No kings!

Las calles volvieron a hablar. Y cuando lo hacen al unísono, millones de voces se convierten en una sola verdad imposible de ignorar: la democracia no es un trámite, es una lucha constante. El pasado fin de semana, más de ocho millones de personas salieron a marchar en distintas ciudades bajo la consigna de “No Kings”, un grito que no solo rechaza a un personaje, sino a toda una lógica de poder que pretende colocarse por encima de las instituciones, de la ley y, sobre todo, de la voluntad popular.

El blanco de la protesta fue el fascista Donald Trump, figura central de una corriente política que ha hecho del autoritarismo una estrategia y del odio una herramienta electoral. No es casual que la consigna “No Kings” remita a una idea profundamente arraigada en la historia política de Estados Unidos: el rechazo a cualquier forma de monarquía o concentración absoluta de poder. Lo que millones de personas dijeron en las calles es que esa amenaza no es abstracta, tiene nombre, discurso y proyecto.

Hablar de una “dictadura naranja” puede parecer, para algunos, una exageración retórica. Pero basta observar los hechos: el cuestionamiento sistemático a los resultados electorales, acciones recurrentes extra legales, el pisotear la constitución, la presión sobre instituciones judiciales, la normalización del discurso racista y la promoción abierta de la violencia política. No estamos frente a una anomalía aislada, sino ante una forma de hacer política que erosiona desde dentro los cimientos democráticos.

Las movilizaciones de “No Kings” son también una respuesta a la normalización del autoritarismo en el discurso público. Durante años, sectores mediáticos y políticos han minimizado los riesgos, reduciendo el fenómeno a una simple polarización o a un estilo “controversial”. Sin embargo, lo que se está disputando es mucho más profundo: el sentido mismo de la democracia en el siglo XXI.

Hay algo muy potente en estas marchas: su carácter diverso. No se trata de una sola causa, sino de muchas convergiendo en una misma indignación. Mujeres, jóvenes, comunidades racializadas, trabajadores, migrantes. Todos ellos han sido, en distintos momentos, blanco de políticas o discursos que los excluyen, los criminalizan o los invisibilizan. La calle se convirtió en el punto de encuentro de esas resistencias.

Pero más allá de la cifra —ocho millones no son poca cosa—, lo relevante es el mensaje político: existe un límite. Y ese límite es la sociedad organizada. Frente a la tentación autoritaria, la respuesta no vino de las élites ni de las instituciones por sí solas, sino de la ciudadanía movilizada. Esa es, quizá, la lección más importante.

Las marchas de “No Kings” nos recuerdan que la democracia no se defiende únicamente en las urnas, sino también en las calles. Que frente a quienes se asumen como dueños del poder, la respuesta debe ser colectiva, organizada y persistente. Y que, al final del día, ningún proyecto autoritario es invencible cuando millones de personas deciden enfrentarlo.

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