El engaño de ser oposición

La oposición, tradicionalmente apegada a la religión, busca en las administraciones púbicas que no gobierna, no sólo perfección en las acciones, sino santidad en la burocracia y milagros en el tiempo de resultados.

Santidad, a través de la pureza en la administración pública, ahí exige que las obras dejen de tener la etiqueta de 4T, porque, de no ser así, interpretan clientelismo electoral, como se hiciera en el pasado.

Autoridades de todos los niveles reiteran diariamente ante la población, que lo otorgado a través de programas sociales son derechos, es la oposición la que paraliza parte de la convicción popular. Un derecho tiene destinatario, pero no remitente. Los derechos se ganan, no se otorgan.

En cuanto a la santidad que los conservadores desean que impere en la administración pública, representa la intención de la existencia de un estado ideal que en el pasado estuvo más alejado que ahora de la honestidad. No sólo por la cantidad de hechos, que ha disminuido, sino por la cantidad de dinero que inflaba los niveles de corrupción.

La desarticulación de conductas corruptos tiene un proceso, se trata de un fenómeno social, no de una máquina que deja de funcionar apretando un botón. Si hay un grupo de médicos egresados de las universidades, con conocimientos nuevos, modernos, actualizados, los cambios empezarán a permear en el sector salud varios años después, lo cual sucede en cualquier actividad.

De esta manera, si el propósito es combatir la corrupción, arraigada en la mayoría de los rincones de la administración púbica no puede tener efectos positivos de la noche a la mañana, sería un milagro; sin embargo, en la cosmogonía de los conservadores, se da por un hecho que nada ha cambiado, que todo sigue igual, para que, de esta manera, convertirse en organizamos competitivos electoralmente hablando, que contiendan en las urnas entre iguales, a pesar de haber sido desenmascarados.

Hacer creer que nada cambia, contradice la trayectoria de la especia humana, pero, sobre todo imponer el criterio de que todos los partidos son iguales, los políticos y las políticas también. Ellos quieren convencer de que no hay esperanza de cambio y menos hay lugar para una transformación auténtica, tienen a sus pies a un grupo de medios incondicionales que se esfuerzan en convencer que la luna es de queso y hay quienes le creen.

Así, decir que el contrincante es tan ratero como ellos, no les resta responsabilidad pero sí desgastan al enemigo para mostrar igualdad de circunstancias y hacer de la lucha electoral una pelea entre iguales, aunque en los hechos, sean ellos quienes irrumpan en la supuesta equidad de fuerzas con su trayectoria sucia y su presente lleno de montajes y delirios.

La oposición asesina la esperanza de un país mejor, para así ocupar un lugar en el espacio electoral y aparecer como la continuidad de gobiernos que son lo mismo, sin diferencias y con el mismo peso moral todos, pero afirmando sin sonrojarse. “Antes estábamos mejor”, “Nosotros sí sabemos gobernar”, “Somos mejores”.

Los opositores consideran que, restando méritos al partido en el poder, puede hacerse de algunos atributos, los desenmascara la memoria del pueblo.

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