México entre el reacomodo criminal y la responsabilidad del Estado

El domingo que parecía uno más sin sobresaltos, sin agenda extraordinaria terminó convertido en un punto de inflexión. La captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como El Mencho, provocó un efecto dominó que confirmó algo que los especialistas en seguridad llevan años advirtiendo: cuando se toca la cúspide de una estructura criminal sin neutralizar simultáneamente sus nodos operativos, el sistema no desaparece, se reconfigura.

Durante años, Oseguera fue considerado por agencias mexicanas y estadounidenses uno de los objetivos prioritarios, con acusaciones por tráfico de drogas, armas y operaciones trasnacionales. Su figura se convirtió en símbolo de poder dentro del crimen organizado contemporáneo. Pero los símbolos no son lo mismo que las estructuras.

El vacío de poder y la reacción violenta

Tras la caída del líder, se activaron células en distintas regiones del país. Bloqueos, incendios de vehículos y ataques selectivos fueron reportados por la prensa. El mensaje fue claro: demostrar capacidad de respuesta y mantener presencia territorial.
Aquí surge la pregunta estratégica: ¿la operación fue integral o focalizada?

En modelos de combate al crimen organizado utilizados por agencias federales en Estados Unidos, los golpes de alto impacto suelen ejecutarse bajo esquemas de operativos simultáneos y coordinados. No se trata únicamente de detener a un líder, sino de congelar cuentas, asegurar redes logísticas, intervenir comunicaciones y capturar mandos regionales en la misma ventana temporal. El objetivo es evitar el reacomodo inmediato.

En México, la experiencia histórica demuestra que cuando no se desarticula la cadena completa, los mandos medios se dispersan, se ocultan o escalan la violencia para posicionarse dentro de la nueva correlación de fuerzas. El resultado no es el fin del problema, sino una fase de turbulencia.

El debate político: fuerza frontal o inteligencia estructural

En el Senado, la voz de la senadora Lilly Téllez no tardó en aparecer. Con su estilo directo, pidió a la presidenta Claudia Sheinbaum asumir una postura más agresiva frente al narcoterrorismo, evocando la estrategia militar desplegada durante el gobierno de Felipe Calderón.

El dilema no es ideológico; es técnico. La estrategia de confrontación directa puede generar impactos inmediatos, pero también eleva los riesgos de violencia colateral si no va acompañada de inteligencia financiera, judicial y territorial. Por otro lado, los enfoques exclusivamente preventivos o sociales no bastan cuando las organizaciones mantienen poder de fuego y control logístico.

La pregunta central no es si se debe actuar, sino cómo y con qué sincronización. La experiencia internacional muestra que el éxito depende de la coordinación interinstitucional y del cierre simultáneo de múltiples frentes.

Boca del Río: cuando la violencia salta al deporte

Mientras el país analizaba el reacomodo criminal, en Boca del Río se registraba otro episodio de violencia, esta vez en el Centro Deportivo “Hugo Sánchez”, donde una riña entre porras terminó con una persona fallecida. Aquí el problema no es el crimen organizado, sino la gestión de riesgos.

En cualquier evento masivo existen parámetros técnicos claros: proporción de elementos de seguridad por número de asistentes, protocolos de control de venta de alcohol, monitoreo de comportamiento alterado y coordinación directa con fuerzas municipales. Cuando esos mecanismos fallan o se relajan, la responsabilidad se vuelve compartida entre organizadores y autoridades.

El deporte no debe frenarse. Al contrario: es una herramienta de cohesión social. Pero sin protocolos estrictos, el espectáculo se convierte en escenario de tragedia.

Desarrollo e infraestructura: la otra cara del Estado

En contraste con estos episodios, la inauguración del hospital del IMSS en Coahuila mostró otra dimensión de la acción pública. La presidenta Sheinbaum y el gobernador Manolo Jiménez Salinas encabezaron un acto que simboliza inversión en salud e infraestructura social.

La seguridad no puede entenderse sin desarrollo. Hospitales, escuelas, conectividad e inversión industrial fortalecen el tejido social y reducen el caldo de cultivo para la criminalidad. Pero desarrollo sin control territorial también es vulnerable.
México enfrenta una ecuación compleja:

Seguridad sin desarrollo es contención temporal. Desarrollo sin seguridad es fragilidad estructural. Solo la combinación de ambos puede generar estabilidad sostenible.

Conclusión

La caída de un líder criminal no es el final de una historia, sino el inicio de una nueva etapa. El reto para el Estado mexicano es evitar que el reacomodo se traduzca en mayor violencia y, al mismo tiempo, mantener el impulso en infraestructura y cohesión social.

La política exige firmeza, pero también precisión. La seguridad requiere fuerza, pero también inteligencia. Y el desarrollo demanda continuidad más allá de la coyuntura.

México no necesita improvisación; necesita coordinación estratégica y visión de largo plazo.

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *