sugiere que tanto el inicio de la vida adulta como la vejez son etapas de mayor vulnerabilidad emocional que merecen atención prioritaria en las políticas públicas de salud mental.

    El mundo

    Una perspectiva global permite dimensionar estos hallazgos nacionales: organismos como la Organización Mundial de la Salud han documentado que las tasas de prevalencia de trastornos comunes como la ansiedad y la depresión se dispararon de forma generalizada tras la crisis sanitaria global provocada por la pandemia, situándose frecuentemente en márgenes equiparables donde la ansiedad suele duplicar o superar los registros de la depresión. Asimismo, la persistencia de las brechas de género —con una incidencia notablemente mayor en mujeres— y la peculiar vulnerabilidad en los extremos etarios de la pirámide poblacional coinciden con tendencias internacionales reportadas en metaanálisis recientes sobre salud mental postpandemia, lo que confirma que el malestar psíquico contemporáneo responde a dinámicas estructurales globales que operan más allá de nuestras fronteras.

    ¿Más o menos?

    Si bien los datos que ofrece la ENBIARE son muy frescos —la encuesta se levantó hace un año—, no me sorprendería que al día de hoy la gente no se sienta precisamente mejor, particularmente no menos ansiosa. Consideremos las malas noticias y motivos de preocupación que, a nivel internacional, se han acumulado durante los últimos doce meses.

    • El factor Trump. La fuerza militar más poderosa del mundo está en manos de un señor que ha sido diagnosticado por los mejores psiquiatras de su propio país como un narcisista perverso.
    • La escalada de conflictos geopolíticos. La persistencia e intensificación de las guerras y tensiones globales, que mantienen un clima constante de incertidumbre bélica y desestabilización a escala internacional. Muchos analistas hablan ya de una III Guerra Mundial.
    • El costo de vida y la presión económica. El encarecimiento sostenido de bienes básicos, la precariedad laboral y la dificultad para acceder a la vivienda, factores que alimentan una angustia financiera cotidiana en diversos rincones del planeta.
    • La agudización de la crisis climática. Fenómenos meteorológicos extremos cada vez más severos y recurrentes que, además de los daños materiales, consolidan una creciente ecoansiedad respecto al futuro del entorno natural.
    • La aceleración tecnológica y la sobreinformación. El despliegue vertiginoso de la inteligencia artificial y la automatización, cuyas implicaciones en el empleo, sumadas a la saturación informativa digital, generan un estado de fatiga cognitiva y desorientación constante.
    • La polarización sociopolítica. La erosión del discurso público y el desgaste de la confianza en las instituciones, lo que abona a una sensación de fragmentación e intemperie social.

    En este escenario de policrisis global, es previsible que el malestar emocional no haya cedido, sino todo lo contrario. Si aquí en México todo esto bien puede quitarle el sueño a miles y miles de personas, imagínense en el resto del orbe.

    @gcastroibarra

  • Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    Que sólo voten quienes voten a favor de la clase privilegiada

    El que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, o la política sea la continuación de la guerra, demuestra que el voto es la continuación del paredón de fusilamiento por otros medios. Ese es el uso que le da la clase privilegiada a lo que llaman la fiesta de la democracia, el voto como elemento para ajusticiar a quienes osan votar en sentido opuesto al que la clase privilegiada necesita que voten, para condenar al ostracismo a quienes viven en el ostracismo. El problema aparece, cuando el voto mayoritario se manifiesta en sentido opuesto a la clase privilegiada, cuando los marginados dejan de temer a la marginalidad.

     Si el voto deja de ser una herramienta del escarnio público y se convierte en bache para quienes detentan el poder de facto, no queda más remedio que recurrir a adoradores de Joseph Goebbels, como Natalia Torres, Ignacio Abello, las juventudes PANistas, o el decadente tío Richie, a quienes “les turbo vale madres” declarar absurdo dar el mismo peso al voto de una persona con doctorado, que al de alguien que lo único que hace es “echar la güeva todo el día”; que sólo debe votar quien tiene el conocimiento mínimo de lo que hace el Estado; que el voto lo ejerza el hombre de la casa pensando en su esposa, en sus hijos, y en sí mismo. Recurrir a esos demócratas totalitarios que entienden  que nada amenaza más a su democracia que una mayoría que no se preocupa por los derechos de la clase privilegiada.

    Y no es que estos ideólogos de la reacción posmoderna ignoren que las condiciones materiales determinan el ser social de los sujetos, que establecen un horizonte de lo posible y lo que no es posible. No es que ignoren que quien se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir tiene comprometido su tiempo, su cuerpo y su energía vital, limitando el desarrollo de sus capacidades. O que el objetivo de la democracia debería ser equilibrar la balanza entre quienes más tienen y quienes menos tienen. No, estos próceres de la derecha lo entienden perfectamente y por ello se lanzan en contra del voto universal, para conjurar la amenaza que representa para las buenas costumbres, el stau quo y la gente bonita.

    Entrados en gastos

    Si votar sirviera de algo, como falsamente se dice que dijo Mark Twain, no nos dejarían hacerlo. Nadie con dos dedos de inteligencia se preocupa porque el voto masivo vaya a transformar las condiciones materiales que determinan al ser social. No. Lo que les preocupa es que el voto desbordado de la masa alimenta el orgullo de la masa por la masa misma, alimenta cierto sentido de pertenencia en el que se deja de temer al paredón de fusilamiento, en el que la marginalidad se convierte en identidad colectiva y deja de ser sentencia individual. Eso no podemos permitirlo, no, si queremos que la clase privilegiada siga viviendo privilegiadamente.

    • Carlos Bortoni es escritor. Su último libro es Polvo, publicado por Casa Editorial Abismos.
  • Trump, a la derecha de Dios

    Trump, a la derecha de Dios

    La extraña fascinación que la oposición siente por las “investigaciones” de los organismos estadounidenses no explica la falta de lógica de sus acusaciones; sin embargo, aprovechan cualquier espacio para pedir que se acaten las imputaciones de un mal vecino.

    Sabemos, de sobra, que quien vive del otro lado quiere nuestra casa, discrimina a los de casa y llega a matar a algunos si traspasan los límites territoriales, no podemos pensar y mucho menos insistir en que debemos prestarle oídos; sin embargo, hay quienes consideran que el vecino no es sólo alguien que vive del otro lado sino una deidad a la que hay que obedecer sin reflexión ni leyes de por medio.

    La vieja historia de Maru Campos, muestra obsesiones sumisas por las incriminaciones de los gringos quiere que se lleven a Rocha Moya a Estados Unidos, sólo porque el vecino así lo desea es una muestra de la manera en que la oposición se agarra de lo que puede para tratar de desgastar al gobierno de México.

    El secretario de Relaciones Exteriores de nuestro país, Roberto Lazzeri aseguró que la administración federal está abierta a entregar al gobernador con licencia de Sinaloa a la justicia estadounidense, pero solo si las autoridades de ese país presentan pruebas suficientes que cumplan con los requisitos de la legislación mexicana.

    Hay testimonio de los caprichos del delirante presidente del vecino país donde sólo su paranoia explica la fabricación de delitos, como es el caso de los imputados a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, quien fue prácticamente exonerado por las leyes estadounidenses y Trump insiste en buscarle defectos por todos lados. La invención del cártel de los Soles, copiados de una serie de televisión muestra el origen de las evidencias que reúne Trump para inculpar a sus contrincantes, pero el solo hecho de no acatar las órdenes de su perturbación política.

    Ahora, la panista Kenia López Rabadán, presidenta de la Cámara de Diputados, advirtió que no deben minimizarse las afirmaciones del director de la Administración de Control de la DEA, Terrance Cole, en el sentido de que, según su alucinación, los cárteles del narcotráfico y el gobierno mexicano tienen conexión. Claro que no deben tomarse en cuenta, la servil declaración de la panista. Estados Unidos es el peor vecino que cualquier país pudiera padecer, nadie lo quisiera tener al lado, menos con un sicópata de presidente.

    Kenia señaló que corresponde a las instituciones mexicanas responder a los rumores de los vecinos con hechos, por lo que se deben realizar investigaciones serias e independientes, presentar resultados comprobables y actuar con absoluta transparencia. La oposición desde María Eugebria Campos hasta Cabeza de Vaca, se aparan en los rumores de Trump para justificar sus propios delitos comprobados.

    No aclara a quién deben presentarse resultados, pero parecería que se refiere a los vecinos, como si tuvieran injerencia en la política mexicana, o un tutelaje como en los tiempos del PRIAN. Kenia describe exactamente la ilícita dependencia y obediencia de los conservadores, que consideran que sin Estados Unidos en el planeta no volverá a salir el sol.

    Al profundizar en sus dichos sólo acumula evidencias en su contra, como si desconociera las leyes a pesar de ser abogada o haya olvidado su compromiso como legisladora y su nacionalidad.

  • La rectoría del Estado frente a la infancia digital

    La rectoría del Estado frente a la infancia digital

    Francia acaba de colocar sobre la mesa una discusión que México ya no debería seguir posponiendo: impedir el acceso a redes sociales a menores de 15 años. Por supuesto que la medida provocará cuestionamientos, pero antes de descartar el ejemplo francés bajo la acusación automática de censura, México debería preguntarse qué responsabilidad tiene el Estado frente a un entorno digital diseñado para captar, retener y comercializar la atención de los menores de edad. Por esa razón, el centro de esta discusión debe partir del interés superior de la niñez, apegándose al artículo cuarto constitucional y a la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

    La UNESCO ha advertido que las tecnologías digitales pueden contribuir al aprendizaje, pero también generar invasión de la privacidad, distracción, ciberacoso y exposición a contenidos perjudiciales. En especial, señala que las plataformas gobernadas por algoritmos pueden amplificar estereotipos, estándares corporales irreales, contenidos sexuales y conductas poco saludables.

    Los datos citados por la propia UNESCO resultan particularmente reveladores: 32% de las adolescentes consultadas en una investigación interna de Facebook afirmó que, cuando se sentía mal con su cuerpo, Instagram empeoraba esa percepción; en promedio, 12% de las jóvenes de 15 años en países de la OCDE declaró haber sufrido ciberacoso, frente a 8% de los varones; y, por si fuera poco, uno de cada siete adolescentes en el mundo vive con una condición de salud mental diagnosticable, mientras muchos otros enfrentan dificultades emocionales que afectan su bienestar, su aprendizaje y sus posibilidades futuras. En ese sentido, la realidad refleja algo crudo: frente a un niño en proceso de formación se encuentra una arquitectura tecnológica diseñada para mantenerlo frente a una pantalla, y frente a ello se hace necesaria la rectoría del Estado.

    Pero esta rectoría no significa que el gobierno deba decidir qué pueden pensar, decir o compartir los adolescentes, sino establecer condiciones que garanticen que el desarrollo comercial de la tecnología no se coloque por encima de los derechos de la infancia. Por esa razón, nuestro país debe comenzar a invertir en alfabetización mediática e informacional, acompañar la regulación de las plataformas con políticas educativas más inteligentes y, sobre todo, discutir la edad mínima efectiva de acceso a determinadas plataformas, sustentándose cuando menos en cinco elementos: sistemas de verificación de edad que no impliquen la entrega indiscriminada de datos personales; cuentas diferenciadas para adolescentes; prohibición de publicidad personalizada dirigida a menores; transparencia sobre los algoritmos que les recomiendan contenido, y mecanismos rápidos para denunciar ciberacoso, explotación, suplantación de identidad o difusión de imágenes íntimas. En otras palabras, lo que se requiere es una política nacional de protección de la infancia digital que articule al gobierno, las familias, las escuelas, especialistas, organizaciones sociales y empresas tecnológicas.

    Tomando como referencia lo que ocurre en otras naciones, nuestro país debe iniciar su propio debate, con evidencia, responsabilidad y sin convertirlo en otra confrontación partidista; no se trata de copiar mecánicamente una ley extranjera, sino de reconocer que los derechos de la infancia también deben ser garantizados en el territorio digital, especialmente frente a los intereses comerciales que han demostrado su capacidad de influir en las emociones, los hábitos y el desarrollo de millones de menores. En un punto como este, la neutralidad del Estado sería sencillamente irresponsable; por lo tanto, la rectoría del Estado se encuentra hoy ante la oportunidad de impedir que la vulnerabilidad de la niñez siga siendo utilizada como modelo de negocio, como hasta ahora ha ocurrido.

    Hablamos de niñas y niños, no de usuarios, consumidores, seguidores o generadores de datos. Ha llegado la hora de actuar a su favor en el entorno digital.

    • Luis Tovar
      Secretario General de la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente. FUDEMA A.C.

  • Los nacos sí votan

    Los nacos sí votan

    Cada cierto tiempo, cuando los resultados de una elección no complacen a ciertos sectores, reaparece la misma idea con distinto disfraz: que no todas las personas deberían tener derecho a votar. Que habría que exigir determinado nivel de estudios, cierto ingreso económico, una prueba de conocimientos o cualquier otro filtro para decidir quién merece participar en la vida democrática.

    En otras palabras, la vieja aspiración de que solo voten “los correctos”, y es curioso. Quienes se llenan la boca hablando de libertad son los primeros en querer restringir el derecho político más importante de una sociedad democrática. No les molesta el voto; les molesta que vote quien no piensa como ellos.

    Detrás de estos planteamientos no hay preocupación por la democracia. Hay clasismo. Porque cuando dicen que “la gente ignorante no debería votar”, rara vez se refieren al empresario que comparte teorías conspirativas, al político corrupto con varios posgrados o al analista que vive equivocado. No. Casi siempre el destinatario de ese desprecio tiene un rostro muy específico: el trabajador, la empleada doméstica, el campesino, el albañil, la comerciante, la persona que no fue a la universidad, quien vive en una colonia popular o quien habla con un acento distinto al suyo.

    En México existe una palabra que esas élites utilizan con absoluta naturalidad para expresar ese desprecio: “naco”. “Naco” no describe una conducta. Describe, en su imaginario, una condición social. Es la manera socialmente aceptable de insultar a quien consideran inferior.

    Por eso el problema nunca fue la supuesta capacidad para votar. El problema es que millones de personas a las que históricamente despreciaron hoy tienen el mismo peso político que ellos frente a la urna. Eso les resulta insoportable.

    La democracia nació precisamente para romper con la idea de que el poder debía pertenecer únicamente a una élite ilustrada, aristocrática o adinerada. Durante siglos se negó el voto a quienes no tenían propiedades, a las mujeres, a las personas racializadas y a las clases trabajadoras. Siempre hubo argumentos aparentemente racionales para justificar esa exclusión.

    Que no estaban preparados. Que eran manipulables. Que no entendían los asuntos públicos. Que votarían con el estómago. Las excusas cambian. El prejuicio permanece.

    Lo verdaderamente peligroso es que estas ideas ya no circulan únicamente en conversaciones privadas o en publicaciones aisladas de redes sociales. Poco a poco han encontrado eco en comentaristas, influencers y personajes públicos que presentan el elitismo como si fuera sentido común.

    No soportan que una persona que limpia oficinas tenga exactamente el mismo valor electoral que un empresario. Les parece una anomalía que un joven de una comunidad indígena tenga el mismo peso político que un conductor de televisión o un financiero.

    Toda experiencia antidemocrática comienza definiendo quién merece ser considerado un ciudadano pleno y quién no. Primero se cuestiona su capacidad. Después se limita su participación. Finalmente se le excluye por completo.

    Defender el sufragio universal no significa creer que todas las personas están siempre bien informadas. Nadie lo está. Todos tenemos sesgos, preferencias e intereses. La solución nunca ha sido quitar derechos, sino garantizar más educación, más información, más debate público y mejores condiciones para ejercer una ciudadanía crítica.

    Los derechos no son premios por aprobar un examen. Son la base de una sociedad democrática.

    Y si algo ha demostrado la historia de México es que las grandes transformaciones no llegaron por concesión de las élites. Llegaron cuando quienes durante décadas fueron ignorados comenzaron a organizarse, participar y decidir.

    Eso también ocurre en las urnas. Así que sí. Los nacos sí votan. Las trabajadoras del hogar votan. Los campesinos votan. Los obreros votan. Las personas indígenas votan. Los estudiantes votan. Las personas adultas mayores votan. Las personas LGBTTTIQA+ votan.  Las personas con discapacidad votan. Las mujeres votan. Los jóvenes votan. Y afortunadamente lo hacen.

    Porque una democracia donde solo votan los privilegiados deja de ser democracia para convertirse en un club privado con pretensiones de república. A algunos les incomoda que el pueblo decida. A nosotros nos preocuparía mucho más que dejara de hacerlo.

  • La Ciudad de México y el desorden

    La Ciudad de México y el desorden

    Por desgracia parece que siempre está rebasada de pendientes nuestra ciudad: con todo y los mejores deseos de las autoridades locales. Llueve y se inundan las grandes avenidas, y las que están debajo de los puentes (son punto y aparte) automóviles que se echan a perder al quedar atrapados por el agua y las alcantarilla tapadas.

    Y si hablamos de los baches: parece que no hay “bachetón” que alcance. Será que ¿hay mala calidad en los materiales? Pues así cómo los tapan se vuelven a hacer.

    Uno de verdad, de corazón, quisiera decir que todo está bien, y apoyar a este gobierno por el que votamos: parecía que Clara era la opción más clara, pues gobernó Iztapalapa bien. Claro que no es lo mismo gobernar una Alcaldía (por muy grande que sea) que  una ciudad de por lo menos 21 millones de habitantes…Y las lluvias y el reciente mundial lo evidenciaron. Porque las prioridades parece que se trastocaron y no se hizo un trabajo de desazolve prudente y eficaz, pero si se llenaron de pintura morada, importantes arterias viales; cuando los colores amarillo y blanco son los reglamentarios, no por capricho: si no por convención visual de expertos en vialidad. Hubo lugares donde tuvieron que volver a pintar de amarillo y blanco (dejarlo como estaba) por obvias razones.

    Luego se pintaron vagones del tren ligero, y algunas paredes externas del metro de la línea azul con unos enormes ajolotes (que siguen en peligro de extinción en Xochimilco) porque su hábitat chinampero no cuenta con lo mínimo indispensable (no hay suficientes recursos para su continuidad)  

    Sin embargo si gastó bastante en pintar todo el sur: taxqueña, metro, metrobús, muchas bardas desde San Antonio Abad y ballenas que sostienen los puentes del segundo piso hasta toda la zona del Estadio Azteca. Con murales de futbolistas.  Todo eso, seguro por una buena cantidad.

    Pero dicen que no hay recursos, cuando en la mayoría de las colonias se batalla para el mantenimiento de luminarias, asfaltar las calles principales, bacheo (como ya dije) nomenclaturas de las calles, limpieza de coladeras, cambió de tuberías de la red primaria…Pero eso si se hizo una ciclovía que prácticamente nadie ocupa. Las condiciones de la Ciudad de México por desgracia no dan para andar con tranquilidad en bicicleta. No estamos en Holanda, Bélgica o Alemania, y no es malinchismo, solo condiciones de vida muy diferentes. Y en nuestra ciudad: Solo redujo drásticamente la calz. de Tlalpan al quitarle un carril. Y en la que se gastó una millonada.

    Y qué decir del Jardín Colgante que se lleva el premio por caro e innecesario (varios millones) en una ciudad en la que se dice siempre que hay austeridad, por ejemplo en el metro que siempre están arreglando y siempre sobre todo en época de lluvia tiene goteras.

    Y para rematar: se permite desde ya hace años (después de Mancera que exageró por lo contrario) que la gente se estacioné en doble y triple fila en muchas avenidas principales y prácticamente en toda la ciudad. Y se necesita orden, no solo votos.

    No es lo mismo gobernar la Ciudad de México que gobernar Iztapalapa.