La papa caliente

México vuelve a estar en el centro de una tensión internacional que, lejos de ser nueva, hoy simplemente ha sido expuesta con mayor intensidad. Las recientes acusaciones provenientes de agencias del gobierno de los Estados Unidos en materia de narcotráfico y seguridad no descubren un problema reciente: ponen sobre la mesa una realidad que por años ha existido y que distintos gobiernos enfrentaron con resultados diversos.

Medios nacionales como Reforma, El Universal y Milenio han documentado durante décadas la evolución de la violencia en México, evidenciando que se trata de un fenómeno estructural, no coyuntural. Las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reflejan incrementos importantes en distintos periodos, particularmente desde años previos a la actual administración, lo que confirma que el problema tiene raíces profundas.

Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se adoptó una estrategia distinta: priorizar la vida, contener la violencia y evitar confrontaciones que pudieran escalar en tragedias mayores. Esta visión partió de una premisa clara: ningún gobierno puede construir paz sobre montañas de muertos. Más allá del debate político, esta postura representó un cambio de paradigma frente a modelos anteriores centrados en la confrontación directa.

Hoy, bajo el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, se enfrenta una etapa particularmente compleja: contener una inercia acumulada por años, estabilizar regiones con alta presión criminal y, al mismo tiempo, mantener el equilibrio político en un entorno nacional e internacional altamente sensible. No es un escenario sencillo. Sin embargo, es claro que se está haciendo el mayor esfuerzo posible por contener esta ola de violencia y el desajuste político que la rodea, apostando por la coordinación institucional, la inteligencia y la continuidad de una estrategia que privilegia la estabilidad social.

Sería simplista atribuir la seguridad del país a una sola administración. México es una federación compleja, donde la responsabilidad recae también en gobiernos estatales y municipales, con realidades, capacidades y, en muchos casos, visiones políticas distintas. Esta fragmentación institucional ha sido señalada por organismos como México Evalúa como uno de los principales retos para lograr resultados homogéneos en seguridad.

A esto se suma un fenómeno recurrente: el incremento de la violencia en periodos electorales. Estudios de Integralia Consultores han identificado patrones donde la disputa territorial y política coincide con repuntes en homicidios y agresiones, lo que abre cuestionamientos sobre intereses que van más allá de lo estrictamente criminal.

Hoy, además, enfrentamos una realidad social compleja: en diversas regiones del país, actores vinculados al crimen han logrado infiltrarse en dinámicas económicas y sociales, normalizando su presencia en espacios públicos y actividades empresariales. Reportajes de medios como Proceso han documentado este fenómeno, que refleja no solo un problema de seguridad, sino también un desafío cultural.

En este contexto, los señalamientos recientes incluido el caso del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya deben analizarse con responsabilidad. México es un país de instituciones, y cualquier acusación, nacional o internacional, debe resolverse conforme a derecho, con pruebas, procesos claros y respeto absoluto al debido proceso.

Es fundamental entender que la cooperación entre México y Estados Unidos en materia de seguridad es necesaria, pero también lo es el respeto a la soberanía. Las decisiones internas no pueden responder a presiones externas, sino a la aplicación firme de la ley.

México no parte de cero. Se han sentado bases importantes para una transformación en materia social, económica y de seguridad. Pero el reto sigue siendo enorme y exige continuidad, coordinación y responsabilidad compartida.

La “papa caliente” no es de un solo actor. Es de todos: de las instituciones, de los distintos niveles de gobierno y de una sociedad que debe rechazar la normalización de la violencia.

Porque la paz no es solo la ausencia de guerra. Es la presencia de justicia.

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