En los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente una paradoja en la vida pública de México: mientras los partidos políticos conservan el monopolio formal de la representación, buena parte de la energía social que podría revitalizar la democracia difícilmente se encuentra dentro de ellos. Esta situación evidentemente corresponde al desgaste de las estructuras partidistas tradicionales, casi siempre atrapadas en disputas internas y una lógica electoral permanente; frente a ello, lo malo es que poco se ve que emerjan actores de la sociedad civil capaces de movilizar a la comunidad desde causas concretas, que nazcan fuera de los partidos sí, pero que a la par estén profundamente conectados con la vida cotidiana de sus comunidades.
No obstante, en el sur-oriente de la Ciudad de México, el tejido comunitario sigue siendo fuerte pues contrario al resto de la capital, allí surgen movimientos vecinales que impulsan acciones de recuperación de espacios públicos, organización comunitaria o cuidado del entorno urbano; estos movimientos reflejan una realidad que la política institucional a veces pareciera olvidar, es decir, que frente a la distancia institucional de cualquier nivel, sea por los motivos que sea, la sociedad siempre encontrará nuevas formas de organizarse por sí misma como hoy lo hace la iniciativa “Tláhuac te quiero bonito”, que más allá del nombre o de su liderazgo visible, representan la idea profunda de que la comunidad puede recuperar la capacidad de actuar colectivamente para mejorar su propio entorno.
Ahora bien, la historia política nos ha enseñado que los movimientos sociales se enfrentan a un dilema recurrente, pues su capacidad de transformación suele depender de si logran o no, encontrar cauces institucionales que permitan traducir la energía social en cambios duraderos. Claro, la sociedad civil puede generar presión, organizar causas e incluso modificar la agenda pública, pero la realidad es que las decisiones estructurales son las que pasan inevitablemente por el sistema político. Por eso resulta relevante que nuevas expresiones partidistas, especialmente aquellas que buscan construirse desde abajo, abran espacios para canalizar este tipo de iniciativas dado que, si los partidos emergentes logran vincularse con movimientos sociales reales, no sólo estarían en condiciones de fortalecer su legitimidad, sino que contribuirían a que la participación ciudadana tenga continuidad más allá de las coyunturas y del cálculo electoral.
Este punto adquiere especial importancia en alcaldías como Tláhuac, donde las acciones ciudadanas han comenzado, en algunos casos, si no a rebasar la capacidad de respuesta de las instituciones, si a demostrar que cuando los vecinos organizan jornadas de limpieza, rescatan parques o impulsan actividades comunitarias sin esperar necesariamente la intervención gubernamental, se está produciendo un fenómeno político silencioso pero significativo en el que la comunidad ocupa el espacio que históricamente le corresponde como protagonista de la vida pública. En lo personal considero que lejos de visualizarlas como una confrontación con el gobierno, este tipo de iniciativas deben entenderse como un recordatorio de que la gobernabilidad democrática también depende de la participación activa de la sociedad.
Muchas de las transformaciones políticas más significativas en el mundo han surgido precisamente de esa interacción entre sociedad civil organizada y nuevas expresiones políticas. En el caso de la Ciudad de México, la articulación entre iniciativas ciudadanas y organizaciones sociales podría convertirse en uno de los caminos más prometedores para reconstruir la confianza pública y fortalecer la participación democrática.
Al final, el desafío no consiste únicamente en renovar partidos o sustituir liderazgos. El verdadero reto es recuperar la idea de que la política debe volver a estar al servicio de la comunidad porque si logramos que la sociedad civil se organice y los vecinos se reconozcan como parte de un proyecto común y sus iniciativas encuentran cauces institucionales que respeten su autonomía y su espíritu comunitario, por fin se logrará que la democracia deje de ser un ejercicio exclusivamente electoral y logre convertirse nuevamente en un proyecto colectivo. Y quizás ahí, precisamente ahí, se encuentre la clave para imaginar una ciudad más participativa, más solidaria y, sobre todo, más en paz.
- Luis Tovar
Secretario General de la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente. FUDEMAH
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