¿Hasta que la muerte nos separe?

Y tú, qué onda, ¿vives solo/sola o emparejado/emparejada? ¿Qué tal evalúas las ventajas y desventajas de los pactos monogámicos con miras a durar toda la vida? Si aún estás soltero/soltera, ¿con qué tantas ganas te imaginas casado/casada? Hay información estadística que permite colegir las respuestas que a estas preguntas está dando cada vez más gente en nuestro país, y las tendencias no permiten apreciar con optimismo el futuro del matrimonio.

En México, en el periodo 2005-2025, es decir, a lo largo de apenas 20 años, de entre las personas de 15 años y más, las que estaban casadas disminuyeron de 48 a 36%, esto es, más de diez puntos porcentuales. Por su parte, la proporción de la gente que vivía en unión libre aumentó de 11 a 18%. 

La tendencia observada en México en las últimas dos décadas —un descenso de los matrimonios y un aumento de la unión libre, ambos significativos— sugiere una profunda transformación en las estructuras familiares y en el significado social de la pareja. Desde una perspectiva sociológica, este cambio puede interpretarse como un indicador del avance de la individualización y la secularización en las sociedades contemporáneas, en las que las normas tradicionales (religiosas, jurídicas y comunitarias) pierden peso frente a la autonomía personal y la búsqueda de relaciones más flexibles. La flexibilidad se ha consolidado como pretensión en todo: el trabajo, la dieta, las relaciones humanas. La unión libre, al no requerir un rito de paso formal ni estar sujeta a las mismas obligaciones legales y simbólicas que el matrimonio, se adapta mejor a un contexto de inestabilidad laboral, movilidad geográfica y transformación de los roles de género. Pero, ojo, el hecho de que el incremento de las uniones libres no compense numéricamente la caída del matrimonio (la suma de ambas categorías también se reduce) apunta a un fenómeno complementario: el aumento de personas que permanecen solteras o que transitan por formas de convivencia más efímeras y no captadas por las estadísticas tradicionales. En conjunto, estos datos reflejan un proceso de desinstitucionalización de la vida íntima, donde la pareja ya no es tanto un pilar social establecido de por vida, sino una experiencia afectiva que se construye y disuelve con mayor flexibilidad, aunque también con mayor incertidumbre.

El mismo panorama puede apreciarse en América Latina: menos casamientos, más parejas viviendo en unión libre, una tendencia, claro, que se observa con matices particulares en cada país. En Brasil, los datos del Censo de 2022 marcan un hito: por primera vez, la proporción de personas en unión consensual (38.9%) superó a la de aquellas casadas por el registro civil y la iglesia (37.9%), fenómeno especialmente pronunciado entre los jóvenes y las personas de menores ingresos . En Argentina, si bien no se dispone de una cifra nacional consolidada, el estudio del Centro de Investigaciones Sociales sobre la ciudad de Buenos Aires revela una dinámica similar: en 2024, las uniones civiles aumentaron (1130) mientras los matrimonios disminuyeron (2711), reduciéndose estos últimos en un 50% desde 1980, lo que evidencia una elección creciente por la convivencia sin casarse. 

En Estados Unidos la transformación es más acentuada. Según datos del Censo de 2025, los hogares conformados por parejas casadas han caído al 47% del total, lo que contrasta con el 78% que representaban en 1950 y confirma que ya no son la mayoría de los hogares. Paralelamente, la cohabitación se ha normalizado como una etapa vital predominante: el 59% de los adultos de 18 a 44 años ha vivido en unión libre en algún momento, una proporción que supera al 50% que alguna vez ha estado casado. Esta tendencia se ve reforzada por factores económicos, ya que un estudio de 2025 reveló que 1 de cada 4 estadounidenses acelera la cohabitación para ahorrar en renta, especialmente entre la generación Z, donde la proporción asciende al 38%. Además, la edad mediana para contraer primer matrimonio sigue aumentando: los hombres se casan por primera vez a los 30.8 años y las mujeres a los 28.4, según el censo de 2025, lo que implica que una proporción creciente de adultos pospone o incluso descarta el matrimonio. En Canadá, los estudios disponibles apuntan a una diversificación significativa de los modelos de pareja. Una investigación publicada en 2025 sobre hogares canadienses subraya que las diferencias en las formas de unión (matrimonio versus cohabitación) están fuertemente moduladas por el contexto institucional y las protecciones legales. 

En Europa, se reporta igual un cambio radical, con un declive generalizado del matrimonio y una consolidación de la cohabitación como forma de convivencia predominante. Los datos de Eurostat para 2023 muestran que la tasa bruta de nupcialidad en la Unión Europea se ha reducido a 3.7 matrimonios por cada mil habitantes, mientras que la edad media para contraer primer matrimonio se ha elevado drásticamente: las mujeres españolas, por ejemplo, se casan por primera vez a los 36.9 años y los hombres suecos a los 37, liderando el retraso en el continente.

Paralelamente, la cohabitación se ha normalizado como alternativa al matrimonio: en 2023, el 41.1% de los nacimientos en la UE ocurrieron fuera del matrimonio. Este fenómeno responde tanto a factores culturales como a determinantes económicos estructurales: el 26% de los jóvenes europeos acelera la cohabitación como respuesta práctica a la crisis de vivienda, pues los precios inmobiliarios han aumentado 5.4% en 2025, y el 37% de quienes viven solos cree que nunca podrá comprar una casa. Estudios recientes en 33 países revelan una brecha generacional significativa: los jóvenes de 18 a 34 años consideran ideal casarse y tener hijos durante sus veinte, pero en la práctica postergan estos eventos más allá de su cronograma deseado.

Los indicadores globales disponibles apuntan a una tendencia consistente con lo observado en Occidente. La tasa bruta de nupcialidad mundial ha mostrado un descenso generalizado en las últimas décadas, situándose en 2022 en torno a valores que, en la mayoría de los países, oscilan entre 2 y 6 matrimonios por cada mil personas, aunque con enormes variaciones regionales. La edad media para contraer primer matrimonio no ha dejado de aumentar a nivel global: para los hombres se acerca a los 30 años y para las mujeres ronda los 28, según los últimos datos consolidados de la ONU. Este retraso en el matrimonio suele ir acompañado de un aumento de la cohabitación como etapa previa o alternativa, aunque este fenómeno está mucho más documentado y extendido en países de ingresos altos. Obvio: la fotografía global es engañosamente homogénea: mientras en regiones como Europa y América se consolida la desinstitucionalización de la pareja, en amplias zonas de África y Asia meridional el matrimonio sigue siendo universal y temprano, y el matrimonio infantil afecta a una de cada cinco niñas a nivel mundial.

Y tú, ¿con qué tantas ganas imaginas casarte si aún estás soltero? Al menos en nuestro país las tendencias sugieren que cada vez más personas responden: “prefiero la unión libre” o, simplemente, “prefiero vivir solo”.

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